Parti Communiste International

La Izquierda Comunista 1

Presentación

Las tesis marxistas, por lo tanto de nuestro partido, son el resultado de las luchas precedentes de la clase y, a diferencia de los burgueses idealistas y trascendentalistas, nuestros principios no parten de un verbo revelado de origen divino, ni se basan para el estudio de las cuestiones en canones jurídicos, filosóficos o morales. Como base de nuestra doctrina de partido está el análisis objetivo de los fenómenos sociales pasados y presentes, fundado en el examen de los medios materiales de producción que los grupos humanos utilizan para satisfacer sus necesidades y, por tanto, en sus relaciones económicas y sociales.

    Como fue descrito, por primera vez, científicamente por Marx, está probado históricamente que los diversos modos de producción que han existido hasta aquí, con sus estructuras jurídico-políticas y militares, se desarrollan o existen mientras logran contener en el cuadro particular de una forma de producción, en equilibrio inestable, las fuerzas productivas que tienden a desarrollarse. En determinados momentos históricos, éstas entran inevitablemente en contraste con las formas tradicionales, manifestándose en luchas entre clases con intereses económicos opuestos, y una época de « paz social » se cierra para abrirse una de revoluciones. Si el objetivo principal de la contienda armada es logrado (la conquista del poder político) nuevas relaciones económicas y sociales surgirán bajo una nueva forma.

    Como cualquier otro modo de producción, el moderno capitalista ha atravesado los tres típicos momentos políticos con sus hechos históricos característicos, en que se pueden esquemáticamente, con fines expositivos, sintetizar todos: revolucionario, reformista y conservador.

    Desde el Manifiesto de 1848 los comunistas apoyaron, en teoría y en la acción, toda tentativa burguesa, entonces tarea progresiva, de romper las formas precapitalistas de producción y de resistencia, frente a las amenazas de retroceso. Este aspecto práctico, táctico de los comunistas, no impedía la crítica despiadada de toda tentativa ideológica burguesa de hacer pasar su lucha y afirmación en el mundo como la emancipación y liberación de toda la especie, presentándolas como simple sustitución de la forma de explotación de las clases feudales precedentes por la capitalista, y organizando manifestaciones antiburguesas en el mismo transcurso de las luchas junto a la burguesía.

    En la segunda fase, la reformista, que en Europa va de 1871 a 1914, frente a la estabilización y desarrollo a escala mundial de forma relativamente tranquila, de las fuerzas productivas desplegadas por el modo de producción burgués, en política se asiste al desarrollo de las instituciones democráticas y de la práctica parlamentaria, siendo interés de la burguesía enmascarar el propio dominio como libremente aceptado, y asegurar a la clase obrera, a través de medidas económicas y legislativas (siempre que no mellen el cuadro jurídico burgués) su subsistencia.

    En correspondencia con estos hechos surgen en el seno del movimiento socialista las corrientes revisionistas del marxismo, del cual se falsifican las directivas y textos fundamentales, y se establece una nueva estrategia en la que se dice, que el nuevo orden económico advendría mediante la conquista gradual y pacífica de las instituciones burguesas por parte del partido y de los órganos proletarios. En la polémica, opuestas tendencias se abren en el movimiento obrero, concluyendo en la gravísima crisis en el seno del socialismo que coincide con la guerra de 1914, con el apoyo por una gran parte de los dirigentes sindicales y parlamentarios a las políticas de colaboración de clase y adhesión a la guerra.

    En la tercera fase, que es la del moderno imperialismo, en lo económico se asiste a la pérdida de las características liberales, con un aumento de la disciplina productiva y distributiva, en el que la libre concurrencia deja paso a la influencia de las asociaciones capitalistas, de tipo industrial primero y bancario después, o emanadas directamente de los Estados: Estados políticos que no solo tutelan los intereses capitalistas como órgano de gobierno y policía, sino que van asumiendo cada vez más el carácter de órgano de control y gestión de la economía y por ende de los intereses de una minoría.

    En política, como estableció Lenin en su crítica al imperialismo moderno, se asiste igualmente a un aumento de la opresión, manifestada históricamente con el advenimiento al poder de los regímenes definidos totalitarios o fascistas, tipos políticos más modernos, no atrasados, de la burguesía, necesaria fase evolutiva no transitoria y de la que no se puede volver a tolerancias liberales más que aparentes. En el campo táctico es por lo tanto falso, llamar al proletariado a luchas para restablecer el capitalismo liberal y democrático, es reaccionario e ilusorio, y sostener una posición tal significa el pasaje total a las filas de la conservación burguesa, así como es ilusorio proclamar alianzas con fuerzas burguesas y pequeño burguesas sobre la base de sus resistencias.

    Solamente realizando su autonomía de clase el proletariado, duramente golpeado y disperso después de tremendas batallas, no ha de subyacer al dominio del capital, y evitará caer en aquellas formas, igualmente peligrosas, de derrotismo revolucionario.

    Las continuas admoniciones de la Izquierda en la Tercera Internacional Comunista no fueron escuchadas, y eran la más pura expresión de la movilización proletaria frente a la enorme fuerza social de la contrarrevolución mundial que surgía en esos años. Solo en 1926 los jefes bolcheviques advirtieron el peligro y, dejando de lado antiguos sinsabores, se lanzaron desesperadamente a pecho descubierto haciendo bloque contra el oportunismo del socialismo en un solo país. La oposición rusa, con Trotski y Zinoviev a la cabeza, fue derrotada, y con ella las grandiosas revueltas proletarias en China, las grandiosas huelgas de los obreros británicos, en fin, saldrá derrotado el movimiento comunista internacional en su totalidad. Con la adhesión del Komintern a la segunda guerra imperialista se llega por fin al entierro del partido de la revolución mundial, consecuencia del alejamiento de la vía maestra trazada por la historia, aquella que en 1917 había llevado a la victoria en Rusia. El resto, hasta nuestros días, no será sino la macabra danza alrededor de su ataúd.

    Aquellos largos años de admoniciones contra el eclecticismo táctico de la Internacional, dieron a la izquierda italiana la capacidad de sacar las lecciones de la contrarrevolución y única y solamente sobre la base de este balance se podrá dar un resurgimiento del movimiento proletario internacional y de su partido.

    Sería antimarxista buscar en los errores del Komintern la causa de la derrota sufrida, producida por factores objetivos, pero el hecho es que se destruyó incluso el partido mundial. Aun en las situaciones objetivas más desfavorables es tarea primaria del partido, so pena de su desaparición, la salvaguardia, pagando el precio de la impopularidad, de las condiciones subjetivas que, al recuperarse el movimiento revolucionario, actuarán sobre la historia para fecundarla.

    Fue reivindicando paso a paso estos principios de la izquierda marxista, como Lenin y los bolcheviques entregaron a la historia la primera revolución proletaria victoriosa de la historia, luchando contra el régimen feudal al lado de la burguesía, en contra de ésta después de la derrota del viejo régimen y contra todos los partidos reformistas y gradualistas del movimiento obrero, llegaron a concentrar todo el poder en manos del proletariado y de su partido. El movimiento del proletariado internacional surgido de la Primera Guerra Mundial recibió un potentísimo impulso con el gran evento: las cuestiones relativas a la lucha de clases, la conquista violenta del poder y la estrategia de la revolución proletaria fueron reconducidas a la vía revolucionaria justa y se cristalizaron en la fundación de la Tercera Internacional.

    Al estallar la Revolución de Octubre la izquierda italiana fue la única en dar a los bolcheviques una adhesión total, de sustancia, y no formal o genérica como tantísimos otros partidos obreros que hicieron giros de 180° siguiendo el entusiasmo del momento. En el ámbito del movimiento socialista internacional la izquierda del PSI (Partido Socialista Italiano) había sido en efecto la única en alinearse contra toda concesión patriótica o de defensa de la primera guerra imperialista mundial, sobre las mismas posiciones defendidas por Lenin, y ya desde 1918 en declarar como necesarias, para los fines de éxito de la revolución mundial, la ruptura irrevocable no solo con la corriente de derecha, sino también con aquella más engañosa de centro, que operaban en el seno de los partidos de la Segunda Internacional. Luego sostuvo la formación de nuevos partidos comunistas sobre las bases codificadas en 1920 en el congreso de la Internacional. La Izquierda, siguiendo los dictados del cúmulo de experiencias de luchas proletarias en occidente, donde los regímenes democráticos estaban sólidamente implantados desde hacía décadas, y en los que la maduración de las premisas subjetivas de la revolución se retrasaban respecto a las objetivas, no solo dio una contribución decisiva a la codificación de las condiciones de admisión a la I.C., sino que propugnó una mayor rigidez de las mismas que no dejara espacio a adaptaciones derivadas de situaciones locales. Es más, en la búsqueda comunista de erigir barreras insuperables al perenne oportunismo, la Izquierda invocó desde entonces la necesidad de codificar no solo la doctrina y el programa comunista, sino también un sistema de normas tácticas cerrado conocido por todos y vinculante para el movimiento internacional entero, única garantía de disciplina y eficiencia en la organización. La posesión de tales condiciones se muestra indispensable para un partido fuerte y seguro en la preparación del asalto revolucionario, en los momentos de crisis de la sociedad capitalista; pero es también el único modo, en los momentos cíclicos de reflujo, de no perjudicar al partido y al futuro reflote de la lucha proletaria.

    El proletariado de Europa centro-occidental, considerado con acierto por Lenin y la III I.C. como la verdadera clave para el triunfo, también en el plano social, de la revolución rusa y mundial, se encontraba mayoritariamente bajo la influencia del reformismo oportunista. El problema que la historia ponía a la Internacional era cómo llevar a las filas de los verdaderos partidos comunistas el grueso de los trabajadores, que venían siendo continuamente traicionados por los partidos socialdemócratas. Ante un análisis superficial podía parecer que la intransigencia bolchevique hacia los oportunistas, arma fundamental de la victoriosa lucha de Octubre, estuviera en contraste con la rápida expansión de la influencia de los partidos comunistas. La Internacional creyó resolver la cuestión mediante una estratagema táctica demasiado audaz: frente a los ataques a gran escala de la burguesía internacional contra las condiciones de vida y de trabajo de los proletarios, trataba de empeñar en un frente único a los dirigentes traidores de la Segunda Internacional contra los adversarios burgueses, y de esta manera llevar sus reivindicaciones bien a fondo para desenmascararlos y denunciarlos ante los obreros cuando inevitablemente dieran marcha atrás. La izquierda italiana, reconociendo el contenido exquisitamente revolucionario de la táctica que Lenin había podido utilizar en Rusia en función antifeudal, no pudo evitar el indicar los posibles peligros de tal aplicación táctica en occidente. Al mismo tiempo fue la única en aplicar esta táctica, siguiendo fielmente el espíritu con el que había sido concebida, por escrupuloso respeto a la disciplina de la I.C..

    Esta táctica no podía dejar de fallar, efectivamente ella presuponía una condición esencial: la radicalización y extensión de las luchas obreras, dado que es en las victorias y no en las derrotas cuando el proletariado toma conciencia de su vía de clase. Además, ella exigía ser llevada por partidos comunistas fuertes, homogéneos y sólidamente templados, y de esta manera limitar el frente único a las reivindicaciones de clase, excluyendo compromisos electorales y parlamentarios.

    Para muchos partidos que durante la Primera Guerra Mundial se habían sacrificado en el altar de la defensa nacional, esta táctica no fue considerada sino como una vuelta a empezar.

    La Izquierda, en Italia, fue parte determinante en la fundación, en 1921, del Partido Comunista de Italia sección de la Internacional Comunista, con sus primeras tesis revolucionarias netas y su acción violentamente antiburguesa, dirigida tanto contra las bandas fascistas como contra los traidores socialdemócratas, necesario complemento de aquellas. La Izquierda se opuso luego puntual y enérgicamente a los bandazos y a la sucesiva degeneración estalinista del partido mundial. Fue excluida de la dirección del P.C.de I.(Partido Comunista de Italia) y testimonios de su batalla en defensa de las posiciones comunistas tácticas y de principio son las tesis que, con los métodos administrativos típicos del centrismo estalinista, fueron puestas en minoría en el congreso del P.C.de I. de Lyon, en 1926.

    Fracción de izquierda en la Internacional hasta la segunda guerra, el partido se reconstituyó en la inmediata posguerra en Italia y asumió una base definitiva con las Tesis Características de 1951 que aquí publicamos. Sobre esta base la pequeña organización de militantes, reducida geográficamente a Italia y algunos países de Europa, pero que pretende, llamándose Partido Comunista Internacional mantenerse en la tradición del marxismo ortodoxo, ha continuado la lucha en defensa de las armas teóricas de la revolución del mañana, en contacto con la clase obrera, a su lado en las luchas cotidianas de defensa contra la explotación patronal capitalista, y fuera de la politiquería personal y electoralista. Ha publicado sucesivamente los periódicos Prometeo, Battaglia Comunista e Il Programma Comunista, en plena continuidad programática de posiciones intransigentes de lucha; después y hasta ahora Il Partito Comunista y la revista Comunismo, todo ello en lengua italiana. A medida que el Partido extendía su red de militantes a otros países, han ido apareciendo las revistas La Gauche Communiste en francés y Communist Left en inglés. Con este primer número de La Izquierda Comunista el partido retoma las publicaciones periódicas en español.

Lecciones históricas que el Partido Mundial ha sacado de las luchas de clase y de las derrotas del valiente proletariado de lengua española

Sin pretender citar todos los hechos históricos en los que desde 1926 el proletariado de lengua española ha derramado generosamente su sangre por causas no propias, siendo a él a quien ahora dirigimos estas Tesis Características publicadas en castellano, mencionaremos tres momentos históricos significativos, para demostrar una vez más la traición, cuyo origen se encuentra en la degeneración del Komintern, verificada en el intento de contrarrestarla por la posición de izquierda. Para profundizar ulteriormente estos temas recomendamos al lector nuestros trabajos de partido, que esta revista irá publicando como una de sus tareas.

La guerra civil de 1936 dentro de la historia reciente de España

    A diferencia de otros países España no ha conocido una revolución burguesa en un momento de su historia relativamente corto en el tiempo, aunque esto no quiere decir que no hubo rebeliones sangrientas populares durante el siglo XIX, primero contra la monarquía absolutista y clerical de Fernando VII y después contra la monarquía liberal moderada. Los liberales de la burguesía no supieron aprovechar la energía revolucionaria de los españoles, así pues retrocedían en su anhelo de poder temiendo que el pueblo fuera más allá en sus peticiones de lo que los liberales deseaban. Por esta razón, no es aprovechándose del espíritu revolucionario de las masas como los liberales llegan al poder en España. Solo a la muerte de Fernando VII y enfrentados en guerra civil con los carlistas, que representaban la continuidad del antiguo régimen, los liberales consiguen de manera estable el poder central en Madrid, en este momento España conoce un período de profundas reformas burguesas, al que seguirán otros períodos de quietud en los que las medidas revolucionarias se frenan. Y es así como el capitalismo español se desarrolla fatigosamente, y este proceso hará a Marx definir a la burguesía española como carente de audacia revolucionaria.

    La debilidad del movimiento obrero en España, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, está caracterizada por la impotencia del proletariado para constituirse en clase independiente frente a la burguesía. Esta impotencia reviste dos formas: la primera y principal, el anarquismo, la segunda, el socialismo reformista y electoralista.

    En 1923, después de los desastres de la campaña de Marruecos, el general Primo de Rivera toma el poder. El gobierno, de tipo corporativo fascista, incluye a socialistas en los altos rangos del Estado. Pretende organizar la economía sobre bases centralizadas, tentativa que fracasa en medio de graves conflictos sociales que explotan a continuación de la profunda crisis capitalista del 1929.

    La proclamación de la república no logra detener las revueltas proletarias y campesinas, duramente reprimidas por los gobiernos de izquierda. La burguesía, impotente con los medios represivos, usa la astucia táctica, para impedir un desemboque revolucionario de la crisis, recurriendo a los falsos socialistas y a los anarquistas, que estaban a la cabeza del movimiento sindical, y apartaban al proletariado de reivindicar el poder central.

    En 1931 las nuevas elecciones dan la mayoría a los partidos de izquierda, paralelamente se incrementa la represión. Los socialistas en el Gobierno votan contra las huelgas antirrepublicanas y los anarquistas controlan el movimiento, renegando de él cuando no logran encuadrarlo.

    En agosto de 1932 se asiste al primer agrupamiento de fuerzas de derechas, pero el momento de tomar el Gobierno aún no ha llegado. En 1933, la represión alcanza su apogeo: se dan masacres en Málaga, Bilbao y Zaragoza. Es el momento para el cambio de Gobierno: las fuerzas de derecha van al Gobierno y continúan la obra de represión iniciada por las izquierdas, sofocando en sangre la insurrección de Asturias.

    Desde octubre de 1934 a 1936 hay una pausa en la tensión social y la represión es ejercida sobre todo en el plano legal: en 1936 son treinta mil los prisioneros políticos. En conexión con la atmósfera internacional que ve los vastos movimientos de Francia y Bélgica, se abre un nuevo ciclo de tensión social más alta que la precedente. En consecuencia la burguesía llama al poder otra vez a sus siervos de izquierda y también a los anarquistas, desde siempre apolíticos, que se adaptan y a cambio de una supuesta amnistía, hacen propaganda por el Frente Popular e invitan a votar. Las elecciones del 16 de febrero de 1936 señalan el éxito aplastante del Frente Popular, compuesto por republicanos de izquierda, radicales, partido socialista, partido comunista, partido sindicalista y Partido Obrero de Unificación Marxista (fusión de la Izquierda Comunista de Nin y del bloque obrero y campesino de Maurín, que en el seno de la Internacional había tenido siempre una posición de derecha). Su programa contiene medidas de amnistía, abrogación de las leyes represivas, disminución de los impuestos y créditos agrarios.

    En esta situación de agravamiento de la tensión social la burguesía no se limita a confiar en su gobierno, sino que pone en estado de alerta y de espera también a las fuerzas de derecha. Y es precisamente en el seno de un Estado dirigido por un gobierno de izquierda que la derecha, con el general Franco a la cabeza, organiza minuciosamente las fuerzas armadas para el ataque militar, que parte de Marruecos conquistando de inmediato Sevilla y Burgos, dos ciudades con precedentes de violentas insurrecciones campesinas.

    En respuesta al ataque de Franco del 16 de Julio es proclamada la huelga general, que tiene completo éxito fuera de los dos puntos de apoyo de Franco. Y es en estos dos días cuando se asiste a una fulmínea explosión de la conciencia de clase del proletariado: por un momento ya no hubo en el campo de batalla dos ejércitos burgueses, sino solo obreros en huelga que fraternizan con otros obreros uniformados en el ejército, y haciendo causa común desarman, inmovilizan y eliminan a los oficiales. Sintiendo el peligro, inmediatamente el Estado democrático y antifascista retoma en mano la situación, y con la creación de diversos organismos se restablecen las jerarquías económicas y militares con el imperativo de salvar de cualquier manera la máquina estatal que, a decir de la gente de izquierda puede ser de una cierta utilidad para la clase obrera. Todas las formaciones políticas del Frente Popular más los anarquistas aseguran la continuidad del Estado capitalista. Mientras tanto los éxitos militares de Franco se subsiguen, y este es el pretexto de los demócratas para poner al orden del día, como tarea prioritaria, la lucha militar contra Franco. En la lucha antifascista se pone en primera línea al partido comunista español, siguiendo las órdenes de la degenerada Tercera Internacional, que había elegido ponerse de parte de los aliados imperialistas, por la democracia, contra Hitler y Mussolini.

    Cuando la huelga general aún no había cesado y en Francia se desarrollaba una análoga en potencia, los dirigentes del frente popular francés deciden cerrar la frontera con España, a fin de evitar posibles contactos entre proletarios y toman acuerdos para la creación, con sede en Londres, de un comité formado por países fascistas y democráticos, incluida Rusia, a favor de la no intervención en los hechos españoles. La consigna aeroplanos para España lanzada por los partidos comunistas y por la izquierda socialista, es el último aporte de los traidores del proletariado hacia la definitiva victoria de la contrarrevolución, entregando a los obreros en las manos de las burguesías mundiales que los llevaron a la Segunda Masacre Mundial.

    Los anarquistas van al mismo tiempo abandonando, pedazo a pedazo, todo su programa. Con el avance de las necesidades de la lucha militar y tras la huelga de 1936, ellos no se oponen a la constitución del comando único extendido a todo el territorio del sector antifascista, ocurre incluso, que sus representantes transformados en ministros, participan en el gobierno de Caballero. Es de este gobierno que emanan la militarización estatal, las milicias y el rechazo de las demandas por el respeto de las condiciones de trabajo, ya sea por el tiempo de trabajo o por los salarios y las horas extraordinarias en todas las industrias. El Estado antifascista está ya organizado centralizadamente para su guerra. A pesar de todas las medidas represivas, en mayo de 1937 estalla otra huelga espontánea y numerosos obreros dejan el frente para unirse a los compañeros en lucha. Todos los partidos se declaran ajenos al delito y es bajo el plomo como el movimiento es sosegado. Es algo sugestivo que Franco no aproveche para lanzar el ataque: deja hacer a sus compañeros antifascistas: el triunfo de ellos es el suyo propio.

    Los demócratas son poco a poco derrotados. El Gobierno retrocede hasta transferirse a Francia dejando en España al socialista Besteiro la tarea de tratar la conclusión de la guerra con Franco. Es la primavera de 1939 y pocos meses más tarde, en septiembre,estalla la Segunda Guerra Mundial. Quede claro que Rusia no tomó una iniciativa de abierta intervención en los hechos de España sino después de 1936, cuando llegó al Gobierno el socialista Caballero y dio garantías sin equívocos de un gobierno centralizado militarmente y económicamente en la lucha antifascista. De inmediato llegaron los barcos rusos cargados, que el gobierno socialista tenía que pagar generosamente en oro.

    Tras la represión de la posguerra y el lógico repliegue de las luchas obreras, es en los años 50 y 60 cuando comienzan a surgir luchas sindicales, como respuesta sana de la clase obrera contra la explotación capitalista, luchas ampliamente elogiadas por nuestro Partido, que veía en las luchas obreras de Asturias, Barcelona, etc, que provocaban la solidaridad obrera de distintos ramos en distintas ciudades llegando en ocasiones a la huelga general, el contraste con las huelgas domesticadas de los sindicatos de la defensa de la economía nacional en los otros países occidentales. Es en este resurgimiento de las luchas obreras en España en el que nacen las Comisiones Obreras, compuestas por los obreros más combativos que merecían la confianza de sus compañeros, sin tener carácter de permanentes. Es después, cuando los oportunistas defensores del orden del PCE, a lo largo de la década de los 60, van a ir permeando las Comisiones Obreras y dirigiéndolas a fines antifranquistas, pues el franquismo creaba una inestabilidad social que daba miedo a los comunistas del PCE; es por esto por lo que la burguesía necesitaba la democracia, y para presentarla como triunfo conseguido por los trabajadores tenía al PCE y al resto de los partidos falsamente obreros. Es a mediados de los 70 cuando la clase obrera en España alcanza su mayor poder adquisitivo, fruto de las luchas producidas con Franco. Con el asentamiento de la democracia y la integración de los sindicatos ilegales del franquismo en el aparato estatal, los continuos pactos sociales que firman las burocracias sindicales marcan el detrimento de las conquistas de los trabajadores que tanto sudor y sangre les costó, detrimento que se agudizó con la llegada al Gobierno del PSOE.

Cuba 1959

    La tierra fértil, el clima apacible de este país sometido a España, así como la cercanía geográfica y su importancia militar estratégica respecto del canal de Panamá hicieron que Estados Unidos se interesara en Cuba desde su constitución en Estado soberano. Ya en 1850 el intercambio entre EEUU y Cuba es notable, y va creciendo a medida que las inversiones de capitales norteamericanos en el cultivo y la transformación de la caña de azúcar van aumentando. En un primer momento, para embolsar las enormes utilidades derivadas del comercio monopolista de esta mercadería, a posteriori, para contrarrestar la expansión en Europa de la remolacha azucarera.

    Sobre esta base (recomendamos a los lectores a Lenin en El Imperialismo…), de total dependencia comercial, no podía sino ser meramente formal la independencia obtenida por Cuba de España en 1898, después de 30 años de duras luchas. Pese a que la intervención armada americana se había realizado cuando el ejército cubano ya había derrotado al español, las fuerzas EEUU permanecieron en la isla durante cuatro años. En este período las relaciones económicas y financieras fueron reforzadas e hicieron que Cuba se convirtiera en una semicolonia a todos los efectos: las convenciones estipuladas acordaban a las mercancías y capitales norteamericanos un régimen preferencial y concesiones a precios especiales sobre la tierra, así como la imposibilidad para Cuba de firmar acuerdos comerciales y financieros con terceros países. Desde aquí, y hasta el giro socialista de Castro en 1960, el proceso no fue más que un progresivo acaparamiento de todos los recursos de la isla: la casi totalidad de las tierras cultivables pasaba a través de alquileres a largo plazo a las garras de las sociedades norteamericanas. El resto era hipotecado a favor de bancos y acreedores de EEUU. El total de la economía, la industria del azúcar y la del tabaco, todos los bancos, los ferrocarriles, los transportes urbanos, las centrales hidroeléctricas, los correos y otros servicios públicos, los recursos mineros, pasan a ser propiedad o estar bajo el control de compañías norteamericanas.

    A la par de otros países latinoamericanos, el dominio del capital financiero de EEUU no lleva más que a la intensificación del monocultivo, caracterizado por la utilización de la casi totalidad de la tierra agrícola en el cultivo de una sola o de poquísimas plantas industriales, y siempre mayor vulnerabilidad de la economía autóctona. Es en la intensificación del monocultivo donde se debe buscar el origen y los límites de la revolución cubana.

    Los gobiernos títere y ultracorruptos que se fueron sucediendo no sirvieron más que al interés del capital extranjero y de los propietarios de tierra cubanos, dándose todas las alternativas de los ciclos de una economía frágil y dependiente, con el resultado del agravamiento continuo de las condiciones de vida del proletariado y los campesinos pobres: tal es el resultado de 60 años de independencia.

    Mientras la economía europea y el mercado mundial, trastornados por la Primera Guerra Mundial, no se reordenan, Cuba vive un momento de floridez. De 1925 en adelante comienza inexorablemente a sofocarse. El desequilibrio entre los ricos propietarios cubanos y extranjeros y las masas proletarias y semiproletarias se hace mayor. Carestías, desocupación y enfermedades aumentan y ningún acuerdo internacional para poner un poco de orden en la anarquía del mercado mundial del azúcar da resultado.

    Ya en 1933 se registran las primeras sublevaciones populares, que provocan la fuga del presidente Machado. Así se sigue yendo a tirones con otros gobiernos títeres hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se asiste al crecimiento de las exportaciones por el aumento de la demanda y por ende a una pequeña cuanto efímera alza. Desde el fin del segundo conflicto imperialista la declinación económica es veloz y advertida por todos, proletarios y burgueses. Del injerto de un capitalismo anormal con una explotación arcaica de la tierra había surgido en Cuba un vastísimo proletariado y un semiproletariado agrícola e industrial en condiciones de máxima explotación, con un analfabetismo que no disminuía su potencial revolucionario. Efectivamente, estaban fuertemente organizados sindicalmente siguiendo la tradición anarco-sindicalista importada en la época de la dominación española. Por tanto, eran frecuentes y violentas las manifestaciones obreras contra los gobiernos dictatoriales.

    Amén de la represión se debía soportar la traición del Partido Comunista Cubano. Surgido en la isla en 1919, es de inmediato puesto fuera de la ley por Machado, pero después del triunfo del estalinismo en Rusia y de la alianza con los Estados Unidos en la lucha antifascista contra Hitler, el P.C. cubano se transforma en agencia local de la política exterior soviética: uno de los primeros resultados fue el empeño de poner fin a la agitación revolucionaria en la isla, entonces en pleno desarrollo.

    Los trabajadores, que habían ocupado algunas fábricas y proclamado unos soviets locales, deberán dar marcha atrás. Antes de la Segunda Guerra Mundial este partido sostiene incluso la necesidad de tener una actitud positiva con Batista, que ahora profesa la democracia. Consecuentemente, éste legaliza el P.C. cubano.

    Los estalinistas, hasta el inicio de la guerra fría entre Rusia y EEUU no hesitaron en apoyar a todos los gobiernos títere y en participar en todas las coaliciones electorales puestas en escena por Batista sin dar un mínimo apoyo al movimiento nacional-revolucionario que se venía desarrollando y al que, es más, acusaban de fascista. Solo después del advenimiento de Castro al poder y del inicio de la caza de brujas por parte norteamericana proclamaron que las medidas tomadas por el Gobierno nos llevan al socialismo.

    Un cambio radical de la estructura productiva de la isla no podía ser impuesto sino con una revuelta armada radical. Ciertamente no por parte de los norteamericanos y la gruesa burguesía cubana ligada con mil hilos al imperialismo de éstos. La tarea fue tomada por la masa de la pequeña y mediana burguesía arruinada que vivía en el campo y la ciudad, por los pequeños comerciantes, por los profesionales e intelectuales, y por los proletarios rurales y urbanos interesados en la disminución de la desocupación crónica. Ausente la posibilidad histórica de la realización del programa revolucionario comunista, la fuerza y el potencial revolucionario contra la opresión y la miseria fueron puestos en acción por un movimiento popular o sea interclasista, con fines nacionales, esto es, por el castrismo y por todas las otras organizaciones políticas en un Frente Popular, por la democracia, contra la dictadura y por la independencia nacional.

    Al inicio el movimiento castrista fue bien visto no solo por los americanos sino también por todo el mundo occidental y recibió el apoyo financiero y militar para la organización de la lucha. Pero las fuerzas sociales puestas en marcha por la revolución no podían detenerse a mitad de camino so pena de tener que declararse fallidas. Elementos radicales llevaron más a fondo la lucha ocupando el lugar de aquellos moderados y necesariamente llegaron a perjudicar los intereses norteamericanos en la isla. Cuanto más se avanzaba con las nacionalizaciones, más aumentaba la rigidez económica y política de los EEUU. Los stocks sin vender se acumulaban y la deuda externa alcanzaba límites nunca vistos a causa de la gran demanda de capitales para la industrialización. Necesariamente el nuevo gobierno cubano, como por otra parte todos los países pequeños aparecidos de forma tardía en la escena del desarrollo histórico del capital, debió apoyarse, para mantener y consolidar el poder, en el bloque soviético. El empeño económico y político de la URSS fue impuesto por la situación, no querido y no previsto. Fue así como Castro, ya campeón del progreso, llego a ser, para unos, agente del Kremlin y dictador comunista, para los otros, un compañero.

    Una nueva y original vía al socialismo fue así transitada, una vez más, sobre el pellejo del proletariado. Nosotros, entonces como hoy, denunciamos la naturaleza burguesa y para nada socialista, no solamente del castrismo, sino también de todos los comunistas que entonces hacían referencia a Moscú. La andadura junto a Rusia y su trágico final, no hace sino confirmar la irreversible impotencia de un pequeño país atrasado en su economía capitalista, para obtener una modernización y competitividad que dé por resultado una verdadera independencia. La solución para la burguesía cubana se ha demostrado que no estaba en cambiar de patrón, la agonía que sufre actualmente la economía cubana, con los balseros abandonando el país aun a riesgo de perder la vida, parece indicar que la burguesía cubana antiyanki va a tener que agachar la cabeza ante su más lógico patrón, el yanki. La única perspectiva para enfrentarse a la explotación capitalista del proletariado cubano pasa por saber distinguir los propios intereses de clase inmediatos e históricos de los de la propia burguesía y el capital nacional, solidarizando con el movimiento y con los fines de la clase obrera de todos los países.

El Chile de Allende

    Con la elección de Salvador Allende, el 4 de septiembre de 1970, como presidente de Chile, se abre, esta vez en América Latina, una nueva y original vía para la victoria del proletariado en el mundo: la vía pacífica al comunismo.

    Chile, como tantos otros países de América del Sur, se enorgullece de la formación de su Estado nacional, una vez liberado de España, hace ciento setenta años, mucho antes que en Alemania y en Italia. Pero se trató de un episodio totalmente formal, falto de sustancia, ya que las relaciones de propiedad tradicionales y las formas arcaicas de gestión de las haciendas perduran por otros cien años, en un país totalmente agrícola y exportador de materias primas. Al igual que en los países vecinos, estas tierras se convierten en presa del imperialismo, primero británico y luego americano, hambrientos de materias primas y de minerales.

    Hay que esperar al primer período de posguerra para presenciar la instalación de un capitalismo industrial de pequeñas y medianas empresas muy grácil, debiendo soportar la deuda externa y el avance del imperialismo norteamericano con sus multinacionales.

    De 1964 a 1970 el país fue gobernado por la democracia cristiana, con Frei como presidente, que naturalmente nada puede hacer contra el avance de la crisis económica, después de años de crecimiento ininterrumpido. Desde 1967 se asiste a la movilización del proletariado y los campesinos pobres. Para la burguesía no había más solución que la de lanzar al país a una acumulación acelerada de capitales, y esto no podía hacerse sino poniendo a trabajar al proletariado. Es por eso que los capitalistas no ven con malos ojos el avance y posterior victoria electoral de la Unidad Popular (formada por seis partidos: socialistas, nacionalcomunistas, radicales varios y democristianos de izquierda) con un programa de reformas totalmente burgués pero acompañado de una verborragia revolucionaria apta para contener el descontento del proletariado.

    Ciertamente, medidas como la concentración del capital agrícola, la nacionalización de las inversiones extranjeras y los monopolios propiciadas por la Unidad Popular nada tenían de comunistas, y tampoco de burguesas radicales. Tímidas reformas para nada originales y que eran reclamadas desde hace años por distintos sectores sociales, incluso por la Iglesia, que desde hacía tiempo venía invitando a no elegir entre capitalismo y colectivismo, sino una vía de reformas democráticas.

    Nosotros, en aquellos años, a las promesas de los oportunistas, de eliminar los antagonismos sociales por medio del socialismo pacífico de Allende, las definimos como utopías reaccionarias. Los partidos burgueses de base obrera tenían que atraer a sus filas, irremediablemente, por medio de las promesas de bienestar, a la pequeña burguesía rica, para cumplir con su función de contención contrarrevolucionaria. Pero al mismo tiempo debían desarrollar el capitalismo, por lo tanto, siguiendo la lógica inevitable de este modo de producción, arruinar, proletarizar a la pequeña burguesía. Impregnada de tal contradicción, no fue difícil anticipar el final sin gloria de la Unidad Popular. La pequeña y mediana burguesía fueron abandonando a Allende paulatinamente para desplazarse siempre más hacia la derecha, hasta que finalmente dio su apoyo decidido a una de las represiones armadas burguesas más violentas e infames que el proletariado y campesinado pobre latinoamericano haya debido soportar jamás, todo con el beneplácito del imperialismo norteamericano.

    Hoy, 1994, al igual que ayer tenemos tristes confirmaciones: el capitalismo chileno de nuestros días se jacta de incrementos productivos del 10% anual, y exporta capitales a países vecinos. Esta estrepitosa acumulación no se podía concretar sino sumiendo a millones de obreros en la miseria más negra, que nada tiene que envidiar a la de los proletarios del siglo XIX en Europa, y el medio fue el garrote, bien facilitado por el gobierno burgués de la Unidad Popular. * * *

    Vaya al proletariado de lengua hispana el recuerdo de estos hechos históricos en los que combatió por causas que no eran propias y no supo, o bien perdió, la justa vía de la revolución, pero que de todos modos entregó valerosamente a la historia, para las futuras generaciones. Estas lecciones de la contrarrevolución están expresadas en las Tesis Características que ahora publicamos en lengua española, convencidos de que indican la única vía a seguir para la liberación comunista de la humanidad mundial trabajadora del infierno capitalista.

Thèses caractéristiques du Parti

Réunion générale du parti, Florence 8-9 décembre 1951. Le texte intégral fut reproduit dans Il programma comunista, n. 16 du 8 septembre 1962 (un premier résumé fut donné dans le fascicule Sul Filo del Tempo de mai 1953), puis en un fascicule à part.

I. THÉORIE

La doctrine du Parti est fondée sur les principes du matérialisme historique et du communisme critique de Marx et Engels, qui ont été énoncés dans le Manifeste du Parti Communiste, Le Capital et leurs autres œuvres fondamentales, ont formé la base constitutive de l’Internationale Communiste en 1919, du Parti Communiste d’Italie en 1921, et sont contenus dans le programme du Parti publié dans Battaglia Comunista (n° 1 de 1951) et republié plusieurs fois depuis dans Il Programma Comunista.

Ce programme déclare:

Le Parti Communiste International est constitué sur la base des principes suivants, établis à Livourne en 1921 a la fondation du Parti Communiste d’Italie (section de l’Internationale Communiste).

1. Une contradiction toujours croissante entre les forces productives et les rapports de production va se développant dans la société capitaliste actuelle, entraînant l’antagonisme d’intérêts et la lutte de classe entre la prolétariat et la bourgeoisie dominante.

2. Les rapports de production actuels sont protégés par le pouvoir de l’Etat bourgeois. Quels que soient la forme du système représentatif et l’usage fait de la démocratie électorale, l’Etat bourgeois constitue toujours l’organe de défense des intérêts de la classe capitaliste.

3. Le prolétariat ne peut ni briser ni modifier le système des rapports capitalistes de production, dont son exploitation dérive, sans abattre le pouvoir bourgeois par la violence.

4. L’organe indispensable de la lutte révolutionnaire du prolétariat est le parti de classe. Regroupant en son sein la fraction la plus avancée et la plus résolue du prolétariat, le Parti Communiste unifie les efforts des masses laborieuses en les dirigeant vers la lutte générale pour l’émancipation révolutionnaire du prolétariat. Le Parti a pour tâche de diffuser la théorie révolutionnaire dans les masses, d’organiser les moyens matériels d’action, de diriger la classe laborieuse dans le développement de la lutte en assurant la continuité historique et l’unité internationale du mouvement.

5. Après le renversement du pouvoir capitaliste, le prolétariat ne pourra s’organiser en classe dominante qu’en détruisant le vieil appareil d’état, et en instaurant sa propre dictature, c’est-à-dire en privant de tout droit et de toute fonction politiques la bourgeoisie et les membres de la classe bourgeoise tant qu’ils survivront socialement, et en fondant les organes du nouveau régime sur la seule classe productive. Le parti communiste, dont la caractéristique programmatique consiste dans la réalisation de ce but fondamental, représente, organise et dirige sans partage la dictature prolétarienne. La défense nécessaire de l’Etat prolétarien contre toutes les tentatives contre-révolutionnaires ne peut être assurée qu’en enlevant à la bourgeoisie et aux partis ennemis de la dictature prolétarienne tout moyen d’agitation et de propagande politique et en dotant le prolétariat d’une organisation armée pour repousser toute attaque intérieure ou extérieure.

6. Seule la force de l’Etat prolétarien pourra intervenir systématiquement dans les rapports de l’économie sociale en réalisant toutes les mesures successives qui assureront le remplacement du système capitaliste par la gestion collective de la production et de la distribution.

7. Cette transformation de l’économie, et par conséquent de toutes les activités de la vie sociale, aura pour effet d’éliminer progressivement la nécessité de l’Etat politique dont l’appareil se réduira peu à peu a celui de l’administration rationnelle des activités humaines.

* * *

La position du parti devant la situation du monde capitaliste et du mouvement ouvrier après la seconde guerre mondiale se base sur les points suivants:

8. Dans la première moitié du XX siècle, le développement du capitalisme a vu, dans le domaine économique, l’apparition de syndicats patronaux regroupant les employeurs dans un but de monopole, et des tentatives de contrôler et de diriger la production et les échanges selon des plans centraux, allant jusqu’à la gestion de secteurs entiers de la production par l’état ; dans le domaine politique, le renforcement du potentiel policier et militaire de l’Etat et les formes totalitaires de gouvernement. Il ne s’agit pas la de types nouveaux d’organisation sociale constituant une transition du capitalisme au socialisme, encore moins d’un retour à des régimes politiques pré-bourgeois ; il s’agit au contraire de formes précises de gestion encore plus développées du capital.
     Ce processus exclut les interprétations pacifistes, évolutionnistes et progressistes du développement du régime bourgeois et confirme les prévisions marxistes sur la concentration et l’alignement antagonique des forces de classe. Pour que ses énergies révolutionnaires puissent se renforcer et se concentrer avec un potentiel correspondant, le prolétariat doit repousser la revendication d’un retour illusoire au libéralisme démocratique ainsi que la demande de garanties légales, et ne pas les admettre comme moyen d’agitation ; et il doit liquider historiquement la méthode des alliances du parti révolutionnaire de classe pour des buts transitoires, que ce soit avec des partis bourgeois et petit-bourgeois, ou avec des partis pseudo-ouvriers à programme réformiste.

9. Les guerres impérialistes mondiales démontrent que la crise de désagrégation du capitalisme est inévitable du fait que celui-ci est entré définitivement dans la période où son expansion n’exalte plus historiquement l’accroissement des forces productives, mais lie leur accumulation à des destructions répétées et croissantes. Ces guerres ont provoqué des crises multiples et profondes au sein de l’organisation mondiale des travailleurs, car les classes dominantes sont parvenues à leur imposer la solidarité nationale et militaire dans l’un ou l’autre des deux camps. La seule alternative historique à opposer à cette situation est la reprise de la lutte de classe à l’intérieur de chaque pays jusqu’à la guerre civile des masses laborieuses pour renverser le pouvoir de tous les Etats bourgeois et des coalitions mondiales, avec la reconstitution du parti communiste international comme force autonome face à tous les pouvoirs politiques et militaires organisés.

10. L’Etat prolétarien, dans la mesure même où son appareil est un instrument et une arme de lutte dans une époque historique de transition, ne tire pas sa force organisationnelle de règles constitutionnelles ni de schémas représentatifs quelconques. L’expression historique la plus haute d’une telle organisation a été jusqu’à présent celle des conseils des travailleurs née au cours de la révolution russe d’octobre 1917 dans la période ou la classe ouvrière s’organisait militairement sous la direction exclusive du parti bolchevik, et où étaient à l’ordre du jour la conquête totalitaire du pouvoir, la dissolution de l’assemblée constituante, la lutte pour repousser les attaques extérieures des gouvernements bourgeois et pour écraser la rébellion intérieure des classes vaincues, des couches moyennes et petite-bourgeoises et des partis opportunistes qui, dans les phases décisives, sont les alliés inévitables de la contre- révolution.

11. La défense du régime prolétarien contre les dangers de dégénérescence contenus dans les insuccès et les reculs possibles de l’œuvre de transformation économique et sociale – dont la réalisation intégrale est inconcevable dans les limites d’un seul pays – ne peut être assurée que par une coordination constante entre la politique de l’Etat ouvrier et la lutte unitaire internationale, incessante en temps de paix comme en temps de guerre, du prolétariat de chaque pays contre sa bourgeoisie et son appareil étatique et militaire. Cette coordination ne peut être assurée qu’au moyen du contrôle politique et programmatique du parti communiste mondial sur l’appareil de l’Etat où la classe ouvrière a conquis le pouvoir.

II. TACHES DU PARTI COMMUNISTE

1. La classe laborieuse ne pourra se libérer de l’exploitation capitaliste que par une lutte politique, dirigée par un organe politique de la classe révolutionnaire : le parti communiste.

2. L’aspect le plus important de la lutte politique au sens marxiste est la guerre civile et l’insurrection armée par lesquelles une classe renverse le pouvoir de la classe dominante ennemie et instaure le sien. Une telle lutte ne peut aboutir à la victoire que si elle est dirigée par l’organisation du parti.

3. Pas plus que la lutte contre le pouvoir de la classe exploiteuse, l’extirpation ultérieure des structures économiques antérieures ne peut se faire sans le parti politique révolutionnaire : la dictature du prolétariat, qui est nécessaire pendant la longue période historique où se réalisera ce passage d’un mode de production à l’autre, est exercée ouvertement par le parti.

4. Sont également nécessaires avant, pendant et après la lutte armée pour la prise du pouvoir, les tâches suivantes du parti : défense et diffusion de la théorie ; défense et renforcement de l’organisation interne par le prosélytisme et la propagande de la théorie et du programme communiste ; activité constante dans les rangs du prolétariat, partout où celui-ci est poussé par les besoins et les déterminations économiques à lutter pour défendre ses intérêts.

5. Non seulement le parti ne rassemble pas dans ses rangs tous les individus composant la classe prolétarienne, mais il n’en regroupe même pas la majorité. Il rassemble cette minorité qui acquiert, dans le domaine de la théorie comme dans celui de l’action, la préparation et la maturité collectives correspondant à la vision générale du mouvement historique et de son but final, dans le monde entier et pendant le cours historique qui va de la formation du prolétariat jusqu’à sa victoire révolutionnaire.
     Le parti ne se forme pas sur la base de la conscience individuelle : non seulement il n’est pas possible que chaque prolétaire parvienne à la conscience, et à plus forte raison à la maîtrise culturelle de la doctrine de classe, mais ce n’est même pas le cas de chaque militant pris individuellement, et même les chefs ne constituent à cet égard aucune garantie. Celle-ci ne peut résider que dans l’unité organique du parti. De même, donc, que nous rejetons toute conception faisant dériver la révolution de l’action individuelle ou encore de l’action d’une masse d’individus non reliés entre eux par un tissu organisationnel précis, de même nous refusons celle qui considère le parti comme un regroupement d’individus savants, éclairés Ou conscients : pour nous, le parti est un tissu, un système dont la fonction organique au sein de la classe prolétarienne est d’expliquer les tâches révolutionnaires de celle-ci sous tous leurs aspects et dans toutes leurs phases successives et complexes.

6. Le marxisme a toujours énergiquement repoussé, chaque fois qu’elle est apparue, la théorie syndicaliste, qui donne à la classe ouvrière des organisations uniquement économiques – associations de métier, d’industrie ou d’entreprise – auxquelles elle attribue la capacité de développer la lutte révolutionnaire et de réaliser la transformation de la société.
     Tout en considérant le syndicat comme un organe insuffisant, à lui seul, pour la révolution, le marxisme le considère cependant comme un organe indispensable pour la mobilisation politique et révolutionnaire de la classe, réalisée par la présence et la pénétration du parti communiste dans les organisations économiques de classe. Dans les phases difficiles de la formation des associations économiques, on doit considérer comme se prêtant au travail du parti les organisations dont la composition est purement prolétarienne, auxquelles l’adhésion est volontaire, mais qui n’imposent pas d’opinions politiques, religieuses et sociales données à leurs adhérents. Tel n’est pas le cas des organisations confessionnelles ou à adhésion obligatoire, ou de celles qui sont devenues partie intégrante de l’appareil d’Etat.

7. Le parti n’adopte jamais la méthode consistant à former des associations économiques partielles ne comprenant que les travailleurs qui acceptent les principes et la direction du parti communiste. Le parti affirme au contraire que non seulement la phase pré-insurrectionnelle, mais aussi chaque phase d’augmentation décisive de l’influence du parti dans les masses, ne peuvent se dessiner sans que se développe entre le parti et la classe une couche d’organisations pour la défense des intérêts économiques immédiats, avec une haute participation numérique des travailleurs et au sein desquelles il existe un réseau émanant du parti (noyaux, groupes et fraction communiste syndicale). Dans les périodes défavorables et de passivité de la classe prolétarienne, le parti a pour tâche de prévoir les formes et d’encourager l’apparition des organisations immédiates à objectifs économiques qui, dans l’avenir, pourront même prendre des aspects tout à fait nouveaux, après les formes bien connues telles que ligues de métier, syndicats d’industrie, conseil d’usine, etc. Le parti encourage toujours les formes d’organisation qui facilitent le contact entre les travailleurs de différentes localités et de différents métiers et leur action commune, et repousse les formes d’organisation fermées.

8. Dans la succession des situations historiques, le parti repousse donc à la fois la vision idéaliste et utopiste qui confie l’amélioration de la société à une union d’individus élus et conscients, d’apôtres ou de héros ; la vision libertaire qui la fait dépendre de la révolte d’individus ou de foules inorganisées ; la vision syndicaliste ou économiste qui la confie à l’action d’organisations économiques et apolitiques, préconisant ou non l’usage de la violence ; la vision volontariste et sectaire qui, faisant abstraction des déterminations réelles, ignore que la rébellion de classe surgit d’un enchaînement de réactions et d’actions bien antérieures à une claire conscience théorique et même à une volonté résolue d’action, et préconise la formation d’un petit parti “d’élite” qui s’entoure de syndicats extrémistes qui ne sont que sa doublure, ou bien commet l’erreur de s’isoler du réseau d’associations économico-syndicales du prolétariat. Cette dernière erreur, propre aux “ka-a-pédistes” allemands et aux tribunistes hollandais1, a toujours été combattue au sein de la III Internationale par la gauche italienne.
     Cette dernière se démarqua de la III Internationale sur des questions de stratégie et de tactique de la lutte prolétarienne, qui ne peuvent être traitées que par référence à l’époque et aux différentes phases historiques du mouvement prolétarien.

III. VAGUES HISTORIQUES DE DÉGÉNÉRESCENCE OPPORTUNISTE

1. Il est impossible de préconiser une position d’intransigeance, c’est-à-dire de refus par principe de toute alliance, front unique ou compromis, valable pour toutes les phases historiques successives du mouvement prolétarien, sans tomber dans un idéalisme fondé sur des considérations mystiques, éthiques ou esthétiques étrangères à la conception marxiste. Les questions de stratégie, de manœuvre, de tactique et de praxis de la classe et du parti se posent sur le plan historique et c’est donc exclusivement sur ce plan qu’elles doivent être résolues. Cela signifie qu’il faut les traiter en rapport avec le grand processus mondial de l’avancée prolétarienne entre la révolution bourgeoise et la révolution prolétarienne, et non selon une casuistique de détail préoccupée de chaque particularité de temps et de lieu et laissée au choix arbitraire de groupes ou de comités directeurs.

2. Le prolétariat lui-même est avant tout un produit de l’économie et de l’industrialisation capitalistes. Par conséquent, s’il est vrai que le communisme ne peut naître des inspirations d’individus, de cénacles ou de confréries, mais seulement de la lutte des prolétaires eux-mêmes, il a pour condition la victoire irrévocable du capitalisme sur les formes qui le précèdent historiquement, c’est-à-dire la victoire de la bourgeoisie sur l’aristocratie foncière féodale et sur les autres classes de l’ancien régime, en Europe, en Asie, et dans tous les pays.
     A l’époque du Manifeste du Parti Communiste, l’industrie moderne en était encore à ses débuts et n’était développée que dans un fort petit nombre de pays. Pour accélérer l’explosion de la lutte de classe moderne, il fallait inciter le prolétariat à lutter aux côtés des révolutionnaires bourgeois dans les insurrections anti-féodales et de libération nationale, qui à l’époque ne se déroulaient que sous la forme d’une lutte armée. C’est ainsi que la participation des travailleurs à la grande révolution française et à sa défense contre les coalitions européennes, même pendant la phase napoléonienne, appartient au grand cours historique de la lutte prolétarienne, bien que dès cette époque la dictature bourgeoise ait férocement réprimé les premières luttes sociales communistes.
     Pour les marxistes, après les défaites subies par les bourgeois et les prolétaires, même alliés, au cours des mouvements révolutionnaires de 1848, cette période de stratégie anti-féodale se prolonge jusqu’en 1871 : en Europe, il subsistait en effet des régimes historiques féodaux en Russie, en Autriche et en Allemagne, et la conquête de l’unité nationale en Italie, en Allemagne, ainsi que dans les pays de l’Europe de l’Est, était une condition du développement industriel en Europe.

3. L’année 1871 constitue un tournant historique évident. La lutte contre Napoléon III et sa dictature est déjà clairement dirigée contre une forme capitaliste et non féodale ; elle est à la fois le produit et la preuve d’une concentration antagonique des forces de classe de la société moderne, et bien qu’il voie en Napoléon III un obstacle militaire au développement historique bourgeois et moderne de l’Allemagne, le marxisme révolutionnaire se place immédiatement contre la bourgeoisie française, sur le front de la lutte exclusivement prolétarienne de tous les partis de la Commune, première dictature des travailleurs.
     A partir de cette date, il n’est plus possible, dans le cadre européen, de choisir entre deux groupes historiques en lutte et entre deux armées étatiques car toute “restauration” de formes pré-bourgeoises est devenue socialement impossible dans deux grandes aires : l’Angleterre et l’Amérique du Nord, d’ une part, l’Europe jusqu’ aux confins des empires ottoman et tsariste, de l’autre.

a) Première vague opportuniste: fin du XIX siècle

4. Si l’on fait abstraction du bakouninisme dans la Première Internationale (1867-1871) et du sorélisme dans la Deuxième (1907-1914), que nous considérons comme des mouvements étrangers au marxisme, une première vague de l’opportunisme au sein du mouvement prolétarien marxiste est représentée par le révisionnisme social-démocrate. Sa vision était la suivante : la victoire de la bourgeoisie étant partout assurée, une phase historique sans insurrections et sans guerres s’ouvre ; sur la base de l’extension de l’industrie, de l’augmentation du nombre des travailleurs et du suffrage universel, le socialisme devient possible par évolution graduelle et sans violence. On tente ainsi (Bernstein) de vider le marxisme de son contenu révolutionnaire, en prétendant que celui-ci n’appartiendrait pas en propre à la classe ouvrière, mais serait un reflet de mauvais aloi de la période insurrectionnelle bourgeoise. Dans cette période, la question tactique de l’alliance entre partis bourgeois avancés, ou de gauche, et partis prolétariens, revêt un aspect différent : il ne s’agit plus d’aider le capitalisme à naître, mais d’en faire dériver le socialisme à l’aide de lois et de réformes ; il ne s’agit plus de se battre ensemble dans les villes et dans les campagnes, mais de voter ensemble dans les assemblées parlementaires. Cette proposition de former des alliances et des blocs allant jusqu’à l’acceptation de postes de ministres par des chefs ouvriers, revêt le caractère historique d’un abandon de la voie révolutionnaire : c’est pourquoi les marxistes radicaux condamnent tout bloc électoral.

b) Seconde vague opportuniste: 1914

5. La terrible seconde vague de l’opportunisme s’abat sur le mouvement prolétarien avec l’éclatement de la guerre de 1914. De nombreux chefs parlementaires et syndicaux, de forts groupes de militants, parfois des partis entiers, présentent le conflit entre les Etats comme une lutte susceptible de conduire à une restauration de l’absolutisme féodal et à la destruction des conquêtes civiques de la bourgeoisie, ainsi que du réseau productif de l’économie moderne. En conséquence, ils prêchent la solidarité avec l’Etat national en guerre, et ce, des deux côtés du front, puisque les bourgeoisies avancées d’Angleterre et de France se trouvent alliées à la Russie du tsar.
     La majorité de la Deuxième Internationale tombe dans l’opportunisme de guerre. Peu de partis y échappent, parmi lesquels le parti socialiste italien ; mais seuls des groupes et fractions avancés se placent sur le terrain de Lénine qui, ayant défini la guerre comme un produit du capitalisme et non d’un conflit entre le capitalisme et des formes moins évoluées, en tire la conclusion non seulement que l’union Sacrée et l’alliance nationale doivent être condamnées, mais que le parti prolétarien doit revendiquer à l’intérieur de chaque pays le défaitisme révolutionnaire contre chaque Etat et chaque armée en guerre.

6. La Troisième Internationale naît sur la base d’une double donnée historique : la lutte contre le social-démocratisme et la lutte contre le social-patriotisme. Non seulement toute l’Internationale prolétarienne récuse la méthode des alliances avec d’autres partis pour la gestion du pouvoir parlementaire, mais elle nie que le pouvoir puisse être conquis par des voies légales, même si c’est de façon “intransigeante” et par le seul parti prolétarien, et elle réaffirme sur les ruines de la phase pacifique du capitalisme la nécessité de la violence armée et de la dictature. Non seulement on ne conclut pas d’alliances avec les gouvernements en guerre, même s’il s’agit d’une guerre “défensive”, et on persiste, même pendant la guerre, dans l’opposition de classe, mais on s’efforce, dans tous les pays, d’engager l’action défaitiste à l’arrière du front, pour transformer la guerre impérialiste entre les Etats en guerre civile entre les classes.

7. La réponse révolutionnaire à la première vague de l’opportunisme avait été : aucune alliance électorale, parlementaire ou ministérielle pour obtenir des réformes. La réponse à la seconde était cette autre formule tactique : aucune alliance de guerre (depuis 1871) avec l’Etat et la bourgeoisie.
     L’efficacité tardive de ces réactions empêcha le prolétariat de profiter du tournant et de l’écroulement de 1914-1918 pour engager partout la bataille du défaitisme et de la destruction de l’Etat bourgeois, et la gagner.

8. Il n’y eut qu’une grandiose exception historique : la victoire d’octobre 1917 en Russie. La Russie était le seul grand Etat européen encore régi par le pouvoir féodal et où les formes capitalistes de production n’avaient encore que peu pénétré. En Russie, il existait un parti, pas très nombreux mais possédant une tradition de grande fermeté doctrinale sur les justes positions de la doctrine marxiste ; il s’était opposé, dans l’Internationale, aux deux vagues successives d’opportunisme et s’était en même temps montré capable de poser, dès les luttes grandioses de 1905, les problèmes de l’articulation des deux révolutions, bourgeoise et prolétarienne.
     En février 1917, ce parti lutte avec les autres contre le tsarisme, mais tout de suite après il combat non seulement les partis bourgeois libéraux, mais les partis prolétariens opportunistes, et il réussit à les battre tous. De plus, il joue un rôle central dans la reconstruction de l’Internationale révolutionnaire.

9. La portée de cet événement formidable se condense dans des résultats historiques irrévocables. Dans le dernier pays proche de l’aire de l’Europe occidentale, une lutte permanente a conduit au pouvoir le prolétariat, et lui seul, bien que son développement social ne fût pas entièrement achevé. Après avoir balayé les formes libérales-démocratiques de type occidental récemment instaurées, la dictature prolétarienne affronte l’immense tâche d’accélérer l’évolution économique, ce qui signifie à la fois dépasser les formes féodales, et dépasser les formes capitalistes récentes. La réalisation de cette tâche exige avant tout de résister victorieusement aux attaques des bandes contre-révolutionnaires et des forces capitalistes. D’où la mobilisation de tout le prolétariat mondial, aux côtés du pouvoir soviétique et pour l’assaut direct aux pouvoirs bourgeois occidentaux. D’où également, avec l’extension de la lutte révolutionnaire aux confins des continents peuplés par les races de couleur,la mobilisation de toutes les forces prêtes à se soulever les armes à la main contre les impérialismes des métropoles blanches.

10. Dans l’aire européenne, la stratégie des blocs anti-féodaux avec des mouvements bourgeois de gauche est entièrement close et a laissé la place à la stratégie de la lutte armée du prolétariat pour le pouvoir ; mais dans les pays arriérés, sur le terrain de la lutte armée, les partis prolétariens communistes naissants ne dédaigneront pas de participer, même avec d’autres éléments sociaux, aux insurrections anti-féodales dirigées tant contre les despotismes locaux que contre les colonisateurs blancs. A l’époque de Lénine, l’alternative historique était la suivante : ou bien la lutte mondiale du prolétariat se terminait par la victoire, avec la chute du pouvoir capitaliste au moins dans une grande partie de l’Europe avancée, et alors l’économie russe se transformait à un rythme accéléré, en sautant le stade capitaliste et en se mettant au niveau de l’industrie de l’Occident déjà mûre pour le socialisme ; ou bien les grands centres de l’impérialisme bourgeois se maintenaient, et alors le pouvoir révolutionnaire russe était contraint de se cantonner dans les tâches d’une seule des deux révolutions sociales, la révolution bourgeoise, accomplissant un effort de développement pr0ductif immense, mais de type capitaliste et non socialiste.
     Il était donc indispensable d’accélérer la conquête du pouvoir en Europe, pour éviter que l’Etat soviétique ne soit en peu d’années renversé par la violence, ou ne dégénère en Etat capitaliste. Or, dès qu’il apparut que la société bourgeoise se consolidait après la grave secousse de la première guerre mondiale, et que les partis communistes ne parvenaient pas à vaincre, à l’exception de quelques tentatives vite réprimées, l’évidence même de cette nécessité impérieuse conduisit à se demander par quelle manœuvre on pourrait conjurer l’influence social-démocrate et opportuniste encore subie par de larges couches prolétariennes.
     Deux méthodes s’affrontèrent: la première considérait les partis de la Deuxième Internationale, qui menaient ouvertement une campagne impitoyable tant contre le programme communiste que contre la Russie révolutionnaire, comme des ennemis déclarés, et elle les combattait comme un détachement, et le plus dangereux, du front de classe bourgeois ; la seconde consistait à recourir à des expédients, à des “manœuvres” stratégiques et tactiques, pour détourner vers le parti communiste les masses influencées par les partis sociaux-démocrates.

12. Pour justifier cette seconde méthode, on invoqua à tort les expériences de la politique bolchevique en Russie, déviant ainsi de la juste ligne historique. Là, en effet, les propositions d’alliances faites à d’autres partis, petits-bourgeois et même bourgeois, étaient fondées sur une situation où le pouvoir tsariste mettait tous ces mouvements hors la loi et les contraignait à lutter de façon insurrectionnelle. En Europe, au contraire, on ne pouvait proposer d’actions communes, même dans un but de pure manœuvre, que sur le terrain légalitaire, qu’il fût parlementaire ou syndical. En Russie, l’expérience du parlementarisme libéral avait été extrêmement brève en 1905 et n’avait duré que quelques mois en 1917, de même que celle d’un syndicalisme reconnu par la loi. Dans le reste de l’Europe, un demi-siècle de dégénérescence du mouvement prolétarien avait fait de ces deux domaines un terrain propice à l’assoupissement de toute énergie révolutionnaire et au passage des chefs prolétariens au service de la bourgeoisie. La garantie que constituait la fermeté d’organisation et de principes du parti bolchevique était une chose, celle que devait constituer l’existence du pouvoir de l’Etat prolétarien en Russie en était une tout autre car, du fait même des conditions sociales existantes et du rapport de forces international, ce pouvoir était précisément le plus exposé (comme l’histoire l’a démontré) à sombrer dans la renonciation aux principes et aux directives révolutionnaires.

13. C’est pourquoi la gauche de l’Internationale, à laquelle appartint l’immense majorité du Parti Communiste d’Italie jusqu’au moment où il fut pratiquement détruit par la réaction (favorisée essentiellement par l’erreur de stratégie historique), affirma qu’en Occident il fallait résolument écarter toute alliance et toute proposition d’alliance aux partis socialistes et petit-bourgeois (tactique du front unique politique). Elle admit que les communistes devaient tendre à élargir leur influence sur les masses en participant à toutes les luttes économiques et locales et en appelant les travailleurs de toutes tendances et organisations à leur donner le maximum de développement, mais elle nia résolument qu’on puisse jamais subordonner l’action du parti à celle de comités politiques, fronts, blocs ou alliances entre plusieurs partis, même s’il ne s’agissait que de déclarations publiques ne correspondant pas aux intentions réelles et aux directives internes à l’appareil du parti. Elle repoussa encore plus vigoureusement la prétendue tactique “bolchevique” lorsqu’elle prit la forme du “gouvernement ouvrier” (mot d’ordre qui aboutit d’ailleurs à plusieurs reprises à des expériences pratiques désastreuses), car il s’agissait de formules d’agitation pour la prise du pouvoir par la voie parlementaire, avec la constitution de majorités hybrides formées de communistes et de socialistes de toutes les nuances.
     Si le parti bolchevik avait pu envisager sans danger la participation, au cours de la phase révolutionnaire, à des gouvernements provisoires comprenant différents partis, et si cela lui avait permis de reprendre aussitôt l’autonomie d’action la plus résolue, jusqu’à mettre hors la loi ses alliés d’un moment, c’était uniquement parce que la situation des forces historiques en présence était totalement différente : on était en pleine période de révolution double et, d’autre part, toute prise de pouvoir par la voie parlementaire était destinée à être liquidée par l’Etat en place. Mais il est absurde de prétendre transposer cette stratégie à une situation où l’Etat bourgeois a derrière lui une tradition démocratique remontant à plus d’un demi-siècle, avec des partis qui se placent tous sur le terrain de la légalité constitutionnelle.

14. L’expérience de la méthode tactique appliquée par l’Internationale de 1921 à 1926 fut négative, mais malgré cela on en donna, à chaque congrès, des versions de plus opportunistes (III, IV, V Congrès et Exécutif élargi de 1926). Cette méthode était fondée sur le principe suivant : changer de tactique en fonction de l’examen des situations. Sur la base de prétendues analyses, on découvrait tous les six mois de nouveaux stades du développement du capitalisme, qu’on prétendait combattre chaque fois par de nouvelles manœuvres. Au fond, c’est bien là ce qui caractérise le révisionnisme, qui a toujours été “volontariste” : lorsqu’il constate que les prévisions sur l’avènement du socialisme ne se sont pas encore réalisées, il pense forcer l’histoire par une pratique nouvelle, mais en même temps il cesse de lutter pour le but prolétarien et socialiste de notre programme maximum. En 1900, les réformistes raisonnaient ainsi : la situation exclut désormais toute possibilité d’insurrection ; cela ne mène à rien d’attendre l’impossible, travaillons pour des possibilités concrètes, élections et réformes légales, conquêtes syndicales.
     Lorsque cette méthode échoua, le volontarisme des syndicalistes réagit en rejetant toute la faute sur la méthode politique et sur le parti politique en soi, et préconisa, pour forcer la situation, l’action de minorités audacieuses convergeant dans la grève générale dirigée par les seuls syndicats.
     De même, quand elle vit que le prolétariat occidental ne passait pas à l’attaque pour instaurer sa propre dictature, l’Internationale prétendit recourir à des expédients pour sortir de l’impasse. Le résultat fut que, une fois passé le moment de déséquilibre des forces capitalistes, la situation objective et le rapport des forces ne changèrent pas pour autant, mais le mouvement fut par contre affaibli, puis en plus corrompu – de même que naguère les impatients révisionnistes de droite ou de gauche avaient fini par s’enrôler au service de leurs bourgeoisies dans les unions sacrées de la guerre. La préparation théorique et la restauration des principes furent sabotées lorsqu’on introduisit la confusion entre le programme de conquêête intégrale du pouvoir par le prolétariat, et la formation de gouvernements “proches” grâce à l’appui et à la participation parlementaire et ministérielle des communistes. En Saxe et en Thuringe, l’expérience se termina en farce, puisqu’il suffit d’une poignée de policiers pour renverser le chef communiste du gouvernement.

15. La confusion introduite dans l’organisation interne ne fut pas moindre, et on compromit les résultats du difficile travail de sélection et de délimitation des éléments révolutionnaires par rapport aux opportunistes dans les différents partis et pays. On crut se gagner de nouveaux effectifs, bien manœuvrables a partir du centre, en arrachant en bloc aux partis social-démocrates leurs ailes gauches. Ce qu’il aurait fallu au contraire, c’est qu’après une première période de formation, la nouvelle Internationale fonctionne de façon stable comme parti mondial du prolétariat, et que les nouveaux membres adhèrent individuellement à ses sections nationales. On voulut conquérir des groupes importants de travailleurs, et on négocia en réalité avec les chefs, en désorganisant continuellement les cadres des partis communistes, et en bouleversant la composition de leur direction jusque dans des périodes de lutte active. On reconnut comme communistes des fractions et des cellules à l’intérieur des partis socialistes et opportunistes, et on pratiqua des fusions organisationnelles. Ainsi, au lieu de devenir aptes à la lutte, presque tous les partis furent maintenus dans un état de crise permanente, ils agirent sans continuité et sans frontières bien définies entre amis et ennemis, essuyant des échecs répétés dans les différents pays. La gauche revendique au contraire l’unicité et la continuité organisationnelle. Le remplacement de l’organisation territoriale des partis communistes par un réseau de cellules sur les lieux de travail constitua un autre point de divergence. Cela rétrécissait en effet l’horizon des organisations de base, dont les membres se trouvaient avoir tous le même métier et des intérêts économiques parallèles. La synthèse des diverses “poussées” sociales, qui s’effectue tout naturellement dans le parti en tant qu’organisation tendant vers un but final unitaire, disparut. Elle ne s’exprima plus que dans les mots d’ordre émis par les instances supérieures, dont les représentants étaient pour la plupart devenus des fonctionnaires, et commençaient à présenter toutes les caractéristiques qu’on avait critiquées dans le bureaucratisme politique et syndical de l’ancienne Internationale. Cette critique ne doit pas être prise pour une revendication de “démocratie interne” et pour le regret qu’on ne puisse pas faire de “libres élections” pour désigner les cadres du parti. Il s’agit au contraire d’une divergence profonde portant sur le caractère organique du parti, corps historique vivant dans la réalité de la lutte de classe et déterminé par elle ; il s’agit d’une profonde déviation de principe, qui rendit les partis incapables de prévoir et d’affronter le danger opportuniste.

16. Des déviations analogues se produisirent en Russie où, pour la premiè fois dans l’histoire, se posait le difficile problème de l’organisation et de la discipline au sein d’un parti communiste parvenu au pouvoir total et dont les effectifs avaient naturellement augmenté dans d’énormes proportions. La difficulté d’harmoniser la lutte sociale intérieure pour une nouvelle économie et la lutte politique révolutionnaire à l’extérieur provoquait par elle-même des divergences d’opinion entre les bolchéviks de la vieille garde et les nouveaux adhérents. Or le groupe dirigeant du parti, qui avait entre les mains non seulement l’appareil du parti, mais le contrôle de tout l’appareil d’Etat, ne se contenta pas, pour faire prévaloir ses opinions ou celles des majorités qui se formaient au sein de la direction, d’utiliser des éléments déduits de la doctrine du parti, de sa tradition de lutte, et du caractère unitaire et organique du mouvement révolutionnaire international : il commença à réprimer les oppositions et les protestations de certains militants au moyen de mesures exécutées par l’appareil d’Etat. On affirma que, dans l’intérêt même de la révolution, toute désobéissance à la centrale du parti devait non seulement être réprimée par des mesures organisationnelles internes pouvant aller jusqu’à l’expulsion du parti, mais devait être considérée comme une atteinte à l’ordre de l’Etat révolutionnaire. Le rapport entre les deux organes, le parti et l’Etat, étant ainsi complètement faussé, le groupe qui contrôle l’un et l’autre peut évidemment imposer tous les abandons des principes et de la ligne historique caractérisant le parti depuis la période pré-révolutionnaire, qui appartiennent à tout le mouvement prolétarien révolutionnaire mondial.
     Le parti doit être considéré comme un organisme unitaire dans sa doctrine et dans son action ; l’appartenance au parti impose des obligations impératives aux chefs et aux militants, mais on n’adhère pas au parti (pas plus qu’on ne s’en éloigne) sous la contrainte, et il ne doit y avoir aucun changement à cet égard, qu’on soit avant, pendant, ou après la conquête du pouvoir. Le parti dirige seul et de façon autonome la lutte de la classe exploitée pour abattre l’Etat capitaliste ; c’est également seul et de façon autonome qu’il dirige l’Etat du prolétariat révolutionnaire ; mais l’Etat (précisément en tant qu’organe révolutionnaire historiquement transitoire) ne peut intervenir contre des membres ou des groupes du parti par des mesures légales ou policières sans que ce soit le signe d’une crise grave. Dès le moment où cette pratique prévalut en Russie, il se produisit un afflux au parti d’éléments opportunistes qui n’avaient d’autre but que de se procurer des avantages ou de voir leurs intérêts tolérés par l’appareil d’Etat, et ces adhésions douteuses furent acceptées sans hésitation. Ainsi, au lieu d’un début de dépérissement de l’Etat, on eut un dangereux “gonflement” du parti au pouvoir. A cause de ce renversement mécanique d’influence, les hétérodoxes réussirent à éliminer les marxistes orthodoxes de la conduite du parti et de l’Etat des Soviets, et ceux qui trahissaient les principes révolutionnaires purent paralyser, puis mettre en accusation et condamner ceux qui les défendaient de façon cohérente, y compris ceux qui avaient saisi trop tard l’irrémédiable glissement.
     En fait, le gouvernement, qui subissait le contrecoup des rapports (fussent-ils de lutte et de conflit) qu’il entretenait tant avec les forces sociales ennemies de l’intérieur, qu’avec les gouvernements bourgeois de l’extérieur, résolut les questions et dicta les solutions à la direction du parti russe. Celle-ci, à son tour, eut beau jeu, dans l’organisation et dans les congrès internationaux, de dominer et de manœuvrer à son gré les partis des autres pays et les directives du Komintern, qui devinrent de plus en plus éclectiques et conciliatrices.
     Tout en ne contestant pas au parti russe, qui avait conduit à la victoire la première révolution locale, ses mérites historique révolutionnaires, la Gauche italienne a toujours affirmé que la contribution des autres partis, qui étaient encore en lutte ouverte avec le régime bourgeois, restait indispensable. Pour résoudre les problèmes de l’action révolutionnaire dans le monde et en Russie, la hiérarchie devait donc être la suivante : l’Internationale des partis communistes du monde ; ses différentes sections, parmi lesquelles la section russe ; enfin, pour la politique russe, le gouvernement communiste, exécutant les directives du parti. Autrement, le caractère internationaliste du mouvement et son efficacité révolutionnaire ne pouvaient qu’être compromis.
     Lénine lui-même avait bien souvent admis que si la révolution européenne et mondiale s’étendait à d’autres pays, le parti communiste de Russie passerait non à la seconde, mais au moins à la quatrième place dans la direction générale, politique et sociale, de la révolution communiste. Et c’est seulement à cette condition qu’on aurait pu éviter que se produise une divergence entre les intérêts de l’Etat russe et les buts de la révolution mondiale.

17. Il n’est pas possible de dater exactement le début de la troisième vague opportuniste, de la troisième dégénérescence pathologique du parti prolétarien mondial, succédant à celle qui avait paralysé l’Internationale de Marx et à celle qui avait mené la Seconde Internationale à une fin honteuse. Après les déviations et les erreurs politiques, tactiques et d’organisation traitées aux points 11, 12, 13, 14, 15 et 16, on tomba dans un total opportunisme avec l’attitude prise par Moscou devant les formes bourgeoises totalitaires de gouvernement et de répression du mouvement révolutionnaire. Ces formes apparurent après les grandes attaques prolétariennes qui, en Allemagne, en Italie, en Hongrie, en Bavière et dans les pays Balkaniques, suivirent la première guerre mondiale. Dans une formule d’une exactitude marxiste douteuse, l’Internationale les définit sur le plan économique comme des offensives patronales tendant à abaisser le niveau de vie des classes travailleuses et, sur le plan politique, comme une initiative visant à supprimer les libertés de la démocratie libérale présentée comme un milieu favorable à une avancée prolétarienne, alors que le marxisme la considérait traditionnellement comme la pire atmosphère de corruption du prolétariat. En fait, il s’agissait de la réalisation pleine et entière du grand moment historique prévu par le marxisme et par lui seul, et caractérisé par deux phénomènes : d’une part la concentration économique qui, mettant en évidence le caractère social et mondial de la production capitaliste, poussait celle-ci à unifier son mécanisme propre, et d’autre part les conséquences politiques et de guerre sociale qui dérivaient de l’affrontement final entre les classes attendu par le marxisme, mais dont les caractères correspondaient à une situation où la pression exercée par le prolétariat restait toutefois inférieure au potentiel de défense de l’Etat capitaliste de classe.
     Les chefs de l’Internationale, au contraire, firent une grossière confusion historique avec la période de Kérensky en Russie, confusion qui non seulement constituait une grave erreur d’interprétation théorique, mais qui entraîna un véritable bouleversement de tactique. On établit pour le prolétariat et les partis communistes une stratégie de défense et de conservation des conditions existantes, en leur conseillant de former un front avec tous les groupes bourgeois moins aguerris et perspicaces (et par là-même, de bien piètres alliés), qui soutenaient qu’il fallait garantir aux ouvriers certains avantages immédiats et ne pas priver les classes populaires de leurs droits d’association, de vote, etc. L’Internationale ne comprit pas que le fascisme ou le national-socialisme n’avaient rien à voir avec une tentative de retour à des formes despotiques et féodales de gouvernement, ni avec une victoire de prétendues couches bourgeoises de droite opposées à la classe capitaliste plus avancée de la grande industrie, ou avec une tentative de gouvernement autonome de classes intermédiaires entre le patronat et le prolétariat. Elle ne comprit pas davantage que, se libérant du masque répugnant du parlementarisme, le fascisme héritait par contre en plein du réformisme social pseudo-marxiste, et assurait aux ouvriers et autres classes moins favorisées non seulement un minimum vital, mais une série de progrès sociaux et mesures d’assistance, grâce à un certain nombre de mesures et d’interventions de l’Etat de classe effectuées dans l’intérêt de la conservation du capitalisme. L’Internationale donna donc le mot d’ordre de la lutte pour la liberté, qui dès 1926 fut imposé au parti italien par le président de l’Internationale. Pourtant la presque totalité de ses militants voulaient mener contre le fascisme, au pouvoir depuis quatre ans, une politique autonome de classe, et non celle de bloc avec tous les partis démocratiques et même monarchistes et catholiques pour le retour des garanties constitutionnelles et parlementaires. Dès cette époque, les communistes italiens auraient voulu qu’on dénonçât ouvertement le contenu réel de l’antifascisme de tous les partis moyens-bourgeois, petits-bourgeois et pseudo-prolétariens ; et c’est en vain que, dès cette époque, ils avertirent l’Internationale que la voie qu’elle empruntait (et qui devait aboutir aux Comités de Libération Nationale pendant le deuxième guerre mondiale) était celle de la dégénérescence, et conduirait au naufrage de toutes les énergies révolutionnaires.
     La politique du parti communiste est par nature offensive, et en aucun cas il ne doit lutter pour une conservation illusoire de conditions propres au régime capitaliste. Si, dans la période antérieure à 1871, le prolétariat avait à lutter aux côtés des forces bourgeoises, ce n’était pas pour que celles-ci puissent conserver des positions établies ou éviter la chute de formes historiques acquises, mais pour qu’elles puissent au contraire détruire et dépasser des formes historiques antérieures. Dans la lutte économique quotidienne comme dans la politique générale et mondiale, la classe prolétarienne n’a rien à perdre et donc rien à défendre : l’attaque et la conquête, telles sont ses seules tâches. En conséquence, le parti révolutionnaire doit avant tout reconnaître dans l’apparition de formes concentrées, unitaires et totalitaires du capitalisme, la confirmation de sa doctrine, et donc sa victoire idéologique intégrale. Il ne doit donc se préoccuper que du rapport de forces réel pour la préparation à la guerre civile révolutionnaire, rapport que seules les vagues successives de dégénérescence opportuniste et gradualiste ont jusqu’ici rendu défavorable. Il doit faire tout son possible pour déclencher l’attaque finale et, lorsqu’il ne le peut pas, il doit affronter la défaite, mais jamais il ne doit lancer un “vade retro Satanas” lâche et défaitiste, qui reviendrait à implorer stupidement la tolérance ou le pardon de l’ennemi de classe.

c) Troisième vague opportuniste: à partir de 1926

18. Dans la deuxième des grandes vagues historiques opportunistes, la trahison se présentait sous des formes humanitaires, philanthropiques et pacifistes, atteignant son point culminant dans la répudiation de la méthode insurrectionnelle et de l’action armée (quitte à tomber par la suite dans l’apologie de la violence légale des Etats en guerre). Fait nouveau, dans la troisième vague de dégénérescence, la déviation et la trahison de la ligne révolutionnaire de classe se sont présentées même sous des formes de combat et de guerre civile. La critique de la dégénérescence opportuniste reste la même dans la phase actuelle, qu’il s’agisse de fronts communs, de blocs ou d’alliances formés dans un but de propagande ou dans un but électoral et parlementaire, ou qu’il s’agisse de collusions avec des mouvements étrangers au parti communiste pour faire prévaloir à l’intérieur d’un pays un gouvernement donné sur un autre, au moyen d’une lutte militaire comportant la conquête de territoires et de positions de force. Ainsi, toute la politique d’alliance qui caractérise la guerre civile espagnole (qui eut lieu dans une phase de paix entre les Etats), de même que tout le mouvement partisan et la “Résistance” contre les Allemands ou les fascistes, qui eurent lieu dans une phase de guerre entre les Etats au cours du second conflit mondial, représentent sans aucun doute possible une trahison de la lutte de classe et une forme de collaboration avec les forces capitalistes, en dépit des moyens violents dont ils ont fait usage. Le refus du parti communiste de se soumettre à des comités réunissant des partis hétérogènes et se situant au-dessus des partis, ne doit être que plus résolu quand on passe de l’agitation légale au domaine vital et primordial de la conspiration, de la préparation et de l’encadrement militaire, où il est criminel d’avoir quoi que ce soit de commun avec des mouvements non prolétariens. Il est inutile de rappeler que, dans les cas de défaite, les collusions se sont toujours conclues par la concentration des représailles sur les communistes et, dans les cas de succès apparent, par le désarmement complet de l’aile révolutionnaire et par le passage de son parti dans le camp ennemi, amenant une nouvelle consolidation de la légalité et de l’ordre bourgeois.

19.Toutes ces manifestations d’opportunisme dans la tactique imposée aux partis européens et dans la pratique gouvernementale et policière en Russie, ont été couronnées au cours de la seconde guerre mondiale par la politique de l’ Etat russe à l’égard des autres Etats belligérants, et par les directives données par Moscou aux partis communistes. Non seulement ceux-ci n’ont pas refusé d’adhérer à la guerre, ni tenté de profiter de celle-ci pour entreprendre des action de classe défaitistes visant à abattre l’ Etat bourgeois, mais tout au contraire, dans une première phase, la Russie conclut un accord avec l’ Allemagne : on décida alors que la Section allemande ne tenterait rien contre le pouvoir hitlérien, et on osa dicter aux communistes français une tactique soi-disant “marxiste”, qui consistait à dénoncer comme guerre impérialiste et guerre d’agression la guerre des bourgeoisies française et anglaise, en invitant ces partis à mener des actions illégales contre l’ Etat et l’armée de leur pays ; mais dès que l’état russe entra en conflit avec l’ Allemagne et eut donc intérête à ce que tous les adversaires de celel-ci soient puissants, les partis de France, d’Angleterre, etc., reçurent des directives politiques opposées et l’ordre de passer dans le front de la défense nationale, tout comme les socialistes de 1914 dénoncés par Lénine ; bien plus, on inversa toutes les positions théoriques et historiques, en déclarant que la guerre des occidentaux contre l’ Allemagne n’était n’était pas une guerre impérialiste,mais une croisade pour la liberté et la démocratie, et ce dès le début, dès 1939, c’est-à-dire au moment où toute la presse et la propagande pseudo-communistes avaient été lancées contre les franco-anglais ! Il est donc clair que les forces de l’ Internationale Communiste (qui, à un certain moment, fut liquidée sur le plan formel pour donner des garanties supplémentaires aux puissances impérialistes et les assurer que les partis communistes étaient complètement passés au service de leurs nations et patries respectives) ne furent à aucun moment de cette longue guerre employées pour provoquer la chute d’un pouvoir capitaliste quelconque et els conditions d’une conquête du pouvoir par le prolétariat. Elles servirent uniquement à une collaboration ouverte avec l’un des deux blocs impérialistes, et de plus on expérimenta la collaboration avec chacun des deux au gré du changement des intérêts militaires et nationaux de la Russie. Il ne s’agissait donc plus d’une simple tactique opportuniste, même poussée à l’extrême, mais d’un abandon total des positions historiques du communisme, d’ailleurs prouvé par la rapidité avec laquelle on modifia la définition de la nature de classe des Etats en guerre. Impérialistes et ploutocratiques en 1939-40, la France, l’ Angleterre et l’ Amérique devinrent par la suite des représentants du progrès, de la liberté et de la civilisation, et eurent en commun avec la Russie un programme de réorganisation mondiale. Mais une volte-face aussi spectaculaire, que l’on prétendait accorder avec les théories et les textes marxistes et léninistes, n’était même pas définitive, puisqu’il suffit des premières dissensions, à partir de 1946, et des premiers conflits locaux en Europe et en Asie, pour qu’on accable à nouveau ces mêmes Etats sous les plus terribles accusations d’impérialisme !
     Il ne faut pas s’étonner si, commençant par des contacts avec les sociaux-patriotes répudiés la veille, continuant par les fronts uniques, les expériences de gouvernements “ouvriers” communs qui renonçaient à la dictature, les blocs avec les partis petit-bourgeois et démocratiques, pour finir par un asservissement total à la politique de guerre des puissances capitalistes dont on reconnaît aujourd’hui ouvertement qu’elles sont non seulement impérialistes mais tout aussi “fascistes” que l’ Allemagne et l’ Italie d’autrefois, les épreuves successives auxquelles furent soumis les partis révolutionnaires qui s’étaient réunis à Moscou en 1919-1921 ont fini par détruire complètement, en trente ans, jusqu’au dernier vestige du caractère révolutionnaire de classe de ces partis.

20. La troisième vague historique de l’opportunisme réunit les pires caractéristiques des deux précédentes, tout comme le capitalisme actuel comprend les différentes phases de son développement.
     Une fois la seconde guerre impérialiste terminée, les partis opportunistes, unis à tous les partis expressément bourgeois dans les Comités de Libération Nationale, participent avec eux à des gouvernements constitutionnels. En Italie, ils entrent même dans des cabinets monarchistes, renvoyant la question de la forme institutionnelle de l’ Etat à un moment plus “opportun”. Ils renient donc l’usage de la méthode révolutionnaire  pour la conquête du pouvoir politique par le prolétariat, affirmant au contraire la nécessité de la lutte légale et parlementaire, à laquelle toutes les poussées prolétariennes doivent être sacrifiées, en vue d’une conquête du pouvoir politique par la voie pacifique et la conquête de la majorité. Ils préconisent la participation à des gouvernements de défense nationale, empêchant toute opposition aux gouvernements en guerre, de même que pendant la première année du conflit ils s’étaient bien gardés de saboter les gouvernements fascistes, allant même jusqu’à alimenter leur potentiel militaire par l’envoi des marchandises de première nécessité.
     L’opportunisme suit son cours funeste, sacrifiant même formellement la Troisième Internationale à l’ennemi de classe du prolétariat, l’impérialisme, pour “renforcer encore le front unique des Alliés et des autres nations unies”. Ainsi s’accomplissait la prévision historique de la Gauche italienne, lancée dès les premières années de la vie de l’ Internationale. En envahissant le mouvement ouvrier, l’opportunisme devait inéluctablement conduire à la liquidation de toutes les exigences révolutionnaires.
     La reconstitution de la force de classe du prolétariat mondial apparaît donc fortement retardée et difficile, et elle réclamera un effort plus grand qu’autrefois.

21. L’influence contre-révolutionnaire sur le prolétariat mondial, étendue et aggravée par la participation directe des partis opportunistes au second conflit mondial aux côtés des Etats vainqueurs, conduisit à l’occupation militaire des pays vaincus, pour empêcher le soulèvement des masses exploitées. Cette occupation fut acceptée et justifiée à des fins contre-révolutionnaires par tous les partis soi-disant socialistes et communistes durant les conférences de Yalta et de Téhéran. On empêchait ainsi toute possibilité sérieuse d’attaque révolutionnaire contre le pouvoir bourgeois, aussi bien dans les pays alliés vainqueurs que dans les pays vaincus. Cela démontrait la justesse de la position de la Gauche italienne qui, considérant la seconde guerre mondiale comme impérialiste, et l’occupation des pays vaincus comme contre-révolutionnaire, prévoyait la totale impossibilité d’une reprise révolutionnaire immédiate.

22. En parfaite cohérence avec tout un passé toujours plus ouvertement contre-révolutionnaire, la Russie et les partis affiliés ont modernisé la théorie de la collaboration permanente entre les classes, en postulant la coexistence pacifique entre Etats capitalistes et socialistes. Ils ont remplacé la guerre entre les Etats par l’émulation pacifique entre les Etats, enterrant ainsi une nouvelle fois la doctrine du marxisme révolutionnaire. La seule position conforme au programme des partis communistes, qui ne s’abaissent pas à dissimuler leurs opinions et leurs buts (Manifeste du Parti communiste, 1848), mais qui enseignent et préconisent la destruction violente du pouvoir bourgeois, c’est qu’ un Etat socialiste, s’il ne déclare pas une guerre sainte contre les Etats capitalistes, déclare et entretient la guerre de classe à l’intérieur des pays bourgeois, dont il prépare théoriquement et pratiquement les prolétaires à l’insurrection.
     Donc les Etats et les partis qui admettent l’hypothèse de la “coexistence” et de l’émulation pacifiques entre Etats au lieu d’affirmer l’incompatibilité absolue entre les classes ennemies et de proclamer la nécessité de la lutte armée pour l’émancipation du prolétariat, ne sont pas en réalité des Etats ou des partis révolutionnaires, et leur phraséologie ne fait que dissimuler le contenu capitaliste de leur structure. La persistance de cette idéologie au sein du prolétariat retarde tragiquement toute reprise de classe, et celle-ci ne pourra avoir lieu sans que cet obstacle soit dépassé.

23. L’opportunisme politique de la troisième vague est aussi le plus abject et le plus ignoble des trois, car il pêche dans la plus trouble des eaux : celle du pacifisme. L’alternance entre le pacifisme et l’apologie de la Résistance recouvre de scandaleuses volte-faces dans l’appréciation du capitalisme impérialiste anglo-américain, défini comme impérialiste en 1939, comme démocratique et “libérateur” du prolétariat européen en 1942, et à nouveau comme impérialiste aujourd’ hui.
     En réalité, c’est dès la première guerre impérialiste mondiale.que le capitalisme américain a montré (bien qu’à un degré moindre qu’aujourd’hui) qu’il se trouvait au premier rang des puissances réactionnaires et impérialistes ; Lénine et la Troisième Internationale l’ont souvent mis en lumière durant la période glorieuse de la lutte révolutionnaire.
     En exploitant l’attraction que le pacifisme exerce sur les prolétaires, l’opportunisme jouit auprès d’eux d’une influence diffuse incontestable, bien qu’il soit de toute évidence inséparable du pacifisme social.
     La défense de la paix et celle de la patrie constituent des thèmes de propagande communs à tous les Etats et partis qui coexistent au sein de l’ONU, réédition actuelle de la Société des Nations, cette “caverne de brigands” dont parlait Lénine. Reposant sur la collaboration de classe, elles représentent les principes fondamentaux de l’opportunisme.
     Les opportunistes d’aujourd’hui montrent qu’ils sont complètement en dehors du processus révolutionnaire, et qu’ils n’arrivent même pas à la cheville des utopistes, Saint-Simon, Owen, Fourier et même Proudhon.
     Le marxisme révolutionnaire rejette le pacifisme comme théorie et comme moyen de propagande, et subordonne la paix au renversement violent de l’impérialisme mondial : il n’y aura pas de paix tant que le prolétariat du monde entier ne sera pas libéré de l’exploitation bourgeoise. De plus, il dénonce le pacifisme comme une arme de l’ennemi de classe pour désarmer les prolétaires et les soustraire à l’influence de la Révolution.

24. Tendre la perche aux partis de l’impérialisme pour constituer avec eux des gouvernements d’ “unité nationale” entre les classes est une pratique désormais courante ; l’opportunisme stalinien réalise cette aspiration dans le plus grand des organismes inter-étatiques, l’ONU, préconisant une collaboration de classes toujours plus étendue, à condition que la guerre entre les deux blocs impérialistes rivaux soit évitée, et que les appareils répressifs des Etats se dissimulent sous un masque de vague démocratie et de réformisme.
     Là où le stalinisme domine sans partage, il a réalisé ce postulat en installant des pouvoirs nationaux où toutes les classes sociales sont représentées. Il prétend ainsi harmoniser les intérêts opposés, comme en Chine – où règne le bloc des quatre classes et où le prolétariat, loin d’avoir conquis le pouvoir politique, subit la pression incessante du jeune capitalisme industriel et fait les frais de la “Reconstruction Nationale”, au même titre que les prolétaires de tous les autres pays du monde.
     Le désarmement des forces révolutionnaires offert à la bourgeoisie par les sociaux-patriotes de 1914 et par les ministérialistes à la Millerand, Bissolati, Vandervelde, Mac Donald et Cie, fustigés par Lénine et par l’Internationale Communiste, pâlit devant le collaborationnisme scandaleux et cynique des sociaux-patriotes et des ministérialistes actuels. La Gauche italienne s’est opposée au mot d’ordre de “gouvernement ouvrier et paysan” en montrant qu’ou bien il signifiait la même chose que la dictature du prolétariat – pléonasme qui ne pouvait qu’entretenir une équivoque – ou bien il signifiait autre chose et était donc inacceptable. A plus forte raison rejette-t-elle la théorisation ouverte de la collaboration de classe, même présentée comme une condition tactique transitoire. Elle revendique pour le prolétariat et le parti de classe le monopole inconditionnel de l’Etat et de ses organes, la dictature de classe unitaire et indivisible.

IV. ACTION DU PARTI EN ITALIE ET DANS D’AUTRES PAYS EN 1952

1. Depuis sa naissance, l’histoire du capitalisme présente un développement irrégulier, marqué par le retour périodique de crises alternant (tous les dix ans environ selon Marx) avec des périodes de développement économique intense et continu. Les crises sont inséparables du capitalisme, qui, toutefois, ne cesse de croître, de s’étendre et de s’efler jusqu’au moment où les forces révolutionnaires, arrivées à maturité, lui assèneront le coup final. Parallèlement, l’histoire du mouvement prolétarien dans la période capitaliste présente des phases de forte pression et d’avancée, des phases de repli provoquées par des défaites brutales ou de lentes dégénérescences, et des phases de longue attente avant la reprise. La Commune de Paris fut vaincue violemment et sa défaite ouvrit une période de développement relativement pacifique du capitalisme, pendant laquelle naquirent des théories révisionnistes et opportunistes, dont l’existence même prouvait le repli de la révolution. La Révolution d’ Octobre a été vaincue au travers d’une lente régression qui culmina avec la suppression violente de ceux de ses artisans qui avaient survécu. Depuis 1917 la révolution est la grande absente et aujourd’hui encore la reprise des forces révolutionnaires n’apparaît pas imminente.

2. Malgré ces crises cycliques, le mode de production capitaliste s’étend et s’affirme dans tous les pays d’une manière à peu près continue dans son aspect technique et social. Au contraire, l’histoire tourmentée des forces de classe antagonistes dépend des vicissitudes de la lutte historique générale, du conflit existant déjà en puissance à l’aube de la domination bourgeoise sur les classes féodales et précapitalistes, et du développement politique des deux classes ennemies, bourgeoisie et prolétariat ; ce développement est marqué par des victoires et par des défaites, par des erreurs de méthode tactiques et stratégiques. Les premiers affrontements remontent déjà à 1789 et ils se poursuivent jusqu’à nos jours, à travers les révolutions de 1848, 1871, 1905 et 1917, durant lesquelles la bourgeoisie a affiné de plus en plus ses armes de lutte contre le prolétariat, dans la mesure même où son économie connaissait un développement croissant.
     En contrepartie, face à l’extension et à l’accroissement gigantesques du capitalisme, le prolétariat n’a pas toujours su employer son énergie de classe avec succès, retombant après chaque défaite dans les filets de l’opportunisme et de la trahison, et restant éloigné de la révolution pour une période toujours plus longue.

3. Le cycle des luttes victorieuses, des défaites, même les plus désastreuses, et des vagues opportunistes au cours desquelles le prolétariat est soumis à l’influence de la classe ennemie, constitue un vaste domaine d’expériences positives où mûrit la révolution.
     Après les défaites, la reprise révolutionnaire est longue et difficile ; mais le mouvement, bien qu’il n’apparaisse pas à la surface des événements politiques, ne s’interrompt pas : cristallisé dans une avant-garde réduite, il maintient en vie l’exigence révolutionnaire de classe.
     Périodes de dépression politique : de 1848 à 1867, de la deuxième révolution parisienne à la veille de la guerre franco-prussienne, le mouvement révolutionnaire s’incarne presque exclusivement en Marx et Engels et en un cercle restreint de camarades. De 1872 à 1889, de la défaite de la Commune de Paris au début des guerres coloniales et au retour de la crise capitaliste qui mènera à la guerre russo-japonaise puis à la première guerre mondiale, c’est une nouvelle période de reflux, où l’intelligence de la Révolution est représentée par Marx et Engels. De 1914 à 1918, période de la première guerre mondiale, qui voit la chute de la Deuxième Internationale, c’est Lénine avec d’ autres camarades de quelques pays, peu nombreux, qui assure la continuité du mouvement.
     En 1926 s’est ouverte une nouvelle période défavorable à la révolution, qui a vu la liquidation de la victoire d’Octobre. Seule la Gauche italienne a maintenu intacte la théorie du marxisme révolutionnaire et en elle seule se sont cristallisées les prémisses de la reprise de classe. Durant la seconde guerre mondiale, les conditions du mouvement ont encore empiré, puisque la guerre a entraîné tout le prolétariat au service de l’impérialisme et de l’opportunisme stalinien.
     Aujourd’hui nous sommes au fond de la dépression et on ne peut prévoir de reprise du mouvement révolutionnaire avant de longues années. La longueur de cette période de dépression correspond à la gravité de la vague de dégénérescence, ainsi qu’à la concentration toujours plus grande des forces capitalistes adverses. D’une part l’opportunisme stalinien réunit les pires caractéristiques des deux vagues précédentes, et d’autre part le processus de concentration capitaliste est beaucoup plus poussé aujourd’hui qu’après la première guerre mondiale.

4. Aujourd’hui, bien que nous soyons au cœur de la dépression et que les possibilités d’action s’en trouvent considérablement réduites, le parti, suivant en cela la tradition révolutionnaire, n’entend pas interrompre la continuité historique de la préparation d’une future reprise généralisée du mouvement de classe, qui fera siens tous les résultats des expériences passées. La réduction de l’activité pratique n’entraîne pas le renoncement aux postulats révolutionnaires. Le parti reconnaît que la réduction de son activité est plus marquée quantitativement dans certains secteurs, mais l’ensemble des aspects de cette activité ne change pas pour autant, et le parti n’y renonce pas expressément.

5. L’activité principale, aujourd’hui, est le rétablissement de la théorie du communisme marxiste. Nous en sommes encore à l’arme de la critique. Le parti ne présentera pour cela aucune théorie nouvelle, mais il réaffirmera la pleine validité des thèses fondamentales du marxisme révolutionnaire, amplement confirmées par les faits et plusieurs fois falsifiées et trahies par l’opportunisme pour couvrir les retraites et les défaites.
     La Gauche italienne dénonce et combat aujourd’hui les staliniens, ainsi qu’elle l’a toujours fait pour tous les révisionnistes et opportunistes.
     Le parti fonde son action sur des positions anti-révisionnistes. Dès son entrée sur la scène politique, Lénine combattit le révisionnisme de Bernstein et restaura les principes communistes en démolissant les arguments des deux révisions du marxisme, la révision social-démocrate et la révision social-patriote.
     La Gauche italienne dénonça dès leur apparition les premières déviations tactiques au sein de la Troisième Internationale comme les premiers symptômes d’une troisième révision, qui s’est aujourd’hui pleinement manifestée et qui réunit les erreurs des deux précédentes.
     Le prolétariat est la dernière classe exploitée de l’histoire et aucun régime d’exploitation ne succèdera au capitalisme : c’est précisément pour cela que la doctrine est née avec le prolétariat lui-même, et ne peut être ni modifiée ni réformée. Le développement du capitalisme de ses origines à aujourd’hui a confirmé et confirme les théorèmes du marxisme, tels qu’ils sont énoncés dans les textes fondamentaux ; toutes les prétendues “innovations” ou “enseignements” de ces trente dernières années ne font que confirmer une seule chose : le capitalisme vit encore et il doit être abattu.
     Le point central de la position doctrinale actuelle du mouvement est donc le suivant : aucune révision des principes originels de la révolution prolétarienne.

6. Le parti accomplit aujourd’hui un travail d’enregistrement scientifique des phénomènes sociaux, afin de confirmer les thèses fondamentales du marxisme. il analyse, confronte et commente les faits récents et contemporains. Il répudie l’élaboration doctrinale qui tend à fonder de nouvelles théories ou à démontrer l’insuffisance du marxisme pour expliquer les phénomènes.
     Tout ce travail de démolition de l’opportunisme et du déviationnisme (Lénine, Que faire?) est aujourd’hui à la base de l’activité du parti, qui suit en cela aussi la tradition et les expériences du mouvement communiste pendant les périodes de reflux de la révolution et de prolifération de théories opportunistes, que Marx, Engels, Lénine et la Gauche italienne ne cessèrent de combattre violemment et impitoyablement.

7. Sur la base de cette juste appréciation révolutionnaire de ses tâches actuelles, le parti, bien que peu nombreux et n’ayant que peu de liens avec la masse du prolétariat, et bien que toujours jalousement attaché à sa tâche théorique comme à une tâche de premier plan, refuse absolument d’être considéré comme un cercle de penseurs ou de simples chercheurs en quête de vérités nouvelles, ou qui auraient perdu la vérité d’hier en la considérant comme insuffisante.
     Aucun mouvement ne peut triompher dans l’histoire sans la continuité théorique qui n’est autre chose que l’expérience des luttes passées. En conséquence le parti interdit la liberté personnelle d’élaborer (ou mieux d’élucubrer) de nouveaux schémas et explications du monde social contemporain : il proscrit la liberté individuelle d’analyse, de critique et de perspective pour tous ses membres, même les plus formés intellectuellement, et il défend l’intégralité d’une théorie qui n’est pas le produit d’une foi aveugle, mais la science de classe du prolétariat, édifiée avec des matériaux séculaires, non par la pensée des hommes, mais par la force des faits matériels reflétés dans la conscience historique d’une classe révolutionnaire et cristallisés dans son parti. Les faits matériels n’ont fait que confirmer la doctrine du marxisme révolutionnaire.

8. Malgré le nombre restreint de ses adhérents, déterminé par les conditions nettement contre-révolutionnaires, le parti n’interrompt pas son activité de prosélytisme et de propagande de ses principes, sous toutes ses formes, orales et écrites, même si ses réunions ne rassemblent que peu de monde et si sa presse n’a qu’une diffusion limitée. Le parti considére la presse comme sa principale activité dans la phase actuelle, car elle est un des moyens les plus efficaces autorisés par la situation réelle pour indiquer aux masses la ligne politique à suivre et pour diffuser de façon organique et plus large les principes du mouvement révolutionnaire.

9. Ce sont les événements, et non la volonté ou la décision des hommes, qui déterminent donc aussi la pénétration du parti dans les grandes masses, en la limitant à une petite partie de son activité générale. Le parti ne perd cependant aucune occasion de pénétrer dans chaque brèche, dans chaque fissure, sachant bien qu’il n’y aura de reprise que lorsque ce secteur de son activité se sera largement développé et sera devenu dominant.

10. L’accélération du processus dépend non seulement des causes sociales profondes des crises historiques, mais de l’activité de prosélytisme et de propagande du parti, avec les moyens réduits qui sont à sa disposition. Le parti exclut absolument qu’on puisse stimuler ce processus par des recettes, expédients et manœuvres en direction des groupes, des cadres, des appareils qui usurpent le nom de prolétariens, socialistes et communistes. Ces moyens, qui caractérisèrent la tactique de la Troisième Internationale après que Lénine eut disparu de la scène politique, n’ont eu d’autre résultat que de désagréger le Komintern en tant que théorie organisative et que force agissante du mouvement, chaque “expédient tactique” faisant perdre aux partis un peu de leur substance. Ces méthodes sont revendiquées et revalorisées par le mouvement troskyste de la IV Internationale, qui les considère à tort comme des méthodes communistes.
     Il n’y a pas de recettes toutes faites permettant d’accélérer la reprise de classe. Il n’y a pas de manœuvres et d’expédients qui disposeraient les prolétaires à écouter la voix du parti de classe. Ces moyens en effet ne feraient pas apparaître le parti pour ce qu’il est vraiment, mais dénatureraient sa fonction ce qui ne pourrait avoir qu’un effet désastreux sur la reprise effective du mouvement révolutionnaire, qui se base sur la maturité réelle des faits et sur l’aptitude du parti à y répondre de façon adéquate, aptitude qu’il ne peut acquérir que par son inflexibilité doctrinale et politique. La Gauche italienne a toujours combattu la méthode des expédients tactiques pour rester toujours à flot, en la dénonçant comme une déviation de principe incompatible avec le déterminisme marxiste.
     Dans la ligne des expériences passées, le parti s’abstient donc de lancer et d’accepter des invitations, des lettres ouvertes ou des mots d’ordre d’agitation en vue de constituer des comités, des fronts et des ententes avec d’autres mouvements et organisations politiques, quels qu’ils soient.

11. Le parti ne dissimule pas que, dans une phase de reprise, il ne réussira à se renforcer de façon autonome que s’il naît une forme d’associationnisme économico-syndical des masses.
     Bien qu’il n’ait jamais été libre de l’influence des classes ennemies et qu’il ait servi de véhicule à des déviations et des déformations profondes et continues, bien qu’il ne soit pas un instrument révolutionnaire spécifique, le syndicat ne peut cependant rester indifférent au parti, qui ne renonce jamais volontairement à y travailler, en se démarquant nettement de tous les autres groupements politiques. Tout en reconnaissant qu’aujourd’hui son travail syndical ne peut se faire que de façon sporadique, le parti n’y renonce jamais ; dès lors que le rapport numérique concret entre ses membres, ses sympathisants, et les syndiqués d’une branche donnée sera d’une certaine importance, et à condition que cette organisation n’ait pas exclu jusqu’à la dernière possibilité virtuelle et statutaire d’y mener une activité autonome de classe, le parti entreprendra d’y pénétrer et s’efforcera d’en conquérir la direction.

12. Notre parti n’est pas une filiation de la fraction abstentionniste du Parti socialiste italien, bien que celle-ci ait joué un rôle prépondérant dans le mouvement jusqu’à la fondation du Parti Communiste d’Italie à Livourne en 1921. L’opposition de la Gauche dans le Parti Communiste d’Italie et dans l’Internationale Communiste n’était pas fondée sur l’abstentionnisme, mais sur d’autres questions de fond. Avec le développement de l’Etat capitaliste qui prendra ouvertement la forme de dictature de classe que le marxisme a découverte en lui dès le début, le parlementarisme perd peu à peu de son importance. Même là où elles semblent survivre, les institutions parlementaires élues des bourgeoisies traditionnelles se vident de plus de leur contenu, ne subsistant qu’à l’état de phraséologie ; et dans les moments de crise sociale elles laissent voir au grand jour la forme dictatoriale de l’Etat en tant que dernière instance du capitalisme, contre laquelle doit s’exercer la violence du prolétariat révolutionnaire. Cet état de chose et les rapports de force actuels subsistant, le parti se désintéresse donc des élections démocratiques de toute sorte et ne déploie pas son activité dans ce domaine.

13. Les générations révolutionnaires se succèdent rapidement et le culte des individus est un aspect dangereux de l’opportunisme, car c’est un fait naturel, confirmé par les rares exceptions à la règle, que les vieux dirigeants finissent par être usés, par passer à l’ennemi et tomber dans le conformisme. S’appuyant sur cette donnée de l’expérience révolutionnaire, le parti accorde le maximum d’attention aux jeunes et consacre le maximum d’efforts à recruter de jeunes militants et à les préparer à l’activité politique, en dehors de tout arrivisme et de tout culte de la personnalité. Dans le contexte historique actuel, à haut potentiel contre-révolutionnaire, la formation de jeunes dirigeants capables d’assurer la continuité de la Révolution s’impose. L’apport d’une nouvelle génération révolutionnaire est une condition nécessaire pour la reprise du mouvement.

Note

  1. Il s’agit des membres du Kommunistische Arbeiter Partei Deutschlands (KAPD) en Allemagne et du groupe hollandais inspiré par Gorter et Pannekoek, et rassemblé autour de la revue De Tribune. Ils se détachèrent définitivement de l’ Internationale en 1921. ↩︎

Introducción a "El curso a seguir"

    El texto original Tracciato d’impostazione (El curso a seguir) que hemos traducido aquí, fue publicado en el número de julio de 1946 de « Prometeo », revista que estuvo apareciendo hasta septiembre de 1952.
    Había terminado la guerra mundial y los diversos componentes de la Izquierda Comunista Italiana daban muestras de querer organizarse nuevamente. Estos militantes habían sido expulsados del Partido Comunista de Italia en el curso de los años treinta, cuando este partido, una vez perdida la dirección del mismo por la Izquierda marxista (en 1923 a nivel nacional y en 1924-26 a nivel local y regional) y habiéndose hundido después en el oportunismo de los frentes únicos y de los gobiernos obreros se preparaba para meterse de lleno en la aberración de la lucha antifascista, e integrarse luego, junto con todo el movimiento proletario, en los frentes partisanos, alineándose así en uno de los dos bloques imperialistas en guerra para dar una nueva bocanada de oxígeno a este sistema caduco y decrépito.
    En 1926 – cuando la Internacional Comunista estaba ya irremediablemente degenerada -, la Izquierda alemana, representada principalmente por Karl Korsch, propuso a la Izquierda italiana la idea de encabezar un movimiento de izquierda contra la degeneración de Moscú. La Izquierda italiana consideró que la creación de tal movimiento no era posible sin un trabajo de clarificación que explicase las causas del proceso degenerativo de la Internacional, y para ello, era necesario retomar todos los puntos básicos de nuestra doctrina.
    Este trabajo de clarificación es realizado por la Izquierda italiana a partir del año 1946 con el objeto de cimentar un cuerpo programático que permita la reconstrucción del partido. Este texto sirvió, pues, de introducción al trabajo de reconstrucción teórica que la Izquierda Italiana realizó a partir de ese año. El Curso a seguir es, en efecto, una síntesis de los principios de nuestra doctrina (el materialismo dialéctico), aplicados tanto al análisis de la sucesión histórica de los medios de producción (con sus respectivos ciclos: revolucionario, reformista, y contrarrevolucionario), como a la definición de la estrategia y de la táctica del movimiento revolucionario del proletariado a lo largo del curso del modo de producción burgués.
    Es una llamada a la integridad de la doctrina, y una guía de acción que basándose en ella, está destinada a utilizarse en lo vivo de la lucha de clase y de su momento más culminante: la lucha por la conquista revolucionaria del poder.
    Es nuestro alfa y omega, no un programa contingente, sino una vía histórica e inmutable. Por su naturaleza, este texto es para el partido la base primaria que determina su posicionamiento ante los distintos temas de la vida social. Leyéndolo se puede comprender fácilmente como el oportunismo ha abandonado su colocación en la sucesión dialéctica y ha utilizado obscenamente programas, consignas y posiciones que pertenecen a épocas ya superadas por esta misma sucesión. No podrá haber de nuevo un movimiento revolucionario si no es retomando esta visión, completamente abandonada desde hace más de medio siglo.
    Por todo lo anterior, hemos considerado importante publicar en este primer número de « La Izquierda Comunista », este texto que sirvió en aquellos años para continuar la obra de restauración teórica de la Izquierda italiana, construyendo las bases fundamentales para la reconstitución del partido, a las cuales no hay nada que añadir ni modificar.
    He aquí las ideas básicas que desarrolla el texto:
    El marxismo no es una elección entre opiniones – En qué sentido los marxistas se ligan a una tradición histórica – Fundamentos del método dialéctico marxista – El conflicto entre las fuerzas productivas y las formas sociales – Clase, lucha de clase, partido – Conformismo, reformismo, antiformismo – Interpretación de los caracteres de la fase histórica contemporánea; criterio dialéctico de valoración de las instituciones y de las soluciones sociales pasadas y presentes – La valoración dialéctica de las formas históricas – Ejemplo económico: mercantilismo – Ejemplo social: la familia – Ejemplo político: monarquía y república – Ejemplo ideológico: La religión cristiana – El ciclo capitalista: fase revolucionaria; fase evolucionista y democrática; fase imperialista y fascista – La estrategia proletaria en la fase de la revolución burguesa – Tendencias del movimiento socialista en la fase democrático-pacifista – Táctica proletaria en la fase del capitalismo imperialista y del fascismo. La revolución rusa, errores y desviaciones de la Tercera Internacional, involución del régimen proletario ruso – Planteamiento actual del problema de la estrategia proletaria. Denuncia histórica definitiva de todo refuerzo de las reivindicaciones liberales-democráticas. Solución negativa a las tesis de refuerzo de las fuerzas que conducen al capitalismo a desplegar su modernísina fase, monopolista en economía, totalitaria y fascista en política.
 

Marking out the Foundations

Marxism is not a choice between opinions

This writing, for obvious reasons, doesn’t contain within itself the proof of what it asserts. It sets itself the task of establishing, as clearly as possible, the political tendency of the publication within which it appears. It is a declaration of cardinal principles which aims to prevent confusion and misunderstandings, whether involuntary or intentional.

Before convincing the reader, it is matter of getting him to understand our basic positions first. Persuasion, propaganda and proselytising come later.

According to the method we keep to here, opinions do not become established as a result of the deeds of prophets, apostles and thinkers whose brains have given birth to new truths and earned them hordes of followers.

The process is very different. It is the impersonal work of a social vanguard explaining and clarifying the theoretical positions towards which they are drawn as individuals – well before becoming conscious of them – by the real shared conditions under which they live. The method is therefore anti-scholastic, anti-cultural and anti-enlightenment.

In the present phase of theoretical confusion – a reflection of the existing practical disorganisation – it is not really surprising if potential adherents are alienated, rather than attracted, by the presentation of our distinctive approach, and nor should we complain about it.

How Marxists are connected with a historic tradition

When presenting their programmes, all political movements stake a claim to historical precedents, and in a certain sense to traditions; whether of the recent or distant past, national or international.

The movement of which this magazine is the theoretical organ stakes its claim to clearly defined origins, too. However, as opposed to other movements, it does not set out from a revealed word which is attributed to super-human sources; it does not recognise the authority of unchangeable texts, and nor does it recognise that, in order to understand an issue, one needs resort to moral, philosophical, or legal canons since it rejects the notion that these are somehow innate or immanent in the way man thinks and feels.

It is acceptable to denominate this orientation with the terms Marxism, socialism, communism or the political movement of the working class; the problem is that these terms are abused. In 1917, Lenin thought changing the name of party, going back to the ’Communist’ of the 1848 Manifesto, was a fundamental requirement. Today, the immense abuse of the word ’Communist’, by parties which are way off any revolutionary class line, still creates major confusion. Movements which are open defenders of bourgeois institutions have the nerve to call themselves proletarian parties, and the term ’Marxist’ is used to define the most absurd agglomerations of parties, such as those collected under the banner of Spanish anti-Francoism.

The historic line to which we are here making reference is the following: the Communist Manifesto of 1848 (also more properly named Manifesto of the Communist Party, without the addition of any country name); the fundamental works of Marx and Engels; the classic restoration of revolutionary Marxism against all opportunist revisionisms which accompanied the revolutionary victory in Russia, 1917, and the fundamental works of Lenin; the founding declarations of the Third International made at the First and Second Congresses; the positions held by the Left at successive Congresses from 1922 onwards.

This historic line is connected In Italy with the Left current of the Socialist Party during the 1914-1918 war; with the founding of the Communist Party of Italy at Leghorn (Livorno) in January 1921; its Rome Congress in 1922; the activity of its left-wing which predominated in the party until the 1926 Congress, and since then, outside the Party and the Comintern organising abroad instead.

This line does not coincide with the line of the Trotskyist movement of the Fourth International. Only very belatedly did Trotsky, and even more belatedly Zinoviev, Kamenev, Bukharin and the other Russian groups of the Bolshevik tradition, revolt against the wrong tactics which up to 1924 they had supported; only very belatedly would they recognise that the deviation had reached the stage of corrupting the fundamental political principles of the movement. Today’s Trotskyists are for the restoration of these principles, but they cling on to the destructive tactic of “manoeuvring”, incorrectly defined as Bolshevik and Leninist.

Setting out the dialectical method of Marxism

Any investigation must be based on a consideration of the entire historical process up to the present and on an objective examination of contemporary social phenomena.

It is a method which although stated often, has been corrupted often in the course of its application.

The basis of the investigation must be the material means by which human groupings satisfy their needs, their productive technique, therefore, and in the course of its development the economic relations that arise.

These factors determine the superstructure of the legal, political and military institutions of the different historical periods and the characteristics of the dominant ideologies.

This method is aptly defined by the expressions: historical materialism, dialectical materialism, economic determinism, scientific socialism and critical communism.

The important thing is always to rely on real, factual outcomes: myths and divinities are not required to portray and explain human activity, and neither are principles based on « rights », or natural « morality », such as Justice, Equality, Fraternity and similar empty abstractions. Given the irresistible influence which the dominant ideology exerts, it is most important not to give in to such illusory postulates inadvertently, or without admitting it, especially at those crucial moments when decisive action is required.

The dialectic method is the only method capable of overcoming, on the one hand, the current contradiction between rigorous continuity and theoretical coherence, and on the other the ability to tackle critically any of the old conclusions which have been established in formal terms.

Accepting it isn’t like adopting a faith, or becoming a fanatical adherent of a school or party.

The contradiction between the productive forces and social forms

The productive forces, which consist principally of the men assigned to production and the way in which they are grouped together, as well as the tools and mechanical means they are able to utilise, operate within the framework of forms of production.

By forms we mean the arrangement, the relationships of dependence within which is developed productive and social activity. Such forms include all the established hierarchies (family, military, theocratical, political), the State and all its organisms, the law and the courts which apply the law, and all the rules and dispositions – of an economic and legal character – which are in place to counter any transgression.

A given type of society survives as long as the productive forces maintain themselves within the framework of its forms of production. At a given moment in history, this equilibrium tends to be broken. For various reasons, amongst which advances in technology, population growth and improved communications, the productive forces expand. These forces come into conflict with the traditional forms, try and break down the barriers, and when successful, you have a revolution: the community organises itself into new economic, social and legal relationships. New forms take the place of old.

The Marxist dialectical method discovers and applies its solutions, and sees them confirmed, on the level of large-scale collective phenomena using the scientific and experimental method (the very same method, that is, which the thinkers of the bourgeois epoch applied to the natural world, in the course of an ideological struggle which was a reflection of the revolutionary social struggle of their class against the theocratic and absolutist regimes, but which they could not dare to extend into the social domain). From the results it acquires on this collective plane it deduces solutions to the question of individual conduct, whereas all the rival religious, legal, philosophic and economic schools instead proceed in exactly the opposite direction: building, that is, their standards of collective conduct on the inconsistent basis of this myth of the individual, whether portrayed as an individual immortal spirit, a citizen subject to the rule of law, or conceived of as an immutable unit of economic policy, and so on and so forth. Meanwhile, science has gone beyond its various hypotheses about indivisible, material individuals: rather than defining atoms as incorruptible, monad-type units, they define them instead as rich complexes, as meeting points of the radiant dynamics issuing from the external energy field; thus today one can schematically say that the cosmos is not the function of units, but every unit is the function of the cosmos.

Whoever believes in the individual, and talks of personality, dignity, liberty, and of ones duties as a man and a citizen, is not employing Marxist thinking. People are not set in motion by opinions or beliefs or faiths. It is not any wondrous quality of so-called thought which inspires their will or their actions. What prompts them to act is their needs, which when the same material requirements simultaneously affect entire groups take on the character of interests. They clash with the limitations which the surrounding social structure opposes on the satisfaction of these needs. And they react individually, and collectively, in a way which, on average, is necessarily determined before the play of stimuli and reactions cause sentiments, thoughts and judgements to arise in their brains.

The phenomenon is obviously of extreme complexity and can, in individual cases, contradict the general law, which nevertheless it is still justifiable to consider as established.

Be that as it may, whoever maintains that the motor cause of social and historic events is individual consciousness, moral principles, and the opinions and decisions of the individual or citizen, has no right to be called a Marxist.

Class, class struggle, party

The contradiction between productive forces and social forms is manifested as a struggle between classes defending opposed economic interests. In the final stages, this struggle becomes the armed struggle for the conquest of power.

Class is not seen by Marxism as cold, statistical data, but as an active organic force, and it appears when the mere combination of economic conditions and interests leads on to action and to a common struggle.

In these situations the movement is driven by groupings and organisations of the vanguard, whose modern and developed form is the class political party. The collectivity, whose action culminates in the action of a party, operates in history with an efficiency and a real dynamic which cannot be obtained on the limited scale of individual action.

It is the party which arrives at a theoretical consciousness of the development of events, and a consequent influence on how they turn out, in a way determined by the productive forces and by the relations among them.

In spite of the great difficulty and complexity of the issues, one cannot clarify principles and directives without simplification. With this in mind, we draw attention to three historical types of political movement into which they can all be classified.

Conformist: movements which fight to preserve the existing forms and institutions, prohibiting all change, and appealing to immutable principles; be they presented in religious, philosophic or legal guises.

Reformist: though not calling for a sharp and violent overthrow of traditional institutions, these movements realise that the productive forces are exerting strong pressure. They therefore propose gradual and partial changes of the existing order.

Revolutionary: (here we adopt the provisional term Antiformist); movements which proclaim, and put into practice, the attack on old forms, and which, even before knowing how to theorise about the character of the new regime, tend to crush the old, provoking the irresistible birth of new forms.

Conformism – Reformism – Antiformism.

Any schematisation involves the risk of errors. One could ask whether the Marxist dialectic doesn’t also lead to the construction of an artificial and generalised model of historical events, by reducing all development to a succession of class dominations which start off revolutionary, become reformist, and end up conservative. The evocative conclusion to this sequence of events, achieved by the revolutionary victory of the proletariat and with the advent of the classless society (which Marx referred to as, « the end of human pre-history ») might seem to be a finalistic construct, and therefore metaphysical like those false philosophies of the past. Hegel was denounced by Marx for reducing his dialectic system to an absolute construction, for falling unconsciously into a metaphysic which he had managed to overcome in the destructive part of his critique (philosophical reflection of the bourgeois revolutionary struggle).

As a culmination of the classic philosophy of German idealism, and of bourgeois thought, Hegel put forward the absurd thesis that the history of action, and of thought, must finally crystallise into his perfect system, in the conquest of the Absolute. Such a static conclusion is ruled out by the Marxist dialectic.

Nevertheless, in his classic exposition of scientific socialism, (as contrasted with Utopianism, which believed that social renewal could be accomplished simply by campaigning for the adoption of a projected better society as conceived by a writer or a sect) Engels seems to be allowing that there is a general rule or law of historic movement when he uses expressions like « there is progression forward », « the world progresses”. However, the use of such vigorous slogans for propaganda purposes should not lead one to believe that a recipe has been discovered which encompasses all the infinite possible directions in which human society may develop, that is, a recipe which could just as easily replace the familiar bourgeois abstractions of evolution, civilisation, progress, and the like.

The marvellous advantage of the dialectic method of investigation is that it is revolutionary in its very essence: it is expressed in the implacable destruction of innumerable theoretical systems which time after time conceal the domination of the privileged classes. For this cemetery of broken idols we need not substitute a new myth, a new sentiment, nor a new credo, but just the realistic expression of a series of relationships which exist between factual conditions and their most foreseeable developments.

For example, the correct Marxist formulation is not, « one day the proletariat will take political power, destroy the capitalist system and construct the communist economy »; instead it is: “only by its organisation as a class, and therefore in a political party, and by the armed installation of its dictatorship, will the proletariat be able to destroy the power of the capitalist economy and render possible a non-capitalist, non-commercial economy”.

From the scientific point of view, one cannot exclude capitalism ending in a different way, such as a return to barbarism, a world catastrophe due to weapons of war having for example the character of a pathological degeneration of the human race (those blinded and condemned to a disintegration of their radio-active tissue at Hiroshima and Nagasaki serve as a warning) or other forms of destruction that cannot be foreseen at present.

Interpreting the present historical period

The revolutionary Communist movement of this convulsive period must be characterised not only by its theoretical destruction of every conformism with, and reformism of, the present world, but also by its practical and tactical position: by the fact that it can have no common road with any movement whatsoever, whether conformist or reformist, not even for limited periods in particular sectors.

It must be based, above all, on the historically acquired and irrevocable knowledge that capitalism has exhausted its initial antiformism, that is to say, it no longer has the historic task of destroying pre-capitalist forms and resisting the threat of their possible restoration.

This means that we do not deny that, for as long as the powerful forces of capitalist development, which have accelerated the transformation of the world to an unprecedented degree, were acting on such production relations, the proletarian class could, and should, dialectically, condemn it from a doctrinal viewpoint whilst supporting it in practice.

An essential difference between the metaphysical method and the dialectical method in its application to History lies in this latter point.

Any given type of political and social institution or organisation is not good or bad in itself; it cannot be accepted or rejected on the basis of an examination of its characteristics according to a set of general principles or rules.

Every institution, according to the dialectical interpretation of history, has, in successive situations, had a role and influence which is revolutionary to begin with, then progressive, and finally conservative.

For each problem which arises, it is a matter of putting the productive forces and the social factors in their right context and deducing the meaning of the political conflict which they express.

It is being metaphysical to declare oneself, on principle, as authoritarian or libertarian, royalist or republican, aristocrat or democrat, and to refer in the arguments to canons outside their historic context. Even Plato, in later life, in the first systematic attempt at political science, went beyond the mystical absolutism of principles, and Aristotle followed him in distinguishing three political types – the power of one, of the few, and of the many – the good forms and the bad: monarchy and tyranny – aristocracy and oligarchy – democracy and demagogy.

The modern analysis, mainly dating from Marx, goes much further.

In the present historical phase, nearly every political enunciation and propaganda statement is reliant on the very worst traditional motifs derived from religious, legal, and philosophical superstitions of every kind.

What has to be opposed to this chaos of ideas – the reflection in the minds of men of the chaos of interest relations in a decaying society – is the dialectical analysis of the actual, real forces in play.

In order to introduce this analysis, it is necessary to proceed to an analogous evaluation of the well-known relationships which existed in earlier historical epochs.

Dialectical evaluation of historic forms

Economic example: mercantilism

Starting with economic forms, it makes no sense to declare general support for an economy which is communist or private, liberal or monopolist, individual or collective, or to judge the merits of each system according to the general well-being: doing so one falls into Utopianism, which is the exact reverse of the Marxist dialectic.

We know Engels’ classic description of communism as “the negation of the negation”. The first forms of human production were communist, thence arose private property, a system which was much more complex and efficient. From there, human society returns to Communism.

This modern communism would be unrealisable if primitive communism had not been superseded, conquered and destroyed by the system of private property. The Marxist considers as an advantage, and not as a misfortune, this initial transformation. What we say of communism applies as well to all other economic forms such as slavery, serfdom, manufacturing, industrial and monopolist capitalism, and so on.

The mercantile economy, in which objects satisfying human needs ceased, at the end of the period of barbarism, to be directly acquired and consumed by the occupying force or the primitive producer, and became objects of exchange, initially through barter, and later by means of a common monetary equivalent; this economy represented a great social revolution.

It made possible the assignment of different individuals to different types of productive work (division of labour), enlarging and differentiating enormously the character of social life. One can at the same time recognise that there has been a transition, and assert that, following a series of types of economic organisation all based on the common principle of mercantilism (slavery, feudalism, capitalism) the trend, today, is towards a non-mercantile economy. Furthermore, one can state that the thesis which maintains that production is impossible outside the mechanism of the monetary exchange of merchandise is nowadays a principle which is conformist and reactionary.

The abolition of mercantilism is a viable argument today, and only today, because the development of associated labour and the concentration of productive forces, which capitalism, last of the mercantile economies, has achieved, makes it possible to break down those boundaries within which all use-values circulate as commodities, and within which human work itself is treated as such.

A century before this stage it would have been sheer folly to criticise the mercantile system based on general arguments of a philosophical, legal or moral nature.

Social example: the family

The various types of social aggregations which have succeeded one another have been the means whereby collective life has differentiated itself from primitive, animal individualism: passing through an immense cycle, which has made the relations within which the individual lives and moves increasingly complicated, these forms of society cannot, taken individually, be judged as favourable or unfavourable; they must be considered in relation to historical development, which has given them a changing role within a succession of transformations and revolutions.

Each of these institutions arises as a revolutionary conquest, develops and reforms in long historic cycles, until finally it becomes a reactionary and conformist obstacle.

The institution of the family appears as primal social form when, within the human species, the bond between parents and offspring prolongs itself well beyond the period that is physiologically necessary. The first form of authority is born, which the mother, then the father, exerts over their descendants even when the latter are strong and physically mature individuals. We are witnessing a revolution also at this stage, since there appears the first possibility of a collectively organised life, establishing the basis for those further developments which lead ultimately to the first forms of organised society and the State.

Over the course of vast periods of time social life becomes ever more complex, and the mutual involvement of men, and the authority of one over another, increasingly extends beyond the bounds of kinship and blood. The new, broader, social aggregation contains and disciplines the institution of the family. This occurs in the first cities, States, and aristocratic regimes, and later under the bourgeois regime. All are based on the fetish/institution of inheritance.

There then appears the necessity of an economy which supersedes the play of individual interests. The institution of the family, far too restricted, becomes an obstacle and a reactionary element in society.

Without denying its historic role, the modern communist, after observing that the capitalist system has already deformed and dissolved the alleged “sanctity” of the family institution, fights it openly and acts to supplant it.

Political Example: monarchy and republic

The different forms of the State, such as monarchy and republic, alternate in the course of history in a complex manner, and can represent a revolutionary, progressive, or conservative force, depending on the historic situation. Although we may admit in a general sense that the capitalist regime will probably manage, before its collapse, to liquidate any remaining dynastic regimes, still, even on this question, one must not proceed according to absolute criteria situated outside of time and space.

The first monarchies appeared as the political expression of a division of material tasks: whilst certain elements within the family unit or the primitive tribe took to hunting, fishing, agriculture or the first handicrafts, others were assigned to armed defence, or indeed to the armed plundering of other groups and peoples; and so the first warriors and kings attained the privilege of power at major risk to themselves. Yet there still appeared social forms, of a most developed and complex nature, which would previously have been impossible, and which therefore represented the road toward a revolution in social relationships.

The institution of monarchy would mean that in later phases the establishment and development of vast national State organisations was made possible which could be directed against the federations of principalities and small nobility. It had an innovatory and reformist function. Dante is the great monarchical reformist of early Modern Times.

More recently, the monarchy (and indeed the republic) has served in many countries to cloak the stricter forms of class power of the bourgeoisie.

In the past it has been possible for Republican movements or parties to be revolutionary, reformist, or even markedly conservative.

If we just refer to a few accessible and simplified examples: the Brutus “who expelled Tarquin” was revolutionary; the Gracchi, who sought to give to the aristocratic republic a content conforming to the interests of the plebeians, were reformists; the traditional republicans, such as Cato and Cicero, who struggled against the grandiose historic evolution represented by the expansion of the Roman Empire, along with its legal and social forms, throughout the ancient world, were reactionary and conformist. However the question is completely falsified when one resorts to platitudes about Caesarism, tyranny, or, at the other extreme, sacred principles of republican liberty and other such rhetorical–literary motifs.

Among modern examples, it suffices to point out as being respectively antiformist, reformist and conformist, the three French republics of 1793, 1848, and 1871.

Ideological example: Christian religion

Crises within economic forms are reflected not only in political and social institutions, but also in religious beliefs and philosophical opinions. Every legal, religious and philosophical stance must be considered in relation to historic situations and social crises, since each appears, in its turn, under the revolutionary, the reformist, and the conformist banners.

The movement which bears Christ’s name was once the antiformist and revolutionary movement par excellence.

To declare that in all men there exists a soul of divine origin which is destined to immortality, irrespective of social position or caste, was tantamount to a revolutionary rebellion against the oppression and slavery of the ancient Orient. As long as the law allowed the human person to be considered as a commodity, to be bought and sold like an animal, with all legal prerogatives of free men and citizens thus becoming the monopoly of only one class, the affirmation that all believers were equal was a call to battle against the implacable resistance of the theocratic organisation of the Jews, and the aristocratic and military hierarchies which existed in the ancient world.

Long historical phases follow, and after the abolition of slavery, Christianity becomes official religion and pillar of the State.

It goes through its reformist period in Modern Europe, expressing a struggle against the excessive loyalty of the Church to the most privileged and oppressive layers of society.

Today, there is no ideology more conformist than Christianity, and already at the time of the bourgeois revolution it was the most powerful doctrinal and organisational arm of resistance used by the old regimes.

Today, the Church’s powerful network and its religious influence, entirely reconciled and harmonised with the Capitalist Regime, is employed as a fundamental bulwark against the danger of proletarian revolution.

In regard to social relationships today – which, building on old bourgeois conquests, have long since seen each individual turned into an economic enterprise, each theoretically susceptible of assets and liabilities – the superstition which sees each individual enclosed within the circle of a moral reckoning of his acts, with this reckoning projected into the illusion of a life after death, is nothing but the reflection in the brain of man of the present bourgeois society founded on private economy.

It is impossible to lead a struggle, which aims to break through the framework of an economy based on private enterprise and individual balance sheets, without taking up a position which is openly anti-religious and anti-Christian.

The capitalist cycle

Revolutionary phase

In the major countries, the modern capitalist bourgeoisie has already gone through three characteristic historical stages.

The bourgeoisie comes into view as an openly revolutionary class and leads an armed struggle to break the chains of feudal and clerical absolutism, which tie the productive forces of peasants to the land and the artisans to medieval corporations (guilds).

The requirement of liberation from these chains coincides with the development of the productive forces which, with the resources of modern technology, tends to concentrate the workers into great masses.
In order that these new economic forms may develop freely, the traditional regimes need to be forcibly overthrown.

The bourgeois class not only leads the insurrectionary struggle, but after its initial victory installs an iron dictatorship to prevent any counter-attack on the part of the monarchies, feudal lords, and ecclesiastical hierarchies.

The capitalist class appears in history as an antiformist force using its immense repressed energy to destroy all material and ideological obstacles lying in its path. Old beliefs and old canons are overturned by its thinkers in the most radical manner.

The theories of authority as a divine right are substituted by those of equality and political liberty, of popular sovereignty. The necessity of representative institutions is proclaimed, and thanks to the latter, it is said, power will be the expression of a freely manifested collective will.

The liberal and democratic principle is clearly revolutionary and antiformist in this phase, all the more so since it is achieved not by pacifist or legal methods but by means of violence and revolutionary terror, and is defended against any attempts at reactionary restorations by the dictatorship of the conquering class.

Evolutionary and democratic phase

In the second phase, after the capitalist regime has become established, the bourgeoisie declares itself the representative of the higher development and welfare of the social collectivity as a whole, and goes through a relatively tranquil phase in which there is a development of the productive forces, integration of the entire inhabited world into its system, and intensification of the economic rhythm as a whole. This is the progressive and reformist phase of the capitalist cycle.

In this second bourgeois phase, the mechanism of parliamentary democracy runs parallel to the reformist trend. The dominant class is interested in making its system appear susceptible to representing and reflecting the interests and demands of the working class. Its government claims to satisfy them with economic and legislative measures which nevertheless allow the legal norms of the bourgeois system to be maintained. Parliamentarism and democracy no longer feature as revolutionary slogans but rather take on a reformist content, guaranteeing the development of the capitalist system by warding off the violent clashes and explosions of the class struggle.

Fascist and imperialist phase

The third phase is that of modern imperialism, characterised by the monopolist concentration of the economy, by the formation of capitalist trusts and syndicates, and by large-scale State planning. The bourgeois economy is transformed and loses those characteristics of classic liberalism, in which each business enterprise was autonomous in relation to its economic decisions and relations of exchange. An increasingly strict discipline is imposed on production and distribution. The economic indices of production and distribution no longer the result of the free play of competition but due to the influence of associations of capitalists, then to the concentration brought about by banking and financial organs, and finally directly to the State. Their political State, which in Marxist parlance is the executive committee of the bourgeoisie, guards the latter’s interests as government organ and police protector and asserts itself more and more as the organ of control, and even of administration, of the economy.

This concentration of economic power in the hands of the State is not to be interpreted as a step from private economy to a collective economy. Indeed, it can only be passed off as such by ignoring the fact that the contemporary State merely expresses the interests of a minority, and that all nationalisation realised within the framework of commodity exchange leads to a capitalist concentration which strengthens, rather than weakens, the capitalist character of the economy. The political development of the parties of the bourgeoisie in this contemporary phase (as Lenin clearly proved in his critique of modern imperialism) lends itself to the most narrow forms of oppression, and this has been manifested by the advent of regimes defined as totalitarian and fascist. These regimes constitute the most modern political type of bourgeois society, as they spread throughout the entire world the process by which this happens will become abundantly clear. A concomitant aspect of this political concentration resides in the absolute predominance of a few great States at the expense of the autonomy of the intermediate and smaller States.

Since this phase is accompanied by an absolutely astronomical increase in the pace of industry and finance, previously ignored both in terms of quality and quantity in the pre-bourgeois world, the appearance of this third capitalist phase is not to be confused with the return of pre-capitalist institutions and forms. Capitalism thus effectively repudiates the democratic and representative apparatus and establishes centres of government which are absolutely despotic.

It has already theorised and proclaimed the formation of the one, totalitarian party, and hierarchical centralisation in some countries. In other countries it continues to employ democratic slogans which are henceforth without content. Everywhere it is proceeding inexorably in the same direction.

For a correct evaluation of the contemporary historical process, the correct position is as follows: the period of liberalism and democracy is over, and the democratic demands which were formerly revolutionary, and later on of a progressive and reformist character, are today anachronistic and clearly conformist.

Proletarian strategy during the period of bourgeois revolutions

Corresponding to the cycle of the capitalist world we have the cycle of the proletarian movement.
Right from its inception, the great industrial proletariat starts to construct a critique of the economic, juridical and political formulations of the bourgeoisie. It is discovered, and the discovery is theorised, that the bourgeois class neither liberates nor emancipates humanity, but substitutes its own class domination, and its own system of exploitation, to that of the classes which preceded it.

Nevertheless, the workers of all countries cannot avoid fighting side by side with the bourgeoisie in order to overthrow feudal institutions. It also cannot avoid falling under the influence of reactionary socialism, which, brandishing the spectre of a new, merciless capitalist master, calls upon the workers to ally themselves with the leading monarchical and agrarian classes.

Even in the struggles led by the young capitalist regimes to prevent reactionary restorations, the proletariat cannot refuse support to the bourgeoisie.

The first outline of a class strategy by the nascent proletariat involves the prospect of realizing anti-bourgeois movements under the impetus of the very insurrectional struggle it is fighting alongside the bourgeoisie, arriving immediately at a simultaneous liberation from feudal oppression and capitalist exploitation.

An embryonic manifestation of this is to be found during the great French Revolution with Babeuf’s « Conspiracy of the Equals ». In a theoretical sense the movement is completely immature, but the implacable repression which the victorious bourgeoisie brings down on the very workers who had fought alongside them, and for their interests, remains a significant historic lesson.

On the eve of the bourgeois and national revolutionary wave of 1848, the theory of the class struggle is already completely elaborated: the true relations existing between bourgeois and proletarians, on the European and world scale, have by this time become very clear.

In the Communist Manifesto, Marx projects at the same time an alliance with the bourgeoisie against the parties of monarchical restoration in France and against Prussian conservatism, and an immediate move towards a revolution which aims for a conquest of power on the part of the working class. In this historical phase any attempt at workers’ revolt is still mercilessly repressed, but the doctrine and strategy of the class corresponding to this phase confirms itself as on the historic road of the Marxist method.

The same circumstances and same evaluations are associated with the Paris Commune; that great bid for power, in which the French proletariat, after having overthrown Napoleon III and assured the victory of the Bourgeois Republic, attempted to conquer power again, giving us, even if only for a few months, the first historic example of class government.

What is most significant and suggestive in this episode is the unconditional anti-proletarian alliance of the democratic bourgeoisie with the conservatives, and even with the victorious Prussian Army, in order to crush the first attempt at the dictatorship of the proletariat.

Socialist tendencies during the democratic-pacifist stage

In the second phase, in which reformism within the framework of the bourgeois economy is associated with the widest use of representative and parliamentary systems, the proletariat is confronted with alternatives of epoch-making significance.

On the theoretical side, a question of interpretation arises as regards the revolutionary doctrine, considered, that is, as a critique of bourgeois institutions and the ideologies which defend it: the collapse of capitalist domination and the substitution of a new economic order, will it come about by means of a violent conflict, or can it be achieved with gradual changes and using the legalitarian mechanism of parliament?

On the practical side, the question is no longer whether the party of the working class should join with the bourgeoisie against the forces of pre-capitalist regimes, by now disappeared, but whether it should ally itself with an advanced and progressive section of the bourgeoisie which is better disposed to reform capitalism.

The idyllic, intermediate phase of capitalism (1871-1914) witnesses the growth of the revisionist currents of Marxism. The Marxist approach is distorted and the fundamental texts falsified. A new strategy is established, according to which vast economic and political organisations of the working class penetrate and conquer the political institutions by using legal means, preparing for a gradual transformation of the entire capitalist economic machine.

The polemics which characterise this phase split the proletarian movement into opposing tendencies. Although in general the programme of insurrectionary assault to break the bourgeois power is not posed, the left Marxists vigorously resist the excesses of the collaborationist tactic on the trade-union and Parliamentary plane, and the intent of supporting bourgeois governments and having socialist parties participate in ministerial coalitions.

At this point the acute crisis in the world socialist movement begins. The cause of it is the outbreak of the 1914 war and the passing of the greater part of the trade-union and parliamentary leaders to the politics of national collaboration and war.

Proletarian tactics in the imperialist capitalist and fascist phase

In its third phase – due to capitalism’s need to continue developing the mass of productive forces whilst at the same time keeping them from destroying the equilibrium of its organisation – it is compelled to abandon liberal and democratic methods, leading to concentration not only of the political sphere in the hands of powerful State organs, but of economic life as well which is subjected to strict controls. In this phase the workers’ movement is again confronted with two alternatives.

On the theoretical side, it is necessary to affirm that these narrower, stricter forms of domination by the capitalist class constitute the necessary, most developed, and modern phase that capitalism can achieve, in order to finally arrive at the end of its cycle having exhausted its historical possibilities. They do not, therefore, represent a merely temporary worsening of political and policing methodology, after which a return to an alleged liberal tolerance is to be expected.

On the tactical side, it is wrong to ask the proletariat to fight for a capitalism able to make liberal and democratic concessions since the climate of democratic politics is no longer required to further the growth of capitalist productive energies; an indispensable premise for the socialist economy.

Such a question, in the first, revolutionary, bourgeois phase, was not only posed by history, but found a solution in the joint struggle of the Third and Fourth Estates, and the alliance between the two classes was an indispensable step on the road toward socialism.

In the second phase, the question is legitimately posed of a concomitant action between democratic reformism and the proletarian socialist parties. If History has since agreed with the rejection of this solution, a rejection defended by the revolutionary Marxist left against the revisionist and reformist right wing, the latter cannot be considered conformist before the fatal degeneration of 1914-1918. They might have believed that the wheels of history turned at a slow rhythm, they didn’t attempt (not yet) to turn the wheels back. It is necessary to render this justice to Bebel, Jaures and Turati.

In the present phase of rapacious Imperialism and savage world wars, the possibility of a parallel action between the proletariat and the democratic bourgeoisie is no longer posed in a historical sense. Those who have adopted the opposite view no longer represent an alternative version, or tendency, of the workers’ movement, but have gone over totally to conservative conformism.

The only alternative to be posed, and resolved, today is altogether different. Given that the world capitalist regime is developing in a centralist, totalitarian, and « fascist” direction, should not the working class join forces with this movement since it is the only reformist aspect of the bourgeois order which now remains? Can there be a dawning of Socialism installed within this inexorable advance of State Capitalism, helping it to disperse the last traditional resistance of the free-enterprisers, liberals, and bourgeois conformists of the first period?

Or, should not the proletarian movement, lacking in unity and badly affected by its inability during the two world wars to break with the practice of class-collaboration, reconstruct itself by rejecting such a method, by rejecting the illusion that pacifist forms of bourgeois organisation will reappear and be susceptible of legal penetration, or at any rate vulnerable to pressure from the masses (two forms, these, equally dangerous due to their defeatism to any revolutionary movement)?

The Marxist dialectical method replies in the negative to the question about whether there should be an alliance with the new, modern bourgeois forms, and the reasons are the same as the ones used previously against the alliance with reformism during the democratic and pacifist phase.

Capitalism, dialectical premise of socialism, no longer needs to be assisted during its birth pangs (affirming its revolutionary dictatorship) nor to develop (in its liberal and democratic phase).

In the modern phase it must inevitably concentrate its economic and political forms into monstrous units.

Its transformism and its reformism assure its development at the same time as its conservatism is defended.

The movement of the working class will only avoid succumbing to bourgeois domination if it refuses to offer assistance to capitalism during its latter stages of development, even if these stages are inevitable. If it is to reorganise its forces, the working class must reject these antiquated perspectives. It must free itself from the burden of old traditions and denounce – already a whole historical stage late – any tactical settlement with any form of reformism.

The Russian Revolution; errors and deviations of the Third International; retrogression of the proletarian regime in Russia

At the end of the 1st world war, the most burning issue of contemporary history crosses over into the present period – the crisis of the Tsarist regime; a feudal State structure surviving alongside a rapidly developing capitalism. For some decades, the position of the Marxist Left (Lenin, Bolsheviks) had been settled upon the strategic perspective of fighting for the dictatorship of the proletariat at the same time as the entire forces of anti-absolutism were fighting to overthrow the feudal empire.

The war permitted the realisation of this great goal, and in the brief span of nine months there was concentrated the passage of power from the dynasty, from the aristocracy, and from the clergy, via an interlude of government by the bourgeois democratic parties, to the dictatorship of the proletariat.

Questions about, and the realignment of forces, relative to the class struggle, the war for power and the strategy of proletarian revolution were given an enormous boost by this great event.

In this brief period, the strategy and tactics of the revolutionary party passes through each one of its phases: struggle by the side of the bourgeoisie against the old regime; struggle against the bourgeoisie who on the downfall of the old feudal State immediately tries to set up its own regime; split with, and struggle against, the reformist and gradualist parties within the workers’ movement, arriving finally at an exclusive monopoly of power in the hands of the working class and the Communist Party. The effect of the latter on the workers’ movement took the form of a crushing defeat for the revisionist and collaborationist tendencies, and in every country the proletarian parties were propelled onto the terrain of the armed struggle for power.

But there would be many erroneous interpretations when it came to applying Russian tactics and strategy to other countries, where the installation of Kerensky-type regimes was seen as desirable, to be achieved by applying a politics of coalition in order to deal the death blow at the decisive moment.

Thus it was forgotten that in Russia that succession of events was strictly related to the late formation of a characteristically capitalist political State, whereas such a State had become firmly rooted in the other European countries for decades, or even centuries, and was much stronger insofar as its legal structure was democratic and parliamentary.

It wasn’t seen that the alliances in the insurrectionary battles between the Bolsheviks and non-Bolsheviks, and also on those occasions when an attempted feudal restoration needed to be prevented, represented historically the last possible examples of such a relation of political forces. For example, in Germany, the proletarian revolution would have followed the same tactical line as in the Russian Revolution, if it had emerged, as Marx hoped, from the crisis of 1848. However, in 1918-1919, the revolution could only have been successful if the revolutionary communist party had had sufficient forces to sweep away the coalition of Kaiserists, bourgeoisie, and social-democrats which held power in the Weimar Republic.

When, with fascism, we had the first example of the totalitarian type of bourgeois government appearing in Italy, the International Communist movement adopted a fundamentally wrong approach and showed that it had completely moved away from the correct revolutionary strategy when it consigned the proletariat to struggling for liberty and constitutional guarantees within an anti-fascist coalition.

To confuse Hitler and Mussolini, reformers of the capitalist regime in the most modern sense, with Kornilov, or with the forces of the restoration and the Holy Alliance of 1815, was the greatest and most ruinous error of judgement and it signified the total abandonment of the revolutionary method.

The imperialist phase, economically mature in every modern country, is installed in its fascist political form in a way determined by the contingent relations of forces between State and State, and class and class, in the various countries of the world.

This phase could have been considered as a new opportunity for a revolutionary assault by the proletariat; not, however, in the sense of deploying the forces of the communist vanguard merely to waste them in pursuit of the illusory objective of stopping the bourgeoisie from abandoning its legality, by demanding the restoration of constitutional guarantees and the parliamentary system. On the contrary, the proletariat could, and should, have accepted the historic end of this instrument of bourgeois oppression and accepted the challenge to struggle outside legality; in order to attempt to smash the rest of the apparatus – police, military, bureaucracy, and juridical – attached to the capitalist power and its State.

The current approach to the problem of proletarian strategy

The adoption by the Communist Parties of the strategy of the great anti-fascist bloc – exasperated by the slogans of national collaboration in the anti-German war of 1939, the partisan movements, the committees of national liberation, and most shamefully of all by the collaboration in ministerial coalitions – marks the second disastrous defeat of the world revolutionary movement.

The proletarian revolutionary movement can only be rebuilt, in a theoretical and organisational sense, and in terms of what action it takes, if it rids itself of, and struggles against, politics of this kind; a politics which today unites the socialist and communist parties inspired by Moscow. The new movement must base itself on a political line which completely opposes the slogans spread about by these opportunist movements, whose anti-fascism – as a dialectical approach clearly reveals – places them completely in line – in deeds if not in words – with the fascist evolution of social organisation.

The new revolutionary movement of the proletariat, characteristic of the imperialist and fascist stage, bases itself on the following general positions:

1) Rejection of the view that, after the defeat of Italy, Germany and Japan, a phase has begun in which there is a general return to democracy; assertion of the opposite view, according to which the end of the war is accompanied by a conversion, on the part of the bourgeois governments in the victor countries, to the methods and programmes of fascism, even, and indeed particularly, when reformist and labourite parties participate in government. Refusal to take up the cause of a return to liberal forms – an illusory demand which is not in the interests of the proletariat.

2) Declaration that the present Russian regime has lost its proletarian character, and that this occurred in parallel with the abandonment of revolutionary politics by the Third International. A progressive involution has led the political, economic and social forms in Russia to take on bourgeois characteristics once again. This process should not be seen as a return to praetorian forms of autocratic tyranny, or pre-bourgeois forms, but as the advent, by a different historic road, of the same type of advanced social organisation presented by the State Capitalisms of those countries with a totalitarian regime: regimes in which State planning opens the way to imposing developments and provides an enhanced potential to pursue an imperialist line. Faced with such a situation, we do not call on Russia to return to parliamentary democratic forms, which is in decay in all modern States in any case; instead we work for the reestablishment, in Russia too, of the totalitarian revolutionary communist party.

3) Rejection of all invitations to participate in any kind of national solidarity of classes and parties; a solidarity evoked not long ago in order to over-throw the so-called totalitarian regimes and to fight the Axis States, whilst now it is required in order to reconstruct, by way of legal methods, the war-damaged capitalist world.

4) Rejection of manoeuvre and tactic of the united front, that is, of inviting the so-called socialist and Communist parties, which by now have nothing proletarian about them, to abandon their government coalitions and create a so-called proletarian unity.

5) Determined struggle against all ideological crusades which attempt to mobilise the working classes of the various countries onto patriotic fronts for a new Imperialist War; whether they are called on to fight for ’Red’ Russia against Anglo-Saxon Imperialism or, in a war presented as anti-fascist, to support Western democracy against Stalinist totalitarianism.

La reforma del mercado laboral

Otro ataque contra la clase obrera

    Resultaría prolijo enumerar todas y cada una de las disposiciones antiobreras que, tras la muerte de Franco, y en nombre del Estado social y democrático de Derecho, han tenido como objetivo limar, recortar o sencillamente si la ocasión era propicia, suprimir las conquistas, por mínimas que fuesen, arrancadas al franquismo por el proletariado tras duras y generosas luchas. Evidentemente esto se ha llevado a cabo no por razones de intrínseca maldad común a todos los mortales y en especial a los gobernantes, sino por razones de índole estrictamente económica que subordinan todo el entramado jurídico-político-ideológico que configura la superestructura de la sociedad capitalista.
    La serie legislativa que comienza con los Pactos de la Moncloa tiene como característica principal el que cada uno de sus elementos completa el contenido antiobrero de sus predecesores. Todo esto no es más que el reflejo del contradictorio desarrollo del sistema basado en la oferta y la demanda, juez supremo ante el que se doblegan Estados y gobiernos y que emplea los bajos precios de sus mercancías como artillería pesada con la que se derriban implacablemente todas las murallas de China.
    El gobierno burgués del PSOE se ha mostrado especialmente fecundo a la hora de emprender las acciones necesarias para sanear la economía española. Claro está que tras 40 años de franquismo la presentación de un gobierno de izquierda constituía la mejor garantía para asegurar la paz social, mientras se iba disciplinando a una clase obrera muy mal acostumbrada a conseguir hasta un cierto punto sus demandas laborales con métodos que cuadraban muy mal con los nuevos aires democráticos.
    En esta difícil tarea el PSOE y los gobiernos que le antecedieron no han estado solos, pues han contado con el apoyo insustituible de los nuevos sindicatos del régimen burgués, dignos herederos del verticalismo franquista. El balance antiobrero de todos estos años tras la muerte de Franco, y en especial desde 1982 (fecha en la que llega el PSOE al gobierno), es encomiable. Precisamente ahora que las campanas del relevo empiezan a sonar, romperemos una lanza en favor del PSOE, acosado por la escandalitis, reclamando para él, cuando cumpla su misión y se decida su futuro, una merecida matrícula de honor.
    Pero nuevamente nos encontramos en un período de crisis. Atrás quedaron los buenos tiempos en los que se invitaba a los especuladores y a las sanguijuelas del mundo entero a invertir en España, pues el rápido enriquecimiento estaba casi asegurado. Eran los años del « enriqueceos » solchaguiano, y ya entonces hubo quien desde los creadores de opinión, parangonó por evidente ignorancia o evidente mala fe, este canto del cisne exquisitamente burgués con la famosa proclama del bolchevique Bujarin.
    La crisis de sobreproducción, esa fiel e inseparable compañera de viaje de la economía capitalista ha golpeado duramente a los principales países industrializados, propiciando incluso la desaparición-transformación de grandes formaciones estatales como la extinta URSS.
    Los efectos de la crisis han servido también para desempolvar el viejo tópico Spain is different, pues la tasa de paro en España es la más alta de todos los países industrializados. No descubrimos nada especial si ponemos de manifiesto la división del trabajo operada en el seno de la Comunidad Europea, que le ha asignado a la industria española un papel muy secundario en el concierto productivo europeo.
    Conocemos la facilidad con la que nuestros enemigos nos colocan el sambenito de demagogos tremendistas. Nada mejor para desembarazarnos de él que utilizar sus mismas fuentes con sus mismas cifras. A falta de otros datos más precisos concentraremos nuestra atención en el sector siderúrgico, al que creemos suficientemente representativo. Así, según los informes suministrados por la patronal de la siderurgia Unesid a El País (20-4-1994), durante el año 1993 se perdieron 6.000 empleos en la siderurgia española (el 18% del total), y sin embargo la productividad aumentó un 29%, y la producción de acero un 5,6 por ciento. Es decir, y siempre siguiendo las directrices de la CE, con un 18% menos de la fuerza de trabajo se produjo más, debido a la incorporación dentro del proceso productivo de maquinarias y técnicas más sofisticadas, e incrementando los ritmos y tareas, empeorando de esta forma las condiciones de trabajo de ese porcentaje de privilegiados que aún conservaban su puesto de trabajo.
    Si nos trasladamos desde un sector en particular a la industria en general, vemos que el mismísimo director de Economía de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) se refiere al ajuste de empleo en la industria durante los últimos años como « brutal y durísimo ».
    Pero como matiza a continuación el secretario de Estado de Industria señor Moltó, no hay por qué asustarse ya que: « No nos podemos quedar sólo en la cifra del empleo porque sería equívoco. Lo importante es mantener el peso específico de la industria en el PIB y eso se mantiene e incluso mejora » (El País, 3-5-94).
    Aparte de la manifiesta sensibilidad obrera que le reconocemos, el señor Moltó creemos que peca de excesivo optimismo, ya que según el Consejo Económico y Social, en los últimos diez años la industria ha perdido su peso dentro del PIB (Producto Interior Bruto) pasando del 29,1% al 26% en 1993.
    Este « ajuste brutal », reconocido incluso por la patronal, como hemos tenido oportunidad de comprobar, ha ido acompañado de sugestivos argumentos, presuntamente convincentes, con el objetivo de hacerlo más digerible a sus destinatarios: los obreros excedentes en un primer momento y por extensión al resto de la clase obrera. Los proletarios saben, porque se lo enseña la dura experiencia de todos los días, que esa flexibilidad de la que se habla, en boca del enemigo de clase está lejos de ser un concepto meramente gimnástico, y en realidad sólo supone pagar menos por trabajar más y en peores condiciones.
    Es esto a lo que asistimos hoy con una clase obrera atada de pies y manos, drogada socialmente, desmoralizada, y privada de sus defensas naturales y específicas que son las asociaciones económicas de clase (sindicatos), independientes de la burguesía y del Estado.
    La elevada tasa de paro en España es motivo de seria preocupación, pero no por razones humanistas o filantrópicas, sino por evidentes razones de orden público. Es cierto que esta ingente masa de parados no está ni tan siquiera mínimamente organizada de manera autónoma, pero no es menos cierto que ignora completamente a los sindicatos del régimen capitalista, sustrayéndose a su control. Este peligroso vacío social en ciertas circunstancias puede ocasionar algún susto (recordemos Los Angeles en EEUU), y una forma de conjurar en parte este peligro es una legislación adecuada que coincida con las demandas de « flexibilización » realizadas por la patronal una y otra vez.
    De esta forma en mayo se aprobó la Ley 10/1994 del 19 de este mes (publicada en el B.O.E del 23-5-94) que bajo el angustioso epígrafe « medidas urgentes de fomento de la ocupación » pretende por un lado alcanzar esa flexibilidad requerida por los capitalistas facilitando el despido, la movilidad y la contratación temporal en todas sus modalidades, y por otra aumentar la competitividad y la división entre los trabajadores, obligándoles a venderse cada vez más bajo ante el negrero capitalista de turno.
    Esta nueva demostración de jurisprudencia antiobrera se ha hecho eco de un fenómeno que ya era vox populi, la inutilidad de encontrar un puesto de trabajo a través del INEM ya que: « se elimina la obligación del empresario de contratar a través del Instituto Nacional de Empleo cuando lo que se requiera del mismo no consista en la búsqueda del trabajador adecuado, sino en la simple constatación del previamente elegido por el empresario, tal como ocurrió en más del 90% de los casos durante el último año »(cursivas nuestras). O sea, más del 90% de las contrataciones se hicieron fuera del INEM, con lo cual este organismo, además de ser una policía político-social antiparados, se convierte en un puro apéndice del Instituto Nacional de Estadística. Por eso y coherentemente con la exposición anterior, la Ley 10/1994 reconoce la existencia de « agencias de colocación sin fines lucrativos ». De la sinceridad de esto último ofreceremos alguna prueba: la primera es que más adelante la Ley recoge que sólo se cobrará « por los servicios prestados » (¡curiosa manera de no lucrarse!), y la segunda es la rapidez con la que ávidos capitalistas como CCOO-UGT han decidido formar sus propias agencias de empleo. Esto les supondrá a esas empresas llamadas CCOO-UGT no solo un dinerito contante y sonante con el que sanear sus maltrechas arcas (caso de UGT y sus ESTAFAS « sociales ») sino además se convertirán en una fuente de clientelismo y nepotismo a todos los niveles.
    La nueva Ley constituye el pistoletazo de salida para la generalización de los contratos de aprendizaje, verdadera mina para la patronal, pues el ahorro en salarios no es que sea considerable, es casi total: el primer año el aprendiz cobra el 70% del salario mínimo interprofesional (SMI), el segundo año el 80% del SMI y el tercero el 90 por ciento. A esto sumemos las exenciones a la Seguridad Social (el 75% y el 50% de las cuotas empresariales) que los empresarios obtendrán contratando entre otros a parados que cobran el subsidio de desempleo. Igualmente se introduce el contrato de trabajo en prácticas con el cual las empresas pagarán a sus afortunados empleados el 60% del salario pactado en convenio durante el primer año, y el 75% durante el segundo año, establecido como límite legal para esta modalidad contractual.
    Por si esto no fuese suficiente y con el pretexto de hacer que sean útiles a la sociedad, el INEM enviará parados perceptores del subsidio a centros oficiales y a entidades sin ánimo de lucro (¡el ánimo existe pero la carne es débil…!), bajo la forma de contratos de colaboración social, algo que por otra parte ya se estaba dando, pero que ahora se generalizará. Lo que supone al parado trabajar semigratis, sin generar mientras trabaja un nuevo derecho a subsidio, y para estos organismos tener mano de obra baratísima.
    Por otro lado se han modificado ciertos artículos de ese engendro llamado ET (Estatuto de los Trabajadores) cuya característica no es precisamente la trivialidad de su contenido. El objetivo, por si a alguien no le ha quedado claro después de tantos años, una vez más es el de « fortalecer nuestra economía a través de una mejora de la competitividad de las empresas españolas » mediante una cierta « regulación laboral » para proporcionar « a las empresas instrumentos para una gestión de los recursos humanos que incida favorablemente en la buena marcha de aquellas (Ley 11/1994 de 19 de mayo, publicada en el B.O.E. del 23-5-94).

    Veamos algunas de las modificaciones en materias tales como salario, jornada, movilidad, despido y negociación colectiva.

SALARIO: su estructura se deja en manos de la negociación colectiva (o sea del colectivo compuesto por la empresa y los bonzos sindicales). Gracias a esta misma negociación colectiva los complementos salariales aparte del salario base (como por ejemplo la antigüedad) dejarán de ser consolidables, es decir que cuando se estime oportuno la negociación colectiva podrá reducir su cuantía e incluso suprimirlos. Otra cuestión importante a nivel salarial es la imposición de condiciones de « compensación » y « absorción » cuando los trabajadores de alguna o algunas empresas, saltándose las recomendaciones de la negociación colectiva, obtengan a través de la lucha subidas salariales por encima del marco de referencia normativo (convenio o similar).

JORNADA: La modificación del artículo 34 del ET introduce la « distribución irregular de la jornada a lo largo del año ». La duración máxima de la jornada ordinaria de trabajo sigue siendo tal y como recogía el ET de 40 horas semanales, pero para eso se habla de jornada ordinaria que según se dice más adelante no podrá ser superior a nueve horas diarias. Que nadie piense que éste va a ser el límite de la jornada real de trabajo (¡esto es de por sí el acta de defunción escriturada y firmada de la jornada de 8 horas!) y sobre las horas extraordinarias éstas se pagarán igual que la hora ordinaria suprimiendo ese 75% más del ET. Además acerca de su número y de la obligatoriedad o no para realizarlas todo quedará en manos de… la negociación colectiva.
    Por lo que respecta al trabajo nocturno el complemento que se recibía por tal concepto en el ET, equivalente al 25% del salario base, dependerá ahora de la indefectible negociación colectiva, por lo que no resulta aventurado lanzar toques de difunto por este plus de nocturnidad.
    No se les ha pasado por alto ni tan siquiera el descanso en la jornada diaria con una continuidad mayor a 6 horas (conocido como hora del bocadillo), que será ahora el fruto del acuerdo entre la empresa y los representantes de los trabajadores y no entre la empresa y los trabajadores como establecía el ET.
    ¿Cuando ese acuerdo se plasme qué argumento utilizarán mamarrachos como Sánchez Dragó que acusaba a los obreros de « pensar solo en comer el bocadillo »?

MOVILIDAD: Respecto a la movilidad funcional, que ya estaba vigente de hecho en muchas empresas, dicho sea de paso, se amplía a voluntad de la empresa. La movilidad geográfica, tal y como viene establecida en su nueva redacción es de por sí un chantaje que si de algo peca no es precisamente de ambigüedad: « notificada la decisión de traslado el trabajador tendrá derecho a optar (cursiva nuestra) entre el traslado percibiendo una compensación por gastos (sin especificar su cuantía, que tal vez sea determinada por la negociación colectiva, ndr) o la extinción de su contrato, percibiendo una indemnización de 20 días de salario por año de servicio ». Se suprime, ahora sí por obsoleto e inútil ya, el trámite del control previo de la autoridad laboral, y en caso de que el trabajador muestre su negativa ante el traslado-chantaje el despido se dejará en manos de la jurisdicción laboral. UGT ya ha planteado (¡significativo silencio el de CCOO!) limitar la vía judicial para resolver los conflictos laborales. Bajo el solidario pretexto de liberar a los magistrados de lo social de tanto trabajo como tienen (entre otras cosas gracias a la labor de CCOO-UGT), UGT nos dice que « existe unanimidad casi total (sic) sobre la necesidad de establecer en España un marco que permita una resolución extrajudicial de conflictos en el que la autonomía colectiva (sic) juegue un mayor papel y que conduzca a una responsabilidad de las partes (cursiva nuestra) (El País, 5-6-1994).
    Continuando con la movilidad geográfica, los bonzos gracias al papel jugado en la negociación colectiva verán recompensados en cierta manera sus esfuerzos pues: « Los representantes legales de los trabajadores tendrán prioridad (cursiva nuestra) de permanencia en los puestos de trabajo a que se refiere este artículo », cláusula que no por casualidad también aparece en la modificación del artículo 51 del ET referente al despido colectivo. !Esta sí que es una gran conquista para el movimiento obrero en su conjunto¡ !Queden los compañeros en la calle y con 20 días por año (de momento), pero permanezca la quintaesencia de la negociación colectiva¡

DESPIDO: Se dan facilidades a las empresas para que cada tres meses puedan ser despedidos « diez trabajadores en las empresas que ocupen a menos de cien trabajadores (que serán el 100% de la plantilla allí donde trabajen 10 o menos, ndr).
– El 10 por 100 del número de trabajadores de la empresa en aquellas que ocupen entre cien y trescientos trabajadores.
– Treinta trabajadores en las empresas que ocupen trescientos o más trabajadores ».
    Conociendo las modalidades de contratación y observando las facilidades de despido, queda claro para quien aún no lo hubiese visto en qué consiste esa flexibilidad tan pregonada.

NEGOCIACION COLECTIVA: En esta materia, aparte de cuanto se ha comentado en el apartado referente al salario, se introduce lo siguiente: « los Convenios Colectivos de ámbito superior a la empresa establecerán las condiciones y procedimientos por los que podría no aplicarse el régimen salarial del mismo a las empresas cuya estabilidad económica pudiera verse dañada como consecuencia de tal aplicación » (modificación del artículo 82 del ET).
    De esta forma, tanto la « compensación » como la « absorción » y el « descuelgue » van a ser práctica habitual en materia salarial en cuanto la ocasión así lo requiera. Esto va a traer consigo, junto a la pérdida de poder adquisitivo, un desánimo y una frustración aún mayores entre los trabajadores, extendiéndose ampliamente la opinión de que con la lucha no se obtienen mejoras sustanciales ya que « desde arriba » se marcan unos topes salariales inamovibles.
    También introducen un añadido al artículo 82 del ET que dice lo siguiente: « El Convenio Colectivo que sucede a uno anterior puede disponer sobre los derechos reconocidos en aquél. En dicho supuesto se aplicará íntegramente lo regulado en el nuevo Convenio ». Es decir, preparemos un nuevo toque de difuntos por las « condiciones más beneficiosas » que estaban recogidas en Convenios y Ordenanzas anteriores.
    Son precisamente estas condiciones más beneficiosas (la famosa « rigidez » que tanto indigna a la patronal y al gobierno) recogidas en las Ordenanzas Laborales, la causa de que éstas vayan a ser derogadas y sustituidas por nuevos convenios donde se aplicará lo comentado en el párrafo anterior. Los agentes sociales acusan a estas Ordenanzas de « rígidas », de « obsoletas » y de « franquistas ». Quien esgrime este último argumento demuestra ser un agente de la burguesía en un doble sentido: por un lado, le trae sin cuidado que las Ordenanzas beneficien en algunos aspectos a los trabajadores, y por otro, hace creer que son un regalo del franquismo y no el fruto de duras luchas proletarias.
    Las declaraciones de Cuevas (presidente de la CEOE) en noviembre pasado acusando al gobierno y a CCOO-UGT de « prorrogar la vigencia de las ordenanzas » no deja de ser meramente anecdótico, y ya el señor Méndez, secretario general de la UGT se apresuró a tranquilizarle.
    Farsa o no, lo fundamental es que las Ordenanzas van a ser derogadas y no van a tardar mucho en hacerlo. Será la culminación del « histórico » pacto firmado el 7 de octubre con el objetivo de « modernizar » las relaciones laborales, y el desarrollo de la democracia industrial (sic) en el seno de las empresas ». Que traducido a nuestro crudo lenguaje marxista equivale a decir incremento en la explotación de la fuerza de trabajo adornándola con fraseología burguesa, aumentando y consolidando los privilegios de los bonzos sindicales y aspirantes.
    Todo esto no deja de ser más que la constatación de un fenómeno de alcance histórico e internacional: la integración de los sindicatos dentro del engranaje estatal de la burguesía, convirtiéndose en un pilar fundamental del orden establecido. Pero el partido no extrae de este hecho la negación de la lucha económica por intereses inmediatos y parciales. Los proletarios empujados por las condiciones materiales volverán a la lucha por la defensa de sus condiciones elementales de vida y de trabajo, y de ella resurgirán los organismos adecuados para llevarla a cabo, los sindicatos de clase. Organismos que deberán organizar a los proletarios no sobre una base de conciencia o de clarificación, que solo se encuentra en el partido de clase, sino de necesidades materiales. Tal tarea de defensa se completa y se integra solamente cuando a la cabeza de los organismos sindicales se halla el Partido político de clase. No hay otro camino.
    Volviendo a España, nos podemos hacer una idea de la profundidad del enfrentamiento gobierno-sindicatos y de la dureza de la batalla por recuperar el poder adquisitivo de salarios y pensiones escuchando al ministro Griñán: « Su comportamiento (el de los sindicatos, ndr) en la moderación salarial ha sido ejemplar » (El País, 18-8-1994). Por eso como premio les han aumentado en un 20% las subvenciones que reciben de las instituciones del Estado burgués.
    Esa firmeza en la defensa de los salarios es la que han demostrado estos últimos años de reducción salarial para los empleados públicos, maquillada ahora con una subida según el IPC para este año. Esto no es otra cosa que una pura y simple CONGELACION SALARIAL (la aritmética es tozuda a este respecto y 4 – 4 = 0 en todos los casos). Respecto a las pensiones que subirán para 1995 el IPC, o sea NADA, ya conocemos la posición de los sindicatos por boca del señor Méndez, acerca de que los trabajadores « complementen » su pensión. Lo que todavía no se atreve a sugerir este personaje tras el éxito de PSV como estafa masiva organizada, es que ese « complemento » se haga a través de las aseguradoras de UGT.
    La marcha de la « negociación colectiva » prosigue la tónica triunfal de años anteriores. Algunas grandes empresas ya han firmado sus convenios, como es el caso de SEAT. En este Convenio, según los datos disponibles, las cosas van sobre ruedas para la patronal. Para el trienio 1994-96 se recoge una subida salarial del 2’9% para 1994, el IPC (Indice de Precios al Consumo) para 1995 y el IPC más un punto para 1996. Asimismo se modifican las vacaciones de verano y se introduce el trabajo en días festivos (10 al año como mínimo).
    En IBERIA (líneas aéreas españolas) CCOO-UGT y el sindicato de tripulantes de cabinas, según informaciones no desmentidas aparecidas en la prensa, supeditaron la negociación del plan de viabilidad a su participación en la gestión, en el control del plan de reducción de gastos y en el consejo de administración. Aprovechando la situación y el malestar de los trabajadores ante la pretensión de la empresa de despedir a 2.000 de ellos y rebajar los sueldos un 15 por ciento, han emprendido una operación de cosmética llamando a los trabajadores a unas jornadas de huelga civilizada. El hecho de que negocie cada uno por su lado, CCOO-UGT, los pilotos, y la Coordinadora Sindical de Iberia (que agrupa a los sindicatos minoritarios) es el más claro exponente de que quien menos importa son los trabajadores, y en especial las categorías peor pagadas y con menos capacidad de presión. Acerca de la aprobación del plan de viabilidad no puede haber prácticamente ninguna duda, y poco importa si los despidos se producen en una tanda o en varias, o si la rebaja salarial se queda por debajo de ese 15% lanzado, como un globo sonda, por la dirección de la empresa.
    Ante estos montajes sindicales los trabajadores no deben caer en la apatía o la desmoralización, pues éste es precisamente el fin para el que son diseñados. El ejemplo de la pasada huelga de AIR FRANCE es significativo, pues si la empresa en un primer momento vió frenadas sus pretensiones (similares a las de IBERIA) fue debido al desbordamiento de los sindicatos del régimen, y a la utilización de medidas de fuerza clasistas. Si la derrota finalmente llegó fue precisamente por no haber perseverado en esta línea intransigente, cayendo en la trampa del referéndum. Esta experiencia de AIR FRANCE, de IBERIA, la experiencia de todos los días y en todas las empresas demuestra que es necesario romper con las huelgas domesticadas de los sindicatos (categoría en la cual incluimos la convocada por la Coordinadora de IBERIA por dos horas durante 4 días separados), y luchar no para negociar la rebaja del sueldo, sino para exigir su aumento, reivindicándolo con métodos clasistas junto a la defensa íntegra e intransigente de los puestos de trabajo.
 
 

Con motivo de la reunión de los "7 Grandes" Pt.1

Contra la crisis, el paro, la guerra, el proletariado debe abandonar toda ilusión de convivencia pacífica entre las clases y prepararse para abatir a la burguesia mundial en la revolución comunista

1) Las cifras de la miseria

    El ocho de julio tuvo lugar en Nápoles la cumbre de los 7 Grandes. La agenda de trabajo presentó como primer punto la cuestión de la crisis y el desempleo, al cual se había dedicado la cumbre precedente de marzo en Detroit. La situación de la economía mundial es desoladora. La crisis ha hecho desaparecer económicamente continentes enteros y ha destruido desde sus cimientos a potentes formaciones estatales como la ex-URSS.

    El caso africano es ejemplar: en este continente está en discusión la misma posibilidad futura de la existencia de una población autóctona. La política del FMI y del Banco Mundial para reducir la deuda externa en los años 80 ha tenido en este continente el efecto de disminuir la competitividad de las economías que se querían « sanear »: en 1970 Africa representaba el 1,2% del comercio mundial de las manufacturas industriales pero ha descendido al 0,5% en 1989. El comercio de las materias primas entre 1980 y 1989 ha caído del 5,5% al 3,7%. Entre 1980 y 1992 el PNB por habitante en los países al Sur del Sahara ha caído un 2% anual, una cuarta parte aproximadamente. La política de « resaneamiento » deseada por el FMI ha llevado a una disminución de los salarios reales del 30% en un decenio. El 20% de los 500 millones de personas que viven en el Africa Subsahariana no tiene alimentos ni siquiera para la pura supervivencia. La renta per cápita tiene como media 350 dólares al año y el 50% de la población es analfabeta.

    Cuando finalmente la población africana ha decidido volver a practicar una agricultura que les garantice al menos la subsistencia era ya demasiado tarde. El Capital había arrasado todo, y así las poblaciones han quedado sin su sistema tradicional y sin la posibilidad de competir en el mercado internacional.

    Sobre 682 millones de personas, alrededor del 12,4% de la población mundial, se calcula que 2 millones morirán en los próximos años de SIDA, enfermedad que afecta al 30% de las mujeres embarazadas, cortando desde la raíz el futuro de Africa. Africa está maldita por los dioses, afirman los burgueses letrados, solo que estos dioses se llaman hoy FMI y Banco Mundial.

    Son poco consoladores para el Capital los performances (resultados), de cualquier modo relativos, de los dragones de Asia a quienes se ha unido China. Si los dragones avanzan, por el contrario el superdragón japonés se estanca.

    El hecho grave para el Capital es que después de haber sacudido al mundo, la crisis ha vuelto al lugar del que había partido en 1975: las metrópolis imperialistas. Y esta vez deberá ser descargada sobre el « tercer mundo interno », el proletariado de los países industrializados. Según la OCDE, en los 25 países de la organización existen 35 millones de parados, de los cuales 22 millones pertenecen solo a Europa Occidental, más 15 millones que han renunciado a buscar un puesto de trabajo o trabajan a part time (tiempo parcial).

    El desempleo en EEUU es del 6,5%, en Alemania del 10,1%, en Francia del 12,4%, en Italia del 11,1%, en Gran Bretaña del 10%, en Japón del 2,8%, y en Canadá del 11,2%. La media del desempleo en Europa Occidental es del 11% con una tasa máxima del 20% en España y Finlandia.

    Los datos por separado del paro dan un desempleo de larga duración (más de un año) del 48,4% sobre el total en Holanda, del 46,3% en Alemania, del 38,3% en Francia, del 36,1% en Gran Bretaña, del 71% en Italia, del 5,6% en EEUU y del 10% en Japón. El desempleo de larga duración desde 1983 a 1991 ha aumentado en los países de la CEE, pasando del 48% al 51% mientras que en EEUU ha disminuido pasando en el mismo período del 13% al 5,6%.

    La tasa de paro de los jóvenes con menos de 25 años era en diciembre de 1993 del 38,8% en España, del 32% en Italia, del 23,6% en Francia, del 17,3% en Gran Bretaña y del 5,2% en Alemania. En EEUU se declara una tasa de desempleo juvenil del 11,4%. Este dato es falso por el hecho de que en EEUU es suficiente haber trabajado una hora a la semana justo antes de hacerse públicas las cifras para ser considerado empleado. Si fuese aplicado el mismo criterio en Francia, el paro juvenil descendería del 23,6% al 8%.

    Esto nos permite dudar también de los datos oficiales del desempleo en EEUU. El mismo secretario de trabajo americano Robert Reich ha anunciado que los datos oficiales son « descaradamente inexactos », tanto que el Bureau of Labor Statistics da para el mes de octubre del 93 una estimación del número de parados (16,6 millones) de casi el doble con respecto al dato oficial (8,8 millones).

    El trabajo a tiempo parcial en los últimos 10 años ha aumentado constantemente. En 1993 constituye sobre el total de los contratos de trabajo, el 10,2% en Bélgica, el 12% en Francia, el 13,2% en Alemania, el 5,7% en Italia, el 33,2% en Holanda, el 21,8% en Gran Bretaña y el 17,3% en EEUU.

    Los datos sobre el trabajo temporal o de trabajadores alquilados de unas empresas a otras sobre el total de la población activa son todavía muy bajos: Holanda 2,7%, Francia 1,7%, EEUU 1-2%, Alemania 0,4%, Japón 0,2%, pero está en expansión. En 1993, ha habido en Francia 1,5 millones de contratos de entre 1 día y 18 meses, con una media de 2 semanas de duración, la cual equivale al empleo fijo de 250 mil trabajadores. Pero el verdadero boom se ha producido en EEUU. En los últimos 3 años de los 3,4 millones de puestos de trabajo creados, el 23% son debidos a los empleados por las agencias de trabajo temporal, aunque estos representan solo el 2% de los ocupados en el sector no agrícola. El aumento del trabajo en alquiler desde el 91 al 94 ha sido del 20% mientras el número de ocupados ha crecido el 0,5%.

    En 1993, el 59% de los nuevos empleos ha sido en alquiler y el 28% eran empleados en trabajos a tiempo parcial y con baja protección social.

    En conjunto el 87% de los trabajos generados en EEUU durante 1993 eran trabajos mal pagados. Los trabajadores mal pagados americanos han alcanzado la notable cifra de 24,4 millones, equivalente al 22% de la fuerza de trabajo.

    Este es el nivel más alto alcanzado en la historia del trabajo en EEUU. Mientras los trabajos bien pagados en la manufactura han caído el 15%, pasando entre 1979 y 1994 de 21 a 17,8 millones, la población activa ha aumentado a 25 millones. Buena parte de ésta ha terminado en el trabajo mal pagado.

    Los salarios de estos trabajadores poco cualificados son de 6 dólares por hora de media, con un máximo de 4,25 dólares, que equivalen al salario mínimo estancado desde hace años, habiendo sufrido una caída del 10% en los últimos 10 años y del 30%, en los últimos 20. En Inglaterra, los salarios de estos trabajadores han caído el 14%.

    El número de asalariados americanos que perciben una renta inferior a 13.091 dólares anuales (el umbral de la pobreza para una familia de 4 personas en EEUU es de 14.500 dólares anuales), de 1979 a 1992 ha pasado del 12% al 16%. El número total de asalariados que viven por debajo del umbral de la pobreza ha aumentado en el mismo período un 50%. Un tercio de los adultos de edad comprendida entre los 22 y los 48 años ha visto descender su renta en los últimos 10 años.

    En EEUU, 20 millones de asalariados y 39 millones de personas no tienen ninguna forma de asistencia médica, mientras las tasas de mortalidad infantil y general son del 8,7%, las más elevadas del mundo occidental. Cuarenta millones de americanos, aproximadamente uno de cada seis, sobrevive con los subsidios del gobierno o gracias a la caridad. La gran mayoría de estos no son ni homeless (sin hogar), ni inmigrantes, sino gente que trabaja o ha perdido recientemente el trabajo. Y cerca de un tercio tienen un puesto de trabajo pero no consiguen llegar a fin de mes, y para comer se deben dirigir a los comedores públicos.

2) Dos modelos de pobreza

    Los datos expuestos más arriba evidencian por una parte el dramatismo de la crisis capitalista y sus tremendas repercusiones sobre la clase obrera, y por la otra, los primeros pasos de acercamiento que hasta ahora han dado los EEUU y Europa para afrontar el problema del desempleo. La prensa especializada ha hablado de modelo capitalista social « renano » en contraposición al capitalismo liberal americano.

    América ha preferido mantener congelado el salario mínimo para alentar a las empresas a contratar a personas mayores, a jóvenes que buscan su primer empleo, a trabajadores no cualificados y a las jóvenes madres solas con hijos (un fenómeno que ha alcanzado dimensiones muy grandes en EEUU y que el gobierno intenta controlar cortando drásticamente los subsidios). Además ha dejado actuar libremente al mercado el cual ha previsto crear puestos de trabajo (46 millones en los últimos 25 años contra los 9,8 de Europa Occidental y los 14 millones de Japón) pero ha disminuido fuertemente las retribuciones de buena parte de los asalariados. Si esto ha permitido una recuperación de la productividad americana frente a Europa y a Japón (tomando como 100 el PNB para trabajadores de jornada completa en EEUU, en 1990 tenemos 94 en Francia, 88 en Italia, 87 en Alemania, 76 en Japón, y 74 en Gran Bretaña) ha contribuido, sin embargo, a la formación de la llamada in-work poverty y de una subclase de asalariados, los working poor, los pobres que trabajan, que hoy alcanzan aproximadamente el 25% de la fuerza de trabajo empleada americana, y que perciben un salario que es inferior al subsidio de desempleo de un obrero francés o alemán, no tienen seguro médico y no reciben subsidios para el pago del alquiler, a diferencia del parado alemán o francés.

    Son trabajadores extremadamente móviles, sometidos a una flexibilidad inconcebible para un obrero europeo e incapaces, con su salario, de mantenerse a sí mismos y a su familia por un mes entero, y morirían de hambre si no existiesen los comedores públicos.

    Encontramos en esta subclase a los grupos humanos arriba descritos. La tasa de natalidad de este sector de la clase obrera es superior a la media nacional e incluso a la de la misma clase obrera, a pesar de todos los intentos de las diversas administraciones americanas de ponerla bajo control.

    Marx sitúa esta fracción de la clase obrera, en parte en la superpoblación relativa de reserva, en parte en la esfera del pauperismo. Merece la pena retomar la cita de Marx relativa a este estrato obrero para comprender la invariabilidad sustancial del capitalismo: «La tercera categoría de la superpoblación relativa, la intermitente, forma parte del ejército obrero en activo, pero con una base de trabajo muy irregular. Esta categoría brinda así al capital un receptáculo inagotable de fuerza de trabajo disponible. Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio de la clase obrera, y esto es precisamente lo que la convierte en instrumento dócil de explotación del capital. (…) Su contingente se recluta constantemente en los obreros que dejan disponibles la gran industria y la agricultura, y sobre todo las ramas industriales en decadencia, aquellas en que la industria artesana sucumbe ante la industria manufacturera y ésta se ve desplazada por la industria mecanizada. Su volumen aumenta a medida que la extensión y la intensidad de la acumulación dejan « sobrantes » a mayor número de obreros. Pero, esta categoría constituye al mismo tiempo un elemento de la clase obrera, que reproduce a sí mismo y se eterniza, entrando en una proporción relativamente mayor que los demás elementos en el crecimiento total de aquélla. De hecho, no sólo la masa de los nacimientos y defunciones, sino también la magnitud numérica de las familias se halla en razón inversa a la cuantía del salario, es decir, de la masa de medios de vida de que disponen las diversas categorías de obreros. Esta ley de la sociedad capitalista (…) recuerda la reproducción en masa de especies animales individualmente débiles y perseguidas. Los últimos despojos de la superpoblación relativa son, finalmente, los que se refugian en la órbita del pauperismo. Dejando a un lado (…) al proletariado harapiento (« lumpemproletariado ») en sentido estricto, esta capa social se halla formada por tres categorías. Primera: personas capacitadas para el trabajo (…) la masa de estas personas aumenta con todas las crisis y disminuye en cuanto los negocios se reaniman. Segunda: huérfanos e hijos de pobres (hoy son numerosísimos los hijos de madres solas, ndr.) Estos seres son los candidatos al ejército industrial de reserva, y en las épocas de gran actividad como en 1860, por ejemplo, son enrrolados rápidamente y en masa en los cuadros del ejército obrero activo (…) Tercero: degradados, despojos, incapaces para el trabajo. Se trata de seres condenados a perecer por la inmovilidad a que les condena la división del trabajo, de los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase y, finalmente, de las víctimas de la industria, cuyo número crece con las máquinas peligrosas, las minas, las fábricas químicas, etc., de los mutilados, los enfermos, las viudas, etc. El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en la necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais (gastos imprevistos) de la producción capitalista, aunque el capital se las arregle, en gran parte, para sacudirlos de sus hombros y echarlos sobre las espaldas de la clase obrera y de la pequeña clase media» (El Capital, tomo I, pp. 587-588, Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1980).

    El modelo renano ha tendido en cambio a mantener una red de seguridad en torno a la clase obrera y está vigente en Europa y, de forma diferente, también en Italia. En Alemania un parado con hijos recibe el 67% del último salario (60% si no tiene hijos). Después de un año la cuota desciende al 57% y al 52% respectivamente, por tiempo indefinido. En Francia, Holanda y en parte de Gran Bretaña tenemos una situación similar. En Italia la red no es robusta y generalizada como la alemana, sino concentrada en salvaguardar a la clase obrera de las grandes concentraciones industriales mediante la cassa integrazione (organismo similar al Fondo de Garantía Salarial en España), la amplia movilidad y las jubilaciones anticipadas (alguien acogido a la cassa integrazione percibe más de cuanto gana un working poor americano).

    La distinta forma de proceder de América y Europa con el problema del empleo ha hecho que la enfermedad común a ambos sistemas capitalistas se manifestase con síntomas diferentes: cuantitativamente en el viejo mundo y cualitativamente en el nuevo.

    En Europa la tendencia del desempleo es creciente desde mediados de los años 70, y no por casualidad, mientras en América disminuye pero aumentan los working-poor. En efecto, mientras América ha creado desde 1980 a 1990 más puestos de trabajo de lo que ha crecido la población activa, en Europa ha sido al contrario, mientras que Japón ha cerrado sustancialmente a la par. Los datos en millones de unidades son 18,6 millones de nuevos puestos de trabajo contra 13,8 millones de trabajadores adicionales para EEUU, 0,6 contra 3,1 para Francia, 1,5 contra 3,1 para Alemania, 0,6 contra 2,6 para Italia, 1 contra 2,6 para España, y 7,6 contra 7,4 para Japón. América que se lamentaba hace 20 años de una tasa de desempleo del 5,5% contra el 3% de Francia y el 1% de Alemania, hoy puede presumir de una condición de pleno empleo (para la economía americana la tasa de paro « fisiológica », correspondiente según los canones de la economía keynesiana al pleno empleo, es el 6,2%). Triste consolación (el desempleo americano está más oculto debido entre otras cosas a los diversos métodos de representación estadística) ya que va acompañada de un 25% de working-poor.

    Por otra parte ¡quién va hacer aceptar a un parado alemán un puesto de trabajo por un salario igual o ligeramente superior al subsidio de paro!

    El alto desempleo europeo, en su mayoría de larga duración, y la in-work poverty americana son síntomas de una enfermedad que corroe el corazón del capitalismo, y es el resultado de dos formas de proceder diferentes ante el problema de la crisis. América ha dejado actuar libremente al mercado y se encuentra ahora una cuota relevante de fuerza de trabajo en condiciones tales como para llegar a ser una bomba de relojería para su estabilidad social, como ha mostrado la revuelta de Los Angeles.

    Europa, por el contrario, ha defendido con la fijación por ley de un salario mínimo o mediante los convenios colectivos, los niveles salariales para evitar la in-work poverty, que sin embargo, se ha manifestado en los parados que han perdido toda esperanza de entrar en el mundo del trabajo. La in-work poverty es menos visible en Europa gracias a dos factores: 1) La red de protección social tendida por los Estados, que por este motivo se encuentran ahora al límite del colapso financiero; 2) al menos en algunos países como en Italia y en España gracias a la capacidad del concentrado de ignominias que es la familia, que también en esto revela su naturaleza contrarrevolucionaria ya que tiende a anular el potencial revolucionario de los jóvenes proletarios parados, transformándolos en parásitos de por vida.

    Socialmente ambos modelos, el renano y el americano, han quebrado como ya sabía anticipadamente nuestra escuela.

    Se asiste, en consecuencia, a un acercamiento al eje de gravedad de los dos sistemas. Los americanos asustados por la formación estable de una in-work poverty extremadamente peligrosa en el terreno social meditan introducir medidas de tipo « europeo » (Sole 24 Ore, 7 de junio), los europeos, preocupados por la recuperación americana en términos de productividad y del crecimiento del paro se sienten tentados a imitar a los americanos.

    También en Alemania la consigna es Flexibilisierung, hacer flexible el mercado de trabajo (Wall-Street Journal, 14 de marzo).

    Afirma el ministro de economía alemán Rexrodt que si el mercado de trabajo alemán no se hace más flexible, permitiendo horarios semanales de trabajo entre 20 y 60 horas, Alemania podría próximamente convertirse en exportadora de puestos de trabajo a Países con un bajo nivel salarial.

    Según el presidente del Bundesbank Hans Tietmeyer la política social alemana puede degenerar en una bomba capaz de hacer saltar por los aires el ordenamiento del mercado en Alemania, privándola de su futura base económica (Sole 24 Ore, 1 de junio).

    La OCDE, que hace dos años creó un grupo de trabajo para elaborar un plan contra el paro, finalmente ha parido su jobs-study. Sin entrar en el análisis específico de sus 57 propuestas se puede evidenciar que la OCDE ha buscado la cuadratura del círculo. En sustancia, hace propio el modelo americano, pero mantiene las conquistas sociales europeas irrenunciables. La propuesta OCDE se define como la tercera vía, distinta tanto de la americana como de la renana. Nosotros fundamentalistas marxistas pensamos que no conseguirá resultados diferentes. Pero de esto están convencidos los mismos burgueses: «Lo que no se ha dicho en la conferencia de Detroit, pero que está implícito en el mensaje de los 7 Grandes, es que por primera vez la reanudación económica no comportará necesariamente un aumento de la calidad de los puestos de trabajo como en el pasado, y que por primera vez será necesario estar dispuesto a apretarse el cinturón durante un largo y no breve período porque el cambio en que se encuentran las economías de Occidente no es cíclico sino estructural» (Sole 24 Ore, 15 de marzo).

    Más allá de las ostentaciones de una parte de la administración y de los capitalistas americanos y de sus sicofantes europeos sobre la bondad de su receta para resolver el problema del paro, nosotros constatamos dos datos comprobados e incontestables, a los que los mismos capitalistas a regañadientes no pueden oponer ningún argumento. El primer dato es que la reanudación mundial en el caso de que llegué, no acabará con el paro. Cualquiera que sea la receta adoptada por los gobiernos capitalistas, el problema permanecerá con todo su dramatismo. Los mismos capitalistas se ven obligados a afirmar que aquí y más allá del Atlántico los males estructurales son muy profundos y no pueden ser curados por el crecimiento (Sole 24 Ore, 13 de marzo). El segundo dato consiste en el hecho de que hoy en Europa y en EEUU los trabajadores se encuentran frente a condiciones de mercado que «se asemejan más a las de finales de los años 30 que a las prevalecientes durante los cuarenta años siguientes a la segunda guerra mundial» (The Wall-Street Journal, recogido en el Sole 24 Ore del 28 de enero).

    Si alguien lo ha olvidado procedemos nosotros a recordarselo: los años 30 terminaron en la segunda carnicería mundial que eliminó la fuerza de trabajo y el capital excedente.

3) Ni el liberalismo ni el keynesianismo pueden resolver la crisis

    Para nosotros marxistas integrales es ya un hecho consolidado que la burguesía es impotente para elaborar una teoría científica de la crisis, de la cual el desempleo es sólo uno de sus aspectos, el más visible y a veces peligroso para el orden social capitalista, pero en definitiva tampoco el más importante. La « gran ciencia económica » esconde toda su impotencia detrás de la palabra « estructural ». Sustituyendo la palabra por la cosa piensa que ha penetrado en la esencia de esta última, «porque, precisamente donde faltan los conceptos, se presenta en el momento justo una palabra» (Goethe).

    Nadie se pregunta por qué desde mediados de los años 70 se ha iniciado un crecimiento exponencial del desempleo y de la in-work poverty, contemporáneamente al debilitamiento público de todos los Estados, sin excluir ninguno. La crisis que estalló en aquellos años ha sido taponada descargando sus efectos sobre los países del tercer mundo, con la destrucción de sus economías de forma irreversible, y sobre las futuras generaciones mediante el enorme aumento de la deuda pública para sostener artificialmente la demanda. Hoy ya empiezan a surgir las dificultades en el camino. Frente a la gravedad y persistencia de la crisis, con todo su séquito de inestabilidad político-social y militar, la burguesía oscila entre el liberalismo salvaje (gran parte, sin embargo, es pura fachada) y el keynesianismo (que aunque está en crisis a nivel propagandístico, es el más usado todavía por los gobiernos de los países industrializados, incluido EEUU). Por el momento, la política económica burguesa tiende hacia el liberalismo en los enfrentamientos con la clase obrera y hacia el keynesianismo en los enfrentamientos entre los capitalistas.

    Sea como fuere, La burguesía no excluye tampoco recurrir a instrumentos que sean alternativos al actual modo de producción, instrumentos que buena parte de las falsas « izquierdas » contemporáneas consideran de naturaleza clasista, cuando no incluso revolucionaria, y que pomposamente están resumidos en la fórmula: «redefinición del trabajo como valor de uso para la sociedad y no como elemento de valorización para el capital» (extraído del « Esbozo de discusión para la preparación de una Asamblea Nacional de las fuerzas anticapitalistas », movimiento surgido en Italia).

    En el Sole 24 Ore del 3 de mayo encontramos la siguiente consideración iluminante: «Las crisis no son eternas y si duran mucho no deben ser vistas como una maldición inevitable. Estas dependen también del modo de hacer funcionar los mercados y las instituciones económicas. Si funcionan de modo equivocado, los problemas no se resuelven. Basta partir de una simple consideración. ¿Existen o no existen necesidades insatisfechas? No obstante, pasemos por alto el problema de los bienes materiales de consumo. De cualquier modo, existen servicios importantes de los que hay gran necesidad. ¿No existe quizá una necesidad de mayor cantidad o de mejor calidad en la educación, en la sanidad y en la protección del medio ambiente? ¿No existe la necesidad difundida de una mejor y mayor asistencia a los ancianos? Si existen fuerzas de trabajo disponibles y necesidades insatisfechas ¿por qué no se consigue organizar una sistema económico que haga coincidir este deseo de trabajar con el de consumir? ¿qué impide que esto coincida? Es cierto que existen muchos obstáculos (de otro modo ya no se hablaría de desempleo). El problema es remover estos obstáculos, a fin de aumentar el trabajo y la renta, y no estar obligados a tratar de redistribuir, aun haciéndolo de la mejor manera, lo poco que hay».

    El articulista considera que la fuerza de trabajo destinada a esta función de uso, utilizando la terminología de la falsa izquierda, deberá ser retribuida con los recursos añadidos que se puedan obtener con un aumento general de la productividad del sistema económico, o sea en última instancia con un aumento de la explotación de la clase obrera, confirmando el dictado librecambista, que ningún keynesiano ha violado jamás, aunque digan lo contrario los librecambistas, de que no existen alimentos gratis; lo que en nuestro tosco lenguaje marxista se traduce en el hecho de que todo alimento es pagado siempre por la clase obrera.

    La realidad de los hechos aunque a menudo es cruel, es siempre clarificadora: cualquiera que sea la receta que elabore la burguesía mundial, con ella no conseguirá salir de la crisis sin una desvalorización masiva del capital existente y de la fuerza de trabajo. Tras la palabra « estructural » se esconde un hecho simple y elemental: el encefalograma de la producción capitalista es casi plano porque la tasa de ganancia cae verticalmente. Para volver a subirla es necesario aumentar su numerador que es la plusvalía extraída a la clase obrera, y disminuir su denominador constituido por la suma del capital constante y del valor de la fuerza de trabajo. En síntesis: la mayor explotación debe estar acompañada por la desvalorización del capital existente y de la fuerza de trabajo.

    Frente a este dato real nada pueden las recetas librecambistas o keynesianistas. El librecambismo se derrumbó definitivamente como teoría y como praxis del capitalismo mundial en la semana precedente al hundimiento del 1929, cuando tras la primera sacudida de la bolsa, las autoridades estatales y bancarias decidieron no intervenir, dejando que el mercado encontrase por si mismo el propio punto de equilibrio dinámico. Un hundimiento al que ni siquiera el keynesianismo podrá poner remedio: ya que no fueron las recetas keynesianistas ni las políticas económicas keynesianistas de Mussolini-Hitler-Roosvelt las que permitieron la superación de la crisis del 1929, sino la segunda carnicería imperialista con la consiguiente destrucción del capital y de la fuerza de trabajo excedente (desvalorización hasta cero), como el estudio del partido sobre ciclos económicos de las economías capitalistas desarrolladas entre 1929 y 1939 ha demostrado. La Historia ha demostrado ampliamente que la burguesía es impotente frente a la crisis, y que está obligada a asistir atónita a la deflagración de unas fuerzas productivas desmedidas que ella ya no es capaz de dominar.

4) No a la defensa del Welfare-State (Estado del bienestar), sino retorno a Marx y a Lenin

    Frente a la virulencia del ataque capitalista a las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera mundial asistimos al despliegue de todas las fuerzas presentes en el campo proletario, excluidas las patrullas del Partido y unos pocos núcleos obreros, en defensa del Estado del bienestar presentado como conquista histórica de la clase obrera. En primera fila no encontramos tanto al clásico oportunismo socialdemocrático, estalinista y post-estalinista, que en favor de los contingentes intereses burgueses se muestra disponible a un desmantelamiento parcial de la máquina asistencial, sino, al menos en Italia, a todo el variopinto frente de las « izquierdas alternativas ».

    Esta posición se acompaña con otra, estrechamente ligada a la primera, que también es políticamente contrarrevolucionaria y errónea en el aspecto teórico, esta fue definida por Marx como teoría del « salario mínimo » y divulgada por Lassalle como « ley de bronce del salario », descubierta por él. Según esta teoría el fin de la burguesía es la reducción de la clase obrera a la miseria, al mínimo del salario y a las condiciones de trabajo más brutales. Esta posición, ya presente en Proudhon y elevada al rango de ley general del sistema capitalista por Lassalle, fue negada por Marx, que había establecido desde 1848 la previsión del aumento de los salarios reales en términos absolutos. La teoría del Welfare State como conquista obrera, a defender incluso con la sangre si se da el caso, es una falsificación histórica evidente. El Estado del bienestar es fruto de un compromiso entre la aristocracia obrera y el Capital con una función antisocialista y antirrevolucionaria. Su bautismo histórico tuvo lugar con Bismark, siendo cómplice el omnipresente Lassalle, que se anticipó a Keynes en más de medio siglo, con el fin de desviar a la clase obrera alemana de la vía del socialismo. Mucho antes de que Keynes escribiese su famoso tratado, y keynesianistas famosas como Robinson lo han reconocido, Mussolini y Hitler habían aplicado sus recetas. El Estado del bienestar pertenece con todo derecho al Capital, al reformismo socialista y fascista.

    Él tiene el fin de constituir una reserva bajo forma social para el proletariado con el fin de apagar la llama clasista, y convertirlo en algo similar a la pequeña burguesía, anulando toda su potencialidad revolucionaria. Con una serie de medidas y sustracciones, que son en último término sustracciones al trabajo y cuotas de plusvalía, el Estado capitalista organiza unas reservas con las que de cuando en cuando abastece a desafortunados, enfermos, viejos, niños, madres y, en ciertos países y en ciertas fases, también a parados para que no mueran de hambre, con el fin, por un lado, de que el capitalismo no pierda la reserva de fuerza de trabajo, y por otro, para que no alimenten la fuerza de la revolución antiburguesa.

    La casi totalidad de los « izquierdosos » que defienden el Estado del bienestar está anclada en la posición de Keynes más que en la de Marx. Pocos de ellos son capaces de digerir la posición dialéctica según la cual Marx preconizó y reivindicó esta gama de medidas, cuya adopción remachó la validez de su doctrina, al mismo tiempo que excluyó absolutamente que estas sirvieran para superar la lucha de clase y para conjurar la revolución de clase. El mecanismo embarazoso y burocrático de la asistencia moderna construida por socialdemócratas, socialcristianos, estalinistas y fascistas sociales se dirige a ligar al proletariado a la conservación de un sistema, en el que le está reservado una mínima esencia de garantías para las incertidumbres del porvenir, intentando que ya no perciba lo que mejor puede ver quien no tiene más que perder que sus cadenas: la incertidumbre fundamental de todo el desarrollo del capitalismo con guerras, carestías, y destrucciones bestiales y en masa de excedentes de mercancías y personas.

    No consideramos aquí las fuerzas declaradamente oportunistas que presentan ante las masas obreras al Estado del bienestar como vía de transición hacia el socialismo, teoría abiertamente falsa e históricamente inconsistente. Nos interesa desenmascarar el falso carácter revolucionario de todos los movimientos sedicentemente anticapitalistas que defienden el Estado del bienestar en cuanto que equiparan sus prestaciones asistenciales a un salario social que se añade al percibido por el obrero en el intercambio mercantil privado con su comprador capitalista.

    En realidad, en la medida en que esto es verdad, y ciertamente lo es por el ahorro obligado impuesto a la clase obrera que va a financiar los fondos de previsión y de cese del contrato de trabajo, es la clase obrera la que en esta operación pierde porque financia gratis al Capital. Todas las prestaciones del Estado del bienestar, además de tener la función antes descrita de esterilización contrarrevolucionaria de la clase, tienen el fin de reducir el valor de la fuerza de trabajo.

    Escuela y sanidad pública sirven mientras permiten la reducción en los costes de formación y manutención de la fuerza de trabajo. En caso contrario, son desmanteladas. Puede también suceder el caso opuesto como demuestra el caso de la sanidad americana. Uno de los motivos, no de los últimos por cierto, que empujan a la actual administración de los EEUU a introducir la asistencia sanitaria pública, en tendencia opuesta con las dinámicas de los otros países industrializados, es precisamente el alto costo de la asistencia sanitaria privada y su ineficacia. En 1992, el sistema sanitario monopolizaba el 14% del PIB contra el 9% francés, con resultados desastrosos y que sitúan a los Estados Unidos en el último puesto entre los países desarrollados.

* * *

    En agosto de 1914 cuando los cañones resonaron por toda Europa, la socialdemocracia, partido del proletariado internacional, se dividió en dos ramas. Una se postró a los pies del imperialismo y lamiendo las botas ensangrentadas del militarismo se declaró dispuesta a convencer a los proletarios a que se masacrarán por el bien del capital. Una segunda se arrodilló juntando las manos e imploró a la fiera sanguinaria del imperialismo que firmase enseguida una paz justa, soñando con volver al mundo que la guerra había destruido irremediablemente.

    Un hombrecillo, aislado de las masas, pero no de la historia, a contracorriente, fijó los ojos en el monstruo de la guerra y sin genuflexionarse comprendió que aquel monstruo podía ser domado con sus mismas armas y lanzó la consigna inconcebible e incomprensible a las masas trastornadas por la histeria belicista, de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil sobre todos los frentes militares y en todos los países.

    El escarnio fue grande y el hombrecillo fue considerado un loco visionario alejado de la realidad e incapaz de comprender las grandes corrientes históricas. Aquel « loco », tres años después, conquistó el poder en Rusia y se puso a la cabeza de la Revolución mundial.

    Hoy que la crisis se extiende con efectos devastadores sobre la clase obrera mundial asistimos al mismo fenómeno. La totalidad de los llamados representantes oficiales del proletariado se arrodillan a los pies del imperialismo y prometen convencer a los obreros para que se autoflagelen y se enreden en una competencia económica desenfrenada entre ellos. La sedicente minoría revolucionaria se arrodilla invocando a su dios Keynes para que vuelva a la tierra a defender su monstruosa criatura.

    Ninguno tiene el coraje de mirar a los ojos a la crisis del Capital y alegrarse de la demostración viviente de la debilidad fundamental de este monstruo enorme que finalmente alguien deberá destruir.

    ¡No es a Keynes a quien es necesario volver sino a Marx y al hombrecillo de Zurich!

El movimiento del 0,7 expresión de la impotencia reformista para acabar con la miseria generada por el capitalismo

Aunque siempre contaron con el apoyo de los medios de comunicación, en los últimos días estamos siendo bombardeados con información de las acciones pacíficas que la Plataforma del 0,7 ha organizado. Este hecho, el apoyo total de la prensa, es prueba de que no suponen ni siquiera molestia para la burguesía imperialista y su Gobierno PSOE que estrujan hasta la muerte, junto a los otros países imperialistas, al proletariado y otras clases pobres con sus ayudas al Tercer Mundo.

    Ese apoyo, incluso por parte de instituciones estatales, al movimiento del 0,7 no es de extrañar, pues en realidad el lenguaje de los reivindicadores del 0,7 podría ser y lo es el de cualquiera de los partidos parlamentarios de la burguesía, incluso el rey en la asamblea del FMI y BM intervino en el mismo sentido filantrópico. Esto decía uno de los huelguistas de hambre el 13-11-93 en El País: « Urgirles, en nombre de ese Tercer Mundo, a que den Prueba de su voluntad política real incluyendo en los Presupuestos del 94 el 0,7 % del PIB para el desarrollo sostenido de los países empobrecidos ». A la objeción de que hasta ahora la Ayuda al Tercer Mundo ha servido para la obtención de pingües beneficios para las empresas españolas, los defensores del movimiento nos dicen que ellos reivindican el 0,7 del PIB en alimentos y otros bienes de primera necesidad sin perseguir el lucro, para que cesen de morir personas inmediatamente. Curiosa manera esta de conseguir un « desarrollo sostenido de los países empobrecidos », hasta el más cazurro de los economistas burgueses se reiría de estos candorosos reformistas, que pretenden tener un desarrollo sostenido dando de comer a los hambrientos. Aun en el caso de que el Estado capitalista dedicara el 0,7 en Ayuda al desarrollo en lugar de lo que ya dedica, ¿ qué medios iba a utilizar la Plataforma del 0,7 para hacer que el capital invierta sin perseguir el beneficio y regale el dinero? Si el capital pudiera hacer eso no sería capital, sería otra cosa, y mientras vivamos en el capitalismo es reaccionario y un engaño plantearlo para acabar con el hambre.

    Algunos datos sobre el destino de la ayuda de España y Occidente en general: « Según el ministro (de Comercio y Turismo, Gomez Navarro) es lógico que las organizaciones no gubernamentales o humanitarias, reclamen estos créditos a países con escaso nivel de renta, pero ’no estamos ante donativos, sino ante créditos que se devuelven y, por ello, se dan a países con posibilidad de devolverlos’.(…) Hasta ahora, el 65 % de los créditos FAD (Fondo de Ayuda al Desarrollo) se han dirigido a empresas privadas y el 35% restante a empresas públicas » (El País, 4-6-94), eso respecto a España. Respecto a lo que conceden los países occidentales en general: « En los países pobres, además, la ayuda es raramente concentrada en los servicios que benefician a los más pobres. El Banco Mundial reconoce que de toda la ayuda que ha ido a los países de bajos ingresos, no más del 2% fue a cuidados sanitarios básicos y un 1% a programas de población. Incluso la ayuda que se emplea en sanidad y educación tiende a ir a servicios que benefician desproporcionadamente a los que viven en mejores condiciones.(…) Algunos países del Tercer Mundo han disfrutado de un rápido crecimiento económico con relativamente poca ayuda per cápita. En particular algunos casos exitosos asiáticos (…) tuvieron poca o ninguna ayuda en un período en el que los donantes volcaban dinero en África » (The Economist, 7-5-94), es decir, la Ayuda puede suponer frenar el desarrollo en la medida en que la deuda externa ahoga esas economías. Hay que decir también que una grandísima parte de la Ayuda de Occidente es para la adquisición de material bélico, que se usa para masacrar a la población de manera aún más directa.

    Las limosnas de las organizaciones no gubernamentales, por grandes que sean, tampoco significan una mejora en las condiciones de vida y acaban beneficiando a la burguesía de aquellos países, pues cuanto más limosnas de los corazones humanitarios occidentales reciba la población empobrecida, los gobiernos de los países débiles más bajarán los salarios y los ya escasos recursos dedicados a cuestiones sociales. La lucha contra la miseria debe partir de los propios oprimidos, que con la lucha impongan al Estado opresor unas mejores condiciones para ellos mismos.

    Un motivo para pedir el 0,7 expresado por participantes y dirigentes del movimiento, es el temor que sienten de que se pierda en occidente el nivel de vida, al darse una avalancha de emigrantes provenientes de los países pobres, cosa que se evitaría si los emigrantes no se vieran obligados a emigrar por las necesidades que sufren. Esto es un intento con mucho rodeo, de quienes piensan así, por conservar sus condiciones de vida, y es tan egoísta como inútil, pues el capitalismo, aun con las fronteras cerradas, desemboca una vez tras otra en sus crisis cíclicas, el hambre, la miseria y la guerra acaban llegando. Si estas buenas gentes del 0,7 quieren evitar el empeoramiento del nivel de vida en Occidente ¿por qué no luchan contra la congelación de pensiones, los contratos basura y demás medidas del Gobierno, llamando a una huelga general seria y no como las que convocan los sindicatos del régimen? En ese caso pueden estar seguros que no saldrían tanto por la tele como héroes de los pobres y tendrían más problemas con la policía.

    En su rechazo a hablar de clases sociales los adeptos del 0,7 han repetido sin ningún pudor en distintas ocasiones cosas como esta: »hagamos honor a la verdad, a la sinceridad, a nuestra conciencia. ¡Seamos lógicos! Nuestra riqueza o nivel de consumo, directa o indirectamente, son los causantes de semejante tragedia: unos pocos hemos acaparado los recursos destinados a todos » (El País ya citado). Y por esto opinan que es justo que demos el 0,7 % del PIB al Tercer Mundo, porque la sociedad occidental es la responsable de la situación de aquellos países. En la sociedad occidental entran también los obreros occidentales, que por si no tuvieran poco con ver sus pensiones amenazadas, con sufrir el paro y los bajos salarios, ahora reciben también la acusación, por parte de estas almas caritativas del 0,7%, de ser responsables de la miseria del Tercer Mundo.

    Frente al sarcasmo de los que dicen luchar por evitar el hambre y la miseria con carreras populares, acampadas urbanas, ayunos, etc, nosotros marxistas, llamamos a los proletarios y a los jóvenes que quieran luchar contra la miseria y el hambre que genera el modo de producción capitalista, a que lo hagan de la única manera eficaz, probada por el desarrollo dialéctico-materialista de la historia, de cambiar una sociedad, a través de revoluciones y no de reformas. Nosotros afirmamos que sin la entrada en juego del proletariado revolucionario como última clase de la historia de las sociedades divididas en clases, no habrá límite a la destructividad del modo de producción capitalista, tanto a nivel ecológico como humano, por lo tanto la Revolución comunista, que se vió frenada hasta nuestros días por la contrarrevolución estalinista desde los años 20, es la única solución honesta y científica al problema.

    FRENTE AL MORALISMO DEL MOVIMIENTO DEL 0,7 SURJA LA LUCHA DE LAS MASAS OPRIMIDAS Y HAMBRIENTAS.
    POR LA DEFENSA INTRANSIGENTE DE LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PROLETARIADO EN TODOS LOS PAÍSES RENAZCAN LOS SINDICATOS DE CLASE.
    SOLO LA REVOLUCIÓN COMUNISTA DIRIGIDA POR EL PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONAL ACABARÁ CON LA MISERIA Y EL HAMBRE DE LAS CLASES OPRIMIDAS.