Partido Comunista Internacional

Il Soviet 1920/25

Manifiesto/programa de la Izquierda del Partido

Reunión en Milán de preparación del Congreso de Florencia: por la aplicación de las decisiones de Moscú; por la eliminación de los socialdemócratas; por el Partido Comunista

Días atrás, en Milán, ha tenido lugar una reunión de unos pocos compañeros representando las fracciones y tendencias extremistas del Partido Socialista Italiano. De esta reunión ha salido el manifiesto-programa que publicamos, y que no necesita comentarios. Digamos solamente que la adhesión de los abstencionistas a este movimiento no puede extrañar a nadie. Desde el Congreso de Bolonia una reunión de nuestra Fracción deliberaba proponer un acuerdo a los comunistas electoralistas, en la cual ellos, aparte de la cuestión electoral, hubieran aceptado otras dos referencias de nuestra moción: el cambio de nombre del Partido y la expulsión de la derecha socialdemócrata. Este avance no tuvo una salida favorable, ya que, como es sabido, nadie, a excepción de nosotros los abstencionistas, quiso abandonar entonces el prejuicio de la unidad del Partido.

Hoy, tras, los hechos conocidos y tras el Congreso Comunista Internacional, el lógico desarrollo de nuestra acción nos lleva al acuerdo leal con los elementos revolucionarios del Partido, junto a los cuales se ha trazado sin ninguna dificultad y sin el mínimo desacuerdo el proyecto de acción común que hoy se presenta a todos los compañeros italianos.

* * *

Manifiesto/programa de la Izquierda del PartidoA LOS COMPAÑEROS Y SECCIONES DEL PARTIDO SOCIALISTA ITALIANO

La crisis que perturba desde hace mucho tiempo nuestro Partido, sobre la que vuestra atención está pendiente cada vez mas tanto por los recientes sucesos de Italia como por las deliberaciones del 2° Congreso de la 3ª Internacional, hace necesario y urgente al acercarse el Congreso Nacional del Partido un esfuerzo coordinado de los elementos de izquierda del Partido para salir finalmente de una situación intolerable y contraria a las exigencias de la lucha revolucionaria del proletariado italiano.

Todo ello nos ha llevado a convertirnos en iniciadores de un movimiento de preparación del Congreso y de acuerdos organizados entre todos aquellos compañeros que sientan realmente la necesidad de que el Congreso señale una solución definitiva y enérgica al grave problema.

No nos extenderemos en recordaros cual es la situación en nuestro país. Las condiciones en las que ha participado y ha salido de la gran guerra mundial, y los episodios de este turbulento período de posguerra, demuestran incluso a nuestros adversarios los múltiples síntomas de la irremediable desorganización del actual régimen, y su incapacidad para luchar contra las consecuencias revolucionarias de su propia derrota interior.

Por otra parte, la emoción, el sentimiento, el impulso rebelde de las masas de todas las capas del proletariado crecen cada vez mas cada día y se manifiestan en las continúas agitaciones, en el ardor con el que se llevan a cabo las batallas de la lucha de clase con la aspiración, aunque no sea concreta, de que esas batallas concluyan con la victoria final de la revolución proletaria.

La burguesía, aun siendo consciente de su propia impotencia para afrontar la inestabilidad de su régimen social, concentra las últimas energías en la defensa contra ese avance de las masas revolucionarias. Por un lado organiza cuerpos regulares e irregulares para la represión armada de los movimientos obreros, y por el otro desarrolla una astuta política de aparentes concesiones y de falsa benevolencia hacia los deseos de las masas.

Las organizaciones que dirigen la acción proletaria y a las que corresponde desarrollar una oposición victoriosa a esa política de conservación burguesa, han demostrado muchas veces en la práctica sus propios defectos.

Las organizaciones sindicales recogen cada día filas mas extensas de trabajadores, pero mientras en la agitación y en las huelgas éstas demuestran sentir la necesidad de extender el campo de la lucha y empujar hacia conquistas revolucionarias, la burocracia dirigente de los sindicatos imprime a cualquier acción los caracteres tradicionales de las luchas corporativas, encerrándolas en los límites de la búsqueda de mejoras en las condiciones de vida del proletariado. En cuanto al partido político de la clase obrera, el Partido Socialista, que tendría la tarea de reunir en sí las energías revolucionarias de vanguardia, imprimiendo un nuevo carácter y una nueva orientación a los métodos de lucha para la consecución de los máximos fines del comunismo, también se revela como incapaz para su función.

Es muy cierto que la mayoría del Partido, adoptando en Bolonia el nuevo programa maximalista y dando su adhesión a la Internación de Moscú, creía haber respondido a las exigencias del problema histórico que tras el desenlace de la gran guerra, enfrentaba a las dos concepciones antitéticas de la lucha proletaria, la socialdemócrata, deshonrada por el fracaso de la II Internacional y su complicidad con la burguesía, y la comunista, provista de los principios marxistas originarios y de las gloriosas experiencias de la revolución rusa que, organizada en la nueva Internacional, lanzaba al proletariado sus consignas revolucionarias: lucha violenta por el derrocamiento del poder burgués, por la dictadura proletaria, por el régimen de consejos obreros.

Pero el Partido en realidad, tan ilusionado por la legítima satisfacción de haber mantenido durante la guerra un comportamiento muy diferente de los demás partidos de la II Internacional, no compartió la necesidad de que a un cambio formal del programa correspondiera una profunda renovación de su estructura y de sus funciones.

Los siguientes acontecimientos han demostrado, mediante circunstancias que es superfluo recordar, lo lejos que estuvo el Partido de estar a la altura de las tareas revolucionarias que la situación histórica le encomendaba. No modificó esencialmente los criterios de su política; su acción sobre todo parlamentaria, acomodándose en los métodos tradicionales de la anteguerra ha hecho incluso el juego al gobierno burgués.

En momentos en que eran necesarias resoluciones decisivas, quedaron al mando de la situación hombre superados a los que el partido no supo privar de la dirección de la acción sindical y parlamentaria, recayendo así en los viejos métodos de acomodo y de transacción. Las masas del proletariado, decepcionadas, se dirigieron por tanto en parte a las otras corrientes revolucionarias militantes fuera del partido, como los sindicalistas y los anarquistas, que tiene concepciones del proceso revolucionario con las que los comunistas no pueden coincidir; y esas masas añaden justísimas críticas hacia una actitud tan contraria a las exigencias revolucionarias y al propio lenguaje revolucionario de los jefes del partido.

Por las razones que hemos enumerado, y por todas aquellas que en muchas ocasiones han sido mas ampliamente planteadas por elementos de izquierda, es por las que el Partido Socialista Italiano se ha demostrado inútil para su tarea, y por estas razones es por las que el Congreso Internacional de Moscú, acogiendo las peticiones de los compañeros italianos de tendencia mas avanzada, ha decidido poner con claridad y firmeza las cuestiones de la renovación de nuestro partido, fijando las bases sobre las que tendrá que trabajar nuestro próximo Congreso para conseguir tales fines.

¿Cuáles son por tanto las tareas del próximo Congreso? ¿Cuáles sus objetivos? ¿Cuáles los objetivos que debemos proponernos para que los mismos, en vez de agotarse en vanas logomaquias y en hábiles maniobras de pasillo, se enfrenten valientemente a los males y aporten los remedios más radicales? Pensamos que estos objetivos y propósitos pueden y deben ser comunes a cuantos compañeros compartan, junto con los principios fundamentales del comunismo, la intención de aplicar de la forma más enérgica las decisiones de Moscú a la constitución y a la actividad del partido.

Esas decisiones constituirán la plataforma común de acción para aquellos grupos y corrientes de izquierda que, aún diferenciándose en concepciones particulares respecto a ciertos problemas de teoría y de táctica, coinciden en las críticas desarrolladas desde el punto de vista revolucionario a la insuficiente acción del Partido.

El programa de acción común que presentamos al Congreso puede, en nuestra opinión, ser resumido en los siguientes puntos principales:

1. Cambio del nombre del partido al de Partido Comunista de Italia (sección de la Internacional Comunista).

2. Reelaboración del programa votado en Bolonia, debiendo algunas afirmaciones del mismo ser mas conformes a los principios de la Tercera Internacional, para oponerlo una vez más al programa socialdemócrata del que es partidaria la derecha del Partido.

3. Consiguiente exclusión formal del Partido de todos los afiliados y organismos, que se hayan declarado o se declaren contra el programa comunista mediante el voto de las secciones y del Congreso o con cualquier otra forma de manifestación.

4. Modificación de los estatutos internos del partido para introducir los criterios de homogeneidad en la centralización y de disciplina que son la base indispensable de la estructura del Partido Comunista, adoptando, entre otras innovaciones, el sistema de período de prueba para los nuevos afiliados al partido, y el de revisión periódica de todos los inscritos, la primera de las cuales deberá inmediatamente seguir el Congreso.

5. Obligación de todo miembro del Partido a la total disciplina de acción respecto a todas las decisiones tácticas del Congreso Internacional y del Congreso Nacional, cuyo cumplimento será asignado con plenos poderes al Comité Central designado por el Congreso.

Las directivas de la actividad del Partido se inspirarán en la realización de los criterios marcados por el Congreso de Moscú y serán principalmente los siguientes:

a) Preparación de la acción insurreccional del proletariado empleando todas las posibilidades de propaganda legal, y organizando al mismo tiempo sobre una extensa base el trabajo ilegal para realizar todas las condiciones indispensables de la acción y asegurar para ello los medios materiales.

b) Organizaciones en todos los sindicatos, ligas, cooperativas, fábricas, empresas, etc. de grupos comunistas ligados a la organización del partido, para la propaganda, la conquista de tales organismos y la preparación revolucionaria.

c) Actividades en las organizaciones económicas para conquistar su dirección para el Partido Comunista. Llamamiento a las organizaciones proletarias revolucionarias que están fuera de la Confederación General del Trabajo a fin de que regresen y sostengan la lucha de los comunistas contra la actual dirección y sus actuales dirigentes. Denuncia del pacto de alianza entre el Partido y la Confederación, inspirado en los criterios socialdemócratas de igualdad de derecho entre partido y sindicato, sustituyéndolo por el control efectivo de la actividad de las organizaciones económicas proletarias por parte del Partido Comunista, mediante la disciplina de aquellos comunistas que trabajan en los sindicatos hacia los órganos directivos del Partido. Separación de la Confederación, en cuanto se conquiste para la dirección del partido comunista, del Secretariado de Ámsterdam, y adhesión a la sección sindical de la Internacional Comunista, con las modalidades previstas en sus estatutos.

d) Lucha para la conquista por parte del Partido Comunista de la dirección del movimiento de organizaciones cooperativas, para liberarlo de las actuales influencias burguesas y pequeño burguesas, haciendo solidario con el movimiento revolucionario de clase del proletariado.

e) Participación en las elecciones políticas y administrativas con carácter totalmente opuesto a las viejas prácticas socialdemócratas y con el objetivo de desarrollar la propaganda y la agitación revolucionaria, acelerando la disolución de los órganos burgueses de democracia representativa. Revisión por parte de los órganos del partido, bajo la dirección del Comité Central, de la composición de todas las representaciones electivas del partido en ayuntamientos, provincias y parlamento, con la facultad para disolver tales organismos. Control y dirección permanente por parte del comité central de la actividad de los que sean mantenidos. El grupo parlamentario será considerado como el órgano designado para cumplir una función táctica específica bajo la dirección de la central del partido. El mismo no tendrá la facultad de pronunciarse como cuerpo de deliberación sobre cuestiones que afecten a la política general del partido.

f) Control de toda actividad de propaganda por parte de los órganos centrales, y especialmente de la disciplina de toda la prensa del partido, cuyos comités de dirección serán nombrados o confirmados por el comité central que controlará su actividad sobre la base de las directivas políticas de los Congresos.

g) Estrecho contacto con el movimiento juvenil, según los criterios contemplados por el estatuto de la Internacional Comunista; intensificación de la propaganda y la organización femenina.

Confiamos en que estas líneas generales del programa de acción común reúnan el acuerdo de todos los comunistas, que contribuirán activamente para asegurar el triunfo en próximas reuniones del partido, mediante una amplia agitación y la organización de todas las fuerzas que se moverán a este campo.

A trabajar entonces, camaradas, para que, más allá de falsos sentimentalismos unitarios y de miserables cuestiones personales, triunfe la causa de la revolución comunista.

La Confederazione del Lavoro Italiana e l’internazionale sindacale

Un argomento intorno al quale si è molto equivocato, ed in modo assai poco simpatico, è quello dei rapporti tra la Confederazione Generale del Lavoro italiana e la Internazionale sindacale di Mosca.

Ecco come d’Aragona ha riferito – al … gruppo parlamentare! – della cosa, secondo l’«Avanti!»: «Si è trattato (a Mosca) della costituzione di una Internazionale dei Sindacati la quale svolgesse l’opera sua parallelamente ed in armonia con la Terza Internazionale Comunista. È stata decisa la formazione di un Comitato per raggiungere tale scopo.

«Le condizioni alle quali si giunse stabilivano che dovevano esistere rapporti permanenti, tra i Sindacati e i Partiti Comunisti – si è cioè trasportata nel campo internazionale la situazione di fatto già esistente in Italia». «L’on. d’Aragona accenna alla lettera di Lenin pubblicata dai nostri giornali, in cui si biasima la Confederazione Generale del Lavoro italiana, perché è rimasta coerente all’Internazionale di Amsterdam fino al giorno in cui si fosse tenuto il Congresso fra i dissidenti da quella Internazionale. Ritiene che questa improvvisa sconfessione derivi dal fatto che Lenin destituì i rappresentanti russi che avevano firmato la convenzione.

Serrati dal canto suo aggiunge: «Quanto è accaduto per la convenzione sindacale nei nostri rapporti, è accaduto nei confronti del Partito Socialista francese coi rappresentanti del quale erano stati fissati nove punti per l’accettazione, e poi partiti i francesi sono stati elevati a diciotto, a ventuno, e ventidue».

Ecco un tessuto di cose non vere e di oblique insinuazioni. Cominciamo anzitutto ad osservare quanto sia equivoco il paragone invocato da Serrati della questione francese. Lenin e il Comitato Esecutivo si contentavano di nove condizioni; è stato proprio il Congresso Internazionale che portando a ventuno le diciotto condizioni generali di ammissione contenute nelle tesi presentate, ne ha naturalmente voluta la applicazione anche al Partito francese, col quale nessun impegno aveva preso o poteva prendere il C.E.. Ed è proprio Serrati poi che trova che coi francesi si è troppo indulgenti!

Ricostruiamo ora la questione della costituzione della internazionale sindacale. D’Aragona era andato in Russia come membro della missione italiana; non aveva dalla Confederazione del Lavoro alcun mandato per il Congresso della Terza Internazionale.

Quando il Congresso fu convocato Serrati e d’Aragona chiesero ai rispettivi organismi l’autorizzazione a restare.

Un telegramma di Gennari comunicò che i delegati del Partito erano Serrati, Bombacci e Graziadei, informando che la Confederazione autorizzava d’Aragona a rimanere.

Questi prese parte alle trattative per la costituzione della sezione sindacale dell’Internazionale Comunista, che si conchiusero con l’approvazione di una convenzione datata da Mosca il 15 luglio.

È falso che questa convenzione tollerasse la permanenza degli organismi sindacali nazionali che vi partecipassero nel segretariato giallo di Amsterdam, come è falso che il C.E. ed il Congresso abbiano modificata o sconfessata quella convenzione; e questa allusione si riferisce al solo fatto del cambiamento di un relatore al Congresso sull’argomento dei sindacati russi, fatto che non può avere nulla di anormale per chi conosce gli stessi criteri di disciplina che vigono nel Partito Comunista Russo.

Nella convenzione, come nelle risoluzioni del Congresso, è affermato il criterio che i comunisti non devono seguire la tattica di abbandonare le file dei sindacati attuali, anche se di tendenza contro-rivoluzionaria, ma restarvi per conquistarli.

Ove però un organismo sindacale nazionale sia nelle mani dei comunisti esso deve staccarsi dalla Internazionale gialla di Amsterdam per aderire alla sezione sindacale della III Internazionale.

Per conseguenza la minoranza rivoluzionaria della Confederazione Generale del Lavoro francese deve rimanere, ad esempio, nelle file di tale organismo, benché questo aderisca ad Amsterdam, ma i dirigenti della Confederazione Generale del Lavoro d’Italia che dicono di essere per la III Internazionale devono abbandonare Amsterdam se vogliono aderire a Mosca. Nessuna concessione è stata loro fatta quando si firmò la convenzione. La verità è che i rappresentanti della Confederazione lasciarono intendere e Serrati soprattutto, loro avvocato, dichiarò cento volte su tutti i toni che la Confederazione erasi già distaccata da Amsterdam.

Lo stesso ebbe poi a confutare tale asserzione – insieme a Bombacci – ricordando che la Confederazione Generale del Lavoro nell’occasione del boicottaggio all’Ungheria aveva diramato il comunicato presentandolo come un ordine della propria centrale Internazionale di Amsterdam.

Benché alla convenzione partecipassero rappresentanti riformisti come l’italiano d’Aragona ed anarchici come lo spagnuolo Pestagna, il concetto che la ispira è antitesi a quello vigente in Italia circa i rapporti tra sindacati e Partito che lascia ancora ai primi troppa autonomia. Questa tesi difesa da riformisti e da sindacalisti rivoluzionari è sostituita da quella del controllo del movimento politico comunista sui Sindacati. Qui è dunque un’altra affermazione inesatta di d’Aragona e di Serrati, che cioè in Italia non via sia in materia nulla da cambiare, dato il famoso patto d’alleanza. Tale asserzione a Mosca ha fatto ridere; prima di tutto il partito italiano non è ancora un vero Partito Comunista rivoluzionario, secondariamente esso ha chiesto alla Confederazione impegni troppo limitati, in terzo luogo questa dimostra di fregarsene abbastanza di quegli stessi modestissimi impegni assunti.

Ci riserviamo di pubblicare il testo della convenzione e degli statuti provvisori, ed aggiungiamo qualche cosa circa le decisioni del Congresso sulla questione sindacale.

Nelle tesi sul compito del Partito è detto: «L’Internazionale Comunista ha invitato al suo Congresso ogni sindacato che riconosce i principi della III Internazionale e che è disposto a romperla con la Internazionale gialla. La Internazionale Comunista organizzerà una sezione dei sindacati rossi che si mettono sul terreno del Comunismo. La Inter. Com. si rifiuterà di lavorare con ogni organizzazione operaia anche se non aderente al Partito, se questa è decisa a non condurre una seria lotta rivoluzionaria contro la borghesia».

È dunque chiaro che i comunisti lavorano in ogni sindacato, anche se riformista o anarchico per arrivare alla direzione dei sindacati da parte del Partito.

Ma ciò non può essere invocato per mettere in dubbio un’altra cosa chiarissima: un organismo sindacale nazionale non può aderire contemporaneamente ad Amsterdam e a Mosca.

I riformisti confederali hanno firmata la convenzione di Mosca lasciando intendere che erano usciti da Amsterdam. Quando però hanno visto quale aria tirava nel Congresso Internazionale per loro, e per il loro difensore Serrati, non hanno più voluto dichiarare apertamente la loro adesione alla III Internazionale, tanto che il d’Aragona è rimasto solo per alcuni giorni nel Congresso, finché un incidente che illustreremo e dal quale risultò che egli non faceva parte della delegazione italiana lo indusse ad abbandonare il Congresso medesimo.

La conclusione è che la Confederazione del Lavoro italiana non deve considerarsi aderente alla III Internazionale perché è ancora attaccata al centro contro-rivoluzionario di Amsterdam.

D’altra parte è perfettamente logico che sia così, poiché essa è diretta da elementi che dovranno essere esclusi dal Partito Comunista Italiano.

L’articolo 14 dello statuto della Internazionale Comunista dice:

«I sindacati che stanno sul terreno del comunismo riuniti internazionalmente sotto la direzione dell’Internazionale Comunista formano una sezione dell’Internazionale Comunista. Questi sindacati delegano i loro rappresentanti ai congressi mondiali dell’Internazionale Comunista a mezzo del Partito Comunista dei relativi paesi».

Il nostro compito nei riguardi del lavoro nei sindacati risulta dunque chiarissimo: organizzare la lotta per togliere la Confederazione ai suoi attuali dirigenti, uomini che dovranno essere esclusi dal Partito Comunista, e sostituirli con provati comunisti strettamente disciplinati al Partito, che non si considerino mai come i dirigenti di un organismo autonomo dal loro Partito, che pongano per direttiva dell’azione da imprimere ai sindacati economici le decisioni dei Congressi del Partito politico e degli organi direttivi di questo.

a.b.

Lo sviluppo della rivoluzione mondiale e la tattica del comunismo Pt.3

III.

È stato rilevato più volte, che nell’Europa occidentale la rivoluzione deve esser più lenta, perché la borghesia vi è molto più forte che in Russia. Analizziamo l’essenza di questa forza. Consiste essa nel maggior numero d’individui appartenenti a questa classe? Anche le masse proletarie sono relativamente molto più grosse. Consiste nel dominio della borghesia su tutta la vita economica? Indubbiamente questo era un forte elemento di potere; ma questo dominio sfugge, e nell’Europa centrale l’economia è in pieno fallimento. Consiste finalmente nel fatto che la borghesia ha a sua disposizione lo Stato con tutti i suoi mezzi di violenza? Certo essa ha sempre represso le masse con questo mezzo, e perciò la conquista del potere statale era il primo obiettivo del proletariato. Ma nel novembre del 1918 il potere statale in Germania e Austria cadde senza forza dalle mani della borghesia, gli strumenti di violenza erano affatto paralizzati, le masse erano padrone. E tuttavia la borghesia poté ricostruire questo potere statale, e riassoggettare i lavoratori al giogo. Ciò dimostra, che esisteva ancora per la borghesia un’altra segreta sorgente di potere, rimasta intatta, che le permise, quando tutto sembrava perduto, di restaurare il proprio dominio. Siccome le masse proletarie erano ancora affatto dominate dall’ideologia borghese, esse dopo la catastrofe restaurarono con le proprie mani la signoria borghese.

Quest’esperienza tedesca ci mette avanti precisamente il grande problema della rivoluzione nell’Europa occidentale. In questi paesi l’antico sistema borghese di produzione, e la conseguente cultura borghese altamente sviluppata, per molti secoli hanno dato completamente la loro impronta al pensiero e al sentimento delle masse popolari. Per ciò il carattere spirituale, intimo, delle masse popolari è qui affatto diverso che nei paesi orientali, che non conobbero questa signoria della cultura borghese. E da ciò principalmente deriva la differenza tra il corso della rivoluzione in Oriente e in Occidente. In Inghilterra, Francia, Olanda, Italia, Germania, Scandinavia viveva sin dal Medio Evo una potente borghesia a produzione piccolo borghese e capitalistica primitiva; essendo stato frattanto abbattuto il feudalismo, si sviluppò nella campagna un contadiname indipendente altrettanto forte, anch’esso padrone nelle sue piccole aziende. Su questo terreno la vita spirituale borghese si sviluppò fino a diventar solida cultura nazionale, anzitutto negli Stati costieri Francia e Inghilterra, che prima degli altri iniziarono l’evoluzione capitalistica. Nel secolo 19° il capitalismo, sottoponendo al suo potere l’intiera economia e attraendo nel suo girone dell’economia mondiale anche i più remoti centri rurali, ha promosso questa cultura nazionale, l’ha raffinata, e coi suoi mezzi spirituali di propaganda, scuola, stampa, chiesa, l’ha ribadita saldamente nei cervelli, così di quelle masse, che esso proletarizzò e spinse nelle città, come di quelle altre, che lasciò in campagna. Ciò vale non solo per i paesi d’origine del capitalismo, ma anche, sebbene in forme un po’ diverse, per l’America e l’Australia, dove gli gli Europei fondarono nuovi Stati, e per i pesi, fin allora intorpiditi, dell’Europa centrale: Germania, Austria, Italia, dove la nuova evoluzione capitalistica poté saldarsi a una antica, stagnante piccola economia agraria, e a una cultura piccolo borghese. Ben diverso materiale e diverse tradizioni trovò il capitalismo, allorché invase le regioni orientali d’Europa. Qui, in Russia, Polonia, Ungheria, e anche nelle terre a oriente dell’Elba, non vi era una potente classe borghese, che ab antico signoreggiasse la vita spirituale; i primitivi rapporti agricoli, con la rande proprietà, il feudalismo patriarcale e il comunismo di villaggio determinarono la vita spirituale. Quivi pertanto di fronte al comunismo si trovarono le masse primitive, semplici, aperte, impressionabili come cera vergine. Certi socialdemocratici occidentali espressero spesso con derisione la loro meraviglia per il fatto che gli «ignoranti» Russi potessero essere i campioni del nuovo mondo del lavoro. Rispondendo ad essi, un delegato inglese alla Conferenza d’Amsterdam caratterizzò molto giustamente la differenza così: i Russi possono essere stati ignoranti, ma i lavoratori inglesi sono così imbevuti di pregiudizi, da rendere assai più difficile tra loro la propaganda comunista. Questi «pregiudizi» sono soltanto il lato esteriore del modo di pensare borghese, che pervade le masse proletarie d’Inghilterra, di tutta l’Europa occidentale e di America.

L’intiero contenuto di questa mentalità, in contrasto con la concezione proletaria e comunista del mondo, è così multilaterale e complesso, che difficilmente può esser riassunto in pochi periodi. Il suo primo tratto distintivo è l’individualismo, che deriva dalle anteriori forme di lavoro contadinesche e piccolo borghesi, e solo lentamente fa posto al nuovo sentimento collettivista proletario e alla necessaria disciplina volontaria, e nei pesi anglosassoni questo tratto è impresso con la massima forza tanto nella borghesia che nel proletariato. La visuale è circoscritta alla propria sede di lavoro e non s’allarga all’intiera società; prigioniero del principio della divisione del lavoro, l’uomo considera anche la politica, la direzione dell’intiera società, non come interesse proprio di ciascuno, ma come arte particolare di dati specialisti, dei politici. La natura borghese da secoli di commercio materiale e spirituale, mediante la letteratura e l’arte, è stata innestata saldamente nelle masse proletarie, e crea un sentimento di comunanza nazionale – più profondamente radicato nella subcoscienza appunto quando si manifesta sotto forma di indifferenza esteriore o anche di esteriore internazionalismo – che può estrinsecarsi in una solidarietà nazionale di classi, e rende difficile l’internazionalismo di fatto.

La cultura borghese vive nel proletariato anzitutto come tradizione spirituale. Le masse, prigioniere di essa, pensano ideologicamente anzicché realisticamente, il pensiero borghese fu sempre ideologico. Ma questa ideologia, questa tradizione, non è unitaria; riflessi delle innumerevoli lotte di classe dei secoli passati sono stati tramandati a noi sotto forma di sistemi di pensiero politico e religioso, che dividono l’antico mondo borghese, e quindi anche il proletariato che ne è rampollato, in gruppi, chiede, sette, partiti separati da vedute ideologiche. E così, in secondo luogo, il passato borghese permane nel proletariato come tradizione organizzativa, che impedisce la strada all’unità di classe propria dell’ordine nuovo; in queste organizzazioni i proletari formano la retroguardia, il seguito di un’avanguardia borghese.

I condottieri immediati di queste lotte ideologiche son forniti dell’intellettualità. La intellettualità – preti, maestri, letterati, giornalisti, artisti, politici – formano una classe numerosa, che ha per compito quello di nutrire, formare e diffondere la cultura borghese; essi la trasmettono alle masse, e fanno la parte d’intermediarii tra la signoria del capitale e gl’interessi delle masse. Alla loro prevalenza tra le masse è collegata la signoria del capitale. Giacché, per quanto le masse si ribellino spesso contro il capitale e gli organi di esso , lo fanno soltanto sotto la guida di intellettuali, e la stretta consuetudine di rapporti e la disciplina, formatesi in queste lotte comuni, più tardi, quando questi duci passano apertamente dalla parte del capitalismo, diventa il più saldo puntello del sistema. Tale si mostrò l’ideologia cristiana di strati piccolo borghesi decadenti, la quale come espressione della lotta di questi contro il moderno Stato capitalista era diventata forza viva, e più tardi non di rado sistema di governo reazionario e conservatore di gran valore, come per esempio il cattolicismo in Germania dopo il Kulturkampf. Qualche cosa di simile si può dire per la socialdemocrazia, benché questa nei riguardi teoretici abbia dato validissimo contributo a distruggere e scacciare l’antica ideologia tra la classe operaia in sommovimento. Tuttavia essa lasciò permanere la dipendenza spirituale delle masse da capi politici e d’altro genere, ai quali come a specialisti le masse confidarono la direzione di tutti i grandi interessi di classe, invece di curarli da sé. Lo stretto contatto e la disciplina, formatasi nella lotta di classe, spesso aspra, di mezzo secolo, non ha seppellito il capitalismo, giacché significavano il potere dell’organizzazione e della dirigenza sulle masse, che da tal potere nell’agosto 1914 e novembre 1918 furono rese strumento impotente della borghesia, dell’imperialismo e della reazione. La potenza spirituale del passato borghese sul proletariato, in molti paesi d’Europa (per esempio in Germania e in Olanda) significa scissione del proletariato in gruppi ideologicamente sperati, che impediscono l’unità di classe. La socialdemocrazia in origine aveva voluto effettuare questa unità di classe, ma senza riuscirvi, in parte, a causa della sua tattica opportunista, che poneva l’azione puramente politica in luogo della politica di classe; essa non ha fatto che aggiungere un nuovo gruppo agli antichi.