Partido Comunista Internacional

El Partido Comunista 15

8 de Marzo de 2019 Solo en el comunismo podrá volver a desplegarse la gran figura social e individual de las mujeres

Proletarias, compañeras,

En repetidas ocasiones el 8 de Marzo, durante muchos años, ha sido vaciado de su significado original de jornada de la lucha, para reafirmar las razones y necesidades de las mujeres trabajadoras, y se ha transformado en un enfermizo ritual conformista sin ningún vínculo auténtico con la causa de la emancipación femenina. Durante muchos años, la burguesía y las infelices clases medias se acariciaron con ramitas de mimosa, y solo derramaron lágrimas hipócritas sobre la dureza de la condición femenina. El Día Internacional de la Mujer se plegó así a las exigencias ideológicas de la dominación de la clase burguesa.

Pero hoy ha llegado el momento de que las mujeres de la clase trabajadora vuelvan a apropiarse del significado de esta jornada y de reanudar la lucha por una mejora efectiva de sus condiciones de vida y de trabajo.


Compañeras,

La crisis crónica de la economía capitalista hace pagar un precio cada vez más alto a toda la clase obrera. Pero es sobre las mujeres que deposita el mayor peso: los salarios no crecen, el ritmo de trabajo se intensifica, mientras aumenta la precariedad económica que arruina sus sueños para el futuro.

La doble opresión sobre la mujer proletaria se hace sentir en el abuso continuo al que es sometida, dentro y fuera del lugar de trabajo, en el continuo chantaje de patronos y propietarios, que la despiden cuando está embarazada o no la contratan si es madre y debe cuidar a los niños.

En todos los rincones del planeta, las mujeres proletarias tienen que hacer frente a la dificultad de ganar un salario para vivir y, al mismo tiempo, afrontar los problemas relacionados con la reproducción, la educación de los niños y las tareas domésticas, que a menudo pesan más sobre ellas.

Pero a las causas económicas de sus sufrimientos, en cada parte del mundo se agrega la herencia del antiguo patriarcado, que es vital incluso en el capitalismo más moderno, que impone a las mujeres una condición de subordinación y humillante acoso, hasta llegar en algunos casos a la inferioridad jurídica y a la segregación, restringiendo incluso fuertemente su libertad de acción y movimiento.

Si esto es todavía posible, es porque el capitalismo, frustrando las expectativas de una mejora general de la condición de las mujeres, más allá de las estrechas élites de la alta burguesía, no puede resolver el problema de su condición de subordinación. Por el contrario, debe perpetuarla para preservar la institución anacrónica de la familia, unidad de consumo de la sociedad burguesa y un lugar privilegiado para el individualismo más obtuso y antisocial. El patriarcado más oscurantista continúa floreciendo porque es indispensable para la economía capitalista.

Los aspectos crueles del patriarcado no son desconocidos incluso en los países económicamente avanzados, a pesar de que el acceso de tantas mujeres al trabajo asalariado les ha permitido salir de los muros domésticos. Pero esto no ha significado la conquista de condiciones mucho mejores, de esa vida que hoy, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas, sería posible, ofreciendo posibilidades previamente desconocidas.


Proletarias, compañeras,

Para desatar las cadenas de la opresión de clase y de sexo en las mujeres, es necesario volver a la lucha de toda la clase trabajadora, por objetivos económicos comunes, que son, además de una legislación en defensa de la maternidad, el aumento del salario, la igualdad salarial y normativa entre trabajadores y trabajadoras, la reducción de la duración de la jornada de trabajo y el salario completo para los desempleados.

Al mismo tiempo, las trabajadoras deben rechazar la perspectiva engañosa de una lucha que una a las mujeres por encima de las diferencias de clase: no coincidiendo en absoluto los intereses de una mujer perteneciente a la clase burguesa con los de una obrera con un salario bajo e incierto o, por ejemplo, de una cuidadora o de una trabajadora doméstica que, de ser inmigrante, a menudo pasa muchos años a miles de kilómetros de la infancia y la adolescencia de sus hijos.

El capitalismo, incluso el más progresista, no puede curar las heridas más desvergonzadas que caracterizan la condición femenina. El mercantilismo capitalista no puede prescindir de condenar a millones de mujeres a la mercantilización de su cuerpo, un complemento necesario para la preservación de la institución reaccionaria de la familia y el matrimonio burgueses, un bastión que se encuentra en la base de la propiedad privada y un instrumento de la trasmisión hereditaria del patrimonio.

Las causas de las miserias y distorsiones en la vida sexual y reproductiva de la sociedad actual son, por lo tanto, eminentemente económicas. Por esta razón, la burguesía nunca cesará en la abominación de las intromisiones del legislador y del juez en la función reproductiva de la mujer. La moribunda sociedad de los burgueses es tan impotente para generar recién nacidos como para admitir una reproducción espontánea y sin restricciones.


Compañeras,

el compromiso con la emancipación de las mujeres de la opresión del patriarcado, solo podrá ser victorioso si se vuelve a converger en la lucha por el derrocamiento del régimen del capital.

La experiencia histórica nos enseña que en muchas situaciones fueron las mujeres quienes comenzaron la lucha revolucionaria de clase y aterrorizaron a las clases dominantes. Las mujeres proletarias tienen una fuerza subversiva que ciertamente no es inferior a la de sus compañeros varones. Pensar que la revolución rusa de febrero de 1917, que estalló con motivo del Día de la Mujer.

Pero incluso en la actualidad, ciertamente no de revoluciones, las mujeres han estado a la cabeza de numerosas luchas de la clase trabajadora. En enero pasado, las obreras textiles de Bangladés, en su huelga general, tomaron las calles afrontando la dura represión policial; en los Estados Unidos, las docentes se declararon en huelga en decenas de miles para obtener mejores salarios; en Italia hemos visto las trabajadoras en el sector agroalimentario, organizadas con el sindicalismo de base, luchar abiertamente y vencer.

Este es el camino, la lucha organizada en fuertes y combativos sindicatos, de toda la clase obrera, una lucha que, dirigida por el partido comunista, nos liberará finalmente de un pasado que ahora ha sobrevivido a sí mismo. ¡Una sociedad sin más clases y sin más opresión de la mujer está al alcance de la mano!

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El progreso de la globalización, acelerado en las últimas décadas por el desarrollo de las comunicaciones y del transporte, ha involucrado a todas las áreas del planeta en el ciclo infernal de la producción capitalista. La producción, basada en la explotación del trabajo asalariado y destinada exclusivamente a la obtención de ganancias, es un volcán que incesantemente hace erupción de mercancías, en su mayoría inútiles, en cantidades cada vez mayores. Pero ahora el capitalismo, en su fase de plena decadencia económica, así como ideal y moral, trata de sobrevivir mediante la explotación de todos los recursos del planeta, naturales y humanos.

El poder político y económico se ha concentrado en unos pocos burgueses al frente de grandísimas empresas, que poseen o controlan riquezas comparables a las de un Estado y que dominan el destino del mundo entero.

Pero es el Capital, una fuerza histórica anónima e incontrolable, el que determina el choque permanente entre los diferentes capitalistas y grupos nacionales de capitalistas y los arrastra inexorablemente hacia el abismo de la catástrofe financiera.

La extrema concentración del capital, mientras que por un lado aumenta, acumula, refuerza y unifica a la clase trabajadora, por otro lado, junto con la crisis de sobreproducción, arruina implacablemente a las clases pequeñoburguesas, mercantiles y productoras, clases socialmente impotentes, ahora sin fuerza y sin programa histórico, incluso cuando expresan su ruidosa rebelión, como recientemente han hecho los chalecos amarillos en Francia.

Mientras tanto, sea por el imparable progreso de la crisis, o sea por el surgimiento del nuevo coloso capitalista de China, que altera el equilibrio imperialista anterior, se agudizan las viejas y las nuevas tensiones internacionales. Ya la mayoría de los Estados han comenzado la guerra comercial, con derechos de aduanas, embargos, chantajes y se vuelven a encender los conflictos armados locales. Ahora se ha demostrado que el capitalismo nunca podrá cumplir su promesa de garantizar el desarrollo pacífico y armonioso de la especie humana.

Por el contrario, la burguesía rearma sus ejércitos para prepararse para un nuevo conflicto imperialista general, en el que llamarían a decenas de millones de proletarios a masacrarse entre ellos: mientras crece la miseria de la humanidad trabajadora, cientos de miles de millones de dólares se destinan a la producción de armas cada vez más letales.

Pero la guerra mundial, este terrible golpe de la cola del moribundo monstruo capitalista, podrá imponerse solo después de haber dividido las fuerzas de su adversario histórico, la clase internacional de los trabajadores, poniendo a proletarios contra proletarios. Ya ha comenzado en todas partes una nauseabunda campaña “soberanista”, racista y de odio a los extranjeros, con el único propósito de romper la unidad del proletariado por encima de las fronteras y prepararlo para una nueva guerra.

Se toma como pretexto para esta infame propaganda el movimiento de millones de hombres que siempre han salido de los países más pobres, hoy África, Asia, América Latina, impuesto por el capitalismo que, por un lado, con la rapaz explotación imperialista empuja a una creciente masa de desposeídos a la pobreza y, por otro lado, siempre requiere fuerza de trabajo, y a un precio bajo.

Adicionalmente millones de desesperados se ven obligados a huir de las guerras interminables fomentadas por las burguesías imperialistas para apoderarse de los recursos naturales o para ocupar áreas de importancia estratégica y militar, como en el Medio Oriente o en África central.

El capitalismo ha convertido el mundo en un infierno para quienes trabajan. Los proletarios ven en todas partes sus condiciones y la supuesta seguridad demolidas día a día por los ataques de la clase patronal, animada solo por sus ansias de ganancias, y que hoy se aprovecha de la debilidad de la clase obrera, amenazada por la crisis económica. Los recortes salariales, el aumento del horario y de la carga de trabajo, la reducción de cualquier garantía de empleo, de la asistencia en la maternidad, en la vejez y en la enfermedad, son las medidas adoptadas por la burguesía para defender sus ganancias. La crisis económica, determinada por la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción de mercancías, empuja a los patronos a exasperar la explotación de los trabajadores para la producción, mientras que otros, cada vez más numerosos, están condenados al desempleo.

En muchos países, una parte de los trabajadores está constituida por inmigrantes extranjeros, a menudo forzados a la ilegalidad y chantajeados con la amenaza de expulsión; esta depravación, que se acerca al esclavismo, es mantenida por el Estado burgués para aumentar la competencia entre los trabajadores, envenenar sus sentimientos y dividir sus fuerzas.

En cambio, una única fuerza histórica se levanta, objetivamente, frente al Capital: el proletariado internacional, organizado en clase, unido por encima de las nacionalidades y razas. Este proletariado volverá a ser una clase para sí, no una mercancía para el Capital, defenderá sus condiciones de vida y de trabajo, reconstituyendo sus sindicatos de clase, instrumentos indispensables para unir sus fuerzas contra el ataque patronal. Aprenderá así a desenmascarar a los sindicatos fieles al régimen burgués y a los partidos oportunistas falsamente amigos, y a librar una guerra contra el aparato político, policial y militar que lo protege.

Será guiado en esta verdadera guerra de clases por su vanguardia, que habrá adherido al Partido Comunista, revolucionario e internacional, en su invariante programa histórico que grita: ¡los proletarios no tienen patria! Hermanos de clase se encontrarán unidos en la lucha mundial por el abatimiento del régimen de capital, por el comunismo!