Partido Comunista Internacional

El partido ante los sindicatos en la época del imperialismo

Categorías: Imperialism, Union Question

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Importancia de la táctica

En el trabajo publicado en nuestro órgano mensual (Il Partito Comunista, n°82 al 85. Junio-Septiembre 1981) con el título «Del surco inmutable del marxismo revolucionario brota la función de los comunistas en la lucha de clase», hemos intentado demostrar cómo la táctica que el Partido adopta en el terreno sindical deriva coherentemente de la relación partido-clase-acción de clase, tal y como ha sido acuñado por el marxismo al surgir como ciencia social del proletariado y como evolución histórica del partido formal y del movimiento obrero en general plasmándolo en la práctica de la lucha de clase; de igual forma al pequeño partido actual no le queda más que «atesorar» este pasado, volviéndolo a juntar con la teoría originaria que marca la continuidad del hilo rojo entre las diversas situaciones históricas que han aparecido hasta el momento, para enlazarlos de nuevo continuamente, sin inventar o descubrir nada, para lanzarlo al presente y sobre todo para proyectarlo hacia las situaciones futuras, intentando desde hoy prever su curso y sus manifestaciones, aunque obviamente, en grandes líneas.

En este trabajo insistíamos, como en otros tantos trabajos del partido, en la cuestión de la táctica vinculada a los principios generales del partido y a la teoría marxista, y, al mismo tiempo, derivada de un correcto análisis de la situación. Este postulado es particularmente cierto aplicado a la táctica del partido en el terreno sindical, y precisamente a su actitud frente a las organizaciones económicas proletarias que históricamente surgen de la necesidad del proletariado de defender sus condiciones de vida y de trabajo ante la sed de beneficio del capital. A este tema el Partido, sobre todo en su intensa actividad de restablecimiento de los pilares de la teoría marxista en la segunda posguerra, siempre ha dedicado un amplio espacio de análisis precisando cada vez con unos contornos más nítidos, el tipo de acción a desarrollar en materia de discusiones muy vivas y a veces cruciales dentro del Partido.

La causa de esto radica principalmente en la extrema dificultad de orientar el trabajo práctico del Partido en las luchas obreras y sindicales en general, faltando, por así decir, la «materia prima» para analizar precisamente la táctica: las luchas mismas.

Desde el punto de vista organizativo medio siglo de contrarrevolución ha situado prácticamente al proletariado a los albores de su historia; no existe ya organización económica inmediata de clase, al igual que el Partido no tiene ninguna influencia sobre la clase obrera. Obviamente no hay que entender esta afirmación en el sentido de que basta con unir la actitud práctica del Partido con la de las primeras organizaciones comunistas, en particular de la I Internacional, en cuanto que toda la historia posterior del movimiento revolucionario mundial ha producido una experiencia cristalizada hoy en el Partido, por pequeño que sea, y además la situación actual difiere netamente de la de entonces debido a la evolución e involución sufridas por la organización económica proletaria, unidas directamente a las fases de evolución y putrefacción del capitalismo internacional.

La dinámica del proceso que verá en un próximo futuro alinearse al proletariado nuevamente sobre el terreno de la lucha de clase, con el Partido dedicado a influir sobre su acción hasta asumir la dirección política, no será la repetición mecánica de los períodos precedentes sino que tendrá características propias, ligadas a los acontecimientos que los crecientes conflictos interimperialistas mundiales determinarán en cada Estado y a los contragolpes que reciban las masas obreras como consecuencia de las progresivas medidas antiproletarias que se adopten progresivamente. Estas características son precisamente las que el Partido debe intentar intuir, comprender y prever, anticipando los métodos de acción y la táctica específica a adoptar. «Características propias» no significa que pueden ser desconocidas para el marxismo y con las cuales, como ya otros han pretendido hacer, se intente poner en discusión el clásico proceso indispensable para la revolución proletaria delineado por el Partido en todos sus cuerpos de tesis: extensión de un amplio movimiento proletario que actúe sobre bases clasistas, consiguiente renacimiento de organismos clasistas inmediatos, influencia en ellos del Partido a través de sus grupos comunistas organizados en fracción sindical.

Lo que debería ser analizado correctamente para desarrollar una táctica justa es la dinámica específica que se dará en este proceso, cuyas líneas maestras ya son conocidas por el Partido. Estas líneas maestras son inmutables porque pertenecen intrínsecamente a las leyes generales del choque de clase entre burguesía y proletariado, leyes descubiertas por el marxismo y trazadas de modo invariable en su curso histórico. Si se admite que la dinámica general de estas leyes puede expresar tendencias generales distintas a las de los períodos precedentes en la historia del capitalismo, se niega la validez del marxismo, reconociendo la necesidad de su enriquecimiento.

Una vez dicho esto es importante remarcar que la definición de la táctica, y no solo en el terreno sindical, es una tarea permanente del Partido, cualquiera que sean sus efectivos y su influencia entre la clase. Negar esto afirmando que el Partido, puesto que se reduce a un puñado de militantes sin ningún peso en el movimiento obrero, no debe plantearse problemas tácticos ya que no se podrían resolver al no existir la posibilidad de influir en las masas con consignas precisas, significaría liquidar la existencia misma del Partido reduciéndolo a un informe grupo de intelectualoides con la pretensión de tener la conciencia tranquila ya que están en grado de defender la teoría marxista citando los textos clásicos, en paz por tanto con el «partido histórico» volviendo la espalda al partido formal.

Esto que, repetimos, es válido para la táctica en general, o sea referida a todos los campos de actividad en los que se plantea la posibilidad, aunque solo sea teórica, de intervención práctica del Partido, es particularmente cierto si se refiere a la táctica sindical, ya que incluye el eje principal de todo el marxismo: la relación partido- clase-organismos intermedios.

Estos últimos hoy no existen desde un punto de vista de clase, ya que están sometidos completamente a los intereses de la conservación del régimen capitalista, y ésta es precisamente una característica que no nos permite equiparar mecánicamente la fase actual del imperialismo con la de los albores del movimiento obrero, en las que estos organismos estaban en formación.

Al intentar definir mejor la táctica actual del Partido en el terreno sindical, no podemos dejar a un lado, fieles a nuestro método invariable, la representación, aunque sea sumaria y a grandes trazos, de la historia del movimiento sindical internacional, de la única manera que es legible para la ciencia marxista: no historicismo antológico y tampoco una escolástica investigación cultural, sino arma de batalla teórica y práctica para el abatimiento revolucionario del capitalismo y de todos sus lacayos, cada vez más numerosos y diversamente disfrazados.
 

Primera fase: Prohibición

Desde el punto de vista de la actitud de la burguesía frente a los organismos sindicales proletarios, el Partido ha dividido la historia de la forma sindicato en tres fases: prohibición – tolerancia – sometimiento.

La primera fase se caracteriza por la implantación en la escena histórica de los primeros y confusos, aunque decididos, movimientos obreros contra los capitalistas individuales y por consiguiente de las primeras asociaciones obreras, las primeras coaliciones de asalariados contra los burgueses en defensa del salario. Este fenómeno fue el primer mentís de la doctrina liberal que constituyó el ropaje ideológico del triunfo de la burguesía como clase dominante contra los viejos regímenes de la aristocracia feudal. Se mostró claramente la falsedad del principio democrático según el cual la defensa de los intereses de los individuos podía ser garantizada por un cuerpo de «representantes de todos los ciudadanos» que repartiría equitativamente justicia social y económica entre todos los miembros de la «sociedad civil»; no sería necesaria pues ninguna asociación económica de «ciudadanos», ya que la defensa de los derechos individuales estaría garantizada por el Estado, por el gobierno, por las instituciones representativas de todo el pueblo «elegidas libremente». En nombre de estos principios, bajo el estímulo de su conservación de clase, la burguesía reprime ferozmente las primeras asociaciones permanentes de obreros, acusándolas de querer resucitar las corporaciones del «ancien régime». La prohibición impuesta por la burguesía a las primeras formas de asociacionismo económico proletario, prohibición elevada expresamente a ley (recordemos la ley «Le Chapelier» en junio de 1791 en Francia, y la ley del parlamento inglés de julio de 1799), se apoyaba en las condiciones materiales del capitalismo en su primerísima fase liberal, dominada por el libre mercado y por lo tanto por la concurrencia recíproca entre capitalistas. En teoría también se dirigía contra las asociaciones de capitalistas. En la práctica sólo podía golpear la tendencia natural de los proletarios a coligarse en defensa de sus propios intereses de clase. Esta prohibición hizo que las primeras asociaciones obreras, independientemente de la conciencia que tuviesen de sí mismas, constituyesen, por el solo hecho de manifestarse abiertamente, un poderoso factor revolucionario. No sorprende pues que en los primeros movimientos proletarios no estuviese suficientemente clara la distinción entre organismos de defensa inmediata y los primeros grupos o círculos políticos.

No obstante el marxismo definió desde entonces en términos clarísimos, definitivos, esta diferencia, indispensable para extraer cualquier consideración en materia de táctica sindical. Resumámoslo con una cita de Marx en una carta a Botte con fecha 29 de noviembre de 1871, que define la relación entre luchas políticas y luchas económicas y por lo tanto entre partido y sindicato: «El movimiento político de la clase obrera tiene naturalmente como último objetivo la conquista del poder político para la clase obrera, y para este fin es necesaria naturalmente una organización previa de la clase obrera, desarrollada hasta un cierto punto y que surja de sus mismas luchas económicas».

Véase como ya en esta expresión se perfila la perspectiva de la necesidad de la organización económica inmediata como condición previa indispensable para la conquista del poder político por parte del proletariado.

«Pero por otra parte todo movimiento en el que la clase obrera se opone como clase a las clases dominantes y busca presionarlas desde fuera, es un movimiento político. Por ejemplo la tentativa de arrancar una reducción en la jornada laboral a un capitalista en una fábrica, o en una determinada industria a través de huelgas, etc, es un movimiento puramente económico; por el contrario el movimiento para imponer una ley de ocho horas y cosas por el estilo, es un movimiento político. De este modo, de los movimientos económicos obreros aislados, surge y se desarrolla el movimiento político, es decir un movimiento de la clase para plasmar sus intereses de forma general, de manera que socialmente tenga fuerza coercitiva general. Si bien es cierto que estos movimientos presuponen una cierta organización preventiva, por otra parte son otros tantos medios para desarrollar esta organización. Allí donde la clase obrera no ha avanzado en su organización tanto como para poder llevar a cabo una campaña decisiva contra el poder colectivo, o sea contra el poder político de las clases dominantes, debe ser preparada para ello a través de una agitación permanente contra la política de las clases dominantes; de lo contrario se convierte en un juguete en sus manos».

Era natural pues que movimiento económico y movimiento político formasen parte de un único proceso revolucionario señalado en el Manifiesto de 1848 con la famosa expresión «organización del proletariado en clase, y por tanto en partido político» y esto sería posible gracias a «la unión cada vez más amplia de los trabajadores«. Puede decirse que las cuestiones de táctica de la organización política no valían en lo referente a la económica, en el sentido de que ambas pertenecían total y orgánicamente al proceso revolucionario que veía al proletariado en movimientos cada vez más netamente en defensa de sus exclusivos intereses de clase, o mejor esta táctica se expresaba en el concepto, ya muy claro a los comunistas de entonces, de que la conquista del poder político por parte del proletariado sería el resultado de la alianza activa del movimiento real de las asociaciones económicas proletarias con el socialismo científico, o bien la alianza entre asociaciones económicas y partido político revolucionario.

La diferencia entre uno y otro estaba clara para los comunistas de la época y se presenta en el trabajo que desarrollaron en la I Internacional a la que se adhirieron también asociaciones económicas. En el llamamiento inaugural de la I Internacional está ya claro el concepto de que se trata de una asociación mundial de partidos políticos. En este llamamiento se indican los límites del movimiento cooperativo y sindical que en sí «nunca estarán en grado de parar el aumento del monopolio que se da en progresión geométrica, de liberar a las masas y tampoco de aliviar de manera sensible el peso de sus miserias» y ya aparece formulado el concepto de la necesidad de superar el aspecto reivindicativo del movimiento hacia la conquista del poder político.
 

Segunda fase: Tolerancia

Sucesivamente, y en particular en el período de la II Internacional, la burguesía cambia de actitud con respecto al asociacionismo sindical; se percata de que reprimirlo por la fuerza significa empujarlo hacia actitudes cada vez más radicales, y, violentando sus «sagrados principios» liberales, admite la posibilidad de su existencia: es la fase de tolerancia, que coincide con un fuerte desarrollo del movimiento sindical en todos los países en los que la burguesía está ya aferrada establemente al poder y en los que el modo de producción capitalista ya está entrando en la fase imperialista. Se asiste al mismo tiempo a un período de expansión productiva excepcional y de relativa paz social e internacional: el capitalismo conoce su fase áurea. Los grandes beneficios extraídos de la rápida y relativamente pacífica expansión productiva permiten la formación de amplios estratos de aristocracia obrera sobre los que se apoya la extensión de esa oleada de degeneración del marxismo que fue el socialreformismo. Se abandonó el concepto de la conquista violenta del poder político e incluso de conquista del poder en general, ya que, según los reformistas, los intereses del proletariado se identificaban con los de sus propias burguesías nacionales y por lo tanto la clase obrera debía hacerse cargo de la marcha productiva de su «propia nación».

A esta degeneración en el plano político le correspondió una actitud análoga en el terreno sindical. Fue el tipo de sindicalismo germano-austriaco el que representó mejor esta tendencia.

«Los sindicatos de Alemania –– afirmaban las tesis de la Internacional Sindical Roja — fueron la cuna del reformismo, cuyo contenido ideológico consiste en el terreno político en preconizar la evolución pacífica y gradual, tendiente al socialismo a través de la democracia, en atenuar el antagonismo de clase en la cobarde renuncia a la revolución y al terror clasista, con la esperanza de que el desarrollo de las instituciones democráticas conducirá automáticamente al socialismo sin desórdenes y sin revolución, mientras que en el terreno estrictamente sindical el reformismo expresa la tendencia a mantener los sindicatos alejados de la lucha política revolucionaria, la prédica de la neutralidad hacia el socialismo revolucionario, la unión íntima con el socialismo reformista, y finalmente la sobrevaloración de los contratos colectivos y la tendencia a crear el derecho paritario, o sea a construir relaciones sociales con las que, dentro del régimen económico burgués, pueda conciliarse la igualdad de derechos entre obreros y empresarios conservando el sistema de explotación».

El movimiento sindical anglosajón o tradeunionismo no corrió mejor suerte ya que «reunía principalmente a los estratos más elevados de la clase obrera y su ideología representaba la filosofía de la aristocracia obrera. Para los teóricos y los prácticos del tradeunionismo, capital y trabajo no eran considerados como mortales enemigos de clase, sino como dos factores de la sociedad que se complementan mutuamente, y su desarrollo armónico debía conducir a la paz entre capital y trabajo y a la equitativa distribución entre ellos de los bienes sociales comunes».

Como se ve los aspectos característicos del moderno sindicalismo de la época imperialista supermadura, ese sindicalismo al que el proletariado debe ajustar las cuentas hoy y sobre todo en el futuro, nacen en esta época. Hoy como ayer son los mismos, y no podía ser de otra forma, ya que la acción sindical o bien se dirige hacia la defensa de los intereses propios de la clase obrera y por tanto tendiendo a alinear al proletariado contra todo el aparato patronal y estatal en el terreno del choque abierto sin excluir ningún tipo de golpes, o bien debe someterse a los intereses burgueses y por lo tanto defender la economía nacional por encima de las exigencias reales de la clase. Desde este punto de vista, o sea desde el punto de vista de los contenidos políticos, no existen diferencias objetivas entre el oportunismo sindical de la primera fase de expansión del capitalismo y el de la era imperialista en una fase avanzada como la actual. La «ideología» que ha permeado a ambas, la de la clase dominante, es la misma y no podía dejar de ser así. La diferencia subjetiva reside en la función institucional asumida frente a las estructuras estatales y los engranajes político-económicos de la sociedad capitalista en general, en relación a las tendencias y a la actitud de las masas proletarias.

El movimiento sindical que se desarrolló ampliamente durante la fase de expansión del capitalismo, mostró algunas características que permitieron sucesivamente a la burguesía servirse de él en función de la estabilidad de su régimen de clase: estos caracteres son esos que Lenin en el «Izquierdismo» llama los «caracteres reaccionarios«, y precisamente «una cierta angustia corporativa«, una «cierta tendencia al apoliticismo«, una «cierta fosilización, etc«, aspectos particularmente contrarrevolucionarios precisamente si se ponen en relación con el desarrollo «de la forma suprema de la unidad de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado«. Estas características son las que vienen enumeradas en las tesis de la ISR como «corporativismo mezquino, aislamiento, la lucha de muchos de ellos contra el trabajo femenino, el espíritu nacionalista y patriótico que se deriva en la confusión entre los intereses de la industria nacional y los de la clase trabajadora«, que encontrarán dramáticamente su máxima expresión al estallar la primera carnicería mundial y durante la misma, en la que, en la mayor parte de los países europeos los sindicatos dejan de existir como organizaciones clasistas de lucha, transformándose en organizaciones imperialistas de guerra cuya función consistía en poner a disposición de sus propias burguesías todas las fuerzas proletarias existentes, en nombre de la «defensa de la patria». En todos los países, excepto raras excepciones, los dirigentes de los sindicatos combatieron entre sí en el campo de batalla, estrechando sus alianzas con las fuerzas sociales burguesas de su propia «patria». Como afirman las tesis de la ISR: «el período de la guerra mundial es el de la disolución moral de los sindicatos en todos los países. La mayor parte de los dirigentes sindicales asumen tareas gubernamentales: asumen espontáneamente todas las funciones para sofocar las tentativas de protesta revolucionaria, consienten el empeoramiento de las condiciones de trabajo, los manejos del capitalista dentro de las fábricas, renuncian a las conquistas obtenidas a través de grandes luchas, en definitiva siguen sin rechistar todo lo que les ordenan las clases dirigentes».

La tolerancia mostrada por la burguesía había dado de este modo sus frutos: en todos los países las organizaciones temidas por los defensores oficiales del régimen burgués al ser consideradas en grado potencial de amenazar el orden constituido, se habían transformado «imprevistamente» en otros tantos pilares de la conservación de este orden. Con mucha razón las tesis de la ISR subrayan como «esta transformación de los dirigentes del movimiento sindical en perros de presa del capitalismo representa la más estrepitosa victoria moral de las clases dirigentes».

Tras la guerra esta política de estrecho colaboracionismo con la propia burguesía, que marcó la bancarrota de la II Internacional, continúa en todos los países capitalistas industrializados y se expresa en la subordinación de los intereses de las clases obreras en la reconstrucción de las economías de los países respectivos. Sin embargo, debido a las desastrosas condiciones a las que se ha visto reducido por la guerra el proletariado del mundo entero, se determina un fenómeno en cierto modo antagonista al que ya se ha descrito. Empujadas por la imperiosa y vital necesidad de defender de cualquier modo sus propias condiciones de vida, grandes masas proletarias son arrastradas de una manera materialista al terreno de la lucha contra el capitalismo. Para tener éxito en esta lucha, enormes masas obreras que hasta ese momento vivían apartadas de la vida política y sindical de la propia clase, afluyen a los sindicatos que, en todos los países asisten a un poderoso incremento de afiliados, transformándose así en organizaciones que agrupan a los elementos avanzados del proletariado, como lo eran en un cierto sentido antes de la guerra, en sindicatos de toda la clase obrera. Entrando en los sindicatos las grandes masas obreras intentan convertirlos en instrumentos de su lucha de defensa, chocando en todo el mundo con los jefes oportunistas sometidos a los intereses de las clases enemigas. Esta transformación de los sindicatos es influenciada notablemente por la Revolución de Octubre y, siguiendo su estela, por la formación de la III Internacional; se forman en todos los países corrientes sindicales que, aunque no estén influenciadas directamente por los comunistas, se oponen a la política de colaboración con la patronal.
 

El movimiento comunista ante el problema sindical

Era natural que, en el segundo congreso de la III Internacional, los comunistas resaltasen este proceso y la estrategia para intervenir en él en todos los países donde se formaban los partidos comunistas, apoyando sus caracteres exquisitamente revolucionarios y dedicando a esta cuestión un cuerpo de tesis. Citemos algunas: «Los contrastes de clase que se exacerban obligan a los sindicatos a dirigir las huelgas que se suceden a través de grandes oleadas en todo el mundo capitalista e interrumpen continuamente el proceso de producción y de intercambio capitalista. En la medida en que las masas obreras, dados el creciente aumento de los precios y su propia extenuación, aumentan sus propias reivindicaciones, destruyen las bases necesarias para cualquier cálculo capitalista, premisa elemental para que cualquier economía funcione. Los sindicatos, que durante la guerra se habían convertido en instrumentos para influenciar a las masas obreras a favor de la burguesía, se convierten ahora en instrumentos de destrucción del capitalismo.

Pero la vieja burocracia sindical y las viejas formas organizativas sindicales obstaculizan de cualquier modo este proceso de transformación de los sindicatos. La vieja burocracia sindical busca por todas partes conservar los sindicatos como organizaciones de la aristocracia obrera; sigue manteniendo las normas que hacen imposible el ingreso en las organizaciones sindicales a las masas obreras peor pagadas. La vieja burocracia sindical busca la forma de sustituir la huelga combativa de los obreros, que día tras día va tomando el carácter de un choque revolucionario del proletariado con la burguesía, por una política de acuerdos con los capitalistas, una política de acuerdos a largo plazo, que ha perdido todo significado, debido a los ininterrumpidos, alocados aumentos de precios. Intenta hacer que los obreros acepten la política de las comisiones mixtas, de los Joint Industrial Councils, y con la ayuda del Estado capitalista intenta igualmente obstaculizar legalmente la dirección de las huelgas. En los momentos de mayor tensión de la lucha, esta burocracia siembra la división entre las masas obreras en lucha, impide que las distintas categorías obreras se unan en una lucha general de clase. En estas tentativas está apoyada por las viejas organizaciones de los sindicatos profesionales que dividen a los obreros de una misma rama industrial en grupos profesionales separados, aunque el proceso de explotación capitalista los una. Se apoya todavía en las ideologías tradicionales de la vieja aristocracia obrera, aunque esta última esté constantemente debilitada por la progresiva eliminación de los privilegios de grupos proletarios aislados, debido a la desintegración general del capitalismo, a la nivelación que se va instaurando en las condiciones de la clase obrera, a la generalización de su situación de necesidad e inseguridad.

De este modo, la burocracia sindical divide al gran río del movimiento obrero en débiles arroyuelos, trocan los objetivos revolucionarios generales del movimiento con reivindicaciones reformistas parciales y en conjunto impide que la lucha del proletariado se transforme en lucha revolucionaria para aniquilar al capitalismo».

Si en la época de la I Internacional, en plena fase de prohibición de los sindicatos, la táctica propuesta por los marxistas era la de conectar los sindicatos con lo que entonces era el partido político del proletariado, la socialdemocracia, para luchar contra el capitalismo, ahora la táctica, aún derivando de la precedente, se expresaba a través de la consigna de conquista de los sindicatos por los partidos comunistas contra las direcciones legalitarias, reformistas y colaboracionistas, que en la primera fase no existían. Retomemos de las tesis lo siguiente: «Teniendo presente esta afluencia de gigantescas masas obreras a los sindicatos, y teniendo presente el carácter revolucionario objetivo de la lucha económica llevada a cabo por estas masas en oposición a la burocracia sindical, los comunistas de todos los países deben entrar en los sindicatos para transformarlos en instrumentos conscientes para luchar por la caída del capitalismo, por el comunismo. Además deben tomar la iniciativa de construir los sindicatos allí donde no existen. El mantenerse alejados voluntariamente del movimiento sindical, el intento de crear artificialmente sindicatos particulares sin verse obligados a ello por actos excepcionales de violencia por parte de la burocracia sindical (como la disolución de grupos revolucionarios locales de los sindicatos por las direcciones oportunistas) o por una mezquina política aristocrática que impide el acceso a las organizaciones de las grandes masas de obreros menos cualificados, representa un peligro gravísimo para el movimiento comunista: el peligro de entregar a los obreros más avanzados y provistos de mayor conciencia de clase en manos de los jefes oportunistas aliados de la burguesía. La duda de los obreros frente a los engañosos argumentos de los jefes oportunistas solamente puede ser superada con un recrudecimiento de la lucha, en la medida en que cada vez más, amplios estratos del proletariado aprenden a través de su propia experiencia, de las victorias y de las derrotas, que sobre la base del sistema económico capitalista nunca se podrán alcanzar condiciones de vida humanas; en la medida en que los obreros comunistas avanzados aprendan en el curso de las luchas económicas no solo a difundir las ideas del comunismo sino a convertirse en los jefes más resueltos de esas mismas luchas económicas y de los sindicatos. Solamente de esta forma los comunistas podrán colocarse a la cabeza del movimiento sindical y transformarlo en órgano de la lucha revolucionaria por el comunismo. Solamente así se pondrá remedio a la fragmentación de los sindicatos siendo sustituidos por asociaciones industriales; eliminarán a la burocracia separada de las masas y la sustituirán por un aparato de representantes de fábrica, mientras las direcciones centrales conservarán solamente las funciones verdaderamente indispensables».

Las tesis respondían de esta forma también a las desviaciones de algunos sectores del movimiento comunista, especialmente alemanes y holandeses, que propugnaban la táctica del abandono de los sindicatos dirigidos por los reformistas para pasar a la formación de nuevos sindicatos económicos que agrupaban solamente a los obreros comunistas y a los proletarios próximos a ellos, con la perspectiva de crear una red sindical autónoma y ligada al partido, planteando las tesis como elemento esencial en materia táctica sindical que cualquier acción tuviese por objetivo la unión constante con las masas obreras, abandonando por consiguiente actitudes que habrían podido llevar al aislamiento de los comunistas de los demás trabajadores. En particular las tesis rechazaban la hipótesis de promover escisiones sindicales a falta de un vasto movimiento dirigido en este sentido y subrayaban la necesidad de trabajar dentro de todos los sindicatos amarillos dirigidos por los reformistas, tendiendo más bien, a nivel nacional, a la unificación de todas las centrales sindicales clasistas, en la perspectiva de la unidad de clase del proletariado, indispensable para obtener resultados concretos sobre el terreno de la lucha económica de defensa y, en una perspectiva revolucionaria, a la misma lucha insurreccional para la conquista del poder político: «Puesto que para los comunistas los objetivos y la esencia de la organización sindical son más importantes que su forma, no deben retroceder ante una escisión de las organizaciones dentro del movimiento sindical, en el caso de que la renuncia a la escisión equivaliese a renunciar a su trabajo revolucionario en los sindicatos, a renunciar a la tentativa de hacer de ellos un instrumento de lucha revolucionaria, a renunciar a organizar a la parte más explotada del proletariado. No obstante, si esta escisión fuese necesaria, solamente podría llevarse a cabo si los comunistas consiguiesen, a través de una lucha sin cuartel contra los jefes oportunistas y su táctica, con la participación más activa en la lucha económica, persuadir a amplias masas obreras de que la escisión se lleva a cabo no por lejanas e incomprensibles metas revolucionarias, sino por intereses concretos e inmediatos de la clase obrera en el curso de su lucha económica. Siempre que se presente la necesidad de una escisión, los comunistas deben examinar siempre con atención si esta escisión no les puede llevar a aislarse de la masa obrera.

Allí donde la escisión entre el movimiento sindical oportunista y el revolucionario ya se ha realizado, allí donde, como en América, junto a los sindicatos oportunistas subsisten organizaciones revolucionarias, aunque no sean de tendencia comunista, los comunistas deben apoyar a estos sindicatos revolucionarios, y ayudarles a liberarse de los prejuicios sindicalistas alineándose sobre el terreno del comunismo: esta es la única brújula segura dentro de la confusión de la lucha económica. Allí donde en el ámbito de los sindicatos o fuera de ellos, en las fábricas, se constituyan organizaciones, como los Shops Stewards y los consejos de fábrica, que se plantean como objetivo la lucha contra las tendencias contrarrevolucionarias de la burocracia sindical y el apoyo a las acciones espontáneas directas del proletariado, es evidente que los comunistas deben apoyar con todas sus energías a estas organizaciones.

Pero este apoyo a los sindicatos revolucionarios no debe llevar a los comunistas a la salida de los sindicatos oportunistas en los que haya síntomas de fermento y la voluntad de colocarse en el terreno de la lucha de clase. Por el contrario, si se pretende acelerar este desarrollo de los sindicatos de masa que se dirigen hacia la lucha revolucionaria, los comunistas pueden mantener un papel de guía, en modo de fundir en el plano espiritual y organizativo a los obreros organizados sindicalmente, con el fin de luchar conjuntamente por la destrucción del capitalismo».

La preocupación de no aislar a los comunistas de los demás trabajadores a través de una acción sindical, que es lo que aquí se remacha con insistencia en referencia a las escisiones sindicales y a la salida de los comunistas de los sindicatos oportunistas, es indudablemente el elemento de base más importante para plantear correctamente la táctica sindical, válido en cualquier ocasión y situación.

La primera parte de las tesis sindicales de la Internacional termina con una importantísima constatación, ya que constituye la clave para comprender la relación entre lucha económica y lucha política en la fase imperialista del capitalismo, que es precisamente el tema central que estamos tratando: «En una fase de declive del capitalismo, la lucha económica del proletariado se transforma en lucha política más rápidamente que cuanto podía acaecer en la era del desarrollo pacífico del capital. Cualquier choque económico importante puede colocar a los obreros directamente ante el problema de la revolución. Por esto es un deber de los comunistas recordar a los obreros siempre, en todas las fases de la lucha económica, que esta lucha puede tener éxito solamente si la clase obrera vence en choque abierto a la clase de los capitalistas y a través de la dictadura comienza la obra de construcción del socialismo. Partiendo de esto los comunistas deben tender a establecer siempre que sea posible la unidad plena entre los sindicatos y el partido comunista, subordinando los sindicatos a la guía efectiva del partido, considerado como la vanguardia de la revolución obrera. Para este fin los comunistas deben constituir por doquier en los sindicatos y en los consejos de fábrica fracciones comunistas, con la ayuda de las cuales dominar el movimiento sindical y dirigirlo».

Ya entonces los comunistas constataban este fenómeno típico de la era imperialista del capitalismo, que hoy ha asumido aspectos más acentuados, dada la ulterior fase de declive del capitalismo que ha seguido a la segunda guerra mundial.
 

Tercera fase: Sometimiento

Es precisamente en la primera posguerra cuando la burguesía pasa a la ofensiva y su actitud hacia los sindicatos cambia de tendencia: de la tolerancia, que se demostró sumamente valiosa durante la guerra, pasa al sometimiento de los sindicatos, a su utilización como instrumentos directos de la gestión de la economía capitalista, y por tanto a su reconocimiento jurídico e institucional. Este proceso asume aspectos muy diferentes en todos los países y se enlaza con la terrible derrota de la revolución comunista rusa y la consiguiente degeneración de la III Internacional llevada a cabo por el estalinismo, y que alcanza su punto culminante al arrastrar al proletariado a los frentes bélicos en la segunda matanza imperialista mundial, en nombre de la defensa de la democracia.

Abordaremos aquí con brevedad este proceso y estos sucesos, pues el Partido les ha dedicado amplios estudios y análisis, y ha basado sobre su interpretación marxista sus tesis de la segunda posguerra. Lo que nos interesa tratar aquí en general es precisamente el aspecto de la tendencia del imperialismo a la centralización de todos los factores de la producción capitalista bajo la égida del Estado y por lo tanto también los sindicatos, que desde este momento se convierten en parte integrante del contexto social y económico del capitalismo.

Al perfilar su táctica en el terreno sindical el Partido está obligado a tener en la máxima consideración este fenómeno y a estudiar sus consecuencias y las particulares repercusiones históricas que poco a poco ha asumido en relación con la involución del movimiento sindical y a la destrucción física y programática del órgano partido a escala mundial, hasta nuestros días y en los años próximos.

Retomemos a este respecto del artículo «Movimiento obrero e internacionales sindicales«, aparecido el 29 de junio de 1949 en el quincenal de entonces del Partido Battaglia Comunista, un extracto que pone de relieve la claridad con la que la Izquierda vió en su desarrollo esencial el proceso de sometimiento de los sindicatos por el Estado: «El problema del enlace entre órganos políticos y órganos sindicales de lucha proletaria, al plantearse debe tener en cuenta unos hechos históricos de la mayor importancia acaecidos tras el fin de la primera guerra mundial. Tales hechos son, por una parte la nueva actitud de los Estados capitalistas hacia el hecho sindical, y por otra el mismo desenlace del segundo conflicto mundial, la monstruosa alianza entre Rusia y los Estados capitalistas y las diferencias entre los vencedores. De la prohibición de los sindicatos económicos, consecuencia coherente de la doctrina liberal burguesa pura, y de la tolerancia de los mismos, el capitalismo pasa a su tercera fase, la de la inserción de los sindicatos en su orden social y estatal. Políticamente la dependencia ya se daba en los sindicatos oportunistas y amarillos y lo había demostrado en la primera guerra mundial. Pero la burguesía debía hacer más para defender su orden constituido. Desde un primer momento la riqueza social y el capital estaban en sus manos y los iba concentrando cada vez más al arrojar continuamente en la miseria a las clases tradicionales de los productores libres. En sus manos desde las revoluciones liberales, estaba el poder político armado del Estado, y de una forma más perfecta en las más perfectas democracias parlamentarias como demuestra Lenin, con Marx y Engels. En manos de su enemigo el proletariado, cuyo número crecía al crecer la expropiación acumuladora, estaba un tercer medio: la organización, la asociación, la superación del individualismo, divisa histórica y filosófica del régimen burgués. La burguesía mundial ha querido arrancar a su enemigo también esta única ventaja que le era propia (…). Puesto que la prohibición del sindicato económico sería un incentivo para la lucha autónoma de clase del proletariado, según este método la consigna es completamente opuesta. El sindicato debe insertarse jurídicamente en el Estado y debe convertirse en uno de sus órganos. La vía histórica para llegar a este resultado presenta muchos aspectos distintos y también muchos giros, pero estamos en presencia de un carácter constante y distintivo del moderno capitalismo. En Italia y Alemania los regímenes totalitarios lo consiguieron a través de la destrucción directa de los sindicatos rojos tradicionales e incluso de los amarillos. Los Estados que han derrotado a los regímenes fascistas en la guerra se mueven con otros medios en la misma dirección. Actualmente, en sus territorios y en los que han conquistado han permitido la actuación de sindicatos que se llaman libres y no han prohibido y no prohiben aún agitaciones y huelgas. Pero por doquier la solución propuesta por tales movimientos confluye con acuerdos a nivel oficial con los exponentes del poder político oficial que hacen de árbitros entre las partes económicamente en lucha, y obviamente es la patronal la que actúa de tal modo como juez y ejecutor. Esto seguramente es el preludio de la eliminación jurídica de la huelga y de la autonomía de organización sindical, que de hecho ya rige en todos los países, y crea naturalmente un nuevo planteamiento de los problemas de la acción proletaria. Los organismos internacionales reaparecen como emanación de los poderes estatales constituidos. Al igual que la Segunda Internacional renace con el permiso de los poderes vencedores de entonces bajo una forma domesticada, así sucede hoy con agencias socialistas en la órbita de los Estados occidentales y una así llamada agencia de información comunista en lugar de la gloriosa Tercera Internacional».

El proceso de sometimiento de los sindicatos se remonta al inicio de la fase del imperialismo y asume inicialmente la forma de la creación de sindicatos que reniegan de la lucha de clase, los así llamados sindicatos blancos, nacidos con expreso patrocinio de la Iglesia Católica, ya férrea aliada del capitalismo, y financiados directamente por ciertos sectores de la patronal; tuvieron cierto desarrollo en los primeros años del siglo XX, constituyéndose incluso en Confederación internacional en 1919.

La burguesía, al constatar que el asociacionismo obrero era algo irreversible dentro de su sistema social, intentaba crear uno para su propio uso y consumo. Pero evidentemente esto no era suficiente. Para servir al objetivo de la conservación social, un sindicato debe ante todo conseguir la credibilidad de amplios estratos obreros. Esto no podía llevarse a cabo con los sindicatos blancos que nunca obtuvieron una sólida base obrera. Mucho más proficuo se demostró el oportunismo de tipo reformista socialdemócrata, que tenía sólidas raíces entre grandes estratos de la aristocracia obrera, alimentada con las migajas de los colosales beneficios de la primera fase de expansión «pacífica» del capitalismo librecambista.

Sin embargo, en países como Alemania e Italia, en particular en este último, en los que la radicalización de las luchas proletarias conducidas sobre bases clasistas había asumido unos aspectos y una consistencia tales como para amenazar seriamente las bases del orden social capitalista, la burguesía se vió obligada a abandonar el modelo de la concurrencia entre sindicatos rojos por un lado, y blancos y amarillos por otro,para destruirlos todos, en particular, obviamente, los sindicatos rojos, para proceder a la tentativa de crear aparatos sindicales de emanación estatal directa.

La Izquierda, frente a esta nueva actitud de la burguesía y el consiguiente peligro de que, en Italia, la CGL (Confederazione Generale del Lavoro) sucumbiese bajo los golpes del fascismo, lanzó entonces la consigna del renacimiento de los sindicatos libres, indicación que no tuvo un seguimiento determinante merced al sabotaje de los reformistas que, siguiendo totalmente los deseos del fascismo, disolvieron la Confederación hasta que llegasen tiempos mejores.

La terrible oleada contrarrevolucionaria estalinista desbarató en todo el mundo el movimiento comunista revolucionario, dejando en los sindicatos vía libre a todas las formas del oportunismo imperante. Los partidos comunistas de todos los países occidentales abandonaron cualquier forma de defensa sindical clasista, vinculando los intereses proletarios, en los países donde tenían una cierta influencia, a la defensa de los intereses del Estado ruso, ya dentro del circuito de los países capitalistas, orientando a los obreros hacia la defensa de la democracia en la política de los frentes populares y de la alianza entre todas las clases, o directamente, siempre en conformidad con la defensa de los intereses contingentes del Estado ruso, enmascarado como «patria del socialismo», en connivencia con el fascismo, como sucedió en la campaña por la «alianza popular» en Italia, durante 1935-36.

Llegados a este punto parece útil retomar unas citas de un amplio trabajo aparecido en nuestro periódico mensual (Il Partito Comunista) en diversos números del año 1977 con el título: «Bases de acción del Partido en el terreno de las luchas económicas proletarias» que expone la serie de este análisis histórico con mucha claridad, no teniendo nada que añadir a trabajos del partido que ya han expresado de la mejor forma lo que se quiere decir, siendo un deber de los militantes retomarlos cada vez que se considere necesario. Una vez más la esencia de nuestros trabajos es la de precisar, mejor dicho «esculpir», las cuestiones que articulan nuestro trabajo de defensa de las correctas posiciones marxistas, y no la de aportar «posiciones personales», «enriquecimientos individuales» o elucubraciones intelectuales de quien pretende ser «más animoso» o estar «más preparado», morralla que pertenece a la ideología individualista típicamente burguesa y que pensamos haber superado para siempre, como Partido. Mejor repetir hasta la nausea lo que ya se ha dicho bien, que decir tonterías «innovadoras». «El partido comunista revolucionario ya no existe y las fuerzas que habían combatido al oportunismo estalinista o bien se mantienen sobre posiciones coherentemente marxistas intentando sacar un balance de esta terrible oleada contrarrevolucionaria, aunque desde el punto de vista organizativo sus efectivos son muy reducidos, o bien abandonan el terreno del marxismo revolucionario recayendo por un lado en el anarcosindicalismo, y por otro, como la corriente de Trotski, adoptan una praxis oportunista encaminada a remontar la corriente desfavorable con todos los medios y expedientes, y por consiguiente se autodestruyen como fuerza revolucionaria.

La traición de los partidos de la III Internacional permite al capitalismo superar fácilmente la crisis económica del período 1929-33. En los Estados Unidos, al igual que en todos los Estados europeos, todas las fuerzas políticas se alinearon urgidas por la necesidad de no debilitar la economía nacional y de esta forma no solo no actuaron en un sentido revolucionario sino que se alinearon abiertamente contra las acciones para defender el pan y el trabajo que el proletariado emprendía espontáneamente. Esto permite al Estado capitalista establecer las medidas «asistenciales» y de corrupción de la clase obrera que el New Deal americano toma del fascismo, pero que tuvieron su correspondencia en todos los países de Europa. Al proletariado gradualmente se le iba habituando a no considerarse ya una clase con intereses opuestos a los de las otras clases de la sociedad y ligado orgánicamente a escala internacional, sino como un «componente» de la nación, del pueblo a cuyos intereses «generales» debía sacrificar todas sus necesidades. Por ambas partes de los futuros frentes bélicos se agitó la misma bandera: solidaridad nacional entre las clases, defensa nacional, concepto de pueblo en vez del concepto de clase. Era la bandera enarbolada por el fascismo y por sus seudo sindicatos contra los sindicatos rojos y de clase tradicionales.

Está claro pues que mientras en los países con un régimen dictatorial (Alemania e Italia) no se llevaba a cabo ningún trabajo para contrarrestar válidamente a los sindicatos estatales haciendo resurgir a los sindicatos de clase, sino que las energías proletarias se dirigían a la lucha popular contra el fascismo con la tesis de que éste no defendía bien los intereses de toda la nación, en los países en los que permanecía la dictadura enmascarada bajo una forma democrática se asentó entre el proletariado la tradición de un sindicalismo dispuesto a sacrificarlo todo en defensa de las instituciones y del régimen, dispuesto a sabotear cualquier huelga si debilitaba la economía nacional, dispuesto a formar, como en Suiza, una paz eterna entre trabajo y capital sobre la base de los intereses comunes a todas las clases. En España, en Francia, en Inglaterra, en Suiza, y también en Italia, el proceso de formación de este sindicalismo que correctamente el Partido ha llamado «tricolor» es particularmente visible.

La diferencia entre el sindicalismo fascista y el sindicalismo tricolor no está por tanto en su política correspondiente: ambos subordinan la defensa de los intereses económicos inmediatos de los trabajadores a las exigencias de la patria y de la economía nacional. La diferencia, fundamental, está en la forma organizativa por la cual en algunos Estados capitalistas, en los más fuertes y en los que la lucha de clase no ha alcanzado límites críticos, al igual que le ha sido posible al Estado capitalista mantener sindicatos formalmente «libres», con una formal adhesión voluntaria de los trabajadores aunque sustancialmente estaban ligados al régimen capitalista y a su conservación. Esta diferencia formal no carece de significado ya que es el resultado de acontecimientos históricos a través de los cuales el Estado capitalista ha podido vencer al proletariado sin recurrir a la prueba de fuerza suprema que se da cuando el Estado se ve obligado a presentarse ante las masas abiertamente y con las armas como la expresión de los intereses de las clases dominantes, intentando acabar con las luchas proletarias con la violencia directa y encerrando necesariamente al proletariado dentro de organismos con un carácter forzado y coercitivo, es decir sindicatos obligatorios abiertamente dependientes del Estado y que forman parte de su aparato.

El hecho de que el Estado capitalista haya conseguido someter a los organismos obreros para la defensa de los intereses capitalistas, directamente o dando mil vueltas, y que haya podido hacerlo manteniendo formalmente libre y voluntaria la organización es un hecho negativo de grandísima importancia. Indica que la burguesía ha conseguido corromper al proletariado y que no ha necesitado destruir sus organismos de clase, sino que éstos «voluntariamente» se han sometido, a través de sus propios jefes oportunistas, y a través de la influencia de las categorías obreras privilegiadas, a las exigencias del Estado y del capital; indica que la clase proletaria no ha tenido la fuerza de impedir que sus mismas estructuras organizativas cayesen en manos del enemigo de clase y que el proletariado organizado «acepta» la sumisión de sus intereses económicos ante los «intereses supremos» de la nación. Este resultado, esencial para su propia conservación, ha sido logrado por el capitalismo al día siguiente de la derrota de la gran oleada revolucionaria de la primera posguerra, no porque hubiese descubierto nuevas y desconocidas recetas para su supervivencia, como consideran generaciones enteras de antimarxistas, sino porque las relaciones de fuerza a escala mundial eran más favorables tanto para la desmoralización de la clase tras las grandes derrotas, como y sobre todo para la destrucción del partido revolucionario de clase que vino tras la victoria estalinista en Rusia y por el paso, con armas y bagajes, de los partidos de la III Internacional al terreno oportunista. Estos partidos, tras haber hecho causa común con los viejos partidos socialdemócratas en todos los países, han trabajado constantemente junto a ellos con todos los medios para quitar de entre las filas obreras toda esperanza de liberación, para fijar en la mente de los proletarios la idea de una unión necesaria y para salvaguardar los intereses de la economía de «su» nación y de «su» patria. Este efecto conseguido tras estos acontecimientos negativos, es el que ha permitido al Estado capitalista hacer llover sobre la clase obrera de los distintos países sus medidas «reformistas y asistenciales», garantizando con ellas una supervivencia mínima a las masas proletarias de los países industriales concretando en ellas la ilusión, pagada dura y sangrientamente con el aplastamiento de las poblaciones coloniales y subdesarrolladas, de que se pueden someter los intereses económicos de clase sometiéndolos a los intereses generales de la nación y del Estado».

Al mismo tiempo el efecto conseguido con estos acontecimientos negativos es que las relaciones de fuerza entre las clases que en el último medio siglo han sido claramente desfavorables al proletariado, han permitido que se pase a nivel mundial de los sindicatos de clase de la primera posguerra a los sindicatos «tricolores» de la segunda y de hoy.