Lecciones históricas que el Partido Mundial ha sacado de las luchas de clase y de las derrotas del valiente proletariado de lengua española
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Sin pretender citar todos los hechos históricos en los que desde 1926 el proletariado de lengua española ha derramado generosamente su sangre por causas no propias, siendo a él a quien ahora dirigimos estas Tesis Características publicadas en castellano, mencionaremos tres momentos históricos significativos, para demostrar una vez más la traición, cuyo origen se encuentra en la degeneración del Komintern, verificada en el intento de contrarrestarla por la posición de izquierda. Para profundizar ulteriormente estos temas recomendamos al lector nuestros trabajos de partido, que esta revista irá publicando como una de sus tareas.
La guerra civil de 1936 dentro de la historia reciente de España
A diferencia de otros países España no ha conocido una revolución burguesa en un momento de su historia relativamente corto en el tiempo, aunque esto no quiere decir que no hubo rebeliones sangrientas populares durante el siglo XIX, primero contra la monarquía absolutista y clerical de Fernando VII y después contra la monarquía liberal moderada. Los liberales de la burguesía no supieron aprovechar la energía revolucionaria de los españoles, así pues retrocedían en su anhelo de poder temiendo que el pueblo fuera más allá en sus peticiones de lo que los liberales deseaban. Por esta razón, no es aprovechándose del espíritu revolucionario de las masas como los liberales llegan al poder en España. Solo a la muerte de Fernando VII y enfrentados en guerra civil con los carlistas, que representaban la continuidad del antiguo régimen, los liberales consiguen de manera estable el poder central en Madrid, en este momento España conoce un período de profundas reformas burguesas, al que seguirán otros períodos de quietud en los que las medidas revolucionarias se frenan. Y es así como el capitalismo español se desarrolla fatigosamente, y este proceso hará a Marx definir a la burguesía española como carente de audacia revolucionaria.
La debilidad del movimiento obrero en España, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, está caracterizada por la impotencia del proletariado para constituirse en clase independiente frente a la burguesía. Esta impotencia reviste dos formas: la primera y principal, el anarquismo, la segunda, el socialismo reformista y electoralista.
En 1923, después de los desastres de la campaña de Marruecos, el general Primo de Rivera toma el poder. El gobierno, de tipo corporativo fascista, incluye a socialistas en los altos rangos del Estado. Pretende organizar la economía sobre bases centralizadas, tentativa que fracasa en medio de graves conflictos sociales que explotan a continuación de la profunda crisis capitalista del 1929.
La proclamación de la república no logra detener las revueltas proletarias y campesinas, duramente reprimidas por los gobiernos de izquierda. La burguesía, impotente con los medios represivos, usa la astucia táctica, para impedir un desemboque revolucionario de la crisis, recurriendo a los falsos socialistas y a los anarquistas, que estaban a la cabeza del movimiento sindical, y apartaban al proletariado de reivindicar el poder central.
En 1931 las nuevas elecciones dan la mayoría a los partidos de izquierda, paralelamente se incrementa la represión. Los socialistas en el Gobierno votan contra las huelgas antirrepublicanas y los anarquistas controlan el movimiento, renegando de él cuando no logran encuadrarlo.
En agosto de 1932 se asiste al primer agrupamiento de fuerzas de derechas, pero el momento de tomar el Gobierno aún no ha llegado. En 1933, la represión alcanza su apogeo: se dan masacres en Málaga, Bilbao y Zaragoza. Es el momento para el cambio de Gobierno: las fuerzas de derecha van al Gobierno y continúan la obra de represión iniciada por las izquierdas, sofocando en sangre la insurrección de Asturias.
Desde octubre de 1934 a 1936 hay una pausa en la tensión social y la represión es ejercida sobre todo en el plano legal: en 1936 son treinta mil los prisioneros políticos. En conexión con la atmósfera internacional que ve los vastos movimientos de Francia y Bélgica, se abre un nuevo ciclo de tensión social más alta que la precedente. En consecuencia la burguesía llama al poder otra vez a sus siervos de izquierda y también a los anarquistas, desde siempre apolíticos, que se adaptan y a cambio de una supuesta amnistía, hacen propaganda por el Frente Popular e invitan a votar. Las elecciones del 16 de febrero de 1936 señalan el éxito aplastante del Frente Popular, compuesto por republicanos de izquierda, radicales, partido socialista, partido comunista, partido sindicalista y Partido Obrero de Unificación Marxista (fusión de la Izquierda Comunista de Nin y del bloque obrero y campesino de Maurín, que en el seno de la Internacional había tenido siempre una posición de derecha). Su programa contiene medidas de amnistía, abrogación de las leyes represivas, disminución de los impuestos y créditos agrarios.
En esta situación de agravamiento de la tensión social la burguesía no se limita a confiar en su gobierno, sino que pone en estado de alerta y de espera también a las fuerzas de derecha. Y es precisamente en el seno de un Estado dirigido por un gobierno de izquierda que la derecha, con el general Franco a la cabeza, organiza minuciosamente las fuerzas armadas para el ataque militar, que parte de Marruecos conquistando de inmediato Sevilla y Burgos, dos ciudades con precedentes de violentas insurrecciones campesinas.
En respuesta al ataque de Franco del 16 de Julio es proclamada la huelga general, que tiene completo éxito fuera de los dos puntos de apoyo de Franco. Y es en estos dos días cuando se asiste a una fulmínea explosión de la conciencia de clase del proletariado: por un momento ya no hubo en el campo de batalla dos ejércitos burgueses, sino solo obreros en huelga que fraternizan con otros obreros uniformados en el ejército, y haciendo causa común desarman, inmovilizan y eliminan a los oficiales. Sintiendo el peligro, inmediatamente el Estado democrático y antifascista retoma en mano la situación, y con la creación de diversos organismos se restablecen las jerarquías económicas y militares con el imperativo de salvar de cualquier manera la máquina estatal que, a decir de la gente de izquierda puede ser de una cierta utilidad para la clase obrera. Todas las formaciones políticas del Frente Popular más los anarquistas aseguran la continuidad del Estado capitalista. Mientras tanto los éxitos militares de Franco se subsiguen, y este es el pretexto de los demócratas para poner al orden del día, como tarea prioritaria, la lucha militar contra Franco. En la lucha antifascista se pone en primera línea al partido comunista español, siguiendo las órdenes de la degenerada Tercera Internacional, que había elegido ponerse de parte de los aliados imperialistas, por la democracia, contra Hitler y Mussolini.
Cuando la huelga general aún no había cesado y en Francia se desarrollaba una análoga en potencia, los dirigentes del frente popular francés deciden cerrar la frontera con España, a fin de evitar posibles contactos entre proletarios y toman acuerdos para la creación, con sede en Londres, de un comité formado por países fascistas y democráticos, incluida Rusia, a favor de la no intervención en los hechos españoles. La consigna aeroplanos para España lanzada por los partidos comunistas y por la izquierda socialista, es el último aporte de los traidores del proletariado hacia la definitiva victoria de la contrarrevolución, entregando a los obreros en las manos de las burguesías mundiales que los llevaron a la Segunda Masacre Mundial.
Los anarquistas van al mismo tiempo abandonando, pedazo a pedazo, todo su programa. Con el avance de las necesidades de la lucha militar y tras la huelga de 1936, ellos no se oponen a la constitución del comando único extendido a todo el territorio del sector antifascista, ocurre incluso, que sus representantes transformados en ministros, participan en el gobierno de Caballero. Es de este gobierno que emanan la militarización estatal, las milicias y el rechazo de las demandas por el respeto de las condiciones de trabajo, ya sea por el tiempo de trabajo o por los salarios y las horas extraordinarias en todas las industrias. El Estado antifascista está ya organizado centralizadamente para su guerra. A pesar de todas las medidas represivas, en mayo de 1937 estalla otra huelga espontánea y numerosos obreros dejan el frente para unirse a los compañeros en lucha. Todos los partidos se declaran ajenos al delito y es bajo el plomo como el movimiento es sosegado. Es algo sugestivo que Franco no aproveche para lanzar el ataque: deja hacer a sus compañeros antifascistas: el triunfo de ellos es el suyo propio.
Los demócratas son poco a poco derrotados. El Gobierno retrocede hasta transferirse a Francia dejando en España al socialista Besteiro la tarea de tratar la conclusión de la guerra con Franco. Es la primavera de 1939 y pocos meses más tarde, en septiembre,estalla la Segunda Guerra Mundial. Quede claro que Rusia no tomó una iniciativa de abierta intervención en los hechos de España sino después de 1936, cuando llegó al Gobierno el socialista Caballero y dio garantías sin equívocos de un gobierno centralizado militarmente y económicamente en la lucha antifascista. De inmediato llegaron los barcos rusos cargados, que el gobierno socialista tenía que pagar generosamente en oro.
Tras la represión de la posguerra y el lógico repliegue de las luchas obreras, es en los años 50 y 60 cuando comienzan a surgir luchas sindicales, como respuesta sana de la clase obrera contra la explotación capitalista, luchas ampliamente elogiadas por nuestro Partido, que veía en las luchas obreras de Asturias, Barcelona, etc, que provocaban la solidaridad obrera de distintos ramos en distintas ciudades llegando en ocasiones a la huelga general, el contraste con las huelgas domesticadas de los sindicatos de la defensa de la economía nacional en los otros países occidentales. Es en este resurgimiento de las luchas obreras en España en el que nacen las Comisiones Obreras, compuestas por los obreros más combativos que merecían la confianza de sus compañeros, sin tener carácter de permanentes. Es después, cuando los oportunistas defensores del orden del PCE, a lo largo de la década de los 60, van a ir permeando las Comisiones Obreras y dirigiéndolas a fines antifranquistas, pues el franquismo creaba una inestabilidad social que daba miedo a los comunistas del PCE; es por esto por lo que la burguesía necesitaba la democracia, y para presentarla como triunfo conseguido por los trabajadores tenía al PCE y al resto de los partidos falsamente obreros. Es a mediados de los 70 cuando la clase obrera en España alcanza su mayor poder adquisitivo, fruto de las luchas producidas con Franco. Con el asentamiento de la democracia y la integración de los sindicatos ilegales del franquismo en el aparato estatal, los continuos pactos sociales que firman las burocracias sindicales marcan el detrimento de las conquistas de los trabajadores que tanto sudor y sangre les costó, detrimento que se agudizó con la llegada al Gobierno del PSOE.
Cuba 1959
La tierra fértil, el clima apacible de este país sometido a España, así como la cercanía geográfica y su importancia militar estratégica respecto del canal de Panamá hicieron que Estados Unidos se interesara en Cuba desde su constitución en Estado soberano. Ya en 1850 el intercambio entre EEUU y Cuba es notable, y va creciendo a medida que las inversiones de capitales norteamericanos en el cultivo y la transformación de la caña de azúcar van aumentando. En un primer momento, para embolsar las enormes utilidades derivadas del comercio monopolista de esta mercadería, a posteriori, para contrarrestar la expansión en Europa de la remolacha azucarera.
Sobre esta base (recomendamos a los lectores a Lenin en El Imperialismo…), de total dependencia comercial, no podía sino ser meramente formal la independencia obtenida por Cuba de España en 1898, después de 30 años de duras luchas. Pese a que la intervención armada americana se había realizado cuando el ejército cubano ya había derrotado al español, las fuerzas EEUU permanecieron en la isla durante cuatro años. En este período las relaciones económicas y financieras fueron reforzadas e hicieron que Cuba se convirtiera en una semicolonia a todos los efectos: las convenciones estipuladas acordaban a las mercancías y capitales norteamericanos un régimen preferencial y concesiones a precios especiales sobre la tierra, así como la imposibilidad para Cuba de firmar acuerdos comerciales y financieros con terceros países. Desde aquí, y hasta el giro socialista de Castro en 1960, el proceso no fue más que un progresivo acaparamiento de todos los recursos de la isla: la casi totalidad de las tierras cultivables pasaba a través de alquileres a largo plazo a las garras de las sociedades norteamericanas. El resto era hipotecado a favor de bancos y acreedores de EEUU. El total de la economía, la industria del azúcar y la del tabaco, todos los bancos, los ferrocarriles, los transportes urbanos, las centrales hidroeléctricas, los correos y otros servicios públicos, los recursos mineros, pasan a ser propiedad o estar bajo el control de compañías norteamericanas.
A la par de otros países latinoamericanos, el dominio del capital financiero de EEUU no lleva más que a la intensificación del monocultivo, caracterizado por la utilización de la casi totalidad de la tierra agrícola en el cultivo de una sola o de poquísimas plantas industriales, y siempre mayor vulnerabilidad de la economía autóctona. Es en la intensificación del monocultivo donde se debe buscar el origen y los límites de la revolución cubana.
Los gobiernos títere y ultracorruptos que se fueron sucediendo no sirvieron más que al interés del capital extranjero y de los propietarios de tierra cubanos, dándose todas las alternativas de los ciclos de una economía frágil y dependiente, con el resultado del agravamiento continuo de las condiciones de vida del proletariado y los campesinos pobres: tal es el resultado de 60 años de independencia.
Mientras la economía europea y el mercado mundial, trastornados por la Primera Guerra Mundial, no se reordenan, Cuba vive un momento de floridez. De 1925 en adelante comienza inexorablemente a sofocarse. El desequilibrio entre los ricos propietarios cubanos y extranjeros y las masas proletarias y semiproletarias se hace mayor. Carestías, desocupación y enfermedades aumentan y ningún acuerdo internacional para poner un poco de orden en la anarquía del mercado mundial del azúcar da resultado.
Ya en 1933 se registran las primeras sublevaciones populares, que provocan la fuga del presidente Machado. Así se sigue yendo a tirones con otros gobiernos títeres hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se asiste al crecimiento de las exportaciones por el aumento de la demanda y por ende a una pequeña cuanto efímera alza. Desde el fin del segundo conflicto imperialista la declinación económica es veloz y advertida por todos, proletarios y burgueses. Del injerto de un capitalismo anormal con una explotación arcaica de la tierra había surgido en Cuba un vastísimo proletariado y un semiproletariado agrícola e industrial en condiciones de máxima explotación, con un analfabetismo que no disminuía su potencial revolucionario. Efectivamente, estaban fuertemente organizados sindicalmente siguiendo la tradición anarco-sindicalista importada en la época de la dominación española. Por tanto, eran frecuentes y violentas las manifestaciones obreras contra los gobiernos dictatoriales.
Amén de la represión se debía soportar la traición del Partido Comunista Cubano. Surgido en la isla en 1919, es de inmediato puesto fuera de la ley por Machado, pero después del triunfo del estalinismo en Rusia y de la alianza con los Estados Unidos en la lucha antifascista contra Hitler, el P.C. cubano se transforma en agencia local de la política exterior soviética: uno de los primeros resultados fue el empeño de poner fin a la agitación revolucionaria en la isla, entonces en pleno desarrollo.
Los trabajadores, que habían ocupado algunas fábricas y proclamado unos soviets locales, deberán dar marcha atrás. Antes de la Segunda Guerra Mundial este partido sostiene incluso la necesidad de tener una actitud positiva con Batista, que ahora profesa la democracia. Consecuentemente, éste legaliza el P.C. cubano.
Los estalinistas, hasta el inicio de la guerra fría entre Rusia y EEUU no hesitaron en apoyar a todos los gobiernos títere y en participar en todas las coaliciones electorales puestas en escena por Batista sin dar un mínimo apoyo al movimiento nacional-revolucionario que se venía desarrollando y al que, es más, acusaban de fascista. Solo después del advenimiento de Castro al poder y del inicio de la caza de brujas por parte norteamericana proclamaron que las medidas tomadas por el Gobierno nos llevan al socialismo.
Un cambio radical de la estructura productiva de la isla no podía ser impuesto sino con una revuelta armada radical. Ciertamente no por parte de los norteamericanos y la gruesa burguesía cubana ligada con mil hilos al imperialismo de éstos. La tarea fue tomada por la masa de la pequeña y mediana burguesía arruinada que vivía en el campo y la ciudad, por los pequeños comerciantes, por los profesionales e intelectuales, y por los proletarios rurales y urbanos interesados en la disminución de la desocupación crónica. Ausente la posibilidad histórica de la realización del programa revolucionario comunista, la fuerza y el potencial revolucionario contra la opresión y la miseria fueron puestos en acción por un movimiento popular o sea interclasista, con fines nacionales, esto es, por el castrismo y por todas las otras organizaciones políticas en un Frente Popular, por la democracia, contra la dictadura y por la independencia nacional.
Al inicio el movimiento castrista fue bien visto no solo por los americanos sino también por todo el mundo occidental y recibió el apoyo financiero y militar para la organización de la lucha. Pero las fuerzas sociales puestas en marcha por la revolución no podían detenerse a mitad de camino so pena de tener que declararse fallidas. Elementos radicales llevaron más a fondo la lucha ocupando el lugar de aquellos moderados y necesariamente llegaron a perjudicar los intereses norteamericanos en la isla. Cuanto más se avanzaba con las nacionalizaciones, más aumentaba la rigidez económica y política de los EEUU. Los stocks sin vender se acumulaban y la deuda externa alcanzaba límites nunca vistos a causa de la gran demanda de capitales para la industrialización. Necesariamente el nuevo gobierno cubano, como por otra parte todos los países pequeños aparecidos de forma tardía en la escena del desarrollo histórico del capital, debió apoyarse, para mantener y consolidar el poder, en el bloque soviético. El empeño económico y político de la URSS fue impuesto por la situación, no querido y no previsto. Fue así como Castro, ya campeón del progreso, llego a ser, para unos, agente del Kremlin y dictador comunista, para los otros, un compañero.
Una nueva y original vía al socialismo fue así transitada, una vez más, sobre el pellejo del proletariado. Nosotros, entonces como hoy, denunciamos la naturaleza burguesa y para nada socialista, no solamente del castrismo, sino también de todos los comunistas que entonces hacían referencia a Moscú. La andadura junto a Rusia y su trágico final, no hace sino confirmar la irreversible impotencia de un pequeño país atrasado en su economía capitalista, para obtener una modernización y competitividad que dé por resultado una verdadera independencia. La solución para la burguesía cubana se ha demostrado que no estaba en cambiar de patrón, la agonía que sufre actualmente la economía cubana, con los balseros abandonando el país aun a riesgo de perder la vida, parece indicar que la burguesía cubana antiyanki va a tener que agachar la cabeza ante su más lógico patrón, el yanki. La única perspectiva para enfrentarse a la explotación capitalista del proletariado cubano pasa por saber distinguir los propios intereses de clase inmediatos e históricos de los de la propia burguesía y el capital nacional, solidarizando con el movimiento y con los fines de la clase obrera de todos los países.
El Chile de Allende
Con la elección de Salvador Allende, el 4 de septiembre de 1970, como presidente de Chile, se abre, esta vez en América Latina, una nueva y original vía para la victoria del proletariado en el mundo: la vía pacífica al comunismo.
Chile, como tantos otros países de América del Sur, se enorgullece de la formación de su Estado nacional, una vez liberado de España, hace ciento setenta años, mucho antes que en Alemania y en Italia. Pero se trató de un episodio totalmente formal, falto de sustancia, ya que las relaciones de propiedad tradicionales y las formas arcaicas de gestión de las haciendas perduran por otros cien años, en un país totalmente agrícola y exportador de materias primas. Al igual que en los países vecinos, estas tierras se convierten en presa del imperialismo, primero británico y luego americano, hambrientos de materias primas y de minerales.
Hay que esperar al primer período de posguerra para presenciar la instalación de un capitalismo industrial de pequeñas y medianas empresas muy grácil, debiendo soportar la deuda externa y el avance del imperialismo norteamericano con sus multinacionales.
De 1964 a 1970 el país fue gobernado por la democracia cristiana, con Frei como presidente, que naturalmente nada puede hacer contra el avance de la crisis económica, después de años de crecimiento ininterrumpido. Desde 1967 se asiste a la movilización del proletariado y los campesinos pobres. Para la burguesía no había más solución que la de lanzar al país a una acumulación acelerada de capitales, y esto no podía hacerse sino poniendo a trabajar al proletariado. Es por eso que los capitalistas no ven con malos ojos el avance y posterior victoria electoral de la Unidad Popular (formada por seis partidos: socialistas, nacionalcomunistas, radicales varios y democristianos de izquierda) con un programa de reformas totalmente burgués pero acompañado de una verborragia revolucionaria apta para contener el descontento del proletariado.
Ciertamente, medidas como la concentración del capital agrícola, la nacionalización de las inversiones extranjeras y los monopolios propiciadas por la Unidad Popular nada tenían de comunistas, y tampoco de burguesas radicales. Tímidas reformas para nada originales y que eran reclamadas desde hace años por distintos sectores sociales, incluso por la Iglesia, que desde hacía tiempo venía invitando a no elegir entre capitalismo y colectivismo, sino una vía de reformas democráticas.
Nosotros, en aquellos años, a las promesas de los oportunistas, de eliminar los antagonismos sociales por medio del socialismo pacífico de Allende, las definimos como utopías reaccionarias. Los partidos burgueses de base obrera tenían que atraer a sus filas, irremediablemente, por medio de las promesas de bienestar, a la pequeña burguesía rica, para cumplir con su función de contención contrarrevolucionaria. Pero al mismo tiempo debían desarrollar el capitalismo, por lo tanto, siguiendo la lógica inevitable de este modo de producción, arruinar, proletarizar a la pequeña burguesía. Impregnada de tal contradicción, no fue difícil anticipar el final sin gloria de la Unidad Popular. La pequeña y mediana burguesía fueron abandonando a Allende paulatinamente para desplazarse siempre más hacia la derecha, hasta que finalmente dio su apoyo decidido a una de las represiones armadas burguesas más violentas e infames que el proletariado y campesinado pobre latinoamericano haya debido soportar jamás, todo con el beneplácito del imperialismo norteamericano.
Hoy, 1994, al igual que ayer tenemos tristes confirmaciones: el capitalismo chileno de nuestros días se jacta de incrementos productivos del 10% anual, y exporta capitales a países vecinos. Esta estrepitosa acumulación no se podía concretar sino sumiendo a millones de obreros en la miseria más negra, que nada tiene que envidiar a la de los proletarios del siglo XIX en Europa, y el medio fue el garrote, bien facilitado por el gobierno burgués de la Unidad Popular. * * *
Vaya al proletariado de lengua hispana el recuerdo de estos hechos históricos en los que combatió por causas que no eran propias y no supo, o bien perdió, la justa vía de la revolución, pero que de todos modos entregó valerosamente a la historia, para las futuras generaciones. Estas lecciones de la contrarrevolución están expresadas en las Tesis Características que ahora publicamos en lengua española, convencidos de que indican la única vía a seguir para la liberación comunista de la humanidad mundial trabajadora del infierno capitalista.