Partido Comunista Internacional

Oriente Medio aún no está al borde de la guerra imperialista total, pero las condiciones sociales para la guerra de clase están madurando

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En las últimas semanas, han saltado alarmas en los medios de comunicación respecto a la situación en el Medio Oriente, siguiendo el ejemplo de diplomáticos y políticos de toda estirpe. Dicen que los conflictos actuales podrían escalar a una guerra general en la región, llegando incluso a admitir la posibilidad de una guerra mundial. Las incursiones israelíes en Irán y la consiguiente respuesta de Irán ciertamente parecen darle credibilidad a la posibilidad de un futuro apocalíptico, lo que causaría el involucramiento de personas de todo el Medio Oriente en el fragor del conflicto.

En tiempos de agravada crisis económica global, políticas de austeridad y empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, la amenaza de una guerra mundial podría servir a la burguesía como una nueva arma de terror contra el proletariado.

Ya en 1871, los marxistas dejamos claro que desde entonces las burguesías de todo el mundo están unidas en lucha contra su único enemigo mortal: el proletariado. En el Medio Oriente, éste permanece dividido, ya que todavía hoy sigue enredado en los conflictos entre las burguesías que dominan la región.

Desde octubre de 2023, las iniciativas israelíes se han vuelto cada vez más agresivas: la implacable y asesina arremetida en la Franja de Gaza, la represión en Cisjordania, los asesinatos de los líderes y militantes de Hamás y Hezbolá, los ataques a los civiles del Líbano y las incursiones militares en Irán son todos prueba de ello. Hamás en la Franja de Gaza, Hezbolá en el Líbano, los Hutíes en Yemen, y las milicias chiitas en Iraq y Siria han recibido tiros de advertencia del ejército Israelí en los últimos meses—quienes reciben el apoyo material y económico de los Estados Unidos. Estamos presenciando un creciente alineamiento entre los intereses del Estado de Israel y los intereses imperialistas de Estados Unidos en el Medio Oriente.

Estados Unidos tiene que hacer frente al avance económico del imperialismo chino, y como tal sus maniobras diplomáticas tienen como objetivo preservar sus inversiones en la región, pero China está a su vez atravesando una fase de recesión económica, y necesita tanto del mercado europeo como de un Medio Oriente estable para sus intereses económicos.

De hecho, desde marzo de 2023, el gigante asiático ha jugado un rol protagonista en el acercamiento diplomático entre los rivales históricos de Arabia Saudita e Irán. En junio de 2023, Arabia Saudita y China anunciaron acuerdos de inversión por valor de 10.000 millones de dólares, abarcando sectores como la agricultura, las energías renovables, los vehículos eléctricos, el sector inmobiliario, la minería y el turismo. Estos acuerdos formaron parte de la Décima Conferencia Empresarial Árabe-China celebrada en Riad, y allanaron el camino para que Arabia Saudita se uniera al Banco de Desarrollo del BRICS, que fue creado en 2014 bajo liderazgo chino con el de objetivo financiar la ayuda al desarrollo, y se posiciona como el principal competidor del Banco Mundial.

Por lo demás, debemos tener absolutamente en cuenta el hecho de que el Medio Oriente alberga el 60% de reservas probadas de petróleo convencional del mundo. Una guerra general en la región sería catastrófica para las economías que dependen en gran medida de las importaciones de petróleo, y un movimiento de este tipo desencadenaría una severa recesión de manera inmediata, no solo en Europa e India, sino también en China.


Pese a los pronósticos de una “guerra general”, por ahora la respuesta de Israel a Irán ha sido “moderada”, gracias a órdenes estadounidenses. Teherán solo ha informado de daños en instalaciones críticas de producción de misiles de combustible sólido, que son las únicas capaces de desplegarse con poca antelación; las FDI no atacaron ningún emplazamiento nuclear ni petrolero. En la jerarquía del mundo burgués, las potencias pequeñas y medianas a menudo se ven obligadas a evitar enfrentamientos que afecten los intereses de las grandes potencias. Por lo tanto, es probable que la respuesta de Irán sea igualmente calibrada.

Ciertamente, las sanciones económicas occidentales han obligado a Teherán a estrechar sus relaciones con Moscú y Pekín. Rusia e Irán son ambos grandes productores de petróleo y gas, y como resultado, han forjado lazos económicos (y también estratégicos). Ambos apoyan militarmente al régimen sirio: Rusia suministra a Irán armamento, como los misiles S-300, mientras que Irán ha proporcionado en el pasado a Moscú los drones que necesita para su guerra contra Ucrania.

En cuanto a las relaciones entre Irán y China, ambos países firmaron en 2021 un acuerdo de asociación estratégica de 25 años que incluye una inversión masiva de China en los sectores de energía, infraestructuras y telecomunicaciones. A pesar de las sanciones estadounidenses, China sigue siendo el principal importador de petróleo iraní, mientras que Irán importa una gran cantidad de bienes fabricados en China. Además, Irán, China y Rusia ya han participado en ejercicios militares conjuntos, como el realizado en 2019. En 2021, Irán, con el respaldo de China y Rusia, inició el proceso para convertirse en miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), lo que le permitiría eludir algunas sanciones estadounidenses.


En la última publicación de este periódico, abordamos brevemente la situación económica y social de Turquía. En varias ocasiones, las declaraciones del presidente Erdogan han apoyado abiertamente —o al menos afirmado apoyar— la “causa” palestina frente al peligro “sionista” que representa el estado israelí. Sin embargo, estas palabras deben ser “filtradas” y vistas desde el punto de vista de los intereses especiales del imperialismo turco y su posición particular. Como miembro estable de la OTAN, Turquía se beneficia al mirar hacia el este. No es coincidencia que haya solicitado unirse a las dos alianzas internacionales más poderosas lideradas por países asiáticos: la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y BRICS. Turquía espera posicionarse estratégicamente para tener acceso a estas importantes fuentes de financiamiento.

Así, Turquía está llevando a cabo sus propios ambiciosos planes expansionistas en la región, como ya vimos durante las guerras que siguieron a la llamada “Primavera Árabe”. Con el apoyo de Qatar, Turquía intentó debilitar al régimen sirio, mientras respaldaba al presidente egipcio Morsi y participaba activamente en la conquista de Libia tanto durante como después de la caída de Gadafi. Ahora que la situación se centra en el conflicto entre Irán e Israel, Turquía está astutamente proyectándose como el defensor de la causa palestina. Turquía busca ganar legitimidad en el Medio Oriente y su objetivo es posicionarse como un protagonista en la mesa de negociaciones de los imperialistas, tal como ya intentó hacerlo durante el conflicto entre Rusia y Ucrania.


Los países árabes que firmaron los Acuerdos de Abraham con Israel en 2020 —Marruecos, Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Baréin— no han mostrado intención de salirse de ellos. Ni Jordania ni Egipto han retirado a sus embajadores en Israel, a pesar de las fuertes protestas populares en contra. Estos países, al igual que Arabia Saudita, no dudan en denunciar públicamente las acciones de Israel, mientras contemplan con gran placer cómo se debilitan las fuerzas respaldadas por Teherán.

Como ya se ha mencionado, Arabia Saudita había iniciado en marzo de 2023 un proceso de conciliación con Irán con la mediación del gobierno de Pekín. Sin embargo, estos avances han sufrido un importante retroceso según se han ido desarrollando los acontecimientos, sobre todo si tenemos en cuenta la acentuada atención que han atraído los hutíes con sus recientes escaladas de actividad militar. De manera similar, los intentos de suavizar sus relaciones con Israel lograron cierto éxito, pero en su mayoría están ahora en pausa, a la espera de tiempos mejores. La posición de Arabia Saudita es simplemente ambivalente: por un lado, ha fortalecido su cooperación comercial con China; por otro, sigue dependiendo de Estados Unidos para garantizar su seguridad interna y regional.

Los Emiratos Árabes Unidos han ganado un protagonismo significativo en los últimos años. Participaron en el segundo conflicto en Libia y respaldaron al gobierno de Tobruk. También se han extendido a Yemen, donde su intervención los ha puesto en conflicto en contra de los intereses estratégicos de Arabia Saudita, especialmente después de la ocupación de Socotra. Finalmente, en Sudán, figuran entre los actores que alimentan la guerra en curso (la cual abordaremos en la próxima edición).

A pesar de sus iniciativas belicistas, el objetivo estratégico de Abu Dabi es consolidar su llamado «poder blando» a través de importantes iniciativas financieras y comerciales. Por ejemplo, han invertido ya 35 mil millones de dólares en Egipto para el desarrollo de la península de Ras El Hekma. Esta es una cantidad considerable, y hay rumores de que podría aumentar hasta los 150 mil millones de dólares. Esta importante inversión en el Egipto de Al-Sisi subraya la importancia que los emiratíes otorgan al alinear a El Cairo con sus intereses. Esta necesidad también ahora se refleja en el ámbito militar, ya que ambas naciones están cooperando en Libia y ahora en Sudán.

En gran medida debido a las relaciones cada vez más estrechas entre Qatar y Turquía, los Emiratos Árabes Unidos se encuentran cada vez más en desacuerdo con Turquía. Esto se evidencia en la firma de los Acuerdos de Abraham, el apoyo a Al-Sisi y a las fuerzas kurdas en Siria, e incluso en sus lágrimas de cocodrilo derramadas por el genocidio armenio. Como ocurre a menudo en Oriente Medio, las actitudes bélicas coexisten con distensión. Ejemplos notables de esto incluyen acuerdos financieros entre los Emiratos Árabes Unidos y Turquía (mencionados en nuestra edición anterior), así como la reciente colaboración militar, como la venta de drones Bayraktar.

Lo que hemos descrito hasta ahora ofrece solo una pequeña vista al intrincado y complejo equilibrio de poder en Oriente Medio. Este equilibrio no está definido, ni mucho menos estabilizado, sino que se encuentra en plena transformación. En una conferencia pública reciente del Partido que tuvo lugar en Florencia, dijimos: “Tal geometría variable de alianzas puede observarse, por ejemplo, en la destacada presencia rusa en Siria. Tras más de una década de guerra, la fuerza israelí ha llevado a cabo incursiones casi diarias contra milicias iraníes y las fuerzas de Damasco. No obstante Rusia nunca ha defendido a sus aliados en Siria y permite que Israel continúe realizando sus mortíferos ataques. La única exigencia que Rusia hace a Israel es que informe con antelación, para evitar involucrar a las tropas rusas.”

Nosotros, por nuestra parte, solo podemos reafirmar la única certeza que tenemos: todas las burguesías nacionales en Oriente Medio, como en cualquier otra parte del mundo, actúan únicamente para proteger y avanzar sus propios intereses. Siempre y en todas partes hacen y deshacen alianzas buscando cuál de los diferentes arreglos posibles puede garantizarles mayores beneficios. Independientemente del bando imperialista implicado—ya sea Estados Unidos o Rusia y China—ninguno está preparado para una confrontación directa que pueda derivar en una guerra total en la región. El marco de alianzas es aún demasiado volátil para que puedan comenzar los preparativos para un conflicto regional de tal magnitud.

En cualquier caso, para nosotros, los comunistas revolucionarios, no basta con detenernos aquí. Debemos dirigir nuestra mirada hacia las perspectivas de una guerra social y de su articulación en la región. Con este propósito, a finales de julio, durante la reunión intercalar, desarrollamos un plan de trabajo inicial para estudiar de manera sistemática al Oriente Medio. Resaltamos varios temas que, sin duda, merecen ser analizados desde la perspectiva del marxismo revolucionario.

Si bien hemos discutido la probabilidad o no de una guerra general en Medio Oriente, haciendo especial mención a las cambiantes alianzas entre las potencias regionales —con el telón de fondo de las grandes maniobras imperialistas de China y EEUU— nos parece nuestro deber resaltar sus profundas grietas sociales, que implican la progresiva y siempre inexorable maduración de las condiciones para una guerra social en la región. Para que esta guerra establezca objetivos de clase y esté a la altura de amenazar el orden burgués mundial, el Partido Comunista Internacional, única fuerza capaz de conducir al proletariado a la victoria, debe arraigar también en Medio Oriente.