Partido Comunista Internacional

Il Programma Comunista 1965/2

[RG-39] Tesis sobre la cuestión china Pt.2

15) En la derrota de 1927, el estalinismo nunca quiso ver otra cosa que una “etapa” de la revolución burguesa en China y un retroceso “temporal” del movimiento obrero. Rechazamos esta interpretación. Las luchas de clases en ese período fueron tan poco “parciales” que se transformaron en una lucha por la conquista del poder entre la burguesía y el proletariado, y la derrota fue acompañada de la eliminación física duradera de toda la vanguardia comunista. A partir de ahora, como decía Trotsky, la “revolución democrática” en China ya no tendrá el carácter de una revolución, sino de una contrarrevolución burguesa. Finalmente, el revés de 1927 marcó para la Internacional de Moscú renegar por completo la tradición bolchevique en todos los países de Oruente. Las “Tesis de Abril” (1917), con las que Lenin anunció la inminente victoria de la revolución rusa, se contrastan palabra por palabra con las Tesis de abril de 1927, en las que Stalin justifica con la teoría de las “etapas” revolucionarias el golpe de Estado de Chiang Kai-shek.

Contra a la historiografía nacional y burguesa, el marxismo debe, pues, restablecer su concepción proletaria y mundial del curso histórico de los movimientos revolucionarios burgueses:

– 1789-1871, movimientos democrático-burgueses en Europa Occidental (así como en América del Norte y Japón);

– 1905-1950 aproximadamente, movimientos nacional-revolucionarios en Europa oriental y en toda el área afro-asiática; sólo una victoria proletaria: en Rusia;

– 1917-1927, estrategia mundial de revolución permanente, con derrotas sucesivas en Europa (1918-1923) y en Asia (1924-1927), como premisas para la contrarrevolución estalinista en Rusia y en el mundo.

4. El “socialismo campesino” y democracia de “nuevo tipo”

16) El marxismo no sólo ha denunciado la teoría de la “etapa democrática”: también rechazó, en la “etapa agraria”, la utilización por Stalin de la consigna de la “dictadura democrática de los obreros y los campesinos” para encubrir la alianza gubernamental con el Kuomintang de izquierda. En su forma más completa, esta teoría se ha convertido en la de la democracia“nueva”, el abandono completo de las concepciones marxistas sobre la naturaleza de clase de todo Estado. «En el mundo, los diversos sistemas estatales, basados en el carácter de clase del poder político, pueden clasificarse fundamentalmente en tres categorías: a) república bajo dictadura burguesa; b) república bajo la dictadura del proletariado; c) república bajo la dictadura conjunta de las diversas clases revolucionarias (…) Mientras se trate de revoluciones en las colonias y semicolonias, la estructura del Estado y del poder político será necesariamente la misma en líneas generales, es decir, un Estado de nueva democracia, bajo la dictadura conjunta de las diversas clases anti-imperialistas» (Mao Tse-tung, “Sobre la nueva democracia”, 1940).

No sólo la Internacional de Lenin nunca llamó a los proletarios de las colonias a fundar esos Estados “intermedios” entre la dictadura del proletariado y la de la burguesía, sino que además negamos que siquiera uno de ellos exista o haya resistido después de 40 años de “Frentes anti-imperialistas”. La experiencia del dualismo del poder en la Revolución rusa ha demostrado que la “dictadura democrática de los obreros y de los campesinos” no puede sino transformarse, a corto plazo, en la dictadura del proletariado o en la dictadura de la burguesía. Trotsky extendió esta enseñanza a la revolución china, y vemos su confirmación hoy en el punto de llegada burgues de todos los movimientos anticoloniales.

«Si los populistas rusos y los mencheviques dieron abiertamente a su efímera “dictadura” la forma de una dualidad de poderes, por el contrario, la “democracia revolucionaria” china no se había desarrollado lo suficiente para llegar a esto. Y como la historia no funciona por encargo, solo queda darnos cuenta de que no hay ni habrá otra “dictadura democrática” que aquella ejercida por el Kuomintang desde 1925» (Trotsky, “La Internacional Comunista después de Lenin”, 1928).

17) Después de haber ignorado durante mucho tiempo al movimiento agrario y el armamento de los campesinos, los estalinistas se enamoraron de él hasta el punto de ver en él «la característica original de la revolución china y el fundamento de la democracia de nuevo tipo». «La cuestión nacional es fundamentalmente una cuestión campesina», escribió Stalin en “El marxismo y la cuestión nacional” (1913). De aquí derivaría más tarde Mao su concepción de la revolución china como esencialmente una “revolución campesina” que desde el campo rodearía a las ciudades.

Para nosotros, ésta no es la originalidad de las revoluciones burguesas en la época imperialista. En el pasado, todas han puesto en movimiento al campesinado en diversas formas, incluida la organización armada; todo lo cual ha provocado, en distintos grados, transformaciones profundas en la agricultura. Pero el marxismo siempre ha subrayado la incapacidad de la clase campesina de tener su propia política. Ha demostrado que las insurrecciones agrarias, partes integrantes de las revoluciones burguesas, sólo han tenido éxito si se han desarrollado bajo la dirección de las ciudades y cediéndoles el poder. El “Manifiesto” de la Internacional Comunista de 1919 ya había insistido en el carácter dual del campesinado y las razones por las que no puede actuar como clase independiente: el campesino no es nada más que el representante social de las relaciones burguesas; siempre deja la tarea de su representación política a otros. A todos los campeones del “socialismo campesino” que, en Rusia como en China, nos reprochaban “subestimar” al campesinado, contraponíamos estas enseñanzas del marxismo respondiendo que la originalidad de las revoluciones de Oriente no residía en la intervención armada de las masas rurales, pero en la perspectiva de una dirección proletaria hacia objetivos que no eran inevitablemente burgueses.

18) La derrota del proletariado chino explica por qué la revolución tuvo que empezar de nuevo desde lo más profundo del campo, pero no justifica el hecho de que los comunistas cambiaran sus concepciones clasistas por las teorías del “socialismo campesino”. En 1848-49, el fracaso de la revolución alemana había dejado al proletariado en una desorganización política similar: lo había colocado frente al mismo peligro de ser sumergido por la democracia pequeño-burguesa. Fue contra este peligro que Marx y Engels escribieron su famoso “Mensaje a la Liga de los Comunistas” (1850). Contra los radicales pequeño-burgueses que «tienden a involucrar a los obreros en una organización partidaria en la que dominan frases genéricas socialdemócratas, detrás de las cuales se esconden los intereses específicos de los pequeño-burgueses», el “Mensaje” recordaba la necesidad de un partido de clase independiente. Contra todo tipo de poder de la democracia pequeño-burguesa, lanzó en estos términos la consigna de la revolución proletaria: «Junto a los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deben establecer al mismo tiempo sus propios gobiernos revolucionarios, ya sea en forma de juntas y de consejos municipales o por medio de clubes y comités obreros, de modo que los gobiernos democráticos burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que desde el principio se vean vigilados y amenazados por organizaciones tras las cuales se apoya toda la gran masa de los obreros».

Ésta es la respuesta clásica del marxismo a las fórmulas reaccionarias de los “partidos obrero-campesinos”, de los “gobiernos obrero-campesinos” y de la “democracia nueva”. El “Mensaje” de 1850 está enteramente dirigido contra ellos. Si Marx y Engels no os hablan de “dictadura democrática” es porque tal consigna no podía ser la del proletariado frente a la agitación de los demócratas pequeño-burgueses. Stalin y Mao ni siquiera pueden confiar en la ausencia en Alemania de la peculiaridad “original” que pretenden haber descubierto en China o incluso en Rusia: la revolución agraria. Por el contrario, en la Alemania de la época, Marx y Engels vieron más de una vez una “reedición” de la guerra campesina del siglo XVI bajo la dirección política del proletariado.

19) Al igual que la revolución burguesa alemana, la revolución rusa no revela el secreto de un poder “popular” estable, que represente un bloque de clases. Mucho antes de 1917, Lenin había explicado la fórmula de la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y los campesinos” como un poder del proletariado “que se apoya los campesinos” o que “arrastra al campesinado consigo”, una fórmula que no era ni frentista ni “democrática”. Así es como, en abril de 1917, en perfecta continuidad con Marx y Engels, lo interpreta: «La “dictadura revolucionaria y democrática del proletariado y del campesinado” es ya un hecho en la revolución rusa, puesto que esta “fórmula” sólo prevé una relación entre clases, y no una institución política concreta que realice esta relación y esta colaboración. El “Soviet de Diputados Obreros y Soldados” es la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” ya realizada por la vida (…) Existen, uno al lado del otro, juntos, simultáneamente, y el dominio de la burguesía (gobierno de Lvov-Guchkov) y la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, que cede voluntariamente el poder a la burguesía y se transforma voluntariamente en su apéndice (…) Si [una forma particular de “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” separada del gobierno burgués puede existir en Rusia,] sólo hay una vía, y una sola, para lograrla: los elementos proletarios, comunistas, deben separarse inmediata, resuelta e irrevocablemente de los elementos pequeño-burgueses» (“Carta sobre la táctica”, 1917).

Entre febrero y octubre, los populistas y los mencheviques fueron de los rabiosos partidarios de la “dictadura democrática” y acusaron a Lenin de “subestimar” a los campesinos o de querer “saltar” más allá de la etapa de las reformas sociales burguesas. Los bolcheviques, por su parte, recordaron que no se trataba de “introducir el socialismo” en Rusia, sino de tomar el poder político; después de lo cual mostraron cómo la dictadura del proletariado lleva a cabo las reformas económicas de la democracia pequeño-burguesa.

20) Después de la capitulación frente a la burguesía liberal china, la “lucha contra el trotskismo” tenía como objetivo asegurar el triunfo dentro del proletariado derrotado de las posiciones ya defendidas por el bloque de populistas y mencheviques durante la Revolución rusa. Y fue Mao, ya miembro del Comité Central del Kuomintang y nuevo agitador del campesinado, quien llevó a cabo esta tarea. Para nosotros, él no “salvó” ni “reconstruyó” el partido del proletariado llevándolo “a las montañas” y empujándolo a la guerra de guerrillas campesina; simplemente lo ahogó en el enorme magma pequeño-burgués contra cuya corriente Lenin en abril de 1917 y Marx en marzo de 1850 habían sabido preservar los comunistas. Tampoco liberó la cuestión del poder en la revolución china de las ilusiones pequeño-burguesas que habían permitido la represión de Chiang Kai-shek en 1927.

La teoría de la “nueva democracia” no es otra cosa que el desarrollo de estas ilusiones en un período y en un país en que la debilidad de la burguesía “nacional” no dejaba otras perspectivas para la constitución de un poder burgués que mediante la de la acción de las masas “populares” y campesinos, tan ineptos y lentos para organizarse. A los demócratas pequeño-burgueses les gusta atribuir a la “reacción” su dificultad para unirse “efectivamente”, su falta de carácter y sus fluctuaciones congénitas. El marxismo, por el contrario, reconoce en ellos el reflejo de su inestable situación económica. Apelar a la iniciativa política de estas masas para fundar un Estado nacional, luchar contra el imperialismo y realizar el programa socialista, no sólo es negar a Marx y Lenin, sino comprometer todo movimiento revolucionario. Las interminables vicisitudes de la revolución china y, aún hoy [1964], la sangrienta anarquía en la que se debate la mayor parte del África negra son suficientes para demostrárnoslo.

Por eso, en 1917, Lenin abandonó la “vieja fórmula” de la “dictadura revolucionaria y democrática” que los populistas y mencheviques querían “realizar” mediante… la Asamblea Constituyente. Del mismo modo, los socialistas enterraron el nombre “partido socialdemócrata” en los archivos de la Segunda Internacional. Porque, y esto se aplica también a la “democracia de nuevo tipo”, la « democracia, de hecho, expresa ahora la dictadura de la burguesía, ahora el reformismo impotente de la pequeña-burguesía que se subordina a esta dictadura» (Lenin, “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, 1918).

5. El impotente reformismo pequeño‑burgués

21) En su “Mensaje” de 1850, Marx y Engels advirtieron a los proletarios alemanes que la democracia pequeño-burguesa jugaría el mismo papel de traición que la burguesía liberal había jugadodo en la transformación revolucionaria de las viejas estructuras sociales y políticas. Estas predicciones se hicieron realidad en Rusia con los socialistas revolucionarios. El ejemplo chino nos da una confirmación absoluta de esto a escala de todo el período histórico y de un país entero.

«Los pequeños burgueses democráticos, lejos de querer derrocar toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, se esfuerzan por transformar las condiciones sociales, de modo que la sociedad actual les resulte lo más tolerable y cómoda posible. Por eso exigen (…) la eliminación de la presión del gran capital sobre el pequeño capital mediante instituciones de crédito público y leyes contra la usura, para que ellos y los campesinos puedan recibir anticipos en buenas condiciones del Estado en lugar de de los capitalistas; por eso quieren la aplicación de las relaciones de propiedad burguesas en el campo, mediante la eliminación completa del feudalismo (…) En lo que respecta a los obreros, queda establecido en primer lugar que deben seguir siendo asalariados como hasta ahora; La pequeña burguesía democrática sólo quiere que los obreros tengan mejores salarios y una existencia segura, y espera conseguir este resultado mediante el empleo parcial de los obreros por parte del Estado y mediante medidas caritativas (…) Estas reivindicaciones no pueden satisfacerse de ningún modo bastar al partido del proletariado.

«Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren llevar la revolución a su término lo más rápidamente posible, realizando como máximo las reivindicaciones mencionadas anteriormente, nuestro interés y nuestra tarea es hacer que la revolución sea permanente hasta que todas las clases más o menos poseedoras sean expulsadas de poder, hasta que el proletariado haya conquistado el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios, no sólo en un país sino en todos los países dominantes del mundo, se haya desarrollado hasta el punto en que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que al menos las fuerzas productivas decisivas se concentren en manos de los proletarios. Para nosotros no se trata de una transformación de la propiedad privada, sino de su destrucción; no de la mejora de los antagonismos de clase, sino de la abolición de las clases; no del mejoramiento de la sociedad actual, sino de la fundación de una nueva sociedad” (Marx-Engels, “Mensaje al Comité Central de la Liga de los Comunistas”, 1850).

22) En la cuestión agraria, el partido de Mao no hizo nada para combatir las tendencias pequeño-burguesas ansiosas de subrayar la ruptura con las viejas relaciones sociales mediante una consagración jurídica de los derechos sagrados de la propiedad campesina. Y todas las reformas anunciadas a viva voz después de la creación de la República Popular China no contemplaron una mayor concentración de la agricultura sobre la base del desarrollo de la pequeña producción, los “intereses” del pequeño campesino y la “ayuda” estatal. Y cuando quisieron superar estos límites, que son los de las relaciones de producción burguesas, la catástrofe social que resultó no fue menos grave que la que siguió a la falsa colectivización estalinista en Rusia.

Resumiendo, la famosa “revolución agraria” se reduce a una difícil acumulación de capital en el campo chino según las dos fases clásicas de desarrollo de la agricultura capitalista: primero la instauración de la propiedad campesina, luego un lento proceso de expropiación y concentración bajo la presión de las fuerzas productivas burguesas y de una gigantesca economía de mercado. «Cuando se implemente la reforma del sistema agrario, incluso si es una reforma básica como la reducción de los alquileres y los intereses de los préstamos, aumentará el interés de los agricultores en la producción. Después de eso, se ayudará a los campesinos a organizarse, gradualmente y sobre la base del libre consentimiento, en cooperativas de producción agrícola y otras cooperativas, y entonces habrá un desarrollo de las fuerzas productivas» (Mao Tse-tung, “Sobre el Gobierno de coalición”, 1945).

Tuvo que pasar un cuarto de siglo (1927-1952) para que se completara la primera fase: confiscación y repartición. Pero antes de que China tenga una agricultura “moderna”, concentrada, es decir, plenamente capitalista, podemos esperar que el proletariado comunista mundial haya tenido razón sobre el “socialismo nacional”, campesino y pequeño-burgués.

23) Del desarrollo histórico de la agricultura china extraemos una confirmación de un hecho: su carácter burgués. Pero podemos extraer una crítica de principios de la política agraria del PCCh: sólo ha respetado los procesos moleculares de este desarrollo sin tratar de anticipar sus consecuencias sociales, especialmente en lo que respecta a la subversión de las relaciones de propiedad burguesas. Citemos nuevamente el “Mensaje” de Marx y Engels de 1850: «El primer punto en el que los demócratas burgueses entrarán en conflicto con los obreros será la abolición del feudalismo. Como en la primera Revolución Francesa, la pequeña burguesía querrá dar las tierras feudales a los campesinos en libre propiedad, es decir, querrá dejar existir al proletariado agrícola y crear una clase de campesinos pequeño-burgueses que tendrán que atraviesar el mismo ciclo de empobrecimiento y endeudamiento en el que aún se encuentra preso el campesino francés hoy en día. Los trabajadores, en interés del proletariado agrícola y en el suyo propio, deben oponerse a este plan. Deben exigir que la propiedad feudal confiscada siga siendo propiedad del Estado y se transforme en colonias obreras, cultivadas por el proletariado agrícola asociado, con todas las ventajas de la gran agricultura y para que el principio de la propiedad común reciba inmediatamente una base sólida en medio de las relaciones vacilantes de la propiedad burguesa».

Para los comunistas, no era una cuestión de si China o la Rusia pequeño-burguesa estaban “maduras” para esta transformación: el derrocamiento de la dominación burguesa sólo era alcanzable a escala internacional. Ni siquiera se trataba, en un país determinado, de inventar recetas “colectivistas” para acelerar el desarrollo económico. «Nosotros escribimos un decreto, no un programa», dijo Lenin, al comentar el “Decreto sobre la Tierra”, al que algunos acusaron de ser el programa de los socialistas revolucionarios (Lenin, “El Segundo Congreso Panruso de los Soviets. Informe sobre La cuestión de la tierra”, 1917). Sin embargo, en un punto crucial este decreto se diferenciaba de su programa: no consagraba las aspiraciones de los campesinos en formas jurídicas definitivas (repartición, nacionalización). Aquí radica toda la diferencia programática entre el “socialismo” nacional y el comunismo internacionalista.

24) La política pequeño-burguesa del partido de Mao aparece aún más claramente en la “cuestión laboral”. Lejos de inscribir en sus banderas la abolición del salario, el PCC proclama la asociación del capital y el trabajo, y no omite ninguna “medida de beneficiencia” en la tradición de los «socialistas» a la Louis Blanc: «La tarea de la clase obrera china no se trata sólo de luchar por un Estado de nueva democracia, sino también de luchar por la industrialización del país y la modernización de la agricultura. Con el régimen de nueva democracia, se adoptará una política de realineamiento de los intereses del trabajo y el capital. Por una parte, se defenderán los intereses de los trabajadores: se establecerá una jornada laboral de ocho a diez horas según las circunstancias, se preverán prestaciones de desempleo y seguros sociales adecuados y se defenderán los derechos sindicales. Por otra parte, se garantizarán ganancias legítimas a las empresas estatales, privadas y cooperativas gestionadas racionalmente. De esta manera, tanto el sector público como el privado, tanto el trabajo como el capital, contribuirán juntos al desarrollo de la producción industrial» (Mao Tse-tung, “Sobre el gobierno de coalición”, 1945).

Un programa así, una práctica así, ya no se distingue en nada del viejo reformismo de los países capitalistas avanzados, ni de los discursos electorales de cualquier diputado “progresista” o ministro “reaccionario” de Occidente. Al llamarlos “socialismo” y reivindicar su exclusividad frente a Moscú, Mao se ha situado al nivel “ideológico” de las fuerzas conservadoras burguesas del mundo y ha perdido su aura de agitación campesina. En China, la democracia pequeño-burguesa dejó de ser revolucionaria desde 1927; fue reformista incluso antes de ocupar el poder estatal; hoy es reaccionaria al presentar sus ilusiones y sobre toda su práctica económico-social bajo la etiqueta de “construcción socialista”. Aquí está todo el significado político que atribuimos a su conflicto con Moscú.

25) De esta manera se cumple el destino histórico del “populismo” chino. Desde la primera revolución burguesa en 1911, Lenin enfatizó el doble aspecto de la ideología de Sun Yat-sen. Utópica era la idea de realizar el “socialismo” mediante la nacionalización de la tierra, la “limitación” del gran capital y la aplicación “honesta” de un plan de desarrollo industrial concertado por las grandes potencias. Pero este programa tenía un contenido revolucionario burgués que los bolcheviques supieron reconocer tanto en China como en Rusia. Al adoptarla y realizarla, el partido de Mao le dio el único “desarrollo original” que le estaba reservado: la utopía del “socialismo” campesino se convirtió en la ideología reaccionaria de la “construcción socialista” en China, y su contenido revolucionario se diluyó en el océano de las reformas pequeño-burguesas. Así es como la ideología política de una clase degeneró mucho después de que la historia hubiera firmado su sentencia de muerte.

Por el contrario, ya en 1894, Lenin pudo anunciar, con los primeros pasos del proletariado ruso, el fracaso ideológico de los “Amigos del Pueblo”, muchas décadas antes de que su poder “popular” viera la luz: «De hecho, el campo se está dividiendo. O mejor dicho, ya se ha dividido por completo. Y con ello se escindió el viejo socialismo campesino en Rusia: por una parte, dio paso al socialismo obrero; por otra parte, ha degenerado en un vulgar radicalismo pequeño-burgués. Esta transformación sólo puede llamarse degeneración. La doctrina de un régimen propio de la vida campesina, de las vías originales de nuestro desarrollo, ha dado lugar a un eclecticismo nebuloso que ya no puede negar que la economía mercantil se ha convertido en la base del desarrollo económico, se ha transformado en economía capitalista; pero simplemente no quiere ver el carácter burgués de todas las relaciones de producción, ni la necesidad de la lucha de clases bajo este régimen. De un programa político que se proponía levantar a los campesinos para la revolución socialista contra las bases de la sociedad actual, nació un programa que se propone remendar, “mejorar” la situación de los campesinos conservando las bases de la sociedad actual» (Lenin, “¿Quienes son los ’Amigos del Pueblo’?”, 1894).

6. Antagonismos del Oriente burgués

26) A diferencia de la India y otros países coloniales, China entró en la historia moderna como la “colonia de todos”. Pronto, la exportación de capitales se impuso a la de productos industriales de la antigua metrópoli inglesa. Para proteger sus inversiones, las grandes potencias “acordaron” dividir el país en esferas de influencia. En Pekín, todo el cuerpo diplomático tenía a su disposición las finanzas del Estado. Esta situación reflejaba, como mostró Lenin, la transición del capitalismo a su etapa más alta: el imperialismo. El programa de Wilson para la “internacionalización de las colonias”, su versión “ultraimperialista” en Kautsky y el proyecto de Sun Yat-sen de crear un consorcio de las grandes potencias para el desarrollo de una China “independiente”, no tenían otra base objetiva. «Supongamos – escribió Lenin en “El imperialismo” – que todas las potencias imperialistas forman una alianza para repartirse “pacíficamente” esos países asiáticos. Sería una alianza del capital financiero unido a escala mundial. Hay ejemplos prácticos de esta alianza en la historia del siglo XX: por ejemplo, las relaciones de las grandes potencias con China. Surge una pregunta: ¿es “concebible” que, una vez que el capitalismo haya vencido (y esta es la condición supuesta por Kautsky), dichas alianzas no sean efímeras y excluyan la fricción, los conflictos y la lucha en todas las formas posibles?».

El ejemplo de China demostró que esto era impensable. El país que a principios de siglo ofrecía las mayores promesas de desarrollo capitalista y las más fiables garantías de ganancias, se ha convertido en campo cerrado de guerras civiles y rivalidades imperialistas. Mejor aún, ante el desencadenamiento de estos antagonismos, el imperialismo mundial tuvo que renunciar a todos sus “planes” económicos en China, trasladando la competencia desenfrenada entre capitales a las antiguas colonias y semicolonias: India, África, América del Sur. “planes de desarrollo” y el desarrollo pacífico y flácido de los Wilson y Kautsky ruso-estadounidenses. Pero las próximas explosiones revolucionarias también se están preparando en una escala aún mayor.

27) El partido de Mao hizo todo lo posible para garantizar que su victoria no tomara la forma de una ruptura violenta de la cadena imperialista en Asia. Al adherirse aún más completamente que Sun Yat-sen a la guerra mundial, el PCCh adoptó las ilusiones de la burguesía liberal china sobre una “sociedad de naciones” y una “cooperación internacional” de las cuales China fuese beneficiaria. «El Partido Comunista de China respalda la Carta del Atlántico y las resoluciones de las conferencias internacionales de Moscú, El Cairo, Teherán y Crimea (…) El principio fundamental del Partido Comunista de China en política exterior es el siguiente: sobre la base de la lucha por derrotar definitivamente al agresor japonés, de la defensa de la paz mundial, del respeto recíproco de la independencia y la igualdad de los derechos, así como en la promoción de los mutuos intereses y la amistad entre los Estados y los pueblos, China establecerá relaciones diplomáticas con todos los países y las fortalecerá para resolver todos los problemas de interés común, como la coordinación de operaciones militares, las conferencias de paz, de los intercambios comerciales e de las inversiones» (Mao Tse-tung, “Sobre el Gobierno de Coalición”, 1945).

¡Ya en 1924 Sun Yat-sen había constatado el fracaso de este programa! Mao no sólo permaneció fiel a éste, sino que la predicó disfrazado “socialismo”: «Los países socialistas, grandes o pequeños, económicamente desarrollados o no, deben establecer sus relaciones sobre la base de los principios de la completa igualdad, del respeto a la integridad territorial, de la soberanía y de la independencia, de la no ingerencia en los asuntos internos, así como del apoyo y la asistencia recíproca» (Mao Tse-tung, “Propuestas acerca de la línea general del movimiento comunista internacional”, 17 de junio de 1963).

Contra la utopía pequeño-burguesa de un “socialismo de las patrias”, que realice un desarrollo “armónico” a través del comercio “igualitario”, reivindicamos la destrucción de las patrias burguesas y el establecimiento de relaciones no mercantiles, ¡que precisamente no serán “iguales”, entre los países donde mañana se instaurará la dictadura del proletariado!

28) Lejos de reflejar “diferencias ideológicas”, el conflicto chino-ruso se sitúa en el mismo terreno de los intereses nacionales burgueses. Es indiscutible que los compromisos de la URSS con la burguesía indígena o con el imperialismo extranjero retrasaron el establecimiento de Estados nacionales burgueses en todo el Oriente hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Exactamente como la Revolución Rusa había despertado los movimientos anticoloniales de Asia, la contrarrevolución estalinista frenó su desarrollo. Pero el partido de Mao, que ahora se levanta contra Moscú, nunca denunció esta traición: ni en 1937, cuando el PCCh siguió obedientemente el giro de los “frentes populares” restableciendo su alianza con Chiang Kai-shek, ni en 1945, cuando Stalin firmó con el propio Chiang un tratado de paz y amistad que duraría… 30 años.

En el origen del conflicto chino-soviético no se encuentra, pues, ni la conciencia de los intereses del movimiento anticolonial, ni menos aún la crítica del “socialismo” ruso, sino las contradicciones entre el desarrollo del capitalismo chino y los intereses del imperialismo ruso: «Es aún más absurdo trasladar a las relaciones entre los países socialistas la práctica consistente en obtener beneficios a expensas de los demás – práctica que caracteriza las relaciones entre los países capitalistas – y llegar a creer que la “integración económica” y el “mercado común” introducidos por los grupos imperialistas para apoderarse de los mercados y repartirse las ganancias, pueden servir de ejemplo a los países socialistas en su asistencia mutua y en su colaboración económica» (Mao Tse-tung, “Propuestas acerca de la línea general del Movimiento Comunista Internacional, 17 de junio de 1963).

29) El “Programa” que Stalin había adoptado en el VI Congreso de la Internacional excluía para China y los demás países atrasados aquello que Rusia se había atribuido recientemente: el privilegio de “construir el socialismo” dentro de sus fronteras nacionales. En un momento en que los intereses del capitalismo ruso se han integrado a los del mercado mundial, China está retomando este viejo lema estalinista. Y repetiremos para ello lo que dijo Trotsky sobre el “socialismo ruso”: «La división mundial del trabajo, la dependencia de la industria soviética de la tecnología extranjera, la dependencia de las fuerzas productivas de los países avanzados de las materias primas asiáticas, etc., hacen imposible construir una sociedad socialista autónoma y aislada en ningún país del mundo» (“¿Qué es la revolución permanente? Tesis”, 1930).

La “construcción del socialismo” en China sólo puede significar la acumulación de capital y la extensión de una economía de mercado. Pero esta teoría no logra enmascarar antagonismos mucho más agudos. El conflicto chino-soviético, toda la historia de los movimientos nacionales burgueses de Asia y de África, todas las conferencias sobre el comercio mundial han subrayado con inquietud el retardo creciente de la mayoría de los países atrasados, “independientes” o no, “socialistas” o no, respecto al puñado de grandes potencias imperialistas que detentan todo el poder político, económico y militar del mundo actual.

30) Para evitar la suerte que le espera, la burguesía de los países atrasados se esfuerza por todos los medios de hacer pasar su emancipación política y nacional como garantía de la emancipación social y humana de las masas explotadas. Doblemente víctimas de su burguesía y de las contradicciones acumuladas por el imperialismo mundial, los proletarios de las ex-colonias encontrarán cada vez más razones para romper con la ideología democrática y reformista. Recordarán entonces que el marxismo y la Internacional de Lenin nunca habían esperado de la democracia política y de la independencia nacional la liberación de los pueblos coloniales de toda explotación: «El capital financiero en sus tendencias a la expansión compra y envuelve “libremente” a los gobiernos democráticos y republicanos más libres, y los funcionarios de cualquier país, incluso “independiente”. La dominación del capital financiero, como la del capital en general, no puede ser abolida por ninguna reforma en el campo de la democracia política; y la autodeterminación está vinculada total y exclusivamente a este campo. Pero esta dominación del capital financiero no resta en lo más mínimo importancia a la democracia política como la forma más libre, más amplia y más clara de la opresión de clase y de la lucha de clases» (Lenin, “Tesis sobre la revolución socialista y el derecho de los pueblos a disponer de si mismos”).

Es contra esta forma más libre, amplia y clara de opresión de clase que el proletariado de la China “popular”, así como de la India ruso-americana, tendrá que reanudar su batalla.

Primi risultati dei contributi giunti da tutto il Partito per l’elaborazione delle tesi definitive della sua organizzazione Pt.2

[Questa seconda parte è comparso con un titolo differente su Programma Comunista n.2 del 1965: «Materiali per le tesi definitive sull’organizzazione interna». Ma trattandosi di una continuazione, ne conserviamo il primo titolo per facilitare il lettore. NdR ]

Marx aveva fiuto per gli arrivisti

Togliamo i brani che seguono da una pubblicazione recente su tutto il materiale relativo alla I Internazionale operaia. «Le tesi redatte da Marx, che però non era presente, sono discusse e adottate all’unanimità del congresso che si tiene a Ginevra dal 3 all’8 settembre 1866. Nella seduta dell’8 la persona di Marx è evocata da Cremer, Carter e Tolain, nella discussione dell’art. 11 del regolamento dell’Associazione Internazionale degli Operai: «Ogni membro della A.I.O. ha diritto di partecipare al voto e di essere eletto». Mentre Tolain e Perrechon si oppongono a che dei non lavoratori possano rappresentare gli operai, Cremer ricorda che “il Comitato Centrale comprende cittadini che non esercitano mestieri manuali e che non hanno dato alcun motivo di sospetto; all’opposto è probabile che senza la loro collaborazione l’A.I.O non avrebbe potuto impiantarsi in Inghilterra in una maniera così completa. Fra questi membri ne citerò uno solo, il cittadino Marx, che ha consacrato tutta la sua vita al trionfo della classe operaia». Dopo una discussione sull’argomento, l’emendamento di Tolain alle tesi di Marx è respinto da 25 voti contro 20. (Il testo non dice quanti di quelli che votavano erano operai e quanti no).

Marx scrive ad Engels il 26 settembre: «Ieri tutti gli inglesi mi hanno proposto come presidente del Consiglio generale, a guisa di dimostrazioni contro i signori francesi che vorrebbero impedire a tutti quelli che non sono lavoratori manuali di essere membri dell’A.I.O., o perlomeno di essere delegati al Congresso. Io ho dichiarato di non poter accettare in alcun caso e ho proposto a mia volta Odger, che fu quindi rieletto. [Si tratta qui della riunione del Consiglio generale seguita al congresso]. Dupont mi ha d’altra parte fornito la chiave dell’operazione di Tolain e Fribourg: essi volevano presentarsi nel 1869 come candidati come candidati operai alle elezioni del Corpo Legislativo adottando il «principio» che solo dei lavoratori potrebbero rappresentare dei lavoratori. Era dunque di un’estrema importanza per questi signori di vedere il congresso di Ginevra proclamare questo principio.

Il marxismo non segue nella lettura della storia la mania dell’“ultima moda”

Potrebbe svolgere questo spunto generale geniale di Marx chi avesse a disposizione le otto ore ed il fiato di un leone: esso dice tutto. Il nostro odio verso la forma capitalista non ci condurrà mai ad ammirare da stolti le sue modernissime manifestazioni rispetto alle antiche. Non ci deve nemmeno condurre a sognare il ritorno alle forme feudali come un romanticismo di cui altrove accusammo Stalin. Non abbiamo infatti da ammirare né il corporativismo né una società di produttori autonomi. A noi non serve né un mito né un ideale né un modello che vogliamo far copiare dal futuro. Ma, se ne avessimo bisogno, non lo cercheremmo andando avanti, ma tornando più di tutti indietro, nella generosa nobile gloriosa umanità delle primitive tribù. (Marx ad Engels, 25 marzo 1868):

Le cose vanno nella storia umana come nella paleontologia. Alcune cose che si hanno sotto il naso anche i più eminenti cervelli non le scorgono, dapprincipio, per effetto di un certo accecamento di giudizio. Più tardi, quando i tempi hanno evoluto, ci si stupisce tuttavia di trovare dappertutto delle tracce di quello che non si era visto. La prima reazione contro la Rivoluzione francese e la filosofia illuminista che ad essa era collegata fu di vedere tutto sotto l’angolo medioevalista, romantico; ed anche uomini come Grimm non ne andarono esenti. La seconda reazione – e questa corrisponde all’orientamento socialista, sebbene quegli scienziati non sospettino affatto di essere legati ad esso – consiste nel tuffarsi, al di sopra del Medio Evo, nell’epoca primitiva di ciascun popolo. E si resta tutti sorpresi di trovare nel più antico il più moderno, e di trovarci perfino degli egualitari ad un grado tale che spaventerebbe lo stesso Proudhon.

Ancora Marx contro le sètte e il federalismo, per l’unico partito di classe internazionale: Marx a Bolte, 23 novembre 1871

L’Internazionale è stata fondata per sostituire alle sètte socialiste o semisocialiste la vera organizzazione di lotta della classe operaia. Gli statuti originali e l’»Indirizzo inaugurale» lo mostrano a prima vista. D’altra parte l’Internazionale non avrebbe potuto affermarsi se il corso della storia non avesse già polverizzato il mondo delle sètte. L’evoluzione del settarismo socialista e quella del vero movimento operaio vanno costantemente in senso inverso. Finché le sètte si giustificano (storicamente) la classe operaia non è ancora matura per un movimento storico indipendente. Appena questa è giunta a tale maturità, tutte le sètte sono essenzialmente reazionarie. Tuttavia si è prodotto nella storia dell’Internazionale ciò che la storia mostra dappertutto. Ciò che è superato cerca sempre di ricostituirsi e mantenersi in seno alla forma finalmente acquisita. E la storia dell’Internazionale è stata una lotta continua del Consiglio Generale contro le sètte e i tentativi di dilettanti che cercavano di affermarsi in seno alla stessa Internazionale contro il movimento reale della classe operaia (…)

Il movimento politico ha naturalmente per scopo finale la conquista del potere politico per sé, e a tal fine è naturalmente necessaria un’organizzazione preventiva dalla classe operaia, ad un certo punto del suo sviluppo, derivante essa stessa dalle sue lotte economiche. Ma d’altra parte, ogni movimento nel quale la classe operaia si oppone alle classi dominanti in quanto classe e cerca di costringerla mediante una pressione dall’esterno è un movimento politico. Per esempio, il tentativo per conquistare, in questa o quella fase o in questo o quel laboratorio, mediante scioperi ecc., una riduzione del tempo di lavoro da parte di singoli capitalisti, è un movimento puramente economico; invece il movimento tendente a conquistare una legge delle otto ore, ecc. è un movimento politico. È così che dovunque i movimenti economici isolati degli operai danno origine a un movimento politico, cioè un movimento della classe per realizzare i suoi interessi sotto una forma generale, una forma che possiede una forza generale, una forza socialmente vincolante. Se questi movimenti presuppongono una certa organizzazione preventiva, sono allo stesso grado a loro volta dei mezzi per sviluppare tale organizzazione.

Là dove la classe operaia non è ancora andata abbastanza avanti, e la sua organizzazione è insufficiente per intraprendere una campagna decisiva contro la forza collettiva, cioè la forza politica, delle classi dominanti, essa deve almeno essere educata mediante una costante agitazione contro le politica delle classi dominanti (e l’atteggiamento ostile alla politica). Altrimenti essa resta una palla di gioco nelle mani delle classi dominanti, come ha mostrato la rivoluzione di settembre in Francia e come mostra in una certa misura il gioco che riesce ancora in Inghilterra fino da oggi ai signori Gladstone e Co.».

La buffonata democratica delle espulsioni: Marx a Bolte, 12 febbraio 1873

Secondo me il Consiglio Generale di New York ha commesso un grande errore nel sospendere la Federazione del Giura. Costoro si sono già ritirati dall’Internazionale dichiarando non esistenti per essi il suo Congresso e i suoi Statuti (…)

Ogni individuo e ogni gruppo ha il diritto di ritirarsi dall’Internazionale, e quando ciò avviene il Consiglio Generale deve semplicemente constatare ufficialmente questa defezione, e non sospendere. E fin quando dei gruppi (sezioni o federazioni) si limitano a contestare i poteri del Consiglio Generale o anche a violare in tale o tale punto gli Statuti o articoli del regolamento, che la sospensione è prevista. Per contro gli Statuti non hanno alcun articolo relativo a gruppi che buttano a mare la organizzazione nel suo insieme, e ciò per la semplice ragione che si capisce da sé che gruppi come questi non appartengono più all’Internazionale (…)

Il grande risultato del Congresso dell’Aia è stato di spingere gli elementi guasti ad escludersi da sé, cioè a ritirarsi. Il procedimento del Consiglio Generale minaccia di annullare questo risultato. Nell’opposizione aperta all’Internazionale, costoro non nuocciono, anzi sono utili, ma elementi ostili nel suo seno, rovinano il movimento in tutti i paesi in cui han messo piede.

Marx sapeva che il partito rinasce da ogni sconfitta

Dopo la caduta della Comune di Parigi, ogni organizzazione della classe operaia in Francia era naturalmente rovinata, ma essa comincia ora a svilupparsi di nuovo (…) Così, invece di morire, l’Internazionale è uscita dalla sua prima fase di incubazione per entrare in una fase superiore in cui i suoi sforzi e le sue tendenze originarie sono già in parte divenuti realtà. Nel corso di questo sviluppo crescente essa dovrà ancora passare attraverso numerosi cambiamenti prima che possa essere scritto l’ultimo capitolo della sua storia (Marx, La storia dell’Associazione Internazionale dei lavoratori del sig. George Howell, 1878).

Vaticinio di Engels che Mosca ha tradito: Engels a Sorge, 12 settembre 1874

Con la tua partenza la vecchia Internazionale è completamente finita. Ed è buona cosa. Essa apparteneva al periodo del Secondo Impero in cui la pressione che si esercitava in tutta Europa prescriveva al movimento operaio, da poco risvegliatosi, di unirsi ed astenersi da ogni polemica interna (…) Il primo grande successo doveva interrompere questo ingenuo viaggio in comune di tutte le frazioni. Tale successo fu la Comune, che intellettualmente era senza dubbio la figlia dell’Internazionale, sebbene questa non avesse mosso un dito per produrla, e per la quale l’Internazionale è stata resa responsabile in questa misura, e a buon diritto. Quando, grazie alla Comune, l’Internazionale divenne una potenza morale in Europa, la discordia cominciò immediatamente. Ogni tendenza voleva sfruttare per sé il successo (…) L’Internazionale ha dominato dieci anni di storia europea verso un lato, quello dell’avvenire; può guardare con fierezza al lavoro compiuto. Ma nella sua forma antica essa ha fatto il suo tempo. Per produrre una nuova Internazionale simile all’antica, una alleanza di tutti i partiti proletari di tutti i Paesi, occorrerebbe uno schiacciamento generale del movimento operaio come quello prodottosi dal 1849 al 1864. E per questo il mondo proletario è diventato troppo grande.

Credo che la prossima Internazionale sarà direttamente comunista e inalbererà di colpo i nostri principî quando gli scritti di Marx avranno prodotto il loro effetto durante un certo numero di anni.

Consideraciones sobre la orgánica actividad del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable

1.- La llamada cuestión de la organización interna del partido ha sido siempre objeto de las posiciones de los marxistas tradicionales y de la izquierda comunista actual, nacida como oposición a los errores de la Internacional de Moscú. Naturalmente esta cuestión no es un sector aislado en un compartimento cerrado, sino que es algo inseparable del cuadro general de nuestras posiciones.

2.- Todo lo que forma parte de la doctrina, de la teoría general del partido, se encuentra en los textos clásicos y está resumido profundamente en manifestaciones más recientes, en textos italianos como las Tesis de Roma y de Lyon y en otras muchas con las cuales la izquierda presagió la ruina de la III Internacional por fenómenos no menos graves que los ofrecidos por la II. Todo este material, en parte, es utilizado ahora para el estudio sobre la organización (entendida en un sentido restringido como organización del Partido y no en el sentido amplio de organización del proletariado en sus diversas formas históricas y sociales) y no se pretende aquí resumirlo, reenviando a dichos textos y al amplio trabajo en curso de la Historia de la Izquierda, cuyo segundo volumen se está preparando.

3.- Se deja a la teoría pura, común a todos nosotros y fuera de discusión, todo lo que respecta a la ideología del partido y a la naturaleza del mismo, y a las relaciones entre el partido y su propia clase proletaria, que se resumen en la conclusión obvia de que sólo con el partido y su acción, el proletariado se convierte en clase para sí y para la revolución.

4.- Indicamos normalmente como cuestiones de táctica (repetida la reserva de que no existen capítulos y secciones autónomas) las que surgen y se desarrollan históricamente en las relaciones entre el proletariado y las otras clases, el partido proletario y las otras organizaciones proletarias, y entre él y los partidos burgueses y no proletarios.

5.- La relación que fluye entre las soluciones tácticas, para no ser condenadas por los principios doctrinales y teóricos, y el desarrollo multiforme de las situaciones objetivas y, en cierto sentido, externas al partido, es en verdad bastante mutable; pero la Izquierda ha mantenido que el partido debe dominarla y preverla con antelación, como está escrito en las Tesis de Roma sobre la táctica, entendidas como proyecto de Tesis para la táctica internacional.
 Existen, para ser sintéticos hasta el extremo, períodos de situaciones objetivas favorables junto a condiciones desfavorables del partido como sujeto; puede darse también el caso opuesto, hay estados raros que son sugestivos ejemplos de un partido bien preparado y de una situación social que encuentra a las masas lanzadas hacia la revolución y hacia el partido que la ha previsto y descrito con antelación, como Lenin reivindicó para los bolcheviques en Rusia.

6.- Dejando a un lado «distinciones» pedantes, podemos preguntarnos en qué situación objetiva se encuentra la sociedad de hoy. Ciertamente la respuesta es que estamos en la peor situación posible y que gran parte del proletariado, más que ser golpeado por la burguesía, está controlado por los partidos que trabajan al servicio de ésta e impiden al proletariado todo movimiento clasista revolucionario, de modo que no se puede prever cuánto tiempo transcurrirá hasta que en esta situación muerta y amorfa, llegue lo que otras veces definimos como «polarización» o «ionización» de las moléculas sociales que precederá a la explosión del gran antagonismo de clase.

7.- ¿Cuáles son, en este periodo desfavorable, las consecuencias sobre la dinámica orgánica interna del partido? Hemos dicho siempre, en todos los textos más arriba citados, que el partido se ve inexorablemente afectado por el carácter de la situación real que lo rodea. Por tanto, los grandes partidos proletarios que existen son necesaria y declaradamente oportunistas.
 Es una tesis fundamental de la Izquierda que nuestro partido no debe por este motivo renunciar a resistir, sino que debe sobrevivir y transmitir la llama a lo largo del histórico «hilo del tiempo». Está claro que será un partido pequeño, no por nuestro deseo o elección, sino por ineluctable necesidad.
 Pensando en la estructura de este partido incluso en la época de decadencia de la III Internacional, y en innumerables polémicas, hemos rechazado, con argumentos que no es necesario repetir, varias acusaciones. No queremos un partido de secta secreta o de élite, que rechace todo contacto con el exterior por manías de pureza. Rechazamos toda fórmula de partido obrero o laborista que quiera excluir a todos los no proletarios, fórmula que pertenece a todos los partidos oportunistas históricos. No queremos reducir el partido a una organización de tipo cultural, intelectual y académica como la que dio lugar a las polémicas que se remontan a hace más de medio siglo; tampoco creemos, como ciertos anarquistas o blanquistas, que se pueda pensar en un partido de acción armada conspirativa y que se dedique a conjurar.

8.- Dado que el carácter de degeneración del complejo social se concentra en la falsificación y en la destrucción de la teoría y de la sana doctrina, está claro que el pequeño partido de hoy tiene un carácter preeminente de restaurador de los principios de valor doctrinal, y desgraciadamente está privado del ambiente favorable en el que Lenin realizó esta tarea tras el desastre de la primera guerra. Sin embargo, no por esto podemos trazar una barrera entre teoría y acción práctica; porque más allá de cierto límite nos destruiríamos a nosotros mismos y a todas nuestras bases de principio. Reivindicamos, por lo tanto, todas las formas de actividad propias de los momentos favorables en la medida en que las relaciones de fuerza reales lo permitan.

9.- Todo esto podría desarrollarse mucho más ampliamente, pero se puede llegar a una conclusión sobre la estructura organizativa del partido en un periodo tan difícil. Sería un error fatal verlo como divisible en dos grupos: uno dedicado al estudio y otro a la acción, porque esta distinción es mortal no sólo para el cuerpo del partido, sino también en relación a cada militante individual. El sentido del unitarismo y del centralismo orgánico es que el partido desarrolla en sí los órganos aptos para sus distintas funciones, que nosotros llamamos propaganda, proselitismo, organización proletaria, trabajo sindical, etc.; hasta llegar mañana, a la organización armada, pero nada se debe deducir del número de compañeros que se considera dedicado a tales funciones, porque en principio ningún compañero debe ser ajeno a ninguna de ellas.
 Es un percance histórico que en esta fase puedan parecer demasiados los compañeros dedicados a la teoría y a la historia del movimiento y pocos los preparados para la acción. Sería sobre todo insensata la búsqueda del número de los dedicados a una y otra manifestación de energía. Todos sabemos que, cuando la situación se radicalice, innumerables elementos se alinearán con nosotros, en una vía inmediata, instintiva y sin el mínimo curso de estudios que pueda imitar a las cualificaciones académicas.

10.- Sabemos muy bien que el peligro oportunista, desde que Marx luchó contra Bakunin, Proudhon, Lasalle y en todas las fases ulteriores del morbo oportunista, ha estado ligado enteramente a la influencia de falsos aliados pequeño burgueses sobre el proletariado.
 Toda nuestra desconfianza infinita hacia la aportación de estos estratos sociales no debe ni puede impedirnos utilizarles sobre la base de las potentes enseñanzas de la historia de los elementos de excepción, que el partido destinará al trabajo de reordenación de la teoría, fuera del cual no existe más que la muerte y que en el futuro, con su plan de difusión deberá identificarse con la inmensa extensión de las masas revolucionarias.

11.- Las violentas chispas que saltaron de entre los conductores de nuestra dialéctica nos han enseñado que es compañero militante comunista y revolucionario quien ha sabido olvidar, renegar, quitarse de la mente y del corazón la clasificación en que lo inscribe el padrón de esta sociedad en putrefación, y se ve y confunde a sí mismo en todo el arco milenario que liga al ancestral hombre de la tribu que luchaba contra las bestias, con el miembro de la comunidad futura, fraterna en la armonía alegre del hombre social.

12.- Partido histórico y partido formal. Esta distinción está en Marx y Engels, y ellos tuvieron el derecho de deducir que, estando con su obra en línea con el partido histórico, despreciaban pertenecer a todo partido formal. De esto ningún militante actual puede inferir el derecho a una elección: tener las cartas en regla con el «partido histórico», y burlarse del partido formal. Esto no porque Marx y Engels fuesen superhombres de un tipo o raza distinta a los demás, sino precisamente por la sana inteligencia de su proposición que tiene sentido dialéctico e histórico.
 Marx dice: partido en su acepción histórica, en el sentido histórico, y partido formal o efímero. En el primer concepto está la continuidad, y de él hemos derivado nuestra tesis característica de la invariabilidad de la doctrina desde que Marx la formuló, no como una invención de genio, sino como hallazgo de un resultado de la evolución humana. Pero los dos conceptos no están en oposición metafísica, y sería necio expresarlos con la doctrinilla: vuelvo la espalda al partido formal y voy hacia el histórico.
 Cuando hacemos surgir de la doctrina invariante la conclusión de que la victoria revolucionaria de la clase trabajadora no puede obtenerse mas que con el partido de clase y la dictadura de éste, y con la guía de las palabras de Marx afirmamos que antes del partido revolucionario y comunista el proletariado es una clase, quizás para la ciencia burguesa, pero no para Marx y para nosotros; la conclusión a deducir es que para la victoria será necesario tener un partido que merezca al mismo tiempo la calificación de partido histórico y de partido formal, o sea, que se haya resuelto en la realidad de la acción y de la historia la contradicción aparente – que ha dominado un largo y difícil pasado – entre partido histórico, por tanto, en cuanto al contenido (programa histórico, invariable), y partido contingente, es decir, en cuanto a la forma, que actúa como fuerza y praxis física de una parte decisiva del proletariado en lucha.
 Esta sintética puesta a punto de la cuestión doctrinal hace referencia también rápidamente a los procesos históricos que nos preceden.

13.- El primer paso, desde un conjunto de pequeños grupos y ligas, en los que se manifiesta la lucha obrera, hasta el partido Internacional previsto por la doctrina, se da con la fundación de la I Internacional en 1864. No es este el momento de reconstruir el proceso de la crisis de ésta, que bajo la dirección de Marx fue defendida a ultranza de las infiltraciones de programas pequeño-burgueses como los de los libertarios.
 En 1889 se reconstituye la II Internacional, tras la muerte de Marx, pero bajo el control de Engels, cuyas indicaciones no fueron aplicadas. Por algún tiempo se tendió a tener de nuevo en el partido formal la continuación del partido histórico, pero fue despedazado en los años siguientes por el tipo federalista y no centralista, por las influencias de la praxis parlamentaria y del culto a la democracia y por la visión nacionalista de las distintas secciones, no concebidas como ejércitos de guerra contra el propio estado, como habría querido el Manifiesto de 1848; surge el revisionismo abierto que desvaloriza el fin histórico y exalta el movimiento contingente y formal.
 El surgimiento de la III Internacional, tras la caída desastrosa en 1914 en el puro democratismo y nacionalismo de casi todas las secciones, fue para nosotros en los años que siguieron a 1919 la plena conjunción del partido histórico en el partido formal. La nueva Internacional surgió declaradamente centralista y antidemocrática, pero la praxis histórica de la incorporación de las secciones federadas en la Internacional fracasada fue particularmente difícil y apresurada ante la preocupación de que fuese inmediato el paso entre la conquista del poder en Rusia y la conquista en los países europeos.
 Si la sección surgida en Italia de las ruinas del viejo partido de la II Internacional fue particularmente conducida, no por virtud de las personas, sino por derivaciones históricas, a advertir de la exigencia de soldar el movimiento histórico y su forma actual, fue por haber mantenido luchas particulares contra las formas degeneradas y por tanto por haber rechazado las infiltraciones no sólo de las fuerzas dominadas por posiciones de tipo nacional, parlamentario y democrático, sino también de aquellas (itálicas, maximalismo) que se dejaron influenciar por el revolucionarismo pequeño-burgués, anarco-sindicalista. Esta corriente de izquierda luchó particularmente para que las condiciones de admisión fuesen rígidas (construcción de la nueva estructura formal), las aplicó de lleno en Italia, y cuanto éstas dieron resultados no perfectos en Francia, Alemania, etc., fue la primera en advertir de la existencia del peligro para toda la Internacional.
 La situación histórica, por la cual el Estado proletario sólo se había constituido en un país, mientras que en los otros no se había conseguido conquistar el poder, hacía difícil a la sección rusa la clara solución orgánica de mantener el timón de la organización mundial.
 La Izquierda fue la primera en advertir que el comportamiento del Estado ruso, tanto en su economía interna como en las relaciones internacionales, comenzaba a acusar desviaciones, y advirtió también de que se establecería una diferencia entre la política del partido histórico, es decir, de todos los comunistas revolucionarios del mundo, y la política de un partido formal que defendiese los intereses del Estado ruso contingente.

14.- Este abismo se excavó tan profundamente desde entonces que las «aparentes» secciones que dependían del partido-guía ruso, hicieron en un sentido efímero una política vulgar de colaboración con la burguesía, no mejor que la tradicional de los partidos corruptos de la II Internacional.
 Esto da la posibilidad, no diremos el derecho, a los grupos que surgieron de la lucha de la Izquierda italiana contra la degeneración de Moscú de entender mejor que cualquier otro el camino que el partido verdadero, activo y formal, debe mantener para ser consecuente con las características del partido histórico revolucionario que en línea de praxis se ha afirmado en grandes fragmentos históricos a través de la serie trágica de las derrotas de la revolución.
 La transmisión de esta tradición no deformada por los esfuerzos para hacer real una nueva organización del partido internacional sin pausas históricas, organizativamente no se puede basar en la elección de hombres muy cualificados o muy informados de la doctrina histórica, sino que orgánicamente tiene que utilizar del modo más fiel la línea entre la acción del grupo con el que ella se manifestaba hace 40 años y la línea actual. El nuevo movimiento no puede esperar superhombres ni Mesías, sino que se debe basar en un nuevo despertar de cuanto ha podido conservar a través de mucho tiempo, y la conservación no puede limitarse a la enseñanza de tesis y a la búsqueda de documentos, sino que se sirve también de utensilios vivos que forman una vieja guardia y que confían en dar una consigna incorrupta y potente a una joven guardia. Esta se lanza hacia nuevas revoluciones que tal vez no deban esperar más de un decenio desde ahora para la acción en un primer plano en la escena histórica; no interesan al partido y a la revolución el nombre de unos u otros hombres.
 La correcta transmisión de la tradición por encima de las generaciones, y por esto por encima de nombres de hombres vivos o muertos, no puede reducirse a la de los textos críticos, y al método único de empleo de la doctrina del partido comunista de manera adherente y fiel a los clásicos, sino que debe referirse a la batalla de clase que la Izquierda marxista (no queremos limitar el reclamo a la región italiana) implantó y condujo en la lucha real más encendida en los años posteriores a 1919, y que fue despedazada más que por la relación de fuerzas con la clase enemiga, por el vínculo de dependencia de un centro que degeneraba de lo que había sido el partido Mundial histórico, para convertirse en un partido efímero destruido por la patología oportunista, hasta que históricamente se rompió de hecho.
 La Izquierda intentó históricamente, sin romper con el principio de la disciplina mundial centralizada, dar la batalla revolucionaria y defensiva manteniendo al proletariado de vanguardia indemne para la colusión con los estratos intermedios, sus partidos y sus ideologías dirigidas para la derrota. Frustrada también esta contingencia histórica de salvar si no la revolución al menos el nervio de su partido histórico, hoy se ha reiniciado en una situación objetiva apática y hostil, en medio de un proletariado infectado de democratismo pequeño burgués hasta la médula; pero el organismo naciente, utilizando toda la tradición doctrinal y táctica reafirmada por la verificación histórica de previsiones tempestivas, la aplica también a su acción cotidiana persiguiendo la reanudación de un contacto cada vez más amplio con las masas explotadas, y elimina de su propia estructura uno de los errores de partida de la Internacional de Moscú, liquidando la tesis del centralismo democrático y la aplicación de toda máquina de voto, como ha eliminado de la ideología incluso del último miembro, toda concesión a las directrices democratoides, pacifistas, autonomistas y libertarias.