Partido Comunista Internacional

[RG-61] Cuestión de las nacionalidades en Rusia

Categorías: Chechnya, National Question, Russia

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Movidos por la intervención militar «gran rusa» en Chechenia, en la última relación del sábado, volvimos a tocar la compleja cuestión del diversísimo desarrollo de los cientos de pueblos del que fue imperio zarista, en el que bajo el poder centralizado estatal convivían: algunas burguesías más o menos próximas a una dignidad nacional (Finlandia, Báltico y Polonia); poblaciones seminómadas en Asia y en los territorios polares; los montañeses del Caúcaso refractarios a la reciente colonización; un antiguo mercantilismo y un capitalismo nuevo que desde abajo penetraba abundantemente por todas las rendijas de la vieja sociedad; unas finanzas mundiales que se apoyaban en el zarismo para rapiñar las esferas de economía capitalista y precapitalista.

Factores estos que de cierto contribuyeron a la destrucción de la «prisión de los pueblos» y considerados por los marxistas revolucionarios desde siempre; pero es un hecho que las puertas de esa prisión fueron abiertas «desde fuera», por el proletariado internacionalista y por los campesinos prenacionales, y no por movimiento y determinación propia de las burguesías sometidas, que excepto en Polonia eran extremamente débiles allí donde existían.

La fórmula marxista de Lenin del derecho de las nacionalidades a la separación estatal se contempla como instrumento de demolición de un orden reaccionario, no como un principio positivo o nuestro modelo constitucional.

Aquí el relator se refería brevemente sobre cómo acaecieron las vicisitudes sociales revolucionarias y militares de la Primera Guerra Mundial y después civil, en teatros todos muy atormentados pero muy lejanos, como los de Finlandia, los tres bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Kazajstán y el abigarrado Caúcaso. De este último se volvía a recorrer la historia tras la conquista rusa, hasta la formación de gobiernos mencheviques en Transcaucasia, la sublevación obrera y la victoriosa Comuna de Bakú.

El grado de desarrollo de estos pueblos meridionales era tan bajo que debimos excluir la posibilidad de una rápida superación de las problemáticas que se denominan con el calificativo de nacionales, entendiendo por ellas la llegada necesariamente gradual de medios materiales que consientan la implantación de un mercado único en el territorio, y sociales, es decir, la formación de las clases modernas y su oposición. No pensemos simétricamente que, el poder del proletariado conceda también el derecho de separación estatal a cualquier nacionalidad. La solución política, que consideramos responde mejor históricamente para indicar el camino de aquellos grupos humanos hacia el comunismo, es una suerte de tutela proletaria sobre tales formas de trabajo atrasado: los proletarios del Estado comunista que, como hermanos mayores de artesanos y campesinos, secunden el progreso material de ellos. No excluimos que tal colaboración pueda ser impuesta a las clases dominantes locales como resultado de un enfrentamiento armado. Pero es evidente que, ni la autodecisión ni la ocupación militar resuelven el problema, que requiere desarrollarse históricamente. Cuando las condiciones sociales o políticas de partida sean particularmente negativas la solución de fuerza, que imponga una dictadura desde fuera, puede resultar contraproducente respecto a aquel camino la separación de las clases, y preferible reconocer los gobiernos burgueses que se han afirmado localmente. Se ha recordado la disensión de Lenin en la solución impuesta a Georgia cuando deseaba en Tiflis un gobierno de coalición con los mencheviques.

Hoy es posible un balance de 70 años de capitalismo ruso y nos ha llevado a reconocer que no se ha llegado a una formación nacional extendida a todo el territorio de la Unión sino que alguna de sus regiones más desventajadas como la caucásica y centro asiáticas han conocido un régimen al que la continuidad territorial con el centro no cambia el carácter colonial. La previsión de Lenin, aunque aplicada a un Estado capitalista y no socialista, era por lo tanto justa. Entre esos pueblos el odio por los «rusos» ha quedado por lo tanto inmutable así como sus costumbres y supersticiones religiosas, por hechos muy materiales. La desmembración del imperio capitalista «soviético» se califica por lo tanto, en las confrontaciones de estos meridionales, como la última de las así llamadas «descolonizaciones», conclusión tardía, aunque impuesta a las metrópolis, de las revoluciones liberales nacionales, la sustitición de una forma ahora ya demasiado costosa e insostenible de sumisión por otra, la financiera, todavía más despiadada. Esto está pasando, no obstante, en las confrontaciones de todos los estaduchos nacidos de la CEI, sean ellos más ricos o más pobres que el centro ruso: economías y Estados hacia el encanto del mercado mundial.

Chechenia, con una extensión de poco más de un valle con poca llanura, está habitada por un grupo étnico que se puede individuar muy bien, con tradiciones belicosas y de feroz resistencia antirusa. La petición de «independencia» es adelantada por las mafias locales sólo para apropiarse de la renta petrolífera, pero los sentimientos contra los ocupantes están tan alimentados por la historia incluso reciente, que la resistencia armada es tal, que ha puesto ya en seria dificultad durante dos meses al que se decía ser uno de los superpotentes ejércitos imperialistas. No nos esperamos la independencia chechena, ni consideramos realista el proyecto del «Kuwait del Caúcaso», pero cualquier revés armado contra los bastiones del capitalismo esta bien dado y, si se tiene que escoger, no tendremos dudas de qué lado ponernos.

En cambio, la criminal conducción de la operación por parte de Moscú es una prueba ulterior de la crisis degenerativa de ese Estado, privado ya de toda estrategia y necesitado sólo de su propia derrota.