Con motivo de la reunión de los «7 Grandes» Pt.1
Categorías: Imperialism, Theory of increasing misery
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Contra la crisis, el paro, la guerra, el proletariado debe abandonar toda ilusión de convivencia pacífica entre las clases y prepararse para abatir a la burguesia mundial en la revolución comunista
1) Las cifras de la miseria
El ocho de julio tuvo lugar en Nápoles la cumbre de los 7 Grandes. La agenda de trabajo presentó como primer punto la cuestión de la crisis y el desempleo, al cual se había dedicado la cumbre precedente de marzo en Detroit. La situación de la economía mundial es desoladora. La crisis ha hecho desaparecer económicamente continentes enteros y ha destruido desde sus cimientos a potentes formaciones estatales como la ex-URSS.
El caso africano es ejemplar: en este continente está en discusión la misma posibilidad futura de la existencia de una población autóctona. La política del FMI y del Banco Mundial para reducir la deuda externa en los años 80 ha tenido en este continente el efecto de disminuir la competitividad de las economías que se querían «sanear»: en 1970 Africa representaba el 1,2% del comercio mundial de las manufacturas industriales pero ha descendido al 0,5% en 1989. El comercio de las materias primas entre 1980 y 1989 ha caído del 5,5% al 3,7%. Entre 1980 y 1992 el PNB por habitante en los países al Sur del Sahara ha caído un 2% anual, una cuarta parte aproximadamente. La política de «resaneamiento» deseada por el FMI ha llevado a una disminución de los salarios reales del 30% en un decenio. El 20% de los 500 millones de personas que viven en el Africa Subsahariana no tiene alimentos ni siquiera para la pura supervivencia. La renta per cápita tiene como media 350 dólares al año y el 50% de la población es analfabeta.
Cuando finalmente la población africana ha decidido volver a practicar una agricultura que les garantice al menos la subsistencia era ya demasiado tarde. El Capital había arrasado todo, y así las poblaciones han quedado sin su sistema tradicional y sin la posibilidad de competir en el mercado internacional.
Sobre 682 millones de personas, alrededor del 12,4% de la población mundial, se calcula que 2 millones morirán en los próximos años de SIDA, enfermedad que afecta al 30% de las mujeres embarazadas, cortando desde la raíz el futuro de Africa. Africa está maldita por los dioses, afirman los burgueses letrados, solo que estos dioses se llaman hoy FMI y Banco Mundial.
Son poco consoladores para el Capital los performances (resultados), de cualquier modo relativos, de los dragones de Asia a quienes se ha unido China. Si los dragones avanzan, por el contrario el superdragón japonés se estanca.
El hecho grave para el Capital es que después de haber sacudido al mundo, la crisis ha vuelto al lugar del que había partido en 1975: las metrópolis imperialistas. Y esta vez deberá ser descargada sobre el «tercer mundo interno», el proletariado de los países industrializados. Según la OCDE, en los 25 países de la organización existen 35 millones de parados, de los cuales 22 millones pertenecen solo a Europa Occidental, más 15 millones que han renunciado a buscar un puesto de trabajo o trabajan a part time (tiempo parcial).
El desempleo en EEUU es del 6,5%, en Alemania del 10,1%, en Francia del 12,4%, en Italia del 11,1%, en Gran Bretaña del 10%, en Japón del 2,8%, y en Canadá del 11,2%. La media del desempleo en Europa Occidental es del 11% con una tasa máxima del 20% en España y Finlandia.
Los datos por separado del paro dan un desempleo de larga duración (más de un año) del 48,4% sobre el total en Holanda, del 46,3% en Alemania, del 38,3% en Francia, del 36,1% en Gran Bretaña, del 71% en Italia, del 5,6% en EEUU y del 10% en Japón. El desempleo de larga duración desde 1983 a 1991 ha aumentado en los países de la CEE, pasando del 48% al 51% mientras que en EEUU ha disminuido pasando en el mismo período del 13% al 5,6%.
La tasa de paro de los jóvenes con menos de 25 años era en diciembre de 1993 del 38,8% en España, del 32% en Italia, del 23,6% en Francia, del 17,3% en Gran Bretaña y del 5,2% en Alemania. En EEUU se declara una tasa de desempleo juvenil del 11,4%. Este dato es falso por el hecho de que en EEUU es suficiente haber trabajado una hora a la semana justo antes de hacerse públicas las cifras para ser considerado empleado. Si fuese aplicado el mismo criterio en Francia, el paro juvenil descendería del 23,6% al 8%.
Esto nos permite dudar también de los datos oficiales del desempleo en EEUU. El mismo secretario de trabajo americano Robert Reich ha anunciado que los datos oficiales son «descaradamente inexactos», tanto que el Bureau of Labor Statistics da para el mes de octubre del 93 una estimación del número de parados (16,6 millones) de casi el doble con respecto al dato oficial (8,8 millones).
El trabajo a tiempo parcial en los últimos 10 años ha aumentado constantemente. En 1993 constituye sobre el total de los contratos de trabajo, el 10,2% en Bélgica, el 12% en Francia, el 13,2% en Alemania, el 5,7% en Italia, el 33,2% en Holanda, el 21,8% en Gran Bretaña y el 17,3% en EEUU.
Los datos sobre el trabajo temporal o de trabajadores alquilados de unas empresas a otras sobre el total de la población activa son todavía muy bajos: Holanda 2,7%, Francia 1,7%, EEUU 1-2%, Alemania 0,4%, Japón 0,2%, pero está en expansión. En 1993, ha habido en Francia 1,5 millones de contratos de entre 1 día y 18 meses, con una media de 2 semanas de duración, la cual equivale al empleo fijo de 250 mil trabajadores. Pero el verdadero boom se ha producido en EEUU. En los últimos 3 años de los 3,4 millones de puestos de trabajo creados, el 23% son debidos a los empleados por las agencias de trabajo temporal, aunque estos representan solo el 2% de los ocupados en el sector no agrícola. El aumento del trabajo en alquiler desde el 91 al 94 ha sido del 20% mientras el número de ocupados ha crecido el 0,5%.
En 1993, el 59% de los nuevos empleos ha sido en alquiler y el 28% eran empleados en trabajos a tiempo parcial y con baja protección social.
En conjunto el 87% de los trabajos generados en EEUU durante 1993 eran trabajos mal pagados. Los trabajadores mal pagados americanos han alcanzado la notable cifra de 24,4 millones, equivalente al 22% de la fuerza de trabajo.
Este es el nivel más alto alcanzado en la historia del trabajo en EEUU. Mientras los trabajos bien pagados en la manufactura han caído el 15%, pasando entre 1979 y 1994 de 21 a 17,8 millones, la población activa ha aumentado a 25 millones. Buena parte de ésta ha terminado en el trabajo mal pagado.
Los salarios de estos trabajadores poco cualificados son de 6 dólares por hora de media, con un máximo de 4,25 dólares, que equivalen al salario mínimo estancado desde hace años, habiendo sufrido una caída del 10% en los últimos 10 años y del 30%, en los últimos 20. En Inglaterra, los salarios de estos trabajadores han caído el 14%.
El número de asalariados americanos que perciben una renta inferior a 13.091 dólares anuales (el umbral de la pobreza para una familia de 4 personas en EEUU es de 14.500 dólares anuales), de 1979 a 1992 ha pasado del 12% al 16%. El número total de asalariados que viven por debajo del umbral de la pobreza ha aumentado en el mismo período un 50%. Un tercio de los adultos de edad comprendida entre los 22 y los 48 años ha visto descender su renta en los últimos 10 años.
En EEUU, 20 millones de asalariados y 39 millones de personas no tienen ninguna forma de asistencia médica, mientras las tasas de mortalidad infantil y general son del 8,7%, las más elevadas del mundo occidental. Cuarenta millones de americanos, aproximadamente uno de cada seis, sobrevive con los subsidios del gobierno o gracias a la caridad. La gran mayoría de estos no son ni homeless (sin hogar), ni inmigrantes, sino gente que trabaja o ha perdido recientemente el trabajo. Y cerca de un tercio tienen un puesto de trabajo pero no consiguen llegar a fin de mes, y para comer se deben dirigir a los comedores públicos.
2) Dos modelos de pobreza
Los datos expuestos más arriba evidencian por una parte el dramatismo de la crisis capitalista y sus tremendas repercusiones sobre la clase obrera, y por la otra, los primeros pasos de acercamiento que hasta ahora han dado los EEUU y Europa para afrontar el problema del desempleo. La prensa especializada ha hablado de modelo capitalista social «renano» en contraposición al capitalismo liberal americano.
América ha preferido mantener congelado el salario mínimo para alentar a las empresas a contratar a personas mayores, a jóvenes que buscan su primer empleo, a trabajadores no cualificados y a las jóvenes madres solas con hijos (un fenómeno que ha alcanzado dimensiones muy grandes en EEUU y que el gobierno intenta controlar cortando drásticamente los subsidios). Además ha dejado actuar libremente al mercado el cual ha previsto crear puestos de trabajo (46 millones en los últimos 25 años contra los 9,8 de Europa Occidental y los 14 millones de Japón) pero ha disminuido fuertemente las retribuciones de buena parte de los asalariados. Si esto ha permitido una recuperación de la productividad americana frente a Europa y a Japón (tomando como 100 el PNB para trabajadores de jornada completa en EEUU, en 1990 tenemos 94 en Francia, 88 en Italia, 87 en Alemania, 76 en Japón, y 74 en Gran Bretaña) ha contribuido, sin embargo, a la formación de la llamada in-work poverty y de una subclase de asalariados, los working poor, los pobres que trabajan, que hoy alcanzan aproximadamente el 25% de la fuerza de trabajo empleada americana, y que perciben un salario que es inferior al subsidio de desempleo de un obrero francés o alemán, no tienen seguro médico y no reciben subsidios para el pago del alquiler, a diferencia del parado alemán o francés.
Son trabajadores extremadamente móviles, sometidos a una flexibilidad inconcebible para un obrero europeo e incapaces, con su salario, de mantenerse a sí mismos y a su familia por un mes entero, y morirían de hambre si no existiesen los comedores públicos.
Encontramos en esta subclase a los grupos humanos arriba descritos. La tasa de natalidad de este sector de la clase obrera es superior a la media nacional e incluso a la de la misma clase obrera, a pesar de todos los intentos de las diversas administraciones americanas de ponerla bajo control.
Marx sitúa esta fracción de la clase obrera, en parte en la superpoblación relativa de reserva, en parte en la esfera del pauperismo. Merece la pena retomar la cita de Marx relativa a este estrato obrero para comprender la invariabilidad sustancial del capitalismo: «La tercera categoría de la superpoblación relativa, la intermitente, forma parte del ejército obrero en activo, pero con una base de trabajo muy irregular. Esta categoría brinda así al capital un receptáculo inagotable de fuerza de trabajo disponible. Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio de la clase obrera, y esto es precisamente lo que la convierte en instrumento dócil de explotación del capital. (…) Su contingente se recluta constantemente en los obreros que dejan disponibles la gran industria y la agricultura, y sobre todo las ramas industriales en decadencia, aquellas en que la industria artesana sucumbe ante la industria manufacturera y ésta se ve desplazada por la industria mecanizada. Su volumen aumenta a medida que la extensión y la intensidad de la acumulación dejan «sobrantes» a mayor número de obreros. Pero, esta categoría constituye al mismo tiempo un elemento de la clase obrera, que reproduce a sí mismo y se eterniza, entrando en una proporción relativamente mayor que los demás elementos en el crecimiento total de aquélla. De hecho, no sólo la masa de los nacimientos y defunciones, sino también la magnitud numérica de las familias se halla en razón inversa a la cuantía del salario, es decir, de la masa de medios de vida de que disponen las diversas categorías de obreros. Esta ley de la sociedad capitalista (…) recuerda la reproducción en masa de especies animales individualmente débiles y perseguidas. Los últimos despojos de la superpoblación relativa son, finalmente, los que se refugian en la órbita del pauperismo. Dejando a un lado (…) al proletariado harapiento («lumpemproletariado») en sentido estricto, esta capa social se halla formada por tres categorías. Primera: personas capacitadas para el trabajo (…) la masa de estas personas aumenta con todas las crisis y disminuye en cuanto los negocios se reaniman. Segunda: huérfanos e hijos de pobres (hoy son numerosísimos los hijos de madres solas, ndr.) Estos seres son los candidatos al ejército industrial de reserva, y en las épocas de gran actividad como en 1860, por ejemplo, son enrrolados rápidamente y en masa en los cuadros del ejército obrero activo (…) Tercero: degradados, despojos, incapaces para el trabajo. Se trata de seres condenados a perecer por la inmovilidad a que les condena la división del trabajo, de los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase y, finalmente, de las víctimas de la industria, cuyo número crece con las máquinas peligrosas, las minas, las fábricas químicas, etc., de los mutilados, los enfermos, las viudas, etc. El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en la necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais (gastos imprevistos) de la producción capitalista, aunque el capital se las arregle, en gran parte, para sacudirlos de sus hombros y echarlos sobre las espaldas de la clase obrera y de la pequeña clase media» (El Capital, tomo I, pp. 587-588, Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1980).
El modelo renano ha tendido en cambio a mantener una red de seguridad en torno a la clase obrera y está vigente en Europa y, de forma diferente, también en Italia. En Alemania un parado con hijos recibe el 67% del último salario (60% si no tiene hijos). Después de un año la cuota desciende al 57% y al 52% respectivamente, por tiempo indefinido. En Francia, Holanda y en parte de Gran Bretaña tenemos una situación similar. En Italia la red no es robusta y generalizada como la alemana, sino concentrada en salvaguardar a la clase obrera de las grandes concentraciones industriales mediante la cassa integrazione (organismo similar al Fondo de Garantía Salarial en España), la amplia movilidad y las jubilaciones anticipadas (alguien acogido a la cassa integrazione percibe más de cuanto gana un working poor americano).
La distinta forma de proceder de América y Europa con el problema del empleo ha hecho que la enfermedad común a ambos sistemas capitalistas se manifestase con síntomas diferentes: cuantitativamente en el viejo mundo y cualitativamente en el nuevo.
En Europa la tendencia del desempleo es creciente desde mediados de los años 70, y no por casualidad, mientras en América disminuye pero aumentan los working-poor. En efecto, mientras América ha creado desde 1980 a 1990 más puestos de trabajo de lo que ha crecido la población activa, en Europa ha sido al contrario, mientras que Japón ha cerrado sustancialmente a la par. Los datos en millones de unidades son 18,6 millones de nuevos puestos de trabajo contra 13,8 millones de trabajadores adicionales para EEUU, 0,6 contra 3,1 para Francia, 1,5 contra 3,1 para Alemania, 0,6 contra 2,6 para Italia, 1 contra 2,6 para España, y 7,6 contra 7,4 para Japón. América que se lamentaba hace 20 años de una tasa de desempleo del 5,5% contra el 3% de Francia y el 1% de Alemania, hoy puede presumir de una condición de pleno empleo (para la economía americana la tasa de paro «fisiológica», correspondiente según los canones de la economía keynesiana al pleno empleo, es el 6,2%). Triste consolación (el desempleo americano está más oculto debido entre otras cosas a los diversos métodos de representación estadística) ya que va acompañada de un 25% de working-poor.
Por otra parte ¡quién va hacer aceptar a un parado alemán un puesto de trabajo por un salario igual o ligeramente superior al subsidio de paro!
El alto desempleo europeo, en su mayoría de larga duración, y la in-work poverty americana son síntomas de una enfermedad que corroe el corazón del capitalismo, y es el resultado de dos formas de proceder diferentes ante el problema de la crisis. América ha dejado actuar libremente al mercado y se encuentra ahora una cuota relevante de fuerza de trabajo en condiciones tales como para llegar a ser una bomba de relojería para su estabilidad social, como ha mostrado la revuelta de Los Angeles.
Europa, por el contrario, ha defendido con la fijación por ley de un salario mínimo o mediante los convenios colectivos, los niveles salariales para evitar la in-work poverty, que sin embargo, se ha manifestado en los parados que han perdido toda esperanza de entrar en el mundo del trabajo. La in-work poverty es menos visible en Europa gracias a dos factores: 1) La red de protección social tendida por los Estados, que por este motivo se encuentran ahora al límite del colapso financiero; 2) al menos en algunos países como en Italia y en España gracias a la capacidad del concentrado de ignominias que es la familia, que también en esto revela su naturaleza contrarrevolucionaria ya que tiende a anular el potencial revolucionario de los jóvenes proletarios parados, transformándolos en parásitos de por vida.
Socialmente ambos modelos, el renano y el americano, han quebrado como ya sabía anticipadamente nuestra escuela.
Se asiste, en consecuencia, a un acercamiento al eje de gravedad de los dos sistemas. Los americanos asustados por la formación estable de una in-work poverty extremadamente peligrosa en el terreno social meditan introducir medidas de tipo «europeo» (Sole 24 Ore, 7 de junio), los europeos, preocupados por la recuperación americana en términos de productividad y del crecimiento del paro se sienten tentados a imitar a los americanos.
También en Alemania la consigna es Flexibilisierung, hacer flexible el mercado de trabajo (Wall-Street Journal, 14 de marzo).
Afirma el ministro de economía alemán Rexrodt que si el mercado de trabajo alemán no se hace más flexible, permitiendo horarios semanales de trabajo entre 20 y 60 horas, Alemania podría próximamente convertirse en exportadora de puestos de trabajo a Países con un bajo nivel salarial.
Según el presidente del Bundesbank Hans Tietmeyer la política social alemana puede degenerar en una bomba capaz de hacer saltar por los aires el ordenamiento del mercado en Alemania, privándola de su futura base económica (Sole 24 Ore, 1 de junio).
La OCDE, que hace dos años creó un grupo de trabajo para elaborar un plan contra el paro, finalmente ha parido su jobs-study. Sin entrar en el análisis específico de sus 57 propuestas se puede evidenciar que la OCDE ha buscado la cuadratura del círculo. En sustancia, hace propio el modelo americano, pero mantiene las conquistas sociales europeas irrenunciables. La propuesta OCDE se define como la tercera vía, distinta tanto de la americana como de la renana. Nosotros fundamentalistas marxistas pensamos que no conseguirá resultados diferentes. Pero de esto están convencidos los mismos burgueses: «Lo que no se ha dicho en la conferencia de Detroit, pero que está implícito en el mensaje de los 7 Grandes, es que por primera vez la reanudación económica no comportará necesariamente un aumento de la calidad de los puestos de trabajo como en el pasado, y que por primera vez será necesario estar dispuesto a apretarse el cinturón durante un largo y no breve período porque el cambio en que se encuentran las economías de Occidente no es cíclico sino estructural» (Sole 24 Ore, 15 de marzo).
Más allá de las ostentaciones de una parte de la administración y de los capitalistas americanos y de sus sicofantes europeos sobre la bondad de su receta para resolver el problema del paro, nosotros constatamos dos datos comprobados e incontestables, a los que los mismos capitalistas a regañadientes no pueden oponer ningún argumento. El primer dato es que la reanudación mundial en el caso de que llegué, no acabará con el paro. Cualquiera que sea la receta adoptada por los gobiernos capitalistas, el problema permanecerá con todo su dramatismo. Los mismos capitalistas se ven obligados a afirmar que aquí y más allá del Atlántico los males estructurales son muy profundos y no pueden ser curados por el crecimiento (Sole 24 Ore, 13 de marzo). El segundo dato consiste en el hecho de que hoy en Europa y en EEUU los trabajadores se encuentran frente a condiciones de mercado que «se asemejan más a las de finales de los años 30 que a las prevalecientes durante los cuarenta años siguientes a la segunda guerra mundial» (The Wall-Street Journal, recogido en el Sole 24 Ore del 28 de enero).
Si alguien lo ha olvidado procedemos nosotros a recordarselo: los años 30 terminaron en la segunda carnicería mundial que eliminó la fuerza de trabajo y el capital excedente.
3) Ni el liberalismo ni el keynesianismo pueden resolver la crisis
Para nosotros marxistas integrales es ya un hecho consolidado que la burguesía es impotente para elaborar una teoría científica de la crisis, de la cual el desempleo es sólo uno de sus aspectos, el más visible y a veces peligroso para el orden social capitalista, pero en definitiva tampoco el más importante. La «gran ciencia económica» esconde toda su impotencia detrás de la palabra «estructural». Sustituyendo la palabra por la cosa piensa que ha penetrado en la esencia de esta última, «porque, precisamente donde faltan los conceptos, se presenta en el momento justo una palabra» (Goethe).
Nadie se pregunta por qué desde mediados de los años 70 se ha iniciado un crecimiento exponencial del desempleo y de la in-work poverty, contemporáneamente al debilitamiento público de todos los Estados, sin excluir ninguno. La crisis que estalló en aquellos años ha sido taponada descargando sus efectos sobre los países del tercer mundo, con la destrucción de sus economías de forma irreversible, y sobre las futuras generaciones mediante el enorme aumento de la deuda pública para sostener artificialmente la demanda. Hoy ya empiezan a surgir las dificultades en el camino. Frente a la gravedad y persistencia de la crisis, con todo su séquito de inestabilidad político-social y militar, la burguesía oscila entre el liberalismo salvaje (gran parte, sin embargo, es pura fachada) y el keynesianismo (que aunque está en crisis a nivel propagandístico, es el más usado todavía por los gobiernos de los países industrializados, incluido EEUU). Por el momento, la política económica burguesa tiende hacia el liberalismo en los enfrentamientos con la clase obrera y hacia el keynesianismo en los enfrentamientos entre los capitalistas.
Sea como fuere, La burguesía no excluye tampoco recurrir a instrumentos que sean alternativos al actual modo de producción, instrumentos que buena parte de las falsas «izquierdas» contemporáneas consideran de naturaleza clasista, cuando no incluso revolucionaria, y que pomposamente están resumidos en la fórmula: «redefinición del trabajo como valor de uso para la sociedad y no como elemento de valorización para el capital» (extraído del «Esbozo de discusión para la preparación de una Asamblea Nacional de las fuerzas anticapitalistas», movimiento surgido en Italia).
En el Sole 24 Ore del 3 de mayo encontramos la siguiente consideración iluminante: «Las crisis no son eternas y si duran mucho no deben ser vistas como una maldición inevitable. Estas dependen también del modo de hacer funcionar los mercados y las instituciones económicas. Si funcionan de modo equivocado, los problemas no se resuelven. Basta partir de una simple consideración. ¿Existen o no existen necesidades insatisfechas? No obstante, pasemos por alto el problema de los bienes materiales de consumo. De cualquier modo, existen servicios importantes de los que hay gran necesidad. ¿No existe quizá una necesidad de mayor cantidad o de mejor calidad en la educación, en la sanidad y en la protección del medio ambiente? ¿No existe la necesidad difundida de una mejor y mayor asistencia a los ancianos? Si existen fuerzas de trabajo disponibles y necesidades insatisfechas ¿por qué no se consigue organizar una sistema económico que haga coincidir este deseo de trabajar con el de consumir? ¿qué impide que esto coincida? Es cierto que existen muchos obstáculos (de otro modo ya no se hablaría de desempleo). El problema es remover estos obstáculos, a fin de aumentar el trabajo y la renta, y no estar obligados a tratar de redistribuir, aun haciéndolo de la mejor manera, lo poco que hay».
El articulista considera que la fuerza de trabajo destinada a esta función de uso, utilizando la terminología de la falsa izquierda, deberá ser retribuida con los recursos añadidos que se puedan obtener con un aumento general de la productividad del sistema económico, o sea en última instancia con un aumento de la explotación de la clase obrera, confirmando el dictado librecambista, que ningún keynesiano ha violado jamás, aunque digan lo contrario los librecambistas, de que no existen alimentos gratis; lo que en nuestro tosco lenguaje marxista se traduce en el hecho de que todo alimento es pagado siempre por la clase obrera.
La realidad de los hechos aunque a menudo es cruel, es siempre clarificadora: cualquiera que sea la receta que elabore la burguesía mundial, con ella no conseguirá salir de la crisis sin una desvalorización masiva del capital existente y de la fuerza de trabajo. Tras la palabra «estructural» se esconde un hecho simple y elemental: el encefalograma de la producción capitalista es casi plano porque la tasa de ganancia cae verticalmente. Para volver a subirla es necesario aumentar su numerador que es la plusvalía extraída a la clase obrera, y disminuir su denominador constituido por la suma del capital constante y del valor de la fuerza de trabajo. En síntesis: la mayor explotación debe estar acompañada por la desvalorización del capital existente y de la fuerza de trabajo.
Frente a este dato real nada pueden las recetas librecambistas o keynesianistas. El librecambismo se derrumbó definitivamente como teoría y como praxis del capitalismo mundial en la semana precedente al hundimiento del 1929, cuando tras la primera sacudida de la bolsa, las autoridades estatales y bancarias decidieron no intervenir, dejando que el mercado encontrase por si mismo el propio punto de equilibrio dinámico. Un hundimiento al que ni siquiera el keynesianismo podrá poner remedio: ya que no fueron las recetas keynesianistas ni las políticas económicas keynesianistas de Mussolini-Hitler-Roosvelt las que permitieron la superación de la crisis del 1929, sino la segunda carnicería imperialista con la consiguiente destrucción del capital y de la fuerza de trabajo excedente (desvalorización hasta cero), como el estudio del partido sobre ciclos económicos de las economías capitalistas desarrolladas entre 1929 y 1939 ha demostrado. La Historia ha demostrado ampliamente que la burguesía es impotente frente a la crisis, y que está obligada a asistir atónita a la deflagración de unas fuerzas productivas desmedidas que ella ya no es capaz de dominar.
4) No a la defensa del Welfare-State (Estado del bienestar), sino retorno a Marx y a Lenin
Frente a la virulencia del ataque capitalista a las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera mundial asistimos al despliegue de todas las fuerzas presentes en el campo proletario, excluidas las patrullas del Partido y unos pocos núcleos obreros, en defensa del Estado del bienestar presentado como conquista histórica de la clase obrera. En primera fila no encontramos tanto al clásico oportunismo socialdemocrático, estalinista y post-estalinista, que en favor de los contingentes intereses burgueses se muestra disponible a un desmantelamiento parcial de la máquina asistencial, sino, al menos en Italia, a todo el variopinto frente de las «izquierdas alternativas».
Esta posición se acompaña con otra, estrechamente ligada a la primera, que también es políticamente contrarrevolucionaria y errónea en el aspecto teórico, esta fue definida por Marx como teoría del «salario mínimo» y divulgada por Lassalle como «ley de bronce del salario», descubierta por él. Según esta teoría el fin de la burguesía es la reducción de la clase obrera a la miseria, al mínimo del salario y a las condiciones de trabajo más brutales. Esta posición, ya presente en Proudhon y elevada al rango de ley general del sistema capitalista por Lassalle, fue negada por Marx, que había establecido desde 1848 la previsión del aumento de los salarios reales en términos absolutos. La teoría del Welfare State como conquista obrera, a defender incluso con la sangre si se da el caso, es una falsificación histórica evidente. El Estado del bienestar es fruto de un compromiso entre la aristocracia obrera y el Capital con una función antisocialista y antirrevolucionaria. Su bautismo histórico tuvo lugar con Bismark, siendo cómplice el omnipresente Lassalle, que se anticipó a Keynes en más de medio siglo, con el fin de desviar a la clase obrera alemana de la vía del socialismo. Mucho antes de que Keynes escribiese su famoso tratado, y keynesianistas famosas como Robinson lo han reconocido, Mussolini y Hitler habían aplicado sus recetas. El Estado del bienestar pertenece con todo derecho al Capital, al reformismo socialista y fascista.
Él tiene el fin de constituir una reserva bajo forma social para el proletariado con el fin de apagar la llama clasista, y convertirlo en algo similar a la pequeña burguesía, anulando toda su potencialidad revolucionaria. Con una serie de medidas y sustracciones, que son en último término sustracciones al trabajo y cuotas de plusvalía, el Estado capitalista organiza unas reservas con las que de cuando en cuando abastece a desafortunados, enfermos, viejos, niños, madres y, en ciertos países y en ciertas fases, también a parados para que no mueran de hambre, con el fin, por un lado, de que el capitalismo no pierda la reserva de fuerza de trabajo, y por otro, para que no alimenten la fuerza de la revolución antiburguesa.
La casi totalidad de los «izquierdosos» que defienden el Estado del bienestar está anclada en la posición de Keynes más que en la de Marx. Pocos de ellos son capaces de digerir la posición dialéctica según la cual Marx preconizó y reivindicó esta gama de medidas, cuya adopción remachó la validez de su doctrina, al mismo tiempo que excluyó absolutamente que estas sirvieran para superar la lucha de clase y para conjurar la revolución de clase. El mecanismo embarazoso y burocrático de la asistencia moderna construida por socialdemócratas, socialcristianos, estalinistas y fascistas sociales se dirige a ligar al proletariado a la conservación de un sistema, en el que le está reservado una mínima esencia de garantías para las incertidumbres del porvenir, intentando que ya no perciba lo que mejor puede ver quien no tiene más que perder que sus cadenas: la incertidumbre fundamental de todo el desarrollo del capitalismo con guerras, carestías, y destrucciones bestiales y en masa de excedentes de mercancías y personas.
No consideramos aquí las fuerzas declaradamente oportunistas que presentan ante las masas obreras al Estado del bienestar como vía de transición hacia el socialismo, teoría abiertamente falsa e históricamente inconsistente. Nos interesa desenmascarar el falso carácter revolucionario de todos los movimientos sedicentemente anticapitalistas que defienden el Estado del bienestar en cuanto que equiparan sus prestaciones asistenciales a un salario social que se añade al percibido por el obrero en el intercambio mercantil privado con su comprador capitalista.
En realidad, en la medida en que esto es verdad, y ciertamente lo es por el ahorro obligado impuesto a la clase obrera que va a financiar los fondos de previsión y de cese del contrato de trabajo, es la clase obrera la que en esta operación pierde porque financia gratis al Capital. Todas las prestaciones del Estado del bienestar, además de tener la función antes descrita de esterilización contrarrevolucionaria de la clase, tienen el fin de reducir el valor de la fuerza de trabajo.
Escuela y sanidad pública sirven mientras permiten la reducción en los costes de formación y manutención de la fuerza de trabajo. En caso contrario, son desmanteladas. Puede también suceder el caso opuesto como demuestra el caso de la sanidad americana. Uno de los motivos, no de los últimos por cierto, que empujan a la actual administración de los EEUU a introducir la asistencia sanitaria pública, en tendencia opuesta con las dinámicas de los otros países industrializados, es precisamente el alto costo de la asistencia sanitaria privada y su ineficacia. En 1992, el sistema sanitario monopolizaba el 14% del PIB contra el 9% francés, con resultados desastrosos y que sitúan a los Estados Unidos en el último puesto entre los países desarrollados.
* * *
En agosto de 1914 cuando los cañones resonaron por toda Europa, la socialdemocracia, partido del proletariado internacional, se dividió en dos ramas. Una se postró a los pies del imperialismo y lamiendo las botas ensangrentadas del militarismo se declaró dispuesta a convencer a los proletarios a que se masacrarán por el bien del capital. Una segunda se arrodilló juntando las manos e imploró a la fiera sanguinaria del imperialismo que firmase enseguida una paz justa, soñando con volver al mundo que la guerra había destruido irremediablemente.
Un hombrecillo, aislado de las masas, pero no de la historia, a contracorriente, fijó los ojos en el monstruo de la guerra y sin genuflexionarse comprendió que aquel monstruo podía ser domado con sus mismas armas y lanzó la consigna inconcebible e incomprensible a las masas trastornadas por la histeria belicista, de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil sobre todos los frentes militares y en todos los países.
El escarnio fue grande y el hombrecillo fue considerado un loco visionario alejado de la realidad e incapaz de comprender las grandes corrientes históricas. Aquel «loco», tres años después, conquistó el poder en Rusia y se puso a la cabeza de la Revolución mundial.
Hoy que la crisis se extiende con efectos devastadores sobre la clase obrera mundial asistimos al mismo fenómeno. La totalidad de los llamados representantes oficiales del proletariado se arrodillan a los pies del imperialismo y prometen convencer a los obreros para que se autoflagelen y se enreden en una competencia económica desenfrenada entre ellos. La sedicente minoría revolucionaria se arrodilla invocando a su dios Keynes para que vuelva a la tierra a defender su monstruosa criatura.
Ninguno tiene el coraje de mirar a los ojos a la crisis del Capital y alegrarse de la demostración viviente de la debilidad fundamental de este monstruo enorme que finalmente alguien deberá destruir.
¡No es a Keynes a quien es necesario volver sino a Marx y al hombrecillo de Zurich!