Presentación
Las tesis marxistas, por lo tanto de nuestro partido, son el resultado de las luchas precedentes de la clase y, a diferencia de los burgueses idealistas y trascendentalistas, nuestros principios no parten de un verbo revelado de origen divino, ni se basan para el estudio de las cuestiones en canones jurídicos, filosóficos o morales. Como base de nuestra doctrina de partido está el análisis objetivo de los fenómenos sociales pasados y presentes, fundado en el examen de los medios materiales de producción que los grupos humanos utilizan para satisfacer sus necesidades y, por tanto, en sus relaciones económicas y sociales.
Como fue descrito, por primera vez, científicamente por Marx, está probado históricamente que los diversos modos de producción que han existido hasta aquí, con sus estructuras jurídico-políticas y militares, se desarrollan o existen mientras logran contener en el cuadro particular de una forma de producción, en equilibrio inestable, las fuerzas productivas que tienden a desarrollarse. En determinados momentos históricos, éstas entran inevitablemente en contraste con las formas tradicionales, manifestándose en luchas entre clases con intereses económicos opuestos, y una época de „paz social” se cierra para abrirse una de revoluciones. Si el objetivo principal de la contienda armada es logrado (la conquista del poder político) nuevas relaciones económicas y sociales surgirán bajo una nueva forma.
Como cualquier otro modo de producción, el moderno capitalista ha atravesado los tres típicos momentos políticos con sus hechos históricos característicos, en que se pueden esquemáticamente, con fines expositivos, sintetizar todos: revolucionario, reformista y conservador.
Desde el Manifiesto de 1848 los comunistas apoyaron, en teoría y en la acción, toda tentativa burguesa, entonces tarea progresiva, de romper las formas precapitalistas de producción y de resistencia, frente a las amenazas de retroceso. Este aspecto práctico, táctico de los comunistas, no impedía la crítica despiadada de toda tentativa ideológica burguesa de hacer pasar su lucha y afirmación en el mundo como la emancipación y liberación de toda la especie, presentándolas como simple sustitución de la forma de explotación de las clases feudales precedentes por la capitalista, y organizando manifestaciones antiburguesas en el mismo transcurso de las luchas junto a la burguesía.
En la segunda fase, la reformista, que en Europa va de 1871 a 1914, frente a la estabilización y desarrollo a escala mundial de forma relativamente tranquila, de las fuerzas productivas desplegadas por el modo de producción burgués, en política se asiste al desarrollo de las instituciones democráticas y de la práctica parlamentaria, siendo interés de la burguesía enmascarar el propio dominio como libremente aceptado, y asegurar a la clase obrera, a través de medidas económicas y legislativas (siempre que no mellen el cuadro jurídico burgués) su subsistencia.
En correspondencia con estos hechos surgen en el seno del movimiento socialista las corrientes revisionistas del marxismo, del cual se falsifican las directivas y textos fundamentales, y se establece una nueva estrategia en la que se dice, que el nuevo orden económico advendría mediante la conquista gradual y pacífica de las instituciones burguesas por parte del partido y de los órganos proletarios. En la polémica, opuestas tendencias se abren en el movimiento obrero, concluyendo en la gravísima crisis en el seno del socialismo que coincide con la guerra de 1914, con el apoyo por una gran parte de los dirigentes sindicales y parlamentarios a las políticas de colaboración de clase y adhesión a la guerra.
En la tercera fase, que es la del moderno imperialismo, en lo económico se asiste a la pérdida de las características liberales, con un aumento de la disciplina productiva y distributiva, en el que la libre concurrencia deja paso a la influencia de las asociaciones capitalistas, de tipo industrial primero y bancario después, o emanadas directamente de los Estados: Estados políticos que no solo tutelan los intereses capitalistas como órgano de gobierno y policía, sino que van asumiendo cada vez más el carácter de órgano de control y gestión de la economía y por ende de los intereses de una minoría.
En política, como estableció Lenin en su crítica al imperialismo moderno, se asiste igualmente a un aumento de la opresión, manifestada históricamente con el advenimiento al poder de los regímenes definidos totalitarios o fascistas, tipos políticos más modernos, no atrasados, de la burguesía, necesaria fase evolutiva no transitoria y de la que no se puede volver a tolerancias liberales más que aparentes. En el campo táctico es por lo tanto falso, llamar al proletariado a luchas para restablecer el capitalismo liberal y democrático, es reaccionario e ilusorio, y sostener una posición tal significa el pasaje total a las filas de la conservación burguesa, así como es ilusorio proclamar alianzas con fuerzas burguesas y pequeño burguesas sobre la base de sus resistencias.
Solamente realizando su autonomía de clase el proletariado, duramente golpeado y disperso después de tremendas batallas, no ha de subyacer al dominio del capital, y evitará caer en aquellas formas, igualmente peligrosas, de derrotismo revolucionario.
Las continuas admoniciones de la Izquierda en la Tercera Internacional Comunista no fueron escuchadas, y eran la más pura expresión de la movilización proletaria frente a la enorme fuerza social de la contrarrevolución mundial que surgía en esos años. Solo en 1926 los jefes bolcheviques advirtieron el peligro y, dejando de lado antiguos sinsabores, se lanzaron desesperadamente a pecho descubierto haciendo bloque contra el oportunismo del socialismo en un solo país. La oposición rusa, con Trotski y Zinoviev a la cabeza, fue derrotada, y con ella las grandiosas revueltas proletarias en China, las grandiosas huelgas de los obreros británicos, en fin, saldrá derrotado el movimiento comunista internacional en su totalidad. Con la adhesión del Komintern a la segunda guerra imperialista se llega por fin al entierro del partido de la revolución mundial, consecuencia del alejamiento de la vía maestra trazada por la historia, aquella que en 1917 había llevado a la victoria en Rusia. El resto, hasta nuestros días, no será sino la macabra danza alrededor de su ataúd.
Aquellos largos años de admoniciones contra el eclecticismo táctico de la Internacional, dieron a la izquierda italiana la capacidad de sacar las lecciones de la contrarrevolución y única y solamente sobre la base de este balance se podrá dar un resurgimiento del movimiento proletario internacional y de su partido.
Sería antimarxista buscar en los errores del Komintern la causa de la derrota sufrida, producida por factores objetivos, pero el hecho es que se destruyó incluso el partido mundial. Aun en las situaciones objetivas más desfavorables es tarea primaria del partido, so pena de su desaparición, la salvaguardia, pagando el precio de la impopularidad, de las condiciones subjetivas que, al recuperarse el movimiento revolucionario, actuarán sobre la historia para fecundarla.
Fue reivindicando paso a paso estos principios de la izquierda marxista, como Lenin y los bolcheviques entregaron a la historia la primera revolución proletaria victoriosa de la historia, luchando contra el régimen feudal al lado de la burguesía, en contra de ésta después de la derrota del viejo régimen y contra todos los partidos reformistas y gradualistas del movimiento obrero, llegaron a concentrar todo el poder en manos del proletariado y de su partido. El movimiento del proletariado internacional surgido de la Primera Guerra Mundial recibió un potentísimo impulso con el gran evento: las cuestiones relativas a la lucha de clases, la conquista violenta del poder y la estrategia de la revolución proletaria fueron reconducidas a la vía revolucionaria justa y se cristalizaron en la fundación de la Tercera Internacional.
Al estallar la Revolución de Octubre la izquierda italiana fue la única en dar a los bolcheviques una adhesión total, de sustancia, y no formal o genérica como tantísimos otros partidos obreros que hicieron giros de 180° siguiendo el entusiasmo del momento. En el ámbito del movimiento socialista internacional la izquierda del PSI (Partido Socialista Italiano) había sido en efecto la única en alinearse contra toda concesión patriótica o de defensa de la primera guerra imperialista mundial, sobre las mismas posiciones defendidas por Lenin, y ya desde 1918 en declarar como necesarias, para los fines de éxito de la revolución mundial, la ruptura irrevocable no solo con la corriente de derecha, sino también con aquella más engañosa de centro, que operaban en el seno de los partidos de la Segunda Internacional. Luego sostuvo la formación de nuevos partidos comunistas sobre las bases codificadas en 1920 en el congreso de la Internacional. La Izquierda, siguiendo los dictados del cúmulo de experiencias de luchas proletarias en occidente, donde los regímenes democráticos estaban sólidamente implantados desde hacía décadas, y en los que la maduración de las premisas subjetivas de la revolución se retrasaban respecto a las objetivas, no solo dio una contribución decisiva a la codificación de las condiciones de admisión a la I.C., sino que propugnó una mayor rigidez de las mismas que no dejara espacio a adaptaciones derivadas de situaciones locales. Es más, en la búsqueda comunista de erigir barreras insuperables al perenne oportunismo, la Izquierda invocó desde entonces la necesidad de codificar no solo la doctrina y el programa comunista, sino también un sistema de normas tácticas cerrado conocido por todos y vinculante para el movimiento internacional entero, única garantía de disciplina y eficiencia en la organización. La posesión de tales condiciones se muestra indispensable para un partido fuerte y seguro en la preparación del asalto revolucionario, en los momentos de crisis de la sociedad capitalista; pero es también el único modo, en los momentos cíclicos de reflujo, de no perjudicar al partido y al futuro reflote de la lucha proletaria.
El proletariado de Europa centro-occidental, considerado con acierto por Lenin y la III I.C. como la verdadera clave para el triunfo, también en el plano social, de la revolución rusa y mundial, se encontraba mayoritariamente bajo la influencia del reformismo oportunista. El problema que la historia ponía a la Internacional era cómo llevar a las filas de los verdaderos partidos comunistas el grueso de los trabajadores, que venían siendo continuamente traicionados por los partidos socialdemócratas. Ante un análisis superficial podía parecer que la intransigencia bolchevique hacia los oportunistas, arma fundamental de la victoriosa lucha de Octubre, estuviera en contraste con la rápida expansión de la influencia de los partidos comunistas. La Internacional creyó resolver la cuestión mediante una estratagema táctica demasiado audaz: frente a los ataques a gran escala de la burguesía internacional contra las condiciones de vida y de trabajo de los proletarios, trataba de empeñar en un frente único a los dirigentes traidores de la Segunda Internacional contra los adversarios burgueses, y de esta manera llevar sus reivindicaciones bien a fondo para desenmascararlos y denunciarlos ante los obreros cuando inevitablemente dieran marcha atrás. La izquierda italiana, reconociendo el contenido exquisitamente revolucionario de la táctica que Lenin había podido utilizar en Rusia en función antifeudal, no pudo evitar el indicar los posibles peligros de tal aplicación táctica en occidente. Al mismo tiempo fue la única en aplicar esta táctica, siguiendo fielmente el espíritu con el que había sido concebida, por escrupuloso respeto a la disciplina de la I.C..
Esta táctica no podía dejar de fallar, efectivamente ella presuponía una condición esencial: la radicalización y extensión de las luchas obreras, dado que es en las victorias y no en las derrotas cuando el proletariado toma conciencia de su vía de clase. Además, ella exigía ser llevada por partidos comunistas fuertes, homogéneos y sólidamente templados, y de esta manera limitar el frente único a las reivindicaciones de clase, excluyendo compromisos electorales y parlamentarios.
Para muchos partidos que durante la Primera Guerra Mundial se habían sacrificado en el altar de la defensa nacional, esta táctica no fue considerada sino como una vuelta a empezar.
La Izquierda, en Italia, fue parte determinante en la fundación, en 1921, del Partido Comunista de Italia sección de la Internacional Comunista, con sus primeras tesis revolucionarias netas y su acción violentamente antiburguesa, dirigida tanto contra las bandas fascistas como contra los traidores socialdemócratas, necesario complemento de aquellas. La Izquierda se opuso luego puntual y enérgicamente a los bandazos y a la sucesiva degeneración estalinista del partido mundial. Fue excluida de la dirección del P.C.de I.(Partido Comunista de Italia) y testimonios de su batalla en defensa de las posiciones comunistas tácticas y de principio son las tesis que, con los métodos administrativos típicos del centrismo estalinista, fueron puestas en minoría en el congreso del P.C.de I. de Lyon, en 1926.
Fracción de izquierda en la Internacional hasta la segunda guerra, el partido se reconstituyó en la inmediata posguerra en Italia y asumió una base definitiva con las Tesis Características de 1951 que aquí publicamos. Sobre esta base la pequeña organización de militantes, reducida geográficamente a Italia y algunos países de Europa, pero que pretende, llamándose Partido Comunista Internacional mantenerse en la tradición del marxismo ortodoxo, ha continuado la lucha en defensa de las armas teóricas de la revolución del mañana, en contacto con la clase obrera, a su lado en las luchas cotidianas de defensa contra la explotación patronal capitalista, y fuera de la politiquería personal y electoralista. Ha publicado sucesivamente los periódicos Prometeo, Battaglia Comunista e Il Programma Comunista, en plena continuidad programática de posiciones intransigentes de lucha; después y hasta ahora Il Partito Comunista y la revista Comunismo, todo ello en lengua italiana. A medida que el Partido extendía su red de militantes a otros países, han ido apareciendo las revistas La Gauche Communiste en francés y Communist Left en inglés. Con este primer número de La Izquierda Comunista el partido retoma las publicaciones periódicas en español.
Lecciones históricas que el Partido Mundial ha sacado de las luchas de clase y de las derrotas del valiente proletariado de lengua española
Sin pretender citar todos los hechos históricos en los que desde 1926 el proletariado de lengua española ha derramado generosamente su sangre por causas no propias, siendo a él a quien ahora dirigimos estas Tesis Características publicadas en castellano, mencionaremos tres momentos históricos significativos, para demostrar una vez más la traición, cuyo origen se encuentra en la degeneración del Komintern, verificada en el intento de contrarrestarla por la posición de izquierda. Para profundizar ulteriormente estos temas recomendamos al lector nuestros trabajos de partido, que esta revista irá publicando como una de sus tareas.
La guerra civil de 1936 dentro de la historia reciente de España
A diferencia de otros países España no ha conocido una revolución burguesa en un momento de su historia relativamente corto en el tiempo, aunque esto no quiere decir que no hubo rebeliones sangrientas populares durante el siglo XIX, primero contra la monarquía absolutista y clerical de Fernando VII y después contra la monarquía liberal moderada. Los liberales de la burguesía no supieron aprovechar la energía revolucionaria de los españoles, así pues retrocedían en su anhelo de poder temiendo que el pueblo fuera más allá en sus peticiones de lo que los liberales deseaban. Por esta razón, no es aprovechándose del espíritu revolucionario de las masas como los liberales llegan al poder en España. Solo a la muerte de Fernando VII y enfrentados en guerra civil con los carlistas, que representaban la continuidad del antiguo régimen, los liberales consiguen de manera estable el poder central en Madrid, en este momento España conoce un período de profundas reformas burguesas, al que seguirán otros períodos de quietud en los que las medidas revolucionarias se frenan. Y es así como el capitalismo español se desarrolla fatigosamente, y este proceso hará a Marx definir a la burguesía española como carente de audacia revolucionaria.
La debilidad del movimiento obrero en España, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, está caracterizada por la impotencia del proletariado para constituirse en clase independiente frente a la burguesía. Esta impotencia reviste dos formas: la primera y principal, el anarquismo, la segunda, el socialismo reformista y electoralista.
En 1923, después de los desastres de la campaña de Marruecos, el general Primo de Rivera toma el poder. El gobierno, de tipo corporativo fascista, incluye a socialistas en los altos rangos del Estado. Pretende organizar la economía sobre bases centralizadas, tentativa que fracasa en medio de graves conflictos sociales que explotan a continuación de la profunda crisis capitalista del 1929.
La proclamación de la república no logra detener las revueltas proletarias y campesinas, duramente reprimidas por los gobiernos de izquierda. La burguesía, impotente con los medios represivos, usa la astucia táctica, para impedir un desemboque revolucionario de la crisis, recurriendo a los falsos socialistas y a los anarquistas, que estaban a la cabeza del movimiento sindical, y apartaban al proletariado de reivindicar el poder central.
En 1931 las nuevas elecciones dan la mayoría a los partidos de izquierda, paralelamente se incrementa la represión. Los socialistas en el Gobierno votan contra las huelgas antirrepublicanas y los anarquistas controlan el movimiento, renegando de él cuando no logran encuadrarlo.
En agosto de 1932 se asiste al primer agrupamiento de fuerzas de derechas, pero el momento de tomar el Gobierno aún no ha llegado. En 1933, la represión alcanza su apogeo: se dan masacres en Málaga, Bilbao y Zaragoza. Es el momento para el cambio de Gobierno: las fuerzas de derecha van al Gobierno y continúan la obra de represión iniciada por las izquierdas, sofocando en sangre la insurrección de Asturias.
Desde octubre de 1934 a 1936 hay una pausa en la tensión social y la represión es ejercida sobre todo en el plano legal: en 1936 son treinta mil los prisioneros políticos. En conexión con la atmósfera internacional que ve los vastos movimientos de Francia y Bélgica, se abre un nuevo ciclo de tensión social más alta que la precedente. En consecuencia la burguesía llama al poder otra vez a sus siervos de izquierda y también a los anarquistas, desde siempre apolíticos, que se adaptan y a cambio de una supuesta amnistía, hacen propaganda por el Frente Popular e invitan a votar. Las elecciones del 16 de febrero de 1936 señalan el éxito aplastante del Frente Popular, compuesto por republicanos de izquierda, radicales, partido socialista, partido comunista, partido sindicalista y Partido Obrero de Unificación Marxista (fusión de la Izquierda Comunista de Nin y del bloque obrero y campesino de Maurín, que en el seno de la Internacional había tenido siempre una posición de derecha). Su programa contiene medidas de amnistía, abrogación de las leyes represivas, disminución de los impuestos y créditos agrarios.
En esta situación de agravamiento de la tensión social la burguesía no se limita a confiar en su gobierno, sino que pone en estado de alerta y de espera también a las fuerzas de derecha. Y es precisamente en el seno de un Estado dirigido por un gobierno de izquierda que la derecha, con el general Franco a la cabeza, organiza minuciosamente las fuerzas armadas para el ataque militar, que parte de Marruecos conquistando de inmediato Sevilla y Burgos, dos ciudades con precedentes de violentas insurrecciones campesinas.
En respuesta al ataque de Franco del 16 de Julio es proclamada la huelga general, que tiene completo éxito fuera de los dos puntos de apoyo de Franco. Y es en estos dos días cuando se asiste a una fulmínea explosión de la conciencia de clase del proletariado: por un momento ya no hubo en el campo de batalla dos ejércitos burgueses, sino solo obreros en huelga que fraternizan con otros obreros uniformados en el ejército, y haciendo causa común desarman, inmovilizan y eliminan a los oficiales. Sintiendo el peligro, inmediatamente el Estado democrático y antifascista retoma en mano la situación, y con la creación de diversos organismos se restablecen las jerarquías económicas y militares con el imperativo de salvar de cualquier manera la máquina estatal que, a decir de la gente de izquierda puede ser de una cierta utilidad para la clase obrera. Todas las formaciones políticas del Frente Popular más los anarquistas aseguran la continuidad del Estado capitalista. Mientras tanto los éxitos militares de Franco se subsiguen, y este es el pretexto de los demócratas para poner al orden del día, como tarea prioritaria, la lucha militar contra Franco. En la lucha antifascista se pone en primera línea al partido comunista español, siguiendo las órdenes de la degenerada Tercera Internacional, que había elegido ponerse de parte de los aliados imperialistas, por la democracia, contra Hitler y Mussolini.
Cuando la huelga general aún no había cesado y en Francia se desarrollaba una análoga en potencia, los dirigentes del frente popular francés deciden cerrar la frontera con España, a fin de evitar posibles contactos entre proletarios y toman acuerdos para la creación, con sede en Londres, de un comité formado por países fascistas y democráticos, incluida Rusia, a favor de la no intervención en los hechos españoles. La consigna aeroplanos para España lanzada por los partidos comunistas y por la izquierda socialista, es el último aporte de los traidores del proletariado hacia la definitiva victoria de la contrarrevolución, entregando a los obreros en las manos de las burguesías mundiales que los llevaron a la Segunda Masacre Mundial.
Los anarquistas van al mismo tiempo abandonando, pedazo a pedazo, todo su programa. Con el avance de las necesidades de la lucha militar y tras la huelga de 1936, ellos no se oponen a la constitución del comando único extendido a todo el territorio del sector antifascista, ocurre incluso, que sus representantes transformados en ministros, participan en el gobierno de Caballero. Es de este gobierno que emanan la militarización estatal, las milicias y el rechazo de las demandas por el respeto de las condiciones de trabajo, ya sea por el tiempo de trabajo o por los salarios y las horas extraordinarias en todas las industrias. El Estado antifascista está ya organizado centralizadamente para su guerra. A pesar de todas las medidas represivas, en mayo de 1937 estalla otra huelga espontánea y numerosos obreros dejan el frente para unirse a los compañeros en lucha. Todos los partidos se declaran ajenos al delito y es bajo el plomo como el movimiento es sosegado. Es algo sugestivo que Franco no aproveche para lanzar el ataque: deja hacer a sus compañeros antifascistas: el triunfo de ellos es el suyo propio.
Los demócratas son poco a poco derrotados. El Gobierno retrocede hasta transferirse a Francia dejando en España al socialista Besteiro la tarea de tratar la conclusión de la guerra con Franco. Es la primavera de 1939 y pocos meses más tarde, en septiembre,estalla la Segunda Guerra Mundial. Quede claro que Rusia no tomó una iniciativa de abierta intervención en los hechos de España sino después de 1936, cuando llegó al Gobierno el socialista Caballero y dio garantías sin equívocos de un gobierno centralizado militarmente y económicamente en la lucha antifascista. De inmediato llegaron los barcos rusos cargados, que el gobierno socialista tenía que pagar generosamente en oro.
Tras la represión de la posguerra y el lógico repliegue de las luchas obreras, es en los años 50 y 60 cuando comienzan a surgir luchas sindicales, como respuesta sana de la clase obrera contra la explotación capitalista, luchas ampliamente elogiadas por nuestro Partido, que veía en las luchas obreras de Asturias, Barcelona, etc, que provocaban la solidaridad obrera de distintos ramos en distintas ciudades llegando en ocasiones a la huelga general, el contraste con las huelgas domesticadas de los sindicatos de la defensa de la economía nacional en los otros países occidentales. Es en este resurgimiento de las luchas obreras en España en el que nacen las Comisiones Obreras, compuestas por los obreros más combativos que merecían la confianza de sus compañeros, sin tener carácter de permanentes. Es después, cuando los oportunistas defensores del orden del PCE, a lo largo de la década de los 60, van a ir permeando las Comisiones Obreras y dirigiéndolas a fines antifranquistas, pues el franquismo creaba una inestabilidad social que daba miedo a los comunistas del PCE; es por esto por lo que la burguesía necesitaba la democracia, y para presentarla como triunfo conseguido por los trabajadores tenía al PCE y al resto de los partidos falsamente obreros. Es a mediados de los 70 cuando la clase obrera en España alcanza su mayor poder adquisitivo, fruto de las luchas producidas con Franco. Con el asentamiento de la democracia y la integración de los sindicatos ilegales del franquismo en el aparato estatal, los continuos pactos sociales que firman las burocracias sindicales marcan el detrimento de las conquistas de los trabajadores que tanto sudor y sangre les costó, detrimento que se agudizó con la llegada al Gobierno del PSOE.
Cuba 1959
La tierra fértil, el clima apacible de este país sometido a España, así como la cercanía geográfica y su importancia militar estratégica respecto del canal de Panamá hicieron que Estados Unidos se interesara en Cuba desde su constitución en Estado soberano. Ya en 1850 el intercambio entre EEUU y Cuba es notable, y va creciendo a medida que las inversiones de capitales norteamericanos en el cultivo y la transformación de la caña de azúcar van aumentando. En un primer momento, para embolsar las enormes utilidades derivadas del comercio monopolista de esta mercadería, a posteriori, para contrarrestar la expansión en Europa de la remolacha azucarera.
Sobre esta base (recomendamos a los lectores a Lenin en El Imperialismo…), de total dependencia comercial, no podía sino ser meramente formal la independencia obtenida por Cuba de España en 1898, después de 30 años de duras luchas. Pese a que la intervención armada americana se había realizado cuando el ejército cubano ya había derrotado al español, las fuerzas EEUU permanecieron en la isla durante cuatro años. En este período las relaciones económicas y financieras fueron reforzadas e hicieron que Cuba se convirtiera en una semicolonia a todos los efectos: las convenciones estipuladas acordaban a las mercancías y capitales norteamericanos un régimen preferencial y concesiones a precios especiales sobre la tierra, así como la imposibilidad para Cuba de firmar acuerdos comerciales y financieros con terceros países. Desde aquí, y hasta el giro socialista de Castro en 1960, el proceso no fue más que un progresivo acaparamiento de todos los recursos de la isla: la casi totalidad de las tierras cultivables pasaba a través de alquileres a largo plazo a las garras de las sociedades norteamericanas. El resto era hipotecado a favor de bancos y acreedores de EEUU. El total de la economía, la industria del azúcar y la del tabaco, todos los bancos, los ferrocarriles, los transportes urbanos, las centrales hidroeléctricas, los correos y otros servicios públicos, los recursos mineros, pasan a ser propiedad o estar bajo el control de compañías norteamericanas.
A la par de otros países latinoamericanos, el dominio del capital financiero de EEUU no lleva más que a la intensificación del monocultivo, caracterizado por la utilización de la casi totalidad de la tierra agrícola en el cultivo de una sola o de poquísimas plantas industriales, y siempre mayor vulnerabilidad de la economía autóctona. Es en la intensificación del monocultivo donde se debe buscar el origen y los límites de la revolución cubana.
Los gobiernos títere y ultracorruptos que se fueron sucediendo no sirvieron más que al interés del capital extranjero y de los propietarios de tierra cubanos, dándose todas las alternativas de los ciclos de una economía frágil y dependiente, con el resultado del agravamiento continuo de las condiciones de vida del proletariado y los campesinos pobres: tal es el resultado de 60 años de independencia.
Mientras la economía europea y el mercado mundial, trastornados por la Primera Guerra Mundial, no se reordenan, Cuba vive un momento de floridez. De 1925 en adelante comienza inexorablemente a sofocarse. El desequilibrio entre los ricos propietarios cubanos y extranjeros y las masas proletarias y semiproletarias se hace mayor. Carestías, desocupación y enfermedades aumentan y ningún acuerdo internacional para poner un poco de orden en la anarquía del mercado mundial del azúcar da resultado.
Ya en 1933 se registran las primeras sublevaciones populares, que provocan la fuga del presidente Machado. Así se sigue yendo a tirones con otros gobiernos títeres hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se asiste al crecimiento de las exportaciones por el aumento de la demanda y por ende a una pequeña cuanto efímera alza. Desde el fin del segundo conflicto imperialista la declinación económica es veloz y advertida por todos, proletarios y burgueses. Del injerto de un capitalismo anormal con una explotación arcaica de la tierra había surgido en Cuba un vastísimo proletariado y un semiproletariado agrícola e industrial en condiciones de máxima explotación, con un analfabetismo que no disminuía su potencial revolucionario. Efectivamente, estaban fuertemente organizados sindicalmente siguiendo la tradición anarco-sindicalista importada en la época de la dominación española. Por tanto, eran frecuentes y violentas las manifestaciones obreras contra los gobiernos dictatoriales.
Amén de la represión se debía soportar la traición del Partido Comunista Cubano. Surgido en la isla en 1919, es de inmediato puesto fuera de la ley por Machado, pero después del triunfo del estalinismo en Rusia y de la alianza con los Estados Unidos en la lucha antifascista contra Hitler, el P.C. cubano se transforma en agencia local de la política exterior soviética: uno de los primeros resultados fue el empeño de poner fin a la agitación revolucionaria en la isla, entonces en pleno desarrollo.
Los trabajadores, que habían ocupado algunas fábricas y proclamado unos soviets locales, deberán dar marcha atrás. Antes de la Segunda Guerra Mundial este partido sostiene incluso la necesidad de tener una actitud positiva con Batista, que ahora profesa la democracia. Consecuentemente, éste legaliza el P.C. cubano.
Los estalinistas, hasta el inicio de la guerra fría entre Rusia y EEUU no hesitaron en apoyar a todos los gobiernos títere y en participar en todas las coaliciones electorales puestas en escena por Batista sin dar un mínimo apoyo al movimiento nacional-revolucionario que se venía desarrollando y al que, es más, acusaban de fascista. Solo después del advenimiento de Castro al poder y del inicio de la caza de brujas por parte norteamericana proclamaron que las medidas tomadas por el Gobierno nos llevan al socialismo.
Un cambio radical de la estructura productiva de la isla no podía ser impuesto sino con una revuelta armada radical. Ciertamente no por parte de los norteamericanos y la gruesa burguesía cubana ligada con mil hilos al imperialismo de éstos. La tarea fue tomada por la masa de la pequeña y mediana burguesía arruinada que vivía en el campo y la ciudad, por los pequeños comerciantes, por los profesionales e intelectuales, y por los proletarios rurales y urbanos interesados en la disminución de la desocupación crónica. Ausente la posibilidad histórica de la realización del programa revolucionario comunista, la fuerza y el potencial revolucionario contra la opresión y la miseria fueron puestos en acción por un movimiento popular o sea interclasista, con fines nacionales, esto es, por el castrismo y por todas las otras organizaciones políticas en un Frente Popular, por la democracia, contra la dictadura y por la independencia nacional.
Al inicio el movimiento castrista fue bien visto no solo por los americanos sino también por todo el mundo occidental y recibió el apoyo financiero y militar para la organización de la lucha. Pero las fuerzas sociales puestas en marcha por la revolución no podían detenerse a mitad de camino so pena de tener que declararse fallidas. Elementos radicales llevaron más a fondo la lucha ocupando el lugar de aquellos moderados y necesariamente llegaron a perjudicar los intereses norteamericanos en la isla. Cuanto más se avanzaba con las nacionalizaciones, más aumentaba la rigidez económica y política de los EEUU. Los stocks sin vender se acumulaban y la deuda externa alcanzaba límites nunca vistos a causa de la gran demanda de capitales para la industrialización. Necesariamente el nuevo gobierno cubano, como por otra parte todos los países pequeños aparecidos de forma tardía en la escena del desarrollo histórico del capital, debió apoyarse, para mantener y consolidar el poder, en el bloque soviético. El empeño económico y político de la URSS fue impuesto por la situación, no querido y no previsto. Fue así como Castro, ya campeón del progreso, llego a ser, para unos, agente del Kremlin y dictador comunista, para los otros, un compañero.
Una nueva y original vía al socialismo fue así transitada, una vez más, sobre el pellejo del proletariado. Nosotros, entonces como hoy, denunciamos la naturaleza burguesa y para nada socialista, no solamente del castrismo, sino también de todos los comunistas que entonces hacían referencia a Moscú. La andadura junto a Rusia y su trágico final, no hace sino confirmar la irreversible impotencia de un pequeño país atrasado en su economía capitalista, para obtener una modernización y competitividad que dé por resultado una verdadera independencia. La solución para la burguesía cubana se ha demostrado que no estaba en cambiar de patrón, la agonía que sufre actualmente la economía cubana, con los balseros abandonando el país aun a riesgo de perder la vida, parece indicar que la burguesía cubana antiyanki va a tener que agachar la cabeza ante su más lógico patrón, el yanki. La única perspectiva para enfrentarse a la explotación capitalista del proletariado cubano pasa por saber distinguir los propios intereses de clase inmediatos e históricos de los de la propia burguesía y el capital nacional, solidarizando con el movimiento y con los fines de la clase obrera de todos los países.
El Chile de Allende
Con la elección de Salvador Allende, el 4 de septiembre de 1970, como presidente de Chile, se abre, esta vez en América Latina, una nueva y original vía para la victoria del proletariado en el mundo: la vía pacífica al comunismo.
Chile, como tantos otros países de América del Sur, se enorgullece de la formación de su Estado nacional, una vez liberado de España, hace ciento setenta años, mucho antes que en Alemania y en Italia. Pero se trató de un episodio totalmente formal, falto de sustancia, ya que las relaciones de propiedad tradicionales y las formas arcaicas de gestión de las haciendas perduran por otros cien años, en un país totalmente agrícola y exportador de materias primas. Al igual que en los países vecinos, estas tierras se convierten en presa del imperialismo, primero británico y luego americano, hambrientos de materias primas y de minerales.
Hay que esperar al primer período de posguerra para presenciar la instalación de un capitalismo industrial de pequeñas y medianas empresas muy grácil, debiendo soportar la deuda externa y el avance del imperialismo norteamericano con sus multinacionales.
De 1964 a 1970 el país fue gobernado por la democracia cristiana, con Frei como presidente, que naturalmente nada puede hacer contra el avance de la crisis económica, después de años de crecimiento ininterrumpido. Desde 1967 se asiste a la movilización del proletariado y los campesinos pobres. Para la burguesía no había más solución que la de lanzar al país a una acumulación acelerada de capitales, y esto no podía hacerse sino poniendo a trabajar al proletariado. Es por eso que los capitalistas no ven con malos ojos el avance y posterior victoria electoral de la Unidad Popular (formada por seis partidos: socialistas, nacionalcomunistas, radicales varios y democristianos de izquierda) con un programa de reformas totalmente burgués pero acompañado de una verborragia revolucionaria apta para contener el descontento del proletariado.
Ciertamente, medidas como la concentración del capital agrícola, la nacionalización de las inversiones extranjeras y los monopolios propiciadas por la Unidad Popular nada tenían de comunistas, y tampoco de burguesas radicales. Tímidas reformas para nada originales y que eran reclamadas desde hace años por distintos sectores sociales, incluso por la Iglesia, que desde hacía tiempo venía invitando a no elegir entre capitalismo y colectivismo, sino una vía de reformas democráticas.
Nosotros, en aquellos años, a las promesas de los oportunistas, de eliminar los antagonismos sociales por medio del socialismo pacífico de Allende, las definimos como utopías reaccionarias. Los partidos burgueses de base obrera tenían que atraer a sus filas, irremediablemente, por medio de las promesas de bienestar, a la pequeña burguesía rica, para cumplir con su función de contención contrarrevolucionaria. Pero al mismo tiempo debían desarrollar el capitalismo, por lo tanto, siguiendo la lógica inevitable de este modo de producción, arruinar, proletarizar a la pequeña burguesía. Impregnada de tal contradicción, no fue difícil anticipar el final sin gloria de la Unidad Popular. La pequeña y mediana burguesía fueron abandonando a Allende paulatinamente para desplazarse siempre más hacia la derecha, hasta que finalmente dio su apoyo decidido a una de las represiones armadas burguesas más violentas e infames que el proletariado y campesinado pobre latinoamericano haya debido soportar jamás, todo con el beneplácito del imperialismo norteamericano.
Hoy, 1994, al igual que ayer tenemos tristes confirmaciones: el capitalismo chileno de nuestros días se jacta de incrementos productivos del 10% anual, y exporta capitales a países vecinos. Esta estrepitosa acumulación no se podía concretar sino sumiendo a millones de obreros en la miseria más negra, que nada tiene que envidiar a la de los proletarios del siglo XIX en Europa, y el medio fue el garrote, bien facilitado por el gobierno burgués de la Unidad Popular. * * *
Vaya al proletariado de lengua hispana el recuerdo de estos hechos históricos en los que combatió por causas que no eran propias y no supo, o bien perdió, la justa vía de la revolución, pero que de todos modos entregó valerosamente a la historia, para las futuras generaciones. Estas lecciones de la contrarrevolución están expresadas en las Tesis Características que ahora publicamos en lengua española, convencidos de que indican la única vía a seguir para la liberación comunista de la humanidad mundial trabajadora del infierno capitalista.
Tezele Caracteristice ale Partidului
Întocmite la o întâlnire de Partid ținută la Florența între 8-9 decembrie 1951.
I. TEORIE
Doctrina partidului este fondată pe principiile materialismului istoric al comunismului critic prezentat de Marx și Engels în Manifestul Comunist, în Capital și în celelalte lucrări fundamentale ale acestora, ce au format baza Internaționalei Comuniste constituite în 1919 și a Partidului Comunist Italian fondat la Livorno în 1921 (secțiune a Internaționalei Comuniste).
- În actualul regim social capitalist se dezvoltă un contrast crescând între forțele productive și relațiile de producție. Acest contrast se dezvăluie în interesele contradictorii și în lupta de clasă dintre proletariat și burghezia conducătoare.
- Relațiile de producție actuale sunt protejate de către Statul burghez. Chiar și când sunt folosite alegerile democratice, și oricare ar fi forma sistemului reprezentativ, statul este întotdeauna organul exclusiv al clasei capitaliste.
- Proletariatul nu poate distruge sau modifica mecanismul relațiilor de producție capitaliste – sursă a exploatării sale – fără a zdrobi puterea burgheză prin violență.
- Partidul de clasă este organul indispensabil al luptei revoluționare proletare. Partidul Comunist constă din cea mai avansată și fermă parte a proletariatului, unește forțele maselor muncitoare, transformând luptele lor pentru interese de grup și probleme contingente în lupta generală pentru emanciparea revoluționară a proletariatului. Propagarea teoriei revoluționare în mijlocul maselor, organizarea mijloacelor materiale pentru acțiune, conducerea clasei muncitoare pe tot parcursul luptei sale, protejarea continuității istorice și a unității internaționale a mișcării sunt toate datorii ale Partidului.
- După ce a doborât puterea Statului capitalist, proletariatul trebuie să distrugă complet vechiul aparat de stat, pentru a se organiza pe sine drept clasă conducătoare și a-și stabili propria dictatură. Acesta va refuza orice funcție și drept politic oricărui individ din clasa burgheză, atât timp cât aceasta mai supraviețuiește social, bazând organele noului regim în mod exclusiv pe clasa productivă. Acesta este programul pe care Partidul Comunist și-l setează și care-i este caracteristic. Numai Partidul este deci cel care reprezintă, organizează și dirijează dictatura proletară. Defensiva necesară a statului proletar împotriva tuturor încercărilor contrarevoluționare poate fi asigurată numai luând de la burghezie și de la toate celelalte partide, dușmani ai dictaturii proletariatului, orice mijloace de agitație și propagandă politică și prin organizarea armată a proletariatului, capabilă să îndepărteze toate atacurile interne și externe.
- Numai forța Statului proletar va fi capabilă să pună în practică sistematic măsurile necesare pentru a interveni în relațiile economiei sociale, prin care gestionarea colectivă a producției și a distribuției va lua locul sistemului capitalist.
- Această transformare a economiei și, în consecință, a întregii vieți sociale, va duce la eliminarea graduală a necesității unui stat politic, ce va deveni în mod progresiv un aparat pentru administrarea rațională a activităților umane.
* * *
În fața lumii capitaliste și a mișcării muncitorești de după Al Doilea Război Mondial, poziția Partidului este fondată pe următoarele puncte:
- În cursul primei jumătăți a secolului al XX-lea, sistemul social capitalist s-a dezvoltat, pe plan economic, prin crearea de trusturi monopoliste ale patronilor și prin încercarea de a controla și gestiona producția și schimburile conform unor planuri de control prin gestionarea de către Stat a unor întregi sectoare ale producției. Pe plan politic, a existat o creștere a potențialului militar și polițienesc al Statului, toate guvernele adoptând o formă mai totalitară. Toate acestea nu sunt nici noi tipuri de organizare sociale ca tranziție de la capitalism la socialism, nici readucerea la viață a unor regimuri politice pre-burgheze. Din contră, ele sunt forme bine definite ale unei gestionări din ce în ce mai directe și mai exclusive a puterii și a statului de către cele mai dezvoltate forțe ale capitalului.
Acest curs exclude interpretările progresiste, pacifiste și evoluționiste ale transformării regimului burghez și confirmă previziunea concentrării și a aranjamentului antagonist al forțelor de clasă. Proletariatul, pentru a confrunta potențialul crescând al inamicilor săi cu o energie revoluționară întărită, trebuie să respingă reînvierea iluzorie a liberalismului democratic și a garanțiilor constituționale. Partidul nu trebuie să le accepte nici măcar ca mijloace de agitație: trebuie să se lepede istoricește, odată pentru totdeauna, de practica alianțelor, chiar și în chestiunile tranzitorii, cu clasa mijlocie și cu partidele pseudo-proletare și reformiste.
- Războaiele imperialiste mondiale arată că este inevitabilă criza dezintegrării capitalismului, dat fiind faptul că acesta a intrat în faza în care expansiunea sa, în loc să însemne o continuă dezvoltare a forțelor productive, este, din contră, condiționată de repetate și tot mai multe distrugeri. Aceste războaie au cauzat repetate crize adânci în organizația mondială a muncitorilor, deoarece clasele dominante puteau impune asupra lor solidaritate militară și națională cu unul sau altul dintre beligeranți. Singura alternativă istorică ce poate înfrunta o astfel de situație este trezirea luptei de clasă interne, până la războiul civil al maselor muncitoare cu scopul de a răsturna puterea tuturor statelor burgheze și a coalițiilor mondiale, prin reconstituirea Partidului Comunist Internațional ca forță autonomă, independentă de orice putere politică sau militară organizată.
- Statul proletar, fiind aparatul, instrumentul și o armă a proletariatului pentru luptă într-o perioadă istorică de tranziție, nu își trage puterea din canoane constituționale și sisteme reprezentative. Cel mai complet exemplu istoric al unui astfel de Stat este până în prezent cel al Sovietelor (consilii muncitorești) ce au fost create în timpul Revoluției Ruse din Octombrie 1917, când clasa muncitoare s-a înarmat sub singura conducere a Partidului Bolșevic; în timpul acaparării totalitare a puterii, destrămând Ansamblul Constituant, luptând pentru a respinge atacurile externe ale guvernelor burgheze și pentru a zdrobi rebeliunea internă a claselor învinse, a stratelor mijlocii și mic-burgheze și a partidelor oportuniste, aliați inevitabili ai contrarevoluției în momentul decisiv.
- Realizarea integrală a socialismului în limitele unei singure țări este de neconceput, iar transformarea socialistă nu ar putea fi purtată fără eșecuri și piedici de moment. Apărarea regimului proletar împotriva pericolelor ubicue ale degenerării este posibilă numai dacă Statul proletar este în continuă coordonare cu lupta internațională a clasei muncitoare a fiecărei țări împotriva propriei sale burghezii, a statului și a armatei sale; această luptă nu lasă timp de răgaz nici în război. Această coordonare poate fi protejată numai dacă Partidul comunist mondial controlează politicile și programul statelor unde clasa muncitoare a învins.
II. SARCINILE PARTIDULUI COMUNIST
- Proletariatul se poate elibera de exploatarea capitalistă numai dacă luptă sub stindardul unui organ politic revoluționar: Partidul Comunist.
- Aspectul principal al luptei politice în sens marxist este războiul civil și revolta armată prin care o clasă răstoarnă puterenea clasei dominante opozante și își stabilește propria putere. O astfel de luptă poate reuși numai dacă este condusă de organizația de partid.
- Nici lupta împotriva puterii clasei exploatatoare și nici ulterioara dezrădăcinare a structurilor economice capitaliste nu pot fi realizate în lipsa partidului politic revoluționar: dictatura proletară este indispensabilă pe tot parcursul perioadei istorice în care asemenea schimbări enorme vor avea loc, exercitate deschis de către Partid.
- Partidul apără și propagă teoria mișcării pentru revoluția socialistă; acesta își apără și își întărește organizarea internă propagând teoria și programul comunist și fiind constant activ în cadrul proletariatului orișicând acesta este forțat să lupte pentru interesele sale economice; acestea sunt sarcinile sale înainte, în timpul și după lupta proletariatului înarmat pentru puterea de Stat.
- Partidul nu este alcătuit din toți membrii proletariatului, nici măcar din majoritatea lor. El este organizația minorității care a atins și și-a însușit, colectiv, tacticile revoluționare în teorie și în practică; cu alte cuvinte, care vede limpede obiectivele generale ale mișcării istorice a proletariatului din toată lumea și pentru întregul drum istoric ce separă perioada formării sale de victoria sa finală.
Partidul nu este format pe baza conștiinței individuale: nu doar că nu este posibil ca fiecare proletar să devină conștient, și cu atât mai puțin să stăpânească doctrina de clasă într-un mod cultural, dar nu este posibil nici pentru fiecare militant individual, nici măcar pentru liderii Partidului. Conștiința constă numai din unitatea organică a Partidului.
În același fel, deci, în care respingem noțiuni bazate pe acțiuni individuale sau chiar de masă – când nu sunt legate de cadrul partidului -, trebuie să respingem și orice concepție a partidului drept un grup de academicieni iluminați și indivizi conștienți. Din contră, Partidul este țesutul organic al cărei funcție în mijlocul clasei muncitoare este de a purta sarcina sa revoluționară în toate aspectele sale și în toate stadiile sale complexe.
- Marxismul a respins din totdeauna energic teoria care propune proletariatului numai asociații de fabrică, de meserie sau de industrie, teorie ce consideră că aceste asociații pot, prin ele însele, să ducă lupta de clasă la țelul său istoric: cucerirea puterii și transformarea societății. Incapabil de a înfrunta sarcina imensă a revoluției sociale de unul singur, sindicatul este, însă, indispensabil pentru mobilizarea proletariatului la un nivel politic și revoluționar. Acest lucru este posibil, totuși, numai dacă Partidul Comunist este prezent și influența sa în cadrul sindicatului crește. Partidul poate lucra numai în cadrul sindicatelor exclusiv proletare, unde apartenența este voluntară și unde nu există anumite opinii politice, religioase sau sociale forțate asupra membrilor săi. Acesta nu e cazul cu sindicatele confesionale, cu cele unde apartenența este obligatorie și cu cele ce au devenit parte integrantă a sistemului de stat.
- Partidul nu va înființa niciodată asociații economice care să excludă pe acei muncitori care nu îi acceptă principiile și conducerea. Dar Partidul recunoaște fără rezerve că nu doar situația ce precede lupta insurecțională, ci toate fazele de creștere substanțială a influenței Partidului în mijlocul maselor, nu pot apărea fără extinderea între Partid și clasa muncitoare a unei serii de organizații cu obiective economice de scurtă durată și cu un număr mare de participanți. În interiorul unor asemenea organizații partidul va pregăti o rețea de celule și grupuri comuniste, cât și o facțiune comunistă a sindicatului.
În perioadele în care clasa muncitoare este pasivă, Partidul trebuie să anticipeze formele de organizare adecvate și să promoveze constituirea organizațiilor cu scopuri economice imediate. Acestea pot fi sindicate grupate pe bază de comitete de fabrică, meserie, industrie sau orice alt tip de grupare cunoscut sau chiar unul nou. Partidul încurajează întotdeauna organizații ce favorizează contactul dintre muncitorii din diferite localități și de diferite meserii și acțiunea lor comună. Respinge orice formă de organizații închise.
- În orice situație, Partidul refuză în același timp punctul de vedere idealist și utopic ce face transformarea socială dependentă de un cerc de apostoli și eroi “aleși”, punctul de vedere libertarian conform căruia aceasta e dependentă de revolta indivizilor și a maselor neorganizate, punctul de vedere sindicalist sau economist care încredințează transformarea socială unor organizații apolitice, fie că predică folosirea violenței sau nu, și punctul de vedere voluntarist și sectant care nu conștientizează că rebeliunea de clasă reiese dintr-o serie de acțiuni colective mult înaintea unei conștiințe teoretice clare sau chiar a unei acțiuni hotărâte și care, drept consecință, recomandă formarea unei mici “elite” izolate de clasa muncitoare și de sindicate sau, ceea ce duce la același lucru, bazându-se pe sindicate ce exclud non-comuniștii. Această ultimă greșeală, ce a caracterizat istoric K.A.P.D.-ul german și Tribuniștii olandezi [Membrii partidului K.A.P.D. – Kommunistische Arbeiterpartei Deutschlands din Germania și a grupului ziarului “Tribuna”, condus de Gorter și Pannekoek, care au abandonat definitiv Internaționala Comunistă în 1921], a fost mereu combătută de către stânga marxistă italiană.
Diferențele din motive de strategie și tactică ce au dus curentul nostru la ruptura față de Internaționala a III-a nu pot fi discutate fără referirea la diferitele faze istorice ale mișcării proletare.
III. VALURILE ISTORICE ALE DEGENERĂRII OPORTUNISTE
- Dacă nu dorim să facem loc idealismului sau considerațiilor mistice, etice sau estetice, ce sunt în completă opoziție cu marxismul, este imposibil să afirmăm că în toate fazele istorice ale mișcării proletare este necesară aceeași intransigență, că orice alianță, orice front unit, orice compromis trebuie refuzat din principiu. Din contră, chestiunile strategiei și tacticilor de clasă și de partid pot fi rezolvate numai pe o bază istorică. Din acest motiv, trebuie luată în considerare dezvoltarea clasei proletare din întreaga lume în perioada dintre revoluțiile burgheze și cele socialiste, și nu particularitățile de timp sau spațiu ce nutresc politici cazuistice și care lasă chestiunile practice la latitudinea toanelor grupurilor sau a comitetelor conducătoare.
- Proletariatul însuși este înainte de toate produsul economiei capitaliste și al industrializării. Așa cum comunismul nu se poate naște din inspirația unor indivizi, a unor frății sau cluburi politice, ci numai din lupta proletarilor înșiși, tot așa, victoria irevocabilă a capitalismului asupra acelor forme ce l-au precedat istoric, adică victoria burgheziei asupra aristocrației feudale și latifundiare și asupra celorlalte clase caracteristice vechiului regim, fie asiatice, europene sau a celorlalte continente, este o condiție pentru comunism.
La vremea Manifestului Comunist, dezvoltarea industrială modernă era încă la începuturile sale, prezentă numai în câteva țări. Pentru a grăbi explozia luptei de clasă moderne, proletariatul trebuia să fie încurajat să lupte, înarmat, alături de burgheziile revoluționare în timpul insurecțiilor antifeudale și de eliberare națională. În acest fel, participarea muncitorilor la marea Revoluție Franceză și la apărarea sa împotriva coalițiilor europene până în timpurile napoleoniene, este parte a istoriei luptei muncitorești, aceasta în ciuda faptului că de la bun început dictatura burgheză a înăbușit feroce primele lupte sociale de inspirație comunistă.
Din cauza înfrângerii revoluțiilor burgheze din 1848, această strategie a alianței dintre proletariat și burghezie împotriva claselor vechiului regim rămâne validă, în ochii marxiștilor, până în 1871, prin prisma faptului că acest regim feudal încă persista în Rusia, în Austria și în Germania și acela că unitatea națională a Italiei, Germaniei și a țărilor Europei de Est este o condiție necesară pentru dezvoltarea industrială a Europei.
- Anul 1871 este un punct de cotitură clar în istorie. Lupta împotriva lui Napoleon III și a dictaturii sale este în fapt direcționată împotriva unei forme capitaliste, și nu feudale; este în același timp produsul și dovada mobilizării celor două clase inamice fundamentale ale societății moderne. Cu toate că vede în Napoleon un obstacol pentru dezvoltarea burgheză a Germaniei, marxismul revoluționar trece imediat de partea luptei anti-burgheze, care va fi lupta tuturor partidelor Comunei – prima dictatură a muncitorilor din lume. După această dată, proletariatul nu mai poate alege între partide sau arme naționale rivale, în măsura în care orice restaurare a formelor pre-burgheze a devenit social imposibilă în cele două mari areale: Europa – până la limitele Imperiilor Otoman și Țarist – pe de o parte și Anglia și America de Nord de cealaltă parte.
Oportunismul la finalul secolului XIX
4. Dacă ignorăm Bakuninismul din perioada Primei Internaționale și Sorelianismul din timpul celei de-A Doua, din moment ce nu au nimic de-a face cu marxismul, revizionismul social-democrat reprezintă primul val de oportunism din cadrul mișcării proletare marxiste. Viziunea sa era următoarea: de îndată ce victoria burgheziei asupra vechiului regim a fost universal asigurată, o fază istorică lipsită de insurecții și de războaie se deschide înainte umanității; socialismul devine posibil prin evoluție graduală, fără violență, pe baza extinderii industriei moderne și datorită creșterii numerice a muncitorilor înarmați cu sufragiul universal. În acest fel a încercat (Bernstein) să golească marxismul de conținutul revoluționar, pretinzând că spiritul său de rebeliune fusese moștenit de la burghezia revoluționară și nu îi aparține clasei proletare însăși. În acest timp, chestiunea tactică a alianței dintre partidele burgheze avansate și partidul proletar preia un aspect diferit de acela al fazei precedente; nu mai este o chestiune de a ajuta capitalismul să câștige, ci de a face socialismul să derive din el, cu ajutorul legilor și al reformelor, nu de a lupta pe baricadele satelor și orașelor împotriva amenințărilor restaurației, ci numai de a vota împreună în ansamblurile parlamentare. Din această cauză propunerea alianțelor și coalițiilor și chiar acceptarea de posturi ministeriale de către reprezentanții muncitorilor este încă de pe atunci o deviație de la direcția revoluționară. Din această cauză marxiștii radicali dezmint orice coaliție electorală.
Oportunismul în 1914
5. Al doilea uriaș val de oportunism lovește mișcarea proletară în momentul în care izbucnește războiul, în 1914. Majoritatea liderilor parlamentari și sindicali, cât și puternice grupuri militante, iar în unele țări între partide, prezintă conflictul între state naționale drept o luptă ce ar putea aduce înapoi absolutismul sistemului feudal și care ar putea duce la distrugerea cuceririlor civilizației burgheze și ale sistemului de producție modern. Aceștia predică solidaritate cu statul național în război, rezultatul fiind alianța dintre Rusia Țaristă și burgheziile avansate ale Franței și Angliei.
Majoritatea Internaționalei a Doua cade deci în oportunismul de război de care numai foarte puține partide, printre care și partidul socialist italian, scapă. Mai rău, numai grupuri și facțiuni avansate acceptă poziția lui Lenin care, definind războiul drept un produs al capitalismului și nu un conflict dintre capitalism și forme socio-politice mai puțin avansate, trage concluzia că “Sfânta Alianță” trebuie condamnată și că partidul proletar trebuie să practice politica defetismului revoluționar în fiecare țară, împotriva statului și armatei beligerante.
6. Internaționala A Treia este ridicată pe o bază ce este atât anti social-democrată, cât și anti social-patriotică.
Nu doar că în întreaga Internațională proletară nu există alianțe făcute cu alte partide pentru a exercita putere parlamentară, ci chiar mai mult, este negat faptul că puterea poate fi cucerită, fie și într-un mod “intransigent”, de către partidul proletar doar prin mijloace legale, fiind reafirmată nevoia, în mijlocul ruinei fazei pașnice a capitalismului, de violență armată și dictatură.
Nu doar că nu se intră în nicio alianță cu guverne beligerante, nici în cazul războaielor “defensive”, iar antagonismul de clasă este păstrat chiar și în timpul războiului, ci și mai mult, sunt făcute toate eforturile, prin propagandă defetistă pe front, de a transforma războiul imperialist dintre state într-un război civil dintre clase.
7. Răspunsul la primul val de oportunism a fost formula: nicio alianță electorală, parlamentară sau ministerială pentru a obține reforme.
Răspunsul la al doilea val a fost o altă formulă tactică: nicio alianță de război (după 1871) cu Statul și burghezia.
Reacțiile întârziate ar opri punctul de cotitură critic al perioadei 1914-1918 din a fi transformat într-un avantaj prin angrenarea într-o luptă la scară largă pentru defetism în război și pentru distrugerea statului burghez.
8. O mare excepție este victoria din Rusia din Octombrie 1917. Rusia era singurul stat major european care încă era condus de o putere feudală, unde penetrarea de către formele capitaliste de producție era slabă. În Rusia exista un partid care, deși nu mare, avea o tradiție ferm ancorată în marxism, care nu numai că s-a împotrivit celor două valuri consecutive de oportunism din Internaționala a Doua, dar în același timp, după grozavele încercări din 1905, era apt să-și pună problemele despre cum să unească două revoluții, cea burgheză și ce proletară.
În februarie 1917 acest partid luptă alături de celelalte împotriva Țarismului, iar imediat după aceea nu doar împotriva partidelor burgheze liberale, ci și împotriva partidelor proletare oportuniste, învingându-le pe toate. Mai mult, el devine apoi centrul reconstituirii Internaționalei revoluționare.
9. Efectul acestui eveniment formidabil poate fi regăsit în rezultatele sale istorice irevocabile. În ultima țară europeană plasată în afara zonei geo-politice a Occidentului, o luptă neîntreruptă conduce un proletariat, a cărui dezvoltare socială e departe de a fi completă la preluarea puterii. Formele liberal-democratice de tip vestic, înființate în prima fază a revoluțiilor, sunt date la o parte iar dictatura proletară înfruntă sarcina imensă de a accelara dezvoltarea economică. Aceasta înseamnă că formele feudale încă rămase trebuie răsturnate, iar formele capitaliste recente trebuie să fie depășite. Realizarea acestei misiuni cheamă înainte de toate la victoria asupra bandelor de insurgenți contrarevoluționari și a intervenției capitalismului străin. Ea cere nu numai mobilizarea proletariatului mondial pentru apărarea puterii sovietice și pentru dirijarea atacului spre puterile vestice burgheze, ci și extinderea luptei revoluționare spre continentele locuite de oameni de culoare, pe scurt, mobilizarea tuturor forțelor capabile de a purta o luptă armată împotriva metropolei capitaliste albe.
10. În Europa și în America, alianța strategică cu mișcările burgheze de stânga împotriva formelor feudale de putere nu mai este posibilă, ci a făcut loc luptei directe a proletariatului pentru putere. În țările subdezvoltate însă, partidele proletare și comuniste emergente nu desconsideră participarea la insurecțiile celorlalte clase anti-feudale, fie împtriva dominațiilor despotice locale, fie împotriva colonizatorilor albi.
Pe vremea lui Lenin existau două alternative istorice: fie lupta mondială se termină în victorie, aceasta prin prăbușirea puterii capitaliste cel puțin într-o parte extinsă și avansată a Europei, ceea ce ar permite transformarea economiei Rusiei într-un ritm alert, “sărind” stadiul capitalist și prinzând rapid din urmă industria occidentală, deja coaptă pentru socialism, fie marile centre imperialiste rămân pe loc, caz în care puterea revoluționară rusească este forțată să se restrângă la sarcina economică a revoluției burgheze, făcând efortul unei dezvoltări productive imense, dar cu caracter capitalist, și nu socialist.
11. Dovada nevoii urgente de a accelera preluarea puterii în Europa, de a preveni colapsul violent al Statului Sovietic, altminteri urmând involuția sa într-un stat de natură capitalistă în cel mult câțiva ani, a apărut de îndată ce societatea burgheză s-a consolidat după marele șoc al Primului Război Mondial. Dar partidele comuniste nu au reușit să preia puterea, cu excepția câtorva încercări care au fost zdrobite rapid, iar aceasta le-a condus la a se întreba ce ar putea face pentru a contracara faptul că largi secțiuni ale proletariatului cădeau încă pradă influențelor oportuniste și social-democrate.
Existau două metode contrarii: una ce considera partidele Internaționalei a Doua ce purtau o luptă neobosită fățișă atât împotriva programului comunist, cât și împotriva Rusiei revoluționare, drept inamici deschiși, și luptau împotriva acestora, vâzându-le drept cea mai periculoasă parte a frontului burghez și cealaltă, care se baza pe soluții rapide pentru a reduce influența partidelor social-democrate asupra maselor spre avantajul partidului comunist, folosind “manevre” tactice și strategice.
12. Pentru a justifica metoda din urmă, experiențele politicii bolșevice din Rusia au fost aplicate greșit, îndepărtându-se de la linia istorică corectă. Oferta de alianțe cu partide mic-burgheze și chiar burgheze a fost justificată istoric prin faptul că puterea țaristă, interzicând toate aceste mișcări, le-a forțat să se angajeze în luptă insurecțională. În Europa, pe de altă parte, singurele acțiuni comune ce au fost propuse, chiar și ca manevră, respectau legalitatea, atât în cadrul sindicatelor cât și al parlamentului. În Rusia faza parlamentarismului liberal fusese foarte scurtă (în 1905 și câteva luni în 1917), la fel și în privința recunoașterii legale a mișcării sindicale. În restul Europei, între timp, jumătate de secol de degenerare a mișcării proletare prefăcuseră aceste două câmpuri de acțiune în terenuri propice pentru reducerea energiilor revoluționare și pentru coruperea liderilor muncitorilor. Garanția ce stătea în soliditatea organizației și principiilor Partidului Bolșevic nu era aceeași cu garanția oferită de existența puterii de stat din Moscova, care, din cauza condițiilor sociale și a relațiilor internaționale, era, după cum a arătat-o istoria, mai susceptibilă să cedeze, renunțând la principiile și politica revoluționară.
13. Stânga Internaționalei (căreia majoritatea covârșitoare a Partidului Comunist din Italia îi aparținea înainte de a fi mai mult sau mai puțin distrus de contrarevoluția fascistă ce a fost favorizată în primul rând de greșeala strategiei istorice) susținea că în Occident toate alianțele și propunerile de alianțe cu partidele socialiste sau mic-burgheze trebuie refuzate cu orice preț; cu alte cuvinte, nu trebuie să existe un front unit politic. Aceasta afirma că, comuniștii ar trebui să își lărgească influența în mijlocul maselor prin participarea în toate luptele locale și economice, încurajând muncitorii din toate organizațiile și de toate credințele la a le dezvolta la maximum, dar respingea faptul că acțiunea partidului ar trebui subordonată celei a comitetelor politice ale fronturilor, coalițiilor sau alianțelor, chiar și dacă această subordonare s-ar fi limitat la declarații publice și s-ar fi compensat prin instrucții interne ale militanților sau ale partidului și prin intențiile subiective ale liderilor. Și mai puternic a respins așa-numitele tactici “bolșevice” atunci când luau forma unui “guvern muncitoresc”, adică lansarea sloganului (devenit în anumite instanțe un experiment practic, cu consecințe dezastruoase) de a ajunge la putere parlamentară prin majorități amestecate de comuniști și socialiști de diverse forme. Dacă partidul bolșevic putea elabora fără pericole planul guvernelor provizionale ale unor partide multiple în faza revoluționară, și dacă aceasta i-a permis să ajungă la cea mai fermă autonomie de acțiune și chiar să respingă foștii aliați, toate acestea au fost posibile numai din cauza diversității situației forțelor istorice: nevoia urgentă de două revoluții și atitudinea distructivă a statului de la putere împotriva oricui care ajungea la putere pe cale parlamentară. Ar fi fost absurd să transpui o asemenea strategie la o situație în care statul burghez avea o tradiție democratică veche de jumătate de secol, iar partidele îi acceptă constituționalismul.
14. Între 1921 și 1926, versiuni din ce în ce mai oportuniste ale metodei tactice ale Internaționalei au fost impuse la congresele sale (al treilea, al patrulea, al cincilea și la Comitetul Executiv Lărgit din 1926). La baza metodei era formula simplă: alterează tacticile potrivit circumstanțelor. Prin prisma unor așa-numite analize, cam la fiecare șase luni noi stadii ale capitalismului erau identificate și noi manevre erau propuse pentru a le adresa. Acesta este în esență revizionism, care a fost întotdeauna “voluntarist”; cu alte cuvinte, când a realizat că predicțiile sale despre venirea socialismului nu s-au adeverit, a decis să forțeze ritmul istoriei cu o practică nouă, dar, făcând aceasta, a încetat să lupte pentru obiectivele proletare și socialiste ale programului nostru maximal. În 1900 reformiștii spuneau că circumstanțele au eliminat orice posibilitate de insurecție. Nu ne putem aștepta la imposibil, au spus, haide să muncim deci pentru a câștiga alegeri și pentru a schimba legi, pentru a realiza câștiguri economice prin sindicate. Iar când această metodă a eșuat, a provocat o reacție din partea curentului esențialmente voluntarist al anarho-sindicalismului, ce învinovățea politica de partid și politica în general, prezicând că schimbarea va veni prin efortul minorităților hotărâte în grevă generală, conduse exclusiv de către sindicate. Asemănător, Internaționala Comunistă, de îndată ce a văzut că proletariatul vest-european nu avea să lupte pentru dictatură, a preferat să se bazeze pe înlocuitori pentru a ieși din impas. Și ce a ieșit din toate aceste lucruri, odată ce echilibrul capitalist a fost restabilit, este că nu au modificat nici situația obiectivă, nici echilibrul de forțe, dar au corupt mișcarea muncitorească, la fel cum se întâmplase când revizioniștii nerăbdători de dreapta și de stânga au ajuns în serviciul burgheziei în cadrul coalițiilor de război. Toată pregătirea teoretică și restaurarea principiilor revoluționare a fost sabotată, confundând programul comunist de preluare a puterii prin mijloace revoluționare cu aderarea comuniștilor la așa-numitele guverne ‘înrudite’ prin intermediul susținerii și participării în parlament și în cabinetele burgheze; în Saxonia și Turingia această metodă s-a sfârșit într-o comedie, unde doi polițiști au fost suficienți pentru a răsturna liderul comunist al guvernului.
15. Organizarea internă a fost supusă unei confuzii asemănătoare, compromițând misiunea dificilă de a separa membrii revoluționari de cei oportuniști în diferitele țări și partide. Se credea că membrii noi de partid, mai susceptibili la a colabora cu centrul, puteau fi procurați prin smulgerea unor întregi aripi stângi ale vechilor partide social-democrate, pe când, de fapt, după ce noua Internațională a trecut prin perioada sa inițială de formare, aceasta trebuia să funcționeze permanent drept partid mondial, primind noi convertiți numai pe bază individuală în secțiunile sale naționale. Vrând să câștige de partea sa grupuri largi de muncitori, au încheiat în schimb înțelegeri cu liderii acestora, aruncând în dezordine cadrele mișcării, dizolvând-o și regrupând-o apoi în perioade de luptă activă. Considerând fracțiuni și grupuri din cadrul partidelor oportuniste drept “comuniste”, ele erau absorbite prin fuziuni organizatorice; astfel, aproape toate partidele, în loc de a se pregăti de luptă, erau ținute într-o stare de criză permanentă. Ducând lipsă de continuitate a acțiunii și fără limite clare între prieteni și inamici, înregistrau un eșec după altul pe scară internațională. Stânga pretinde unicitate și continuitate organizațională.
Răsturnarea structurii partidelor sub pretextul “bolșevizării” a fost un alt motiv de diferențiere al Stângii față de conducerea Internaționalei. Organizarea teritorială a partidului a fost înlocuită cu o rețea de celule de fabrică. Aceasta a îngustat orizontul politic al membrilor ce aveau aceeași meserie și, astfel, aceleași interese economice imediate. În acest fel, sinteza naturală a diferitelor impulsuri sociale ce ar fi ajutat la a face lupta una generală, comună tuturor categoriilor, nu a fost realizată. De vreme ce această sinteză lipsea, singurul factor al unității a fost exprimat doar de sloganurile purtate de reprezentanții centrelor superioare, care au devenit în mare parte funcționari și care au început să aibă toate caracteristicile negative ale oficialismului politic și sindical al vechii mișcări.
Critica pe care pe care Stânga Marxistă Italiană le-a făcute acestei organizări nu trebuie să fie confundată cu o chemare la întoarcerea la “democrație internă” și “alegeri libere” ale liderilor de partid. Nici democrația internă, nici alegerile libere nu dau Partidului natura sa de a fi cea mai conștientă facțiune a proletariatului și funcția sa de ghid revoluționar. Este, în schimb, o chestiune de discrepanță largă între concepțiile despre organicitatea deterministică a partidului ca organ istoric, existând în realitatea luptei de clasă; este o deviație fundamentală în principii ce a făcut partidele incapabile să prezică și să confrunte pericolul oportunist.
16. Deviații analoge au avut loc în Rusia, unde a apărut pentru prima oară în istorie problema dificilă a organizării și a disciplinei interne a partidului comunist ajuns la putere și al cărui număr de membri crescuse enorm. Dificultățile întâlnite în lupta socială internă pentru o nouă economie și cele ale luptei politice din afara Rusiei au provocat opinii contrastante între bolșevicii gardei vechi și membrii noi.
Grupul de la conducerea Partidului avea în mâinile sale nu numai aparatul partidului, ci întregul aparat de Stat. Opiniile acestui grup sau ale unei majorități a lui erau trecute drept bune, nu în lumina doctrinei de partid, a tradiției sale naționale și internaționale de luptă, ci prin represiunea opoziției prin mijloace ale aparatului de stat și prin sugrumarea partidului într-o manieră polițienească. Orice neascultare față de organul central al partidului era judecată drept o acțiune contrarevoluționară, justificând, pe lângă expulzare, măsuri punitive. Relația dintre Partid și Stat a fost astfel complet distorsionată, iar grupul ce le controla pe ambele a fost astfel capabil să impună o abandonarea principiilor și ale linii istorice a partidului și a mișcării revoluționare globale. În realitate, partidul este un organism unitar în doctrina și acțiunea sa. Alăturarea la partid impune obligații asupra liderilor și aderenților, însă alăturarea și părăsirea sunt voluntare, fără niciun fel de constrângere fizică, și așa trebuie să fie în aceeași măsură înainte, în timpul și după cucerirea puterii. Partidul conduce singur și în mod autonom lupta clasei exploatate de a distruge statul capitalist. În același fel, Partidul, singur și autonom, conduce statul revoluționar proletar și, dat fiind că statul este un organ doar tranzitoriu din punct de vedere istoric, intervenția legală împotriva membrilor sau grupurilor din partid indică o criză serioasă. De îndată ce asemenea intervenții au devenit o practică în Rusia, partidul s-a umplut de membri oportuniști ce nu urmăreau nimic altceva decât să procure avantaje personale sau cel puțin să beneficieze de protecția Partidului. Și totuși erau acceptați fără ezitare și, în loc ca Statul să slăbească, a avut loc o umflare periculoasă a Partidului de la putere.
Această inversare a influențelor a dus la rezultatul în care oportuniști au ajuns într-o poziție avantajoasă față de ortodocși; trădătorii principiilor revoluționare i-au paralizat, imobilizat, acuzat și, în cele din urmă, condamnat, pe cei ce apărau aceste principii într-un mod coerent, dintre care unii au înțeles prea târziu că partidul nu va mai deveni niciodată unul revoluționar.
De fapt, guvernul era cel care, luptându-se cu realitatea grea a treburilor interne și externe, rezolva probleme și impunea soluții Partidului. Partidul, în schimb, impunea cu ușurință aceste soluții celorlaltor partide, pe care le domina și mânuia după plac, în congresele internaționale. În acest mod, directivele Cominternului au devenit din ce în ce mai eclectice și mai conciliatoare cu privire la capitalismul global.
Stânga Italiană nu a pus niciodată la îndoială meritele revoluționare ale partidului care a condus prima revoluție proletară spre victorie, dar a susținut că și contribuțiile partidelor încă în luptă deschisă împotriva propriului regim burghez erau indispensabile. Ierarhia ce putea rezolva problemele acțiunii revoluționare în lume și în Rusia trebuia deci să fie următoarea: Internaționala partidelor comuniste mondiale, diferitele sale secțiuni – inclusiv cea rusească – și, în final, guvernul comunist pentru politica internă rusească, dar exclusiv în liniile partidului. În caz contrar, caracterul internaționalist al mișcării și eficiența sa revoluționară nu aveau decât să fie compromise. Numai respectând această regulă putea fi evitată divergența de interese și obiective dintre Statul Rus și Revoluția Mondială. Lenin însuși a recunoscut că dacă revoluția ar izbucni în Europa sau în restul lumii, Partidul din Rusia ar lua nu locul al doilea, ci cel puțin al patrulea, în conducerea politică și socială generală a revoluției comuniste.
17. Nu putem spune cu exactitate când a început valul oportunist ce avea să poarte Internaționala Comunistă. Acesta era al treilea val, primul paralizând Internaționala fondată de Marx, iar al doilea fiind cel ce a adus căderea Internaționalei a Doua. Deviațiile și erorile politice discutate în paragrafele 11, 12, 13, 14, 15 și 16 de mai sus, au aruncat mișcarea comunistă globală într-un deplin oportunism, ceea ce se putea observa din atitudinea sa față de fascism și față de guvernele totalitare. Aceste forme apăruseră după perioada marilor atacuri proletare care în Germania, Italia, Ungaria, Bavaria și în Balcani urmaseră Primului Război Mondial. Internaționala Comunistă le-a definit drept ofensive ale patronilor, cu tendința de a coborî standardul de trai al claselor muncitoare din punct de vedere economic, iar din punct vedere politic drept inițiative de suprimare a liberalismului democratic, pe care îl prezentau, într-o expresie îndoielnică pentru marxişti, ca fiind un mediu favorabil al unei ofensive proletare, în timp ce comunismul, în schimb, l-a considerat întotdeauna drept cea mai nocivă atmosferă posibilă de corupţie revoluţionară la nivel politic. În realitate, fascismul a fost demonstrația completă a viziunii marxiste asupra istoriei; concentrarea economică nu era numai o dovadă a caracterului social și internațional al producției capitaliste, ci ea a forțat producția capitalistă să se unească și burghezia să declare război social împotriva proletariatului, a cărui presiune era încă mult mai slabă decât capacitatea de apărare a statului capitalist.
Liderii Internaționalei, pe de altă parte, au creat o serioasă confuzie istorică cu perioada lui Kerensky din Rusia, ducând nu doar la o greșeală gravă de interpretare teoretică, ci și la o inevitabilă răsturnare a tacticilor. O strategie de protejare și conservare a condițiilor existente a fost trasată pentru proletariat și pentru partidele comuniste, sfătuindu-le să formeze un front unit cu toate grupurile burgheze ce susțineau că anumite avantaje imediate trebuiau garantate muncitorilor și că oamenii nu trebuiau să fie privați de drepturile lor democratice. Grupurile erau în acest fel mult mai puțin ferme și perspicace decât fasciștii și astfel niște aliați foarte slabi.
Internaționala nu a înțeles că Fascismul sau Național Socialismul nu aveau nimic de a face cu o încercare de întoarcere la forme de guvernământ despotice și feudale, nici cu victoria așa-numitei aripi drepte a burgheziei în opoziție cu clasa capitalistă mai avansată a marilor industrii, nici cu o încercare de a forma un guvern autonom al claselor intermediare dintre angajatori și proletari. Ea nu înțelesese nici că, eliberându-se de parlamentarismul ipocrit, fascismul a moștenit pe de altă parte pe deplin reformismul pseudo-marxist, asigurând pentru clasele cele mai năpăstuite nu doar un salariu decent, ci și o serie de îmbunătățiri ale bunăstării lor printr-un număr de măsuri și intervenții întreprinse de stat făcute, desigur, în interesul Statului. Internaționala Comunistă a lansat astfel sloganul “luptă pentru libertate”, ce a fost impus Partidului Comunist din Italia de către președintele Internaționalei, începând cu 1926. Și totuși aproape toți militanții partidului doreau de patru ani să conducă o politică de clasă autonomă împotriva fascismului, refuzând coalițiile cu orice partide democratice, monarhiste sau catolice care erau în favoarea garanțiilor parlamentare și constituționale. În zadar i-a avertizat Stânga italiană pe liderii Internaționalei de faptul că drumul pe care aceasta l-a ales (și care a ajuns în final la Comitetele pentru Eliberare Națională!) va duce la pierderea tuturor energiilor revoluționare, în zadar a cerut ca adevărata semnificație a antifascismului partidelor burgheze și mic-burgheze, cât și al celor pseudo-proletare să fie denunțată deschis.
Linia partidului comunist este prin natura ei una ofensivă și în niciun caz nu poate lupta pentru conservarea iluzorie a condițiilor specifice capitalismului. Dacă, înainte de 1871, clasa muncitoare trebuia să lupte alături de forțele burgheze, aceasta nu era pentru a se agăța de anumite avantaje, nici pentru a evita o întoarcere imposibilă la vremurile vechi, ci pentru a ajuta la distrugerea totală a tuturor forme politice și sociale depășite. În politica economică de zi cu zi, ca și în politică în general, clasa muncitoare nu avea nimic de pierdut și deci nimic de apărat. Atacul și cucerirea, acestea sunt singurele sale tactici.
În consecință, partidul revoluționar trebuie să interpreteze venirea formelor totalitare ale capitalismului ca pe confirmarea doctrinei sale și deci deplina sa victorie ideologică. El trebuie să se intereseze de puterea efectivă a clasei proletare în relație cu opresorul său pentru a se pregăti de războiul civil revoluționar. Partidul revoluționar trebuie să facă tot ce îi stă în putință pentru a stârni atacul final, iar atunci când aceasta este imposibil, să rămână cu capul sus, fără a arunca vreodată un “Vade retro Satana” (Piei, Satano!) pe atât de defetist, pe atât de stupid, căci asta se rezumă la implorarea prostească pentru toleranță și iertare din partea clasei inamice.
Oportunismul după 1926
18. În a Doua Internațională, oportunismul a luat forma umanitariansimului, a filantropiei și a pacifismului, culminând cu renegarea luptei armate și a insurecției și, cu atât mai mult, găsind justificări pentru violența legală dintre state pe timp de război.
În timpul celui de-al treilea val oportunist deviația și trădarea liniei revoluționare au ajuns până la luptă armată și război civil. Dar chiar și atunci când oportunismul vrea să impună un anume guvern împotriva altuia într-o țară, prin luptă armată în vederea cuceririlor teritoriale și a pozițiilor strategice, critica revoluționară rămâne aceeași ca atunci când organizează fronturi, blocuri și alianțe cu aranjamente pur electorale și parlamentare. De exemplu, alianța Războiului Civil Spaniol și a mișcării partizane împotriva germanilor și fasciștilor în timpul celui de-Al Doilea Război Mondial a fost fără niciun dubiu o trădare a clasei muncitoare și o formă de colaborare cu capitalismul, în ciuda violenței care a fost folosită. În astfel de cazuri, refuzul partidului comunist de a se subordona comitetelor formate din partide eterogene ar trebuie să fie chiar și mai ferm: atunci când acțiunea trece de la agitația legală la conspirație și luptă este cu atât mai criminal să ai vreun lucru în comun cu mișcările non-proletare. Nu mai este nevoie să reamintim că în caz de înfrângere, astfel de înțelegeri s-au încheiat prin concentrarea tuturor forțelor inamice asupra comuniștilor, în timp ce în cazul unui succes aparent, aripa revoluționară a fost complet dezarmată și ordinea burgheză a fost consolidată.
19. Toate demonstrațiile de oportunism în tacticile impuse de partidele europene și executate în Rusia au fost încununate în timpul celui de-Al Doilea Război Mondial de atitudinea Statului Sovietic față de celelalte state beligerante și de către instrucțiunile pe care Moscova le-a dat partidelor comuniste. Aceste partide nu și-au negat aprobarea față de război și nici nu au încercat să o exploateze în scopul organizării unei acțiuni de clasă țintind la distrugerea statului capitalist. Din contră, în primă fază Rusia a încheiat un acord cu Germania: în timp ce a prevăzut că secțiunea germană nu ar trebui să facă nimic împotriva puterii hitleriste, a îndrăznit să dicteze auto-intitulatele tactici “marxiste” comuniștilor francezi, ce aveau să declare războiul dintre burghezia franceză și engleză drept unul agresiv imperialist, făcând aceste partide să întreprindă acțiuni ilegale împotriva statului și armatei lor. Însă, de îndată ce Statul Rus a intrat în conflict militar cu Germania, iar interesul său era în puterea opozanților Statului Rus, partidele franceze, engleze și altele implicate, au primit instrucțiuni politice contrarii și comanda de a se muta pe frontul apărării naționale, la fel ca socialiștii denunțați de Lenin în 1914. Mai mult, toate pozițiile teoretice și istorice ale comunismului au fost falsificate atunci când a fost declarat că războiul dintre puterile vestice și Germania nu era unul imperialist, ci o cruciada pentru libertate și democrație și că a fost așa de la bun început, din 1939, pe când propaganda pseudo-comunistă era direcționată în totalitate împotriva francezilor și englezilor.
Astfel, este clar că Internaționala Comunistă, care la un moment dat a fost desființată, pentru a da garanții în plus puterilor imperialiste, nu a fost nicicând folosită pentru a provoca prăbușirea vreunei puteri capitaliste și nici măcar pentru a grăbi apariția condițiilor necesare pentru captarea puterii de către proletariat. Singura sa întrebuințare a fost să colaboreze deschis cu blocul imperialist german, blocul opus preferând să se descurce fără ajutorul său atunci când Rusia a venit de partea sa.
Nu este deci o simplă chestiune de oportunism, ci mai degrabă de abandonare totală a comunismului, dovedită de graba cu care definiția structurii de clasă a puterilor burgheze s-a schimbat în tandem cu schimbarea de aliați a Rusiei. Imperialiste și plutocrate în 1939-40, Franța, Anglia și Statele Unite ale Americii au devenit mai târziu reprezentanți ai progresului, libertății și civilizației, având un program comun cu Rusia pentru reorganizarea lumii. Acest punct de cotitură extraordinar nu a oprit Rusia din a arunca cele mai arzătoare acuzații la adresa acelorași state din momentul primelor dezacorduri din 1946 și de la începutul Războiului Rece.
Nu este de mirare deci că, începând cu simple contacte cu social-trădătorii și social-patrioții respinși cu o zi mai înainte, continuând cu fronturile unite, guvernele muncitorești (renunțând la dictatura de clasă) și chiar cu blocurile cu partidele mic-burgheze, mișcarea de la Moscova a căzut, în timpul războiului, în aservire totală față de politica “puterilor democratice”. Mai târziu, a trebuit să admită că aceste puteri erau nu doar imperialiste, ci și la fel de fasciste pe cât fuseseră Germania și Italia înainte. Nu este de mirare deci nici faptul că partidele revoluționare care se întruniseră la Moscova în 1919-1920 și-au pierdut orice urmă de natură comunistă și proletară.
20. Al treilea val istoric al oportunismului unește toate caracteristicile celor două valuri precedente, în aceeași măsură în care capitalismul actual include toate formele diferitelor sale stadii de dezvoltare.
După al doilea război imperialist, partidele oportuniste, unite cu toate partidele burgheze în Comitetele pentru Eliberarea Națională, iau parte la guvernare cu acestea. În Italia, iau parte chiar la cabinetele monarhiste, amânând chestiunea Republicii pentru vremuri mai “potrivite”. Astfel, reneagă utilizarea metodei revoluționare a cuceririi puterii politice de către proletariat, consfințind o luptă pur legală și parlamentară, pentru care orice presiune proletară trebuie sacrificată în vederea acaparării puterii publice prin mijloace pacifiste. La fel ca în primul an al conflictului, nu au sabotat guvernele fasciste, hrănindu-le forța militară cu aprovizionarea de primă necesitate, ele postulează participarea la guvernele naționale de apărare, scutind de toate problemele guvernele de război.
Oportunismul își continuă evoluția fatală, sacrificând până și formal A Treia Internațională inamicului clasei muncitoare, imperialismul, în favoarea ulterioarei “consolidări a Frontului Unit al aliaților și a altor Națiuni Unite”. În acest fel, anticiparea istorică a Stângii Italiene făcută în primii ani ai Internaționalei a Treia s-a adeverit. Era inevitabil ca uriașul oportunism ce câștigase mișcarea muncitorească va conduce la lichidarea tuturor instanțelor revoluționare. În consecință, reconstituirea puterii de clasă a proletariatului mondial a fost foarte mult întârziată, a fost făcută mai dificilă și va necesita un efort mult mai mare.
21. În același fel în care Rusia, susținută de către partidele comuniste oportuniste ale celorlalte țări, a luptat de partea imperialiștilor, ea li s-a alăturat și în ocuparea țărilor învinse, pentru a preveni masele exploatate din a se revolta, iar aceasta fără a pierde susținerea partidelor. Din contră, această ocupație cu scop contrarevoluționar a fost complet justificată de către așa-numiții socialiști și comuniști în cadrul conferințelor de la Yalta și Teheran. Orice posibilitate a unui atac revoluționar asupra puterilor burgheze a fost redusă la zero, atât în țările ce au câștigat războiul, cât și în cele care l-au pierdut. Aceasta confirmă poziția Stângii Italiene ce a văzut Al Doilea Război Mondial drept imperialist și ocuparea țărilor învinse drept contrarevoluționară, prevăzând că acest război nu putea fi urmat de o relansare revoluționară.
22. În acord cu trecutul contrarevoluționar, partidul rus și cele afiliate au modernizat teoria colaborării permanente dintre clase, proclamând coexistența și competiția pașnice dintre statele capitaliste și cele socialiste. Această poziție, în urma celei dintâi care reducea lupta de clasă la o așa-numită luptă între statele capitaliste și cele socialiste, este insulta lor finală la adresa marxismului revoluționar. Dacă un stat socialist nu declară război sfânt asupra statelor capitaliste, trebuie cel puțin să declare și să mențină războiul de clasă în interiorul țărilor burgheze, al căror proletariat se pregătește teoretic și practic pentru insurecție. Aceasta este singura poziție ce confirmă programul partidelor comuniste cărora nu le repugnă să își arate opiniile și intențiile (Manifestul din 1848) și care instigă deschis la distrugerea violentă a puterii burgheze.
De aceea, statele și partidele ce recunosc sau chiar presupun ipotetic coexistența și competiția pașnică dintre state, în loc să propage absoluta incompatibilitate dintre clase și lupta armată pentru emanciparea proletariatului, sunt state capitaliste și partide contrarevoluționare, iar frazeologia lor nu face decât să le mascheze caracterul non-proletar.
Persistența unor astfel de ideologii în mijlocul clasei muncitoare este un obstacol tragic în calea oricărei revitalizări de clasă, iar proletariatul trebuie să îl depășească înainte ca lupta să poată avea loc.
23. Un alt aspect care a făcut oportunismul politic al valului al treilea încă și mai condamnabil decât cele precedente a fost atitudinea sa rușinoasă față de pacifism, urmată de apărarea războiului de gherilă și iarăși de pacifism, dar condimentat cu frazeologia anticapitalistă a războiului rece și, în fine, pacifismul total insipid al coexistenței. Toate aceste puncte de cotitură au mers mână în mână cu cele mai schimbătoare definiții ale puterilor engleze și americane: imperialiste în 1939, “eliberatoare” democratice ale proletariatului european în 1942, iarăși imperialiste după război, și astăzi rivale pacifiste în competiția între capitalism și “socialism”. Marxiștii adevărați știu că imperialismul american a preluat încă din Primul Război Mondial de la “despotul” englez rolul principal de Armată Albă a lumii, precum au subliniat de numeroase ori Lenin și Internaționala a Treia în timpul perioadei glorioase a luptei revoluționare.
Inseparabil față de pacifismul social, pacifismul în sine profită din plin de ura muncitorilor față de războaiele imperialiste. Apărarea păcii, care este un punct de propagandă comun al tuturor partidelor și statelor, fie ele burgheze sau pseudo-proletare, este însă la fel de oportunistă precum apărarea patriei. Revoluționarii ar trebui să o lase pe una ca și pe cealaltă în seama ONU, care este cuprinsă de groază la mențiunea luptei de clasă, dar care este ea însăși, la fel ca Liga Națiunilor, o Ligă a Jefuitorilor.
Punând pacifismul mai presus de orice altă revendicare, oportuniștii de astăzi arată nu doar că se află în afara procesului revoluționar și că au căzut într-o utopie totală, ci și că nici măcar nu se apropie de utopicii precum Saint-Simon, Owen, Fourier sau chiar Proudhon.
Marxismul revoluționar respinge pacifismul ca teorie și mijloc de propagandă și subordonează pacea distrugerii violente a imperialismului global; nu va exista pace atât timp cât proletariatul mondial nu este liber față de exploatarea burgheză. De asemnea, denunță pacifismul ca armă a inamicului de clasă în scopul dezarmării proletariatului și reținerii acestuia de la influența revoluționară.
24. Stabilirea de conexiuni cu partidele imperialiste pentru a forma guverne de “unitate națională” a devenit o practică cutumiară a oportuniștilor care o exercită la o scară internațională într-un organism suprastatal gigantic – ONU. Marea minciună constă în a face lumea să creadă că dacă războiul dintre state este evitat, colaborarea de clasă poate nu numai să devină realitate, ci chiar să aducă roade sentimentaliste clasei muncitoare, statul imperialist de clasă devenind un instrument democratic al avuției sociale.
Astfel, în Democrațiile Populare, oportuniștii au înființat sisteme naționale în cadrul cărora toate clasele sunt reprezentate, cu pretenția că în acest fel interesele lor opuse pot fi armonizate. În China, de pildă, unde blocul celor patru clase este la putere, proletariatul, departe de a-și fi asumat puterea politică, este supus presiunii neîncetate a tânărului capitalism industrial, suportând costurile “Reconstrucției Naționale” la fel ca proletariatele celorlaltor țări. Dezarmarea forțelor revoluționare, ce a fost oferită de către social-patrioții lui 1914 și de către ministerialiștii precum Millerand, Bissolati, Vandervelde, MacDonald & Co, care au fost învinși și eliminați de către Lenin și Internaționala Comunistă, se estompează în fața colaborării scandaloase și nerușinate a actualilor social-patrioți și ministerialiști. Stânga Italiană, care încă din 1922 se împotrivea “guvernului muncitorilor și țăranilor” (sintagmă căreia i s-a dat semnificația de “dictatură a proletariatului”, dar care a favorizat o ambiguitate fatală sau, mai rău, însemna de fapt ceva destul de diferit), respinge cu atât mai mult colaborarea de clasă deschisă pe care actualii oportuniști nu ezită să o susțină. Stânga Italiană pretinde pentru proletariat și pentru partidul său monopolul necondiționat asupra statului, dictatura unitară și nedivizată a clasei proletare.
IV. ACȚIUNEA DE PARTID
1. Încă de la apariția sa, capitalismul a avut o dezvoltare istorică neregulată, cu perioade alternante de criză și de expansiune economică intensă.
Crizele sunt inseparabile de capitalism, care însă nu va înceta să crească și să se extindă atât timp cât forțele revoluționare nu îi dau ultima lovitură. În mod paralel, istoria mișcării proletare prezintă faze de obstacole impetuoase și faze de retragere provocate de înfrângeri brutale sau de degenerare lentă, în timpul cărora reînnoirea activității revoluționare poate fi la zeci de ani distanță. Comuna din Paris a fost pusă la pământ în mod violent, iar înfrângerea sa a deschis o perioadă de dezvoltare relativ pacifistă a capitalismului, ceea ce a dat naștere teoriilor oportuniste sau revizioniste, a căror existență în sine a dovedit decăderea revoluției. Revoluția din Octombrie a fost învinsă lent pe parcursul unei perioade de regresiune, culminând cu suprimarea violentă a celor ce luptaseră pentru ea și supraviețuiseră. De la 1917, revoluția este cu totul absentă, iar astăzi nu pare că am fi în pragul unei reînnoiri revoluționare.
2. În ciuda unor astfel de recurențe, modul de producție capitalist se extinde și triumfă în toate țările, sub aspectele sale tehnice și sociale, într-un mod mai mult sau mai puțin continuu. Alternativele forțelor de clasă contradictorii sunt, în schimb, legate de evenimentele luptei istorice generale, de contrastul care exista deja de când burghezia și-a început dominația asupra claselor feudale și precapitaliste și de procesul politic evolutiv al celor două clase istoric rivale: burghezia și proletariatul, un proces marcat de victorii și înfrângeri, de greșeli în metoda tactică și strategică. Primele lupte datează din 1789, ajungând, prin 1848, 1871, 1905 și 1917 la ziua de astăzi. Ele au dat burgheziei șansa de a-și rafina armele împotriva proletariatului, în aceeași măsură în care economia s-a dezvoltat.
Din contră, proletariatul, în fața expansiunii uriașe a capitalismului, nu a știut întotdeauna cum să își folosească energia de clasă cu succes, căzând, după fiecare înfrângere, în plasa oportunismului și a trădării, stând apoi departe de revoluție pentru perioade din ce în ce mai lungi.
3. Ciclul diferitelor lupte și înfrângeri, chiar și al celor mai drastice, cât și valurile oportuniste în timpul cărora mișcarea revoluționară este supusă influenței clasei inamice, toate acestea constituie un câmp larg de experiențe pozitive în cadrul cărora revoluția se maturizează.
În urma înfrângerilor, revenirea revoluționară este dificilă și anevoioasă, dar mișcarea, deși nu este vizibilă la suprafață, nu este întreruptă; ea menține cristalizate, într-o avangardă limitată, revendicările de clasă revoluționare.
Perioadele de depresiune politică ale mișcării revoluționare sunt numeroase. Din 1848 în 1867, de la a doua revoluție de la Paris până la zorii războiului franco-prusac, mișcarea revoluționară este aproape exclusiv întrupată de Marx, Engels și un cerc mic de tovarăși. Din 1872 în 1879, de la înfrângerea Comunei la începutul războaielor coloniale și la întoarcerea crizei capitaliste, ce conduce la războiul ruso-japonez din 1905, și apoi la războiul din 1914, conștiința revoluționară este reprezentată în continuare de Marx și Engels. Din 1914 în 1918, în timpul Primului Război Mondial în care A Doua Internațională se destramă, Lenin alături de câțiva tovarăși din alte câteva țări sunt cei care reprezintă continuitatea și progresul victorios al mișcării.
Anul 1926 a introdus o nouă perioadă nefavorabilă pentru revoluție, ce a văzut lichidarea victoriei din Octombrie. Numai Mișcarea Stângii Italiene Comuniste a menținut intactă teoria marxismului revoluționar, iar promisiunea unei reveniri revoluționare s-ar fi putut realiza numai în cadrul acestei mișcări. În timpul celui de-al Doilea Război Mondial, condițiile au devenit încă și mai rele, întregul proletariat aderând la războiul imperialist și la falsul socialism stalinist.
Astăzi ne aflăm în cel mai adânc punct al depresiunii și o revenire revoluționară nu poate fi prevăzută în viitorul apropiat. Durata perioadei depresiunii la care ne așteptăm corespunde gravității degenerării cât și concentrării mai mari a forțelor capitaliste. Al treilea val oportunist unește caracteristicile celor două valuri precedente în același timp în care procesul concentrării capitaliste în care constă puterea inamicilor este mult mai puternic decât după Primul Război Mondial.
4. Astăzi ne aflăm în abisul depresiunii politice și, deși posibilitățile de acțiune sunt considerabil reduse, partidul, urmând tradiția revoluționară, nu are nicio intenție de a întrerupe linia istorică a pregătirii pentru o viitoare resurgență la scară largă a luptei de clasă, ce va integra toate rezultatele experiențelor trecute. Limitarea în activitatea practică nu implică renunțarea la obiectivele revoluționare. Partidul recunoaște că în anumite sectoare activitatea sa este redusă cantitativ, dar aceasta nu înseamnă că totalitatea multilaterală a activității sale este alterată, partidul nu renunță în mod expres la nici o latură a activității sale.
5. Astăzi, principala activitate este restabilirea teoriei comunismului marxist. În prezent, arma noastră este încă cea a criticii: de aceea partidul nu va prezenta nicio doctrină nouă și, în schimb, va reafirma validitatea deplină a tezelor fundamentale ale marxismului revoluționar, care sunt amplu confirmate de către fapte și falsificate și trădate de oportunism pentru a acoperi retragerile și înfrângerile. Stânga marxistă combate și denunță staliniștii drept revizioniști și oportuniști, la fel cum a condamnat întotdeauna toate formele de influență burgheză asupra proletariatului. Partidul își bazează acțiunea pe poziții anti-revizioniste. Din primul moment al apariției sale pe scena politică, Lenin s-a luptat împotriva revizionismului lui Bernstein și a restaurat linia originală, demolând elementele celor două revizionisme: cel social-democrat și cel social-patriotic.
Stânga Italiană a denunțat de la bun început primele deviații tactice din cadrul Internaționalei a Treia ca fiind primele simptome ale unui al treilea revizionism, ce a fost astăzi complet realizat, reunind erorile primelor două.
Dat fiind că proletariatul este ultima clasă ce va fi fost exploatată și, în consecință, nu va exploata la rândul său pe nimeni, doctrina ce a apărut alături de clasa proletară nu poate fi nici schimbată, nici reformată. Dezvoltarea capitalismului, de la începuturile sale până acum, a confirmat și continuă să confirme teoremele marxiste prezentate în textele fundamentale. Presupusele “inovații” și “învățături” ale ultimilor 30 de ani nu au făcut decât să confirme că încă trăiește capitalismul iar acesta trebuie să fie răsturnat. Punctul focal central al poziției doctrinare actuale a mișcării noastre este deci următorul: nicio revizuire a principiilor primare ale revoluției proletare.
6. Astăzi, partidul înregistrează fenomenele sociale în mod științific pentru a confirma tezele fundamentale ale marxismului. Analizează, confruntă și comentează faptele recente și contemporane, negând elaborarea doctrinară ce tinde să creeze noi teorii sau să indice insuficiența marxismului ca explicație a fenomenelor.
Aceeași muncă – distrugerea oportunismului și deviaționismului – așa cum a fost ea realizată de Lenin (și definită în Ce-i de făcut?) este în continuare baza activității noastre de partid, astfel urmând exemplul militanților din perioadele cu obstacole pentru mișcarea proletară din trecut, în care erau fortificate teoriile oportuniste, care au găsit în Marx, Engels, Lenin și Stânga Italiană inamici violenți și inflexibili.
7. Deși mic din punct de vedere numeric și cu puține legături cu masele proletare, partidul este atașat cu gelozie de sarcinile sale teoretice care sunt de importanță primordială și, din cauza acestei aprecieri adevărate cu privire la datoriile sale revoluționare în perioada prezentă, refuză în mod absolut să fie considerat drept un cerc de gânditori în căutare de noi adevăruri sau drept “inovatori” ce consideră adevărurile trecute ca fiind insuficiente. Nicio mișcare nu poate triumfa în realitatea istorică fără continuitatea teoretică care este constituită din condensarea experienței luptelor trecute. În consecință, membrilor de partid nu le este garantată libertate personală de a elabora și invoca noi scheme și explicații ale lumii sociale contemporane. Ei nu sunt liberi ca indivizi să analizeze, să critice și să facă pronosticuri, oricare ar fi nivelul lor de competență intelectuală. Partidul apără integritatea unei teorii ce nu este produsul credinței oarbe, ci al cărei conținut este știința clasei proletare, dezvoltată de-a lungul a secole de material istoric, nu de către gânditori, ci prin impulsurile evenimentelor istorice, reflectate în conștiința istorică a unei clase revoluționare și cristalizată în partidul său. Evenimentele materiale nu au făcut decât să confirme doctrina marxismului revoluționar.
8. În ciuda numărului mic de membri, ce corespunde condițiilor contrarevoluționare, Partidul continuă munca sa de prozelitism și de propagandă orală și scrisă. Acesta consideră scrierea și distribuirea presei sale drept activitatea sa principală în stadiul curent, fiind una dintre cele mai eficiente metode (într-o situație în care acestea sunt puține și rare) de a arăta maselor linia politică pe care să o urmeze și de a difuza sistematic și mai amplu principiile mișcării revoluționare.
9. Evenimentele, și nu dorința sau decizia militanților, determină profunzimea contactului Partidului cu masele, limitându-l astăzi la a fi o parte mică a activității sale. În orice caz, Partidul nu ratează nicio ocazie de a interveni în ciocnirile și vicisitudinile luptei de clasă, fiind pe deplin conștient că nu poate avea loc o revitalizare a mișcării cât timp această intervenție nu se va dezvolta mult mai mult, devenind aria principală a activității Partidului.
10. Accelerarea procesului depinde nu doar de cauzele sociale profunde ale crizelor istorice, ci și de prozelitismul și propaganda partidului, chiar și mijloacele reduse pe care le are la dispoziție. Partidul nu ia deloc în considerare posibilitatea de a stimula acest proces prin intermediul strategramelor și manevrelor îndreptate spre grupurile, liderii și partidele ce au uzurpat denumirea de “proletar”, “socialist”, “comunist”. Aceste manevre, ce au pătruns în tacticile Internaționalei a Treia de îndată ce Lenin s-a retras din viața politică, nu au făcut decât să rezulte în dezintegrarea Cominternului în calitate de forță teoretică și organizațională a mișcării, acesta fiind mereu gata să se descotorosească de fragmente ale partidului pe calea “oportunității tactice”. Aceste metode au fost reamintite și reevaluate de către mișcarea troțkistă a Internaționalei a Patra, ce le-a considerat în mod eronat ca fiind metode comuniste.
Nu există rețete gata făcute ce vor accelera resurgența luptei de clasă. Nu există manevre și expediente ce vor face proletarii să asculte vocea clasei, astfel de manevre ar face partidul să pară ceea ce nu este de fapt, fiind o reprezentare greșită a funcției sale, în detrimentul și prejudiciul adevăratei reînvieri a mișcării revoluționare ce este bazată pe o situație care să se fi maturizat în mod real, alături de abilitatea partidului de a răspunde, fiind potrivit pentru acest scop numai datorită inflexibiltății sale doctrinare și politice.
Stânga Italiană a luptat întotdeauna împotriva recurgerii la soluții rapide ca metodă de a rămâne pe linia de plutire, denunțând aceasta ca deviație de la principii ce nu aderă nicidecum la determinismul marxist.
În linie cu experiențele trecutului, Partidul se abține de la a face sau accepta invitații, scrisori deschise sau sloganuri de agitație cu scopul formării de comitete, fronturi și acorduri cu alte organizații politice, oricare ar fi natura lor.
11. Partidul nu ascunde faptul că atunci când lucrurile vor începe să se miște din nou aceasta nu se va resimți doar în dezvoltarea sa autonomă, ci și în cea a organizațiilor de masă. Cu toate că nu poate fi niciodată lipsită de influențele dușmane și adesea a acționat ca vehicul al unor deviații profunde și cu toate că nu este în mod specific un instrument revoluționar, sindicatul nu poate să rămână indiferent partidului, care nu abandonează niciodată de bună voie munca în cadrul acestuia – lucru care îl diferențiază clar de orice alte grupuri politice care pretind să fie în “opoziție”. Partidul recunoaște faptul că astăzi munca sa în sindicate nu poate fi făcută decât sporadic, însă nu renunță la alăturarea la organizațiile economice sau chiar căpătarea conducerii de îndată ce relația numerică dintre membrii și simpatizanții săi pe de o parte, și membrii de sindicat dintr-o ramură dată pe de altă parte, sunt potrivite, atât timp cât sindicatul în cauză nu exclude posibilitatea acțiunii de clasă autonome.
12. Curentul internațional de care aparținem nu poate fi caracterizat prin abstenționismul său de la vot, cu toate că “facțiunea astenționistă” a partidului socialist italian a jucat un rol preponderent în formarea secțiunii italiene a Internaționalei a Treia, de la care revendicăm lupta și opoziția față de Comintern asupra unor chestiuni mult mai fundamentale.
Statul capitalist, luând o formă din ce în ce mai evidentă a dictaturii de clasă, pe care marxismul a denunțat-o de la bun început, face ca parlamentarismul să piardă în mod necesar orice importanță. Organele alese și parlamentul vechii tradiții burgheze nu sunt altceva decât rămășițe. Ele nu mai au niciun conținut, subzistă numai frazeologia democratică, care nu poate ascunde faptul că în momentul crizelor sociale, dictatura de stat este resursa supremă a capitalismului și că violența revoluționară proletară trebuie direcționată împotriva acestui stat. În aceste condiții, Partidul renunță la orice interes față de orice fel de alegeri și nu dezvoltă nicio activitate în acest sens.
13. Cultul individului este un aspect foarte periculos al oportunismului. Este natural ca liderii care au îmbătrânit ar putea trece de partea inamicului și să devină conformiști, numai puțini au făcut excepție de la această regulă. Experiența a arătat că generațiile revoluționare se succed rapid. De aceea, Partidul acordă atenție maximă tinerilor și face cele mai mari eforturi posibile pentru a recruta militanți tineri și a-i pregăti pentru activitatea politică, fără ambiții personale și fără un cult al personalității. În acest moment istoric, profund contrarevoluționar, formarea de lideri tineri, capabili să susțină continuitatea tradiției revoluționare multă vreme, este necesară. Fără ajutorul unei noi generații revoluționare, repornirea mișcării este imposibilă.
Introducción a "El curso a seguir"
El texto original Tracciato d’impostazione (El curso a seguir) que hemos traducido aquí, fue publicado en el número de julio de 1946 de „Prometeo”, revista que estuvo apareciendo hasta septiembre de 1952.
Había terminado la guerra mundial y los diversos componentes de la Izquierda Comunista Italiana daban muestras de querer organizarse nuevamente. Estos militantes habían sido expulsados del Partido Comunista de Italia en el curso de los años treinta, cuando este partido, una vez perdida la dirección del mismo por la Izquierda marxista (en 1923 a nivel nacional y en 1924-26 a nivel local y regional) y habiéndose hundido después en el oportunismo de los frentes únicos y de los gobiernos obreros se preparaba para meterse de lleno en la aberración de la lucha antifascista, e integrarse luego, junto con todo el movimiento proletario, en los frentes partisanos, alineándose así en uno de los dos bloques imperialistas en guerra para dar una nueva bocanada de oxígeno a este sistema caduco y decrépito.
En 1926 – cuando la Internacional Comunista estaba ya irremediablemente degenerada -, la Izquierda alemana, representada principalmente por Karl Korsch, propuso a la Izquierda italiana la idea de encabezar un movimiento de izquierda contra la degeneración de Moscú. La Izquierda italiana consideró que la creación de tal movimiento no era posible sin un trabajo de clarificación que explicase las causas del proceso degenerativo de la Internacional, y para ello, era necesario retomar todos los puntos básicos de nuestra doctrina.
Este trabajo de clarificación es realizado por la Izquierda italiana a partir del año 1946 con el objeto de cimentar un cuerpo programático que permita la reconstrucción del partido. Este texto sirvió, pues, de introducción al trabajo de reconstrucción teórica que la Izquierda Italiana realizó a partir de ese año. El Curso a seguir es, en efecto, una síntesis de los principios de nuestra doctrina (el materialismo dialéctico), aplicados tanto al análisis de la sucesión histórica de los medios de producción (con sus respectivos ciclos: revolucionario, reformista, y contrarrevolucionario), como a la definición de la estrategia y de la táctica del movimiento revolucionario del proletariado a lo largo del curso del modo de producción burgués.
Es una llamada a la integridad de la doctrina, y una guía de acción que basándose en ella, está destinada a utilizarse en lo vivo de la lucha de clase y de su momento más culminante: la lucha por la conquista revolucionaria del poder.
Es nuestro alfa y omega, no un programa contingente, sino una vía histórica e inmutable. Por su naturaleza, este texto es para el partido la base primaria que determina su posicionamiento ante los distintos temas de la vida social. Leyéndolo se puede comprender fácilmente como el oportunismo ha abandonado su colocación en la sucesión dialéctica y ha utilizado obscenamente programas, consignas y posiciones que pertenecen a épocas ya superadas por esta misma sucesión. No podrá haber de nuevo un movimiento revolucionario si no es retomando esta visión, completamente abandonada desde hace más de medio siglo.
Por todo lo anterior, hemos considerado importante publicar en este primer número de „La Izquierda Comunista”, este texto que sirvió en aquellos años para continuar la obra de restauración teórica de la Izquierda italiana, construyendo las bases fundamentales para la reconstitución del partido, a las cuales no hay nada que añadir ni modificar.
He aquí las ideas básicas que desarrolla el texto:
El marxismo no es una elección entre opiniones – En qué sentido los marxistas se ligan a una tradición histórica – Fundamentos del método dialéctico marxista – El conflicto entre las fuerzas productivas y las formas sociales – Clase, lucha de clase, partido – Conformismo, reformismo, antiformismo – Interpretación de los caracteres de la fase histórica contemporánea; criterio dialéctico de valoración de las instituciones y de las soluciones sociales pasadas y presentes – La valoración dialéctica de las formas históricas – Ejemplo económico: mercantilismo – Ejemplo social: la familia – Ejemplo político: monarquía y república – Ejemplo ideológico: La religión cristiana – El ciclo capitalista: fase revolucionaria; fase evolucionista y democrática; fase imperialista y fascista – La estrategia proletaria en la fase de la revolución burguesa – Tendencias del movimiento socialista en la fase democrático-pacifista – Táctica proletaria en la fase del capitalismo imperialista y del fascismo. La revolución rusa, errores y desviaciones de la Tercera Internacional, involución del régimen proletario ruso – Planteamiento actual del problema de la estrategia proletaria. Denuncia histórica definitiva de todo refuerzo de las reivindicaciones liberales-democráticas. Solución negativa a las tesis de refuerzo de las fuerzas que conducen al capitalismo a desplegar su modernísina fase, monopolista en economía, totalitaria y fascista en política.
Marking out the Foundations
Marxism is not a choice between opinions
This writing, for obvious reasons, doesn’t contain within itself the proof of what it asserts. It sets itself the task of establishing, as clearly as possible, the political tendency of the publication within which it appears. It is a declaration of cardinal principles which aims to prevent confusion and misunderstandings, whether involuntary or intentional.
Before convincing the reader, it is matter of getting him to understand our basic positions first. Persuasion, propaganda and proselytising come later.
According to the method we keep to here, opinions do not become established as a result of the deeds of prophets, apostles and thinkers whose brains have given birth to new truths and earned them hordes of followers.
The process is very different. It is the impersonal work of a social vanguard explaining and clarifying the theoretical positions towards which they are drawn as individuals – well before becoming conscious of them – by the real shared conditions under which they live. The method is therefore anti-scholastic, anti-cultural and anti-enlightenment.
In the present phase of theoretical confusion – a reflection of the existing practical disorganisation – it is not really surprising if potential adherents are alienated, rather than attracted, by the presentation of our distinctive approach, and nor should we complain about it.
How Marxists are connected with a historic tradition
When presenting their programmes, all political movements stake a claim to historical precedents, and in a certain sense to traditions; whether of the recent or distant past, national or international.
The movement of which this magazine is the theoretical organ stakes its claim to clearly defined origins, too. However, as opposed to other movements, it does not set out from a revealed word which is attributed to super-human sources; it does not recognise the authority of unchangeable texts, and nor does it recognise that, in order to understand an issue, one needs resort to moral, philosophical, or legal canons since it rejects the notion that these are somehow innate or immanent in the way man thinks and feels.
It is acceptable to denominate this orientation with the terms Marxism, socialism, communism or the political movement of the working class; the problem is that these terms are abused. In 1917, Lenin thought changing the name of party, going back to the ’Communist’ of the 1848 Manifesto, was a fundamental requirement. Today, the immense abuse of the word ’Communist’, by parties which are way off any revolutionary class line, still creates major confusion. Movements which are open defenders of bourgeois institutions have the nerve to call themselves proletarian parties, and the term ’Marxist’ is used to define the most absurd agglomerations of parties, such as those collected under the banner of Spanish anti-Francoism.
The historic line to which we are here making reference is the following: the Communist Manifesto of 1848 (also more properly named Manifesto of the Communist Party, without the addition of any country name); the fundamental works of Marx and Engels; the classic restoration of revolutionary Marxism against all opportunist revisionisms which accompanied the revolutionary victory in Russia, 1917, and the fundamental works of Lenin; the founding declarations of the Third International made at the First and Second Congresses; the positions held by the Left at successive Congresses from 1922 onwards.
This historic line is connected In Italy with the Left current of the Socialist Party during the 1914-1918 war; with the founding of the Communist Party of Italy at Leghorn (Livorno) in January 1921; its Rome Congress in 1922; the activity of its left-wing which predominated in the party until the 1926 Congress, and since then, outside the Party and the Comintern organising abroad instead.
This line does not coincide with the line of the Trotskyist movement of the Fourth International. Only very belatedly did Trotsky, and even more belatedly Zinoviev, Kamenev, Bukharin and the other Russian groups of the Bolshevik tradition, revolt against the wrong tactics which up to 1924 they had supported; only very belatedly would they recognise that the deviation had reached the stage of corrupting the fundamental political principles of the movement. Today’s Trotskyists are for the restoration of these principles, but they cling on to the destructive tactic of “manoeuvring”, incorrectly defined as Bolshevik and Leninist.
Setting out the dialectical method of Marxism
Any investigation must be based on a consideration of the entire historical process up to the present and on an objective examination of contemporary social phenomena.
It is a method which although stated often, has been corrupted often in the course of its application.
The basis of the investigation must be the material means by which human groupings satisfy their needs, their productive technique, therefore, and in the course of its development the economic relations that arise.
These factors determine the superstructure of the legal, political and military institutions of the different historical periods and the characteristics of the dominant ideologies.
This method is aptly defined by the expressions: historical materialism, dialectical materialism, economic determinism, scientific socialism and critical communism.
The important thing is always to rely on real, factual outcomes: myths and divinities are not required to portray and explain human activity, and neither are principles based on „rights”, or natural „morality”, such as Justice, Equality, Fraternity and similar empty abstractions. Given the irresistible influence which the dominant ideology exerts, it is most important not to give in to such illusory postulates inadvertently, or without admitting it, especially at those crucial moments when decisive action is required.
The dialectic method is the only method capable of overcoming, on the one hand, the current contradiction between rigorous continuity and theoretical coherence, and on the other the ability to tackle critically any of the old conclusions which have been established in formal terms.
Accepting it isn’t like adopting a faith, or becoming a fanatical adherent of a school or party.
The contradiction between the productive forces and social forms
The productive forces, which consist principally of the men assigned to production and the way in which they are grouped together, as well as the tools and mechanical means they are able to utilise, operate within the framework of forms of production.
By forms we mean the arrangement, the relationships of dependence within which is developed productive and social activity. Such forms include all the established hierarchies (family, military, theocratical, political), the State and all its organisms, the law and the courts which apply the law, and all the rules and dispositions – of an economic and legal character – which are in place to counter any transgression.
A given type of society survives as long as the productive forces maintain themselves within the framework of its forms of production. At a given moment in history, this equilibrium tends to be broken. For various reasons, amongst which advances in technology, population growth and improved communications, the productive forces expand. These forces come into conflict with the traditional forms, try and break down the barriers, and when successful, you have a revolution: the community organises itself into new economic, social and legal relationships. New forms take the place of old.
The Marxist dialectical method discovers and applies its solutions, and sees them confirmed, on the level of large-scale collective phenomena using the scientific and experimental method (the very same method, that is, which the thinkers of the bourgeois epoch applied to the natural world, in the course of an ideological struggle which was a reflection of the revolutionary social struggle of their class against the theocratic and absolutist regimes, but which they could not dare to extend into the social domain). From the results it acquires on this collective plane it deduces solutions to the question of individual conduct, whereas all the rival religious, legal, philosophic and economic schools instead proceed in exactly the opposite direction: building, that is, their standards of collective conduct on the inconsistent basis of this myth of the individual, whether portrayed as an individual immortal spirit, a citizen subject to the rule of law, or conceived of as an immutable unit of economic policy, and so on and so forth. Meanwhile, science has gone beyond its various hypotheses about indivisible, material individuals: rather than defining atoms as incorruptible, monad-type units, they define them instead as rich complexes, as meeting points of the radiant dynamics issuing from the external energy field; thus today one can schematically say that the cosmos is not the function of units, but every unit is the function of the cosmos.
Whoever believes in the individual, and talks of personality, dignity, liberty, and of ones duties as a man and a citizen, is not employing Marxist thinking. People are not set in motion by opinions or beliefs or faiths. It is not any wondrous quality of so-called thought which inspires their will or their actions. What prompts them to act is their needs, which when the same material requirements simultaneously affect entire groups take on the character of interests. They clash with the limitations which the surrounding social structure opposes on the satisfaction of these needs. And they react individually, and collectively, in a way which, on average, is necessarily determined before the play of stimuli and reactions cause sentiments, thoughts and judgements to arise in their brains.
The phenomenon is obviously of extreme complexity and can, in individual cases, contradict the general law, which nevertheless it is still justifiable to consider as established.
Be that as it may, whoever maintains that the motor cause of social and historic events is individual consciousness, moral principles, and the opinions and decisions of the individual or citizen, has no right to be called a Marxist.
Class, class struggle, party
The contradiction between productive forces and social forms is manifested as a struggle between classes defending opposed economic interests. In the final stages, this struggle becomes the armed struggle for the conquest of power.
Class is not seen by Marxism as cold, statistical data, but as an active organic force, and it appears when the mere combination of economic conditions and interests leads on to action and to a common struggle.
In these situations the movement is driven by groupings and organisations of the vanguard, whose modern and developed form is the class political party. The collectivity, whose action culminates in the action of a party, operates in history with an efficiency and a real dynamic which cannot be obtained on the limited scale of individual action.
It is the party which arrives at a theoretical consciousness of the development of events, and a consequent influence on how they turn out, in a way determined by the productive forces and by the relations among them.
In spite of the great difficulty and complexity of the issues, one cannot clarify principles and directives without simplification. With this in mind, we draw attention to three historical types of political movement into which they can all be classified.
Conformist: movements which fight to preserve the existing forms and institutions, prohibiting all change, and appealing to immutable principles; be they presented in religious, philosophic or legal guises.
Reformist: though not calling for a sharp and violent overthrow of traditional institutions, these movements realise that the productive forces are exerting strong pressure. They therefore propose gradual and partial changes of the existing order.
Revolutionary: (here we adopt the provisional term Antiformist); movements which proclaim, and put into practice, the attack on old forms, and which, even before knowing how to theorise about the character of the new regime, tend to crush the old, provoking the irresistible birth of new forms.
Conformism – Reformism – Antiformism.
Any schematisation involves the risk of errors. One could ask whether the Marxist dialectic doesn’t also lead to the construction of an artificial and generalised model of historical events, by reducing all development to a succession of class dominations which start off revolutionary, become reformist, and end up conservative. The evocative conclusion to this sequence of events, achieved by the revolutionary victory of the proletariat and with the advent of the classless society (which Marx referred to as, „the end of human pre-history”) might seem to be a finalistic construct, and therefore metaphysical like those false philosophies of the past. Hegel was denounced by Marx for reducing his dialectic system to an absolute construction, for falling unconsciously into a metaphysic which he had managed to overcome in the destructive part of his critique (philosophical reflection of the bourgeois revolutionary struggle).
As a culmination of the classic philosophy of German idealism, and of bourgeois thought, Hegel put forward the absurd thesis that the history of action, and of thought, must finally crystallise into his perfect system, in the conquest of the Absolute. Such a static conclusion is ruled out by the Marxist dialectic.
Nevertheless, in his classic exposition of scientific socialism, (as contrasted with Utopianism, which believed that social renewal could be accomplished simply by campaigning for the adoption of a projected better society as conceived by a writer or a sect) Engels seems to be allowing that there is a general rule or law of historic movement when he uses expressions like „there is progression forward”, „the world progresses”. However, the use of such vigorous slogans for propaganda purposes should not lead one to believe that a recipe has been discovered which encompasses all the infinite possible directions in which human society may develop, that is, a recipe which could just as easily replace the familiar bourgeois abstractions of evolution, civilisation, progress, and the like.
The marvellous advantage of the dialectic method of investigation is that it is revolutionary in its very essence: it is expressed in the implacable destruction of innumerable theoretical systems which time after time conceal the domination of the privileged classes. For this cemetery of broken idols we need not substitute a new myth, a new sentiment, nor a new credo, but just the realistic expression of a series of relationships which exist between factual conditions and their most foreseeable developments.
For example, the correct Marxist formulation is not, „one day the proletariat will take political power, destroy the capitalist system and construct the communist economy”; instead it is: “only by its organisation as a class, and therefore in a political party, and by the armed installation of its dictatorship, will the proletariat be able to destroy the power of the capitalist economy and render possible a non-capitalist, non-commercial economy”.
From the scientific point of view, one cannot exclude capitalism ending in a different way, such as a return to barbarism, a world catastrophe due to weapons of war having for example the character of a pathological degeneration of the human race (those blinded and condemned to a disintegration of their radio-active tissue at Hiroshima and Nagasaki serve as a warning) or other forms of destruction that cannot be foreseen at present.
Interpreting the present historical period
The revolutionary Communist movement of this convulsive period must be characterised not only by its theoretical destruction of every conformism with, and reformism of, the present world, but also by its practical and tactical position: by the fact that it can have no common road with any movement whatsoever, whether conformist or reformist, not even for limited periods in particular sectors.
It must be based, above all, on the historically acquired and irrevocable knowledge that capitalism has exhausted its initial antiformism, that is to say, it no longer has the historic task of destroying pre-capitalist forms and resisting the threat of their possible restoration.
This means that we do not deny that, for as long as the powerful forces of capitalist development, which have accelerated the transformation of the world to an unprecedented degree, were acting on such production relations, the proletarian class could, and should, dialectically, condemn it from a doctrinal viewpoint whilst supporting it in practice.
An essential difference between the metaphysical method and the dialectical method in its application to History lies in this latter point.
Any given type of political and social institution or organisation is not good or bad in itself; it cannot be accepted or rejected on the basis of an examination of its characteristics according to a set of general principles or rules.
Every institution, according to the dialectical interpretation of history, has, in successive situations, had a role and influence which is revolutionary to begin with, then progressive, and finally conservative.
For each problem which arises, it is a matter of putting the productive forces and the social factors in their right context and deducing the meaning of the political conflict which they express.
It is being metaphysical to declare oneself, on principle, as authoritarian or libertarian, royalist or republican, aristocrat or democrat, and to refer in the arguments to canons outside their historic context. Even Plato, in later life, in the first systematic attempt at political science, went beyond the mystical absolutism of principles, and Aristotle followed him in distinguishing three political types – the power of one, of the few, and of the many – the good forms and the bad: monarchy and tyranny – aristocracy and oligarchy – democracy and demagogy.
The modern analysis, mainly dating from Marx, goes much further.
In the present historical phase, nearly every political enunciation and propaganda statement is reliant on the very worst traditional motifs derived from religious, legal, and philosophical superstitions of every kind.
What has to be opposed to this chaos of ideas – the reflection in the minds of men of the chaos of interest relations in a decaying society – is the dialectical analysis of the actual, real forces in play.
In order to introduce this analysis, it is necessary to proceed to an analogous evaluation of the well-known relationships which existed in earlier historical epochs.
Dialectical evaluation of historic forms
Economic example: mercantilism
Starting with economic forms, it makes no sense to declare general support for an economy which is communist or private, liberal or monopolist, individual or collective, or to judge the merits of each system according to the general well-being: doing so one falls into Utopianism, which is the exact reverse of the Marxist dialectic.
We know Engels’ classic description of communism as “the negation of the negation”. The first forms of human production were communist, thence arose private property, a system which was much more complex and efficient. From there, human society returns to Communism.
This modern communism would be unrealisable if primitive communism had not been superseded, conquered and destroyed by the system of private property. The Marxist considers as an advantage, and not as a misfortune, this initial transformation. What we say of communism applies as well to all other economic forms such as slavery, serfdom, manufacturing, industrial and monopolist capitalism, and so on.
The mercantile economy, in which objects satisfying human needs ceased, at the end of the period of barbarism, to be directly acquired and consumed by the occupying force or the primitive producer, and became objects of exchange, initially through barter, and later by means of a common monetary equivalent; this economy represented a great social revolution.
It made possible the assignment of different individuals to different types of productive work (division of labour), enlarging and differentiating enormously the character of social life. One can at the same time recognise that there has been a transition, and assert that, following a series of types of economic organisation all based on the common principle of mercantilism (slavery, feudalism, capitalism) the trend, today, is towards a non-mercantile economy. Furthermore, one can state that the thesis which maintains that production is impossible outside the mechanism of the monetary exchange of merchandise is nowadays a principle which is conformist and reactionary.
The abolition of mercantilism is a viable argument today, and only today, because the development of associated labour and the concentration of productive forces, which capitalism, last of the mercantile economies, has achieved, makes it possible to break down those boundaries within which all use-values circulate as commodities, and within which human work itself is treated as such.
A century before this stage it would have been sheer folly to criticise the mercantile system based on general arguments of a philosophical, legal or moral nature.
Social example: the family
The various types of social aggregations which have succeeded one another have been the means whereby collective life has differentiated itself from primitive, animal individualism: passing through an immense cycle, which has made the relations within which the individual lives and moves increasingly complicated, these forms of society cannot, taken individually, be judged as favourable or unfavourable; they must be considered in relation to historical development, which has given them a changing role within a succession of transformations and revolutions.
Each of these institutions arises as a revolutionary conquest, develops and reforms in long historic cycles, until finally it becomes a reactionary and conformist obstacle.
The institution of the family appears as primal social form when, within the human species, the bond between parents and offspring prolongs itself well beyond the period that is physiologically necessary. The first form of authority is born, which the mother, then the father, exerts over their descendants even when the latter are strong and physically mature individuals. We are witnessing a revolution also at this stage, since there appears the first possibility of a collectively organised life, establishing the basis for those further developments which lead ultimately to the first forms of organised society and the State.
Over the course of vast periods of time social life becomes ever more complex, and the mutual involvement of men, and the authority of one over another, increasingly extends beyond the bounds of kinship and blood. The new, broader, social aggregation contains and disciplines the institution of the family. This occurs in the first cities, States, and aristocratic regimes, and later under the bourgeois regime. All are based on the fetish/institution of inheritance.
There then appears the necessity of an economy which supersedes the play of individual interests. The institution of the family, far too restricted, becomes an obstacle and a reactionary element in society.
Without denying its historic role, the modern communist, after observing that the capitalist system has already deformed and dissolved the alleged “sanctity” of the family institution, fights it openly and acts to supplant it.
Political Example: monarchy and republic
The different forms of the State, such as monarchy and republic, alternate in the course of history in a complex manner, and can represent a revolutionary, progressive, or conservative force, depending on the historic situation. Although we may admit in a general sense that the capitalist regime will probably manage, before its collapse, to liquidate any remaining dynastic regimes, still, even on this question, one must not proceed according to absolute criteria situated outside of time and space.
The first monarchies appeared as the political expression of a division of material tasks: whilst certain elements within the family unit or the primitive tribe took to hunting, fishing, agriculture or the first handicrafts, others were assigned to armed defence, or indeed to the armed plundering of other groups and peoples; and so the first warriors and kings attained the privilege of power at major risk to themselves. Yet there still appeared social forms, of a most developed and complex nature, which would previously have been impossible, and which therefore represented the road toward a revolution in social relationships.
The institution of monarchy would mean that in later phases the establishment and development of vast national State organisations was made possible which could be directed against the federations of principalities and small nobility. It had an innovatory and reformist function. Dante is the great monarchical reformist of early Modern Times.
More recently, the monarchy (and indeed the republic) has served in many countries to cloak the stricter forms of class power of the bourgeoisie.
In the past it has been possible for Republican movements or parties to be revolutionary, reformist, or even markedly conservative.
If we just refer to a few accessible and simplified examples: the Brutus “who expelled Tarquin” was revolutionary; the Gracchi, who sought to give to the aristocratic republic a content conforming to the interests of the plebeians, were reformists; the traditional republicans, such as Cato and Cicero, who struggled against the grandiose historic evolution represented by the expansion of the Roman Empire, along with its legal and social forms, throughout the ancient world, were reactionary and conformist. However the question is completely falsified when one resorts to platitudes about Caesarism, tyranny, or, at the other extreme, sacred principles of republican liberty and other such rhetorical–literary motifs.
Among modern examples, it suffices to point out as being respectively antiformist, reformist and conformist, the three French republics of 1793, 1848, and 1871.
Ideological example: Christian religion
Crises within economic forms are reflected not only in political and social institutions, but also in religious beliefs and philosophical opinions. Every legal, religious and philosophical stance must be considered in relation to historic situations and social crises, since each appears, in its turn, under the revolutionary, the reformist, and the conformist banners.
The movement which bears Christ’s name was once the antiformist and revolutionary movement par excellence.
To declare that in all men there exists a soul of divine origin which is destined to immortality, irrespective of social position or caste, was tantamount to a revolutionary rebellion against the oppression and slavery of the ancient Orient. As long as the law allowed the human person to be considered as a commodity, to be bought and sold like an animal, with all legal prerogatives of free men and citizens thus becoming the monopoly of only one class, the affirmation that all believers were equal was a call to battle against the implacable resistance of the theocratic organisation of the Jews, and the aristocratic and military hierarchies which existed in the ancient world.
Long historical phases follow, and after the abolition of slavery, Christianity becomes official religion and pillar of the State.
It goes through its reformist period in Modern Europe, expressing a struggle against the excessive loyalty of the Church to the most privileged and oppressive layers of society.
Today, there is no ideology more conformist than Christianity, and already at the time of the bourgeois revolution it was the most powerful doctrinal and organisational arm of resistance used by the old regimes.
Today, the Church’s powerful network and its religious influence, entirely reconciled and harmonised with the Capitalist Regime, is employed as a fundamental bulwark against the danger of proletarian revolution.
In regard to social relationships today – which, building on old bourgeois conquests, have long since seen each individual turned into an economic enterprise, each theoretically susceptible of assets and liabilities – the superstition which sees each individual enclosed within the circle of a moral reckoning of his acts, with this reckoning projected into the illusion of a life after death, is nothing but the reflection in the brain of man of the present bourgeois society founded on private economy.
It is impossible to lead a struggle, which aims to break through the framework of an economy based on private enterprise and individual balance sheets, without taking up a position which is openly anti-religious and anti-Christian.
The capitalist cycle
Revolutionary phase
In the major countries, the modern capitalist bourgeoisie has already gone through three characteristic historical stages.
The bourgeoisie comes into view as an openly revolutionary class and leads an armed struggle to break the chains of feudal and clerical absolutism, which tie the productive forces of peasants to the land and the artisans to medieval corporations (guilds).
The requirement of liberation from these chains coincides with the development of the productive forces which, with the resources of modern technology, tends to concentrate the workers into great masses.
In order that these new economic forms may develop freely, the traditional regimes need to be forcibly overthrown.
The bourgeois class not only leads the insurrectionary struggle, but after its initial victory installs an iron dictatorship to prevent any counter-attack on the part of the monarchies, feudal lords, and ecclesiastical hierarchies.
The capitalist class appears in history as an antiformist force using its immense repressed energy to destroy all material and ideological obstacles lying in its path. Old beliefs and old canons are overturned by its thinkers in the most radical manner.
The theories of authority as a divine right are substituted by those of equality and political liberty, of popular sovereignty. The necessity of representative institutions is proclaimed, and thanks to the latter, it is said, power will be the expression of a freely manifested collective will.
The liberal and democratic principle is clearly revolutionary and antiformist in this phase, all the more so since it is achieved not by pacifist or legal methods but by means of violence and revolutionary terror, and is defended against any attempts at reactionary restorations by the dictatorship of the conquering class.
Evolutionary and democratic phase
In the second phase, after the capitalist regime has become established, the bourgeoisie declares itself the representative of the higher development and welfare of the social collectivity as a whole, and goes through a relatively tranquil phase in which there is a development of the productive forces, integration of the entire inhabited world into its system, and intensification of the economic rhythm as a whole. This is the progressive and reformist phase of the capitalist cycle.
In this second bourgeois phase, the mechanism of parliamentary democracy runs parallel to the reformist trend. The dominant class is interested in making its system appear susceptible to representing and reflecting the interests and demands of the working class. Its government claims to satisfy them with economic and legislative measures which nevertheless allow the legal norms of the bourgeois system to be maintained. Parliamentarism and democracy no longer feature as revolutionary slogans but rather take on a reformist content, guaranteeing the development of the capitalist system by warding off the violent clashes and explosions of the class struggle.
Fascist and imperialist phase
The third phase is that of modern imperialism, characterised by the monopolist concentration of the economy, by the formation of capitalist trusts and syndicates, and by large-scale State planning. The bourgeois economy is transformed and loses those characteristics of classic liberalism, in which each business enterprise was autonomous in relation to its economic decisions and relations of exchange. An increasingly strict discipline is imposed on production and distribution. The economic indices of production and distribution no longer the result of the free play of competition but due to the influence of associations of capitalists, then to the concentration brought about by banking and financial organs, and finally directly to the State. Their political State, which in Marxist parlance is the executive committee of the bourgeoisie, guards the latter’s interests as government organ and police protector and asserts itself more and more as the organ of control, and even of administration, of the economy.
This concentration of economic power in the hands of the State is not to be interpreted as a step from private economy to a collective economy. Indeed, it can only be passed off as such by ignoring the fact that the contemporary State merely expresses the interests of a minority, and that all nationalisation realised within the framework of commodity exchange leads to a capitalist concentration which strengthens, rather than weakens, the capitalist character of the economy. The political development of the parties of the bourgeoisie in this contemporary phase (as Lenin clearly proved in his critique of modern imperialism) lends itself to the most narrow forms of oppression, and this has been manifested by the advent of regimes defined as totalitarian and fascist. These regimes constitute the most modern political type of bourgeois society, as they spread throughout the entire world the process by which this happens will become abundantly clear. A concomitant aspect of this political concentration resides in the absolute predominance of a few great States at the expense of the autonomy of the intermediate and smaller States.
Since this phase is accompanied by an absolutely astronomical increase in the pace of industry and finance, previously ignored both in terms of quality and quantity in the pre-bourgeois world, the appearance of this third capitalist phase is not to be confused with the return of pre-capitalist institutions and forms. Capitalism thus effectively repudiates the democratic and representative apparatus and establishes centres of government which are absolutely despotic.
It has already theorised and proclaimed the formation of the one, totalitarian party, and hierarchical centralisation in some countries. In other countries it continues to employ democratic slogans which are henceforth without content. Everywhere it is proceeding inexorably in the same direction.
For a correct evaluation of the contemporary historical process, the correct position is as follows: the period of liberalism and democracy is over, and the democratic demands which were formerly revolutionary, and later on of a progressive and reformist character, are today anachronistic and clearly conformist.
Proletarian strategy during the period of bourgeois revolutions
Corresponding to the cycle of the capitalist world we have the cycle of the proletarian movement.
Right from its inception, the great industrial proletariat starts to construct a critique of the economic, juridical and political formulations of the bourgeoisie. It is discovered, and the discovery is theorised, that the bourgeois class neither liberates nor emancipates humanity, but substitutes its own class domination, and its own system of exploitation, to that of the classes which preceded it.
Nevertheless, the workers of all countries cannot avoid fighting side by side with the bourgeoisie in order to overthrow feudal institutions. It also cannot avoid falling under the influence of reactionary socialism, which, brandishing the spectre of a new, merciless capitalist master, calls upon the workers to ally themselves with the leading monarchical and agrarian classes.
Even in the struggles led by the young capitalist regimes to prevent reactionary restorations, the proletariat cannot refuse support to the bourgeoisie.
The first outline of a class strategy by the nascent proletariat involves the prospect of realizing anti-bourgeois movements under the impetus of the very insurrectional struggle it is fighting alongside the bourgeoisie, arriving immediately at a simultaneous liberation from feudal oppression and capitalist exploitation.
An embryonic manifestation of this is to be found during the great French Revolution with Babeuf’s „Conspiracy of the Equals”. In a theoretical sense the movement is completely immature, but the implacable repression which the victorious bourgeoisie brings down on the very workers who had fought alongside them, and for their interests, remains a significant historic lesson.
On the eve of the bourgeois and national revolutionary wave of 1848, the theory of the class struggle is already completely elaborated: the true relations existing between bourgeois and proletarians, on the European and world scale, have by this time become very clear.
In the Communist Manifesto, Marx projects at the same time an alliance with the bourgeoisie against the parties of monarchical restoration in France and against Prussian conservatism, and an immediate move towards a revolution which aims for a conquest of power on the part of the working class. In this historical phase any attempt at workers’ revolt is still mercilessly repressed, but the doctrine and strategy of the class corresponding to this phase confirms itself as on the historic road of the Marxist method.
The same circumstances and same evaluations are associated with the Paris Commune; that great bid for power, in which the French proletariat, after having overthrown Napoleon III and assured the victory of the Bourgeois Republic, attempted to conquer power again, giving us, even if only for a few months, the first historic example of class government.
What is most significant and suggestive in this episode is the unconditional anti-proletarian alliance of the democratic bourgeoisie with the conservatives, and even with the victorious Prussian Army, in order to crush the first attempt at the dictatorship of the proletariat.
Socialist tendencies during the democratic-pacifist stage
In the second phase, in which reformism within the framework of the bourgeois economy is associated with the widest use of representative and parliamentary systems, the proletariat is confronted with alternatives of epoch-making significance.
On the theoretical side, a question of interpretation arises as regards the revolutionary doctrine, considered, that is, as a critique of bourgeois institutions and the ideologies which defend it: the collapse of capitalist domination and the substitution of a new economic order, will it come about by means of a violent conflict, or can it be achieved with gradual changes and using the legalitarian mechanism of parliament?
On the practical side, the question is no longer whether the party of the working class should join with the bourgeoisie against the forces of pre-capitalist regimes, by now disappeared, but whether it should ally itself with an advanced and progressive section of the bourgeoisie which is better disposed to reform capitalism.
The idyllic, intermediate phase of capitalism (1871-1914) witnesses the growth of the revisionist currents of Marxism. The Marxist approach is distorted and the fundamental texts falsified. A new strategy is established, according to which vast economic and political organisations of the working class penetrate and conquer the political institutions by using legal means, preparing for a gradual transformation of the entire capitalist economic machine.
The polemics which characterise this phase split the proletarian movement into opposing tendencies. Although in general the programme of insurrectionary assault to break the bourgeois power is not posed, the left Marxists vigorously resist the excesses of the collaborationist tactic on the trade-union and Parliamentary plane, and the intent of supporting bourgeois governments and having socialist parties participate in ministerial coalitions.
At this point the acute crisis in the world socialist movement begins. The cause of it is the outbreak of the 1914 war and the passing of the greater part of the trade-union and parliamentary leaders to the politics of national collaboration and war.
Proletarian tactics in the imperialist capitalist and fascist phase
In its third phase – due to capitalism’s need to continue developing the mass of productive forces whilst at the same time keeping them from destroying the equilibrium of its organisation – it is compelled to abandon liberal and democratic methods, leading to concentration not only of the political sphere in the hands of powerful State organs, but of economic life as well which is subjected to strict controls. In this phase the workers’ movement is again confronted with two alternatives.
On the theoretical side, it is necessary to affirm that these narrower, stricter forms of domination by the capitalist class constitute the necessary, most developed, and modern phase that capitalism can achieve, in order to finally arrive at the end of its cycle having exhausted its historical possibilities. They do not, therefore, represent a merely temporary worsening of political and policing methodology, after which a return to an alleged liberal tolerance is to be expected.
On the tactical side, it is wrong to ask the proletariat to fight for a capitalism able to make liberal and democratic concessions since the climate of democratic politics is no longer required to further the growth of capitalist productive energies; an indispensable premise for the socialist economy.
Such a question, in the first, revolutionary, bourgeois phase, was not only posed by history, but found a solution in the joint struggle of the Third and Fourth Estates, and the alliance between the two classes was an indispensable step on the road toward socialism.
In the second phase, the question is legitimately posed of a concomitant action between democratic reformism and the proletarian socialist parties. If History has since agreed with the rejection of this solution, a rejection defended by the revolutionary Marxist left against the revisionist and reformist right wing, the latter cannot be considered conformist before the fatal degeneration of 1914-1918. They might have believed that the wheels of history turned at a slow rhythm, they didn’t attempt (not yet) to turn the wheels back. It is necessary to render this justice to Bebel, Jaures and Turati.
In the present phase of rapacious Imperialism and savage world wars, the possibility of a parallel action between the proletariat and the democratic bourgeoisie is no longer posed in a historical sense. Those who have adopted the opposite view no longer represent an alternative version, or tendency, of the workers’ movement, but have gone over totally to conservative conformism.
The only alternative to be posed, and resolved, today is altogether different. Given that the world capitalist regime is developing in a centralist, totalitarian, and „fascist” direction, should not the working class join forces with this movement since it is the only reformist aspect of the bourgeois order which now remains? Can there be a dawning of Socialism installed within this inexorable advance of State Capitalism, helping it to disperse the last traditional resistance of the free-enterprisers, liberals, and bourgeois conformists of the first period?
Or, should not the proletarian movement, lacking in unity and badly affected by its inability during the two world wars to break with the practice of class-collaboration, reconstruct itself by rejecting such a method, by rejecting the illusion that pacifist forms of bourgeois organisation will reappear and be susceptible of legal penetration, or at any rate vulnerable to pressure from the masses (two forms, these, equally dangerous due to their defeatism to any revolutionary movement)?
The Marxist dialectical method replies in the negative to the question about whether there should be an alliance with the new, modern bourgeois forms, and the reasons are the same as the ones used previously against the alliance with reformism during the democratic and pacifist phase.
Capitalism, dialectical premise of socialism, no longer needs to be assisted during its birth pangs (affirming its revolutionary dictatorship) nor to develop (in its liberal and democratic phase).
In the modern phase it must inevitably concentrate its economic and political forms into monstrous units.
Its transformism and its reformism assure its development at the same time as its conservatism is defended.
The movement of the working class will only avoid succumbing to bourgeois domination if it refuses to offer assistance to capitalism during its latter stages of development, even if these stages are inevitable. If it is to reorganise its forces, the working class must reject these antiquated perspectives. It must free itself from the burden of old traditions and denounce – already a whole historical stage late – any tactical settlement with any form of reformism.
The Russian Revolution; errors and deviations of the Third International; retrogression of the proletarian regime in Russia
At the end of the 1st world war, the most burning issue of contemporary history crosses over into the present period – the crisis of the Tsarist regime; a feudal State structure surviving alongside a rapidly developing capitalism. For some decades, the position of the Marxist Left (Lenin, Bolsheviks) had been settled upon the strategic perspective of fighting for the dictatorship of the proletariat at the same time as the entire forces of anti-absolutism were fighting to overthrow the feudal empire.
The war permitted the realisation of this great goal, and in the brief span of nine months there was concentrated the passage of power from the dynasty, from the aristocracy, and from the clergy, via an interlude of government by the bourgeois democratic parties, to the dictatorship of the proletariat.
Questions about, and the realignment of forces, relative to the class struggle, the war for power and the strategy of proletarian revolution were given an enormous boost by this great event.
In this brief period, the strategy and tactics of the revolutionary party passes through each one of its phases: struggle by the side of the bourgeoisie against the old regime; struggle against the bourgeoisie who on the downfall of the old feudal State immediately tries to set up its own regime; split with, and struggle against, the reformist and gradualist parties within the workers’ movement, arriving finally at an exclusive monopoly of power in the hands of the working class and the Communist Party. The effect of the latter on the workers’ movement took the form of a crushing defeat for the revisionist and collaborationist tendencies, and in every country the proletarian parties were propelled onto the terrain of the armed struggle for power.
But there would be many erroneous interpretations when it came to applying Russian tactics and strategy to other countries, where the installation of Kerensky-type regimes was seen as desirable, to be achieved by applying a politics of coalition in order to deal the death blow at the decisive moment.
Thus it was forgotten that in Russia that succession of events was strictly related to the late formation of a characteristically capitalist political State, whereas such a State had become firmly rooted in the other European countries for decades, or even centuries, and was much stronger insofar as its legal structure was democratic and parliamentary.
It wasn’t seen that the alliances in the insurrectionary battles between the Bolsheviks and non-Bolsheviks, and also on those occasions when an attempted feudal restoration needed to be prevented, represented historically the last possible examples of such a relation of political forces. For example, in Germany, the proletarian revolution would have followed the same tactical line as in the Russian Revolution, if it had emerged, as Marx hoped, from the crisis of 1848. However, in 1918-1919, the revolution could only have been successful if the revolutionary communist party had had sufficient forces to sweep away the coalition of Kaiserists, bourgeoisie, and social-democrats which held power in the Weimar Republic.
When, with fascism, we had the first example of the totalitarian type of bourgeois government appearing in Italy, the International Communist movement adopted a fundamentally wrong approach and showed that it had completely moved away from the correct revolutionary strategy when it consigned the proletariat to struggling for liberty and constitutional guarantees within an anti-fascist coalition.
To confuse Hitler and Mussolini, reformers of the capitalist regime in the most modern sense, with Kornilov, or with the forces of the restoration and the Holy Alliance of 1815, was the greatest and most ruinous error of judgement and it signified the total abandonment of the revolutionary method.
The imperialist phase, economically mature in every modern country, is installed in its fascist political form in a way determined by the contingent relations of forces between State and State, and class and class, in the various countries of the world.
This phase could have been considered as a new opportunity for a revolutionary assault by the proletariat; not, however, in the sense of deploying the forces of the communist vanguard merely to waste them in pursuit of the illusory objective of stopping the bourgeoisie from abandoning its legality, by demanding the restoration of constitutional guarantees and the parliamentary system. On the contrary, the proletariat could, and should, have accepted the historic end of this instrument of bourgeois oppression and accepted the challenge to struggle outside legality; in order to attempt to smash the rest of the apparatus – police, military, bureaucracy, and juridical – attached to the capitalist power and its State.
The current approach to the problem of proletarian strategy
The adoption by the Communist Parties of the strategy of the great anti-fascist bloc – exasperated by the slogans of national collaboration in the anti-German war of 1939, the partisan movements, the committees of national liberation, and most shamefully of all by the collaboration in ministerial coalitions – marks the second disastrous defeat of the world revolutionary movement.
The proletarian revolutionary movement can only be rebuilt, in a theoretical and organisational sense, and in terms of what action it takes, if it rids itself of, and struggles against, politics of this kind; a politics which today unites the socialist and communist parties inspired by Moscow. The new movement must base itself on a political line which completely opposes the slogans spread about by these opportunist movements, whose anti-fascism – as a dialectical approach clearly reveals – places them completely in line – in deeds if not in words – with the fascist evolution of social organisation.
The new revolutionary movement of the proletariat, characteristic of the imperialist and fascist stage, bases itself on the following general positions:
1) Rejection of the view that, after the defeat of Italy, Germany and Japan, a phase has begun in which there is a general return to democracy; assertion of the opposite view, according to which the end of the war is accompanied by a conversion, on the part of the bourgeois governments in the victor countries, to the methods and programmes of fascism, even, and indeed particularly, when reformist and labourite parties participate in government. Refusal to take up the cause of a return to liberal forms – an illusory demand which is not in the interests of the proletariat.
2) Declaration that the present Russian regime has lost its proletarian character, and that this occurred in parallel with the abandonment of revolutionary politics by the Third International. A progressive involution has led the political, economic and social forms in Russia to take on bourgeois characteristics once again. This process should not be seen as a return to praetorian forms of autocratic tyranny, or pre-bourgeois forms, but as the advent, by a different historic road, of the same type of advanced social organisation presented by the State Capitalisms of those countries with a totalitarian regime: regimes in which State planning opens the way to imposing developments and provides an enhanced potential to pursue an imperialist line. Faced with such a situation, we do not call on Russia to return to parliamentary democratic forms, which is in decay in all modern States in any case; instead we work for the reestablishment, in Russia too, of the totalitarian revolutionary communist party.
3) Rejection of all invitations to participate in any kind of national solidarity of classes and parties; a solidarity evoked not long ago in order to over-throw the so-called totalitarian regimes and to fight the Axis States, whilst now it is required in order to reconstruct, by way of legal methods, the war-damaged capitalist world.
4) Rejection of manoeuvre and tactic of the united front, that is, of inviting the so-called socialist and Communist parties, which by now have nothing proletarian about them, to abandon their government coalitions and create a so-called proletarian unity.
5) Determined struggle against all ideological crusades which attempt to mobilise the working classes of the various countries onto patriotic fronts for a new Imperialist War; whether they are called on to fight for ’Red’ Russia against Anglo-Saxon Imperialism or, in a war presented as anti-fascist, to support Western democracy against Stalinist totalitarianism.
La reforma del mercado laboral
Otro ataque contra la clase obrera
Resultaría prolijo enumerar todas y cada una de las disposiciones antiobreras que, tras la muerte de Franco, y en nombre del Estado social y democrático de Derecho, han tenido como objetivo limar, recortar o sencillamente si la ocasión era propicia, suprimir las conquistas, por mínimas que fuesen, arrancadas al franquismo por el proletariado tras duras y generosas luchas. Evidentemente esto se ha llevado a cabo no por razones de intrínseca maldad común a todos los mortales y en especial a los gobernantes, sino por razones de índole estrictamente económica que subordinan todo el entramado jurídico-político-ideológico que configura la superestructura de la sociedad capitalista.
La serie legislativa que comienza con los Pactos de la Moncloa tiene como característica principal el que cada uno de sus elementos completa el contenido antiobrero de sus predecesores. Todo esto no es más que el reflejo del contradictorio desarrollo del sistema basado en la oferta y la demanda, juez supremo ante el que se doblegan Estados y gobiernos y que emplea los bajos precios de sus mercancías como artillería pesada con la que se derriban implacablemente todas las murallas de China.
El gobierno burgués del PSOE se ha mostrado especialmente fecundo a la hora de emprender las acciones necesarias para sanear la economía española. Claro está que tras 40 años de franquismo la presentación de un gobierno de izquierda constituía la mejor garantía para asegurar la paz social, mientras se iba disciplinando a una clase obrera muy mal acostumbrada a conseguir hasta un cierto punto sus demandas laborales con métodos que cuadraban muy mal con los nuevos aires democráticos.
En esta difícil tarea el PSOE y los gobiernos que le antecedieron no han estado solos, pues han contado con el apoyo insustituible de los nuevos sindicatos del régimen burgués, dignos herederos del verticalismo franquista. El balance antiobrero de todos estos años tras la muerte de Franco, y en especial desde 1982 (fecha en la que llega el PSOE al gobierno), es encomiable. Precisamente ahora que las campanas del relevo empiezan a sonar, romperemos una lanza en favor del PSOE, acosado por la escandalitis, reclamando para él, cuando cumpla su misión y se decida su futuro, una merecida matrícula de honor.
Pero nuevamente nos encontramos en un período de crisis. Atrás quedaron los buenos tiempos en los que se invitaba a los especuladores y a las sanguijuelas del mundo entero a invertir en España, pues el rápido enriquecimiento estaba casi asegurado. Eran los años del „enriqueceos” solchaguiano, y ya entonces hubo quien desde los creadores de opinión, parangonó por evidente ignorancia o evidente mala fe, este canto del cisne exquisitamente burgués con la famosa proclama del bolchevique Bujarin.
La crisis de sobreproducción, esa fiel e inseparable compañera de viaje de la economía capitalista ha golpeado duramente a los principales países industrializados, propiciando incluso la desaparición-transformación de grandes formaciones estatales como la extinta URSS.
Los efectos de la crisis han servido también para desempolvar el viejo tópico Spain is different, pues la tasa de paro en España es la más alta de todos los países industrializados. No descubrimos nada especial si ponemos de manifiesto la división del trabajo operada en el seno de la Comunidad Europea, que le ha asignado a la industria española un papel muy secundario en el concierto productivo europeo.
Conocemos la facilidad con la que nuestros enemigos nos colocan el sambenito de demagogos tremendistas. Nada mejor para desembarazarnos de él que utilizar sus mismas fuentes con sus mismas cifras. A falta de otros datos más precisos concentraremos nuestra atención en el sector siderúrgico, al que creemos suficientemente representativo. Así, según los informes suministrados por la patronal de la siderurgia Unesid a El País (20-4-1994), durante el año 1993 se perdieron 6.000 empleos en la siderurgia española (el 18% del total), y sin embargo la productividad aumentó un 29%, y la producción de acero un 5,6 por ciento. Es decir, y siempre siguiendo las directrices de la CE, con un 18% menos de la fuerza de trabajo se produjo más, debido a la incorporación dentro del proceso productivo de maquinarias y técnicas más sofisticadas, e incrementando los ritmos y tareas, empeorando de esta forma las condiciones de trabajo de ese porcentaje de privilegiados que aún conservaban su puesto de trabajo.
Si nos trasladamos desde un sector en particular a la industria en general, vemos que el mismísimo director de Economía de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) se refiere al ajuste de empleo en la industria durante los últimos años como „brutal y durísimo”.
Pero como matiza a continuación el secretario de Estado de Industria señor Moltó, no hay por qué asustarse ya que: „No nos podemos quedar sólo en la cifra del empleo porque sería equívoco. Lo importante es mantener el peso específico de la industria en el PIB y eso se mantiene e incluso mejora” (El País, 3-5-94).
Aparte de la manifiesta sensibilidad obrera que le reconocemos, el señor Moltó creemos que peca de excesivo optimismo, ya que según el Consejo Económico y Social, en los últimos diez años la industria ha perdido su peso dentro del PIB (Producto Interior Bruto) pasando del 29,1% al 26% en 1993.
Este „ajuste brutal”, reconocido incluso por la patronal, como hemos tenido oportunidad de comprobar, ha ido acompañado de sugestivos argumentos, presuntamente convincentes, con el objetivo de hacerlo más digerible a sus destinatarios: los obreros excedentes en un primer momento y por extensión al resto de la clase obrera. Los proletarios saben, porque se lo enseña la dura experiencia de todos los días, que esa flexibilidad de la que se habla, en boca del enemigo de clase está lejos de ser un concepto meramente gimnástico, y en realidad sólo supone pagar menos por trabajar más y en peores condiciones.
Es esto a lo que asistimos hoy con una clase obrera atada de pies y manos, drogada socialmente, desmoralizada, y privada de sus defensas naturales y específicas que son las asociaciones económicas de clase (sindicatos), independientes de la burguesía y del Estado.
La elevada tasa de paro en España es motivo de seria preocupación, pero no por razones humanistas o filantrópicas, sino por evidentes razones de orden público. Es cierto que esta ingente masa de parados no está ni tan siquiera mínimamente organizada de manera autónoma, pero no es menos cierto que ignora completamente a los sindicatos del régimen capitalista, sustrayéndose a su control. Este peligroso vacío social en ciertas circunstancias puede ocasionar algún susto (recordemos Los Angeles en EEUU), y una forma de conjurar en parte este peligro es una legislación adecuada que coincida con las demandas de „flexibilización” realizadas por la patronal una y otra vez.
De esta forma en mayo se aprobó la Ley 10/1994 del 19 de este mes (publicada en el B.O.E del 23-5-94) que bajo el angustioso epígrafe „medidas urgentes de fomento de la ocupación” pretende por un lado alcanzar esa flexibilidad requerida por los capitalistas facilitando el despido, la movilidad y la contratación temporal en todas sus modalidades, y por otra aumentar la competitividad y la división entre los trabajadores, obligándoles a venderse cada vez más bajo ante el negrero capitalista de turno.
Esta nueva demostración de jurisprudencia antiobrera se ha hecho eco de un fenómeno que ya era vox populi, la inutilidad de encontrar un puesto de trabajo a través del INEM ya que: „se elimina la obligación del empresario de contratar a través del Instituto Nacional de Empleo cuando lo que se requiera del mismo no consista en la búsqueda del trabajador adecuado, sino en la simple constatación del previamente elegido por el empresario, tal como ocurrió en más del 90% de los casos durante el último año”(cursivas nuestras). O sea, más del 90% de las contrataciones se hicieron fuera del INEM, con lo cual este organismo, además de ser una policía político-social antiparados, se convierte en un puro apéndice del Instituto Nacional de Estadística. Por eso y coherentemente con la exposición anterior, la Ley 10/1994 reconoce la existencia de „agencias de colocación sin fines lucrativos”. De la sinceridad de esto último ofreceremos alguna prueba: la primera es que más adelante la Ley recoge que sólo se cobrará „por los servicios prestados” (¡curiosa manera de no lucrarse!), y la segunda es la rapidez con la que ávidos capitalistas como CCOO-UGT han decidido formar sus propias agencias de empleo. Esto les supondrá a esas empresas llamadas CCOO-UGT no solo un dinerito contante y sonante con el que sanear sus maltrechas arcas (caso de UGT y sus ESTAFAS „sociales”) sino además se convertirán en una fuente de clientelismo y nepotismo a todos los niveles.
La nueva Ley constituye el pistoletazo de salida para la generalización de los contratos de aprendizaje, verdadera mina para la patronal, pues el ahorro en salarios no es que sea considerable, es casi total: el primer año el aprendiz cobra el 70% del salario mínimo interprofesional (SMI), el segundo año el 80% del SMI y el tercero el 90 por ciento. A esto sumemos las exenciones a la Seguridad Social (el 75% y el 50% de las cuotas empresariales) que los empresarios obtendrán contratando entre otros a parados que cobran el subsidio de desempleo. Igualmente se introduce el contrato de trabajo en prácticas con el cual las empresas pagarán a sus afortunados empleados el 60% del salario pactado en convenio durante el primer año, y el 75% durante el segundo año, establecido como límite legal para esta modalidad contractual.
Por si esto no fuese suficiente y con el pretexto de hacer que sean útiles a la sociedad, el INEM enviará parados perceptores del subsidio a centros oficiales y a entidades sin ánimo de lucro (¡el ánimo existe pero la carne es débil…!), bajo la forma de contratos de colaboración social, algo que por otra parte ya se estaba dando, pero que ahora se generalizará. Lo que supone al parado trabajar semigratis, sin generar mientras trabaja un nuevo derecho a subsidio, y para estos organismos tener mano de obra baratísima.
Por otro lado se han modificado ciertos artículos de ese engendro llamado ET (Estatuto de los Trabajadores) cuya característica no es precisamente la trivialidad de su contenido. El objetivo, por si a alguien no le ha quedado claro después de tantos años, una vez más es el de „fortalecer nuestra economía a través de una mejora de la competitividad de las empresas españolas” mediante una cierta „regulación laboral” para proporcionar „a las empresas instrumentos para una gestión de los recursos humanos que incida favorablemente en la buena marcha de aquellas (Ley 11/1994 de 19 de mayo, publicada en el B.O.E. del 23-5-94).
Veamos algunas de las modificaciones en materias tales como salario, jornada, movilidad, despido y negociación colectiva.
SALARIO: su estructura se deja en manos de la negociación colectiva (o sea del colectivo compuesto por la empresa y los bonzos sindicales). Gracias a esta misma negociación colectiva los complementos salariales aparte del salario base (como por ejemplo la antigüedad) dejarán de ser consolidables, es decir que cuando se estime oportuno la negociación colectiva podrá reducir su cuantía e incluso suprimirlos. Otra cuestión importante a nivel salarial es la imposición de condiciones de „compensación” y „absorción” cuando los trabajadores de alguna o algunas empresas, saltándose las recomendaciones de la negociación colectiva, obtengan a través de la lucha subidas salariales por encima del marco de referencia normativo (convenio o similar).
JORNADA: La modificación del artículo 34 del ET introduce la „distribución irregular de la jornada a lo largo del año”. La duración máxima de la jornada ordinaria de trabajo sigue siendo tal y como recogía el ET de 40 horas semanales, pero para eso se habla de jornada ordinaria que según se dice más adelante no podrá ser superior a nueve horas diarias. Que nadie piense que éste va a ser el límite de la jornada real de trabajo (¡esto es de por sí el acta de defunción escriturada y firmada de la jornada de 8 horas!) y sobre las horas extraordinarias éstas se pagarán igual que la hora ordinaria suprimiendo ese 75% más del ET. Además acerca de su número y de la obligatoriedad o no para realizarlas todo quedará en manos de… la negociación colectiva.
Por lo que respecta al trabajo nocturno el complemento que se recibía por tal concepto en el ET, equivalente al 25% del salario base, dependerá ahora de la indefectible negociación colectiva, por lo que no resulta aventurado lanzar toques de difunto por este plus de nocturnidad.
No se les ha pasado por alto ni tan siquiera el descanso en la jornada diaria con una continuidad mayor a 6 horas (conocido como hora del bocadillo), que será ahora el fruto del acuerdo entre la empresa y los representantes de los trabajadores y no entre la empresa y los trabajadores como establecía el ET.
¿Cuando ese acuerdo se plasme qué argumento utilizarán mamarrachos como Sánchez Dragó que acusaba a los obreros de „pensar solo en comer el bocadillo”?
MOVILIDAD: Respecto a la movilidad funcional, que ya estaba vigente de hecho en muchas empresas, dicho sea de paso, se amplía a voluntad de la empresa. La movilidad geográfica, tal y como viene establecida en su nueva redacción es de por sí un chantaje que si de algo peca no es precisamente de ambigüedad: „notificada la decisión de traslado el trabajador tendrá derecho a optar (cursiva nuestra) entre el traslado percibiendo una compensación por gastos (sin especificar su cuantía, que tal vez sea determinada por la negociación colectiva, ndr) o la extinción de su contrato, percibiendo una indemnización de 20 días de salario por año de servicio”. Se suprime, ahora sí por obsoleto e inútil ya, el trámite del control previo de la autoridad laboral, y en caso de que el trabajador muestre su negativa ante el traslado-chantaje el despido se dejará en manos de la jurisdicción laboral. UGT ya ha planteado (¡significativo silencio el de CCOO!) limitar la vía judicial para resolver los conflictos laborales. Bajo el solidario pretexto de liberar a los magistrados de lo social de tanto trabajo como tienen (entre otras cosas gracias a la labor de CCOO-UGT), UGT nos dice que „existe unanimidad casi total (sic) sobre la necesidad de establecer en España un marco que permita una resolución extrajudicial de conflictos en el que la autonomía colectiva (sic) juegue un mayor papel y que conduzca a una responsabilidad de las partes (cursiva nuestra) (El País, 5-6-1994).
Continuando con la movilidad geográfica, los bonzos gracias al papel jugado en la negociación colectiva verán recompensados en cierta manera sus esfuerzos pues: „Los representantes legales de los trabajadores tendrán prioridad (cursiva nuestra) de permanencia en los puestos de trabajo a que se refiere este artículo”, cláusula que no por casualidad también aparece en la modificación del artículo 51 del ET referente al despido colectivo. !Esta sí que es una gran conquista para el movimiento obrero en su conjunto¡ !Queden los compañeros en la calle y con 20 días por año (de momento), pero permanezca la quintaesencia de la negociación colectiva¡
DESPIDO: Se dan facilidades a las empresas para que cada tres meses puedan ser despedidos „diez trabajadores en las empresas que ocupen a menos de cien trabajadores (que serán el 100% de la plantilla allí donde trabajen 10 o menos, ndr).
– El 10 por 100 del número de trabajadores de la empresa en aquellas que ocupen entre cien y trescientos trabajadores.
– Treinta trabajadores en las empresas que ocupen trescientos o más trabajadores”.
Conociendo las modalidades de contratación y observando las facilidades de despido, queda claro para quien aún no lo hubiese visto en qué consiste esa flexibilidad tan pregonada.
NEGOCIACION COLECTIVA: En esta materia, aparte de cuanto se ha comentado en el apartado referente al salario, se introduce lo siguiente: „los Convenios Colectivos de ámbito superior a la empresa establecerán las condiciones y procedimientos por los que podría no aplicarse el régimen salarial del mismo a las empresas cuya estabilidad económica pudiera verse dañada como consecuencia de tal aplicación” (modificación del artículo 82 del ET).
De esta forma, tanto la „compensación” como la „absorción” y el „descuelgue” van a ser práctica habitual en materia salarial en cuanto la ocasión así lo requiera. Esto va a traer consigo, junto a la pérdida de poder adquisitivo, un desánimo y una frustración aún mayores entre los trabajadores, extendiéndose ampliamente la opinión de que con la lucha no se obtienen mejoras sustanciales ya que „desde arriba” se marcan unos topes salariales inamovibles.
También introducen un añadido al artículo 82 del ET que dice lo siguiente: „El Convenio Colectivo que sucede a uno anterior puede disponer sobre los derechos reconocidos en aquél. En dicho supuesto se aplicará íntegramente lo regulado en el nuevo Convenio”. Es decir, preparemos un nuevo toque de difuntos por las „condiciones más beneficiosas” que estaban recogidas en Convenios y Ordenanzas anteriores.
Son precisamente estas condiciones más beneficiosas (la famosa „rigidez” que tanto indigna a la patronal y al gobierno) recogidas en las Ordenanzas Laborales, la causa de que éstas vayan a ser derogadas y sustituidas por nuevos convenios donde se aplicará lo comentado en el párrafo anterior. Los agentes sociales acusan a estas Ordenanzas de „rígidas”, de „obsoletas” y de „franquistas”. Quien esgrime este último argumento demuestra ser un agente de la burguesía en un doble sentido: por un lado, le trae sin cuidado que las Ordenanzas beneficien en algunos aspectos a los trabajadores, y por otro, hace creer que son un regalo del franquismo y no el fruto de duras luchas proletarias.
Las declaraciones de Cuevas (presidente de la CEOE) en noviembre pasado acusando al gobierno y a CCOO-UGT de „prorrogar la vigencia de las ordenanzas” no deja de ser meramente anecdótico, y ya el señor Méndez, secretario general de la UGT se apresuró a tranquilizarle.
Farsa o no, lo fundamental es que las Ordenanzas van a ser derogadas y no van a tardar mucho en hacerlo. Será la culminación del „histórico” pacto firmado el 7 de octubre con el objetivo de „modernizar” las relaciones laborales, y el desarrollo de la democracia industrial (sic) en el seno de las empresas”. Que traducido a nuestro crudo lenguaje marxista equivale a decir incremento en la explotación de la fuerza de trabajo adornándola con fraseología burguesa, aumentando y consolidando los privilegios de los bonzos sindicales y aspirantes.
Todo esto no deja de ser más que la constatación de un fenómeno de alcance histórico e internacional: la integración de los sindicatos dentro del engranaje estatal de la burguesía, convirtiéndose en un pilar fundamental del orden establecido. Pero el partido no extrae de este hecho la negación de la lucha económica por intereses inmediatos y parciales. Los proletarios empujados por las condiciones materiales volverán a la lucha por la defensa de sus condiciones elementales de vida y de trabajo, y de ella resurgirán los organismos adecuados para llevarla a cabo, los sindicatos de clase. Organismos que deberán organizar a los proletarios no sobre una base de conciencia o de clarificación, que solo se encuentra en el partido de clase, sino de necesidades materiales. Tal tarea de defensa se completa y se integra solamente cuando a la cabeza de los organismos sindicales se halla el Partido político de clase. No hay otro camino.
Volviendo a España, nos podemos hacer una idea de la profundidad del enfrentamiento gobierno-sindicatos y de la dureza de la batalla por recuperar el poder adquisitivo de salarios y pensiones escuchando al ministro Griñán: „Su comportamiento (el de los sindicatos, ndr) en la moderación salarial ha sido ejemplar” (El País, 18-8-1994). Por eso como premio les han aumentado en un 20% las subvenciones que reciben de las instituciones del Estado burgués.
Esa firmeza en la defensa de los salarios es la que han demostrado estos últimos años de reducción salarial para los empleados públicos, maquillada ahora con una subida según el IPC para este año. Esto no es otra cosa que una pura y simple CONGELACION SALARIAL (la aritmética es tozuda a este respecto y 4 – 4 = 0 en todos los casos). Respecto a las pensiones que subirán para 1995 el IPC, o sea NADA, ya conocemos la posición de los sindicatos por boca del señor Méndez, acerca de que los trabajadores „complementen” su pensión. Lo que todavía no se atreve a sugerir este personaje tras el éxito de PSV como estafa masiva organizada, es que ese „complemento” se haga a través de las aseguradoras de UGT.
La marcha de la „negociación colectiva” prosigue la tónica triunfal de años anteriores. Algunas grandes empresas ya han firmado sus convenios, como es el caso de SEAT. En este Convenio, según los datos disponibles, las cosas van sobre ruedas para la patronal. Para el trienio 1994-96 se recoge una subida salarial del 2’9% para 1994, el IPC (Indice de Precios al Consumo) para 1995 y el IPC más un punto para 1996. Asimismo se modifican las vacaciones de verano y se introduce el trabajo en días festivos (10 al año como mínimo).
En IBERIA (líneas aéreas españolas) CCOO-UGT y el sindicato de tripulantes de cabinas, según informaciones no desmentidas aparecidas en la prensa, supeditaron la negociación del plan de viabilidad a su participación en la gestión, en el control del plan de reducción de gastos y en el consejo de administración. Aprovechando la situación y el malestar de los trabajadores ante la pretensión de la empresa de despedir a 2.000 de ellos y rebajar los sueldos un 15 por ciento, han emprendido una operación de cosmética llamando a los trabajadores a unas jornadas de huelga civilizada. El hecho de que negocie cada uno por su lado, CCOO-UGT, los pilotos, y la Coordinadora Sindical de Iberia (que agrupa a los sindicatos minoritarios) es el más claro exponente de que quien menos importa son los trabajadores, y en especial las categorías peor pagadas y con menos capacidad de presión. Acerca de la aprobación del plan de viabilidad no puede haber prácticamente ninguna duda, y poco importa si los despidos se producen en una tanda o en varias, o si la rebaja salarial se queda por debajo de ese 15% lanzado, como un globo sonda, por la dirección de la empresa.
Ante estos montajes sindicales los trabajadores no deben caer en la apatía o la desmoralización, pues éste es precisamente el fin para el que son diseñados. El ejemplo de la pasada huelga de AIR FRANCE es significativo, pues si la empresa en un primer momento vió frenadas sus pretensiones (similares a las de IBERIA) fue debido al desbordamiento de los sindicatos del régimen, y a la utilización de medidas de fuerza clasistas. Si la derrota finalmente llegó fue precisamente por no haber perseverado en esta línea intransigente, cayendo en la trampa del referéndum. Esta experiencia de AIR FRANCE, de IBERIA, la experiencia de todos los días y en todas las empresas demuestra que es necesario romper con las huelgas domesticadas de los sindicatos (categoría en la cual incluimos la convocada por la Coordinadora de IBERIA por dos horas durante 4 días separados), y luchar no para negociar la rebaja del sueldo, sino para exigir su aumento, reivindicándolo con métodos clasistas junto a la defensa íntegra e intransigente de los puestos de trabajo.
Con motivo de la reunión de los "7 Grandes" Pt.1
Contra la crisis, el paro, la guerra, el proletariado debe abandonar toda ilusión de convivencia pacífica entre las clases y prepararse para abatir a la burguesia mundial en la revolución comunista
1) Las cifras de la miseria
El ocho de julio tuvo lugar en Nápoles la cumbre de los 7 Grandes. La agenda de trabajo presentó como primer punto la cuestión de la crisis y el desempleo, al cual se había dedicado la cumbre precedente de marzo en Detroit. La situación de la economía mundial es desoladora. La crisis ha hecho desaparecer económicamente continentes enteros y ha destruido desde sus cimientos a potentes formaciones estatales como la ex-URSS.
El caso africano es ejemplar: en este continente está en discusión la misma posibilidad futura de la existencia de una población autóctona. La política del FMI y del Banco Mundial para reducir la deuda externa en los años 80 ha tenido en este continente el efecto de disminuir la competitividad de las economías que se querían „sanear”: en 1970 Africa representaba el 1,2% del comercio mundial de las manufacturas industriales pero ha descendido al 0,5% en 1989. El comercio de las materias primas entre 1980 y 1989 ha caído del 5,5% al 3,7%. Entre 1980 y 1992 el PNB por habitante en los países al Sur del Sahara ha caído un 2% anual, una cuarta parte aproximadamente. La política de „resaneamiento” deseada por el FMI ha llevado a una disminución de los salarios reales del 30% en un decenio. El 20% de los 500 millones de personas que viven en el Africa Subsahariana no tiene alimentos ni siquiera para la pura supervivencia. La renta per cápita tiene como media 350 dólares al año y el 50% de la población es analfabeta.
Cuando finalmente la población africana ha decidido volver a practicar una agricultura que les garantice al menos la subsistencia era ya demasiado tarde. El Capital había arrasado todo, y así las poblaciones han quedado sin su sistema tradicional y sin la posibilidad de competir en el mercado internacional.
Sobre 682 millones de personas, alrededor del 12,4% de la población mundial, se calcula que 2 millones morirán en los próximos años de SIDA, enfermedad que afecta al 30% de las mujeres embarazadas, cortando desde la raíz el futuro de Africa. Africa está maldita por los dioses, afirman los burgueses letrados, solo que estos dioses se llaman hoy FMI y Banco Mundial.
Son poco consoladores para el Capital los performances (resultados), de cualquier modo relativos, de los dragones de Asia a quienes se ha unido China. Si los dragones avanzan, por el contrario el superdragón japonés se estanca.
El hecho grave para el Capital es que después de haber sacudido al mundo, la crisis ha vuelto al lugar del que había partido en 1975: las metrópolis imperialistas. Y esta vez deberá ser descargada sobre el „tercer mundo interno”, el proletariado de los países industrializados. Según la OCDE, en los 25 países de la organización existen 35 millones de parados, de los cuales 22 millones pertenecen solo a Europa Occidental, más 15 millones que han renunciado a buscar un puesto de trabajo o trabajan a part time (tiempo parcial).
El desempleo en EEUU es del 6,5%, en Alemania del 10,1%, en Francia del 12,4%, en Italia del 11,1%, en Gran Bretaña del 10%, en Japón del 2,8%, y en Canadá del 11,2%. La media del desempleo en Europa Occidental es del 11% con una tasa máxima del 20% en España y Finlandia.
Los datos por separado del paro dan un desempleo de larga duración (más de un año) del 48,4% sobre el total en Holanda, del 46,3% en Alemania, del 38,3% en Francia, del 36,1% en Gran Bretaña, del 71% en Italia, del 5,6% en EEUU y del 10% en Japón. El desempleo de larga duración desde 1983 a 1991 ha aumentado en los países de la CEE, pasando del 48% al 51% mientras que en EEUU ha disminuido pasando en el mismo período del 13% al 5,6%.
La tasa de paro de los jóvenes con menos de 25 años era en diciembre de 1993 del 38,8% en España, del 32% en Italia, del 23,6% en Francia, del 17,3% en Gran Bretaña y del 5,2% en Alemania. En EEUU se declara una tasa de desempleo juvenil del 11,4%. Este dato es falso por el hecho de que en EEUU es suficiente haber trabajado una hora a la semana justo antes de hacerse públicas las cifras para ser considerado empleado. Si fuese aplicado el mismo criterio en Francia, el paro juvenil descendería del 23,6% al 8%.
Esto nos permite dudar también de los datos oficiales del desempleo en EEUU. El mismo secretario de trabajo americano Robert Reich ha anunciado que los datos oficiales son „descaradamente inexactos”, tanto que el Bureau of Labor Statistics da para el mes de octubre del 93 una estimación del número de parados (16,6 millones) de casi el doble con respecto al dato oficial (8,8 millones).
El trabajo a tiempo parcial en los últimos 10 años ha aumentado constantemente. En 1993 constituye sobre el total de los contratos de trabajo, el 10,2% en Bélgica, el 12% en Francia, el 13,2% en Alemania, el 5,7% en Italia, el 33,2% en Holanda, el 21,8% en Gran Bretaña y el 17,3% en EEUU.
Los datos sobre el trabajo temporal o de trabajadores alquilados de unas empresas a otras sobre el total de la población activa son todavía muy bajos: Holanda 2,7%, Francia 1,7%, EEUU 1-2%, Alemania 0,4%, Japón 0,2%, pero está en expansión. En 1993, ha habido en Francia 1,5 millones de contratos de entre 1 día y 18 meses, con una media de 2 semanas de duración, la cual equivale al empleo fijo de 250 mil trabajadores. Pero el verdadero boom se ha producido en EEUU. En los últimos 3 años de los 3,4 millones de puestos de trabajo creados, el 23% son debidos a los empleados por las agencias de trabajo temporal, aunque estos representan solo el 2% de los ocupados en el sector no agrícola. El aumento del trabajo en alquiler desde el 91 al 94 ha sido del 20% mientras el número de ocupados ha crecido el 0,5%.
En 1993, el 59% de los nuevos empleos ha sido en alquiler y el 28% eran empleados en trabajos a tiempo parcial y con baja protección social.
En conjunto el 87% de los trabajos generados en EEUU durante 1993 eran trabajos mal pagados. Los trabajadores mal pagados americanos han alcanzado la notable cifra de 24,4 millones, equivalente al 22% de la fuerza de trabajo.
Este es el nivel más alto alcanzado en la historia del trabajo en EEUU. Mientras los trabajos bien pagados en la manufactura han caído el 15%, pasando entre 1979 y 1994 de 21 a 17,8 millones, la población activa ha aumentado a 25 millones. Buena parte de ésta ha terminado en el trabajo mal pagado.
Los salarios de estos trabajadores poco cualificados son de 6 dólares por hora de media, con un máximo de 4,25 dólares, que equivalen al salario mínimo estancado desde hace años, habiendo sufrido una caída del 10% en los últimos 10 años y del 30%, en los últimos 20. En Inglaterra, los salarios de estos trabajadores han caído el 14%.
El número de asalariados americanos que perciben una renta inferior a 13.091 dólares anuales (el umbral de la pobreza para una familia de 4 personas en EEUU es de 14.500 dólares anuales), de 1979 a 1992 ha pasado del 12% al 16%. El número total de asalariados que viven por debajo del umbral de la pobreza ha aumentado en el mismo período un 50%. Un tercio de los adultos de edad comprendida entre los 22 y los 48 años ha visto descender su renta en los últimos 10 años.
En EEUU, 20 millones de asalariados y 39 millones de personas no tienen ninguna forma de asistencia médica, mientras las tasas de mortalidad infantil y general son del 8,7%, las más elevadas del mundo occidental. Cuarenta millones de americanos, aproximadamente uno de cada seis, sobrevive con los subsidios del gobierno o gracias a la caridad. La gran mayoría de estos no son ni homeless (sin hogar), ni inmigrantes, sino gente que trabaja o ha perdido recientemente el trabajo. Y cerca de un tercio tienen un puesto de trabajo pero no consiguen llegar a fin de mes, y para comer se deben dirigir a los comedores públicos.
2) Dos modelos de pobreza
Los datos expuestos más arriba evidencian por una parte el dramatismo de la crisis capitalista y sus tremendas repercusiones sobre la clase obrera, y por la otra, los primeros pasos de acercamiento que hasta ahora han dado los EEUU y Europa para afrontar el problema del desempleo. La prensa especializada ha hablado de modelo capitalista social „renano” en contraposición al capitalismo liberal americano.
América ha preferido mantener congelado el salario mínimo para alentar a las empresas a contratar a personas mayores, a jóvenes que buscan su primer empleo, a trabajadores no cualificados y a las jóvenes madres solas con hijos (un fenómeno que ha alcanzado dimensiones muy grandes en EEUU y que el gobierno intenta controlar cortando drásticamente los subsidios). Además ha dejado actuar libremente al mercado el cual ha previsto crear puestos de trabajo (46 millones en los últimos 25 años contra los 9,8 de Europa Occidental y los 14 millones de Japón) pero ha disminuido fuertemente las retribuciones de buena parte de los asalariados. Si esto ha permitido una recuperación de la productividad americana frente a Europa y a Japón (tomando como 100 el PNB para trabajadores de jornada completa en EEUU, en 1990 tenemos 94 en Francia, 88 en Italia, 87 en Alemania, 76 en Japón, y 74 en Gran Bretaña) ha contribuido, sin embargo, a la formación de la llamada in-work poverty y de una subclase de asalariados, los working poor, los pobres que trabajan, que hoy alcanzan aproximadamente el 25% de la fuerza de trabajo empleada americana, y que perciben un salario que es inferior al subsidio de desempleo de un obrero francés o alemán, no tienen seguro médico y no reciben subsidios para el pago del alquiler, a diferencia del parado alemán o francés.
Son trabajadores extremadamente móviles, sometidos a una flexibilidad inconcebible para un obrero europeo e incapaces, con su salario, de mantenerse a sí mismos y a su familia por un mes entero, y morirían de hambre si no existiesen los comedores públicos.
Encontramos en esta subclase a los grupos humanos arriba descritos. La tasa de natalidad de este sector de la clase obrera es superior a la media nacional e incluso a la de la misma clase obrera, a pesar de todos los intentos de las diversas administraciones americanas de ponerla bajo control.
Marx sitúa esta fracción de la clase obrera, en parte en la superpoblación relativa de reserva, en parte en la esfera del pauperismo. Merece la pena retomar la cita de Marx relativa a este estrato obrero para comprender la invariabilidad sustancial del capitalismo: «La tercera categoría de la superpoblación relativa, la intermitente, forma parte del ejército obrero en activo, pero con una base de trabajo muy irregular. Esta categoría brinda así al capital un receptáculo inagotable de fuerza de trabajo disponible. Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio de la clase obrera, y esto es precisamente lo que la convierte en instrumento dócil de explotación del capital. (…) Su contingente se recluta constantemente en los obreros que dejan disponibles la gran industria y la agricultura, y sobre todo las ramas industriales en decadencia, aquellas en que la industria artesana sucumbe ante la industria manufacturera y ésta se ve desplazada por la industria mecanizada. Su volumen aumenta a medida que la extensión y la intensidad de la acumulación dejan „sobrantes” a mayor número de obreros. Pero, esta categoría constituye al mismo tiempo un elemento de la clase obrera, que reproduce a sí mismo y se eterniza, entrando en una proporción relativamente mayor que los demás elementos en el crecimiento total de aquélla. De hecho, no sólo la masa de los nacimientos y defunciones, sino también la magnitud numérica de las familias se halla en razón inversa a la cuantía del salario, es decir, de la masa de medios de vida de que disponen las diversas categorías de obreros. Esta ley de la sociedad capitalista (…) recuerda la reproducción en masa de especies animales individualmente débiles y perseguidas. Los últimos despojos de la superpoblación relativa son, finalmente, los que se refugian en la órbita del pauperismo. Dejando a un lado (…) al proletariado harapiento („lumpemproletariado”) en sentido estricto, esta capa social se halla formada por tres categorías. Primera: personas capacitadas para el trabajo (…) la masa de estas personas aumenta con todas las crisis y disminuye en cuanto los negocios se reaniman. Segunda: huérfanos e hijos de pobres (hoy son numerosísimos los hijos de madres solas, ndr.) Estos seres son los candidatos al ejército industrial de reserva, y en las épocas de gran actividad como en 1860, por ejemplo, son enrrolados rápidamente y en masa en los cuadros del ejército obrero activo (…) Tercero: degradados, despojos, incapaces para el trabajo. Se trata de seres condenados a perecer por la inmovilidad a que les condena la división del trabajo, de los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase y, finalmente, de las víctimas de la industria, cuyo número crece con las máquinas peligrosas, las minas, las fábricas químicas, etc., de los mutilados, los enfermos, las viudas, etc. El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en la necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais (gastos imprevistos) de la producción capitalista, aunque el capital se las arregle, en gran parte, para sacudirlos de sus hombros y echarlos sobre las espaldas de la clase obrera y de la pequeña clase media» (El Capital, tomo I, pp. 587-588, Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1980).
El modelo renano ha tendido en cambio a mantener una red de seguridad en torno a la clase obrera y está vigente en Europa y, de forma diferente, también en Italia. En Alemania un parado con hijos recibe el 67% del último salario (60% si no tiene hijos). Después de un año la cuota desciende al 57% y al 52% respectivamente, por tiempo indefinido. En Francia, Holanda y en parte de Gran Bretaña tenemos una situación similar. En Italia la red no es robusta y generalizada como la alemana, sino concentrada en salvaguardar a la clase obrera de las grandes concentraciones industriales mediante la cassa integrazione (organismo similar al Fondo de Garantía Salarial en España), la amplia movilidad y las jubilaciones anticipadas (alguien acogido a la cassa integrazione percibe más de cuanto gana un working poor americano).
La distinta forma de proceder de América y Europa con el problema del empleo ha hecho que la enfermedad común a ambos sistemas capitalistas se manifestase con síntomas diferentes: cuantitativamente en el viejo mundo y cualitativamente en el nuevo.
En Europa la tendencia del desempleo es creciente desde mediados de los años 70, y no por casualidad, mientras en América disminuye pero aumentan los working-poor. En efecto, mientras América ha creado desde 1980 a 1990 más puestos de trabajo de lo que ha crecido la población activa, en Europa ha sido al contrario, mientras que Japón ha cerrado sustancialmente a la par. Los datos en millones de unidades son 18,6 millones de nuevos puestos de trabajo contra 13,8 millones de trabajadores adicionales para EEUU, 0,6 contra 3,1 para Francia, 1,5 contra 3,1 para Alemania, 0,6 contra 2,6 para Italia, 1 contra 2,6 para España, y 7,6 contra 7,4 para Japón. América que se lamentaba hace 20 años de una tasa de desempleo del 5,5% contra el 3% de Francia y el 1% de Alemania, hoy puede presumir de una condición de pleno empleo (para la economía americana la tasa de paro „fisiológica”, correspondiente según los canones de la economía keynesiana al pleno empleo, es el 6,2%). Triste consolación (el desempleo americano está más oculto debido entre otras cosas a los diversos métodos de representación estadística) ya que va acompañada de un 25% de working-poor.
Por otra parte ¡quién va hacer aceptar a un parado alemán un puesto de trabajo por un salario igual o ligeramente superior al subsidio de paro!
El alto desempleo europeo, en su mayoría de larga duración, y la in-work poverty americana son síntomas de una enfermedad que corroe el corazón del capitalismo, y es el resultado de dos formas de proceder diferentes ante el problema de la crisis. América ha dejado actuar libremente al mercado y se encuentra ahora una cuota relevante de fuerza de trabajo en condiciones tales como para llegar a ser una bomba de relojería para su estabilidad social, como ha mostrado la revuelta de Los Angeles.
Europa, por el contrario, ha defendido con la fijación por ley de un salario mínimo o mediante los convenios colectivos, los niveles salariales para evitar la in-work poverty, que sin embargo, se ha manifestado en los parados que han perdido toda esperanza de entrar en el mundo del trabajo. La in-work poverty es menos visible en Europa gracias a dos factores: 1) La red de protección social tendida por los Estados, que por este motivo se encuentran ahora al límite del colapso financiero; 2) al menos en algunos países como en Italia y en España gracias a la capacidad del concentrado de ignominias que es la familia, que también en esto revela su naturaleza contrarrevolucionaria ya que tiende a anular el potencial revolucionario de los jóvenes proletarios parados, transformándolos en parásitos de por vida.
Socialmente ambos modelos, el renano y el americano, han quebrado como ya sabía anticipadamente nuestra escuela.
Se asiste, en consecuencia, a un acercamiento al eje de gravedad de los dos sistemas. Los americanos asustados por la formación estable de una in-work poverty extremadamente peligrosa en el terreno social meditan introducir medidas de tipo „europeo” (Sole 24 Ore, 7 de junio), los europeos, preocupados por la recuperación americana en términos de productividad y del crecimiento del paro se sienten tentados a imitar a los americanos.
También en Alemania la consigna es Flexibilisierung, hacer flexible el mercado de trabajo (Wall-Street Journal, 14 de marzo).
Afirma el ministro de economía alemán Rexrodt que si el mercado de trabajo alemán no se hace más flexible, permitiendo horarios semanales de trabajo entre 20 y 60 horas, Alemania podría próximamente convertirse en exportadora de puestos de trabajo a Países con un bajo nivel salarial.
Según el presidente del Bundesbank Hans Tietmeyer la política social alemana puede degenerar en una bomba capaz de hacer saltar por los aires el ordenamiento del mercado en Alemania, privándola de su futura base económica (Sole 24 Ore, 1 de junio).
La OCDE, que hace dos años creó un grupo de trabajo para elaborar un plan contra el paro, finalmente ha parido su jobs-study. Sin entrar en el análisis específico de sus 57 propuestas se puede evidenciar que la OCDE ha buscado la cuadratura del círculo. En sustancia, hace propio el modelo americano, pero mantiene las conquistas sociales europeas irrenunciables. La propuesta OCDE se define como la tercera vía, distinta tanto de la americana como de la renana. Nosotros fundamentalistas marxistas pensamos que no conseguirá resultados diferentes. Pero de esto están convencidos los mismos burgueses: «Lo que no se ha dicho en la conferencia de Detroit, pero que está implícito en el mensaje de los 7 Grandes, es que por primera vez la reanudación económica no comportará necesariamente un aumento de la calidad de los puestos de trabajo como en el pasado, y que por primera vez será necesario estar dispuesto a apretarse el cinturón durante un largo y no breve período porque el cambio en que se encuentran las economías de Occidente no es cíclico sino estructural» (Sole 24 Ore, 15 de marzo).
Más allá de las ostentaciones de una parte de la administración y de los capitalistas americanos y de sus sicofantes europeos sobre la bondad de su receta para resolver el problema del paro, nosotros constatamos dos datos comprobados e incontestables, a los que los mismos capitalistas a regañadientes no pueden oponer ningún argumento. El primer dato es que la reanudación mundial en el caso de que llegué, no acabará con el paro. Cualquiera que sea la receta adoptada por los gobiernos capitalistas, el problema permanecerá con todo su dramatismo. Los mismos capitalistas se ven obligados a afirmar que aquí y más allá del Atlántico los males estructurales son muy profundos y no pueden ser curados por el crecimiento (Sole 24 Ore, 13 de marzo). El segundo dato consiste en el hecho de que hoy en Europa y en EEUU los trabajadores se encuentran frente a condiciones de mercado que «se asemejan más a las de finales de los años 30 que a las prevalecientes durante los cuarenta años siguientes a la segunda guerra mundial» (The Wall-Street Journal, recogido en el Sole 24 Ore del 28 de enero).
Si alguien lo ha olvidado procedemos nosotros a recordarselo: los años 30 terminaron en la segunda carnicería mundial que eliminó la fuerza de trabajo y el capital excedente.
3) Ni el liberalismo ni el keynesianismo pueden resolver la crisis
Para nosotros marxistas integrales es ya un hecho consolidado que la burguesía es impotente para elaborar una teoría científica de la crisis, de la cual el desempleo es sólo uno de sus aspectos, el más visible y a veces peligroso para el orden social capitalista, pero en definitiva tampoco el más importante. La „gran ciencia económica” esconde toda su impotencia detrás de la palabra „estructural”. Sustituyendo la palabra por la cosa piensa que ha penetrado en la esencia de esta última, «porque, precisamente donde faltan los conceptos, se presenta en el momento justo una palabra» (Goethe).
Nadie se pregunta por qué desde mediados de los años 70 se ha iniciado un crecimiento exponencial del desempleo y de la in-work poverty, contemporáneamente al debilitamiento público de todos los Estados, sin excluir ninguno. La crisis que estalló en aquellos años ha sido taponada descargando sus efectos sobre los países del tercer mundo, con la destrucción de sus economías de forma irreversible, y sobre las futuras generaciones mediante el enorme aumento de la deuda pública para sostener artificialmente la demanda. Hoy ya empiezan a surgir las dificultades en el camino. Frente a la gravedad y persistencia de la crisis, con todo su séquito de inestabilidad político-social y militar, la burguesía oscila entre el liberalismo salvaje (gran parte, sin embargo, es pura fachada) y el keynesianismo (que aunque está en crisis a nivel propagandístico, es el más usado todavía por los gobiernos de los países industrializados, incluido EEUU). Por el momento, la política económica burguesa tiende hacia el liberalismo en los enfrentamientos con la clase obrera y hacia el keynesianismo en los enfrentamientos entre los capitalistas.
Sea como fuere, La burguesía no excluye tampoco recurrir a instrumentos que sean alternativos al actual modo de producción, instrumentos que buena parte de las falsas „izquierdas” contemporáneas consideran de naturaleza clasista, cuando no incluso revolucionaria, y que pomposamente están resumidos en la fórmula: «redefinición del trabajo como valor de uso para la sociedad y no como elemento de valorización para el capital» (extraído del „Esbozo de discusión para la preparación de una Asamblea Nacional de las fuerzas anticapitalistas”, movimiento surgido en Italia).
En el Sole 24 Ore del 3 de mayo encontramos la siguiente consideración iluminante: «Las crisis no son eternas y si duran mucho no deben ser vistas como una maldición inevitable. Estas dependen también del modo de hacer funcionar los mercados y las instituciones económicas. Si funcionan de modo equivocado, los problemas no se resuelven. Basta partir de una simple consideración. ¿Existen o no existen necesidades insatisfechas? No obstante, pasemos por alto el problema de los bienes materiales de consumo. De cualquier modo, existen servicios importantes de los que hay gran necesidad. ¿No existe quizá una necesidad de mayor cantidad o de mejor calidad en la educación, en la sanidad y en la protección del medio ambiente? ¿No existe la necesidad difundida de una mejor y mayor asistencia a los ancianos? Si existen fuerzas de trabajo disponibles y necesidades insatisfechas ¿por qué no se consigue organizar una sistema económico que haga coincidir este deseo de trabajar con el de consumir? ¿qué impide que esto coincida? Es cierto que existen muchos obstáculos (de otro modo ya no se hablaría de desempleo). El problema es remover estos obstáculos, a fin de aumentar el trabajo y la renta, y no estar obligados a tratar de redistribuir, aun haciéndolo de la mejor manera, lo poco que hay».
El articulista considera que la fuerza de trabajo destinada a esta función de uso, utilizando la terminología de la falsa izquierda, deberá ser retribuida con los recursos añadidos que se puedan obtener con un aumento general de la productividad del sistema económico, o sea en última instancia con un aumento de la explotación de la clase obrera, confirmando el dictado librecambista, que ningún keynesiano ha violado jamás, aunque digan lo contrario los librecambistas, de que no existen alimentos gratis; lo que en nuestro tosco lenguaje marxista se traduce en el hecho de que todo alimento es pagado siempre por la clase obrera.
La realidad de los hechos aunque a menudo es cruel, es siempre clarificadora: cualquiera que sea la receta que elabore la burguesía mundial, con ella no conseguirá salir de la crisis sin una desvalorización masiva del capital existente y de la fuerza de trabajo. Tras la palabra „estructural” se esconde un hecho simple y elemental: el encefalograma de la producción capitalista es casi plano porque la tasa de ganancia cae verticalmente. Para volver a subirla es necesario aumentar su numerador que es la plusvalía extraída a la clase obrera, y disminuir su denominador constituido por la suma del capital constante y del valor de la fuerza de trabajo. En síntesis: la mayor explotación debe estar acompañada por la desvalorización del capital existente y de la fuerza de trabajo.
Frente a este dato real nada pueden las recetas librecambistas o keynesianistas. El librecambismo se derrumbó definitivamente como teoría y como praxis del capitalismo mundial en la semana precedente al hundimiento del 1929, cuando tras la primera sacudida de la bolsa, las autoridades estatales y bancarias decidieron no intervenir, dejando que el mercado encontrase por si mismo el propio punto de equilibrio dinámico. Un hundimiento al que ni siquiera el keynesianismo podrá poner remedio: ya que no fueron las recetas keynesianistas ni las políticas económicas keynesianistas de Mussolini-Hitler-Roosvelt las que permitieron la superación de la crisis del 1929, sino la segunda carnicería imperialista con la consiguiente destrucción del capital y de la fuerza de trabajo excedente (desvalorización hasta cero), como el estudio del partido sobre ciclos económicos de las economías capitalistas desarrolladas entre 1929 y 1939 ha demostrado. La Historia ha demostrado ampliamente que la burguesía es impotente frente a la crisis, y que está obligada a asistir atónita a la deflagración de unas fuerzas productivas desmedidas que ella ya no es capaz de dominar.
4) No a la defensa del Welfare-State (Estado del bienestar), sino retorno a Marx y a Lenin
Frente a la virulencia del ataque capitalista a las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera mundial asistimos al despliegue de todas las fuerzas presentes en el campo proletario, excluidas las patrullas del Partido y unos pocos núcleos obreros, en defensa del Estado del bienestar presentado como conquista histórica de la clase obrera. En primera fila no encontramos tanto al clásico oportunismo socialdemocrático, estalinista y post-estalinista, que en favor de los contingentes intereses burgueses se muestra disponible a un desmantelamiento parcial de la máquina asistencial, sino, al menos en Italia, a todo el variopinto frente de las „izquierdas alternativas”.
Esta posición se acompaña con otra, estrechamente ligada a la primera, que también es políticamente contrarrevolucionaria y errónea en el aspecto teórico, esta fue definida por Marx como teoría del „salario mínimo” y divulgada por Lassalle como „ley de bronce del salario”, descubierta por él. Según esta teoría el fin de la burguesía es la reducción de la clase obrera a la miseria, al mínimo del salario y a las condiciones de trabajo más brutales. Esta posición, ya presente en Proudhon y elevada al rango de ley general del sistema capitalista por Lassalle, fue negada por Marx, que había establecido desde 1848 la previsión del aumento de los salarios reales en términos absolutos. La teoría del Welfare State como conquista obrera, a defender incluso con la sangre si se da el caso, es una falsificación histórica evidente. El Estado del bienestar es fruto de un compromiso entre la aristocracia obrera y el Capital con una función antisocialista y antirrevolucionaria. Su bautismo histórico tuvo lugar con Bismark, siendo cómplice el omnipresente Lassalle, que se anticipó a Keynes en más de medio siglo, con el fin de desviar a la clase obrera alemana de la vía del socialismo. Mucho antes de que Keynes escribiese su famoso tratado, y keynesianistas famosas como Robinson lo han reconocido, Mussolini y Hitler habían aplicado sus recetas. El Estado del bienestar pertenece con todo derecho al Capital, al reformismo socialista y fascista.
Él tiene el fin de constituir una reserva bajo forma social para el proletariado con el fin de apagar la llama clasista, y convertirlo en algo similar a la pequeña burguesía, anulando toda su potencialidad revolucionaria. Con una serie de medidas y sustracciones, que son en último término sustracciones al trabajo y cuotas de plusvalía, el Estado capitalista organiza unas reservas con las que de cuando en cuando abastece a desafortunados, enfermos, viejos, niños, madres y, en ciertos países y en ciertas fases, también a parados para que no mueran de hambre, con el fin, por un lado, de que el capitalismo no pierda la reserva de fuerza de trabajo, y por otro, para que no alimenten la fuerza de la revolución antiburguesa.
La casi totalidad de los „izquierdosos” que defienden el Estado del bienestar está anclada en la posición de Keynes más que en la de Marx. Pocos de ellos son capaces de digerir la posición dialéctica según la cual Marx preconizó y reivindicó esta gama de medidas, cuya adopción remachó la validez de su doctrina, al mismo tiempo que excluyó absolutamente que estas sirvieran para superar la lucha de clase y para conjurar la revolución de clase. El mecanismo embarazoso y burocrático de la asistencia moderna construida por socialdemócratas, socialcristianos, estalinistas y fascistas sociales se dirige a ligar al proletariado a la conservación de un sistema, en el que le está reservado una mínima esencia de garantías para las incertidumbres del porvenir, intentando que ya no perciba lo que mejor puede ver quien no tiene más que perder que sus cadenas: la incertidumbre fundamental de todo el desarrollo del capitalismo con guerras, carestías, y destrucciones bestiales y en masa de excedentes de mercancías y personas.
No consideramos aquí las fuerzas declaradamente oportunistas que presentan ante las masas obreras al Estado del bienestar como vía de transición hacia el socialismo, teoría abiertamente falsa e históricamente inconsistente. Nos interesa desenmascarar el falso carácter revolucionario de todos los movimientos sedicentemente anticapitalistas que defienden el Estado del bienestar en cuanto que equiparan sus prestaciones asistenciales a un salario social que se añade al percibido por el obrero en el intercambio mercantil privado con su comprador capitalista.
En realidad, en la medida en que esto es verdad, y ciertamente lo es por el ahorro obligado impuesto a la clase obrera que va a financiar los fondos de previsión y de cese del contrato de trabajo, es la clase obrera la que en esta operación pierde porque financia gratis al Capital. Todas las prestaciones del Estado del bienestar, además de tener la función antes descrita de esterilización contrarrevolucionaria de la clase, tienen el fin de reducir el valor de la fuerza de trabajo.
Escuela y sanidad pública sirven mientras permiten la reducción en los costes de formación y manutención de la fuerza de trabajo. En caso contrario, son desmanteladas. Puede también suceder el caso opuesto como demuestra el caso de la sanidad americana. Uno de los motivos, no de los últimos por cierto, que empujan a la actual administración de los EEUU a introducir la asistencia sanitaria pública, en tendencia opuesta con las dinámicas de los otros países industrializados, es precisamente el alto costo de la asistencia sanitaria privada y su ineficacia. En 1992, el sistema sanitario monopolizaba el 14% del PIB contra el 9% francés, con resultados desastrosos y que sitúan a los Estados Unidos en el último puesto entre los países desarrollados.
* * *
En agosto de 1914 cuando los cañones resonaron por toda Europa, la socialdemocracia, partido del proletariado internacional, se dividió en dos ramas. Una se postró a los pies del imperialismo y lamiendo las botas ensangrentadas del militarismo se declaró dispuesta a convencer a los proletarios a que se masacrarán por el bien del capital. Una segunda se arrodilló juntando las manos e imploró a la fiera sanguinaria del imperialismo que firmase enseguida una paz justa, soñando con volver al mundo que la guerra había destruido irremediablemente.
Un hombrecillo, aislado de las masas, pero no de la historia, a contracorriente, fijó los ojos en el monstruo de la guerra y sin genuflexionarse comprendió que aquel monstruo podía ser domado con sus mismas armas y lanzó la consigna inconcebible e incomprensible a las masas trastornadas por la histeria belicista, de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil sobre todos los frentes militares y en todos los países.
El escarnio fue grande y el hombrecillo fue considerado un loco visionario alejado de la realidad e incapaz de comprender las grandes corrientes históricas. Aquel „loco”, tres años después, conquistó el poder en Rusia y se puso a la cabeza de la Revolución mundial.
Hoy que la crisis se extiende con efectos devastadores sobre la clase obrera mundial asistimos al mismo fenómeno. La totalidad de los llamados representantes oficiales del proletariado se arrodillan a los pies del imperialismo y prometen convencer a los obreros para que se autoflagelen y se enreden en una competencia económica desenfrenada entre ellos. La sedicente minoría revolucionaria se arrodilla invocando a su dios Keynes para que vuelva a la tierra a defender su monstruosa criatura.
Ninguno tiene el coraje de mirar a los ojos a la crisis del Capital y alegrarse de la demostración viviente de la debilidad fundamental de este monstruo enorme que finalmente alguien deberá destruir.
¡No es a Keynes a quien es necesario volver sino a Marx y al hombrecillo de Zurich!
El movimiento del 0,7 expresión de la impotencia reformista para acabar con la miseria generada por el capitalismo
Aunque siempre contaron con el apoyo de los medios de comunicación, en los últimos días estamos siendo bombardeados con información de las acciones pacíficas que la Plataforma del 0,7 ha organizado. Este hecho, el apoyo total de la prensa, es prueba de que no suponen ni siquiera molestia para la burguesía imperialista y su Gobierno PSOE que estrujan hasta la muerte, junto a los otros países imperialistas, al proletariado y otras clases pobres con sus ayudas al Tercer Mundo.
Ese apoyo, incluso por parte de instituciones estatales, al movimiento del 0,7 no es de extrañar, pues en realidad el lenguaje de los reivindicadores del 0,7 podría ser y lo es el de cualquiera de los partidos parlamentarios de la burguesía, incluso el rey en la asamblea del FMI y BM intervino en el mismo sentido filantrópico. Esto decía uno de los huelguistas de hambre el 13-11-93 en El País: „Urgirles, en nombre de ese Tercer Mundo, a que den Prueba de su voluntad política real incluyendo en los Presupuestos del 94 el 0,7 % del PIB para el desarrollo sostenido de los países empobrecidos”. A la objeción de que hasta ahora la Ayuda al Tercer Mundo ha servido para la obtención de pingües beneficios para las empresas españolas, los defensores del movimiento nos dicen que ellos reivindican el 0,7 del PIB en alimentos y otros bienes de primera necesidad sin perseguir el lucro, para que cesen de morir personas inmediatamente. Curiosa manera esta de conseguir un „desarrollo sostenido de los países empobrecidos”, hasta el más cazurro de los economistas burgueses se reiría de estos candorosos reformistas, que pretenden tener un desarrollo sostenido dando de comer a los hambrientos. Aun en el caso de que el Estado capitalista dedicara el 0,7 en Ayuda al desarrollo en lugar de lo que ya dedica, ¿ qué medios iba a utilizar la Plataforma del 0,7 para hacer que el capital invierta sin perseguir el beneficio y regale el dinero? Si el capital pudiera hacer eso no sería capital, sería otra cosa, y mientras vivamos en el capitalismo es reaccionario y un engaño plantearlo para acabar con el hambre.
Algunos datos sobre el destino de la ayuda de España y Occidente en general: „Según el ministro (de Comercio y Turismo, Gomez Navarro) es lógico que las organizaciones no gubernamentales o humanitarias, reclamen estos créditos a países con escaso nivel de renta, pero ’no estamos ante donativos, sino ante créditos que se devuelven y, por ello, se dan a países con posibilidad de devolverlos’.(…) Hasta ahora, el 65 % de los créditos FAD (Fondo de Ayuda al Desarrollo) se han dirigido a empresas privadas y el 35% restante a empresas públicas” (El País, 4-6-94), eso respecto a España. Respecto a lo que conceden los países occidentales en general: „En los países pobres, además, la ayuda es raramente concentrada en los servicios que benefician a los más pobres. El Banco Mundial reconoce que de toda la ayuda que ha ido a los países de bajos ingresos, no más del 2% fue a cuidados sanitarios básicos y un 1% a programas de población. Incluso la ayuda que se emplea en sanidad y educación tiende a ir a servicios que benefician desproporcionadamente a los que viven en mejores condiciones.(…) Algunos países del Tercer Mundo han disfrutado de un rápido crecimiento económico con relativamente poca ayuda per cápita. En particular algunos casos exitosos asiáticos (…) tuvieron poca o ninguna ayuda en un período en el que los donantes volcaban dinero en África” (The Economist, 7-5-94), es decir, la Ayuda puede suponer frenar el desarrollo en la medida en que la deuda externa ahoga esas economías. Hay que decir también que una grandísima parte de la Ayuda de Occidente es para la adquisición de material bélico, que se usa para masacrar a la población de manera aún más directa.
Las limosnas de las organizaciones no gubernamentales, por grandes que sean, tampoco significan una mejora en las condiciones de vida y acaban beneficiando a la burguesía de aquellos países, pues cuanto más limosnas de los corazones humanitarios occidentales reciba la población empobrecida, los gobiernos de los países débiles más bajarán los salarios y los ya escasos recursos dedicados a cuestiones sociales. La lucha contra la miseria debe partir de los propios oprimidos, que con la lucha impongan al Estado opresor unas mejores condiciones para ellos mismos.
Un motivo para pedir el 0,7 expresado por participantes y dirigentes del movimiento, es el temor que sienten de que se pierda en occidente el nivel de vida, al darse una avalancha de emigrantes provenientes de los países pobres, cosa que se evitaría si los emigrantes no se vieran obligados a emigrar por las necesidades que sufren. Esto es un intento con mucho rodeo, de quienes piensan así, por conservar sus condiciones de vida, y es tan egoísta como inútil, pues el capitalismo, aun con las fronteras cerradas, desemboca una vez tras otra en sus crisis cíclicas, el hambre, la miseria y la guerra acaban llegando. Si estas buenas gentes del 0,7 quieren evitar el empeoramiento del nivel de vida en Occidente ¿por qué no luchan contra la congelación de pensiones, los contratos basura y demás medidas del Gobierno, llamando a una huelga general seria y no como las que convocan los sindicatos del régimen? En ese caso pueden estar seguros que no saldrían tanto por la tele como héroes de los pobres y tendrían más problemas con la policía.
En su rechazo a hablar de clases sociales los adeptos del 0,7 han repetido sin ningún pudor en distintas ocasiones cosas como esta:”hagamos honor a la verdad, a la sinceridad, a nuestra conciencia. ¡Seamos lógicos! Nuestra riqueza o nivel de consumo, directa o indirectamente, son los causantes de semejante tragedia: unos pocos hemos acaparado los recursos destinados a todos” (El País ya citado). Y por esto opinan que es justo que demos el 0,7 % del PIB al Tercer Mundo, porque la sociedad occidental es la responsable de la situación de aquellos países. En la sociedad occidental entran también los obreros occidentales, que por si no tuvieran poco con ver sus pensiones amenazadas, con sufrir el paro y los bajos salarios, ahora reciben también la acusación, por parte de estas almas caritativas del 0,7%, de ser responsables de la miseria del Tercer Mundo.
Frente al sarcasmo de los que dicen luchar por evitar el hambre y la miseria con carreras populares, acampadas urbanas, ayunos, etc, nosotros marxistas, llamamos a los proletarios y a los jóvenes que quieran luchar contra la miseria y el hambre que genera el modo de producción capitalista, a que lo hagan de la única manera eficaz, probada por el desarrollo dialéctico-materialista de la historia, de cambiar una sociedad, a través de revoluciones y no de reformas. Nosotros afirmamos que sin la entrada en juego del proletariado revolucionario como última clase de la historia de las sociedades divididas en clases, no habrá límite a la destructividad del modo de producción capitalista, tanto a nivel ecológico como humano, por lo tanto la Revolución comunista, que se vió frenada hasta nuestros días por la contrarrevolución estalinista desde los años 20, es la única solución honesta y científica al problema.
FRENTE AL MORALISMO DEL MOVIMIENTO DEL 0,7 SURJA LA LUCHA DE LAS MASAS OPRIMIDAS Y HAMBRIENTAS.
POR LA DEFENSA INTRANSIGENTE DE LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PROLETARIADO EN TODOS LOS PAÍSES RENAZCAN LOS SINDICATOS DE CLASE.
SOLO LA REVOLUCIÓN COMUNISTA DIRIGIDA POR EL PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONAL ACABARÁ CON LA MISERIA Y EL HAMBRE DE LAS CLASES OPRIMIDAS.