[RG-62] La Historia de la Izquierda
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El informe sobre la Historia de la Izquierda concluía la serie de las relaciones, ya publicadas en Comunismo, sobre el «Decenio de preparación de la Segunda Guerra Imperialista».
El argumento que se ha tratado principalmente en la exposición ha sido la rapidísima evolución de Alemania, de nación sujeta a las estranguladoras sanciones de Versalles, a imperialismo de primer orden y por tanto a quebrantar violentamente el status quo impuesto por los vencedores de la Primera Guerra Mundial.
El camino de su prorrumpir impetuoso en la escena europea y mundial pasa a través de etapas significativas y bastante aproximadas en el tiempo, que van del plebiscito de enero de 1935, gracias al cual el Sarre volvía bajo soberanía alemana; al rearme y al restablecimiento del reclutamiento forzoso; a la ocupación militar de Renania, en 1936; a la absorción de Austria en 1938; a la incorporación de los Sudetes, en el mismo año; para llegar después, en 1939, primero a la ocupación del Estado Checo y después del de Polonia.
La relación evidenciaba cómo todas las consecuciones de la Alemania nazi no fueran más que la puesta en práctica de los programas ya emprendidos por la República de Weimar. Si estos programas tuvieron durante el período hitleriano una velocidad de ejecución mucho más acelerada, dependió sobre todo del cambio radical de la situación interna (aniquilamiento del movimiento proletario) e internacional, con el agigantamiento de la crisis económica mundial y la consiguiente agudización de las contradicciones interimperialistas que rompieron el frente de los antiguos vencedores.
Frente a estos hechos convulsivos el resto del mundo no permanecía como pasivo espectador, como podría parecer aparentemente. Antes de nada recordamos, que contemporáneamente a los acontecimientos arriba indicados, en extremo Oriente desde hace años se estaba combatiendo la guerra Chino-japonesa, en África la de Etiopía y en Europa la larga y cruenta guerra de España.
La profunda crisis económica empujaba a los países capitalistas a embocar la solución de la guerra, pero el período de preparación de ésta volvía a dar aliento a la producción y a los pacíficos intercambios de capitales y mercancías (aun cuando estas mercancías fueran cañones). Las naciones volvían a restablecer sus relaciones interrumpidas y por todos sitios se ensalzaban himnos a la paz y a la voluntad de colaboración. Tomaba fuerza la teoría de la posibilidad de la paz armada, fundada sobre un equilibrio tal de los armamentos como para disuadir a cualquiera de emprender una guerra que, se decía, habría sido desastrosa para todos. ¡Como se ve los flácidos argumentos del pacifismo no cambian nunca!
La diplomacia internacional probaba frenéticamente cualquier camino y posibilidad de pacto sin preocuparse de si los interlocutores eran antiguos aliados o acérrimos enemigos. Con la misma velocidad con la que se firmaban tratados de paz y no agresión, estos mismos se denunciaban aún antes de que la tinta se hubiera secado o, a veces, aún antes de ser ratificados. Significativo es el caso de Inglaterra que no interrumpió nunca sus contactos con Alemania e Italia. Italia continuaba tranquilamente sus tráficos con Francia y con la misma Unión Soviética, mientras, al mismo tiempo, buscaba por todos los medios desengancharse de la opresora tutela alemana, sin embargo era rechazada por las potencias democráticas. Rusia, paladina de la democracia y baluarte avanzado de la lucha contra el fascismo, no dudaba en volver la espalda a Francia e Inglaterra para firmar, en 1939, los vergonzosos tratados.
Por tanto, si el mundo democrático dio vía libre al expansionismo alemán, lo hizo con un fin muy preciso: esperar a que todas las condiciones favorables para la guerra estuviesen maduras.
La principal de estas condiciones era el total sometimiento del movimiento proletario internacional a los intereses de los imperialismos de cada país. Y, con este objetivo, por encima de las fronteras y de las irreconciliables ideologías, todos los Estados colaboraron activamente por la consecución de tal objetivo.
Alcanzado el objetivo ya no era importante saber qué camino cogería cada país individualmente, si se adheriría a una o a otra constelación imperialista; esto sólo dependería de relaciones internacionales o de valoraciones del botín, que dependiendo de las formaciones, habría sido posible obtener.
Pero, más allá de estas valoraciones contingentes, el objetivo principal había sido conseguido: fuera como fuera la guerra el modo de producción capitalista vencería porque el proletariado, la única fuerza histórica revolucionaria, ya había sido batido.