En la orgánica predisposición del partido está su preparación para la revolución Pt.2
Parte de: El Partido Comunista en la tradición de la Izquierda
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Traduções disponíveis:
- English: The Party’s Preparation for the Revolution Lies in its Organic Nature (Pt. 2)
- Spanish: En la orgánica predisposición del partido está su preparación para la revolución Pt.2
- French: La préparation du parti à la révolution dans sa disposition organique (Pt.2)
- Italian: Nell’organica predisposizione del Partito la sua preparazione alla rivoluzione (Pt. 2)
- Russian: Организационная подготовка партии к революции (Ч. II)
6 – LAS LECCIONES DE LAS CONTRARREVOLUCIONES
Los acontecimientos históricos del periodo 1919-26 no sólo indican la derrota del movimiento revolucionario, sino también el renacimiento del Partido de las cenizas de la Tercera Internacional. Se trata de acontecimientos cuyas causas más profundas no son buscadas ni en las traiciones ni en la fidelidad a la Revolución de hombres geniales e ilustres, sino en las determinaciones históricas objetivas. Como fueron objetivas las causas de la derrota de las fuerzas revolucionarias, en cuanto que en Europa la situación era falsamente revolucionaria y la incertidumbre y el cambio de actitud de los partidos comunistas europeos y de la misma Internacional fueron efecto y no causa de la caída de la curva del potencial de clase, igualmente objetivas fueron las causas que determinaron la lucha de la Izquierda contra el estalinismo. Fue en tal lucha donde se seleccionaron, por determinaciones históricas y ciertamente no por virtud de individuos, las posiciones que desde entonces forman la columna fundamental del Partido destinado a guiar la próxima oleada revolucionaria contra los poderes capitalistas; y es por eso que a aquella lucha y a aquellas posiciones remiten continuamente todas las tesis del Partido, porque es allí donde es posible encontrar la respuesta a cualquier cuestión, por encima del politiqueo personal, en relación con toda la tradición revolucionaria.
Solo la Izquierda ha mantenido intacta la teoría y solo en ella se ha cristalizado la premisa de la reanudación del movimiento revolucionario, pero todo esto es inseparable del hecho de que sólo la Izquierda denunció, desde su nacimiento, las primeras desviaciones tácticas como primeros síntomas de un nuevo oportunismo, que luego se manifestó completamente. La conclusión que el Partido ha sacado es que toda táctica “elástica y maniobrera” no puede dejar de tener un resultado desastroso y de fracaso para la Revolución.
La Izquierda fue la primera en advertir que desde el momento en que el Estado ruso comenzó a desviarse, sometiendo también al PCUS y a la misma Internacional, se habría abierto una fosa cada vez más ancha entre los intereses del proletariado mundial y los del Estado ruso. Se quedó sola sosteniendo que de ese modo se habría abierto un proceso contrarrevolucionario, y se quedó sola entendiendo como el partido formal debiese renacer ex-novo para adherirse de nuevo al partido histórico, contra otras escuelas que sostenían y sostienen la posibilidad de bloquear desde dentro la degeneración de un Partido y de un Estado de cualquier modo “obreros”.
Por eso la transmisión de esta tradición incorrupta por encima de las degeneraciones, no puede hacerse más que utilizando, del modo más fiel posible, las enseñanzas de la batalla de clase conducida por la Izquierda en los años que siguieron a 1919, que fue rota sobre todo por el vínculo de dependencia de un centro que degeneraba. A través de una continua referencia a las vicisitudes que cuestionaron a la Tercera Internacional y a las posiciones críticas que la Izquierda sostuvo para conjurar el peligro de un nuevo oportunismo se deben extraer las enseñanzas, que sin rodeos debemos considerar “sagradas”, no tanto porque pretendemos haber descubierto en ellas recetas para el éxito, sino porque constituyen “severas admoniciones” para defendernos de los peligros y de las debilidades en las que tantas veces han caído las fuerzas revolucionarias y en las cuales todo el organismo es susceptible de recaer. El Partido debe conservar intactas estas enseñanzas fundamentales y mantener como su patrimonio inamovible el justo diagnóstico teórico y previsión histórica hecha por la Izquierda de nuevos peligros oportunistas como se delinearon en los primeros años de vida de la nueva Internacional. En tal patrimonio es de fundamental importancia la evidente tesis marxista, afirmada por la Izquierda en todas las polémicas contra la degeneración de Moscú, de que el Partido es al mismo tiempo factor y producto del desarrollo histórico y que por consiguiente no está rodeado por intraspasables muros, sino que se resiente de los efectos de su misma acción dirigida hacia el exterior.
El abismo en que cayeron en pocos años el Partido Comunista ruso y la misma Internacional, que aun habiendo dirigido la gloriosa revolución de Octubre y habiendo hecho temblar de miedo a la burguesía mundial, fue tan profundo que la misma posibilidad de mantener incluso un débil hilo organizativo que transmitiese las posiciones correctas y la correcta tradición revolucionaria fue confiada a un exiguo número de militantes. A pesar de esto el sentido histórico del renacimiento del Partido y del mantenimiento de lazos organizativos de Partido en todo el periodo estrictamente desfavorable para la Revolución que se abrió con la victoria del estalinismo, ha sido siempre el de la preparación del verdadero Partido para el periodo histórico en que el proletariado volverá a la vanguardia de la historia, en la convicción absoluta de que también el próximo asalto revolucionario seguramente sería derrotado si faltase aún el órgano indispensable para la Revolución, el Partido. Tal Partido no puede ser improvisado, ni puede nacer bajo el impulso de sugestiones y movimientos espontáneos, sino que solo puede ser el resultado de un largo y difícil trabajo, que mantenga intacto el lazo que une a la incorrupta teoría con la acción revolucionaria. Este formidable respiro histórico y el profundo conocimiento de la preparación del órgano efectivo y eficiente de la revolución deben estar siempre presentes en el Partido, aun si la distancia de la época revolucionaria es abismal.
En las “Tesis de Lyon”, que sacan el balance de la lucha contra el estalinismo, a pesar del resultado extremadamente negativo para los fines y los efectos inmediatos de la lucha, son planteados los fundamentos de como debe entenderse la actividad del Partido en todas las épocas y en todas las situaciones y tales fundamentos deben ser considerados como sagradas enseñanzas no sólo para el Partido de hoy, sino también para el de mañana, precisamente porque se derivan de aquellas causas que entonces jugaron a favor de la contrarrevolución, pero que en las futuras condiciones históricas podrán jugar a favor de la revolución. De estas enseñanzas sagradas hemos aprendido que en todas las épocas y en todas las situaciones la actividad del Partido no debe limitarse jamás a la conservación de la pureza de los principios teóricos y del entramado organizativo, ni a alcanzar a toda costa éxitos inmediatos. Esta actividad debe englobar siempre la defensa de los postulados programáticos fundamentales, incluso cuando las llamadas nuevas cuestiones pretendiesen desmentir alguno; asegurar la continuidad de la organización, de su eficacia y de su defensa contra exigencias extrañas al interés de la revolución; la participación activa en toda lucha proletaria suscitada incluso por intereses parciales y limitados, propugnando siempre su desarrollo, pero planteando siempre en primerísimo plano el entrelazamiento de toda lucha con los objetivos finales revolucionarios, sin presentar nunca las eventuales conquistas obtenidas con el método de la lucha de clase como posiciones de llegada, sino como puntos de pasaje para las indispensables luchas del futuro. Objetivo supremo de toda esta actividad es preparar las condiciones subjetivas que permitan al proletariado aprovecharse de las posibilidades objetivas que presentará la historia de modo que salga de la lucha como vencedor y no como vencido.
Es manteniéndose adherido a esta compleja visión de la actividad del Partido como es posible conservar al Partido mismo sobre la vía revolucionaria justa, por encima de todo activismo fanfarrón e inútil, que pretende producir con la propia voluntad las condiciones objetivas de la Revolución, no comprendiendo que éstas son un producto de la historia y por tanto sustituyen ésta con su propia voluntad; e igualmente fuera de todo espontaneismo que devalúa toda actividad de preparación subjetiva del Partido pretendiendo que la claridad y la eficacia del rumbo del Partido sean un producto de la acción de las masas y no cualidades del Partido, que éste debe saber adquirir antes de la explosión de la Revolución, bajo pena de la derrota de la Revolución misma.
7 – NEXO PRINCIPIOS-PROGRAMA-TÁCTICA
La degeneración del movimiento comunista en los años 20 ha confirmado de manera decisiva que el único modo de plantear con fidelidad a los principios revolucionarios, el problema de la táctica es el defendido por la Izquierda desde los primeros años de vida de la Tercera Internacional: hay una estrecha conexión entre las directrices programáticas y las reglas tácticas, y por tanto, el estudio de la situación debe ser entendido sólo como elemento integrador para la solución de los problemas tácticos. El Partido, en su conciencia y experiencia crítica, debe haber previsto el desarrollo de las situaciones y por consiguiente, delimitado las posibilidades tácticas que les correspondan, mientras el método opuesto de la espera de las situaciones para soportar los efectos y las sugestiones es un método oportunista típico. El sistema de las normas tácticas debe ser construido, pues, con el objetivo específico de establecer, según que condiciones, la intervención del Partido y su actividad se coordinan con el objetivo revolucionario final. Es una necesidad práctica y de organización, y no el deseo de teorizar y esquematizar la complejidad de los movimientos sociales la que impone al Partido establecer los términos y los límites de la propia acción. Por el contrario, es para los que sobrevaloran el movimiento y para los negadores de la función primaria del Partido a los que tal método les parece restrictivo para sus posibilidades de acción, que por lo demás es el único que puede asegurar la unidad orgánica del Partido mismo y por tanto la condición fundamental de la victoria de la Revolución.
Por eso es necesario que el sistema de las normas tácticas deba ser hecho precisamente por todo el Partido y deba ser vinculante para todos. Con tal fin debe ser objeto de estudio y aplicación, en la medida de lo posible, para que todo el Partido esté presto para empuñarlo cuando las condiciones históricas previstas se presenten. Sin embargo, no puede ser teorizada la tesis de que el Partido busca “en libertad de crítica” el propio plan táctico, porque por esta vía mucho más insinuante se retornaría a la teorización de esperar las situaciones para condicionarlas, en otras palabras se retornaría a la libertad de táctica. Del proceso de la justa teoría y de la justa valoración de la fase histórica, sin las cuales el Partido mismo no existiría, se debe sacar también la justa táctica, que permeando toda la organización, asegure también la organicidad y la compacidad del Partido.
No hemos defendido nunca que el Partido, en cuanto órgano consciente, sea libre para extraer cualquier implicación táctica de sus principios, ni hemos buscado jamás la garantía de la coordinación de los medios a los objetivos revolucionarios en la naturaleza revolucionaria del Partido o en la contribución aportada por hombres insignes y bien dotados de preparación marxista, en cuanto que todo esto prescinde de la repercusión que tienen sobre el Partido los mismos medios de su acción. De la lucha histórica de la Izquierda contra el estalinismo emergente y con el balance de esta lucha hemos concluido que sólo sabiendo actuar en el campo de la táctica y cerrándose enérgicamente frente a los falsos caminos, con normas de acción precisas y respetadas, el Partido se garantiza contra las degeneraciones, nunca solamente con credos teóricos y sanciones organizativas. Entonces, nuestra aversión hacia el método de la libertad de táctica conduce a la negación de tal libertad también para el Partido mismo, en el sentido de que el Partido no puede aplicar tácticas imprevistas y que no hayan permeado con su significado y con su correlación con el objetivo final revolucionario a toda la organización. El elemento voluntario en el Partido consiste en la posibilidad de decidir, en el momento de mayor eficacia de las fuerzas revolucionarias, la aplicación del propio plan táctico, y aquí su supremacía en las confrontaciones con el enemigo, en cuanto que ningún otro organismo tiene la posibilidad de conocer los efectos de la propia acción sobre el desarrollo de la situación. He ahí, para poder explicar su potencia revolucionaria, el Partido debe estar presto para la acción mucho antes de que los acontecimientos históricos previstos se verifiquen y he ahí la importancia de la preparación para tales tareas, incluso si se lleva a cabo en épocas grises y oscuras como la actual, en la que es fácil perder el significado y la importancia de la actividad realizada en vistas de la victoria de la Revolución.
Hoy no se trata de elaborar algo nuevo, porque en la tradición del Partido, en los textos y en las tesis cada elemento de nuestro plan táctico está ampliamente previsto y precisado. Se trata pues de plantear el trabajo del Partido de modo que toda la organización pueda adquirir, con el mayor grado de plenitud posible y practicar en la propaganda y en la lucha social los elementos de la táctica, en todo campo de acción del Partido. Podría parecer una tarea de poca importancia, pero es tan importante que sin un adecuado desarrollo hoy, mañana llegaría a ser imposible la victoria de la revolución, porque el Partido no puede ser improvisado durante la explosión en las épocas revolucionarias. Las directrices generales de la táctica que aplicará el Partido en todos los países deben atesorar las experiencias prácticas de las crisis oportunistas y de las luchas dirigidas por la Izquierda contra los revisionismos de la Segunda Internacional y contra las desviaciones progresivas de la Tercera, de las cuales se ha extraído el resultado de que no es posible mantener íntegro el enfoque programático, la tradición práctica y la solidez organizativa del Partido si éste aplica una táctica que, incluso solo para las posiciones formales, conlleva actitudes y consignas aceptables por los movimientos políticos oportunistas. De esto se deriva la noción básica, sobre la cual se funda el plan táctico general del Partido, donde nuestra praxis política rechaza las maniobras, las combinaciones, las alianzas y los bloques que tradicionalmente se forman sobre la base de postulados y consignas de agitación comunes a distintos partidos. Esta noción básica en el campo táctico tiene un valor esencialmente histórico, es decir, no puede ser puesta en discusión con valoraciones contingentes, y distingue al Partido exactamente como lo distingue la visión original del periodo que actualmente atraviesa la sociedad capitalista, que no está caracterizado por el retorno a las formas demo-liberales del periodo prefascista, sino que está cada vez más basado en monstruosas y totalitarias unidades estatales, despiadada expresión de la concentración económica.
8 – CONTRA LA LUCHA POLÍTICA EN EL PARTIDO
Otra enseñanza sagrada que se deriva de la lucha de la Izquierda contra el estalinismo en los años 20, es que la preparación del Partido para el desarrollo de sus tareas revolucionarias debe producirse a través de un método de trabajo interno del que está excluido por principio el criterio de la lucha política. El Partido, efectivamente, está caracterizado, además de por inconfundibles principios teóricos y programáticos, por precisos límites tácticos y organizativos, para los cuales, con la cancelación de estos límites, sería cancelado el Partido mismo. Se trata, por consiguiente, de otra noción básica: el Partido está en lucha continua contra un enemigo externo que no puede pretender derrotar a través del método de la convicción de la justeza de nuestros principios revolucionarios, porque la solución del problema de la Revolución solo está confiado a una cuestión de fuerza. Pero el mismo método no puede ser empleado en el trabajo interno de preparación para el desarrollo de las tareas revolucionarias, porque debe estar dirigido no a la destrucción de un enemigo sino a la adquisición colectiva de las posiciones justas. En este trabajo no solo es mortal el método de la lucha política, sino también el de la presión organizativa: una prueba más que suficiente de esto la constituyen los métodos usados por el Ejecutivo de Moscú en los años 20 hacia Partidos que también incurrieron en graves errores políticos, pero hacia los cuales fueron adoptados métodos de “terror ideológico” y de “presión organizativa”, que constituyen una equivocada aplicación y poco a poco una falsificación total de los justos principios de la centralización y de la disciplina. Este método fue usado por el Ejecutivo de Moscú hacia todos los Partidos de la Internacional, pero particularmente hacia el Partido italiano en los años posteriores a 1923, abusando gravemente del espectro del fraccionismo y de la constante amenaza de expulsión del Partido a la corriente de Izquierda acusada artificialmente de preparar la escisión, y todo esto con el único objetivo de hacer prevalecer en la política de la Internacional los peligrosos errores centristas.
Del desastroso y quebrado balance de este método hemos decidido que cuando de la invariante doctrina hacemos surgir la conclusión de que la victoria revolucionaria no puede obtenerse más que con el Partido de clase y con su dictadura, y apoyándonos en palabras de Marx afirmamos que antes del Partido revolucionario y comunista el proletariado es una clase quizás para la ciencia burguesa, pero no para Marx y para nosotros; la condición a sacar es que para la victoria será necesario tener un Partido que merezca al mismo tiempo la calificación de Partido histórico y Partido formal, o sea que se haya resuelto en la realidad de la acción y de la historia la contradicción aparente entre el partido histórico, por tanto en cuanto al contenido, y partido contingente, y por tanto en cuanto a la forma, que actúa como fuerza y praxis física de una parte decisiva del proletariado en lucha. Es pues para la obtención de un resultado de este género, que debe ser empleada toda la energía, y no en la ridícula lucha entre grupos que pretenden poseer la primogenitura y por consiguiente, la exclusiva del método justo y de las posiciones justas. He aquí porqué ya no es posible tener los papeles en regla con el partido histórico y desentenderse del partido formal: porque la tarea histórica que hoy se plantea no es ya la de la elaboración de la teoría revolucionaria, que ya poseemos en su totalidad, sino la de conseguir que tal teoría llegue a ser carne y sangre del partido contingente y formal. Es solo a través de esta actividad como se hace posible la realización de aquella condición fundamental para que el Partido mismo pueda aprovecharse de las posibilidades objetivas que la historia prepara, de tal modo que en el choque resulte vencedor y no vencido.
9 – CONCLUSIONES
La experiencia histórica y en particular las vicisitudes relativas a la degeneración de la III Internacional nos han enseñado que es un grave error considerar al Partido como un resultado adquirido de una vez para siempre, porque todo organismo puede degenerar. El vehículo a través del cual pasó la degeneración de la III Internacional fue la insuficiente coherencia de la táctica con las directrices programáticas, y desde entonces, es a través de este vehículo por donde puede pasar todavía la degeneración del Partido. Se trata de un vehículo mucho más engañoso y difícil de individualizar que aquel que reniega abiertamente de los principios, en cuanto que se puede conciliar muy bien con su diferencia formal. Por esto resulta indispensable señalar con coraje los peligros que la Izquierda advirtió y denunció contra la degeneración de Moscú para impedir a tiempo que los mismos peligros que llevaron a la degeneración de la III Internacional puedan jugar todavía el mismo papel nefasto. De hecho, las garantías contra el oportunismo no pueden consistir solo en el pasado, sino que deben estar en todo momento de la vida del Partido presentes y actuales. Por lo demás, no existen graves inconvenientes en una exagerada preocupación hacia el peligro oportunista porque, dado incluso que fuese el producto de la elucubración de militantes individuales y no el reflejo efectivo de algo que no marcha, es cierto que no tendrá el modo de debilitar mínimamente al Partido, mientras, por el contrario, el peligro para el Partido es gravísimo si la enfermedad se extiende antes de que se haya osado dar la alarma desde cualquier parte. También éstas son las lecciones inolvidables que se derivan de la lucha de la Izquierda en los años 20, y que nos hacen concluir como entonces, que la crítica sin error no daña ni siquiera la milésima parte de lo que daña el error sin crítica. Ciertamente no se trata de afirmar la apología de la libertad de pensamiento y de crítica en el Partido, como derecho de todo individuo, sino de establecer el modo fisiológico de funcionar y de trabajar de un partido revolucionario.
Contra la Izquierda se polemizaba de este modo: la Izquierda dice que la Internacional se equivoca, pero puesto que la Internacional no puede equivocarse es la Izquierda la que se ha equivocado. La Izquierda por el contrario no pretendía de nadie el reconocimiento de sus razones, pero requería que la cuestión fuese planteada en otros términos muy distintos: la Izquierda dice que la Internacional se equivoca, por las siguientes razones inherentes al problema planteado, demostramos por el contrario que la Izquierda misma se equivoca por lo que se prueba que la Internacional ha cometido errores. Se acusaba a la Izquierda también de mantener continuamente la sospecha de oportunismo hacia los dirigentes de la Internacional, lo que no hacía doblegarse a la Izquierda para denunciar los peligrosos errores, y vanamente esperó la Izquierda no el acostumbrado grito: he aquí a quien acusa a la Internacional de oportunismo y merece sin más la cruz, sino la demostración seria de las garantías que pueden servir para separar la práctica del oportunismo de la acción revolucionaria.
A pesar de los generosos intentos de la Izquierda para salvar a la Internacional del nuevo y más maloliente oportunismo, éste, en pocos años, fue quien triunfó directamente. Por lo que la conclusión que hemos extraído es que no existen reglas ni recetas para evitar que el Partido caiga en las crisis oportunistas. Sin embargo, existe la experiencia de la lucha de la Izquierda que nos permite individualizar algunas condiciones de vida orgánica del Partido, cuya realización debe ser nuestra incansable tarea:
1) Excluimos que la actividad del Partido pueda conducir a la constitución de fracciones que luchan por la dirección del Partido. Así como excluimos que en la periferia se formen fracciones para la “conquista” del centro del Partido también excluimos que el Centro conciba su función exclusivamente dirigida al “mantenimiento” de la dirección del Partido.
Siendo absurdo y estéril, además de muy peligroso, pretender que el Partido esté asegurado misteriosamente contra toda recaída o tendencia a la recaída en el oportunismo, se debe admitir la eventualidad de la formación de fracciones para preservar al Partido de graves peligros y para la defensa de su integridad programática, lo que incluso podría conducir a escisiones no por el motivo infantil de ausencia de energía represiva por parte del centro, sino en la peor hipótesis de la quiebra del Partido y de su sometimiento a influencias contrarrevolucionarias. De cualquier modo, la cuestión de las fracciones no se plantea desde el punto de vista de la moral. «¿Hay un solo ejemplo en la historia de un camarada que haya organizado una fracción para divertirse?», preguntaba la Izquierda acusada de fraccionismo en el VI Ejecutivo Ampliado de la Internacional. «No – respondía –, un caso similar no ha sucedido nunca y, para poder decir que se trata de una maniobra burguesa para infiltrarse en el Partido es necesario tener las pruebas de ello. La experiencia prueba, por el contrario, que el oportunismo penetra en nuestras filas siempre tras la máscara de la unidad». El nacimiento de una fracción indica que hay algo que no va bien en el Partido, y para remediar el mal no hay otro modo más que remontarse a las causas que lo han producido, y estas causas residen siempre en errores ideológicos y políticos del Partido. Entonces, también la prevención y la cura de la enfermedad que se presenta con los síntomas del fraccionismo se resuelven esculpiendo y precisando las posiciones de principio y de táctica correctas.
2) Por las mismas razones por las que no vemos en las fracciones en cuanto tales el mal en sí mismo que hay que combatir siempre y en todo lugar, no consideramos que la unidad a toda costa sea un bien en sí mismo. El mantenimiento de la unidad del Partido es ciertamente un bien que hay que salvaguardar y es preciso temer como la pérdida de la vista la pérdida incluso mínima de nuestras débiles fuerzas, pero esto es inseparable del mantenimiento de las correctas posiciones en todos los campos, porque el peligro de la influencia burguesa sobre el Partido de clase se presenta históricamente como una astuta penetración que agita una demagogia unitaria y operante como una dictadura desde el vértice.
3) El trabajo de todo el Partido debe estar dirigido a obtener un organismo homogéneo, y sin distintos agrupamientos en su seno. Se trata de un fin por el cual todo el Partido está obligado a trabajar, y que se puede obtener con la condición de que todas las cuestiones ideológicas, tácticas y organizativas estén planteadas y resueltas correctamente. Por eso, sería equivocado adoptar la fórmula de la obediencia absoluta en las ejecuciones de las órdenes venidas desde arriba, para cuanto se refiere a las relaciones externas del Partido entre el centro dirigente y la periferia. De hecho, las órdenes emanadas del centro no son el punto de partida, sino el resultado de la función del movimiento entendido como colectividad. Por consiguiente, no hay una disciplina mecánica buena para la puesta en práctica de órdenes y disposiciones superiores ’cualesquiera que sean’: hay un conjunto de órdenes y disposiciones que responden a los orígenes reales del movimiento que pueden garantizar el máximo de disciplina, o sea de acción unitaria de todo el organismo, mientras que hay otras directrices que pueden comprometer la solidez organizativa. La cuestión de la disciplina y de las relaciones internas entre periferia y centro consiste pues en un bosquejo de las tareas de los órganos dirigentes, cosa que debe ser realizada por todo el Partido, no ciertamente en el sentido democrático del mandato que la periferia confiere al centro, sino en el sentido dialéctico que contempla la tradición, la preparación, la continuidad real en el pensamiento y en la acción del movimiento.
El mantenimiento del método de trabajo interno correcto sin embargo es inseparable del modo con el que el Partido actúa hacia el exterior. Las mismas relaciones internas, pues, estarían destinadas a degenerar si el Partido se desviase incluso solo parcialmente de sus tareas, de las que resumimos las principales:
1) El Partido debe defender y afirmar la máxima claridad y continuidad de la doctrina comunista y no debe consentir proclamaciones de principio en contraste incluso parcial con sus fundamentos teóricos.
2) El Partido debe proclamar abiertamente en cualquier situación histórica el contenido integral de su programa en cuanto a las actuaciones económicas, sociales y políticas y sobre todo en relación a la cuestión del poder, de su conquista con la fuerza armada, y de su ejercicio con la dictadura.
3) El Partido debe adoptar un estrecho rigor de organización en el sentido de que no acepta hacerse más grande a través de compromisos con grupos o grupitos o, peor aún, de chalanear con la conquista de adhesiones por la base y concesiones a presuntos jefes y dirigentes.
4) El Partido debe luchar por una clara comprensión histórica del sentido antagónico de la lucha, reivindicando la iniciativa del asalto a todo un mundo de ordenamientos y de tradiciones y llama a las masas a la lucha para la ofensiva y no para la defensa contra presuntos peligros de perder jactadas ventajas y progresos conquistados en el mundo capitalista.
5) El Partido renuncia a todo ese conjunto de expedientes tácticos que fueron invocados con la pretensión de acelerar la cristalización de la adhesión de amplios estratos de las masas en torno al programa revolucionario. Estos expedientes son el compromiso político, la alianza con otros partidos, el frente único, las distintas fórmulas acerca del Estado usadas como un sucedáneo de dictadura proletaria. Una de las principales condiciones de la disolución del movimiento proletario se distingue históricamente precisamente por el empleo de estos medios tácticos, y considera a aquellos que deploran la infección oportunista del movimiento estalinista y al mismo tiempo propugnan dicho arsenal táctico, como enemigos más peligrosos que los estalinistas mismos.