Partido Comunista Internacional

¿Legal o ileGAL?

Categorías: ETA, Spain

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Que la derrota militar del Eje nazi-fascista en la segunda guerra mundial no se tradujo en su derrota política, es una de las lecciones históricas extraidas por nuestra corriente tras el fin de la contienda. Esta lección, que no es un lujo teórico sino un arma más en la batalla por la próxima reanudación revolucionaria proletaria, pone de manifiesto una serie de acontecimientos con una proyección y un alcance internacionales, tales como el reforzamiento hasta unos niveles de casi saturación del aparato represivo estatal y el sometimiento total y absoluto de las actuales organizaciones de defensa económico-sindical proletarias. Todo esto se ha llevado a cabo con un único objetivo: conservar y defender el régimen de la explotación capitalista, empleando para ello y según las circunstancias, grandes dosis de terror potencial o bien su manifestación cinética: el ancestral garrote.

En el periodo actual, la burguesía mundial no encuentra prácticamente ningún obstáculo para hacer digerir a una clase obrera privada de sus más elementales medios de defensa y ataque, la melodía de moda, mejor dicho el sonsonete, por lo monótona y continua que resulta. Este sonsonete, repetido insistentemente a través de los canales de difusión más variados, ha conseguido una difusión internacional, tarareándose su infame y embustero mensaje por todos los rincones de este atormentado planeta.

El nuevo evangelio no es otro que la alabanza y la adoración a una de las más importantes deidades modernas, con un poder tal que puede rivalizar en prodigios con otras divinas creaciones humanas más añejas. La diosa democracia posee una especial virtud, la de regenerarse liberándose de los efectos perniciosos que puede producir su mal uso por parte de los mortales. Esto al menos es lo que nos cuenta la moderna mitología.

De lo que se trata realmente es de narcotizar (¡aún más, sí!) al proletariado mundial, apartándole de su única vía histórica que no es otra que la lucha de clases. Para ello se establece una distinción neta entre el buen Estado democrático, que actúa con arreglo a las verdades eternas de la ética y la moral (que siempre tienen un carácter de clase, como nos enseñan nuestros maestros), y el mal Estado, ese que utiliza medios perversos e inmorales, lo que alguien definió como las cloacas del Estado. Con esta fórmula se silencia y oculta lo esencial: todo él no es más que un gigantesco albañal donde confluyen los más apestosos detritus de la decadente sociedad burguesa.

Contra ese mal Estado se ha puesto en marcha una nueva cruzada, la cruzada anticorrupción. Cada país posee sus particulares Bouillon o Corazón de León, sus propios sarracenos infieles y ciudades santas a conquistar, pero por encima de esta diversidad nacional el espíritu que anima a los modernos cruzados es el mismo.

Imbuidos por el fervor propio de toda acción trascendente, se ven impelidos hacia el infiel con la determinación que proporciona estar al servicio del más alto ideal. Por doquier ruedan las cabezas de los malvados, canallas sin escrúpulos que con su infame proceder mancillan el buen nombre del Estado de Derecho.

En España y en cada uno de sus reinos, la cruzada avanza victoriosa, imparable según parece, habiéndose producido ya algún desembarco forzoso de infieles derrotados, pero en esta ocasión no ha sido en las plazas fuertes del norte africano, sino en las ejemplarizantes mazmorras de la burguesía. La duración y el desenlace final de esta santa cruzada no es objeto preferente de nuestra atención, como tampoco lo es bajo ningún concepto el ensañamiento contra individuos que no son otra cosa que dignos representantes de la clase social dominante.

En este contexto de cruzada moralizante y regeneracionista, hay que inscribir el caso de la guerra sucia (¿existe alguna limpia?) de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) contra ese turbio conglomerado de intereses que es ETA.

Que semejante monstruosidad aparezca dentro de un Estado de Derecho es algo que horroriza especialmente al filisteo pequeño-burgués, incapaz de comprender que esta guerra sucia estatal es inherente a la aparición histórica del Estado político y de la sociedad dividida en clases. Y por supuesto todavía más incapaz de comprender que todas las guerras, junto al Estado y las clases sociales, desaparecerán de la historia solo si el proletariado dirigido por su Partido de clase asesta al mundo burgués el golpe definitivo.

El clamor público contra las abominables actuaciones de los GAL o similares, se transforma en aprobación general a la hora de reconocer la existencia y la necesidad de los llamados Fondos Reservados (que definiremos parcamente como dinero para sufragar crímenes), que han constituido la fuente financiera de los GAL. Para justificar la existencia de esos Fondos Reservados se ha esgrimido un argumento de no poco peso: todos los Estados tienen sus fondos reservados, incluso los más democráticos. Seguramente estos últimos más que ningún otro ya que no son precisamente estos estados más democráticos (que no son otros que algunas de las grandes potencias imperialistas) los que se caracterizan por una especial limpieza en su modus operandi. A este respecto sentimos defraudar a quienes imaginan la futura revolución social como un episodio limpio y aséptico, ya que el Estado revolucionario de la dictadura proletaria no excluirá ningún golpe para consolidar su transitorio poder de clase.

Entramos pues de lleno en un terreno que viene atormentando las mentes de los moralistas de todo tiempo y lugar. ¿Puede el fin justificar los medios? y… ¿qué justifica el fin? Quien intente contestar a estas cuestiones arropándose con las argumentaciones propias del idealismo filosófico no conseguirá sino volver al punto de partida, o como mucho caer en la apología de lo existente. Solo el marxismo ha podido situar científicamente estos interrogantes y sus respuestas, ligándolos al proceso histórico que no ve sujetos individuales sometidos al ansia de poder, sino una sucesión dialéctica de fuerzas económicas y sociales, de modos de producción, que subordinan a sus finalidades los medios que requieren. Es decir, el fin y los medios están ligados dialécticamente. El fin no justifica los medios, los determina dialéctica e históricamente.

En el terreno de la teoría del Estado la dicotomía entre legalidad e ilegalidad, entre Estado bueno y Estado malo, es tan falsa como la establecida interesadamente entre democracia y fascismo, caras ambas de la misma moneda: el sistema capitalista. Para el marxismo el Estado no es un ente neutral, es un medio, sí, un instrumento que se presenta en la historia como órgano ejecutor del poder dictatorial de una clase social sobre todas las demás. No existe por tanto, por más que los alquimistas sociales se afanen en demostrar lo contrario, una electrolisis de la historia que disocie al Estado en sus dos componentes, excelsa y perversa.

La creación de los GAL, y esto puede ser válido para todas sus versiones pasadas y futuras, hay que inscribirla en un periodo y en unas circunstancias en las que los canales habituales no eran suficientes para atraer o debilitar a ciertos sectores de ETA. La mediocridad (cuando no garrafales errores) de los resultados en función del dinero invertido, hizo que este montaje underground fuese desmantelado a través de un proceso-farsa que aún hoy continúa.

Aunque a simple vista parezca que todo este asunto no afecta en lo más mínimo a la clase obrera, la realidad, la experiencia histórica pasada, demuestra precisamente lo contrario. Que el Estado burgués (el verdadero Señor X que tanto inquieta a algunos) haya enfocado parte de sus actuaciones subterráneas contra miembros o afines de un movimiento reaccionario y antiproletario, no ofrece lugar a dudas acerca de los medios que utilizará (y no es una novedad que descubramos aquí) cuando la clase obrera, a través de sus organizaciones específicas reanude su marcha por el escabroso camino de la lucha de clase.

Evidentemente, subyacen alrededor de toda la parafernalia organizada ahora sobre los GAL rivalidades interburguesas, que pueden incluso tener una proyección internacional.

Sin adentrarnos más en este terreno, por falta de elementos de juicio precisos que quizás nunca se obtengan, nos limitaremos a concluir repitiendo una vez más lo esencial: con GAL o sin GAL, contra ETA o junto a ETA, sucio o limpio, el Estado burgués no está para ser reformado ni depurado. Debe ser destruido por el fuego desinfectante de la revolución comunista internacional.