Detrás del drama de Rwanda están las infames intrigas imperialistas
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El articulado y equipadísimo sistema de los mass media mundiales emborracha a los teledependientes y teledeficientes con desgracias y calamidades, utilizando el directo como si tratase de un partido de fútbol y no de la vida misma.
Datos, cifras, testimonios, entrevistas, lágrimas, y cadáveres se suceden durante semanas y a continuación se va a la búsqueda de un nuevo escenario; el multiétnico circo de la información siempre tiene el equipaje listo. Así últimamente aparecieron diferentes dramas que después terminaron por disiparse en las pantallas televisivas de todo el mundo: el de Somalia y todo el Cuerno de África, el de Albania, y el de Bosnia. La tropa a sueldo de cronistas televisivos que acaba de irse de Rwanda, y que hoy ya está bien situada con las antenas parabólicas en las playas de Haití a la espera de algún golpe excepcional, mañana se apostará allá donde la crisis capitalista produzca sus inevitables catástrofes, incluida la peste de la ciudad india de Surat, donde por el momento no conviene acercarse demasiado.
Ahora Rwanda ha sido abandonada a su destino de miseria y violencia en una especie de corriente controlada con el fin de contener los efectos devastadores sobretodo en los países vecinos, donde han irrumpido enormes masas de prófugos.
Para llegar a comprender y a encuadrar correctamente desde el punto de vista materialista la rastrera y prolongada guerra civil de Rwanda, que ha sido explicada como un acervo tribal entre las etnias hutu y tutsi, es preciso remontarse brevemente en la historia a la época de las migraciones de los pueblos en busca de nuevas tierras para habitar y al período de explotación colonial europea con sus correspondientes consecuencias.
Hace aproximadamente cinco siglos, la tribu tutsi, población de tipo nilótico dedicada al pastoreo nómada, se desplazó hacia el sur desde los altiplanos etíopes en busca de nuevos territorios donde vivir e instalarse con sus rebaños, integrándose y adaptándose a las condiciones dictadas por el nuevo ambiente natural.
Las causas y las modalidades de estas migraciones no son conocidas; normalmente se trata, como nos recuerdan los relatos bíblicos, de tribus de pastores nómadas pero sobretodo de sucesivas y grandes oleadas migratorias que parten desde la India hacia Europa.
La migración tutsi concluye, en una o más oleadas, en una zona de colinas propicia, rica en reservas de agua, y habitada por la tribu hutu dedicada a la agricultura sedentaria, la cual, respecto al puro y exclusivo nomadismo pastoril todavía hoy presente en algunas regiones africanas, representa un avance en la forma de producción para la supervivencia.
Las poblaciones nómadas, por la organización como sociedad militar armada que se deben dar para afrontar un modo de vida particularmente lleno de insidias e imprevistos, presentan generalmente una notable aptitud para la actividad guerrera; por el contrario, ésta se da en menor medida en las poblaciones sedentarias, que solo son empujadas a la defensa de su territorio con ocasión de incursiones extranjeras.
Con el tiempo se consolidó la convivencia entre los dos grupos étnicos por medio de frecuentes matrimonios, hasta el punto de que actualmente es difícil distinguir a simple vista las dos etnias.
También la organización social, que reconstruimos teniendo en cuenta las pobres descripciones de que disponemos actualmente, se consolidó bajo una forma híbrida y de transición, similar en muchos aspectos a la variante asiática de la forma secundaria de produ-cción, derivada verosímilmente, a través de las migraciones, de las arcaicas formas de la antigüedad, y de la forma feudal con características étnicas: las comunidades agrícolas hutu son defendidas y protegidas por los ágiles tutsi. Así, con el tiempo, los Watutsi, guerreros por excelencia, ocuparon los vértices de la escala social (Unità, 21/5/94).
Mientras en los Países de las Colinas, parte del África de los Grandes Lagos, se consolidaba sin particulares problemas de intolerancia étnica este tipo de organización productiva y social, que por sus favorables condiciones naturales y por su lejanía de la costa no precisaba ningún avance, en otro lugar, concretamente en el Berlín de 1885, se modificaba su destino.
Hasta 1870, la colonización europea de África se limitaba a las zonas costeras y a las bases marítimas y comerciales; el asalto de África, término correcto para indicar las maniobras de repartición del continente negro, se desarrollaba bajo la influencia de las principales potencias europeas de aquel tiempo.
En 1871, mientras en Francia acababa de ser ahogada en sangre la gloriosa lucha de la Comuna de París, en África el periodista americano Stanley hallaba en una aldea a orillas del lago Tanganika al explorador y misionero escocés Livingstone, dado por desaparecido en uno de sus viajes de reconocimiento del interior de África. Detrás del pobre disfraz de la investigación científica y de la difusión del mensaje evangélico se escondían malamente los intereses de las potencias europeas por apropiarse de la inmensa cuenca de materias primas, metales, oro y piedras preciosas necesarias para la ampliación del proceso de industrialización en el viejo continente.
Por la dureza demostrada en su relación con las poblaciones locales, Stanley fue elegido por la sociedad minera, que era propiedad del rey de Bélgica Leopoldo II, como hombre idóneo para llevar a cabo el descubrimiento y conquista de toda la gran cuenca del Congo, que enseguida demostró ser un enorme yacimiento minero de diamantes, zinc, plomo, cobre y plata.
La conquista de África resultaba tan fácil y segura para las potencias europeas que estas exigían sus territorios aún antes de haberlos ocupado militarmente, creando así en Europa una peligrosa situación de conflicto de intereses.
En la Conferencia sobre el Congo de 1884-85, celebrada en Berlín a petición de Bismark, se reconoce el Congo como propiedad privada del rey Leopoldo II, que después lo cede al Estado Belga (cuanta generosidad, habida cuenta de los costes de una ocupación militar), pero lo más destacado fue que esta conferencia estableció que un territorio africano, para ser reconocido como colonia de un estado europeo, debía ser ocupado de manera estable, dando así lugar al comienzo de la repartición de África.
Inglaterra rápidamente trazó una política que tendía a unir, en el más breve tiempo posible, todos sus dominios africanos en una única colonia, larga y continua «desde El Cabo hasta El Cairo»; mientras, Francia, partiendo desde Argelia bajaba hasta más allá del ecuador hacia el Océano Indico. Las potencias menores tuvieron que conformarse con ocupar las partes restantes: Portugal fue disuadido por las presiones británicas en su pretensión de unir Angola con Mozambique por medio de la conquista de una parte de la actual Rhodesia, y España finalmente se tuvo que conformar con Río de Oro. Bélgica podía darse por satisfecha con la cuenca del Congo, Italia primero ocupó Eritrea, luego Somalia, y por último Libia, mientras Alemania con la Kolonialverein (Liga colonial) y la Sociedad para la Colonización Alemana, partiendo de la base de Dar el Salam, en la actual Tanzania, penetraba hacia el centro del continente en dirección a los yacimientos del Congo Belga, consiguiendo así bloquear, para satisfacción de todos, el proyecto inglés de un único dominio que abarcase desde El Cabo hasta El Cairo.
Completan las aspiraciones de Guillermo II y del capital alemán, como tercera potencia colonial en África: Togo, Camerún, reconocido por los ingleses a cambio de la renuncia a sus pretensiones sobre Nigeria, y el África del Sudeste, la actual Namibia con sus ricos yacimientos de diamantes. La penetración alemana en el África oriental llega hasta el actual Rwanda y Burundi, en la frontera del riquísimo, debido a sus materias primas, Zaire, prácticamente el ex-Congo Belga, y aquí la Sociedad para la Colonización Alemana confirma y utiliza, para sus organizaciones coloniales locales, las estructuras y jerarquías sociales existentes entre las etnias en el momento de la conquista.
Después de la primera guerra mundial, mediante la adquisición sobre la base del Tratado de Versalles, los Belgas sucedieron a los Alemanes en el control y la explotación de Rwanda-Urundi (separados en 1962 en dos estados independientes, Rwanda y Burundi), y empeoraron la situación preexistente confiando las tareas policiales y administrativas preferentemente a la minoría tutsi, relegando definitivamente a la mayoría hutu a los niveles más bajos de la organización económica y social.
Para completar la obra, introdujeron a continuación la certificación de la etnia de pertenencia u origen en los documentos de identificación, perpetuando así esta división étnica y económica. Por el momento no es posible conocer cuántos y qué tipo de acuerdos hubo entre los jefes belgas y los tutsi, y qué garantías debieron dar estos a los explotadores europeos.
En el artículo «Le spine del Congo nella corona belga» (Programma Comunista, n°16/1959) encontramos una descripción detallada de la situación que había después de la anexión en el Congo Belga, anexión que dura hasta la independencia en 1962: «La Sociedad General de Bélgica es, por supuesto, el grupo financiero que hasta ahora se ha asegurado la parte del león, sus poderes son ilustrativos: controla la administración colonial y todas las empresas «privadas», sin olvidar el conjunto de las instituciones civiles, religiosas, militares y políticas de la colonia. Pero sus poderes no son menos grandes en Bélgica, donde la «vigilancia democrática» del Parlamento obedece servilmente los planes de la política colonial del Estado agente en nombre de la «comunidad nacional». La población europea en el Congo belga y en Rwanda-Urundi está naturalmente subordinada a la omnipotente y anónima presencia del Capital financiero. A la sombra de este «becerro de oro» los europeos (108.000, de los cuales 85.000 son belgas), gozan de prioridad absoluta sobre los 12 millones de indígenas del Congo, unidos a los 5 millones de Rwanda-Urundi, entregada a Bélgica en régimen de administración fiduciaria por la ONU después de la segunda guerra mundial, como ya lo fuera en régimen de mandato por la Sociedad de Naciones en 1922.
Exceptuando a los notables indígenas, mercenarios de los europeos, el conjunto de la población congolesa constituye una inmensa reserva de mano de obra en poder de las empresas estatales, de los aparatos de producción industrial y agrícola, y de las compañías comerciales. No se formó ninguna burguesía indígena, visto que los notables no son sino jefes «ociosos» que viven a costa de su tribu. La pequeña burguesía comerciante autóctona está ahogada por la competencia del comercio europeo, y a su vez es absorbida en la órbita de las grandes compañías industriales. Desde hace algunos años se ha formado un «campesinado indígena» organizado en cooperativas; pero esta experiencia lo único que ha conseguido es hacer prosperar un «kulakismo» del que se benefician exclusivamente las misiones católicas que las mantienen bajo su control. La ganancia está, o en manos de los europeos, o de los señores feudales de Rwanda-Urundi, mientras solo un pequeño porcentaje de ella está reservada a las tribus y al campesinado indígena, por lo demás, todas las fuerzas productivas son «asalariadas» en calidad de maleteros, descargadores, mozos, criados, y proletariado perteneciente a las grandes empresas mineras, industriales y comerciales».
El primer duro choque en época reciente entre las dos etnias, ya establemente divididas en jerarquías, se produce a finales de los años cincuenta cuando la mayoría hutu persigue al grupo dirigente tutsi, y éste se refugia al norte, en Uganda. Es aquí, en esta ex-colonia británica convertida durante decenios en el refugio de los perseguidos, donde después se forman, en bases militares de adiestramiento, los cuadros dirigentes del actual FPR (Frente Patriótico Revolucionario), compuesto por tutsis y hutus «moderados».
Extraído de «Zagagie congolesi contro schede belghe», «Azagayas congolesas contra papeletas de voto belgas», (Programma Comunista, n°21/1959): «Las luchas tribales que han estallado hace algunas semanas en Luluabourg, en la provincia de Kasai, y las hasta ahora en curso en el vecino Rwanda-Urundi, se salen ya del cuadro tradicional de los choques entre diferentes grupos étnicos y se encuadran cada vez más en el proceso de resurgimiento político y social del continente negro. Se observa que en Rwanda-Urundi (territorios bajo «administración fiduciaria» belga en la frontera oriental del Congo), la administración colonial repite el papel de presentar los hechos sangrientos recientes, como una pura y simple llamarada de odio entre tribus, y trata de responder a ellos con la promesa de una apresurada consulta electoral: la primera tesis es desmentida por el hecho de que los «odios ancestrales» se sobreponen a un conflicto de orden social bien preciso, en el cual los Watutsi, que (como escribe The Economist, revista que no es sospechosa de tener tendencias revolucionarias) son «por tradición los señores feudales supremos de los campesinos Bahutus», y como siempre aliados del gran capital blanco, han «dirigido sus azagayas contra las organizaciones populares y reformadoras» de estos últimos; y el programa electoral ha sido estudiado expresamente para utilizarlo como válvula de escape del preocupante malestar de las poblaciones más «atrasadas»».
Apoyándonos en la descripción anterior y en la consolidada costumbre de contraponer por doquier los grupos tribales en rígidas jerarquías, podemos deducir que las motivaciones económicas de las pobres comunidades rurales hutu contra los ricos feudales tutsi, han tenido un peso mayor en estas revueltas que el que hayan podido tener los «antiguos odios tribales».
La sucesión de grandes hecatombes a golpe de machete, de éxodos en masa y de acciones punitivas con finalidad de venganza que después les han sucedido es impresionante: 1959, 1963, 1965, 1973, 1991, 1992, 1993, 1994.
En la formación de los Estados nacionales africanos con independencia controlada, Francia e Inglate-rra maniobraron siempre de manera más o menos sospechosa entre bastidores y el democratísimo gobierno de París mantiene actualmente en la República Centro-africana su más importante base militar estratégica de todo el continente, con lo cual está siempre preparado para intervenir con sus adiestrados legionarios a fin de mantener su papel de gendarme europeo en África pudiendo así sostener con su aparato militar sus propias sociedades financieras.
En la respuesta dada por el «Ministerio para la Cooperación Francesa» (el nombre del Ministerio es bonito aunque su proceder sea bien diferente) a los ponentes sobre el balance del año 1994 en la Asamblea Nacional (Le Monde Diplomatique/Manifesto, junio de 1994) se lee que Francia está presente a través de ayudas militares directas en 25 países africanos, con un gasto anual en equipamientos de 57.000 millones de liras (quizá sea un error de traducción: ¿son liras o francos?), tiene 792 «asistentes técnicos» y militares en el continente y forma en las academias militares de Francia a 1330 oficiales al año, de los cuales la mayor parte es destinado a la formación y al mando de bata-llones de intervención rápida y de gendarmería. Además financia y dirige una escuela internacional de infantería en Thiès (Senegal) y otra de transmisiones en Buaké (Costa de Marfil); el 20% de los fondos de la MMC (Misión Militar de Cooperación) es dedicado a la formación, del otro 80% no se sabe nada; a esto debemos añadir todavía: Francia adiestra en Mauritania un ejército controlado por los Mauros y los Bereberes que siembra el terror entre las minorías negras. Estas, a pesar de haber sido liberadas de la esclavitud, hecho que no ocurrió hasta julio de 1980, ¡viven todavía en una condición de total sumisión!
Rwanda es un Estado artificial, típico producto de una descolonización que en la mayor parte de los casos ha separado con fronteras arbitrarias a los cerca de 700 millones de africanos, pertenecientes a más de un millar de diferentes etnias, en 52 Estados que en realidad son otros tantos contenedores de miseria, de continuos choques internos y de huidas en masa a causa del hambre y el terror.
En conjunto se estima que en todo el continente hay 20 millones de prófugos, y la grave carestía que gravita sobre el Cuerno de África podría causar otros 20 millones de muertos en todo el África Oriental: todas las tragedias del continente se contabilizan con cifras de semejante magnitud. En su último informe sobre el ajuste en África, el Banco Mundial calcula que se necesitarán, al ritmo actual, 40 años para que los Estados pobres de la región subsahariana recobren el nivel de renta per cápita que tenían en la mitad de los años setenta (Le Monde Diplomatique/Manifesto, septiembre de 1994).
Geográficamente Rwanda es un Estado un poco mayor que Sicilia (25.460 Km². cuadrados), pero mucho más poblado que ésta con 7,5 millones de habitantes (en Sicilia hay 5 millones) y tiene un PIB por habitante de 290 dólares, o sea el 1/80 del de EEUU. Este es un valor bajo pero de cualquier manera es decididamente mejor que el de los Estados limítrofes: Tanzania (120), Uganda (170), Burundi (208), y Zaire (220). En estos altiplanos la densidad es 290 habitantes por km²., la mayor de todos los países africanos. El 44% del territorio ruandés es tierra laborable y de cultivo arbóreo, los prados y pastos permanentes cubren el 18%, mientras que las florestas y los bosques ocupan el 21% y el restante 17% es baldío e improductivo, o sea valores en conjunto discretos.
La agricultura es pobre (patatas, mandioca, sorgo, judías) y sus recursos minerales son modestos y solamente con la extracción de tungsteno entra en los últimos puestos de las estadísticas mundiales con una cuota de 1/320 de la producción mundial. Pequeñas cantidades de oro y de estaño completan la riqueza del país.
A pesar de esto, el control francés en la zona se ha reforzado aprovechando la actual debilidad y crisis belga con el beneplácito de la ONU y se evidencia con precisión una política de ingerencia activa en los débiles y pobres Estados africanos como una modificada forma de invasión colonial preferentemente económica.
El imperialismo francés, al igual que los otros que en este período de crisis capitalista general disfrutan no obstante de una relativa vitalidad, no cesa jamás de operar en función de una política económica de rapiña, y sigilosamente y con bajos costes, explotando y exasperando las divergencias entre los distintos grupos sociales a fin de extender la «zona de influencia del franco francés» como en el caso, además de los ya citados, de Guinea Ecuatorial donde el apoyo directo a los clanes dominantes es más que manifiesto.
La última masacre que ha producido un éxodo relativo en Rwanda no nace de la respuesta encarnizada ante un hecho aislado o de una concatenación de venganzas y represalias, sino que parece evidente que se trata de una operación atentamente preparada y organizada.
En el pasado, las autoridades francesas sustituyeron rápidamente a las belgas, que habían limitado al mínimo indispensable el armamento local, habían apoyado al gobierno compuesto por la mayoría «francófona» hutu, y por consiguiente el temor de la minoría «anglófona» tutsi es ver empeorar su situación tras la llegada de los franceses.
La precedente intervención militar francesa en Rwanda, en noviembre de 1990, prevista solamente para algunas semanas, con el fin de garantizar la seguridad y la evacuación de los europeos de Kigali, tras una primera ofensiva del FPR (tutsis más hutus moderados) ha durado más de tres años. El cuerpo de expedicionarios había alcanzado en breve tiempo las 600 unidades, o un número netamente superior a los extranjeros a proteger y un grupo de asistentes militares e instructores (Dami) había tomado a su cargo el adiestramiento de los gendarmes y del ejército ruandés que en poco tiempo pasa de 5.000 a 40.000 hombres, mientras los legionarios franceses intervenían directamente, cada vez con más frecuencia en los choques armados con el fin de salvar el régimen del general-presidente hutu Habyarimana.
En 1993, el ministro para la cooperación destinó un crédito de 12 millones de francos para apoyar a las fuerzas armadas ruandesas; seis misiones temporales de adiestramiento de los gendarmes fueron efectuadas en el lugar, una cuarentena de oficiales ruandeses frecuentaron las «grandes écoles» militares francesas. Además la venta de armas egipcias al ejército ruandés, por un valor de seis millones de dólares ha sido garantizada por el Crédit Lyonnais, mientras llegaron armas de Sudáfrica por otros 5,9 millones de dólares, violando todos los embargos.
Sobre la petición de los «rebeldes del FPR» y en base a los acuerdos de abril de 1993 de Arusha (Tanzania) que puso fin a tres años de guerra entre las fuerzas gubernativas y el Frente, y sentó las bases para la división pacífica de los poderes, un contingente de la ONU de militares belgas sustituyó a los franceses, pero tras el asesinato de diez cascos azules, Bélgica retira su contingente y Rwanda, tras la masacre que siguió al abatimiento del avión presidencial ruandés, fue abandonada a su suerte, provocando esta última tragedia.
Todo hace creer que el ala extremista y reaccionaria del régimen del presidente Habyarimana (inventor de la limpieza étnica contra los tutsis y sustentador de las terribles bandas paramilitares hutus de los Kigingi), contraria a cualquier acuerdo con el FPR, haya intentado jugar la carta de la ofensiva final contra los tutsis.
El 6 de abril de 1994, el avión presidencial fue abatido en el momento de aterrizar por cohetes lanzados desde el campo de la guardia presidencial y pocos instantes después entró en acción un plan preparado desde hacía tiempo. Todos los miembros de la oposición centrista moderada fueron masacrados, empezando por el primer ministro, la señora Uwilingyimana y los diez cascos azules belgas que la escoltaban. Los milicianos poseían listas preparadas de antemano, los miembros de la guardia presidencial iban acompañados por civiles a quienes ya desde diciembre se les habían distribuido armas y habían sido adiestrados militarmente. Su enrolamiento se hizo con la promesa de dinero, ganado y las tierras de los vecinos expulsados; los mismos argumentos fueron presentados a los campesinos hutus, quienes tenían a su disposición 0,7 hectáreas de tierra, como media, para nutrir a familias de 8 ó 10 personas como mínimo.
Tras la salida de los cascos azules y de los pocos europeos y otros extranjeros comprendida la evacuación de un orfanato entero por parte de los soldados franceses, las masacres de los tutsis continuaron puertas adentro ante los ojos de las fuerzas de los observadores de la ONU, quienes «no tenían la orden de defender a las víctimas» (Le Monde Diplomatique)
El avance progresivo de las fuerzas del FPR que empieza a considerar la vieja propuesta de dividir tanto Rwanda como el vecino Burundi, viviendo ésta las mismas tensiones y relativas masacres, en zonas étnicamente homogéneas, provocó tras la caída de la capital ruandesa el repentino y gran éxodo hacia los países limítrofes, sobretodo hacia Zaire por el miedo a las represalias de los vencedores quienes, por el contrario, mandaban mensajes para la vuelta al país y a la concordia.
También en este período de desmembramiento de Rwanda, tanto antes como después de la victoria del FPR, el rol de Francia fue digno de su tradición colonialista bajo la égida de Miterrand hijo, consejero para asuntos africanos y responsable para la cuestión ruandesa desde 1990, hasta el punto de que el Frente amenazó con considerar a los franceses como enemigos invasores en el caso de que hubiesen sido encontrados en la zona bajo su control.
La «misión humanitaria Turquesa» confiada exclusivamente a las tropas francesas, a petición explícita e insistente de París, ha sido acusada por el FPR ya que: «el envío de legionarios y marines tendría el objetivo principal de borrar las huellas comprometedoras, de «sacar del país» a aquellos franceses implicados en la asistencia a los soldados y milicianos asesinos hutus o de salvar a los responsables del genocidio. Buscando al mismo tiempo robar la victoria a los combatientes del FPR. Son acusaciones recogidas por Amnesty International, que ha pedido a París favorecer una investigación sobre la presencia temporal de instructores militares franceses junto a los milicianos y a los «escuadrones de la muerte»» (Le Monde D.)
El dispositivo militar francés en Africa desde 1960 ha actuado más o menos de esta manera 18 veces, incluyendo en la cuenta a Rwanda desde 1990 a 1993 y desde junio hasta agosto pasados para la operación Turquesa: la existencia de esta red está compuesta por 7 bases permanentes que se apoyan en 8 acuerdos de defensa y 25 acuerdos de cooperación técnica, el gendarme de Africa ha dado siempre prueba de óptimas cualidades operativas.
Sobre las desgracias de Rwanda además de los vampiros europeos se está cebando también la avidez de los gobiernos de los Estados limítrofes, Zaire a la cabeza seguido de Uganda, que aprovechan la situación para aumentar su influencia y pedir, por tanto, más financiación.
Para las poblaciones de las provincias zaireñas invadidas por 2 millones de prófugos el desastre ha sido total: campos, huertos, ganado destruidos y la soldadesca zaireña y ruandesa huida multiplican las extorsiones. Pero el drama de la población en torno al lago Kivu significa, sin embargo, buenos negocios para otros: el ejército zaireño ha reutilizado para sí o revendido la casi totalidad de las armas requisadas a los militares ruandeses, además los soldados zaireños que colaboran en la distribución de las ayudas se apropian incluso por la fuerza de una parte para ellas, mientras las autoridades locales exigen un derecho de aterrizaje de 6.000 dólares por cada avión de ayudas que llega.
El presidente Mobutu ha interrumpido sus vacaciones en las islas Mauricio para recibir al nuevo presidente ruandés Bizimunguche que le pedía desarmar a los 20.000 militares refugiados en Zaire y su neutralidad, necesaria para llevar a cabo la reconstrucción ruandesa. Recordemos que en 1990 Mobutu envió a la división especial de la guardia presidencial contra el FPR y sufrió una derrota con grandes pérdidas por parte del general ruandés Kagame, considerado el mejor estratega africano formado en la academia militar de Fort Leavensworth en USA y en la dirección de la guerrilla ugandesa.
Entre tanto, los miembros del gobierno provisional ruandés, tras la derrota militar, indicados como corresponsables de las masacres según los informes de la ONU, son hospedados en las mejores localidades zaireñas y por cierto el Mariscal Mobutu les pasará su correspondiente factura.
Toda esta situación en su conjunto, a pesar de que la tragedia ruandesa haya desaparecido de las crónicas, nos revela que esto es solo una parte de todo el drama africano que se presenta cotidianamente en todo el continente «Desde El Cabo al Cairo» y que esta sangre será vengada «el día en que los obreros de las ex-metrópolis coloniales destruyan los templos construidos con el sudor de los explotados de todos los países, y ahora defendidos por curas y santones tras la impúdica cortina de una moralidad retrospectiva, tras un velo de lágrimas de cocodrilo» («Sangue nero», «Sangre negra», Programma Comunista, n°6/1960).