Detrás del drama de Rwanda están las infames intrigas imperialistas
El articulado y equipadísimo sistema de los mass media mundiales emborracha a los teledependientes y teledeficientes con desgracias y calamidades, utilizando el directo como si tratase de un partido de fútbol y no de la vida misma.
Datos, cifras, testimonios, entrevistas, lágrimas, y cadáveres se suceden durante semanas y a continuación se va a la búsqueda de un nuevo escenario; el multiétnico circo de la información siempre tiene el equipaje listo. Así últimamente aparecieron diferentes dramas que después terminaron por disiparse en las pantallas televisivas de todo el mundo: el de Somalia y todo el Cuerno de África, el de Albania, y el de Bosnia. La tropa a sueldo de cronistas televisivos que acaba de irse de Rwanda, y que hoy ya está bien situada con las antenas parabólicas en las playas de Haití a la espera de algún golpe excepcional, mañana se apostará allá donde la crisis capitalista produzca sus inevitables catástrofes, incluida la peste de la ciudad india de Surat, donde por el momento no conviene acercarse demasiado.
Ahora Rwanda ha sido abandonada a su destino de miseria y violencia en una especie de corriente controlada con el fin de contener los efectos devastadores sobretodo en los países vecinos, donde han irrumpido enormes masas de prófugos.
Para llegar a comprender y a encuadrar correctamente desde el punto de vista materialista la rastrera y prolongada guerra civil de Rwanda, que ha sido explicada como un acervo tribal entre las etnias hutu y tutsi, es preciso remontarse brevemente en la historia a la época de las migraciones de los pueblos en busca de nuevas tierras para habitar y al período de explotación colonial europea con sus correspondientes consecuencias.
Hace aproximadamente cinco siglos, la tribu tutsi, población de tipo nilótico dedicada al pastoreo nómada, se desplazó hacia el sur desde los altiplanos etíopes en busca de nuevos territorios donde vivir e instalarse con sus rebaños, integrándose y adaptándose a las condiciones dictadas por el nuevo ambiente natural.
Las causas y las modalidades de estas migraciones no son conocidas; normalmente se trata, como nos recuerdan los relatos bíblicos, de tribus de pastores nómadas pero sobretodo de sucesivas y grandes oleadas migratorias que parten desde la India hacia Europa.
La migración tutsi concluye, en una o más oleadas, en una zona de colinas propicia, rica en reservas de agua, y habitada por la tribu hutu dedicada a la agricultura sedentaria, la cual, respecto al puro y exclusivo nomadismo pastoril todavía hoy presente en algunas regiones africanas, representa un avance en la forma de producción para la supervivencia.
Las poblaciones nómadas, por la organización como sociedad militar armada que se deben dar para afrontar un modo de vida particularmente lleno de insidias e imprevistos, presentan generalmente una notable aptitud para la actividad guerrera; por el contrario, ésta se da en menor medida en las poblaciones sedentarias, que solo son empujadas a la defensa de su territorio con ocasión de incursiones extranjeras.
Con el tiempo se consolidó la convivencia entre los dos grupos étnicos por medio de frecuentes matrimonios, hasta el punto de que actualmente es difícil distinguir a simple vista las dos etnias.
También la organización social, que reconstruimos teniendo en cuenta las pobres descripciones de que disponemos actualmente, se consolidó bajo una forma híbrida y de transición, similar en muchos aspectos a la variante asiática de la forma secundaria de produ-cción, derivada verosímilmente, a través de las migraciones, de las arcaicas formas de la antigüedad, y de la forma feudal con características étnicas: las comunidades agrícolas hutu son defendidas y protegidas por los ágiles tutsi. Así, con el tiempo, los Watutsi, guerreros por excelencia, ocuparon los vértices de la escala social (Unità, 21/5/94).
Mientras en los Países de las Colinas, parte del África de los Grandes Lagos, se consolidaba sin particulares problemas de intolerancia étnica este tipo de organización productiva y social, que por sus favorables condiciones naturales y por su lejanía de la costa no precisaba ningún avance, en otro lugar, concretamente en el Berlín de 1885, se modificaba su destino.
Hasta 1870, la colonización europea de África se limitaba a las zonas costeras y a las bases marítimas y comerciales; el asalto de África, término correcto para indicar las maniobras de repartición del continente negro, se desarrollaba bajo la influencia de las principales potencias europeas de aquel tiempo.
En 1871, mientras en Francia acababa de ser ahogada en sangre la gloriosa lucha de la Comuna de París, en África el periodista americano Stanley hallaba en una aldea a orillas del lago Tanganika al explorador y misionero escocés Livingstone, dado por desaparecido en uno de sus viajes de reconocimiento del interior de África. Detrás del pobre disfraz de la investigación científica y de la difusión del mensaje evangélico se escondían malamente los intereses de las potencias europeas por apropiarse de la inmensa cuenca de materias primas, metales, oro y piedras preciosas necesarias para la ampliación del proceso de industrialización en el viejo continente.
Por la dureza demostrada en su relación con las poblaciones locales, Stanley fue elegido por la sociedad minera, que era propiedad del rey de Bélgica Leopoldo II, como hombre idóneo para llevar a cabo el descubrimiento y conquista de toda la gran cuenca del Congo, que enseguida demostró ser un enorme yacimiento minero de diamantes, zinc, plomo, cobre y plata.
La conquista de África resultaba tan fácil y segura para las potencias europeas que estas exigían sus territorios aún antes de haberlos ocupado militarmente, creando así en Europa una peligrosa situación de conflicto de intereses.
En la Conferencia sobre el Congo de 1884-85, celebrada en Berlín a petición de Bismark, se reconoce el Congo como propiedad privada del rey Leopoldo II, que después lo cede al Estado Belga (cuanta generosidad, habida cuenta de los costes de una ocupación militar), pero lo más destacado fue que esta conferencia estableció que un territorio africano, para ser reconocido como colonia de un estado europeo, debía ser ocupado de manera estable, dando así lugar al comienzo de la repartición de África.
Inglaterra rápidamente trazó una política que tendía a unir, en el más breve tiempo posible, todos sus dominios africanos en una única colonia, larga y continua “desde El Cabo hasta El Cairo”; mientras, Francia, partiendo desde Argelia bajaba hasta más allá del ecuador hacia el Océano Indico. Las potencias menores tuvieron que conformarse con ocupar las partes restantes: Portugal fue disuadido por las presiones británicas en su pretensión de unir Angola con Mozambique por medio de la conquista de una parte de la actual Rhodesia, y España finalmente se tuvo que conformar con Río de Oro. Bélgica podía darse por satisfecha con la cuenca del Congo, Italia primero ocupó Eritrea, luego Somalia, y por último Libia, mientras Alemania con la Kolonialverein (Liga colonial) y la Sociedad para la Colonización Alemana, partiendo de la base de Dar el Salam, en la actual Tanzania, penetraba hacia el centro del continente en dirección a los yacimientos del Congo Belga, consiguiendo así bloquear, para satisfacción de todos, el proyecto inglés de un único dominio que abarcase desde El Cabo hasta El Cairo.
Completan las aspiraciones de Guillermo II y del capital alemán, como tercera potencia colonial en África: Togo, Camerún, reconocido por los ingleses a cambio de la renuncia a sus pretensiones sobre Nigeria, y el África del Sudeste, la actual Namibia con sus ricos yacimientos de diamantes. La penetración alemana en el África oriental llega hasta el actual Rwanda y Burundi, en la frontera del riquísimo, debido a sus materias primas, Zaire, prácticamente el ex-Congo Belga, y aquí la Sociedad para la Colonización Alemana confirma y utiliza, para sus organizaciones coloniales locales, las estructuras y jerarquías sociales existentes entre las etnias en el momento de la conquista.
Después de la primera guerra mundial, mediante la adquisición sobre la base del Tratado de Versalles, los Belgas sucedieron a los Alemanes en el control y la explotación de Rwanda-Urundi (separados en 1962 en dos estados independientes, Rwanda y Burundi), y empeoraron la situación preexistente confiando las tareas policiales y administrativas preferentemente a la minoría tutsi, relegando definitivamente a la mayoría hutu a los niveles más bajos de la organización económica y social.
Para completar la obra, introdujeron a continuación la certificación de la etnia de pertenencia u origen en los documentos de identificación, perpetuando así esta división étnica y económica. Por el momento no es posible conocer cuántos y qué tipo de acuerdos hubo entre los jefes belgas y los tutsi, y qué garantías debieron dar estos a los explotadores europeos.
En el artículo “Le spine del Congo nella corona belga” (Programma Comunista, n°16/1959) encontramos una descripción detallada de la situación que había después de la anexión en el Congo Belga, anexión que dura hasta la independencia en 1962: «La Sociedad General de Bélgica es, por supuesto, el grupo financiero que hasta ahora se ha asegurado la parte del león, sus poderes son ilustrativos: controla la administración colonial y todas las empresas “privadas”, sin olvidar el conjunto de las instituciones civiles, religiosas, militares y políticas de la colonia. Pero sus poderes no son menos grandes en Bélgica, donde la “vigilancia democrática” del Parlamento obedece servilmente los planes de la política colonial del Estado agente en nombre de la “comunidad nacional”. La población europea en el Congo belga y en Rwanda-Urundi está naturalmente subordinada a la omnipotente y anónima presencia del Capital financiero. A la sombra de este “becerro de oro” los europeos (108.000, de los cuales 85.000 son belgas), gozan de prioridad absoluta sobre los 12 millones de indígenas del Congo, unidos a los 5 millones de Rwanda-Urundi, entregada a Bélgica en régimen de administración fiduciaria por la ONU después de la segunda guerra mundial, como ya lo fuera en régimen de mandato por la Sociedad de Naciones en 1922.
Exceptuando a los notables indígenas, mercenarios de los europeos, el conjunto de la población congolesa constituye una inmensa reserva de mano de obra en poder de las empresas estatales, de los aparatos de producción industrial y agrícola, y de las compañías comerciales. No se formó ninguna burguesía indígena, visto que los notables no son sino jefes “ociosos” que viven a costa de su tribu. La pequeña burguesía comerciante autóctona está ahogada por la competencia del comercio europeo, y a su vez es absorbida en la órbita de las grandes compañías industriales. Desde hace algunos años se ha formado un “campesinado indígena” organizado en cooperativas; pero esta experiencia lo único que ha conseguido es hacer prosperar un “kulakismo” del que se benefician exclusivamente las misiones católicas que las mantienen bajo su control. La ganancia está, o en manos de los europeos, o de los señores feudales de Rwanda-Urundi, mientras solo un pequeño porcentaje de ella está reservada a las tribus y al campesinado indígena, por lo demás, todas las fuerzas productivas son “asalariadas” en calidad de maleteros, descargadores, mozos, criados, y proletariado perteneciente a las grandes empresas mineras, industriales y comerciales».
El primer duro choque en época reciente entre las dos etnias, ya establemente divididas en jerarquías, se produce a finales de los años cincuenta cuando la mayoría hutu persigue al grupo dirigente tutsi, y éste se refugia al norte, en Uganda. Es aquí, en esta ex-colonia británica convertida durante decenios en el refugio de los perseguidos, donde después se forman, en bases militares de adiestramiento, los cuadros dirigentes del actual FPR (Frente Patriótico Revolucionario), compuesto por tutsis y hutus “moderados”.
Extraído de “Zagagie congolesi contro schede belghe”, “Azagayas congolesas contra papeletas de voto belgas”, (Programma Comunista, n°21/1959): «Las luchas tribales que han estallado hace algunas semanas en Luluabourg, en la provincia de Kasai, y las hasta ahora en curso en el vecino Rwanda-Urundi, se salen ya del cuadro tradicional de los choques entre diferentes grupos étnicos y se encuadran cada vez más en el proceso de resurgimiento político y social del continente negro. Se observa que en Rwanda-Urundi (territorios bajo “administración fiduciaria” belga en la frontera oriental del Congo), la administración colonial repite el papel de presentar los hechos sangrientos recientes, como una pura y simple llamarada de odio entre tribus, y trata de responder a ellos con la promesa de una apresurada consulta electoral: la primera tesis es desmentida por el hecho de que los “odios ancestrales” se sobreponen a un conflicto de orden social bien preciso, en el cual los Watutsi, que (como escribe The Economist, revista que no es sospechosa de tener tendencias revolucionarias) son “por tradición los señores feudales supremos de los campesinos Bahutus”, y como siempre aliados del gran capital blanco, han “dirigido sus azagayas contra las organizaciones populares y reformadoras” de estos últimos; y el programa electoral ha sido estudiado expresamente para utilizarlo como válvula de escape del preocupante malestar de las poblaciones más “atrasadas”».
Apoyándonos en la descripción anterior y en la consolidada costumbre de contraponer por doquier los grupos tribales en rígidas jerarquías, podemos deducir que las motivaciones económicas de las pobres comunidades rurales hutu contra los ricos feudales tutsi, han tenido un peso mayor en estas revueltas que el que hayan podido tener los “antiguos odios tribales”.
La sucesión de grandes hecatombes a golpe de machete, de éxodos en masa y de acciones punitivas con finalidad de venganza que después les han sucedido es impresionante: 1959, 1963, 1965, 1973, 1991, 1992, 1993, 1994.
En la formación de los Estados nacionales africanos con independencia controlada, Francia e Inglate-rra maniobraron siempre de manera más o menos sospechosa entre bastidores y el democratísimo gobierno de París mantiene actualmente en la República Centro-africana su más importante base militar estratégica de todo el continente, con lo cual está siempre preparado para intervenir con sus adiestrados legionarios a fin de mantener su papel de gendarme europeo en África pudiendo así sostener con su aparato militar sus propias sociedades financieras.
En la respuesta dada por el “Ministerio para la Cooperación Francesa” (el nombre del Ministerio es bonito aunque su proceder sea bien diferente) a los ponentes sobre el balance del año 1994 en la Asamblea Nacional (Le Monde Diplomatique/Manifesto, junio de 1994) se lee que Francia está presente a través de ayudas militares directas en 25 países africanos, con un gasto anual en equipamientos de 57.000 millones de liras (quizá sea un error de traducción: ¿son liras o francos?), tiene 792 “asistentes técnicos” y militares en el continente y forma en las academias militares de Francia a 1330 oficiales al año, de los cuales la mayor parte es destinado a la formación y al mando de bata-llones de intervención rápida y de gendarmería. Además financia y dirige una escuela internacional de infantería en Thiès (Senegal) y otra de transmisiones en Buaké (Costa de Marfil); el 20% de los fondos de la MMC (Misión Militar de Cooperación) es dedicado a la formación, del otro 80% no se sabe nada; a esto debemos añadir todavía: Francia adiestra en Mauritania un ejército controlado por los Mauros y los Bereberes que siembra el terror entre las minorías negras. Estas, a pesar de haber sido liberadas de la esclavitud, hecho que no ocurrió hasta julio de 1980, ¡viven todavía en una condición de total sumisión!
Rwanda es un Estado artificial, típico producto de una descolonización que en la mayor parte de los casos ha separado con fronteras arbitrarias a los cerca de 700 millones de africanos, pertenecientes a más de un millar de diferentes etnias, en 52 Estados que en realidad son otros tantos contenedores de miseria, de continuos choques internos y de huidas en masa a causa del hambre y el terror.
En conjunto se estima que en todo el continente hay 20 millones de prófugos, y la grave carestía que gravita sobre el Cuerno de África podría causar otros 20 millones de muertos en todo el África Oriental: todas las tragedias del continente se contabilizan con cifras de semejante magnitud. En su último informe sobre el ajuste en África, el Banco Mundial calcula que se necesitarán, al ritmo actual, 40 años para que los Estados pobres de la región subsahariana recobren el nivel de renta per cápita que tenían en la mitad de los años setenta (Le Monde Diplomatique/Manifesto, septiembre de 1994).
Geográficamente Rwanda es un Estado un poco mayor que Sicilia (25.460 Km². cuadrados), pero mucho más poblado que ésta con 7,5 millones de habitantes (en Sicilia hay 5 millones) y tiene un PIB por habitante de 290 dólares, o sea el 1/80 del de EEUU. Este es un valor bajo pero de cualquier manera es decididamente mejor que el de los Estados limítrofes: Tanzania (120), Uganda (170), Burundi (208), y Zaire (220). En estos altiplanos la densidad es 290 habitantes por km²., la mayor de todos los países africanos. El 44% del territorio ruandés es tierra laborable y de cultivo arbóreo, los prados y pastos permanentes cubren el 18%, mientras que las florestas y los bosques ocupan el 21% y el restante 17% es baldío e improductivo, o sea valores en conjunto discretos.
La agricultura es pobre (patatas, mandioca, sorgo, judías) y sus recursos minerales son modestos y solamente con la extracción de tungsteno entra en los últimos puestos de las estadísticas mundiales con una cuota de 1/320 de la producción mundial. Pequeñas cantidades de oro y de estaño completan la riqueza del país.
A pesar de esto, el control francés en la zona se ha reforzado aprovechando la actual debilidad y crisis belga con el beneplácito de la ONU y se evidencia con precisión una política de ingerencia activa en los débiles y pobres Estados africanos como una modificada forma de invasión colonial preferentemente económica.
El imperialismo francés, al igual que los otros que en este período de crisis capitalista general disfrutan no obstante de una relativa vitalidad, no cesa jamás de operar en función de una política económica de rapiña, y sigilosamente y con bajos costes, explotando y exasperando las divergencias entre los distintos grupos sociales a fin de extender la “zona de influencia del franco francés” como en el caso, además de los ya citados, de Guinea Ecuatorial donde el apoyo directo a los clanes dominantes es más que manifiesto.
La última masacre que ha producido un éxodo relativo en Rwanda no nace de la respuesta encarnizada ante un hecho aislado o de una concatenación de venganzas y represalias, sino que parece evidente que se trata de una operación atentamente preparada y organizada.
En el pasado, las autoridades francesas sustituyeron rápidamente a las belgas, que habían limitado al mínimo indispensable el armamento local, habían apoyado al gobierno compuesto por la mayoría “francófona” hutu, y por consiguiente el temor de la minoría “anglófona” tutsi es ver empeorar su situación tras la llegada de los franceses.
La precedente intervención militar francesa en Rwanda, en noviembre de 1990, prevista solamente para algunas semanas, con el fin de garantizar la seguridad y la evacuación de los europeos de Kigali, tras una primera ofensiva del FPR (tutsis más hutus moderados) ha durado más de tres años. El cuerpo de expedicionarios había alcanzado en breve tiempo las 600 unidades, o un número netamente superior a los extranjeros a proteger y un grupo de asistentes militares e instructores (Dami) había tomado a su cargo el adiestramiento de los gendarmes y del ejército ruandés que en poco tiempo pasa de 5.000 a 40.000 hombres, mientras los legionarios franceses intervenían directamente, cada vez con más frecuencia en los choques armados con el fin de salvar el régimen del general-presidente hutu Habyarimana.
En 1993, el ministro para la cooperación destinó un crédito de 12 millones de francos para apoyar a las fuerzas armadas ruandesas; seis misiones temporales de adiestramiento de los gendarmes fueron efectuadas en el lugar, una cuarentena de oficiales ruandeses frecuentaron las “grandes écoles” militares francesas. Además la venta de armas egipcias al ejército ruandés, por un valor de seis millones de dólares ha sido garantizada por el Crédit Lyonnais, mientras llegaron armas de Sudáfrica por otros 5,9 millones de dólares, violando todos los embargos.
Sobre la petición de los “rebeldes del FPR” y en base a los acuerdos de abril de 1993 de Arusha (Tanzania) que puso fin a tres años de guerra entre las fuerzas gubernativas y el Frente, y sentó las bases para la división pacífica de los poderes, un contingente de la ONU de militares belgas sustituyó a los franceses, pero tras el asesinato de diez cascos azules, Bélgica retira su contingente y Rwanda, tras la masacre que siguió al abatimiento del avión presidencial ruandés, fue abandonada a su suerte, provocando esta última tragedia.
Todo hace creer que el ala extremista y reaccionaria del régimen del presidente Habyarimana (inventor de la limpieza étnica contra los tutsis y sustentador de las terribles bandas paramilitares hutus de los Kigingi), contraria a cualquier acuerdo con el FPR, haya intentado jugar la carta de la ofensiva final contra los tutsis.
El 6 de abril de 1994, el avión presidencial fue abatido en el momento de aterrizar por cohetes lanzados desde el campo de la guardia presidencial y pocos instantes después entró en acción un plan preparado desde hacía tiempo. Todos los miembros de la oposición centrista moderada fueron masacrados, empezando por el primer ministro, la señora Uwilingyimana y los diez cascos azules belgas que la escoltaban. Los milicianos poseían listas preparadas de antemano, los miembros de la guardia presidencial iban acompañados por civiles a quienes ya desde diciembre se les habían distribuido armas y habían sido adiestrados militarmente. Su enrolamiento se hizo con la promesa de dinero, ganado y las tierras de los vecinos expulsados; los mismos argumentos fueron presentados a los campesinos hutus, quienes tenían a su disposición 0,7 hectáreas de tierra, como media, para nutrir a familias de 8 ó 10 personas como mínimo.
Tras la salida de los cascos azules y de los pocos europeos y otros extranjeros comprendida la evacuación de un orfanato entero por parte de los soldados franceses, las masacres de los tutsis continuaron puertas adentro ante los ojos de las fuerzas de los observadores de la ONU, quienes “no tenían la orden de defender a las víctimas” (Le Monde Diplomatique)
El avance progresivo de las fuerzas del FPR que empieza a considerar la vieja propuesta de dividir tanto Rwanda como el vecino Burundi, viviendo ésta las mismas tensiones y relativas masacres, en zonas étnicamente homogéneas, provocó tras la caída de la capital ruandesa el repentino y gran éxodo hacia los países limítrofes, sobretodo hacia Zaire por el miedo a las represalias de los vencedores quienes, por el contrario, mandaban mensajes para la vuelta al país y a la concordia.
También en este período de desmembramiento de Rwanda, tanto antes como después de la victoria del FPR, el rol de Francia fue digno de su tradición colonialista bajo la égida de Miterrand hijo, consejero para asuntos africanos y responsable para la cuestión ruandesa desde 1990, hasta el punto de que el Frente amenazó con considerar a los franceses como enemigos invasores en el caso de que hubiesen sido encontrados en la zona bajo su control.
La “misión humanitaria Turquesa” confiada exclusivamente a las tropas francesas, a petición explícita e insistente de París, ha sido acusada por el FPR ya que: “el envío de legionarios y marines tendría el objetivo principal de borrar las huellas comprometedoras, de “sacar del país” a aquellos franceses implicados en la asistencia a los soldados y milicianos asesinos hutus o de salvar a los responsables del genocidio. Buscando al mismo tiempo robar la victoria a los combatientes del FPR. Son acusaciones recogidas por Amnesty International, que ha pedido a París favorecer una investigación sobre la presencia temporal de instructores militares franceses junto a los milicianos y a los “escuadrones de la muerte”” (Le Monde D.)
El dispositivo militar francés en Africa desde 1960 ha actuado más o menos de esta manera 18 veces, incluyendo en la cuenta a Rwanda desde 1990 a 1993 y desde junio hasta agosto pasados para la operación Turquesa: la existencia de esta red está compuesta por 7 bases permanentes que se apoyan en 8 acuerdos de defensa y 25 acuerdos de cooperación técnica, el gendarme de Africa ha dado siempre prueba de óptimas cualidades operativas.
Sobre las desgracias de Rwanda además de los vampiros europeos se está cebando también la avidez de los gobiernos de los Estados limítrofes, Zaire a la cabeza seguido de Uganda, que aprovechan la situación para aumentar su influencia y pedir, por tanto, más financiación.
Para las poblaciones de las provincias zaireñas invadidas por 2 millones de prófugos el desastre ha sido total: campos, huertos, ganado destruidos y la soldadesca zaireña y ruandesa huida multiplican las extorsiones. Pero el drama de la población en torno al lago Kivu significa, sin embargo, buenos negocios para otros: el ejército zaireño ha reutilizado para sí o revendido la casi totalidad de las armas requisadas a los militares ruandeses, además los soldados zaireños que colaboran en la distribución de las ayudas se apropian incluso por la fuerza de una parte para ellas, mientras las autoridades locales exigen un derecho de aterrizaje de 6.000 dólares por cada avión de ayudas que llega.
El presidente Mobutu ha interrumpido sus vacaciones en las islas Mauricio para recibir al nuevo presidente ruandés Bizimunguche que le pedía desarmar a los 20.000 militares refugiados en Zaire y su neutralidad, necesaria para llevar a cabo la reconstrucción ruandesa. Recordemos que en 1990 Mobutu envió a la división especial de la guardia presidencial contra el FPR y sufrió una derrota con grandes pérdidas por parte del general ruandés Kagame, considerado el mejor estratega africano formado en la academia militar de Fort Leavensworth en USA y en la dirección de la guerrilla ugandesa.
Entre tanto, los miembros del gobierno provisional ruandés, tras la derrota militar, indicados como corresponsables de las masacres según los informes de la ONU, son hospedados en las mejores localidades zaireñas y por cierto el Mariscal Mobutu les pasará su correspondiente factura.
Toda esta situación en su conjunto, a pesar de que la tragedia ruandesa haya desaparecido de las crónicas, nos revela que esto es solo una parte de todo el drama africano que se presenta cotidianamente en todo el continente “Desde El Cabo al Cairo” y que esta sangre será vengada «el día en que los obreros de las ex-metrópolis coloniales destruyan los templos construidos con el sudor de los explotados de todos los países, y ahora defendidos por curas y santones tras la impúdica cortina de una moralidad retrospectiva, tras un velo de lágrimas de cocodrilo» (“Sangue nero”, “Sangre negra”, Programma Comunista, n°6/1960).
Introducción a "El partido ante los sindicatos en la época del imperialismo"
Ofrecemos a los lectores de La Izquierda Comunista dos textos del partido publicados en septiembre de 1982. En aquella ocasión, ocuparon el n° 10 de nuestra revista en italiano, Comunismo, con carácter monográfico. Su reproducción en lengua española deberá efectuarse con carácter periódico, apareciendo sucesivamente en los próximos números de La Izquierda Comunista.
El contexto socio-político en el que se realizó este trabajo no difería en gran medida del actual: ataque internacional generalizado contra las condiciones de vida y de trabajo de las masas obreras. Todas las medidas antiobreras puestas en práctica por los gobiernos de todos los países ponen de manifiesto lo que para los marxistas es solamente una confirmación histórica: el capital busca desesperadamente salir de la crisis cada vez más profunda que lo aflige. Crisis que poco tiene que ver con el “modo de gestionar políticamente la economía”, ya que se trata de una crisis del modo de producción capitalista en sí mismo, comprimiendo al máximo socialmente posible las condiciones de existencia de toda la clase obrera.
En todo el mundo, tanto en el Este como en el Oeste, en el Norte como en el Sur, la sociedad burguesa demuestra que no está en grado de controlar sus propias contradicciones y se precipita lenta pero inexorablemente hacia la única solución que puede dar a sus crisis cíclicas que históricamente la acompañan y que forman parte de su misma naturaleza económica: la guerra entre bloques imperialistas generalizada a escala mundial. Mientras tanto cada estado intenta salir del pantano en el que se halla su propia economía a través de medidas que siguen las dos direcciones clásicas que caracterizan el ataque del capital a las clases explotadas: la reducción del poder adquisitivo de los salarios y la reestructuración de los procesos productivos empresariales mediante el despido de la fuerza de trabajo “sobrante” de las fábricas.
Mientras que estos efectos actúan conjuntamente contra la clase obrera, el crecimiento de un vasto ejército de proletarios desempleados actúa como un factor de freno en el crecimiento de los salarios y la acción conjunta de la patronal y de los gobiernos que defienden sus intereses se aprovecha de todo esto para empujar progresivamente a las masas obreras hacia niveles de vida miserables, desmintiendo las ilusiones que habían predicado los sindicatos oficiales y los falsos partidos “socialistas” y “comunistas”, acerca de salir de ellas definitivamente.
En este contexto la función de los representantes oficiales de los trabajadores, los sindicatos del régimen, se presenta claramente como la de organizaciones apreciadas e indispensables para la clase dominante para conservar la estabilidad social y política de la sociedad capitalista. Cualquier medida gubernamental o patronal, dictada por el agravamiento progresivo de la situación económica general, encuentra en ellos el mejor vehículo para ser impuesta a los trabajadores sin suscitar reacciones de clase peligrosas para el orden general capitalista.
Su política reformista, colaboracionista y de renuncia, es el eje de la paz social que ha caracterizado esta segunda posguerra, en la que la clase obrera ha estado, y está, ausente de la escena mundial de la auténtica lucha de clase. El grado de degeneración de estos sindicatos, la naturaleza real de su función antiobrera y la consiguiente actitud que los comunistas revolucionarios deben mantener contra ellos, no pueden derivarse, como es tradición en nuestro Partido, más que del estudio, utilizando el arma teórica del método marxista, de todo el arco de su existencia. Sólo a través de la historia pasada del movimiento obrero es posible comprender y reafirmar lo que la infamia de los tiempos que vivimos no permite todavía distinguir: la única posibilidad de impedir que la caída de la sociedad burguesa arrastre consigo a las clases trabajadoras, está en la capacidad del proletariado para lograr retomar su propia acción bajo la guía del partido comunista revolucionario que representa sus finalidades históricas, determinando así las condiciones objetivas indispensables para la conquista del poder político por parte de la clase obrera, la destrucción del estado burgués, la instauración de la dictadura proletaria y la sucesiva transformación de la economía capitalista, que produce mercancías con el único objetivo de extraer beneficios, en economía socialista, hacia la producción de bienes que satisfagan todas las exigencias del género humano. Pero para que esto se lleve a cabo es indispensable el retorno de las masas obreras a la defensa intransigente de sus condiciones inmediatas de vida a través del choque de clase contra todas las fuerzas que defienden los intereses de la economía capitalista, con el consiguiente renacimiento de un tejido organizativo clasista que encuadre y dirija en este choque a la parte más combativa del proletariado. Es indispensable el renacimiento de los sindicatos de clase como organismos intermedios entre el partido y la clase en lucha, tal y como remachan todos los cuerpos de tesis de la Izquierda Comunista.
Los dos informes que iremos publicando tienden a representar esta clásica perspectiva marxista, que, como tal, es solamente nuestra, en polémica no solo con el oportunismo oficial de los partidos falsamente obreros, sino también con todos aquellos que desnaturalizan este pilar fundamental del marxismo pretendiendo que el retorno del proletariado a la lucha revolucionaria pueda recorrer caminos distintos de los conocidos hasta ahora.
Il partito di fronte ai sindacati nell’epoca dell’imperialismo
IMPORTANZA DELLA TATTICA
Nel recente lavoro apparso sul nostro mensile sotto il titolo: “Dal solco immutabile del marxismo rivoluzionario scaturisce la funzione dei comunisti nella lotta di classe” , abbiamo cercato di dimostrare come la tattica che il Partito adotta in campo sindacale discenda coerentemente dal rapporto partito-classe-azione di classe, così come il marxismo rivoluzionario lo ha coniato di getto all’apparire come scienza sociale del proletariato e come l’evoluzione storica del partito formale e del movimento operaio in generale lo ha realizzato nella pratica della lotta di classe; come, in definitiva, al piccolo Partito di oggi non resti che tesaurizzare questo passato, ricollegandolo alla teoria originaria che traccia la continuità del filo rosso tra le varie situazioni storiche finora presentatisi, per riallacciarsi continuamente, senza nulla inventare o scoprire, per gettarlo nel presente e soprattutto protenderlo verso le situazioni future, cercando fin da oggi di prevederne il corso e gli sviluppi, seppure, com’è ovvio, per grandi linee. Insistevamo infatti, in questo lavoro, come in tanti altri del partito, sulla questione della tattica vincolata dai principi generali del partito e dalla teoria marxista e, al tempo stesso, discendente da una corretta analisi della situazione. Questo postulato è particolarmente vero se lo si riferisce alla tattica del partito in campo sindacale, e precisamente al suo atteggiamento di fronte alle organizzazioni economiche proletarie sorte storicamente per la necessità del proletariato di difendere le proprie condizioni di vita e di lavoro dalla pressione della sete di profitto del capitale. A questo argomento il Partito, specie nella sua intensa attività di ristabilimento dei cardini della teoria marxista nel secondo dopoguerra, ha sempre dedicato ampio spazio di analisi precisando di volta in volta, con contorni sempre più netti, il tipo di azione da svolgere in campo sindacale. Ciò nonostante la questione sindacale è sempre stata materia di discussioni molto accese e a volte cruciali all’interno del Partito.
La causa di questo è da ravvisarsi principalmente nell’estrema difficoltà di orientare il lavoro pratico del Partito in seno alle lotte operaie e sindacali in generale, mancando, per così dire, la materia prima per l’individuazione precisa della tattica: le lotte stesse.
Dal punto di vista organizzativo mezzo secolo di controrivoluzione ha praticamente riportato il proletariato agli albori della sua storia: non esiste più organizzazione economica immediata di classe, mentre il Partito non ha alcuna influenza sulla classe operaia. Ovviamente questa affermazione non va fraintesa nel senso che basti allora ricongiungere l’atteggiamento pratico del Partito a quello tenuto dalle prime organizzazioni comuniste, in particolare della I Internazionale, in quanto tutta la storia successiva del movimento rivoluzionario mondiale ha prodotto un’esperienza oggi cristallizzata nel Partito, per quanto piccolo sia, e inoltre la situazione attuale differisce nettamente da quella di allora per tutta l’evoluzione e involuzione subite dall’organizzazione economica proletaria, direttamente collegate alle fasi di evoluzione e putrescenza del capitalismo internazionale.
La dinamica del processo che vedrà nel prossimo futuro il proletariato schierarsi nuovamente sul terreno della lotta di classe e che dovrà vedere il Partito impegnato ad influenzarne l’azione fino ad assumerne la direzione politica, non sarà la meccanica ripetizione dei periodi precedenti ma avrà caratteristiche proprie, legate agli avvenimenti che i crescenti contrasti interimperialistici mondiali determineranno nei singoli Stati e ai contraccolpi che le misure antiproletarie, che ognuno di essi sarà costretto ad adottare in crescendo, susciteranno in seno alle masse operaie. Sono proprio queste caratteristiche che il Partito dovrà cercare di intuire, capire e prevedere, anticipando i metodi d’azione e la tattica specifica da adottare. Caratteristiche proprie non significa tuttavia che possano essere sconosciute al marxismo per cui, come altri hanno preteso di fare, si tratti di rimettere in discussione il processo classico indispensabile per la rivoluzione proletaria tratteggiato dal Partito in tutti i suoi corpi di tesi: dispiegarsi di un vasto movimento proletario agente su basi di classe, conseguente rinascita di organismi classisti immediati, influenza in essi del Partito attraverso i suoi gruppi comunisti organizzati in frazione sindacale.
Ciò che dovrà essere individuato con correttezza ai fini della giusta tattica è la dinamica specifica attraverso cui avverrà questo processo, le cui linee di massima sono già note al Partito. Queste linee di massima sono immutabili perché appartenenti intrinsecamente alle leggi generali dello scontro di classe borghesia-proletariato, leggi scoperte dal marxismo e tracciate in tutto il loro divenire storico in modo invariante. Ammettere che la dinamica generale di queste leggi possa esprimere tendenze generali diverse dai precedenti periodi della storia del capitalismo, significa negare la validità del marxismo e ammettere la necessità di un suo arricchimento.
Ciò premesso è importante ribadire che la definizione della tattica, e non solo in campo sindacale, è un compito permanente del Partito, qualunque siano i suoi effettivi e la sua influenza in seno alla classe. Negare questo asserendo che il Partito, poiché è ridotto a un pugno di militanti senza alcun peso sul movimento operaio, non abbia da porsi problemi tattici, in quanto non sarebbero comunque risolvibili, stando l’impossibilità di far presa sulle masse con precise parole d’ordine, significhe- rebbe liquidare l’esistenza stessa del Partito riducendolo a un informe gruppo di intellettualoidi con la pretesa di sentirsi la coscienza tranquilla perché in grado di saper difendere la teoria marxista attraverso la citazione dei testi classici, in pace dunque con il partito storico , volgendo le terga a quello formale.
Questo che, ripetiamo, vale per la tattica in generale, ossia riferita a tutti i campi di attività in cui si pone la possibilità, anche solo teorica, di intervento pratico del Partito, è particolarmente vero se riferito alla tattica di intervento sindacale, poichè coinvolge l’asse portante di tutto il marxismo: il rapporto partito classe organismi intermedi.
Questi ultimi oggi non esistono da un punto di vista di classe, ma sono assoggettati in toto agli interessi della conservazione del regime capitalistico, e questa è appunto una caratteristica che non ci permette di equiparare meccanicamente la fase attuale dell’imperialismo a quella degli albori del movimento operaio, in cui questi organismi erano in formazione.
Nel tentare di meglio definire la tattica odierna del Partito in campo sindacale, non possiamo esimerci, come ormai è nostro metodo anch’esso invariante, dal ripresentare, seppure in modo sommario, per grandi linee, la storia del movimento sindacale internazionale, nel solo modo in cui la scienza marxista la può leggere: non storicismo da antologia e nemmeno scolastica ricerca culturale, ma arma di battaglia teorica e pratica per l’abbattimento rivoluzionario del capitalismo e di tutti i suoi lacchè, sempre più numerosi e variamente mascherati.
PRIMA FASE: DIVIETO
Dal punto di vista dell’atteggiamento della borghesia nei confronti degli organismi sindacali proletari, il Partito ha distinto la storia della forma sindacato in tre fasi: divieto, tolleranza, assoggettamento.
La prima fase è caratterizzata dall’affermarsi sulla scena della storia dei primi confusi ma decisi moti operai contro i singoli capitalisti e di conseguenza delle prime associazioni operaie, le prime coalizioni di salariati contro i borghesi in difesa del salario. Questo fenomeno era la prima smentita della dottrina liberale che costituì la veste ideologica del trionfo della borghesia assurta a classe dominante contro i vecchi regimi dell’aristocrazia feudale. Appariva chiara la fasullità del principio democratico per cui la difesa degli interessi dei singoli poteva essere garantita da un corpo di rappresentanti di tutti i cittadini , che avrebbero ripartito equamente giustizia sociale ed economica tra tutti i membri della società civile: nessuna associazione economica tra cittadini sarebbe stata più necessaria, perché la difesa dei diritti individuali sarebbe stata garantita dallo Stato, dal governo, dagli istituti rappresentativi di tutto il popolo, liberamente eletti . E’ in nome di questi principi, sotto lo stimolo della sua conservazione di classe, che la borghesia reprime ferocemente le prime associazioni permanenti di operai, accusandole di voler riesumare le corporazioni dell’ “ancien régime” . Il divieto opposto dalla borghesia alle prime forme di associazionismo economico operaio, divieto espressamente elevato a norma di legge (ricordiamo la legge Le Chapelier in Francia del giugno 1791 e la legge del parlamento inglese del luglio 1799), faceva perno sulle condizioni materiali del capitalismo nella sua primissima fase liberale, dominata dal libero mercato e dunque dalla concorrenza reciproca tra capitalisti. In teoria si rivolgeva anche contro le associazioni tra capitalisti, in pratica non poteva che colpire la naturale tendenza dei proletari a coalizzarsi in difesa dei propri interessi di classe. Questo divieto faceva si che le prime associazioni operaie, indipendentemente dalla coscienza che esse avevano di se stesse, costituivano, per il solo fatto di manifestarsi apertamente, un potente fattore rivoluzionario. Non stupisce pertanto che nei primi movimenti proletari non fosse ben chiara la distinzione tra organismi di difesa immediata e i primi gruppi o circoli politici.
Tuttavia il marxismo definì fin da allora in termini chiarissimi, definitivi, questa differenza, indispensabile per derivare ogni considerazione in materia di tattica sindacale. Valga per tutte questa citazione di un passo di Marx da una lettera a Bolte del 29 novembre 1871, che definisce il rapporto tra lotte politiche e lotte economiche e dunque tra partito e sindacato:
“Il movimento politico della classe operaia ha naturalmente come scopo ultimo la conquista del potere politico per la classe operaia stessa, e a questo fine è naturalmente necessaria una previa organizzazione della classe operaia, sviluppata fino a un certo punto e sorta dalle sue stesse lotte economiche”.
Si noticome già in questa espressione sia delineata la prospettiva della necessità dell’organizzazione economica immediata come presupposto indispensabile per la conquista del potere politico da parte del proletariato.
“Ma d’altra parte ogni movimento in cui la classe operai si oppone come classe alle classi dominanti e cerca di far forza su di esse con una pressione dal di fuori, è un movimento politico. Per esempio il tentativo di strappare una riduzione della giornata lavorativa al capitalista singolo in una sola fabbrica, o anche in una sola industria mediante scioperi, ecc., è un movimento puramente economico; invece il movimento per imporre una legge delle otto ore e simili, è un movimento politico. In questo modo, dai singoli movimenti economici degli operai, sorge e si sviluppa dunque il movimento politico, cioè un movimento della classe per realizzare i suoi interessi in forma generale, in una forma che abbia forza coercitiva socialmente generale. Se è vero che questi movimenti presuppongono una certa organizzazione preventiva, essi sono da parte loro altrettanti mezzi per lo sviluppo di questa organizzazione. Dove la classe operaia non è ancora progredita nella sua organizzazione, tanto da poter intraprendere una campagna decisiva contro il potere collettivo, ossia contro il potere politico delle classi dominanti, essa viene comunque preparata a ciò da una permanente agitazione contro l’atteggiamento, a lei avverso, nella politica delle classi dominanti; altrimenti rimane un giocattolo nelle loro mani .”
E’ naturale quindi che movimento economico e movimento politico facessero parte di un unico processo rivoluzionario, individuato nel Manifesto del 1848 con la famosa espressione dell’ “organizzazione del proletariato in classe e quindi in partito politico” e ciò reso possibile dall’”unione sempre più estesa dei lavoratori”. Si può dire che non valessero questioni di tattica dell’organizzazione politica nei confronti di quella economica, nel senso che entrambe appartenevano di getto e organicamente al processo rivoluzionario che vedeva il proletariato schierarsi sempre più nettamente in difesa dei suoi esclusivi interessi di classe, o meglio questa tattica si esprimeva nel concetto, già molto chiaro ai comunisti di allora, che la conquista del potere politico da parte del proletariato sarebbe stata il risultato dell’alleanza attiva del movimento reale, delle associazioni economiche proletarie con il socialismo scientifico, ovvero l’alleanza tra associazioni economiche e Partito politico rivoluzionario.
La differenza tra l’uno e le altre era tuttavia già chiara ai comunisti dell’epoca e questo appare nel lavoro che essi svolgevano in seno alla proma Internazionale a cui aderivano anche associazioni economiche. Nell’indirizzo inaugurale è già infatti chiaro il concetto che si tratta di una associazione mondiale di partiti politici. In esso sono infatti indicati i limiti del movimento cooperativo e sindacale che “in sé non saranno mai in grado di arrestare l’aumento del monopolio che avviene in progressione geometrica, di liberare le masse e nemmeno di alleviare in modo sensibile il peso delle loro miserie” e già viene formulato il concetto della necessità di superare l’aspetto rivendicativo del movimento, verso la conquista del potere politico.
SECONDA FASE: TOLLERANZA
Successivamente, e in particolare nel periodo della II Internazionale, la borghesia cambia atteggiamento verso l’associazionismo sindacale. Si rende conto che continuare a reprimerlo con la forza significa spingerlo verso atteggiamenti sempre più radicali e, violentando i suoi sacri principi liberali, ne ammette la possibilità di esistenza: è la fase della tolleranza, che coincide con un forte sviluppo del movimento sindacale in tutti i paesi in cui la borghesia si è ormai insediata stabilmente al potere e in cui il modo di produzione capitalistico sta ormai entrando nella fase imperialista. E’, al tempo stesso, un periodo di espansione produttiva eccezionale e di relativa pace sociale e internazionale: il capitalismo conosce. la sua fase aurea. I grandi profitti derivanti dalla rapida e relativamente pacifica espansione produttiva permettono il formarsi di ampi strati di aristocrazia operaia, su cui poggia il dilagare di quell’ondata di degenerazione dal marxismo che fu il socialriformismo. Cadeva il concetto della conquista violenta del potere politico ed anzi di conquista del potere in generale, per cui, agli occhi dei riformisti, gli interessi del proletariato venivano ad identificarsi con quelli delle propria borghesia nazionale e dunque la classe operaia doveva farsi carico dell’andamento produttivo della “propria nazione” . A questa degenerazione sul piano politico corrispose analogo atteggiamento in campo sindacale. Fu il tipo di sindacalismo germano-austriaco a tratteggiare meglio questa tendenza.
“I sindacati della Germania – affermano le tesi dell’Internazionale dei Sindacati Rossi- furono la culla del riformismo, il cui contenuto ideologico consiste nel campo politico nel preconizzare l’evoluzione pacifica e graduale, tendente al socialismo attraverso la democrazia, nell’attenuare l’antagonismo di classe, nella pavida rinuncia alla rivoluzione e al terrore classista, nella speranza che lo sviluppo delle istituzioni democratiche condurrà automaticamente al socialismo senza sconvolgimenti e senza rivoluzione, mentre nel campo strettamente sindacale esso esprime la tendenza a mantenere i sindacati lontani dalla lotta politica rivoluzionaria, la predicazione della neutralità verso il socialismo rivoluzionario, il collegamento intimo con il socialismo riformista, finalmente la sopravvalutazione dei contratti collettivi e la tendenza a creare il diritto paritetico, cioè a costruire rapporti sociali per cui, pur permanendo il regime economico borghese, possa tuttavia conciliarsi l’uguaglianza di diritto fra operai e imprenditori con la conservazione del sistema di sfruttamento.
Non miglior sorte toccava al movimento sindacale anglosassone o tradunionismo che “riuniva principalmente gli strati più elevati della classe operaia e la sua ideologia rappresentava la filosofia dell’aristocrazia operaia. Dai teorici e dai pratici del tradunionismo, capitale e lavoro erano considerati non come due nemici mortali di classe, ma come due fattori della società integrantisi a vicenda, il cui sviluppo armonico doveva condurre alla pace tra capitale e lavoro e all’equa distribuzione tra loro dei comuni beni sociali“.
Come si vede i tratti caratteristici del moderno sindacalismo dell’epoca imperialista stramatura, quello con cui il proletariato deve fare i conti oggi e soprattutto nel futuro, nascono già di qui. Sono gli stessi oggi come allora, né potrebbe essere diversamente, potendo l’azione sindacale essere volta o alla difesa degli interessi propri della classe operaia e dunque tendente a schierare il proletariato contro tutto l’apparato padronale e statale sul terreno dello scontro aperto senza esclusione di colpi, o essere sottomessi agli interessi borghesi e dunque privilegiare l’economia nazionale rispetto alla difesa delle reali esigenze della classe. Da questo punto di vista, cioè dei contenuti politici, non esistono differenze oggettive tra l’opportunismo sindacale della prima fase di espansione del capitalismo e quello dell’era imperialista in fase avanzata come l’odierna. L’ ideologia di cui sono entrambi permeati, che è poi quella della classe dominante, è la stessa e non potrebbe essere diversamente. La differenza soggettiva risiede nella funzione istituzionale assunta nei confronti delle strutture statali e degli ingranaggi politico-economici della società capitalistica in generale, in rapporto alle tendenze e all’atteggiamento delle masse proletarie verso di esso.
Il movimento sindacale sviluppatosi con grande estensione durante la fase di espansione del capitalismo, recava alcuni caratteri che permisero successivamente alla borghesia di servirsene in funzione della stabilità del suo regime di classe: sono quelli che Lenin nell’ “Estremismo malattia infantile del comunismo” chiama i caratteri reazionari , e precisamente una certa angustia corporativa, una certa tendenza all’ apoliticismo, una certa fossilizzazione, ecc. , tratti particolarmente controrivoluzionari specie se messi in relazione allo sviluppo della forma suprema dell’unità di classe dei proletari, il Partito rivoluzionario del proletariato . Sono questi caratteri, che nelle tesi dell’ Internazionale dei sindacati rossi (ISR) vengono elencati come gretto corporativismo, isolamento, la lotta di molti di essi contro il lavoro femminile, lo spirito nazionalista e patriottico derivante dalla confusione tra gli interessi dell’industria nazionale e quelli della classe lavoratrice , che troveranno drammaticamente la loro massima espressione allo scoppio della prima carneficina mondiale e durante essa, in cui, nella maggior parte dei paesi d’Europa, i sindacati cessano di esistere come organizzazioni classiste di lotta, trasformandosi in organizzazioni imperialiste di guerra la cui funzione consisteva nel mettere a disposizione delle proprie borghesie tutte le forze proletarie esistenti, in nome della difesa della patria . In tutti i paesi, tranne rare eccezioni, i dirigenti dei sindacati si schierarono sugli opposti fronti, stringendo alleanza con le forze sociali borghesi della propria patria.
Come affermano sempre le tesi dell’ISR:
“il periodo della guerra mondiale è quello del dissolvimento morale dei sindacati in tutti i paesi. La più gran parte dei dirigenti sindacali appaiono come dei governi: essi assumono spontaneamente tutti i compiti di soffocare tutti i tentativi di protesta rivoluzionaria, sanciscono a varie riprese il peggioramento delle condizioni di lavoro, acconsentono a legare gli operai alle fabbriche a seconda dei voleri del capitalista, rinunciano a conquiste ottenute con grandi lotte, insomma eseguono senza fiatare tutto ciò che le classi dirigenti ordinano.”
La tolleranza dimostrata dalla borghesia aveva così dato i suoi frutti: in tutti i paesi le organizzazioni temute dai difensori ufficiali del regime borghese perché potenzialmente in grado di minacciarne l’ordine costituito, si erano trasformate improvvisamente in altrettanti pilastri della conservazione di questo ordine. A giusta ragione le tesi dell’ ISR sottolineano come questa trasformazione dei dirigenti del movimento sindacale in cani da guardia del capitalismo rappresenta la più strepitosa vittoria morale delle classi dirigenti .
Dopo la guerra, questa politica di stretto collaborazionismo con le proprie borghesie, che segnò il fallimento della II Internazionale, continua in tutti i paesi capitalisticamente industrializzati e si esprime nella subordinazione degli interessi delle classi operaie alla ricostruzione delle economie dei rispettivi paesi. Tuttavia, a causa delle disastrose condizioni in cui la guerra ha ridotto il proletariato del mondo intero, si determina un fenomeno in un certo senso opposto a quello appena detto. Spinte dall’imperiosa e vitale necessità di difendere in qualche modo le proprie condizioni di vita, grandi masse proletarie sono trascinate. materialisticamente sul terreno della lotta al capitalismo. Per il suo successo, larghi strati operai fino ad allora vissuti ai margini della vita politica e sindacale della propria classe, affluiscono nei sindacati che in tutti i paesi vedono un poderoso incremento degli iscritti, trasformandosi così da organizzazioni raggruppanti gli elementi avanzati del proletariato, come in un certo senso erano prima della guerra, in sindacati di tutta la classe operaia. Entrando nei sindacati le grandi masse operaie ne fanno strumenti per la propria lotta di difesa, scontrandosi in tutto il mondo con i capi opportunisti asserviti agli interessi delle classi nemiche. Questa trasformazione dei sindacati è influenzata notevolmente dalla Rivoluzione d’Ottobre e, sulla sua scia dalla formazione della Terza Internazionale, si formano in tutti i paesi correnti sindacali che, anche se non influenzate direttamente dai comunisti, si oppongono alla politica di collaborazione con il padronato.
IL MOVIMENTO COMUNISTA DI FRONTE AL PROBLEMA SINDACALE
Era naturale quindi che, al secondo congresso della III Internazionale, i comunisti mettessero in risalto questo processo e la strategia di intervento in esso in tutti i paesi dove si andavano formando i partiti comunisti, esaltandone i caratteri squisitamente rivoluzionari e dedicando a questa questione un intero corpo di tesi. Citiamo da queste:
“I contrasti di classe che si inaspriscono, costringono i sindacati a guidare gli scioperi che si succedono a grandi ondate in tutto il mondo capitalistico e interrompono di continuo il processo di produzione e di scambio capitalistico. Nella misura in cui le masse operaie, dati il crescente aumento dei prezzi e la propria stanchezza, accrescono le proprie rivendicazioni, esse distruggono le basi per ogni calcolo capitalistico, premessa elementare per qualsivoglia economia funzionante. I sindacati, che durante la guerra erano diventati strumenti per influenzare le masse operaie nell’interesse della borghesia, divengono ora strumenti di distruzione del capitalismo.
Ma la vecchia burocrazia sindacale e le vecchie forme organizzative sindacali ostacolano in ogni modo questo processo di trasformazione dei sindacati stessi. La vecchia burocrazia sindacale cerca un po’ ovunque di conservare i sindacati come organizzazioni delle aristocrazie operaie, difendendo infatti le norme che rendono impossibile alle masse operaie peggio retribuite l’ingresso nelle organizzazioni sindacali. La vecchia burocrazia sindacale cerca tuttora di sostituire allo sciopero di lotta degli operai, che acquista ogni giorno di più il carattere di uno scontro rivoluzionario del proletariato con la borghesia, una politica di accordi con i capitalisti, una politica di accordi a lungo termine, che ha perduto ogni significato già soltanto per gli ininterrotti, folli aumenti dei prezzi. Essa cerca di fare accettare agli operai la politica delle commissioni miste, dei Joint Industrial Councils, e con l’aiuto dello Stato capitalistico di ostacolare legalmente la guida degli scioperi. Nei momenti di maggior tensione della lotta, questa burocrazia semina la divisione tra le masse operaie in lotta, impedisce che le varie categorie operaie si fondano per una generale lotta di classe. In questi suoi tentativi essa è appoggiata dalle vecchie organizzazioni dei sindacati professionali che dividono gli operai di uno stesso ramo industriale in gruppi professionali separati, quantunque il processo di sfruttamento capitalistico li unisca. Essa fa ancora leva sulle ideologie tradizionali della vecchia aristocrazia operaia, quantunque quest’ultima venga costantemente indebolita dalla progressiva eliminazione dei privilegi di singoli gruppi proletari, dovuta alla generale disintegrazione del capitalismo, al livellamento che si va instaurando nelle condizioni della classe operaia, al generalizzarsi della sua situazione di bisogno e insicurezza.
A questo modo, la burocrazia sindacale suddivide il grande fiume del movimento operaio in deboli rigagnoli, baratta gli obbiettivi rivoluzionari generali del movimento con riformistiche rivendicazioni parziali e nel complesso impedisce che la lotta del proletariato si trasformi in lotta rivoluzionaria per l’annientamento del capitalismo.”
Se all’epoca della prima Internazionale, in piena fase di divieto dei sindacati, la tattica che i marxisti si proponevano era quella di mettere in collegamento i sindacati con quello che allora era il partito politico del proletariato, per la lotta al capitalismo, ora la tattica, pur discendendo da quella precedente, si esprimeva nella parola d’ordine della conquista dei sindacati da parte dei partiti comunisti, contro le direzioni legalitarie, riformiste e collaborazioniste, che nella prima fase ancora non esistevano.
Riprendiamo dalle tesi:
“Avendo presente questo confluire di gigantesche masse operaie nei sindacati, avendo presente il carattere rivoluzionario oggettivo della lotta economica condotta da queste masse in opposizione alla burocrazia sindacale, i comunisti di tutti i paesi devono entrare nei sindacati per trasformarli in consapevoli strumenti della lotta per la caduta del capitalismo, per il comunismo. Devono inoltre prendere l’iniziativa di costruire i sindacati là dove essi non esistono. Il tenersi volontariamente lontani dal movimento sindacate, il tentare artificiosamente di creare sindacati particolari senza esservi costretti o da atti eccezionali di violenza da parte della burocrazia sindacale (come lo scioglimento di singoli gruppi rivoluzionari locali dei sindacati per opera delle direzioni opportuniste) o da una gretta politica aristocratica che sbarra l’accesso alle organizzazioni alle grandi masse di operai meno qualificati, rappresenta un gravissimo pericolo per il movimento comunista: il pericolo, cioè, di consegnare gli operai più avanzati e maggiormente provvisti di coscienza di classe nelle mani di capi opportunisti i quali aiutano la borghesia. L’esitazione degli operai di fronte agli argomenti speciosi dei capi opportunisti può essere superata soltanto con l’inasprirsi della lotta, nella misura in cui più ampi strati del proletariato apprendono dalla loro stessa esperienza, dalle vittorie e dalle sconfitte, che sulla base del sistema economico capitalistico non si potranno mai raggiungere condizioni umane di vita; nella misura in cui gli operai comunisti avanzati impareranno nel corso delle lotte economiche non soltanto a diffondere le idee del comunismo ma a diventare i capi più risoluti delle stesse lotte economiche dei sindacati. Soltanto così i comunisti potranno mettersi alla testa del movimento sindacale e trasformarlo in organo della lotta rivoluzionaria per il comunismo. Soltanto così rimedieranno alla frantumazione dei sindacati e sostituiranno ad essi larghe associazioni sindacali industriali; elimineranno la burocrazia distaccata dalle masse e vi sostituiranno un apparato di rappresentanti di fabbrica, mentre le direzioni centrali conserveranno soltanto le funzioni veramente indispensabili .”
Le tesi rispondevano così anche alle deviazioni di alcuni settori del movimento comunista, specie tedeschi e olandesi, che propugnavano la tattica dell’abbandono dei sindacati diretti dai riformisti per passare alla formazione di nuovi sindacati economici raggruppanti solo operai comunisti e i proletari ad essi vicini, nella prospettiva di creare una rete sindacale autonoma e collegata al partito e ponevano come elemento essenziale in campo tattico sindacale che qualunque azione avesse per obiettivo il costante collegamento con le masse operaie, abbandonando di conseguenza atteggiamenti che avrebbero potuto portare all’isolamento dei comunisti dagli altri lavoratori. In particolare le tesi respingevano l’ipotesi di promuovere scissioni sindacali in mancanza di un vasto movimento operaio diretto in questo senso e sottolineavano la necessità di lavorare all’interno di tutti i sindacati gialli diretti dai riformisti, tendendo anzi, a livello nazionale, all’unificazione di tutte le centrali sindacali classiste, nella prospettiva dell’unità di classe del proletariato, indispensabile per ottenere risultati concreti sul terreno della lotta economica di difesa e, in una prospettiva rivoluzionaria, alla stessa lotta insurrezionale per la conquista del potere politico:
“Poichè per i comunisti gli scopi e l’essenza dell’organizzazione sindacale sono più importanti della sua forma, essi non debbono neppure arretrare di fronte ad una scissione delle organizzazioni all’interno del movimento sindacale, qualora il rinunziare alla scissione equivalesse a rinunciare al proprio lavoro rivoluzionario net sindacati, a rinunziare al tentativo di fare di questi uno strumento di lotta rivoluzionaria, a rinunziare ad organizzare la parte più sfruttata del proletariato. Tuttavia, anche se tale scissione dovesse dimostrarsi necessaria, essa può essere attuata soltanto se i comunisti riusciranno, con una lotta senza quartiere contro i capi opportunisti e la loro tattica, con la più attiva partecipazione alla lotta economica a persuadere ampie masse operaie che la scissione viene compiuta non già per lontane e ancora incomprensibili mete rivoluzionarie, ma in favore di concreti e immediati interessi della classe operaia nello sviluppo della sua lotta economica. Qualora si presenti la necessità di una scissione, i comunisti devono sempre esaminare con attenzione se la scissione stessa non possa portare al loro isolamento dalla massa operaia.
Là dove la scissione tra il movimento sindacale opportunista e quello rivoluzionario è già avvenuta, là dove, come in America, accanto ai sindacati opportunisti sussistono organizzazioni rivoluzionarie, anche se non di tendenze comuniste, i comunisti sono tenuti ad appoggiare questi sindacati rivoluzionari, ad aiutarli a liberarsi dai pregiudizi sindacalisti ed a portarsi sul terreno del comunismo: esso soltanto è una bussola sicura nella confusione della lotta economica. Là dove nell’ambito dei sindacati o al di fuori di essi nelle fabbriche si costituiscano organizzazioni, come
gli Shops Stewards e i consigli di fabbrica, che si pongono come scopo la lotta contro le tendenze controrivoluzionarie della burocrazia sindacale e l’appoggio alle azioni spontanee dirette del proletariato, è evidente che i comunisti devono appoggiare con tutte le loro energie tali organizzazioni.
Ma questo appoggio ai sindacati rivoluzionari non deve portare alla uscita dei comunisti da sindacati opportunisti in cui vi siano sintomi di fermento e la volontà di porsi sul terreno della lotta di classe. Al contrario, cercando di accelerare questo sviluppo dei sindacati di massa che sono avviati verso la lotta rivoluzionaria, i comunisti possono sostenere un ruolo di guida, in modo da fondere sul piano spirituale e organizzativo gli operai organizzati sindacalmente, al fine di lottare insieme per la distruzione del capitalismo.”
La preoccupazione di non isolare i comunisti dagli altri lavoratori attraverso un’azione sindacale, che qui viene ribadita con insistenza in riferimento alle scissioni sindacali e all’uscita dei comunisti dai sindacati opportunisti, è indubbiamente il più importante elemento di base per una corretta impostazione della tattica sindacale, valido in qualunque occasione e situazione.
La prima parte delle tesi sindacali dell’Internazionale termina poi con una constatazione importantissima, perché costituisce la chiave di volta per capire il rapporto tra lotta economica e lotta politica nella fase imperialistica del capitalismo, che è appunto il tema centrale che stiamo trattando:
“In una fase di declino del capitalismo, la lotta economica del proletariato si trasforma in lotta politica assai più rapidamente di quanto non potesse avvenire nell’era dello sviluppo pacifico del capitale. Ogni grande scontro economico può porre gli operai direttamente davanti al problema della rivoluzione. Perciò è dovere dei comunisti rammentare agli operai sempre, in tutte le fasi della lotta economica, che tale lotta può avere successo soltanto se la classe operaia nello scontro aperto vincerà la classe dei capitalisti e attraverso la dittatura intraprenderà l’opera di costruzione del socialismo. Partendo da questo, i comunisti devono mirare a stabilire per quanto è possibile l’unità piena tra i sindacati e il partito comunista, subordinando i sindacati alla guida effettiva del partito, considerato l’avanguardia della rivoluzione operaia. A questo scopo i comunisti devono costituire dovunque nei sindacati e nei consigli di fabbrica frazioni comuniste, con l’aiuto delle quali impadronirsi del movimento sindacale e guidarlo .
Già allora i comunisti constatavano questo fenomeno tipico dell’era imperialista del capitalismo, che ha assunto oggi aspetti ancora più accentuati, data
l’ulteriore fase di declino del capitalismo, successiva alla seconda guerra mondiale.
TERZA FASE: ASSOGGETTAMENTO
E’ proprio nel primo dopoguerra infatti che la borghesia passa ancora all’offensiva e il suo atteggiamento verso i sindacati muta tendenza: dalla tolleranza, dimostratasi preziosa durante la guerra, all’assoggettamento dei sindacati, cioè la loro utilizzazione cioè come strumenti diretti della gestione dell’economia capitalistica, quindi al loro riconoscimento giuridico e istituzionale. Questo processo assume aspetti diversissimi in tutti i paesi e si intreccia con la paurosa sconfitta della rivoluzione comunista russa e la conseguente degenerazione della III Internazionale ad opera dello stalinismo, culminata nel trascinamento del proletariato sui fronti di guerra del secondo macello imperialistico mondiale.
Tratteggiamo qui solo per sommi capi questo processo e questi avvenimenti, avendo ad essi il Partito dedicato già ampi studi e analisi ed avendo anzi poggiato sulla loro interpretazione marxista le sue tesi del secondo dopoguerra. Quello che qui ci interessa desumerne in generale è appunto l’aspetto della tendenza dell’imperialismo alla centralizzazione di tutti i fattori della produzione capitalistica sotto l’egida dello Stato e dunque anche i sindacati, divenuti ormai parte integrante del contesto sociale ed economico del capitalismo.
Nel delineare la sua tattica in campo sindacale il Partito è dunque costretto a tenere nella massima considerazione questo fenomeno ed anzi a studiarne le conseguenze e i risvolti storici particolari che via via è venuto ad assumere in rapporto all’involuzione del movimento sindacale e alla distruzione fisica e programmatica dell’organo partito alla scala mondiale, fino ai giorni nostri e negli anni che verranno.
Riprendiamo in proposito dall’articolo: “movimento operaio e internazionali sindacali” , apparso il 29 giugno 1949 sull’allora quindicinale del Partito Battaglia Comunista , un brano che mette in risalto come il processo dell’asservimento dei sindacati allo Stato fosse alla Sinistra molto chiaro nel suo svolgimento essenziale:
‘Il problema dell’ingranamento tra organi politici e organi sindacali di lotta proletaria nella sua impostazione deve tenere conto di fatti storici della più grande importanza sopravvenuti dopo la fine della prima guerra mondiale. Tali fatti sono, da una parte il nuovo atteggiamento degli Stati capitalistici verso il fatto sindacale, dall’altra lo scioglimento stesso del secondo conflitto mondiale, la mostruosa alleanza tra la Russia e gli Stati capitalistici e i contrasti tra i vincitori. Dal divieto dei sindacati economici, coerente conseguenza della pura dottrina liberale borghese, e dalla loro tolleranza, il capitalismo passa alla sua terza fase della loro inserzione nel suo ordine sociale e statale. Politicamente la dipendenza si era già ottenuta nei sindacati opportunisti e gialli e aveva fatto le sue prove nella prima guerra mondiale. Ma la borghesia per la difesa del suo ordine costituito doveva fare di più. Fin dal primo tempo la ricchezza sociale e il capitale erano nelle sue mani e si andava concentrando sempre più nel continuo respingere nella nullatenenza gli avanzi delle classi tradizionali di liberi produttori. Nelle sue mani fin dalle rivoluzioni liberali era il potere politico armato dello Stato e più perfettamente nelle più perfette democrazie parlamentari, come, con Marx e Engels, dimostra Lenin. Nelle mani del proletariato suo nemico, i cui effettivi crescevano col crescere dell’espropriazione accumulatrice, era una terza risorsa: l’organizzazione, l’associazione, il superamento dell’individualismo, divisa storica e filosofica del regime borghese. La borghesia mondiale ha voluto strappare al suo nemico anche questo suo unico vantaggio (…). Poiché il divieto del sindacato economico sarebbe un incentivo alla lotta di classe autonoma del proletariato, in questo metodo la consegna è divenuta del tutto opposta. Il sindacato deve essere inserito giuridicamente nello Stato e deve divenire uno dei suoi organi. La via storica per arrivare a tale risultato presenta molti aspetti diversi e ‘anche molti ritorni, ma siamo in presenza di un carattere costante e distintivo del moderno capitalismo. In Italia e Germania i regimi totalitari vi giunsero con la diretta distruzione dei sindacati rossi tradizionali e perfino di quelli gialli. Gli Stati che in guerra hanno sconfitto i regimi fascisti si muovono con altri mezzi nella medesima direzione. Temporaneamente, nei loro territori e in quelli conquistati banno lasciato agire sindacati che si dicono liberi e non hanno vietato e non vietano ancora agitazioni e scioperi. Ma ovunque la soluzione di tali movimenti confluisce in una trattativa in sede ufficiale con gli esponenti del potere politico ufficiale che fanno da arbitri tra le parti economicamente in lotta, ed è ovviamente il padronato che fa per tal modo la parte di giudice ed esecutore. Ciò sicuramente prelude alla eliminazione giuridica dello sciopero e della autonomia di organizzazione sindacale, già di fatto avvenuta in tutti i paesi, e crea naturalmente una nuova impostazione dei problemi dell’azione proletaria. Gli organismi internazionali riappaiono come emanazione dei poteri statali costituiti. Come la seconda Internazionale rinacque con il permesso dei poteri vincitori di allora, in forma di addomesticati uffici, così abbiamo oggi uffici socialisti nell’orbita degli Stati occidentali e un cosiddetto ufficio di informazione comunista al posto della gloriosa terza Internazionale che fu”
Il processo di assoggettamento dei sindacati risale all’inizio della fase dell’imperialismo ed assume inizialmente la forma della creazione di sindacati che rinnegano la lotta di classe, i cosiddetti sindacati bianchi, nati per espresso patrocinio della Chiesa cattolica ormai alleata di ferro del capitalismo, e finanziati direttamente da certi settori del padronato; ebbero un certo sviluppo nei primi anni del 1900, fino a costituirsi in Confederazione internazionale nel 1919.
La borghesia, constatato che l’associazionismo operaio era un dato di fatto irreversibile nel suo sistema sociale, tentava di crearsene uno a proprio uso e con- sumo. Ma evidentemente questo non era sufficiente. Per servire allo scopo della conservazione sociale, un sindacato deve innanzitutto riscuotere la credibilità di larghi strati operai. Così non poteva essere per i sindacati bianchi che non goderono mai di una solida base operaia. Molto più proficuo si dimostrò l’opportunismo di tipo riformistico socialdemocratico, che poneva solide radici fra vasti strati di aristocrazia operaia allevata con le briciole dei colossali profitti della prima fase di espansione pacifica del capitalismo liberistico.
Tuttavia, nei paesi come Germania e Italia, in particolare in quest’ultimo, in cui la radicalizzazione delle lotte proletarie condotte su basi classiste aveva assunto aspetti e consistenza tali da minacciare seriamente le basi dell’ordine sociale capitalistico, la borghesia si vide costretta ad abbandonare il modello della concorrenza tra sindacati rossi da un lato, bianchi e gialli dall’altro, per ricorrere alla distruzione di entrambi, in particolare ovviamente di quelli rossi, per procedere diritto sulla strada del tentativo di creare apparati sindacali di diretta emanazione statale.
La Sinistra, di fronte a questo nuovo atteggiamento della borghesia e al conseguente pericolo che, in Italia, la CGL si sgretolasse sotto i colpi del fascismo, lanciò allora la parola d’ordine della rinascita dei sindacati liberi, indicazione che non ebbe seguito determinante grazie al sabotaggio dei riformisti che, ligi fino in fondo al volere fascista, sciolsero la Confederazione fino a tempi migliori.
L’ondata paurosa della controrivoluzione staliniana travolse inoltre in tutto il mondo il movimento comunista rivoluzionario lasciando nei sindacati via libera a tutte le forme di opportunismo imperante, I partiti comunisti di tutti i paesi occidentali abbandonarono ogni forma di difesismo sindacale classista, vincolando gli interessi proletari, nei paesi dove avevano una certa influenza, alla difesa degli interessi dello Stato russo, ormai inserito nel circuito dei paesi capitalistici e orientando gli operai verso la difesa della democrazia, nella politica dei fronti popolari e dell’alleanza tra tutte le classi, o addirittura, sempre in conformità alla difesa degli interessi contingenti dello Stato russo, gabbato per patria del socialismo , in combutta con il fascismo, come nella campagna di alleanza popolare in Italia, nel ’35-’36.
Ci sembra utile riprendere a questo punto ampi stralci di un lungo lavoro comparso sul nostro mensile in diversi numeri del ’77, sotto il titolo: “Basi d’azione del Partito nel campo delle lotte economiche proletarie” che espone il seguito di questa analisi storica con molta chiarezza, non avendo nulla da aggiungere a lavori di partito che abbiano già espresso nel migliore dei modi ciò che si vuole dire, ed anzi essendo un dovere dei militanti riprenderli ogni volta che lo si ritenga necessario. Come sempre l’essenza dei nostri lavori è quella di precisare, o meglio scolpire , gli argomenti in cui si articola il nostro lavoro di difesa delle giuste posizioni marxiste, non quello di apportare posizioni personali , arricchimenti individuali o elucubrazioni intellettuali di chi pretendesse di essere più bravo o meglio preparato , tutto ciarpame questo appartenente all’ideologia individualistica tipicamente borghese e che pensiamo di avere per sempre superato, come Partito. Meglio ripetere fino alla nausea ciò che è già stato ben detto, che dire “fesserie innovative” .
“Il partito comunista rivoluzionario non esiste più e le forze che si erano battute contro il prevalere dell’opportunismo staliniano o si mantengono su posizioni coerentemente marxiste cercando di trarre un bilancio da questa paurosa ondata controrivoluzionaria, ma si riducono conseguentemente dal punto di vista organizzativo, oppure abbandonano il terreno stesso del marxismo rivoluzionario ricadendo da un lato nell’anarcosindacalismo, dall’altro, come la corrente di Trotsky, adottando una prassi opportunista tesa a risalire la corrente sfavorevole con tutti i mezzi e con ogni espediente e di conseguenza autodistruggendosi come forza rivoluzionaria.”
Il tradimento dei partiti della III Internazionale permise al capitalismo di superare agevolmente la crisi economica del ’29-’33. Negli USA, come in tutti gli Stati europei, tutte le forze politiche si sottomisero alla necessità di non indebolire l’economia nazionale e perciò non solo non diressero in senso rivoluzionario, ma si schierarono apertamente contro le azioni di difesa economica che il proletariato spontaneamente intraprendeva. Questo permise allo Stato capitalistico di varare le misure assistenziali e di corruzione della classe operaia che il New Deal americano riprese dal fascismo, e che ebbero il loro corrispettivo in tutti i paesi d’Europa. Il proletariato veniva gradualmente abituato a considerarsi non più una classe con interessi opposti a quelli delle altre classi della società ed organicamente legato alla scala internazionale, ma come una componente della nazione, del popolo ai cui interessi generali esso doveva sacrificare i suoi bisogni. Da una parte e dall’altra dei futuri fronti di guerra fu agitata la stessa identica bandiera: solidarietà nazionale delle classi, difesa nazionale, concetto di popolo al posto di concetto di classe. Era la bandiera innalzata dal fascismo e dai suoi pseudo sindacati ,contro i tradizionali sindacati di classe.
E’ dunque chiaro che mentre nei paesi a regime di dittatura aperta (Germania e Italia) nessuna opera veniva intrapresa per contrapporsi validamente ai sindacati statali e far risorgere i sindacati di classe, ma si indirizzavano le energie proletarie nella lotta popolare contro il fascismo diffondendo la tesi che esso non difendeva abbastanza efficacemente gli interessi di tutta la nazione, nei paesi invece in cui permaneva la dittatura mascherata in forma democratica si affermò in seno al proletariato la tradizione di un sindacalismo disposto a sacrificare la difesa di classe a quella delle istituzioni e del regime, disposto a sabotare qualsiasi sciopero in quanto avrebbe indebolito l’economia nazionale, disposto a firmare, come in Svizzera, la pacificazione tra lavoro e capitale sulla base degli interessi comuni a tutte le classi. In Spagna, in Francia, in Inghilterra, in Svizzera, ed anche in Italia, il processo di formazione di questo sindacalismo, che il Partito ha chiamato “tricolore”, è particolarmente visibile.
La differenza tra il sindacalismo fascista e il sindacalismo tricolore non sta dunque nella rispettiva politica: tutte e due subordinano la difesa degli interessi economici immediati dei lavoratori alle esigenze della patria e dell’economia nazionale. La differenza, fondamentale, è nella forma organizzativa per cui in alcuni Stati capitalistici, nei più forti e in quelli in cui la lotta di classe non ha raggiunto limiti critici, così come è stato possibile allo Stato capitalistico mantenere le forme democratiche, è stato possibile mantenere sindacati formalmente liberi, formalmente ad adesione volontaria dei lavoratori anche se sostanzialmente legati alle sorti del regime capitalistico e della sua conservazione. Questa differenza formale non è priva di significato essendo il risultato di vicende storiche per cui lo Stato capitalistico ha potuto vincere sul proletariato senza dover ricorrere alla suprema prova di forza che si ha quando lo Stato è costretto a presentarsi di fronte alle masse apertamente e a mano armata come l’espressione degli interessi delle classi dominanti, tentando di battere le lotte proletarie con violenza espressa in forma esplicita e incapsulando di necessità il proletariato in organismi a carattere forzato e coercitivo, cioè sindacati obbligatori, apertamente dipendenti dallo Stato e facenti parte del suo apparato.
Il fatto che lo Stato capitalistico sia riuscito a sottomettere gli organismi operai ai propri interessi, di fatto e tramite mille legami, e che abbia potuto ottenere questo risultato mantenendone l’organizzazione formalmente libera e volontaria, indica che la borghesia è riuscita a corrompere il proletariato e che non ha avuto bisogno di distruggere i suoi organismi di classe, ma che essi si sono volontariamente sottomessi, per il tramite dei propri capi opportunisti e dell’influenza delle categorie operaie privilegiate, alle esigenze dello Stato e del Capitale; indica che la classe proletaria non ha avuto la forza di impedire che le sue stesse strutture organizzative cadessero nelle mani del nemico di classe e che il proletariato organizzato ha accettato per questa via la sottomissione dei suoi interessi economici ai superiori interessi della nazione. Questo risultato, essenziale per la propria conservazione, il capitalismo è riuscito ad ottenerlo all’indomani della sconfitta della grande ondata rivoluzionaria del primo dopoguerra, non perché avesse scoperto nuove e prima sconosciute ricette per la sua sopravvivenza, come generazioni intere di anti-marxisti hanno finto di ritenere, ma perché i rapporti di forza alla scala mondiale erano divenuti ad esso favorevoli, sia per la demoralizzazione subentrata nella classe dopo le grandi sconfitte, sia soprattutto per la distruzione del Partito rivoluzionario di classe conseguente alla vittoria stalinista in Russia e per il passaggio, armi e bagagli, dei partiti della III Internazionale nel campo della contro rivoluzione. Questi, dopo aver fatto causa comune con i vecchi partiti socialdemocratici in tutti i paesi, hanno lavorato costantemente al loro fianco, con tutti i mezzi, per smantellare nelle masse operaie qualsiasi speranza di liberazione, per ribadire nella mente dei proletari l’idea di un legame, necessario e da salvaguardare, fra i loro interessi e l’ economia, della “loro nazione”, della “loro patria”. L’effetto di queste vicende negative ha permesso allo Stato capitalistico, anche facendo piovere sulle masse lavoratrici dei vari paesi più industrializzati le sue misure riformistiche e assistenziali (comunque duramente e sanguinosamente pagate dallo schiacciamento del cosiddetto “terzo mondo”), di concretare in esse questa illusione.
Al tempo stesso è l’effetto congiunto di queste vicende negative, dei rapporti di forza tra le classi che nell’ultimo mezzo secolo sono stati a netto sfavore del proletariato, che ha permesso il trapasso, alla scala mondiale, dai sindacati di classe del primo dopo guerra, ai sindacati tricolore del secondo.
IL BILANCIO DELLA SINISTRA COMUNISTA IN CAMPO SINDACALE NELL’IMMEDIATO SECONDO DOPOGUERRA SUL FILO ROSSO DEL MARXISMO RIVOLUZIONARIO
La parabola di questa involuzione andrebbe studiata, in riferimento ad ogni paese capitalisticamente avanzato, così come in generale la questione sindacale andrebbe affrontata, alla scala mondiale, analizzando le caratteristiche dei sindacati attuali in ogni paese, o almeno in ogni area geopolitica in cui si può suddividere il pianeta, per poter pervenire ad una soluzione tattica che non può non essere diversificata a seconda delle situazioni particolari dei vari paesi. Un’ analisi del genere, tuttavia, è oggi impossibile date le nostre esigue forze, non fosse altro perché non possiamo certamente basarci esclusivamente sui materiali scritti esistenti, mancando la presenza diretta del Partito nei vari paesi. La tattica di intervento non può infatti che essere anche il risultato dell’esperienza diretta del lavoro pratico o quanto meno della possibilità di vivere direttamente la situazione per potere percepirne i caratteri fondamentali che sono, oltre alla natura e alle caratteristiche specifiche delle organizzazioni sindacali con cui si deve operare, l’atteggiamento dei proletari nei loro confronti e in generale la loro attitudine e la loro predisposizione alla lotta, che solo la presenza fisica dei militanti può permettere di recepire correttamente.
Tuttavia ciò non esclude che sia possibile delineare delle tendenze di massima particolarmente valide per l’insieme dei paesi capitalisticamente sviluppati che, se non permettono di delineare una tattica specifica valida ovunque, consentono di mettere in rilievo le linee prospettiche classiche del marxismo rivoluzionario e permettono comunque di escludere che la dinamica del futuro incendio mondiale di classe possa percorrere strade a noi ignote e originali, tali da modificare la prassi generale dei conflitti di classe così come la descrisse il marxismo.
Non a caso il nostro testo classico Partito rivoluzionario e azione economica afferma a chiare lettere:
«Al di sopra del problema contingente in questo o quel paese di partecipare al lavoro in dati tipi di sindacato ovvero di tenersene fuori da parte del partito comunista rivoluzionario, gli elementi della questione fin qui riassunta conducono alla conclusione che in ogni prospettiva di ogni movimento rivoluzionario generale non possono non essere presenti questi fondamentali fattori: 1) un ampio e numeroso proletariato di puri salariati; 2) un grande movimento di associazioni a contenuto economico che comprenda una imponente parte del proletariato; 3) un forte Partito di classe rivoluzionario nel quale militi una minoranza dei lavoratori ma al quale lo svolgimento della lotta abbia consentito di contrapporre validamente ed estesamente la propria influenza nel movimento sindacale a quella della classe e del potere borghese.
I fattori che hanno condotto a stabilire la necessità di ciascuna e di tutte queste tre condizioni, dalla utile combinazione delle quali dipenderà l’esito della lotta, sono stati dati: dalla giusta impostazione della teoria del materialismo storico che collega il primitivo bisogno economico del singolo alla dinamica delle grandi rivoluzioni sociali, dalla giusta prospettiva della rivoluzione proletaria in rapporto ai problemi dell’economia e della politica dello Stato, dagli insegnamenti della storia di tutti i movimenti associativi della classe operaia così nel loro grandeggiare e nelle loro vittorie, che nei corrompimenti e nelle disfatte.
Le linee generali della svolta prospettiva non escludono che si possano avere le congiunture più svariate nel modificarsi, dissolversi, ricostituirsi di associazioni a tipo sindacale; di tutte quelle associazioni che ci si presentano nei vari paesi, sia collegate alle organizzazioni tradizionali che dichiaravano fondarsi sul metodo della lotta di classe, sia più o meno collegate ai diversi metodi e indirizzi sociali anche conservatori».
Per questo il Partito, ricostituitosi su basi correttamente marxiste nell’immediato secondo dopoguerra, non ebbe da esporre nuove posizioni per quanto riguarda il suo comportamento rispetto alle lotte proletarie e alle organizzazioni economiche, né da dettare nuove norme. Il problema dei rapporti tra il partito e la classe proletaria, fra lotta rivoluzionaria politica di classe e lotte economiche immediate, fra organismo politico rivoluzionario ed organizzazioni economiche di difesa, fra partito comunista e altri partiti e tendenze aventi radici in seno alle masse operaie, è da ritenersi completamente e definitivamente risolto dalla tradizione marxista in un arco di 70 anni di lotte e di esperienze mondiali, partendo dal Manifesto del 1848 per arrivare alle citate tesi del II° congresso mondiale del 1920 della III Internazionale, alle tesi di Roma del ’22 ed a quelle di Lione del ’26.
Si trattava, nell’immediato dopoguerra, di trarre un bilancio della tragedia abbattutasi sul proletariato mondiale anche in campo sindacale, valutare con rigore marxista il significato e la natura delle organizzazioni sindacali nate dalla fine del secondo macello imperialistico e, riproposta la soluzione classica del marxismo circa il rapporto Partito classe organismi intermedi nella prospettiva della futura ripresa del moto di classe, che si sapeva non avrebbe potuto che essere lontana nel tempo. Si trattava di indicare una soluzione tattica valida per l’intervento dei comunisti nelle lotte proletarie nei paesi in cui il Partito contava effettivi, per quanto estremamente ridotti, Italia e Francia, in particolare nella prima.
Fin dal ’45 la “Piattaforma politica del Partito” enunciò, nei termini classici, i compiti dei comunisti nei confronti del movimento sindacale:
“In prima linea tra i compiti politici del partito è il lavoro nella organizzazione economica dei lavoratori per il suo sviluppo e potenziamento. Deve essere combattuto il criterio, ormai comune alla politica sindacale sia fascista che democratica., di attrarre il sindacato operao tra gli organismi statali, sotto le varie forme del suo disciplinamento con impalcature giuridiche. Il partito aspira alla ricostruzione della Confederazione sindacale unitaria, autonoma dalla direzione di uffici di Stato, agente con i metodi della lotta di classe e dell’azione diretta contro il padronato, dalle singole rivendicazioni locali e di categoria a quelle generali di classe.
Nel sindacato operaio, entrano lavoratori appartenenti singolarmente ai diversi partiti o a nessun partito; i comunisti non propongono né provocano la scissione dei sindacati per il fatto che i loro organismi direttivi siano conquistati e tenuti da altri partiti, ma proclamano nel modo più aperto che la funzione sindacale si completa e si integra solo quando alla dirigenza degli organismi economici sta il partito di classe del proletariato. Ogni diversa influenza sulle organizzazioni sindacali proletarie, non solo toglie ad esse il fondamentale carattere di organi rivoluzionari dimostrato da tutta la storia della lotta di classe, ma li rende sterili agli stessi fini del miglioramento economico immediato e strumenti passivi degli interessi del padronato. La soluzione data in Italia alla formazione della centrale sindacale con un compromesso non già fra tre partiti proletari di massa, che non esistono, ma fra tre gruppi di gerarchie di cricche extraproletarie pretendenti alla successione del regime fascista, va combattuta incitando i lavoratori a rovesciare tale opportunistica impalcatura di controrivoluzionari di professione.”
E’ chiaro dunque che la Sinistra colloca il sindacalismo nato dalla resistenza e dall’antifascismo democratico in una posizione antitetica al periodo del primo dopoguerra e, come vedremo, ne individua la causa nella tendenza dell’imperialismo al monopolio dei mezzi di produzione e della forza-lavoro. Il concetto viene ribadito in quel periodo in numerosi scritti, in particolare nei “Fili del tempo” apparsi nel ’49. In tutti viene descritta in modo chiaro l’estraneità dei sindacati tricolore alla classe operaia. Così, riprendendo ancora dal già citato: “Movimento operaio e internazionali sindacali”, leggiamo:
“I sindacati si raggruppano in congressi e consigli che nessun legame possono dimostrare di avere con la classe operaia, e che, ad evidenza palmare, mo- strano di essere messi su da un gruppo o dall’altro di governi. La salvezza della classe operaia, la sua nuova ascesa storica dopo lotte e traversie tremende, non è presso nessuno di tali organismi.”
Il sindacalismo tricolore era il degno erede del sindacalismo fascista, così come la democrazia ristabilita dai bombardieri e dai cannoni degli alleati altro non avrebbe potuto essere che la continuazione del riformismo totalitario fascista. Non era attraverso esso che sarebbe potuta passare la ripresa di classe. In questa affermazione è già implicita l’asserzione che, comunque ci si fosse posti dal punto di vista tattico nei suoi confronti, se lavorarvi all’interno o dall’esterno, era comunque chiaro che l’atteggiamento non poteva essere analogo a quello tenuto dai comunisti nei confronti dei sindacati rossi del primo dopoguerra, ovvero la tattica da adottare nei loro confronti non poteva essere la meccanica ripetizione di quella del PCd’l nei confronti della CGL. Si sarebbe per forza di cose dovuto tener conto della sostanziale differenza tra i due e soprattutto della tendenza irreversibile dello Stato borghese all’assoggettamento delle centrali sindacali e, dialetticamente, della tendenza stessa di queste a reclamare l’istituzionalizzazione formale o sostanziale della loro funzione, tendenza quest’ultima che si delineerà con chiarezza negli avvenimenti sindacali del secondo dopoguerra e che passerà attraverso tappe sempre più decisive in questo senso, prima fra tutte l’appartenenza diretta dei sindacati agli organi istituzionali preposti al controllo dell’economia capitalistica, come ad es, il CNEN, poi la consegna della propria organizzazione finanziaria e operativa nelle mani del padronato, attraverso l’introduzione del metodo dell’iscrizione al sindacato tramite delega alle direzioni aziendali per il versamento della quota sindacale, quindi il riconoscimento sostanziale avuto dagli ultimi governi come controparte attiva nella delineazione dei programmi economici dei vari ministeri tesi a colpire le condizioni di vita operaia nello sforzo nazionale di uscire dalla crisi, fino alla recente esplicita richiesta ai propri iscritti che ricoprono funzione di delegati sindacali, sotto il pretesto della lotta al terrorismo , di dichiarare esplicitamente il ripudio della violenza nella lotta di classe e la fedeltà incondizionata ai valori della democrazia e della Costituzione repubblicana, passo questo che cancella anche l’ultima caratteristica formale di sindacato libero.
Il netto schieramento del sindacalismo tricolore nel campo borghese e imperialista è delineato con estrema chiarezza nell’articolo ,facente parte della rubrica “Nel filo del tempo”, : “Le scissioni sindacali in Italia” :
“I sindacati fascisti comparvero come una delle tante etichette sindacali, tricolore contro quelle rosse, gialle e bianche, ma il mondo capitalistico era ormai mondo del monopolio, e si svolsero nel sindacato di Stato, nel sindacato forzato, che inquadra i lavoratori nell’impalcatura del regime dominante e distrugge in fatto e in diritto ogni altra organizzazione.
Questo gran fatto nuovo dell’epoca contemporanea non era reversibile, esso è la chiave dello svolgimento sindacale in tutti i paesi capitalistici. Le parlamentari Inghilterra e America sono monosindacali e i sindacati nelle loro gerarchie servono i governi quanto in Russia La vittoria delle democrazie e il ritorno in Italia dei ricineschi più che ricinati personaggi pre-marcia non è quindi stata una reversione del fascismo, molto meno regressista di costoro.
Se la situazione storica italiana fosse stata reversibile, ossia se avesse qualche base la sciocca posizione del secondo Risorgimento e della nuova lotta per la Nazione e l’Indipendenza, cavallo più che mai inforcato dagli stessi stalinisti, non avrebbe avuto un minuto di esistenza la tattica di fondare una confederazione unica di rossi e di gialli, di bianchi e di neri, e senza l’influenza di fattori di forza storica, cui dovendo dare un nome va preso quello di Mussolini, le masse non avrebbero subito quest’ordine bestiale recato dall’enciclica moscovita nella Pasqua 1944.
“Le successive scissioni della Confederazione Italiana Generale del Lavoro, col distaccarsi dei democristiani e poi dei repubblicani e socialisti di destra, anche in quanto conducono oggi al formarsi di diverse confederazioni, e anche se la costituzione ammette libertà di organizzazione sindacale, non interromperanno il processo sociale dell’asservimento del sindacato allo Stato borghese, e non sono che una fase della lotta capitalistica per togliere ai movimenti rivoluzionari di classe futuri la solida base di un inquadramento sindacale operaio veramente autonomo.
Gli effetti, in un paese vinto e privo di autonomia statale posseduta dalla locale borghesia, delle influenze dei grandi complessi statali esteri che si punzecchiano su queste terre di nessuno, non possono mascherare il fatto che anche la Confederazione che rimane con i socialcomunisti di Nenni e di Togliatti non si basa su di una autonomia di classe. Non è una organizzazione rossa, è anche essa una organizzazione tricolore cucita sul modello Mussolini.
La storia del “risorgimento” sindacale del 1944 sta a dimostrarlo, con i suoi nastri tricolori e le sue stille di acqua lustrale sulle bandiere operaie, con le basse consegne di Unione Nazionale, di guerra antitedesca, di nuovo Risorgimento Liberale, con la rivendicazione di un ministero di Concordia Nazionale, direttive che avrebbero fatto vomitare un buon organizzatore rosso anche di tendenza riformista spaccata.”
SINDACATI ROSSI TRADIZIONALI IN ANTITESI AI SINDACATI TRICOLORE
Quale la grande e sostanziale differenza tra i sindacati rossi del primo periodo dell’imperialismo, quello del primo dopoguerra, e quelli attuali?
I primi, per quanto diretti dall’opportunismo riformista, erano sindacati forgiati nel processo di progressiva organizzazione del proletariato come classe in lotta contro il capitalismo, nel tentativo di superare le divisioni per fabbrica, territorio e categoria. Erano sorti nei primi anni del secolo sotto lo stimolo di possenti moti di classe, e in essi si riflettevano in contrapposizione tra loro, con pieno diritto di organizzazione autonoma tutte le componenti politiche che si richiamavano alla classe operaia e che in essa avevano solide radici. La natura stessa dell’organizzazione, fondata sul principio della lotta di classe e dell’inconciliabilità di interessi tra capitale e forzalavoro, nonché dell’indipendenza e dell’autonomia dallo Stato, faceva sì che nemmeno i dirigenti riformisti più destri avrebbero mai potuto considerarla come un organismo aspirante ad inserirsi negli ingranaggi istituzionali e aziendali dell’economia capitalistica. I capi opportunisti erano costretti allora a limitarsi all’azione di pompieraggio nei confronti delle lotte operaie per evitare che l’azione anticapitalistica delle masse proletarie giungesse alle sue estreme conseguenze. Non può dirsi certo che l’opera del riformismo e la sua tendenza al collaborazionismo con il padronato e le istituzioni dello Stato fosse sostanzialmente diversa. Dal punto di vista politico abbiamo mille volte dimostrato la perfetta continuità storica tra riformismo socialdemocratico, fascismo e riformismo democratico stalinista e poststalinista moderno. Ma l’azione del primo, pur operando nel senso della conservazione capitalistica, si svolgeva all’interno di una organizzazione classista, poggiante su masse proletarie in cui era vivo il vero concetto di lotta di classe, continuamente attizzato dalla propaganda e dall’azione dei comunisti e di quelle forze che sindacalmente si ponevano sul terreno della giusta lotta di classe. La CGL rifletteva esattamente questa situazione e giustamente veniva definita rossa dagli stessi comunisti, in contrapposizione al sindacalismo bianco e giallo di diretta emanazione padronale o foraggiato dagli Stati capitalistici.
La CGIL unitaria partorita nel ’45 non ha più nulla di simile a queste caratteristiche, se non la forma organizzativa. Anziché essere un’organizzazione di classe controllata dall’opportunismo è un sindacato messo in piedi da un blocco di forze politiche unite nell’unità nazionale, a cui appartengono indifferentemente partiti apertamente borghesi e partiti sedicenti operai , il tutto sotto l’egida dell’imperialismo americano e la benedizione della Chiesa. Basta la constatazione di questo connubio e dei suoi patroni, che sarebbe risultato impossibile permanendo le caratteristiche dell’organizzazione del primo dopoguerra, per designarne il carattere apertamente borghese e, come si afferma nel citato filo del tempo , nulla cambierà l’uscita dalla CGIL delle forze sindacali ispirate dai partiti borghesi e apertamente opportunisti. A guidare la logica di queste scissioni non saranno considerazioni di classe, ma i contrasti inter-imperialistici delle nazioni uscite vittoriose dal macello da poco concluso.
Questa profonda differenza si riflette anche negli statuti delle due confederazioni. Ne confrontiamo brevemente i passi più significativi.
Dallo Statuto della CGL del 10-12-’24:
Art. 1°: “E‘ costituita in Italia la Confederazione Generale del Lavoro per organizzare e disciplinare la lotta della classe lavoratrice contro lo sfruttamento capitalistico della produzione e del lavoro; e per sviluppare nella classe stessa le capacità morali, tecniche e politiche che la debbono portare al governo della produzione socialmente ordinata e all’amministrazione degli interessi pubblici generali”….Parte finale dell’art. 31: ...organizza (la CGL) il movimento proletario nel campo della resistenza, per modo che alle lotte di categoria subentrino sempre maggiormente le lotte d’insieme tendenti a elevare il tenore di vita di tutta la classe lavoratrice e dare a questa la convinzione che ogni miglioramento conseguito sul campo del salario e mediante la lotta di categoria, a lungo andare è destinato ad essere vano ove essa classe lavoratrice non proceda con una più stretta azione contro il potere politico ed economico, a trasformare radicalmente l’istituto della proprietà privata.”
Al di là delle considerazioni che si possono fare dal punto di vista teorico marxista sulla tendenza implicita all’ educazionismo tecnicista come premessa alla conquista del potere politico (non si può dimenticare che ci troviamo di fronte allo statuto di un sindacato, non al programma politico del Partito), è evidente che la finalità dell’organizzazione è tesa all’affasciamento delle lotte al di sopra delle categorie, in aperta battaglia contro l’oppressione capitalistica, verso la completa emancipazione della classe lavoratrice dal lavoro salariato.
Ecco invece la perla dello statuto CGIL del ’45:
‘La CGIL pone a base del suo programma e della sua azione la costituzione della repubblica italiana e ne persegue l’integrale applicazione particolarmente in ordine ai diritti che vi sono proclamati e alle riforme economiche e sociali che vi sono dettate. La CGIL considera la pace tra i popoli bene supremo dell’umanità e condizione indispensabile di progresso civile, economico e sociale.”
E’ questo lo statuto di un sindacato che si considera ormai irreversibilmente parte integrante della società cui appartiene e del regime politico predisposto a sua difesa, disposto dunque a sacrificare ogni interesse compreso quello della classe che pretende di rappresentare ufficialmente, alla difesa delle istituzioni statali e all’economia nazionale con ogni mezzo. E’ quello che abbiamo definito un sindacato di regime, un sindacato cioè che rappresenta la voce e l’ideologia della classe dominante in seno alle masse operaie. Non ancora un sindacato di Stato, ma solo formalmente, e con tutti i presupposti programmatici per divenirlo anche giuridicamente,
Nello studio sui sindacati fascisti apparso sui numeri 4 e 6 di questa rivista abbiamo messo in evidenza appunto questa continuità, anche giuridica, tra sindacalismo fascista e sindacalismo tricolore democratico, nel senso che, sia nella giurisdizione fascista, che in quella democratica, il sindacato è contemplato come un organo indiretto dello Stato, ossia un’organizzazione che svolge un’obbiettiva attività di appoggio e rivitalizzazione delle istituzioni statali, pur non appartenendo organicamente ad esse, non essendo cioè un organo vero e proprio dello Stato, come ad esempio lo erano le Corporazioni.
‘Questo concetto corrisponde alla dinamica propria dell’imperialismo ed è ‘ormai un dato di fatto caratteristico di tutte le nazioni, pur presentando aspetti formali diversi a seconda dei paesi.
LA DINAMICA DELLA LOTTA SINDACALE NELL’EPOCA DELL’IMPERIALISMO
Riprendiamo nuovamente ampi brani del rapporto del ’77 “Basi d’azione.. “:
“Che cosa vi è di mutato nella dinamica sindacale dell’epoca imperialistica? L’epoca imperialistica si distingue per la concentrazione estrema della produzione e del capitale finanziario, ma anche per una intensificata ingerenza dello Stato in tutti gli aspetti della vita economica e sociale. Lo Stato non solo si manifesta sempre più come il comitato di amministrazione della classe dominante , il suo apparato di dominio, la concentrazione della sua forza armata contro il proletariato, ma diviene anche il garante dell’economia capitalistica, sempre più ubbidiente alle necessità del funzionamento di essa e sobbarcandosi in prima persona il compito della gestione del meccanismo produttivo dell’economia capitalistica. Questa accentuazione delle funzioni dello Stato si riflette necessariamente anche sugli organismi proletari determinando il fatto che essi vengono lasciati liberi di svilupparsi solo se non si legano ad una prospettiva rivoluzionaria e vengono messi sotto controllo nella loro stessa azione rivendicativa ed economica. La classe borghese non ha dimenticato la lezione del 1917-26, quando i sindacati operai, nonostante fossero diretti da opportunisti e riformisti dichiarati, erano stati sul punto di scatenare la lotta rivoluzionaria tra le classi e di essere conquistati all’indirizzo del partito di classe.”
Come abbiamo visto, le tesi dell’Internazionale notavano già questa situazione e indicavano che “nell’epoca imperialistica la lotta economica si trasforma in lotta politica rivoluzionaria molto più rapidamente che nell’epoca precedente di sviluppo pacifico del capitalismo”
Nell’epoca imperialistica il capitalismo non può più permettere il libero svolgersi della lotta economica, né dell’organizzazione operaia, perché ha sperimentato storicamente che il manifestarsi di generalizzate lotte economiche, in presenza di un ciclo critico dell’economia capitalistica, può pericolosamente debordare nella lotta politica, nell’assalto al potere politico: cioè che la lotta dei proletari sul terreno economico è, per le condizioni in cui si svolge, suscettibile di essere influenzata molto più facilmente dall’indirizzo del partito rivoluzionario.’
Scampato per il rotto della cuffia al pericolo rivoluzionario nel 1919-26, lo Stato capitalistico non permetterà più nessun libero svolgimento dei conflitti sociali, perché sa bene che questo libero svolgimento può produrre effetti disastrosi per la conservazione del regime. Esso non abolisce certo l’organizzazione operaia economica, ma si sforza con ogni mezzo di controllarla e di sottoporne l’azione a limiti ben precisi, di legarla a se’ e alle sue sorti con mille legami e di farne una sua appendice fino al punto, nei momenti critici della lotta di classe, di trasformarla apertamente in un ingranaggio della macchina statale. Questo risultato di poter controllare il movimento operaio economico nei momenti inevitabili del dissesto produttivo e della crisi economica è essenziale per la sopravvivenza del regime capitalistico, perché è l’unico elemento che può impedire il passaggio dalla crisi economica alla crisi sociale e politica.
Il capitalismo nell’epoca imperialistica tenta, per l’inasprirsi delle sue interne contraddizioni, di controllare alla scala sociale l’anarchico sviluppo del processo economico e produttivo, da cui derivano le crescenti tensioni sociali. Per questo lo Stato avverte la necessità del diretto controllo sui sindacati operai, che è prova di estrema debolezza e vulnerabilità del capitalismo nella fase imperialistica. Controllo che può assumere diverse forme, di cui la più adeguata e perfetta è quella dell’inserimento del sindacato operaio nelle strutture statali, per il cui mezzo lo Stato cerca di rendere compatibili i livelli salariali con il profitto, il costo del lavoro con la resa economica e tollerabili per il sistema capitalistico gli ineliminabili contrasti tra i bisogni dei salariati e quelli delle aziende; in breve di regolamentare i rapporti fra operai e padroni nel quadro della conservazione del regime. Cosi che il sindacato da libero diviene coatto, da organo della classe operaia si trasforma in organo dello Stato borghese, dalla difesa dei proletari passa alla difesa dell’economia nazionale.
In effetti l’epoca imperialista è caratterizzata da questa necessità: o il movimento operaio si sottomette agli interessi della nazione, o diventa obiettivamente e materialmente rivoluzionario. Un sindacalismo di classe è possibile solo in quanto si rivolge contro le basi stesse di sopravvivenza del regime o meglio le colpisce inevitabilmente. La spiegazione di questo si trova già nelle tesi dell’Internazionale Comunista: l’impossibilità del capitalismo a riorganizzare l’economia dopo la guerra se non schiacciando il movimento operaio.
Il capitalismo internazionale, allora, non sarebbe potuto uscire dalla sua crisi e non avrebbe potuto riorganizzare la sua economia senza schiacciare le lotte economiche e sociali del proletariato, non poteva in pratica permettersi di mantenere le condizioni economiche del proletariato al livello precedente la guerra.
Di conseguenza le lotte economiche proletarie assumevano un aspetto obiettivamente rivoluzionario ed erano la base di mobilitazione del partito.
La lotta economica del proletariato non poteva rimanere su un terreno neutrale di conflitto tra proletari e capitalisti, perché urtava le stesse basi del regime, e di conseguenza diveniva lotta contro lo Stato.
Per i sindacati di classe, due sole alternative: o restringere la difesa delle condizioni di vita nell’ambito delle necessità borghesi o divenire i sindacati rossi diretti dal Partito, strumenti dell’attacco rivoluzionario.
Nell’epoca imperialistica si modificano dunque le stesse basi dell’azione sindacale che, in periodi critici, trascende rapidamente a lotta insurrezionale o altrimenti sottomette le condizioni operaie al sacrificio totale.
Ma questo significa anche che un sindacato diretto da qualsiasi partito, che non sia quello rivoluzionario di classe, non può in questi periodi critici condurre in maniera conseguente la lotta economica, cosa che invece era possibile nell’epoca dello sviluppo pacifico del capitale. In questa epoca le lotte economiche del proletariato potevano anche escludere la lotta rivoluzionaria, come lo possono attualmente fino a che la situazione non si svolge nel senso della crisi economica generale a cui il Capitalismo necessariamente approda.
Da ciò discende il valore e l’importanza immensa che i moti elementari del proletariato, tesi a difendere il pane e il lavoro, assumono. Ben lungi dal negarne il valore essenziale, il fatto che essi, in determinati scorci della storia, trapassino facilmente sul terreno politico, il Partito ne sottolinea al contrario la necessità. E’ proprio questa situazione che pone il Partito di classe sul terreno della difesa proletaria, mentre si schierano contro di essa, contro questa elementare esigenza degli operai, tutti i partiti della borghesia e tutte le sue forze statali. Tutte le forze della conservazione sociale si mobilitano ad impedire la manifestazione libera e aperta della lotta economica, a mantenere le pastoie legali che la imbrigliano oggi, fino a ricorrere all’ aperta repressione Solo le forze del partito sono schierate a sostenere il libero slancio delle lotte operaie. Mentre, fronte alla crisi economica e a una ripresa delle lotte, il capitalismo non consentirà più l’esistenza dei liberi sindacati.
Da questa dinamica sindacale dell’epoca imperialistica alcuni pseudo rivoluzionari, più o meno spara fucile, deducono che sia finito il tempo delle rivendicazioni sindacali e degli organismi operai di difesa e nulla possa essere concepito ormai, in termini di lotta al sistema, che non sia immediatamente e squisitamente politico, denunciando le lotte di difesa economica come “arretrate”, “interne al sistema”, quando non addirittura reazionarie o corporative , congiungendosi in questo giudizio agli opportunisti ufficiali. Altri, che pure pretendono di richiamarsi alla Sinistra Comunista, ne deducono che il risorgere di organismi intermedi tra il Partito e la classe, si potrà configurare secondo un processo originale, non previsto nei nostri corpi di tesi, per cui questi organismi potranno anche avere contenuti immediatamente politici, saltando la fase economica. Una simile concezione pone automaticamente chi la sostiene fuori dal campo del marxismo rivoluzionario e del materialismo storico, e lo ricongiunge all’idealismo, per cui gli uomini sarebbero spinti ad agire non da condizioni economiche immediate, ma da concetti ideologici e politici, al massimo acquisiti sul campo della lotta di classe.
La constatazione che in regime imperialistico la difesa conseguente degli interessi economici di classe pone in modo drastico e categorico l’incompatibilità delle esigenze più elementari di vita del proletariato rispetto alla stabilità del sistema capitalistico ed assume quindi immediatamente un contenuto eversivo intollerabile per le istituzioni borghesi porta, all’opposto, alla conferma che le future organizzazioni di classe non potranno che avere origine dalla battaglia per la difesa disperata delle esigenze di vita e di lavoro delle masse operaie, e dunque non potranno che avere un contenuto immediato essenzialmente economico.
Lo schieramento di forze che, in un modo o nell’altro negano la validità marxista della prospettiva del risorgere degli organismi economici immediati di classe, rende più difficile il ricostituirsi di una rete organizzativa economica di classe e lo sottopone a mille insidie, ma rende al tempo stesso netta e insostituibile l’opera e l’indirizzo del Partito in questo senso. Non è di poco conto constatare che, rispetto a tutte le organizzazioni che sotto diverse etichette, pretendono di richiamarsi alla Sinistra Comunista, noi ci distinguiamo nettamente anche in questo, essendo rimasti gli unici a difendere la prospettiva della rinascita delle organizzazioni economiche classiste.
E’ importante su queste questioni, mettere in risalto l’analisi fatta da Trotsky sui sindacati nell’epoca dell’imperialismo che, seppure scritta in un periodo in cui le sue posizioni politiche divergono sempre più dalle nostre, risulta identica a quella fatta dalla Sinistra ed è perciò da considerarsi un caposaldo fondamentale per la comprensione della dinamica sindacale che caratterizzerà la futura ripresa del movimento di classe.
“Vi è una linea comune-scrive Trotsky- nello sviluppo o più esattamente nella degenerazione delle moderne organizzazioni sindacali in tutto il mondo: e consiste nel loro tendere nascostamente verso lo Stato ed unirsi ad esso. Il processo è ugualmente caratteristico dei sindacati neutrali, socialdemocratici, comunisti ed anarchici . Questo fatto mostra soltanto che la tendenza verso la unione allo Stato è intrinseca non di questa o quella dottrina come tale, ma deriva dalle condizioni sociali comuni a tutti i tipi di sindacati.
Il capitalismo monopolistico poggia non sulla concorrenza o sulla libera iniziativa privata, ma sulla centralizzazione. Le cricche capitalistiche alla testa di potenti trust, sindacati industriali, consorzi bancari, ecc., guardano alla vita economica da altezze molto simili a quelle dalle quali la guarda lo Stato, e ad ogni passo banno bisogno della sua collaborazione. A loro volta i sindacati operai nelle più importanti branche dell’industria si trovano privati della possibilità di profittare della concorrenza tra diverse imprese. Essi devono affrontare un nemico capitalista centralizzato, intimamente legato allo Stato. Di qui deriva l’esigenza per i sindacati operai nella misura in cui poggiano su una posizione riformistica e cioè su una posizione di adattamento al regime della proprietà privata, di adattarsi allo Stato capitalistico e di lottare per una sua cooperazione. Agli occhi della burocrazia del movimento sindacale il compito principale consiste nel liberare lo Stato dall’abbraccio del capitalismo, nell’indebolire la sua dipendenza dai trust, nello spingerlo dalla loro parte. Questa posizione è in completa armonia con la posizione sociale dell’aristocrazia del lavoro e della burocrazia del lavoro, che lottano per le briciole nella spartizione dei sovrapprofitti del capitalismo imperialistico. I burocrati del lavoro si agitano in parole e in azioni per dimostrare allo Stato democratico quanto essi siano utili e indispensabili in tempo di pace e specialmente in tempo di guerra. Nel trasformare i sindacati in organi dello Stato, il fascismo non inventa nulla di nuovo; esso spinge semplicemente alle sue estreme conseguenze le tendenze implicite nell’imperialismo .”
Più oltre riprende: “Il capitalismo monopolistico è destinato a sempre meno riconciliarsi con l’indipendenza dei sindacati. Esso si aspetta dalla burocrazia riformista e dalla aristocrazia operaia, le quali raccolgono le briciole dei suoi banchetti, che si vadano trasformando nella sua polizia politica davanti agli occhi della classe lavoratrice. Se non si ottiene ciò la burocrazia del lavoro è cacciata via e sostituita con i fascisti. Incidentalmente, tutti gli sforzi dell’aristocrazia del lavoro a servizio dell’imperialismo, non possono alla lunga salvarla dalla distruzione.
L’intensificazione del contrasto delle classi all’interno di ciascun paese, l’intensificazione dell’antagonismo tra un paese e l’altro, producono una situazione per cui il capitalismo imperialistico può tollerare, naturalmente per un certo tempo, una burocrazia riformista solo se questa serve direttamente quale piccola ma attiva azionista delle sue imprese imperialistiche, dei suoi piani e programmi sia all’interno del paese che sull’arena mondiale. Il social-riformismo deve via via trasformarsi in social-imperialismo per prolungare la sua esistenza, ma soltanto per prolungarla e nulla più. Perchè questa è una strada senza uscita .”
‘Torneremo al termine del rapporto sugli aspetti tattici e strategici che Trotsky traccia nel suo articolo. Non abbiamo invece nessuna parola da modificare alla sua analisi che va di pari passo con quanto delineò la Sinistra nell’immediato secondo dopoguerra.
LA TATTICA DEL PARTITO NEL PRIMO VENTENNIO DEL SECONDO DOPOGUERRA
Posto che comunque la tendenza all’abbraccio del sindacato con lo Stato borghese è un processo irreversibile, non per questo la Sinistra, come del resto anche Trotsky, nega la necessità del lavoro dei comunisti all’interno del sindacato, in particolare, per tornare alla situazione reale che prendiamo qui in esame, il secondo dopoguerra italiano, la necessità di lavorare all’interno della CGIL, sorta come lunga mano del CLN e poi successivamente abbandonata da democristiani, socialdemocratici e repubblicani, per ragioni di contrapposizioni dei blocchi imperialistici sulla scena mondiale, che avevano il loro riflesso nelle componenti politiche della Confederazione unitaria a dispetto della sempre conclamata autonomia.
La Sinistra, come punto cardine di ogni azione tattica in campo sindacale, ha sempre posto la necessità di non separare mai i comunisti dalla restante massa dei lavoratori. In altri termini, di fronte alla questione del lavoro nei sindacati esistenti, non è mai stata scissionista per principio. La Sinistra ha, ad esempio, combattuto aspramente la propensione del KAPD tedesco, del primo dopoguerra a separarsi dai sindacati esistenti per dar vita a nuovi piccoli sindacatini “rivoluzionari” controllati dal Partito, di fatto costituiti di soli comunisti o da operai fortemente politicizzati in senso rivoluzionario . Così facendo avrebbe significato isolare i comunisti dal resto dei lavoratori, cioè realizzare l’inverso di quanto i comunisti stessi devono sempre riproporsi.
Per decidere se lavorare o meno in un sindacato non può dunque essere sufficiente individuare le tendenze storiche della forma sindacato e verificare che queste siano attribuibili all’organizzazione in questione. Non basta cioè dedurre la tattica dalla natura politica di questo organismo, ma occorre soprattutto riferirsi all’atteggiamento degli operai verso di esso. Da materialisti non possiamo attribuire ai lavoratori iscritti a un sindacato la coscienza di ciò che esso rappresenta per noi. Se i lavoratori, o comunque la gran parte di essi, quella più combattiva, vede in questo sindacato il suo rappresentante, la sola strada per la sua difesa e per esso e con esso lotta, il nostro posto di battaglia non può che essere in questo sindacato. Era appunto questa la propensione delle masse operaie più combattive in Italia negli anni del dopoguerra e il Partito decise di militare nella CGIL. Lo fece tuttavia non senza porsi il problema del futuro svolgersi della vera lotta di classe libera dall’influenza dell’opportunismo, futuro che non poteva allora che essere visto come molto lontano nel tempo. Secondo quanto espresso, in modo estremamente sintetico e chiaro, in un documento del ’51:
“La situazione sindacale di oggi diverge da quella del 1921 non solo per la mancanza del Partito Comunista forte, ma per la progressiva eliminazione del contenuto dell’azione sindacale col sostituirsi di funzioni burocratiche alla azione di base: assemblee, elezioni, frazioni di partiti nei sindacati e via, di funzionari di mestiere a capi elettivi, ecc. Tale eliminazione, difesa nel suo interesse dalla classe capitalistica, vede sulla stessa linea storica i fattori: corporativismo tipo CLN e sindacalismo tipo Di Vittorio o Pastore. Tale processo non può essere dichiarato irreversibile. Se l’offensiva capitalista è fronteggiata da un Partito Comunista forte, se si strappa il proletariato alla tattica (sindacalista) CLN di fronte a quelli, se lo si strappa all’influenza dell’attuale politica russa, nel momento X o nel paese X possono risorgere i sindacati classisti ex novo o dalla conquista, magari a legnate, degli attuali. Ciò non è storicamente da escludere. Certamente quei sindacati si formerebbero in una situazione di avanzata o di conquista del potere. La differenza tra le due situazioni rendono secondaria quella tra la dirigenza D’Aragona, che non esclude la nostra azione di frazione nella CGL e quella Di Vittorio”
E’ importante sottolineare con rigore quanto si sostiene in questo passo e seguirne attentamente i passaggi che, ad una lettura poco attenta, potrebbero sem- brare contradditori. Si inizia infatti tratteggiando, in merito alla organizzazione sindacale, la differenza sostanziale tra il ’21 e il ’51, che è individuata nella
eliminazione del contenuto dell’azione sindacale col sostituirsi di funzioni burocratiche all’azione di base . Non più capi operai liberamente eletti e revocabili in qualsiasi momento, ma funzionari di mestiere a cui era stato dato dal potere centrale e dai partiti della coalizione CLN di rappresentare ufficialmente gli interessi dei lavoratori. Ma questo processo non può essere dichiarato irreversibile . A invertirne la tendenza, che, come abbiamo visto è irreversibile dal punto di vista del processo della centralizzazione imperialistica, non poteva che essere il ritorno del proletariato alla lotta di classe anticapitalistica e antiopportunista, sotto l’influenza del partito rivoluzionario. Date le premesse per questa inversione di tendenza, non era dunque storicamente da escludere il risorgere dei sindacati classisti. Si noti che per sindacati classisti non si intende un’organizzazione economica necessariamente controllata dal Partito, ma un organismo in cui esiste la piena libertà di azione e di movimento per una frazione organizzata al proprio interno. Il risorgere di essi era dunque legato alla ripresa della lotta di classe e non sarebbe potuto avvenire che in una situazione di avanzata o addirittura di conquista del potere . La dinamica degli avvenimenti e non aprioristiche esercitazioni volontaristiche, avrebbe poi sciolta l’alternativa, il famoso dilemma: se attraverso la conquista magari a legnate di quelli attuali o la rinascita ex-novo .
Posta in questi termini l’alternativa, il Partito non poteva certo assumere un atteggiamento di attendistica cautela, in attesa che gli eventi sciogliessero il nodo, e decise di imboccare la strada della conquista a legnate e di organizzarsi, là dove i suoi debolissimi effettivi operai lo permettevano, in frazione all’interno della CGIL. E’ in questo senso che va intesa l’ultima espressione: La differenza tra le due situazioni (’21 e ’51)) rendono secondaria quella tra la dirigenza D’Aragona, che non escluse la nostra azione di frazione nella CGL, e quella Di Vittorio . Ciò, dicevamo, potrebbe apparire in contraddizione con l’affermazione iniziale sulla netta diversità tra le due organizzazioni sindacali del primo e del secondo dopoguerra. Ma la questione va vista in senso dialettico, nel senso appunto della reversibilità del processo da parte del movimento di classe, processo che il Partito avrebbe dovuto e potuto favorire (si noti l’espressione se lo si strappa… ) tramite l’indirizzo di conquista del sindacato esistente.
Se la tendenza irreversibile del capitalismo è quella di imprigionare il proletariato nei sindacati di regime o in quelli di Stato, la tendenza irreversibile del proletariato è quella della ricostituzione dei suoi organismi di battaglia, dei sindacati di classe. Già nella Piattaforma politica del ’45 il Partito riconobbe che:
“Deve essere combattuto il criterio ormai comune alla politica sia fascista, sia democratica, di attrarre il sindacato operaio tra gli organi statali, sotto le varie forme del suo disciplinamento con impalcature giuridiche. Il Partito aspira alla ricostruzione della Confederazione sindacale unitaria, autonoma dalla direzione di uffici di Stato, agente con i metodi della lotta di classe e dell’azione diretta contro il padronato, dalle singole rivendicazioni locali e di categoria a quelle generali e di classe.”
La Sinistra, nell’immediato dopoguerra, non ha dunque alcun dubbio sulla natura della CGIL cucita sul modello Mussolini, e la tattica adottata di militare nelle sue fila con la prospettiva della lotta ai vertici opportunisti, non poggia certo sulla considerazione che trattasi di un sindacato classista controllato dall’opportunismo. Posta e dedotta marxisticamente dalla storia la natura di questo sindacato, il Partito, ricostituitosi su precise e corrette basi rivoluzionarie, non può eludere l’atteggiamento da tenere nei suoi confronti e, in generale, nei confronti di organizzazioni analoghe.
Nelle tesi caratteristiche del ’51, il Partito supera numerosi tentennamenti e una certa confusione espressa negli anni dell’immediato dopoguerra, al riguardo, dopo avere affermato, come sarà poi ripetuto in tutti i corpi di tesi successivi, che:
“Il partito in fase di ripresa non si rafforzerà in modo autonomo, se non risorgerà una forma di associazionismo economico sindacale delle masse….Il sindacato… è oggetto di interessamento del Partito, il quale non rinuncia volontariamente a lavorarvi dentro, distinguendosi nettamente da tutti gli altri raggruppamenti politici. Il partito riconosce che oggi può fare solo in modo sporadico opera di lavoro sindacale e dal momento che il concreto rapporto numerico dei suoi membri, i simpatizzanti e gli organizzati in un dato corpo sindacale risulti apprezzabile e tale organismo sia tale da non avere esclusa l’ultima possibilità di attività virtuale e statutaria autonoma classista, il Partito esplicherà la penetrazione tenterà la conquista alla direzione di esso” .
Qual’era dunque il compito del piccolo partito del secondo dopoguerra di fronte ai sindacati tricolore e alla loro tendenziale fascistizzazione? Lo svolgimento di questo processo in un senso o nell’altro non è indifferente ai fini della futura ripresa di classe e questa sarà più difficile e faticosa se la borghesia potrà attuare l’integrazione del sindacato nelle istituzioni del regime borghese senza colpo ferire, senza dover ricorrere all’aperta e feroce irregimentazione del proletariato nei sindacati di Stato stile fascista.
Dovevamo quindi opporci con tutte le nostre forze a questo processo pur prevedendo che, in assenza di una forte spinta proletaria, saremmo stati facilmente travolti. Conducemmo sempre questa battaglia in mezzo agli operai in nome della rinascita dei sindacati di classe, contro le dirigenze sindacali opportuniste, denunciando passo passo la loro opera disfattista e antiproletaria. Denunciammo sempre gli indirizzi delle tre centrali sindacali che, nei loro dirigenti, nella loro politica, nella loro struttura interna, agivano sempre di comune accordo contro gli interessi generali del proletariato e in difesa del regime capitalistico; in questo senso fummo sempre molto chiari: nessuno dei tre aveva la parvenza di un sindacato di classe.
Ravvisammo però una differenza tra CISL e UIL da una parte e CGIL dall’altra, Le prime due erano organizzazioni apertamente padronali foraggiate dall’imperialismo americano, dalla Chiesa e da vasti settori della borghesia italiana, sorte con il preciso scopo di dividere la massa dei lavoratori e riconosciute come tali da tutti gli operai combattivi; il “cislino” era generalmente il baciapile, il crumiro, il raccomandato dal prete, il ruffiano del padrone; la UIL organizzava prevalentemente quelli che oggi vengono chiamati i quadri intermedi . Nella CGIL si raccolse invece la parte più combattiva del proletariato italiano, che ancora vedeva in essa il sindacato rosso , una sigla, il simbolo di una tradizione non ancora spenta. Per poter controllare e inquadrare gli operai italiani, gli opportunisti furono infatti costretti a richiamarsi a parole alle gloriose tradizioni delle lotte proletarie passate, ad agitare ogni tanto la bandiera rossa. Noi vedemmo in ciò un elemento positivo: per fregare gli operai italiani bisognava appunto sventolare la bandiera rossa: ovvero gli operai italiani si lasciavano ancora commuovere dalla bandiera del comunismo. La CGIL rappresenterà, per buona parte del proletariato italiano, una insegna, un simbolo. E sotto questa insegna gli operai scatenarono forti scioperi, uscendo talvolta dalle direttive impartite dai vertici opportunisti, scontrandosi con formidabile coraggio con le forze di polizia che si dimostrarono spesso incapaci di contenerne la furia, affrontando i licenziamenti, le bastonature, la galera, lasciando per le strade e sulle piazze decine di caduti.
Fu questo stato d’animo del proletariato italiano e non altro che ci portò a non escludere la possibilità di una riconquista a legnate della CGIL ad una direzione classista. Questa riconquista non poteva essere graduale, ma sarebbe stata resa possibile soltanto al verificarsi di un potente movimento proletario che avrebbe travolto le direzioni opportuniste e spezzato la struttura da queste messa in piedi.
La CGIL rappresentava per gli operai il simbolo di una tradizione che i suoi dirigenti cercavano con ogni mezzo di scrollarsi di dosso per togliere loro anche questo punto di riferimento, questo sottilissimo filo che li ricollegava con un glorioso passato.
Nella nostra azione nella CGIL noi cercammo perciò sempre di difendere e valorizzare questa tradizione, forza materiale di primaria importanza, in lotta aperta e feroce contro le dirigenze, in nome della rinascita del sindacato di classe.
In questo modo non si è trattato, come fu detto banalizzando la questione, di aver ripreso meccanicamente le posizioni tattiche del ’21 in campo sindacale e averle riportate tali e quali nella situazione del secondo dopoguerra. Abbiamo dimostrato che il Partito aveva piena coscienza della differenza delle situazioni, particolarmente a riguardo della differente natura delle organizzazioni sindacali che si trovava a combattere. Non poteva dunque considerare nello stesso spirito di allora l’indicazione della conquista interna della CGIL. Non si sarebbe potuto trattare di una conquista nel senso della semplice sostituzione della corrente, della frazione comunista, alla guida del sindacato attraverso una battaglia espressa attraverso i metodi congressuali, sia pure intesi come espressione formale e statutaria di grandiose battaglie proletarie di classe condotte fisicamente sulle strade e sulle piazze, nello spirito cioè della conquista di un sindacato libero dai condizionamenti dello Stato borghese e del padronato e perciò aperto al libero confronto e scontro interno delle forze politiche che si richiamano alla classe operaia. La conquista, in piena fase avanzata dell’imperialismo, non poteva che essere intesa come la distruzione di tutta l’impalcatura organizzativa di un sindacato ormai legato per mille fili alle istituzioni del nemico di classe, sotto la spinta e nel vivo dell’azione di una classe risorta sulla strada della vera lotta sociale anticapitalistica.
La eventuale futura CGIL rossa non avrebbe potuto che risorgere sulle rovine di quella che i comunisti si trovavano di fronte e che già allora tollerava la presenza interna soltanto perché ridotta a forze insignificanti in termini di influenza sulla classe.
Nell’impostare la sua tattica nei confronti della CGIL, il partito del ’51 si richiamava in un certo senso alla memoria storica del proletariato, allo stesso modo con cui lo stalinismo imperante era costretto a richiamarsi a questa memoria persistente nelle generazioni operaie che avevano vissuto gli anni del fascismo e quelli immediatamente precedenti ad esso, ed organizzava il sindacato tricolore unitario, ricopiando gli schemi organizzativi della vecchia CGL: collettori di reparto, camere del lavoro, ecc., e richiamandosi al carattere classista del sindacalismo, allora molto vivo nelle menti e nei cuori dei proletari che, dopo le sofferenze della guerra, erano costretti a vivere quelle della ricostruzione fatta di miseria, bassi salari e ritmi di lavoro al limite della sopportazione fisica.
Come abbiamo già detto, perno centrale della battaglia del Partito in seno alla CGIL è la rivendicazione del ritorno al sindacalismo di classe, contro la politica rinunciataria dei vertici sindacali asserviti agli interessi del capitale nazionale e internazionale e fu il cavallo di battaglia di tutta l’azione del Partito fin verso l’inizio degli anni ’70, e non si espresse soltanto con dichiarazioni verbali e scritte. In ogni spiraglio che, in campo sindacale, si prestava alla possibilità di intervento attivo, i militanti comunisti non tralasciarono mai di intervenire portando la voce del Partito, partecipando alle lotte operaie e ai tentativi di organizzazione degli operai più combattivi. La nostra azione poggiava costantemente su una tattica legata ai principi generali del partito e calata di volta in volta nelle singole situazioni: nessuna azione di sabotaggio o boicottaggio delle lotte sindacali e degli scioperi organizzati e controllati dai sindacati, partecipazione ad essi con la costante opera di denuncia attiva della politica antioperaia delle centrali sindacali, indicazione ai proletari degli obiettivi generali di classe per cui lottare, per tendere all’affasciamento di tutte le categorie operaie, indicazione dei metodi classisti di lotta, primo fra tutti lo sciopero generale senza limiti di tempo e senza preavviso, raccordo costante di queste indicazioni immediate di obiettivi e di lotta con il fine politico ultimo dell’azione del Partito,
Una sintesi organica molto significativa delle posizioni del Partito in tutto questo periodo, che rivendichiamo pienamente in tutte le manifestazioni teoriche e pratiche in cui si espresse, la si ritrova nelle “Tesi sul bilancio fallimentare della politica controrivoluzionaria delle centrali sindacali e la linea programmatica e tattica del Partito Comunista Internazionale” stilate per essere presentate all’VIII congresso della CGIL e apparse sul n. 25 febbraio 1965 di “Spartaco”, allora pagina sindacale del nostro quindicinale “Programma Comunista” , di cui riportiamo la parte conclusiva dal titolo “Per una direzione rivoluzionaria del sindacato” :
“ ….Il dissesto economico ha messo in luce l’incapacità dei capi sindacali a proporre al proletariato soluzioni efficienti in difesa del salario e del posto di lavoro: come ha dimostrato chiaramente l’assoluta impossibilità in regime capitalistico di evitare disastri economici, di ottenere un’armonica evoluzione dell’economia. Nuove e più profonde crisi porranno sul tappeto l’ineluttabile scontro diretto proletariato e Stato capitalista per mettere fine a questa corsa folle verso la distruzione di uomini, mezzi e energie. I comunisti rivoluzionari, sulla scorta della secolare esperienza delle lotte proletarie, constatano che gli attuali capi infedeli dei sindacati non se ne andranno dai toro posti di dirigenza se non dopo essere stati scacciati dagli operai dopo una non breve lotta tendente ad eliminare dalle proprie file i traditori e i venduti alla borghesia. Questa lotta, forma evoluta della lotta di classe, si effettuerà nella misura in cui i proletari decideranno di passare da una supina acquiescenza alle influenze opportuniste, alla ferma determinazione di difendere con ogni mezzo la loro esistenza, i loro salari, il posto di lavoro, rifiutandosi di difendere interessi nazionali, patriottici, repubblicani, costituzionali, dietro cui si nascondono i privilegi capitalistici; rifiutandosi di subordinare le loro lotte economiche alla demagogica lotta per le riforme di struttura”….
“Questa lotta sarà possibile nella misura in cui il proletariato farà suo il programma rivoluzionario comunista; sarà vittoriosa a condizione che si faccia dirigere dal suo partito di classe, il Partito Comunista Internazionale. Per questo i comunisti rivoluzionari non si propongono la creazione di nuovi sindacati, finché sarà possibile svolgere opera rivoluzionaria in quelli attualmente esistenti, finché la CGIL non rinuncerà anche formalmente agli attributi di classe ai quali si richiama, e non vieterà la costituzione di correnti net suo seno. Essi però, auspicano la creazione di gruppi comunisti rivoluzionari, attraverso i quali si diffonda il programma rivoluzionario del partito di classe e si proceda alla conquista dei posti direttivi nei sindacati…
L’affermarsi in seno ai sindacati del programma comunista rivoluzionario garantirà lo svolgimento rivoluzionario della lotta delle masse, premessa essenziale perché i Sindacati non siano catturati dallo Stato capitalista e possano costituire l’organizzazione unitaria del proletariato in difesa dei suoi interessi economici e in vista dell’assalto al potere…..
Man mano che si acutizzano gli urti tra le masse diseredate da una parte e le classi privilegiate e il loro Stato dall’altra, si rende sempre più impossibile la continuazione di una politica cosiddetta neutrale, equidistante dai partiti e dallo Stato, quale vantano di perseguire i bonzi della CGIL. In realtà nel dichiararsi fedeli custodi del metodo democratico, essi si pongono obiettivamente al servizio del regime capitalistico e legano le sorti e le condizioni del proletariato a quelle dello Stato capitalista. Giusto l’insegnamento di Lenin e della Sinistra i sindacati non possono perseguire una politica indipendente dai partiti; o sono sotto l’influenza di partiti opportunisti, cioè di agenti del capitalismo, o sono guidati dal partito rivoluzionario….
L’opera dei comunisti rivoluzionari in seno alle organizzazioni di massa del proletariato è quindi essenziale, perché serve a smascherare la politica controrivoluzionaria dei dirigenti, sollecita i proletari ad esigere maggiore risolutezza nel condurre le lotte e nel fissare gli obiettivi contingenti, e a vigilare perché non si verifichino collusioni fra capi sindacali e direzioni aziendali. Con la costituzione delle Sezioni Sindacali di Azienda, le Centrali mirano a isolare sempre più nei luoghi di lavoro i proletari e a restringere la possibilità di un’azione generale delle masse.
Il primo compito dei comunisti è proprio quello di lottare contro il corporativismo generato dall’aziendalismo e di dare a tutto il proletariato una visione generale dei problemi economici e politici, di imprimere alle lotte una visione di classe che scavalchi non solo i limiti ristretti dell’azienda, ma anche quelli della categoria e del settore, della regione e della nazione, riaffermando essere la lotta del proletariato lotta internazionale contro un regime, quello capitalista, che estende il suo dominio sul mondo intero.
I comunisti rivoluzionari chiamano it proletariato a far cessare la pratica ignobile di scioperi cronometrati, preavvertiti alle direzioni aziendali, alle prefetture e alle questure di polizia, scioperi che non incutono alcun timore alla borghesia e quando, per spontanea iniziativa degli operai, assumono una imprevista consistenza di classe, servono di richiamo e di sfogo all’odio delle classi padronali, concretizzantesi in vessazioni, arresti e condanne di proletari. Lo sciopero come è usato oggi dalle centrali controrivoluzionarie, è un’arma spuntata e controproducente. Solo lo sciopero improvviso e il più esteso possibile colpisce veramente gli interessi economici del capitalismo, impedendogli altresì di approntare efficacemente mezzi di difesa e di contrattacco immediato.
I comunisti rivoluzionari non pretendono di possedere una formula magica per cui garantiscano, una volta alla direzione dei Sindacati, il pieno e continuo successo delle lotte rivendicative. Essi, per la coscienza che loro deriva dall’essere militanti del partito di classe, sanno bene che qualunque conquista in regime capitalistico è caduca ed effimera e che la presa di coscienza da parte delle masse dell’ineluttabilità della vittoria del comunismo sul capitalismo costituisce la premessa indispensabile e necessaria anche alle lotte rivendicative immediate. Perciò essi proporranno sempre obiettivi immediati che contengano in sé elementi che uniscano e non dividano le molteplici categorie in cui il capitalismo ha separato i lavoratori per meglio dominarne le forze e gli interessi; elementi che generalizzino le lotte operaie per elevarle alla superiore forma politica di combattimenti di classe; obiettivi il cui raggiungimento, o anche la sola lotta conseguente per raggiungerli, menomi gli interessi capitalistici e obblighi lo Stato capitalista a gettare l’infame maschera della “nazione” o del “popolo”, ovverosia democratica, e a presentarsi nella sua vera effige di strumento della dittatura del capitale. Obiettivi caratteristici di questo metodo comunista rivoluzionario sono la rivendicazione della riduzione della giornata lavorativa a parità di salario, dell’aumento indifferenziato e sostanziale dei salari, del riconoscimento del salario anche agli operai che vengono espulsi dalla produzione e posti in stato di disoccupazione, invece dell’elemosina in grami sussidi ed oboli di miseria, e della cessazione dei cottimi e dei premi di produzione, degli incentivi e delle prestazioni straordinarie, da sostituirsi invece con un generale aumento dei salari.
Il mito del contratto collettivo nazionale di lavoro come di qualsiasi tipo di contratto, trasferisce l’importanza della lotta dal suo terreno sociale e di classe a quello giuridico e formale. Sulla base di questa pratica leguleia, le Centrali sindacali insinuano nelle classi salariate la convinzione che tutto si risolva con il raggiungimento del contratto; quando le direzioni aziendali si irrigidiscono, incanalano le controversie nei meandri dei ministeri per farle oggetto di aggiustamenti formali o di compromessi equivoci, al solo fine di distogliere l’attenzione dei lavoratori dall’importanza politica e di classe delle lotte rivendicative, e così scaricare la collera operaia nell’attesa della soluzione giuridica della controversia. I contratti di lavoro si firmano con la lotta e sulle piazze e non rappresentano alcuna garanzia per i proletari se non sono difesi da battaglie e lotte quotidiane che impegnino costantemente le classi borghesi.
Al fine di amalgamare le forze proletarie, di unificarne gli sforzi e le lotte, i comunisti rivoluzionari propugnano il ritorno alla tradizionale funzione delle Camere del Lavoro nelle quali confluiscono tutti i proletari al di sopra delle categorie e dei settori, degli uffici e delle aziende, per quel reciproco contatto fisico e naturale che infonde fiducia nelle proprie forze, rompe l’isolamento a cui i proletari sono costretti sui luoghi di lavoro, risveglia nei proletari la coscienza di essere una classe e non degli aggregati o delle appendici produttive della società capitalistica. Rivendicano quindi assemblee e incontri frequenti tra proletari di quartiere e di rione, e non, come quasi esclusivamente avviene, riunioni di un ristretto numero di dirigenti impegnati, nel chiuso dei propri uffici, innanzitutto a difendere le loro burocratiche posizioni direttive, pagate con le non lievi quote dei salariati.
Nella lotta che non mancherà il proletariato è impegnato su un duplice fronte: contro le classi privilegiate e il loro Stato centrale e contro i partiti e i capi sindacali opportunisti. In questa lotta sono chiamati tutti i lavoratori e il Partito Comunista Internazionale fa affidamento sulla parte del proletariato peggio retribuita e più sfruttata, per suscitare i necessari fermenti alla lotta rivoluzionaria di classe.
Il proletariato deve, dentro e fuori i sindacati, proporsi al contrario di quanto sottolinea il programma della CGIL la distruzione dell’attuale sistema sociale, se non vuole perpetuare le sue condizioni di schiavo moderno, periodicamente obbligato a versare il proprio sangue, dopo di aver versato per tutta la vita il proprio sudore, sull’altare della difesa della patria e dell’economia nazionale.”
Come si vede, l’attività del Partito in seno alla CGIL era protesa, nonostante l’infima esiguità delle nostre forze, all’esaltazione della funzione del Partito, dei comunisti nel sindacato, di fronte al proletariato. Il Partito, pure in periodi così merdosi, non ha mai sottaciuto le sue massime finalità sul piano dell’azione pratica; le ha anzi esaltate e poste costantemente al centro della sua propaganda e agitazione.
LE BATTAGLIE PIÙ SIGNIFICATIVE DEL PARTITO
La nostra incessante opera di denuncia dell’opportunismo sindacale, fu sempre accompagnata dalla costante partecipazione alle lotte operaie e, ovunque si presentasse la minima occasione, dal tentativo di organizzare forze su un piano di classe in aperta opposizione alle centrali sindacali.
In un nostro volantino del 1959 scrivevamo:
“I comunisti internazionali militano nel sindacato come semplici iscritti, non perché attribuiscono un valore qualsiasi alla sua azione presente, ma perché hanno il dovere di far sentire la voce del partito di classe e della tradizione rivoluzionaria alla massa organizzata e perché sono certi che, in fase di ripresa proletaria, le sovrastrutture imposte dall’opportunismo alle organizzazioni economiche salteranno in aria e gli operai calpesteranno sotto i loro piedi le bardature protettive della collaborazione di classe .
‘Nel novembe 1961 uscì il Tramviere Rosso bollettino dei tramvieri comunisti internazionali aderenti alla CGIL nel cui primo numero si leggeva:
“Noi comunisti internazionali, continuatori del glorioso partito di Livorno, delle tradizioni di combattimento del sindacato, delle organizzazioni proletarie in tutta la classe, non abbiamo cessato un istante di contestare agli attuali dirigenti sindacali (emanazione dei partiti opportunisti) la loro rovinosa opera di distruzione del sindacato di classe”
Il Tramviere rosso era lo strumento di agitazione e di propaganda del nostro piccolissimo gruppo di lavoratori tramvieri e riportava corrispondenze su problemi specifici della categoria, resoconti di assemblee e di scioperi esaltando sempre la combattività dei lavoratori e mettendo in evidenza i tradimenti dei bonzi, ma anche articoli di carattere generale su tutte le questioni di interesse per gli operai. La sua pubblicazione durò fino al 1963.
Nel maggio 1962, essendosi allargata l’attività sindacale del partito in concomitanza di grandi scioperi operai, usciva Spartaco , bollettino centrale di impo- stazione programmatica e di battaglia dei comunisti internazionali aderenti alla CGIL :
“Ci battiamo perché il sindacato operaio tradizionale, la CGIL rinasca come sindacato di classe; un sindacato che affermi e difenda esclusivamente e senza quartiere gli interessi di vita e di lavoro dei proletari, e non accetti mai di subordinarli alle cosiddette superiori esigenze dell’azienda, dell’economia nazionale, della patria, meno che mai alla difesa di istituti borghesi . (numero 1).
‘Non tralasciammo mai alla minima occasione di organizzare gruppi di operai che sentivano la necessità di muoversi su posizioni classiste. I bonzi procedevano sistematicamente a smantellare nella CGIL ogni richiamo alla tradizione rossa, noi fummo sempre i più strenui difensori di questa tradizione. Nel febbraio 1962 i nostri compagni fondarono addirittura una Camera del Lavoro a Palmanova del Friuli, riuscendo a tenerne la direzione per qualche mese.
Nel 1961 cominciò a essere introdotto il sistema di delegare agli uffici statali e padronali la riscossione delle quote di iscrizione al sindacato . Noi iniziammo subito una campagna contro questo metodo e ci rifiutammo di accettarlo difendendo l’iscrizione diretta.
In questo fummo al fianco degli operai che istintivamente si ribellavano contro questa direttiva che tendeva a porre l’organizzazione sindacale nelle mani dei padroni e dello Stato:
“Questo sistema di raccolta merita una critica a sé, sia per il suo effetto sui lavoratori, sia per il riconoscimento che in tal modo la classe padronale apertamente dà non solo di non aver più alcun timore dei sindacati, ma di considerarli come organi di conciliazione permanente entro ai quali la classe operaia deve essere convogliata per poterla meglio controllare. Le direzioni si incaricheranno dunque d’interpellare i lavoratori circa il sindacato a cui preferiscono iscriversi, al fine di procedere alle trattenute mensili E’ inutile osservare quale arma di ricatto sia stata così offerta loro; ciò che è ben più grave è il controllo che i capitalisti potranno esercitare su buona parte della organizzazione e che non mancherà presto o tardi di dare i suoi frutti .” (Programma Comunista n. 12, giugno 1961).
Un altro passo verso lo smantellamento di tutto ciò che nella CGIL poteva essere utilizzato per una seria lotta operaia fu la costituzione delle sezioni sindacali di azienda. Questa iniziativa mirava a prevedere ogni possibile generalizzazione delle lotte e tendeva a rinchiudere gli operai nelle singole aziende evitando i collegamenti; essa fu accompagnata da una campagna tesa a dimostrare come ciascun gruppo di operai avesse la sua controparte nella propria azienda, grande o piccola che fosse e che quindi l’azienda era la sede naturale del sindacato dovendo procedere a tante singole contrattazioni o piccole vertenze con le varie direzioni. Così, mentre il fronte padronale era unito al disopra dei limiti aziendali, si voleva spezzare il fronte proletario, rinchiudendolo nell’azienda. Noi sostenevamo invece che la sede naturale del sindacato era fuori della galera aziendale, cioè fuori dai controlli o dai ricatti del padrone:
‘Secondo questa ‘nuova’ strategia sindacale che ha la presunzione di apparire come una nuova politica sindacale, di fronte a un sistema sociale, quello capitalistico, il proletariato dovrebbe muoversi non come classe e procedere non come un’armata i cui reparti vengono impiegati a seconda delle esigenze strategiche in vista dell’assalto finale al campo nemico, ma come ‘autonomi’ reparti aziendali, ciascuno dei quali, per proprio conto e indipendentemente dall’altro, effettua scaramucce all’interno dell’azienda (…). Il sindacato di classe deve avere i suoi organi di comando fuori dalla fabbrica, fuori dalla cellula economica del capitalismo . (Spartaco, Dicembre 1963).
Nel 1965 si cominciò la campagna per la riunificazione tra CGIL-CISL-UIL.
Questa unificazione, che incontrò inizialmente la resistenza degli operai più combattivi, avrebbe definitivamente cancellato le ultime caratteristiche formali e simboliche classiste della CGIL e avrebbe segnato il suo definitivo trapasso in sindacato di regime.
Scrivemmo allora sul nostro Spartaco (n. 25):
‘La decantata unità sindacale perseguita dai capi CGIL con le centrali bianche e gialle CISL e UIL espressione di aperti interessi padronali, non effettuandosi né potendosi effettuare sulla base di un programma di interessi generali comuni a tutti i proletari, mira piuttosto all’obbiettivo della creazione di un’unica organizzazione sindacale controrivoluzionaria che imprigioni tutti i salariati; allo stesso modo che ieri l’unica organizzazione sindacale, la CGIL fu spezzata dalla costituzione della CISL e dell’UIL, nell’intento di fiaccare il più rapidamente possibile le resistenze naturali degli operai, dividendo il fronte proletario. Il ritorno all’unità proletaria o significa come ora l’abbandono completo da parte della CGIL di ogni parvenza di classe, ovvero come noi auspichiamo sarà il prodotto della crescente mobilitazione di classe dei salariati, decisi a ritrovare un’unica organizzazione compatta ed invincibile, il cui presupposto è la sostituzione dei capi traditori con dirigenti fedeli agli interessi operai.
In tal modo si farà forse il ‘sindacato unitario’, brutta copia di quello corporativo fascista; ma nel contempo si uccide la CGIL. I comunisti non piangeranno per questo lacrime cocenti, ma se il disegno infame dell’opportunismo dovesse avverarsi, un altro e solido baluardo verrebbe eretto a difesa del capitalismo e più difficile sarebbe la ripresa della lotta degli operai” . (Spartaco n. 19, 1966)
Nel luglio 1968 iniziammo la stampa de Il Sindacato Rosso organo mensile dell’Ufficio Sindacale Centrale del Partito Comunista Internazionale .
Era la stessa testata dell’organo sindacale del partito nel 1921.
Il Sindacato rosso portava questa manchette:
“Per il sindacato di classe! Per l’unità proletaria contro l’unificazione corporativa con CISL e UIL! Per unificare e generalizzare le rivendicazioni e le lotte operaie, contro il riformismo e l’articolazione! Per l’emancipazione dei lavoratori dal capitalismo! Sorgano gli organi del partito, i gruppi comunisti di fabbrica e sindacali, per la guida rivoluzionaria delle masse operaie .”
Il Sindacato rosso era l’organo di agitazione e propaganda dei nostri gruppi operai e costituiva all’interno e all’esterno del sindacato, l’unica voce che si levava contro il tradimento degli interessi operai.
Nel 1969 i bonzi portarono a conclusione la campagna per le deleghe facendo inserire nei contratti la clausola che impegnava le direzioni aziendali ad amministrare la riscossione dei contibuti sindacali. Questo atto, che fu naturalmente presentato come una vittoria, sanciva definitivamente la delega come unica forma di adesione al sindacato.
Noi organizzammo allora in tutti i posti di lavoro in cui eravamo presenti una violenta campagna rivendicando il rifiuto della delega e il ritorno all’iscrizione diretta tramite i ‘collettori di fabbrica’, preposti alla riscossione delle quote, rifiutando e invitando gli operai a rifiutare la delega. Riuscimmo anche in qualche caso ad organizzare gruppi antidelega. In generale il nuovo metodo passò, incontrando solo la nostra strenua resistenza e quella spontanea di pochi gruppi operai. I bonzi presentavano la cosa come una soluzione per agevolare il pagamento delle quote; in realtà si trattava di un passo gravissimo verso l’inserimento dell’organo sindacale nell’ingranaggio statale e padronale: era un atto politico in direzione del sindacalismo fascista. La delega servì anche per espellere dalla CGIL i rivoluzionari e gli operai più coscienti poiché i bonzi rifiutarono il rinnovo della tessera a chi non accettava di firmare la delega. Di fronte all’espulsione dei nostri compagni non rinunciammo alla lotta ma ribadimmo sempre con gli atti più che con le parole che con la tessera o senza avremmo continuato la nostra battaglia contro i traditori dentro o fuori dal sindacato, nelle assemblee, dovunque se ne presentasse l’occasione:
“Rifiutare le deleghe non vuol dire uscire dal sindacato. Al contrario vuol dire opporsi alla definitiva degenerazione della CGIL (…). No alle deleghe si al sindacato di classe (Sindacato Rosso n. 18, 1969).
“I nostri compagni sono nella CGIL e ci restano: parteciperanno alle assemblee (le pochissime che i bonzi sentono il coraggio di organizzare), interverranno nelle lotte e manifestazioni comuni, non taceranno mai il loro programma, e non solo non inviteranno gli operai a disertare l’organizzazio- ne, ma li solleciteranno a rimanerci per proseguire la dura battaglia desti- nata a ricondurre il sindacato alle funzioni di cui un branco di venduti lo priva (Programma Comunista, febbraio 1969, n. 3).
E’ al tempo stesso il periodo delle lunghe lotte contrattuali che segnarono l’apice del movimento sindacale italiano del secondo dopoguerra. In questo periodo in diverse grandi fabbriche, alla Pirelli, alla FIAT, ecc., sorgono i primi Comitati Unitari di Base, organizzazioni operaie spontanee che tentano in alcuni casi di scavalcare i sindacati e in alcune occasioni di sostituirsi ad essi, sopperendo alle deficienze organizzative delle burocrazie sindacali e promuovendo azioni e rivendicazioni in antitesi alla linea sindacale ufficiale. Ma le centrali sindacali ebbero allora buon gioco di cavalcare la tigre e seppero guidare e controllare il movimento e indirizzarlo sui loro obiettivi, approfittando ancora del periodo di boom economico che permetteva alla borghesia di concedere, naturalmente non senza dure lotte, le briciole di lauti profitti in continua crescita. Le burocrazie sindacali riuscirono così ad impadronirsi con una certa facilità di queste spinte organizzative di base e a istituzionalizzare i CUB, trasformandoli nei Consigli di Fabbrica, non senza l’aiuto esplicito del padronato disposto a riconoscere come rappresentanti operai soltanto i delegati accettati e riconosciuti anche dai sindacati, e importandoli dall’esterno anche in quelle aziende in cui non erano sorti spontaneamente. I CdF divennero così la loro base di organizzazione in tutte le fabbriche e i luoghi di lavoro.
E’ in quegli anni, e soprattutto in quelli immediatamente successivi, che si va lentamente delineando un processo di progressivo avvicinamento dei sindacati alle istituzioni statali e alla politica economica della borghesia e dei suoi partiti, o meglio è in quegli anni che questa tendenza implicita nei sindacati dell’epoca imperialistica e che già si era inequivocabilmente manifestata nel sindacalismo “di tipo nuovo” immediatamente post-fascista, subisce una sensibile accelerazione. Non era dunque una svolta , un tradimento rispetto al passato come fu invece presentata da alcune tendenze gruppettare spuntate come funghi in quel periodo, ma costituiva una accentuazione della naturale propensione dei sindacati nazional-democratici a divenire strumenti del miglior funzionamento della società capitalistica. Questo colpo di acceleratore non avviene a caso, ma coincide con l’inizio del ciclo di crisi internazionale del capitalismo che si sta tuttora approfondendo e che, ricordiamo, ebbe la sua prima manifestazione fenomenica nell’agosto ’71 con la non convertibilità del dollaro in oro imposta dagli USA.
Questa accentuazione è parallelamente resa possibile dall’effetto deleterio congiunto sulla classe operaia della politica collaborazionista dell’opportunismo e del reale aumento del tenore di vita di larghi strati operai allevati all’ombra dell’impressionante sviluppo della produzione industriale del periodo immediatamente precedente, a sua volta reso possibile dallo sfruttamento intensivo della forza lavoro nazionale nel ventennio post-bellico ’45-’65, e dalla rapinesca spoliazione di ogni genere di risorse umane e materiali dei paesi del mondo sottosviluppato da parte dell’imperialismo mondiale in genere, con la complicità delle borghesie nazionali di questi stessi paesi.
Si accentua cioè quel processo già ben individuato nel nostro scritto del ’51 Partito rivoluzionario e azione economica :
“Laddove la produzione industriale fiorisce, per gli operai occupati tutta la gamma delle misure riformistiche di assistenza e previdenza per il salariato crea un nuovo tipo di riserva economica che rappresenta una piccola garanzia patrimoniale da perdere, in certo senso analoga a quella dell’artigiano e del piccolo contadino; il salariato ha dunque qualcosa da rischiare, e questo (fenomeno d’altra parte già visto da Marx, Engels e Lenin per le cosiddette aristocrazie operaie) lo rende esitante e anche opportunista al momento della lotta sindacale e peggio dello sciopero e della rivolta”.
Negli anni successivi al ’51 questo fenomeno si accentua sensibilmente: strati proletari sempre più vasti sono interessati da questa acquisizione di un piccolo patrimonio di garanzie e prebende presentate come conquiste definitivamente acquisite e che creano l’illusione ai proletari di essere finalmente acceduti ad un tenore di vita e una sicurezza sociale irreversibili e in continua crescita. Saranno gli anni recenti dell’aggravarsi tangibile della crisi economica a sfatare le illusioni e a porre nuovamente i proletari di fronte alla cruda e dura realtà della società capitalistica: diminuzione del potere d’acquisto dei salari, perdita. del posto di lavoro. insicurezza sull’avvenire, miseria.
E’ l’accentuarsi di questo fenomeno che ha fatto gridare a non pochi sinistri sparafucile di quel periodo che la classe operaia dei paesi industrializzati era ormai definitivamente integrata nella società capitalistica e che altre classi , altri soggetti sociali erano chiamati a sostituirla nella sua vecchia e superata fun- zione rivoluzionaria, e che, parallelamente, tra i teorici ed economisti borghesi, generò la teoria del neo-capitalismo ormai in grado di controllare le sue crisi interne, e dunque di essere infine indenne da crisi e suscettibile di essere gradatamente riformato nel senso di un progressivo adattamento delle sue istituzioni alle esigenze economiche e sociali delle masse lavoratrici e del popolo in generale.
L’eccezionale impulso produttivo mondiale di quel periodo fu tale da abbacinare chiunque non fosse in grado di applicare alla realtà sociale ed economica del presente l’analisi correttamente marxista, e dunque tutti tranne il Partito. Significativamente appunto tutti, conservatori, riformisti, progressisti, rivoluzio- nari, attinsero alle stesse teorie che ponevano il classico contrasto proletariato- borghesia ormai fuori dal tempo e dalla storia. E oggi che, come sempre, la dura realtà dei fatti torna a rendere più trasparente che nulla è mutato nei tradizionali contrasti di classe della società capitalistica. E’ a queste teorie, con relativi aggiornamenti, che in fondo continuano ad attingere i sinistri odierni, quando credono di scorgere l’essenza dei nuovi conflitti sociali nel contrasto tra il proletariato garantito e quello marginale , guazzabuglio quest’ultimo di disoccupati, sottocccupati, sottoproletariato urbano, piccola borghesia arrabbiata, delinquenza comune in generale, tutti concepiti come possibili soggetti rivoluzionari in quanto protesi alla soddisfazione immediata di bisogni individuali sempre più negata dalla crisi capitalistica in atto.
E’ nel vivo del delinearsi di questa eccezionale espansione produttiva del capitalismo che, nella seconda metà degli anni ’60, e in generale dopo il superamento della crisi congiunturale del ’64-’65, un esercito di giovani proletari entra nelle fabbriche e si assiste a un pressochè generale ricambio di generazione nella classe operaia italiana, ricambio che si riversa lentamente e in particolare durante e immediatamente dopo il ’68-’69, nelle strutture del sindacato. Tutto questo produce un ricambio organico di quadri sindacali, soprattutto nei livelli intermedi delle strutture di fabbrica, gestito con magistrale abilità dai sindacati che riesce a sfruttare la spinta del ’68-’69 e a rinnovare molti quadri di base. La generazione dell’immediato dopoguerra, quella che aveva subito l’influenza della tradizione di classe che si erano distinti per la loro combattività nelle lotte degli anni ’50, lascia gradatamente, e, in certe situazioni locali, anche bruscamente, il passo a nuovi elementi, spuri da questa tradizione e dunque meglio predisposti ad imbeversi dell’ideologia sempre più democratoide e riformista propugnata dai vertici dei tre sindacati che ormai parlavano una lingua comune su tutte le questioni.
La politica che cominciò a permeare sensibilmente tutta la struttura organizzativa di base del sindacato è quella delle “riforme di struttura” della “partecipazione alle scelte economiche del governo e delle aziende” , della contrattazione aziendale dell’organizzazione del lavoro in cui il sindacato si fa apertamente portatore delle esigenze produttive aziendali e si dimostra disponibile alla gestione settoriale della forza-lavoro secondo queste necessità (ricordiamo in proposito la questione del superamento del cottimo individuale con quello collettivo, più consono al lavoro a catena di montaggio, presentata dai bonzi come un passo avanti sulla strada dell’emancipazione, e che in realtà rispondeva a precise esigenze produttive di molte aziende, che riuscivano così a rendere l’organizzazione del lavoro più flessibile alle mutate esigenze di mercato). In breve la trinità sindacale tenta di unificarsi, superando i contrasti interni tra le varie parrocchie politiche, aderendo con più forza e coerenza al suo ruolo di lubrificante sociale degli ingranaggi economici e istituzionali della società capitalistica. Tutta questa tematica veniva allora presentata come la necessità di “uscire dalla fabbrica”, di “portare il potere del sindacato nella società” per “sviluppare la democrazia” , “contare di più nelle scelte di politica economica dei governi” e `così via. Dietro queste fumose espressioni si concretava quella impostazione ad alto grado di collaborazionismo protesa verso la totale subordinazione degli interessi operai alle esigenze dell’economia nazionale che ha assunto oggi, in piena crisi economica, aspetti così palesemente antioperai; politica che, ripetiamo, non è che la naturale continuazione del sindacalismo corporativo cucito sul modello Mussolini in stile democratico, ma che si sviluppa in un periodo che vede esaurita la fase di continua crescita dei profitti capitalistici e aprirsi un’era di persistenti cadute produttive che, tra inevitabili alti e bassi, segna la costante e progressiva restrizione dei saggi di profitto aziendali e dunque anche delle risorse statali disponibili per i servizi sociali, e che dunque impone alla borghesia di tutto il mondo di comprimere le condizioni di vita dei lavoratori e soprattutto al sindacato tricolore di assumersi fino in fondo il proprio ruolo di puntellatore del regime capitalistico. Ad assumersi fisicamente questo compito sono chiamati elementi provenienti da quelle schiere che hanno potuto godere delle briciole del periodo del boom produttivo dello sviluppo capitalistico del secondo dopoguerra e che dunque incarnavano con una certa convinzione e una naturale predisposizione oggettiva il ruolo partecipazionista del sindacato ai grandi problemi sociali ed economici del paese, nel tentativo disperato di uscire dalla crisi , ruolo a cui il sindacato in quegli anni spingeva nello sforzo di inserirsi in tutti i gangli politici ed economici della società.
Questa tendenza è presente in numerosi dibattiti di quel periodo; valgono per tutti alcuni passi citati da una conferenza di Lucio De Carlini, segretario responsabile del Comitato regionale lombardo della CGIL:
“Se vi è contraddizione tra la forza e il potere contrattuale del sindacato e la situazione complessiva del Paese, per colmare questa contraddizione il sindacato deve compiere scelte di interesse generale, cioè muovere la classe nell’interesse generale della democrazia, dello sviluppo del nostro Paese.” E, più oltre: Va male l’economia; colpa evidentemente dell’economia capitalistica e fin qui siamo tutti d’accordo, delle strutture evidentemente, del saccheggio delle risorse da parte del capitalismo e dei suoi alleati d’ accordissimo tutti. Ma quando non si comprende che questo saccheggio non riguarda soltanto il capitalista, l’avversario di classe o i partiti, ma riguarda noi, la nostra condizione, allora questa mancata comprensione è una contraddizione che dobbiamo risolvere politicamente. Noi non possiamo avanzare sul terreno unitario quando c’è indifferenza produttiva, e questa, voglio dirlo brutalmente, non è mai stata la caratteristica in tutti questi decenni della classe operaia. La classe operaia non è indifferente a che l’economia vada male o bene, o se lo sviluppo dell’economia della società italiana è equilibrato o squilibrato. Non è indifferente perché non ha, non abbiamo, una concezione subordinata. Non abbiamo una concezione secondo la quale affermiamo che a noi interessa o non interessa l’economia o lo sviluppo sociale del nostro paese nella misura in cui possiamo ritagliare da subordinati qualche lira, qualche parte di questa economia. Non abbiamo una concezione del sindacato tradunionista, di pura redistribuzione del reddito e quindi gli altri si occupino di dirigere l’economia, di come produrre il reddito che io mi occupo soltanto di ritagliare quella fetta che mi spetta ed anche di allargare la redistribuzione per i lavoratori. Noi abbiamo invece una concezione di trasformazione, perché non possiamo avanzare ulteriormente sul terreno più tipicamente, propriamente contrattuale, se non trasformiamo l’economia della società italiana su una linea che lega appunto le rivendicazioni alle riforme, che lega la battaglia rivendicativa contrattuale alla battaglia trasformatrice sul terreno politico, economico, sociale.
Se abbiamo recuperato nel nostro paese sul terreno dell’unità, (…) noi dobbiamo dire grazie al fatto che di questa contraddizione, senza allarmismi, ma comunque con consapevolezza di classe profonda, si sono impadroniti i lavoratori, banno compreso che non ci si poteva e non ci si può muovere nel futuro se non colmando la contraddizione che esiste tra forza e potere contrattuale da una parte e crisi del Paese e della società italiana dall’altra .
Bando dunque al sindacalismo vecchia maniera , attestato su posizioni che non ci si vergognerà poi di definire corporative , cioè di semplice rivendicazione di miglioramenti salariali, normativi e contrattuali, via verso la negazione di tutto questo, verso il risanamento dell’economia e della società italiana, problema principale della classe operaia.
Tutta questa impostazione, viene progressivamente fatta propria, senza riserve, da uno stuolo di funzionari approdati al sindacato spogli ormai di ogni serio istinto di classe, giovani bonzi e bonzetti che avevano abbandonato ormai ogni riferimento al vero scontro di classe e che hanno assimilato fino al midollo le teorie della con- trattazione democratica, dei confronti con padroni e governi sui problemi delle azien- de e del paese, dell’efficientismo produttivistico savrapposto ad ogni altro interesse.
L’organizzazione sindacale si avvia a diventare un apparato altamente burocratizzato, liberandosi di ogni residuo classista. Quel po’ di vita sindacale, di rapporto diretto tra funzionari e iscritti ancora esistente e che aveva permesso o poteva permettere un certo lavoro interno ai militanti comunisti, si spegne definitivamente. La CGIL, così come la CISL e la UIL, diventa progressivamente un’organizzazione refrattaria ad ogni stimolo di classe, se non per castrarlo sul nascere e si inizia un lento ma inesorabile distacco, sempre più evidente con il passare degli anni, tra struttura territoriale del sindacato e iscritti e gli operai che negli anni precedenti avevano in generale seguito le direttive sindacali con una certa convinzione.
Maturano, negli anni immediatamente seguenti alle lotte del ’68-’69, e sulla base di elementi anche preesistenti ad essi, le condizioni e la situazione generale, che permetteranno al Partito, di fronte ai segnali più tangibili che si manifesteranno negli anni successivi, di sciogliere come prospettiva storica del futuro movimento di classe l’alternativa tra conquista magari a legnate dei sindacati odierni e rinascita ex-novo.
Non vogliamo con questo asserire che già in quegli anni il Partito avrebbe dovuto abbandonare la strada dell’opposizione organizzata in seno alla CGIL, ma soltanto che esistevano già in quegli anni, sulla scena sociale del movimento operaio italiano, gli estremi e le condizioni affinché il Partito potesse porre il problema all’attenzione delle sue analisi costanti e periodiche delle situazioni, indispensabili ai fini della corretta applicazione della tattica immediata.
E’ in questo frangente che il Partito lancia la parola d’ordine dei “Comitati di difesa del sindacato di classe” contro la prospettiva, che allora appariva imminente, e già parzialmente realizzatasi attraverso la creazione delle federazioni di categoria, della unificazione della CGIL con CISL e UIL. Questa indicazione, che ancora si richiamava alla difesa della tradizione classista della CGIL, si collocava sulla continuità dello sforzo condotto fino allora dal Partito, in linea con le posizioni da 20 anni assunte in campo sindacale, per opporsi e chiamare gli operai ad opporsi al processo di progressivo abbandono della CGIL di queste tradizioni e abbiamo visto come ad ogni passo significativo dell’opportunismo in questa direzione, il Partito avesse opposto precise indicazioni operative, come appunto fu per la campagna anti-delega. Tuttavia proprio le conseguenze pratiche di questa campagna, con i militanti operai comunisti, che avevano rifiutato la delega, posti fuori dal sindacato, indicavano già abbastanza chiaramente che ormai la CGIL era divenuta un sindacato impermeabile al lavoro interno di una frazione operaia, per di più comunista, organizzata autonomamente su basi classiste. Chi non condivideva la posizione che il sindacato aveva deciso di riporre in mano alle strutture amministrative aziendali e padronali il suo rapporto con gli iscritti era automaticamente escluso. Erano ormai venute meno le possibilità virtuali e statutarie previste dalle nostre tesi per poter parlare di lavoro interno nella prospettiva della riconquista del sindacato tricolore alle giuste posizioni classiste. L’indicazione dei Comitati di difesa del sindacato di classe , se era coerente alla battaglia fino ad allora condotta dal Partito in campo sindacale, cadeva però in una situazione in cui ormai non esistevano più elementi classisti da salvaguardare in seno alla CGIL, ormai divenuta una burocrazia del lavoro. Questa battaglia si ridusse alle nostre sole forze e i comitati non si estesero oltre i nostri gruppi comunisti.
Ma questa indicazione coincide anche con il travagliato periodo in cui nel Partito si selezionarono le forze ora rimaste le sole a rappresentare la continuità organizzativa della Sinistra Comunista. Il doloroso travaglio di quegli anni che vide la gran parte della vecchia organizzazione schierarsi progressivamente su posizioni sempre più lontane da quelle classiche della Sinistra e dunque del marxismo rivoluzionario, impedì una seria chiarificazione della questione sindacale, che ad un certo punto venne accantonata, in vista della battaglia allora condotta su questioni che andavano ben oltre la tattica sindacale.
Non è qui il luogo di trattare le questioni che provocarono la separazione organizzativa e che coinvolsero il modo stesso di condurre l’organizzazione da parte del vecchio centro direttivo e dunque, in ultima analisi la questione della corretta assimilazione del centralismo organico così come la Sinistra lo definì nel secondo dopoguerra, nonché la propensione al manovrismo e alla politique d’abord , nell’illusione dura a morire di poter forzare la mano al corso degli avvenimenti storici, e che condussero poi la vecchia organizzazione, come allora facilmente prevedemmo, ad ogni sorta di sbandamenti sempre più vistosi fino ad abbracciare atteggiamenti frontisti in campo politico e a civettare con chiunque pretendesse di muovere il culo in direzione anticapitalista e antiopportunista.
Non fu comunque, come spesso si equivocò allora e anche dopo, la questione sindacale a segnare lo spartiacque tra le forze che si raggrupparono attorno al nostro mensile “Il Partito Comunista” e coloro che seguirono una strada sempre più divergente dalla nostra. E tuttavia anche la questione sindacale non poteva essere immune dalla degenerazione che prese piede nell’organizzazione, non fosse altro perché una deviazione politica non può non riflettersi su tutte le principali questioni politiche in cui solo per comodità d’analisi siamo soliti dividere l’intera scienza del marxismo rivoluzionario. La deviazione in questo campo si espresse attraverso l’enunciazione del nuovo verbo in materia di organismi intermedi tra Partito e classe, nel senso che si pretese di liquidare la tattica sindacale che il Partito aveva perseguito per un ventennio, annunciando in un corpo di tesine , che avrebbero dovuto raddrizzare la questione sindacale, che i futuri organismi proletari potranno anche non essere i sindacati, e non lo saranno in una prospettiva di una brusca svolta nel senso dell’assalto rivoluzionario, come non furono essi, ma i Soviet, in una situazione di virtuale dualismo di potere, l’anello di congiunzione tra partito e classe nella rivoluzione russa , cosicché l’indicazione della rinascita del sindacato di classe, dell’organizzazione economica proletaria, veniva bollata come antistorica, rinnegando di colpo tutta l’attività svolta dal Partito nel secondo dopoguerra, e più in generale tutto il marxismo, Al di là del falso storico secondo cui durante la Rivoluzione russa i Soviet sarebbero stati l’unico anello di congiunzione tra il partito e la classe, negando l’importante e insostituibile funzione che in questo ebbero anche i sindacati, cancellare dal proprio programma rivoluzionario la prospettiva del risorgere di organismi immediati a contenuto economico equivale a stracciare di colpo tutte le tesi caratteristiche della sinistra comunista e del Partito nel secondo dopoguerra, rinnegare le tesi dell’Internazionale. Che queste organizzazioni che nasceranno possano non essere i sindacati nel senso che assumeranno molto probabilmente una forma organizzativa diversa da quelli oggi esistenti o dai sindacati tradizionali, come del resto prevedono pure le nostre tesi, non può significare che possano avere un contenuto immediatamente politico tale da essere paragonabili ai Soviet della rivoluzione russa, organismi che non potranno sorgere se prima, in una fase pur breve ma necessaria, la classe non darà vita ad organizzazioni a contenuto squisitamente economico, per la sua difesa immediata, perché è su questo terreno che solo potrà muoversi la classe. Sarà dall’attività del Partito in questi organismi e contemporaneamente dalle sue iniziative e interventi tra tutte le classi della società, per dirla con Lenin, unitamente alla progressiva acquisizione da parte di strati sempre più vasti di operai della necessità di organizzarsi per strappare il potere politico alla borghesia, che potranno sorgere gli organismi politici del potere proletario.
Solo in questo senso possiamo affermare che la scissione di quel triste periodo coinvolse anche la questione sindacale. I comunisti avrebbero potuto accettare qualsivoglia tattica immediata di fronte ai sindacati attuali, non su questo avrebbe certo potuto spaccarsi il Partito, ma non potevano accettare la rinuncia alla prospettiva storica della rinascita degli organismi economici di difesa immediata, che soltanto il proletariato ridisceso in campo su basi classiste potrà determinare; non potevano accettare che si ponesse la questione più o meno in questi termini: non sappiamo che caratteristiche avranno i futuri organismi di classe, nè ci interessa oggi saperlo, essendo oggi sufficiente lavorare a livello della classe , su un piano immediato minimo , abbandonando le grandi indicazioni generali per buttarsi a capofitto su un becero minimalismo pragmatista dal cui sviluppo sarebbero dovute derivare al Partito le indicazioni per l’azione e la tattica. E’ interessante constatare come coloro che hanno poi imboccato questa strada siano arrivati all’indeterminatezza in campo sindacale, cioè al non seguire più una precisa tattica che non sia quella del giorno per giorno, per cui oggi si lancia un’indicazione, domani un’altra, in contraddizione con la prima, o quella di vedere il processo di formazione degli organismi intermedi tra il partito e la classe come un atto di volontà del partito stesso teso a costruire organismi preesistenti alla reale ripresa della lotta di classe e dunque di fatto scollegati ad essa, scambiando inevitabilmente, in questa ottica antimarxista, i residui del gruppettame sessantottista o le frange più o meno organizzate del movimentismo radicale e filoterrorista di matrice sottoproletaria e piccolo-borghese, per avanguardie operaie con cui amoreggiare per costruire punti di riferimento organizzati in alternativa alle centrali sindacali, senza alcun serio collegamento con la classe.
VERSO LA RINASCITA “EX NOVO”
A scissione avvenuta, ripreso il cammino della lotta politica organizzata in Partito, attorno alla nuova testata di giornale, il Partito abbandonò, o meglio non riprese la rivendicazione della difesa della tradizione rossa della CGIL, in quanto appunto nulla vi era ormai più da difendere in essa.
L’unificazione organizzativa in un unico sindacato di regime non si è verificata in senso organico, né ha ormai molto interesse sapere se e come avverrà. Non per questo si è arrestato il processo di ulteriore avvicinamento del bonzume tricolore di tutte le sfumature alle istituzioni e alle esigenze delle aziende capitalistiche e dello Stato che ne amministra gli interessi. Anzi è proseguito in questi ultimi anni con il consolidamento definitivo del metodo della delega, il rafforzamento dell’apparato burocratico dei sindacalisti di professione, che ormai si considerano funzionari al servizio dello Stato con regolare stipendio, l’attuazione di una poliziesca regolamentazione dello sciopero, la prassi ormai consolidata di chiudere ogni genere di vertenza contrattuale o aziendale con la supervisione dei ministri statali, in perfetto stile fascista, la cooptazione nel sindacato dei rappresentanti dei poliziotti, gli scioperi-adunate in favore di sgherri del regime colpiti da attentati terroristici, la denuncia di terrorismo e filo-terrorismo verso tutti gli operai combattivi, l’accettazione anche formale (quella sostanziale era sempre stata) di postulati capitalistici classici quali il legame tra condizione operaia e guadagni delle imprese, la necessità dell’espulsione di forza-lavoro dalle fabbriche e dell’aumento dell’utilizzazione degli impianti e della produttività del lavoro di cui il sindacato stesso si faceva garante, l’organizzazione aperta del crumiraggio di fronte a scioperi spontanei di gruppi di lavoratori agenti fuori dal rigido controllo sindacale.
La struttura sindacale si è sempre più irrigidita; chiusa agli operai, è sempre più in mano ai funzionari statali di carriera. Ciò ha reso ormai impraticabile la strada di una sua eventuale riconquista a una linea di classe che comunque, come abbiamo sempre ricordato, avrebbe potuto avvenire soltanto sull’onda di potenti lotte proletarie che sfasciassero tutta l’attuale struttura organizzativa. Il procedere della crisi fa progressivamente venire alla luce il tradimento dei capi sindacali. Questi, che negli anni del boom economico avevano potuto mostrare una parvenza di difesa delle condizioni operaie, rafforzando tuttavia le differenziazioni salariali, perché ciò corrispondeva alle esigenze dell’economia capitalistica e avrebbe diviso i lavoratori, e ottenendo in questo risultati anche tangibili, specie per le aristocrazie operaie, che si mostrano oggi apertamente refrattarie verso le rivendicazioni della base peggio pagata. Appare sempre più evidente ai proletari il contrasto tra le proprie necessità vitali, difesa del salario e del posto di lavoro, e l’atteggiamento apertamente rinunciatario e collaborazionista delle organizzazioni sindacali ufficiali di tutti i colori. Appare sempre più evidente che la difesa di queste necessità può esprimersi soltanto al di fuori e contro le strutture sindacali attuali.
In alcune categorie, gruppi di lavoratori tra i più sfruttati, si sono mossi negli anni recenti per la prima volta in aperto contrasto con le direttive dei bonzi sindacali riuscendo anche a dar vita a notevoli scioperi e ad esprimere organismi in aperto contrasto con le strutture organizzative sindacali di base (ferrovieri nel ’75, ospedalieri nel ’78).
Dalla situazione che si è andata delineando in questi anni appare ormai chiaro non solo a noi, ma a strati operai sempre più vasti che nessuna seria difesa delle esigenze più elementari di vita e di lavoro è ormai possibile sotto la tutela delle attuali centrali sindacali e che nessuna azione di lotta condotta conseguentemente sul terreno di classe è possibile se non al di fuori della loro impalcatura organizzativa. Naturalmente per gli operai l’acquisizione di questa consapevolezza è un fatto istintivo e non significa automaticamente possedere la volontà di tradurla in azione attiva. Al di là di casi minori in aziende piccole e dunque di scarso rilievo ,questa presa di coscienza si esprime ormai da alcuni anni in un diffuso disinteresse verso la politica e l’operato dei sindacati ufficiali, sempre più contestati nelle assemblee di fabbrica, in cui peraltro si verificano massicce diserzioni, così come le sempre più rare proclamazioni di scioperi da parte dei sindacati trovano sempre meno adesioni. La dinamica del passaggio da una diffusa apatia verso i sindacati e le loro azioni all’azione attiva sul terreno della lotta di classe indipendente dal sindacato di regime, avrà uno svolgimento certo non lineare, contraddittorio, con passi avanti e ritorni indietro e non è escludibile a priori nemmeno che possa interessare localmente anche settori di base della struttura deille centrali sindacali. Questo fenomeno avrà tuttavia sicuramente carattere di radicale rottura, che si esprimerà con veri e propri episodi di scontro frontale con il padronato , che vedrà sicuramente tutta la struttura organizzativa delle attuali centrali sindacali schierata contro gli operai in lotta.
La lotta degli ospedalieri è stata emblematica sotto questo aspetto, tuttavia la stessa lotta dei 35 giorni della FIAT, stroncata dalla struttura del sindacato nel momento in cui stava finalmente per assumere le caratteristiche classiche della vera lotta di classe, non è certo stata meno significativa.
Nella prima, gli operai in lotta hanno espresso una direzione classista in antitesi all’organizzazione sindacale locale, che si è schierata frontalmente al movimento dello sciopero, riuscendo a stroncarlo e recuperarlo nel finale, dopo aver trattato e raggiunto un accordo con i rappresentanti dello Stato, e dopo essere stato individuato falsamente da quest’ultimo come rappresentante dei lavoratori in lotta, nello spirito di un vero e proprio sindacato di regime, anche se i suoi funzionari venivano cacciati e respinti ogni volta che tentavano di far rientrare lo sciopero che procedeva a oltranza.
Alla FIAT la lotta, pur nella sua spontaneità e decisione, non ha espresso una forma organizzativa contrapposta al bonzume ufficiale, che è riuscito a cavalcare la tigre agevolmente, fino al momento in cui lo sciopero si sarebbe trasformato in uno scontro aperto contro la polizia, decisa a stroncare i picchetti con la forza, per ordine della magistratura. La caratteristica propria di un sindacato di regime non è del resto quella di non saper dirigere uno sciopero classista (in questo senso ricordiamo come gli stessi sindacati fascisti, che pure erano addirittura sindacati di Stato, siano stati costretti, loro malgrado, a dirigere lotte sia pure per brevi periodi) ma quella di riuscire a condurle o ricondurle nell’ambito della compatibilità e tollerabilità economica, sociale e politica del regime borghese.
Al di là di questi due esempi di lotta che, unitamente a quelli dei ferrovieri del ’75 e a quello dei lavoratori dell’aria del ’79 sono i più significativi, non è da sottovalutare il fenomeno, che sempre più spesso si manifesta, di lotte o di generici tentativi di gruppi di lavoratori che tendono ad organizzarsi indipendentemente dal sindacato e ad agire su basi genuinamente classiste.
Questi gruppi più o meno organizzati hanno spesso vita breve e tormentata e , mancando loro un solido legame con spinte operaie di lotta estese e non episodiche, cadono sotto le grinfie della “sinistra sindacale” che li riconduce nell’alveo del sindacalismo di regime , o in preda a posizioni settarie agitate dai gruppettari, che mirano a trasformarli in piccole conventicole politiche o ad agire senza tener conto del legame effettivo con gli altri lavoratori, e dunque su basi volontaristiche e avventuriste.
Tutta questa situazione, unita al crescente distacco tra sindacati e masse operaie, riferito anche e soprattutto agli iscritti di base, molti dei quali sono ancora tali per inerzia e apatia, data anche la necessità di una formale disdetta della delega aziendale al versamento della quota di iscrizione, indica al Partito che l’alternativa tra conquista dei sindacati attuali e creazione ex-novo è definitivamente caduta e che la ripresa della lotta di classe non potrà che esprimere organizzazioni classiste nuove, il cui sviluppo e potenziamento avverrà non all’interno delle strutture degli attuali sindacati, ma al di fuori di esse, anche se le vicende dell’oggi non permettono ancora di scorgere quali forme specifiche assumeranno.
La situazione attuale, mancando ancora un movimento di lotta delle masse operaie indirizzato verso la costituzione organizzativa di una rete di organismi proletari alternativa ai sindacati ufficiali, non richiede e non consente che il Partito emani oggi una parola d’ordine generalizzata del tipo : “Fuori dai sindacati attuali “. A questo proposito è importante riprendere il seguito del documento del ’51 che traccia l’alternativa tra conquista a legnate e rinascita ex- novo. Al punto b) si legge:
“Premesso il fatto della scarsa forza del partito, e fino a che questa non sia molto maggiore, il che non si sa se avverrà prima o dopo il risorgere di organizzazioni di classe non politiche a larghi effettivi, il partito non può e non deve proclamare il boicottaggio di sindacati, organi d’azienda e agitazioni operaie né, dove sia localmente in prevalenza di forze, usare in aperte agitazioni la parola del boicottaggio invitando a non votare (ci si riferisce ovviamente a votazioni di natura sindacale) non iscriversi al sindacato, non scioperare o simili. In senso positivo: nella maggioranza dei casi astensione pratica e non boicottaggio”
La posizione da tenere oggi può essere dedotta da questa osservazione. Da un punto di vista generale è nostro dovere prospettare ai proletari la necessità del risorgere degli organismi di classe e prospettare pure che ciò tenderà ad esprimersi fuori e contro gli attuali sindacati.
Da un punto di vista immediato questo significa indicare ai proletari la necessità di organizzarsi indipendentemente dai sindacati attuali, nella prospettiva della ricostruzione di una rete organizzativa classista, pur nella consapevolezza che questo processo non potrà che essere opera del proletariato stesso e che dunque fintanto che questi non si schieri sul terreno della lotta di classe in forma generalizzata e non episodica e su di esso abbia un’influenza non marginale il Partito, non può essere da noi avanzata nell’immediato nessuna indicazione di sabotaggio delle azioni attuali, per quanto queste siano indirizzate verso obbiettivi sempre più antioperai, a meno che ci si trovi di fronte ad una esplicita volontà di vasti strati di operai a ribellarsi attivamente a questo indirizzo, né parimenti può essere prospettato l’esplicito appello all’uscita dai sindacati tricolore, allorché manchi un riferimento organizzato alternativo tale da catalizzare la volontà d’azione dei lavoratori.
Cosa significa “lavorare fin da oggi nella prospettiva del risorgere ex-novo di una organizzazione economica classista”? Non può certo significare l’attesa passiva dei moti spontanei proletari, adagiandosi su una posizione che preveda da un lato, sul piano della propaganda generale, l’indicazione della prospettiva del risorgere dei sindacati di classe, dall’altro, sul piano dell’azione pratica, l’attesa messianica del grande evento, verificatosi il quale 1l Partito si porrà il problema di influenzare il movimento di classe nel frattempo risorto. Riprendendo il passo sopra citato, l’espressione “il che (l’estensione della forza del partito) non si sa se avverrà prima o dopo il risorgere di organizzazioni di classe non politiche a larghi effettivi “, sta appunto ad indicare lo svolgersi dialettico e non meccanico di questo processo, in cui il rapporto tra sviluppo dei moti di classe e loro espressione organizzativa e influenza del Partito in essi è di reciproca interdipendenza e non a senso unico. In termini pratici questo significa che non può esserci contraddizione tra indicazione strategica di prospettiva data dal Partito in campo sindacale e sua azione pratica immediata. I militanti operai devono perciò lavorare per indirizzare e, quando le condizioni oggettive lo permettono, organizzare gli operai sul terreno di classe. In altre parole, come abbiamo altre volte messo in evidenza, il Partito ha il compito di aiutare concretamente, mettendo a disposizione le sue forze operaie, la tendenza dei proletari ad organizzarsi per la difesa dei propri interessi di classe, facendo tesoro, nell’azione immediata e nell’organizzazione, delle capacità direttive che loro possono derivare dal possesso del bagaglio storico delle passate esperienze di lotta proletaria che solo il Partito può possedere e, al tempo stesso, importando negli operai la coscienza della precarietà dell’azione di pura difesa economica e la necessità di abbracciare la prospettiva del programma rivoluzionario comunista per la definitiva soluzione storica della loro condizione di sfruttati. Il dosaggio dei due aspetti della questione, se cioè sia preferibile insistere maggiormente sul terreno più propriamente economico o svolgere interventi di più ampio respiro politico, sarà determinato dalla sensibilità che i militanti avranno nel saper cogliere le tendenze e le condizioni soggettive degli operai con cui si dovrà agire, il loro grado di coscienza classista, la loro reale propensione alla lotta, ecc., sensibilità e capacità che si potranno meglio acquisire e affinare con la progressiva abilitazione nell’intervento pratico.
Ogni intervento e azione diretti in questo senso devono avere come presupposto indispensabile la predisposizione, anche di esigue minoranze di proletari, a porsi realmente e seriamente sul terreno della lotta per la difesa delle condizioni di vita e di lavoro, e le eventuali organizzazioni che ne possano scaturire devono essere permeate dalla tendenza a collegarsi costantemente con il resto dei lavoratori e ad agire secondo una linea d’azione che tenga conto realisticamente in ogni momento della consistenza di questo collegamento. In questo senso sono da respingere e combattere tendenze di spirito gruppettaro e politicantesco, spesso presenti in questi primi tentativi di organizzazione indipendente dai sindacati, che pretendono di dar vita a microorganismi sedicenti proletari ma in realtà avulsi da ogni contesto di lotta e di collegamento con la classe, microscopici sindacatini rivoluzionari che, se pure a volte paventano rivendicazioni classiste corrette, si riducono ad essere piccole sette politiche escluse dal reale movimento di classe e continuamente dilaniate dai contrasti ideologici tra i gruppi politici che li compongono, apparenti pertanto agli occhi degli operai, anziché un riferimento classista di lotta, come un ennesimo gruppetto estremista.
La ricostruzione di un tessuto organizzativo economico classista non può essere il prodotto di alchimie ed esperimenti in provetta approntati da sedicenti avanguardie politiche più o meno consapevoli della necessità della lotta di difesa economica anti collaborazionista, ma il risultato di un vasto movimento proletario di classe nel quale il Partito non dovrà risparmiare energie per abilitarsi ad influenzarlo e a dirigerlo, movimento in cui sarà sicuramente nociva e fuorviante l’influenza di coloro che oggi pretendono di esserne i propulsori.
Altro punto da considerare è l’iscrizione dei comunisti alla CGIL. Relativamente e conseguentemente alla situazione sopra descritta, noi comunisti propendiamo per la non iscrizione ai sindacati tricolori. Questo atteggiamento non deriva da considerazioni di principio, né da propensioni scissioniste in campo sindacale, sempre escluse e combattute dalla Sinistra Comunista, ma dalla semplice constatazione pratica che l’apparato sindacale tricolore, considerato nella sua struttura verticale di organizzazione è ormai, al vertice come nei suoi quadri di base, un organismo burocratizzato e impermeabile all’azione interna di una frazione operaia organizzata autonomamente sul terreno di classe, ma aderente alle strutture sindacali ufficiali, non fosse altro perché non esiste più una vita sindacale interna che permetta un benché minimo lavoro di penetrazione e di influenza tra gli iscritti di base ormai sempre più lontani dall’apparato dei funzionari e dalle stesse strutture di base del sindacato. In queste condizioni, l’iscrizione al sindacato, anche a prescindere dall’aspetto della delega aziendale, in questo senso non è più di alcuna utilità per avere maggior possibilità di lavoro tra gli aderenti di base, possibilità che resterebbe pari a quella verso i non iscritti, e si risolverebbe semplicemente alla partecipazione al finanziamento di organismi completamente asserviti al regime capitalistico. Tuttavia, proprio perché questo atteggiamento non è motivato da considerazioni di principio, in eventuali situazioni particolari, più probabilmente riscontrabili nel campo della piccola azienda, ove la non iscrizione al sindacato di un nostro militante dovesse compromettere un suo lavoro in seno agli operai da cui ne potessero sorgere risultati positivi, sarà affrontata dal partito la questione, così come solo al Partito e non al singolo militante spetta una decisione definitiva in situazioni del genere.
Per quanto riguarda le strutture di fabbrica direttamente elette dai lavoratori, i Consigli di Fabbrica e simili, la questione si pone in termini diversi. Si tratta di organismi nella quasi totalità controllati dai sindacati; anzi, nelle grandi fabbriche, spesso sono vere strutture portanti di questi dentro la fabbrica, la cui gestione paritetica è in mano all’organizzazione esterna e la cui vita interna si svolge in modo spesso sclerotico e apatico, limitandosi ad avallare stancamente le decisioni degli esecutivi, a loro volta emanazione dell’apparato sindacale territoriale. Tuttavia sono pur sempre composti da delegati eletti da lavoratori e a diretto contatto con essi e dunque suscettibili di essere influenzati da avvenimenti che vedessero salire la tensione e la volontà di lotta dei lavoratori. Inoltre, nelle piccole e medie aziende, dove in generale la morsa dell’opportunismo sindacale è meno stringente, spesso i Consigli dei Delegati godono di una certa autonomia e sono più facilmente permeabili a posizioni classiste. Per tutto questo non possiamo escludere a priori un utile attività di indirizzo e propaganda delle posizioni di classe. In linea di massima, senza dunque anche qui escludere decisioni in senso contrario in casi particolari, siamo per il lavoro interno, alla condizione di essere eletti rappresentanti dai lavoratori che vedono nel militante eletto un operaio combattivo disposto a non transigere nella lotta contro il padronato e, per questo a battersi contro il colossale ostacolo dell’opportunismo e del collaborazionismo sindacale. Ovviamente anche per questa questione non possiamo redigere casistiche con tanto di soluzioni pronte. Il caso di militanti operai eletti delegati andrà valutato con rigore dal Partito e ogni decisione dovrà tener conto delle circostanze e della situazione in cui l’elezione è avvenuta. In ogni caso l’atteggiamento del nostro militante dovrà essere improntato alla costante dissociazione pubblica di fronte ai lavoratori da ogni decisione del CdF che si discosti dalla reale difesa degli interessi di classe e da ogni iniziativa collaborazionista, aziendalistica, muoventesi nello spirito del buon funzionamento della fabbrica e del riconoscimento dei suoi problemi produttivistici, sacrificando le condizioni dei lavoratori, oltre che, dovrà essere teso alla costante denuncia senza mezzi termini, dell’operato e degli accordi- capestro sostenuti di bonzi.
Tuttavia è prevedibile che l’adesione dei CdF o di frazioni di essi al processo che delineerà la ricomparsa di organismi economici proletari classisti, avrà anche essa carattere prevalentemente episodico e non generalizzato, per cui il Partito attribuisce molta più importanza al lavoro diretto tra i lavoratori e in particolare tra quegli strati più sfruttati e più colpiti dalle misure dei governi borghesi e del padronato, e dunque più suscettibili alla lotta, nello sforzo di contribuire con alla rinascita di un movimento di classe genuinamente proletario , libero dalle pastoie asfissianti dell’opportunismo, nella consapevolezza che la sua influenza potrà anche essere determinante a questo fine.
Non è più possibile oggi, nella fase imperialistica del capitalismo, l’esistenza di un sindacalismo libero , cioè di organismi sindacali i quali, pur non essendo diretti da un indirizzo rivoluzionario, pur essendo nelle mani di partiti riformisti e piccolo-borghesi, possano condurre la lotta sul terreno economico in maniera conseguente. La lotta economica, nell’epoca imperialistica si trasforma molto più rapidamente che per il passato in lotta politica, poiché il suo stesso manifestarsi e il suo generalizzarsi urta contro le basi stesse del regime capitalistico. Di conseguenza qualsiasi organismo sindacale viene necessariamente messo di fronte al problema dello Stato: o accetta di limitare la lotta proletaria nella legalità e con ciò stesso di restringerla e soffocarla a vantaggio della conservazione sociale, O trascende i limiti della legalità borghese e trapassa sul terreno rivoluzionario, il che significa allo stesso tempo estendere, potenziare e generalizzare la battaglia che il proletariato conduce in difesa delle proprie condizioni di vita. Questa situazione fa sì che tutti i partiti e tutti gli indirizzi politici che sono per la conservazione del regime siano allo stesso tempo nemici del manifestarsi ampio e conseguente della lotta economica proletaria e che solo il partito rivoluzionario di classe sia al tempo stesso il sostenitore più accanito di questa lotta. La funzione sindacale si completa e si integra solo quando alla testa degli organismi sindacali c’è il Partito politico di classe, dice la Piattaforma Politica del 1945, ed in effetti non esiste altra strada.
La deduzione da trarne non è certo che allora il sindacato non è più necessario e che la lotta sindacale non può più esistere. E’ un’altra e opposta: i proletari torneranno alla lotta per la difesa delle condizioni economiche e in essa ricostruiranno gli organismi adatti a questa difesa, i sindacati di classe; questi organismi, per definizione aperti a tutti i proletari, che organizzano la massa dei proletari su basi non di coscienza, ma di necessità materiali, si troveranno posti di fronte all’alternativa: o soggiacere di nuovo al controllo e all’influenza dello Stato, il che equivale al controllo e all’influenza dei partiti opportunisti, borghesi e piccolo-borghesi o viceversa spostare la loro azione sul terreno della illegalità, sottomettendosi all’unico indirizzo politico veramente illegale, quello del partito politico di classe. Nella nostra visione dunque l’esistenza dei sindacati di classe nell’epoca imperialistica ha un’importanza ancora maggiore di quella che poteva avere in epoche passate: se nel passato fu possibile dirottare la lotta del proletariato sul terreno economico dall’obbiettivo delle massime conquiste rivoluzionarie, farne addirittura una remora contro di esse, questo non è più possibile nell’epoca imperialistica: in essa il trapasso da sindacato di classe a sindacato rosso influenzato e diretto dal partito è molto più rapido e deve avvenire sotto pena che gli organismi economici proletari perdano i loro stessi connotati di classe, cioè abdichino alla stessa funzione elementare per cui sono sorti. All’interno degli organismi economici che la classe sarà costretta ad esprimere nel ritorno alla battaglia, si combatterà la lotta tra tutti quelli che vorranno mantenerne l’azione nei limiti della legalità borghese, e con ciò stesso spegnerla, e soffocarla e l’indirizzo del Partito che, spingendo al potenziamento e alla generalizzazione della lotta proletaria, trascinerà con ciò stesso questi organismi sul terreno rivoluzionario.
Introducción a "Las causas del atraso de América Latina"
Presentamos a continuación un texto sobre América Latina, publicado en “Il Programma Comunista” núms. 14-15 de 1959, que aplicando como nos es propio el análisis materialista de la historia nos lleva a comprender las causas del atraso en el subcontinente.
La primera y principal razón hay que buscarla en la existencia, desde hace varios siglos, de la gran propiedad territorial que se desarrolló sin obstáculos gracias a la política de los imperios coloniales español y portugués que evitaron desde el principio la creación de una nobleza hereditaria que les plantease los problemas que se vivían en la metrópolis.
La Encomienda primero y la Hacienda más tarde consolidaron la formación de estas grandes propiedades territoriales. Los dueños de la Haciendas jugaron un papel fundamental en las luchas de independencia; he aquí otra causa para que la gran propiedad subsistiese. Estas luchas no condujeron a ningún revolucionamiento en lo que al modo de producción se refiere. Tampoco las potencias extranjeras, que tras la independencia se fueron adueñando de las riquezas de América Latina, estaban interesadas en subvertir el orden social existente.
Llegamos así al siglo XX con una América Latina prácticamente fuera de la revolución industrial y en condiciones de colonia financiera del imperialismo.
Hasta la segunda guerra mundial, durante la cual se rompen las relaciones comerciales con estos países, no se dan las verdaderas condiciones para la creación de una industria nacional.
En algunos países la burguesía se arropa con ideologías democráticas frente a los militarismos que venían representando a la aristocracia terrateniente.
El artículo termina valorando el papel del justicialismo de Perón entre la clase trabajadora, y merece la pena profundizar en algunos aspectos del mismo, tanto por la influencia que en aquel momento ejerció entre los obreros, como por la herencia ideológica de confusión e interclasismo que se extendió a otros países y que sigue viva en nuestros días. Nada como el justicialismo, con el apoyo del imperialismo inglés, produjo tanto “quietismo” y conservadurismo en la clase obrera argentina. Nada mejor que el peronismo para mostrar las grandes similitudes de las dos caras del capitalismo, democracia y dictadura.
El lema del justicialismo era: luchemos por la justicia social para que los obreros no acudan al comunismo.
Para conseguir esa “justicia social”, era necesario concienciar a todas las clases para la Defensa Nacional a ultranza, argumento facilón de independencia mientras recibía instrucciones de Inglaterra. Pero el principal enemigo para el justicialismo era el comunismo. Para la defensa del país, del orden establecido, se aumentó el presupuesto militar en cinco veces respecto a 1942. El control social se incrementó fuertemente y los sindicatos, que en muchos casos fueron las bases del justicialismo se estatalizaron y burocratizaron plenamente.
El periodo de gobierno peronista coincide con un periodo de prosperidad económica que permite conceder ciertas migajas a los trabajadores. Se empieza a hablar de justicialismo socialista porque estas migajas estan acompañadas de algunas nacionalizaciones, tales como teléfonos, gas, ferrocarriles, etc. La confusión no deja de crecer. Por un lado declara la Independencia económica de Argentina, por otro se intensifica la colaboración con el capital foráneo, alineándose en el bloque angloamericano e identificando al comunismo con el bloque imperialista sometido al capitalismo ruso.
Durante todo el gobierno peronista el proselitismo llega a todas las horas y a todos los rincones del país con las ideas principales extraídas por Perón de las Encíclicas Rerum Novarum y Quadragésimo Anno en sus discursos sobre capital y trabajo. Un ejemplo: “Esta debe ser ante todo la mira y éste debe ser el esfuerzo del Estado y de todos los ciudadanos: que superada la lucha de clases se promueva y aliente una aspiración concorde de todos los órdenes”(Quadragesimo anno, 1931). Se buscaba ante todo la conciliación entre obreros y patronos que alejase a éstos de los peligros del comunismo.
Otro aspecto del justicialismo es su carácter cristiano y su defensa intransigente de la familia: “a diferencia de los otros, el movimiento justicialista era ideológicamente cristiano, y tanto lo era, que por diez años consecutivos el clero argentino, desde su más alta jerarquía, hasta el más humilde cura de campaña, apoyó al Peronismo, tanto en sus campañas electorales como durante su gestión partidista en el gobierno” (Perón y el justicialismo). Perón mismo decía: “el justicialismo no es sino un socialismo nacional cristiano. Los que se oponen a él trabajan consciente o inconscientemente por el comunismo”. Y si bien en algunos discursos decía que la lucha de clases se encontraba en trámites de superación, su temor le llevaba una y otra vez a hablar de ellas: “las luchas entre el capital y el trabajo son siempre destructivas y no hay ganancias en ellas, ni para una parte ni para la otra”. Se trataba de conseguir la superación de la lucha de clases por la colaboración social y la dignificación social”. Ejerció un fuerte control ideológico, pero cuando algo se les escapaba, se prohibía, como ocurrió cuando la oposición intentaba realizar actos públicos.
Necesidades económicas y políticas (el temido auge de las “ideas comunistas” en América Latina) le llevaron a relacionarse con otros países y a celebrar Conferencias Interamericanas, colaborando al mismo tiempo con EEUU. Sólo después de septiembre de 1955, cuando el movimiento civil-militar de la “Revolución libertadora” derrocó el régimen, con todas las facilidades por parte de Perón y su gobierno, éste parte para el exilio y comienza sus discursos antimperialistas, respondiendo a la pregunta de porqué no armó a los trabajadores cuando estos lo pidieron, que no pensaba que los acontecimientos tomaran ese curso.
El gobierno de Perón, como el de Vargas en Brasil y como los gobiernos actuales, sabía perfectamente dónde estaba su enemigo, en el comunismo. La crisis, cada vez más profunda en que se encuentra América Latina, empeorará las condiciones de los trabajadores hasta empujarles nuevamente al comunismo, única alternativa emancipadora del proletariado.
Le cause dell’arretratezza dell’America Latina
Marx y Engels sobre España Pt.1
Ciertamente, España no se encontró entre los países de Europa más utilizados por Marx y Engels para el desarrollo de sus investigaciones, tanto en terreno económico como político. Naturalmente esto obedece a hechos materiales, pues en España, tanto la gran burguesía políticamente, así como el desarrollo del capitalismo, se encontraban mucho más atrasados que en países como Inglaterra y Francia, países fundamentales para el estudio marxista de las relaciones de producción económicas y políticas más avanzadas.
No obstante para Marx y Engels, algunos acontecimientos históricos y políticos en la historia de España son del máximo interés, y el marxismo no podía menospreciarlos ni tan siquiera mínimamente.
De toda la obra de Marx y Engels sobre España, destacan sobre el resto, por su profundidad en el análisis y extensión, los siguientes escritos:
– La España revolucionaria. Son una serie de artículos de Marx publicados en el New York Daily Tribune en 1854.
– La revolución en España. Son también artículos de Marx publicados en el mismo periódico en 1856.
– Informe sobre la Alianza de la Democracia Socialista presentado al Congreso de La Haya en nombre del Consejo General. Hecho por Engels.
– Fragmentos de La Alianza para la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores. Es la parte de este trabajo hecho en el seno de la Internacional por Marx y Engels, en lo que se refiere a España.
– Los bakuninistas en acción. Memoria sobre los levantamientos en España en el verano de 1873. Escrito por Engels en septiembre y octubre de 1873.
Aunque no se pueden dejar de mencionar otros artículos de Marx y Engels acerca de España, publicados sobre todo en el New York Daily Tribune, así como la correspondencia e informes de la Internacional, que Marx y Engels escribieron para los miembros de esta Asociación.
«Quizás no haya otro país, excepto Turquía, tan poco conocido y erróneamente juzgado por Europa como España. Los innumerables pronunciamientos locales y rebeliones militares han acostumbrado a Europa a equipararla a la Roma imperial de la era pretoriana. Este es un error tan superficial como el que cometían en el caso de Turquía quienes daban por extinguida la vida de esta nación porque su historia oficial en el pasado siglo habíase reducido a revoluciones palaciegas y motines de los genízaros. El secreto de esta equivocación reside sencillamente en que los historiadores, en vez de medir los recursos y la fuerza de estos pueblos por su organización provincial y local, bebían en las fuentes de sus anales cortesanos. Los movimientos de lo que se ha dado en llamar el Estado afectaron tan poco al pueblo español, que éste dejaba gustoso ese restringido dominio a las pasiones alternativas de favoritos de la Corte, soldados, aventureros, y unos cuantos hombres llamados estadistas, y ha tenido muy pocos motivos para arrepentirse de su indiferencia. El carácter de la moderna historia de España merece ser conceptuado de modo muy distinto a como ha sido hasta ahora, por lo que aprovecharé la oportunidad para tratar este asunto en una de mis próximas cartas. Lo más que puedo advertir aquí es que no será una gran sorpresa si ahora, arrancando de una simple rebelión militar, estalla en la península un movimiento general, puesto que los últimos decretos financieros del Gobierno han convertido al recaudador de contribuciones en un propagandista revolucionario de la máxima eficacia» (N.Y.D.T. 21-7-1854).
LA ESPAÑA REVOLUCIONARIA
En esta serie de artículos Marx analiza la situación española de 1807 a 1820, si bien en el primer artículo da un repaso a los acontecimientos más importantes en España desde unos siglos antes.
«Las insurrecciones son tan viejas en España como el gobierno de los favoritos de Palacio contra los cuales han ido usualmente dirigidas. Así, a finales del siglo XIV, la aristocracia se rebeló contra el rey Juan II y su valido don Alvaro de Luna. En el XV se produjeron conmociones más serias aún contra el rey Enrique IV y la cabeza de su camarilla, don Juan de Pacheco, marqués de Villena. En el siglo XVII, el pueblo de Lisboa despedazó a Vasconcellos, el Sartorius del virrey español en Portugal, lo mismo que hizo el de Barcelona con Santa Coloma, privado de Felipe IV. A finales del mismo siglo, durante el reinado de Carlos II, el pueblo de Madrid se levantó contra la camarilla de la reina, compuesta de la condesa de Berlepsch y los condes de Oropesa y de Melgar, que habían impuesto un arbitrio abusivo sobre todos los comestibles que entraban en la capital y cuyo producto se repartían entre ellos. El pueblo se dirigió al Palacio Real y obligó al rey a salir al balcón y a denunciar él mismo a la camarilla de la reina. Fue después a los palacios de los condes de Oropesa y de Melgar, los saqueó, los incendió e intentó prender a sus propietarios, los cuales, sin embargo, tuvieron la buena suerte de escapar a costa de un destierro perpetuo. El acontecimiento que provocó el levantamiento insurreccional en el siglo XV fue el tratado alevoso que el favorito de Enrique IV, el marqués de Villena, había concluido con el rey de Francia, en virtud del cual Cataluña debía ser entregada a Luis XI. Tres siglos más tarde el tratado de Fontainebleau -concluido el 27 de octubre de 1807 con Bonaparte por el valido de Carlos IV y favorito de la reina, don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, sobre el reparto de Portugal y la entrada de los ejércitos franceses en España- produjo una insurrección popular en Madrid contra Godoy, la abdicación de Carlos IV, la subida al trono de su hijo Fernando, la entrada del ejército francés en España y la subsiguiente guerra de independencia. Así, la guerra de independencia española comenzó con una insurrección popular contra la camarilla personificada entonces en don Manuel Godoy, lo mismo que la guerra civil del siglo XV se inició con el levantamiento contra la camarilla personificada en el marqués de Villena. Así mismo la revolución de 1854 ha comenzado con el levantamiento contra la camarilla personificada en el Conde de San Luis.
A despecho de estas repetidas insurrecciones, en España no ha habido hasta el presente siglo una revolución seria, a excepción de la guerra de la Junta Santa en los tiempos de Carlos I, o Carlos V, como le llaman los alemanes.
Es necesario aquí, resaltar esta característica histórica de la burguesía española, es decir su debilidad como clase histórica con un papel revolucionario que cumplir, su falta de determinación para organizar a las masas pobres, en favor de sus propios intereses como burguesía, además de carecer de un movimiento intelectual y teórico que alentara a ello de forma decidida. Incluso en los alzamientos armados del s. XIX que Marx analiza más de cerca, como veremos, a pesar de que las masas intervienen de manera decidida en no pocas ocasiones, los políticos del liberalismo burgués, así como los generales del ejército al frente de estas sublevaciones por reformas liberales, o bien retrocedían y se acongojaban al ver a las masas en movimiento dispuestas a la lucha, o bien cuando llegaron al poder, en las ocasiones que lo hicieron, fueron incapaces de aplicar las reformas radicales liberales y se convirtieron en colaboradores de la monarquía.
Algo bien distinto fue la guerra civil, llamada también guerra de las comunidades, que las ciudades de Castilla representadas en la Junta Santa llevaron a cabo contra el absolutismo de Carlos V, el cual decidió acabar con las ventajas y favores que las ciudades tenían, subir las alcabalas (impuesto sobre todo lo que se vendía o permutaba) y conceder los cargos públicos al mejor postor, para financiar los altos costes del Imperio; mientras tanto las ciudades representadas en la Santa Junta y anteriormente en las Cortes, pretendían abandonar el Imperio y poner de reina a Doña Juana, que de hecho estaría por debajo de las decisiones de la Santa Junta, la cual se consideraba a asamblea representativa y gobierno de la nación. Detrás de este alzamiento armado revolucionario de las ciudades, se hallaban principalmente las clases medias urbanas: artesanos, mercaderes, pequeños propietarios, incluso clérigos, letrados, etc, cuyas pretensiones chocaban con los intereses del absolutismo de Carlos I y limitaban el poder de la aristocracia, ésta a su vez tenía como aliada a la gran burguesía ligada al comercio internacional, esta connivencia de la aristocracia con la burguesía supone también otra característica en el desarrollo de la historia española.
Algunos autores dan como explicación a la derrota de las ciudades de Castilla, los altos objetivos políticos burgueses que se marcaron para la época en la que tuvieron lugar los hechos. El caso es que los comuneros fueron derrotados por fuerzas reaccionarias superiores militarmente y esos objetivos tuvieron que esperar siglos.
El motivo inmediato, como de costumbre, lo dio la camarilla que, bajo los auspicios del virrey, cardenal Adriano, un flamenco, exasperó a los castellanos por su rapaz insolencia, por la venta de los cargos públicos al mejor postor y por el tráfico abierto con las sentencias judiciales. La oposición a la camarilla flamenca era solo la sobrefaz del movimiento; en el trasfondo estaba la defensa de las libertades de la España medieval frente a las ingerencias del moderno absolutismo. La base material de la monarquía española había sido establecida por la unión de Aragón, Castilla y Granada bajo el reinado de Fernando el Católico e Isabel I. Carlos I intentó transformar esa monarquía, aún feudal, en una monarquía absoluta.(…) Desde el punto de vista de la autonomía municipal, las ciudades de Italia, Provenza, Galia septentrional, Gran Bretaña y parte de Alemania ofrecen clara similitud con el estado en que entonces se hallaban las ciudades españolas; pero ni los Estados Generales franceses ni el Parlamento inglés de la Edad Media pueden ser comparados con las Cortes españolas. En la formación de la monarquía española se dieron circunstancias particularmente favorables para la limitación del poder real. De un lado, durante el largo pelear contra los árabes, la península iba siendo reconquistada por pequeñas partes, que se constituían en reinos separados. Durante ese pelear se adoptaban leyes y costumbres populares. Las conquistas sucesivas, efectuadas principalmente por los nobles, otorgaban a estos un poder excesivo, en tanto mermaban la potestad real. De otro lado, las ciudades y poblaciones del interior alcanzaron gran importancia debido a la necesidad en que las gentes se veían de residir en plazas fuertes, como medida de seguridad frente a las continuas incursiones de los moros; al mismo tiempo, la configuración peninsular del país y el constante intercambio con Provenza e Italia dieron lugar a la creación de ciudades comerciales y marítimas de primera categoría en las costas. En el siglo XIV, las ciudades constituían ya la parte más poderosa de las Cortes, las cuales estaban compuestas de representantes de aquéllas junto con los del clero y la nobleza. También merece la pena subrayar el hecho de que la lenta redención del dominio árabe mediante una lucha tenaz de cerca de ochocientos años dio a la península, una vez totalmente emancipada, un carácter muy diferente del que presentaba la Europa de aquel tiempo. España se vio, en la época de la resurrección europea, con las costumbres de los godos y de los vándalos en el norte, y de los árabes en el sur.
Cuando Carlos I volvió de Alemania, donde le había sido conferida la dignidad imperial, (…) empezó la hostilidad entre Carlos I y las ciudades. Como consecuencia de las intrigas reales, estallaron en Castilla numerosas insurrecciones, se constituyó la Junta Santa de Ávila, y las ciudades convocaron la asamblea de las Cortes en Tordesillas, las cuales, el 20 de octubre de 1520, dirigieron al rey una “protesta contra los abusos”. Éste respondió privando de sus derechos personales a todos los diputados reunidos en Tordesillas. Así, la guerra civil se había hecho inevitable. Los comuneros llamaron a las armas: sus soldados mandados por Padilla, se apoderaron de la fortaleza de Torrelobatón, pero fueron derrotados finalmente el 23 de abril de 1521 por fuerzas superiores en la batalla de Villalar. Las cabezas de los principales “conspiradores” rodaron por el cadalso, y las antiguas libertades de España desaparecieron.
Diversas circunstancias se conjugaron a favor del creciente poder del absolutismo. La falta de unión entre las diferentes provincias privó a sus esfuerzos del vigor necesario; pero sobre todo, Carlos utilizó el enconado antagonismo entre la clase de los nobles y la de los ciudadanos para debilitar a ambas. Ya hemos mencionado que desde el siglo XIV la influencia de las ciudades predominaba en las Cortes, y desde el tiempo de Fernando el Católico, la Santa Hermandad (Unión de las ciudades españolas, creada a fines del siglo XV por los Reyes Católicos con el fin de utilizar a la burguesía contra los nobles en beneficio del absolutismo. Ndr) había demostrado ser un poderoso instrumento en manos de las ciudades contra los nobles de Castilla, que acusaban a éstas de intrusiones en sus antiguos privilegios y jurisdicción. Por lo tanto la nobleza estaba deseosa de ayudar a Carlos I en su proyecto de suprimir la Junta Santa. Habiendo derrotado la resistencia armada de las ciudades, Carlos se dedicó a reducir sus privilegios municipales, con lo que decayeron rápidamente su población, riqueza e importancia y pronto se vieron privadas de su influencia en las Cortes.(…) El tercer elemento que constituía antiguamente las Cortes, a saber, el clero, alistado desde los tiempos de Fernando el Católico bajo la bandera de la Inquisición, había dejado de identificar sus intereses con los de la España feudal. Por el contrario, mediante la Inquisición, la iglesia se había transformado en el más poderoso instrumento del absolutismo.
Si después del reinado de Carlos I la decadencia de España, tanto en el aspecto político como en el social, ha exhibido todos los síntomas de ignominiosa y lenta putrefacción que fueron tan repulsivos en los peores tiempos del Imperio turco, en los de dicho emperador las antiguas libertades fueron al menos enterradas en un sepulcro suntuoso. Eran los tiempos en que Vasco Nuñez de Balboa hincaba la bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés en México, y Pizarro en Perú; en que la influencia española tenía la supremacía en Europa, y la imaginación meridional de los iberos se encandilaba con la visión de Eldorado, de aventuras caballerescas y de una monarquía universal. Entonces desapareció la libertad española en medio del fragor de las armas, de los ríos de oro y de los tétricos resplandores de los autos de fe.
Pero, ¿cómo podemos explicar el singular fenómeno de que, pasados casi tres siglos de dinastía de los Habsburgo, seguida de una dinastía borbónica -cualquiera de las dos harto suficiente para aplastar a un pueblo-, las libertades municipales de España sobrevivan en mayor o menor grado? ¿Cómo podemos explicar que precisamente en el país donde la monarquía absoluta se desarrolló en su forma más acusada antes que en todos los demás Estados feudales, jamás haya conseguido arraigar la centralización? La respuesta no es difícil. Fue en el siglo XVI cuando se formaron las grandes monarquías, que se erigieron en todas las partes sobre la base de la decadencia de las clases feudales en conflicto: la aristocracia y las ciudades. Pero en los otros grandes Estados de Europa la monarquía absoluta se presenta como un centro civilizador, como la iniciadora de la unidad social. Allí era la monarquía absoluta el laboratorio en que se mezclaban y trataban los distintos elementos de la sociedad hasta permitir a las ciudades trocar la independencia local y la soberanía medievales por el dominio general de las clases medias y la común preponderancia de la sociedad civil. En España, por el contrario, mientras la aristocracia se hundía en la decadencia sin perder sus privilegios más nocivos, las ciudades perdían su poder medieval sin ganar en importancia moderna.
Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades han vegetado en un estado de continua decadencia. No podemos examinar aquí las circustancias, políticas o económicas, que han destruido en España el comercio, la industria, la navegación y la agricultura. Para nuestro actual propósito basta recordar simplemente el hecho. A medida que declinaba la vida comercial e industrial de las ciudades, se hacían más raros los intercambios internos y menos frecuentes las relaciones entre los habitantes de las distintas provincias, los medios de comunicación se fueron descuidando, y los caminos reales quedaron gradualmente abandonados. Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su vida social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las diferentes formas en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que pudo para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la cual puede crearse un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes generales. Así pues, la monarquía absoluta en España, que solo por encima se parece a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien junto a las formas asiáticas de gobierno. España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza. El despotismo cambiaba de carácter en las diferentes provincias según la interpretación arbitraria que a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes, costumbres, monedas, banderas militares de colores distintos y sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo oriental solo ataca la autonomía municipal cuando esta se opone a sus intereses directos, pero permite de buen grado la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas le eximen del deber de hacer algo y le evitan la molestia de ejercer la administración con regularidad.
LA GUERRA DE INDEPENDENCIA
En una carta del 17 de octubre de 1854, escribía Marx a Engels:
El estudio detenido de las revoluciones españolas permite aclarar el hecho de que estos mozos necesitaron unos cuarenta años para demoler la base material de la dominación de los curas y la aristocracia, pero en ese tiempo lograron hacer una revolución completa en el viejo régimen social.
El movimiento revolucionario, que se inició en 1808 mezclado con la guerra de Independencia, que dio lugar a las Cortes de Cádiz y a la Constitución de 1812, se puede decir que en 1854-56 había dado ya resultados sustanciales, para la burguesía liberal. Si bien es cierto, que en España no hubo un período relativamente corto revolucionario, en el que la sociedad se convulsionara transformándola completamente, co-mo pudo ser, salvando las diferencias, el de Francia de 1789 a 1794, la transformación española aun habiendo durado más no fue menos sangrienta.
Se pueden distinguir cuatro oleadas revolucionarias más o menos definidas: la primera 1808-1814, con la guerra de Independencia; la segunda 1820-1823, el Trienio Liberal; la tercera 1833-1843, la primera guerra carlista de 1833 a 1840 y después la regencia de Espartero de 1841 a 1843; y la cuarta 1854-1856, en ésta, las reformas económicas fueron escasas, pero las experiencias políticas fueron importantes. De estos cuatro períodos, el más decisivo y fructífero en lo que respecta a la introducción de medidas económicas burguesas, fue el de la guerra de los liberales o isabelinos contra los carlistas en la guerra civil que estalló a la muerte de Fernando VII, que duró ocho años y acabó con la derrota de los últimos.
«Así ocurrió que Napoleón, quien, como todos sus contemporáneos, creía a España un cadáver exámine, se llevó una sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado español yacía muerto, la sociedad española estaba llena de vida y rebosaba, en todas sus partes, de fuerza de resistencia (…) Al no ver nada vivo en la monarquía española, salvo la miserable dinastía que había puesto bajo llave, se sintió completamente seguro de que había confiscado a España. Pero pocos días después de su golpe de mano recibió la noticia de una insurrección en Madrid. Cierto que Murat aplastó el levantamiento, matando a cerca de mil personas; pero cuando se supo esta matanza, estalló una insurrección en Asturias que muy pronto englobó a todo el reino. Debe subrayarse que este primer levantamiento espontáneo surgió del pueblo, mientras las clases “bien” se habían sometido mansamente al yugo extranjero.
De esta forma se vio España preparada para su reciente actuación revolucionaria y se lanzó a las luchas que han marcado su desarrollo en el presente siglo» (N.Y.D.T. 9-9-1854).
«Cuando, a consecuencia de la matanza de Madrid y de las transacciones de Bayona, estallaron insurre-cciones simultáneas en Asturias, Galicia, Andalucía y Valencia, y un ejército francés ocupaba ya Madrid (…) todas las autoridades constituidas -militares, eclesiásticas, judiciales y administrativas-, así como la aristocracia, exhortaban al pueblo a someterse al intruso extranjero. Pero había una circunstancia que compensaba todas las dificultades de la situación. Gracias a Napoleón, el país se veía libre de su rey, de su familia real y de su gobierno. Así fueron rotas las trabas que en otro caso pudieran haber impedido al pueblo español desplegar sus energías innatas. Las vergonzosas campañas de 1794 y 1795 habían probado lo poco capaz que era de resistir a los franceses bajo el mando de sus reyes y en circunstancias ordinarias (…)
De este modo, desde el mismo comienzo de la guerra de Independencia, la alta nobleza y la antigua administración perdieron toda influencia sobre las clases medias y sobre el pueblo por haber desertado en los primeros días de la lucha. A un lado estaban los afrancesados, y al otro, la nación. En Valladolid, Cartagena, Granada, Jaén, Sanlucar, La Coruña, Ciudad Rodrigo, Cádiz y Valencia, los miembros más eminentes de la antigua administración -gobernadores, generales y otros destacados personajes sospechosos de ser agentes de los franceses y un obstáculo para el movimiento nacional- cayeron víctimas del pueblo enfurecido. Las autoridades existentes fueron destituidas en todas partes. Unos meses antes del alzamiento, el 19 de marzo de 1808, las revueltas populares de Madrid perseguían la destitución del Choricero (apodo de Godoy) y sus odiosos satélites. Este objetivo fue conseguido ahora a escala nacional, y con ello la revolución interior se llevaba a cabo tal como anhelaban las masas y sin relacionarla con la resistencia al intruso. El movimiento, en su conjunto, más parecía dirigido contra la revolución que a favor de ella. Era al mismo tiempo nacional, por proclamar la independencia de España con respecto a Francia; dinástico, por oponer el “deseado” Fernando VII a José Bonaparte; reaccionario, por oponer las viejas instituciones, costumbres y leyes a las racionales innovaciones de Napoleón; supersticioso y fanático, por oponer la “santa religión” a lo que se denominaba ateísmo francés, o sea, a la destrucción de los privilegios especiales de la Iglesia romana (…)
Todas las guerras de independencia sostenidas contra Francia tienen de común la impronta de la regeneración unida a la impronta reaccionaria; pero en ninguna parte tanto como en España (…)
No obstante, si bien es verdad que los campesinos, los habitantes de los pueblos del interior y el numeroso ejército de mendigos, con hábito o sin él, todos ellos profundamente imbuidos de prejuicios religiosos y políticos, formaban la gran mayoría del partido nacional, este partido contaba, por otra parte, con una minoría activa e influyente para la que el alzamiento popular contra la invasión francesa era la señal de la regeneración política y social de España. Componían esta minoría los habitantes de los puertos de mar, de las ciudades comerciales y parte de las capitales de provincia donde, bajo el reinado de Carlos V, se habían desarrollado hasta cierto punto las condiciones materiales de la sociedad moderna. Los apoyaba la parte más culta de las clases superiores y medias -escritores, médicos, abogados e incluso clérigos-, para quienes los Pirineos no habían sido una barrera suficiente contra la invasión de la filosofía del siglo XVIII (…)
Mientras no se trataba más que de la defensa común del país, la unidad de las dos grandes banderías del partido nacional era completa. Su antagonismo no apareció hasta que se vieron frente a frente en las Cortes, en el campo de batalla por la nueva Constitución que debían redactar. La minoría revolucionaria, con objeto de estimular el espíritu patriótico del pueblo, no dudó en apelar a los prejuicios nacionales de la vieja fe popular. Por muy ventajosa que pareciera esta táctica para los fines inmediatos de la resistencia nacional, no podía menos de ser funesta para dicha minoría cuando llegó el momento propicio de parapetarse los intereses conservadores de la vieja sociedad tras esos mismos prejuicios y pasiones populares con vistas a defenderse de los planes genuinos y ulteriores de los revolucionarios.
Cuando Fernando abandonó Madrid, sometiéndose a las intimidaciones de Napoleón, dejó establecida una Junta Suprema de gobierno presidida por el infante don Antonio. Pero en mayo esta Junta había desaparecido ya. No existía ningún gobierno central, y las ciudades sublevadas formaron juntas propias, subordinadas a las de las capitales de provincia. Estas juntas provinciales constituían, en cierto modo, otros tantos gobiernos independientes, cada uno de los cuales puso en pie de guerra un ejército propio. La Junta de Representantes de Oviedo proclamó que toda la soberanía había ido a parar a sus manos, declaró la guerra a Bonaparte y envió a Inglaterra una diputación para concertar un armisticio. Lo mismo hizo más tarde la Junta de Sevilla (…)
Las juntas provinciales, que habían surgido a la vida tan de repente y con absoluta independencia unas de otras, concedían cierta ascendencia, aunque muy leve e indefinida, a la Junta Suprema de Sevilla, por considerarse esta ciudad capital de España mientras Madrid permaneciera en manos del extranjero. Así se estableció una forma muy anárquica de gobierno federal que los choques de intereses opuestos, los celos particularistas y las influencias rivales convirtieron en un instrumento bastante ineficaz para poner unidad en el mando militar y coordinar las operaciones de una campaña (…)
Hay dos circunstancias relacionadas con estas juntas: una es muestra del bajo nivel del pueblo en la época de su alzamiento, mientras que la otra iba en menoscabo del progreso de la revolución. Las juntas fueron elegidas por sufragio universal; pero “el celo de las clases bajas se manifestó en la obediencia”. Generalmente elegían solo a sus superiores naturales: nobles y personas de calidad de la provincia, respaldados por el clero, y rara vez a personalidades de la clase media. El pueblo era tan consciente de su debilidad que limitaba su iniciativa a obligar a las clases altas a la resistencia al invasor sin pretender participar en la dirección de esta resistencia. En Sevilla, por ejemplo, “el pueblo se preocupó, ante todo, de que el clero parroquial y los superiores de los conventos se reunieran para la elección de la Junta”. Así, las juntas se vieron llenas de gentes elegidas en virtud de la posición ocupada antes por ellas y muy distantes de ser jefes revolucionarios. Por otra parte, al detener su elección en estas autoridades, el pueblo no pensó en limitar sus atribuciones ni en fijar término a su gestión. Naturalmente, las juntas solo se preocuparon de ampliar las unas y de perpetuar la otra. Y así, estas primeras creaciones del impulso popular, surgidas en los comienzos mismos de la revolución, siguieron siendo durante todo su curso otros tantos diques de contención de la corriente revolucionaria cuando esta amenazaba desbordarse» (N.Y.D.T. 25-9-1854).
A pesar de que en general el papel de las juntas fue el que acabamos de ver, Marx más adelante, para hacer hincapié en que el elemento y el instinto revolucionario existían en España en la época de la guerra de Independencia, hace notar que algunas de estas juntas provinciales tomaron auténticas medidas revolucionarias burguesas, particularmente en Asturias y Galicia, así como hace notar también la disponibilidad de las masas a la lucha.
La independencia que en un primer momento tuvieron las juntas provinciales unas de otras, multiplicó los recursos defensivos del país ante los franceses, entre otras cosas porque les privaba a estos de un centro dirigente al que atacar o conquistar. Sin embargo, son varios los hechos que van a hacer ver la necesidad de crear una Junta Central a la que se supediten las provinciales: la rivalidad que existía entre las juntas, el temor de que Napoleón trajera a sus ejércitos que tenía por Europa ante lo cual se requería una defensa organizada, la necesidad de negociar tratados de Alianza con otras potencias, mantener el contacto con la América española y percibir sus tributos.
Esta Junta Central estaba compuesta por 35 miembros representantes de las distintas juntas provinciales, y entre los muchos actos reaccionarios que Marx nos cuenta que llevó a cabo, se encuentra la de frenar y entorpecer a esa minoría de juntas provinciales más revolucionarias a las que ya nos hemos referido. El 25 de setiembre de 1808 en Aranjuez la Junta Central comenzaba su andadura.
«Los destinos de los ejércitos reflejan en circunstancias revolucionarias más aún que en las normales la verdadera naturaleza del poder civil. La Junta Central, encargada de arrojar del suelo español a los invasores, se vio obligada, ante los triunfos de las tropas enemigas, a retirarse de Madrid a Sevilla, y de Sevilla a Cádiz, para morir allí ignominiosamente. Su reinado llevaba la impronta de una vergonzosa sucesión de derrotas, del aniquilamiento de los ejércitos españoles y, finalmente, de la atomización de la resistencia regular en hazañas de guerrillas (…)
Así pues, la situación en España en la época de la invasión francesa implicaba las mayores dificultades imaginables para crear un centro revolucionario, y la composición misma de la Junta Central la incapacitaba para estar a la altura de la terrible crisis en que se vio el país (…)
Los dos miembros más eminentes de la Junta Central, en cuyo derredor se habían agrupado sus dos grandes banderías, fueron Floridablanca y Jovellanos, víctimas ambos de la persecución de Godoy, ambos ex ministros, valetudinarios y envejecidos en los hábitos rutinarios y formalistas del dilatorio régimen español (…)
Cierto es que la Junta Central incluía a unos cuantos hombres -acaudillados por don Lorenzo Calvo de Rosas, delegado de Zaragoza-, los cuales, a la vez que adoptaban las opiniones reformadoras de Jovellanos, incitaban a la acción revolucionaria. Pero eran demasiado pocos ellos y aún menos conocidos sus nombres para que pudieran sacar del camino trillado del ceremonial español la lenta carreta estatal de la Junta.
Este poder, compuesto tan torpemente, constituido con tan poca energía, acaudillado por tales sobrevivientes decrépitos, estaba llamado a realizar una revolución y a vencer a Napoleón. Si sus proclamas eran tan enérgicas como débiles sus hechos, debíase al poeta don Manuel Quintana, al que la Junta tuvo el buen gusto de nombrar secretario y de confiarle la redacción de sus manifiestos».
Este hecho que Marx señala aquí, es decir, la diferencia entre las proclamas y escritos que la Junta Central redactaba y las acciones y voluntad para llevar a cabo lo que sobre el papel anunciaba, es lo que no perciben los que estudian de un modo academicista, y juzgan a la Junta Central y a las posteriores Cortes de 1810 que ella acaba convocando, por sus escritos y proclamas, sin reparar en lo que realmente se hizo para ponerlos en práctica. Por eso, no pocas veces se le ha dado, tanto a la Junta Central como a las Cortes de 1810, un papel revolucionario que en realidad no alcanzaron. Ya es penoso que la burguesía no tenga otras instituciones a las que reclamarse, en una época en que la burguesía todavía era revolucionaria, esto nos da una idea de la debilidad del ímpetu revolucionario burgués que España ha tenido históricamente.
«Desde el comienzo, la mayoría de la Junta Central tuvo por deber primordial suyo sofocar los primeros arrebatos revolucionarios. Por eso volvió a poner la vieja mordaza a la prensa y designó un nuevo Inquisidor General, al que por fortuna los franceses impidieron entrar en funciones. A pesar de que gran parte de los bienes inmuebles españoles estaban vinculados en “manos muertas” -en forma de mayorazgos y dominios inalienables de la Iglesia-, la Junta ordenó suspender la venta de estas fincas, que se había comenzado ya, amenazando incluso con anular los contratos privados sobre bienes eclesiásticos ya enajenados. La Junta reconoció la deuda nacional, pero no adoptó ninguna medida financiera para aliviar el presupuesto del cúmulo de cargas con que lo había agobiado una secular sucesión de gobiernos corrompidos ni hizo nada para reformar su sistema tributario proverbialmente injusto, absurdo y oneroso ni para abrir a la nación nuevas fuentes de trabajo productivo, rompiendo los grilletes del feudalismo» (N.Y.D.T. 20-10-1854)
«Para nosotros, sin embargo, lo importante es probar, basándonos en las confesiones mismas de las juntas provinciales ante la Central, el hecho frecuentemente negado de la existencia de aspiraciones revolucionarias en la época de la primera insurrección española (…)
Pero no satisfecha con actuar como un peso muerto sobre la revolución española, la Junta Central laboró realmente en sentido contrarrevolucionario, restableciendo las autoridades antiguas, volviendo a forjar las cadenas que habían sido rotas, sofocando el incendio revolucionario en los sitios en que estallaba, no haciendo nada por su parte e impidiendo que los demás hicieran algo (…)
Nos ha parecido muy necesario extendernos sobre este punto porque su importancia decisiva jamás ha sido comprendida por ningún historiador europeo. Sólo bajo el poder de la Junta Central era posible unir las realidades y las exigencias de la defensa nacional con la transformación de la sociedad española y la emancipación del espíritu nacional, sin lo cual toda constitución política tiene que desvanecerse como un fantasma al menor contacto con la vida real. Las Cortes se vieron situadas en condiciones diametralmente opuestas. Acorraladas en un punto lejano de la península y separadas durante dos años del núcleo fundamental del reino por el asedio del ejército francés, representaban una España ideal, en tanto que la España real se hallaba ya conquistada o seguía combatiendo. En la época de las Cortes, España se encontró dividida en dos partes. En la isla de León, ideas sin acción; en el resto de España, acción sin ideas. En la época de la Junta Central, por el contrario, se necesitaron una debilidad, una incapacidad y una mala voluntad singulares del Gobierno supremo por trazar una línea divisoria entre la guerra de independencia y la revolución española. Por consiguiente, la Cortes fracasaron, no como afirman los autores franceses e ingleses, porque fueran revolucionarias, sino porque sus predecesores habían sido reaccionarios y habían dejado pasar el momento oportuno para la acción revolucionaria» (N.Y.D.T. 27-10-1854).
«La Junta Central fracasó en la defensa de su país porque fracasó en su misión revolucionaria (…)
La desastrosa batalla de Ocaña del 19 de noviembre de 1809 fue la última batalla campal que los españoles dieron en orden. A partir de entonces se limitaron a la guerra de guerrillas. El mero hecho del abandono de las operaciones regulares demuestra que los organismos locales de gobierno eclipsaron a los centrales.(…) Es necesario distinguir tres períodos en la historia de la guerra de guerrillas.(…) Comparando los tres períodos de la guerra de guerrillas con la historia política de España, se ve que representan los respectivos grados de enfriamiento del ardor popular por culpa del espíritu contrarrevolucionario del Gobierno. Comenzada por el alzamiento de poblaciones enteras, la guerra irregular siguió luego a cargo de guerrillas, cuyas reservas eran comarcas enteras, llegándose más tarde a formar cuerpos de voluntarios, siempre a punto de caer en el bandidaje o degenerar en regimientos regulares» (N.Y.D.T. 30-10-1854).
«El 24 de septiembre de 1810 se reunieron en la isla de León la Cortes extraordinarias; el 20 de febrero de 1811 se trasladaron a Cádiz; el 19 de marzo de 1812 promulgaron la nueva Constitución, y el 20 de septiembre de 1813, tres años después de su apertura, terminaron sus sesiones».
Solo este hecho de que casi toda España no estuviese bajo el gobierno de las Cortes, nos impide saber hasta qué punto las Cortes estaban realmente comprometidas con llevar a la práctica e instaurar la Constitución de 1812 que elaboraron, pues legislar sin tener un territorio donde aplicar las leyes no quiere decir ni mucho menos que las Cortes estuviesen decididas y preparadas para llevarlo a la práctica con todas sus consecuencias. Es un hecho pues a tener presente siempre que se hable del momento en el que nació la Constitución de 1812.
Después de una exposición de los puntos más destacados de la Constitución de 1812, los cuales parecen ser propios de la burguesía revolucionaria, Marx los compara con distintos fueros y costumbres que ya existían o habían existido en España.
«Lo cierto es que la Constitución de 1812 es una reproducción de los fueros antiguos, pero leídos a la luz de la revolución francesa y adaptados a las demandas de la sociedad moderna (…)
Por otra parte, podemos descubrir en la Constitución de 1812 indicios inequívocos de un compromiso entre las ideas liberales del siglo XVIII y las tradiciones tenebrosas del clero. Baste citar el artículo 12, según el cual “la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra” (…)
Examinando, pues, más de cerca la Constitución de 1812, llegamos a la conclusión de que, lejos de ser una copia servil de la Constitución francesa de 1791, era un producto original de la vida intelectual española que resucitaba las antiguas instituciones nacionales, introducía las reformas reclamadas abiertamente por los escritores y estadistas más eminentes del siglo XVIII y hacía inevitables concesiones a los prejuicios del pueblo» (N.Y.D.T. 24-11-1854).
«El hecho de que en Cádiz se reunieran los hombres más progresivos de España se debe a una serie de circunstancias favorables. Al celebrarse las elecciones, el movimiento no había decaído aún, y la propia impopularidad que se había ganado la Junta Central hizo que los electores se orientasen hacia los adversarios de ésta, que pertenecían en gran parte a la minoría revolucionaria de la nación (…)
Sería, sin embargo, un craso error suponer que la mayoría de las Cortes estaba formada por partidarios de las reformas. Las Cortes estaban divididas en tres partidos: los serviles, los liberales (estos epítetos salieron de España para difundirse por toda Europa) y los americanos. Estos últimos votaban alternativamente por uno u otro partido conforme a sus intereses particulares (…)
Los liberales tuvieron asimismo buen cuidado de no proponer la abolición de la Inquisición, de los diezmos, de los monasterios, etc., hasta después de promulgada la Constitución. Pero, a partir de este mismo instante, la oposición de los serviles dentro de las Cortes, y del clero fuera de ellas, se hizo implacable.
Una vez expuestas las circunstancias que explican el origen y las características de la Constitución de 1812, queda aún por dilucidar su repentina desaparición sin resistencia al retorno de Fernando VII. Rara vez ha presenciado el mundo un espectáculo más humillante. Cuando Fernando entró en Valencia el 16 de abril de 1814, “el pueblo, presa de un júbilo exaltado, se enganchó a su carroza y dio testimonio al rey por todos los medios de expresión posibles, de palabra y obra, que anhelaba verse de nuevo sometido al yugo de antaño”; resonaron gritos jubilosos de “¡Viva el rey absoluto!”, “¡Abajo la Constitución!” (…)
Más importante acaso que todo eso (ya que estas vergonzosas manifestaciones de la plebe fueron pagadas en parte a la canalla de las ciudades para que las hiciera, la cual, además, prefería, como los lazzaroni napolitanos, el gobierno fastuoso de los reyes y de los frailes al régimen sobrio de las clases medias) es el hecho de que en las nuevas elecciones generales obtuvieran una victoria decisiva los serviles; Las Cortes Constituyentes se vieron reemplazadas el 20 de setiembre de 1813 por las Cortes ordinarias, que se trasladaron de Cádiz a Madrid el 15 de enero de 1814.
Ya hemos explicado en los artículos anteriores cómo el propio partido revolucionario contribuyó a despertar y fortalecer los viejos prejuicios populares con el propósito de convertirlos en otras tantas armas contra Napoleón. Hemos visto como la Junta Central, en el único período en que podían combinarse las reformas sociales con las medidas de defensa nacional, hizo cuanto estuvo en su mano por impedirlas y ahogar las aspiraciones revolucionarias de las provincias. Las Cortes de Cádiz, por el contrario, disvinculadas totalmente de España durante la mayor parte de su existencia, no pudieron siquiera dar a conocer su Constitución y sus leyes orgánicas hasta que se hubieron retirado los ejércitos franceses. Las Cortes llegaron, por así decir, post factum, encontraron a la sociedad fatigada, exhausta, dolorida (…)
Las clases más interesadas en el derrocamiento de la Constitución de 1812 y en la restauración del antiguo régimen -los grandes, el clero, los frailes y los abogados- no dejaron de fomentar hasta el más alto grado el descontento popular derivado de las desdichadas circunstancias que acompañaron a la implantación del régimen constitucional en el suelo español. De aquí la victoria de los serviles en las elecciones generales de 1813.
Sólo en el ejército podía temer el rey alguna resistencia seria; pero el general Elío y sus oficiales, faltando al juramento que habían prestado a la Constitución, proclamaron a Fernando VII en Valencia sin mencionar la Constitución. Los otros jefes militares no tardaron en seguir el ejemplo de Elío.
En el decreto de 4 de mayo de 1814, por el que Fernando VII disolvía las Cortes de Madrid y derogaba la Constitución de 1812, expresaba al mismo tiempo su odio al despotismo, prometía convocar las Cortes con arreglo a las formas legales antiguas, establecer una libertad de imprenta razonable, etc. Fernando VII cumplió su palabra de la única manera merecida por el recibimiento que el pueblo español le había tributado, esto es, derogando todas las leyes que promulgaran las Cortes, volviendo a ponerlo todo como estaba antes, restableciendo la Santa Inquisición, llamando a los jesuitas desterrados por su abuelo, mandando a galeras, a los presidios africanos o al destierro a los miembros más destacados de las juntas y de las Cortes, así como a los partidarios de las mismas, y, por último, ordenando el fusilamiento de los jefes de guerrillas más ilustres: Porlier y Lacy» (N.Y.D.T. 1-12-1854).
EL TRIENIO LIBERAL
Tras la llegada de nuevo al trono de Fernando VII, van ha ser continuos los intentos de alzamientos militares, proclamando, cuando pueden hacerlo, la Constitución de 1812, aun después de Fernando VII, durante buena parte del siglo, los pronunciamientos constitucionalistas que parten inicialmente del ejército marcan la historia de España.
«En 1814, Mina intentó una sublevación en Navarra, dio la primera señal para la resistencia con un llamamiento a las armas y penetró en la fortaleza de Pamplona; pero desconfiando de sus propios partidarios, huyó a Francia. En 1815, el general Porlier, uno de los más famosos guerrilleros de la guerra de la Independencia, proclamó en Coruña la Constitución. Fue ejecutado. En 1816, Richart intentó apoderarse del rey en Madrid. Fue ahorcado. En 1817, el abogado Navarro y cuatro de sus cómplices perecieron en el cadalso en Valencia por haber proclamado la Constitución de 1812. En el mismo año, el intrépido general Lacy fue fusilado en Mallorca, acusado del mismo crimen. En 1818, el coronel Vidal, el capitán Sola y otros que habían proclamado la Constitución en Valencia fueron vencidos y pasados por las armas. La conspiración de la isla de León no era, pues, sino el último eslabón de una cadena formada con las cabezas sangrantes de tantos hombres valerosos de 1808 a 1814».
Esta etapa de alzamientos culmina con el de Rafael del Riego, que junto a otros mandos militares que habían conseguido escapar de prisión, proclaman la Constitución en enero de 1820. Entre estos mandos que se encontraban en prisión figuraban Quiroga y San Miguel, y se encontraban allí por haber intentado otro alzamiento seis meses antes, en cuya ocasión se vieron traicionados por José Enrique O’Donnell, con quien habían acordado la sublevación y que estaba al mando de las tropas que se debían sublevar, concentradas en los alrededores de Cádiz con el fin de partir para reconquistar las colonias americanas sublevadas. Éste, en lugar de dar la orden del alzamiento, ordenó el desarme de las tropas que se debían sublevar y encarceló a los cabecillas del movimiento, abortando por el momento la trama.
En el momento del alzamiento, el 1 de enero de 1820, Riego se encontraba con su batallón en Cabezas de San Juan (Sevilla), mientras que Quiroga y San Miguel estaban en la isla gaditana de León, el 7 de enero llega Riego a la isla de León tras haber proclamado la Constitución en las localidades que tuvo que conquistar hasta llegar a la isla.
«Las provincias parecían sumidas en una modorra letárgica. Así trancurrió el mes de enero, a fines de cual, temeroso Riego de que se extinguiera la llama revolucionaria en la isla de León, formó, contra el parecer de Quiroga y los demás jefes, una columna volante de mil quinientos hombres y emprendió la marcha sobre una parte de Andalucía, a la vista de fuerzas diez veces superiores a las suyas, que le perseguían, y proclamando la Constitución en Algeciras, Ronda, Málaga, Córdoba, etc.; en todas partes fue recibido amistosamente por los habitantes, pero sin provocar en ningún sitio un pronunciamento serio (…)
La marcha de la columna de Riego había atraído de nuevo la atención general. Las provincias eran todo expectación y seguían con ansiedad cada movimiento. Las gentes, sorprendidas por la intrepidez de la salida de Riego, por la celeridad de su marcha y por la energía con que rechazaba al enemigo, se imaginaban victorias inexistentes y adhesiones y refuerzos jamás logrados. Cuando las noticias de la empresa de Riego llegaban a las provincias más distantes, iban agrandadas en no escasa medida, y por esto las provincias más lejanas fueron las primeras en pronunciarse por la Constitución de 1812. Hasta tal punto había madurado España para una revolución que incluso noticias falsas bastaban para producirla. También fueron noticias falsas las que originaron el huracán de 1848.
En Galicia, Valencia, Zaragoza, Barcelona y Pamplona estallaron insurrecciones sucesivas. José Enrique O’Donnell, alias conde de la Bisbal, llamado por el rey para combatir la expedición de Riego, no sólo prometió tomar las armas contra éste, sino destruir su pequeño ejército y apoderarse de su persona (…) Pero, a su llegada a Ocaña, La Bisbal se puso personalmente a la cabeza de las tropas y proclamó la Constitución de 1812. La noticia de esta defección levantó el ánimo público de Madrid, donde, nada más saberse, estalló la revolución. El Gobierno comenzó entonces a parlamentar con la revolución. En un edicto fechado el 6 de marzo, el rey prometía convocar las antiguasantiguas Cortes, reunidas en estamentos, edicto que no satisfacía a ningún partido, ni al de la vieja monarquía ni al de la revolución. A su regreso de Francia, Fernando VII había hecho la misma promesa y después no la había cumplido. En la noche del 7 de marzo hubo manifestaciones revolucionarias en Madrid, y la Gaceta del día 8 publicó un edicto en el que Fernando VII prometía jurar la Constitución de 1812. “Marchemos francamente -decía en este decreto-, y yo el primero, por la senda constitucional”. Invadido el palacio por el pueblo el día 9, el rey pudo salvarse solamente restableciendo en Madrid el Ayuntamiento de 1814, ante el cual juró la Constitución. A Fernando VII, por su parte, le tenía sin cuidado jurar en falso, ya que disponía siempre de un confesor presto a concederle la plena absolución de todos los pecados posibles. Simultáneamente se constituyó una Junta consultiva, cuyo primer decreto puso en libertad a los presos políticos y autorizó el regreso de los emigrados políticos. Abiertas las cárceles, mandaron a Palacio el primer Gobierno constitucional. Castro, herreros y A. Argüelles, que formaron el primer gabinete, eran mártires de 1814 y diputados de 1812».
A mediados del siglo XIX hubo opiniones de algunos escritores ingleses que afirmaban, por una parte, que el alzamiento de 1820 no fue más que una conspiración militar, por otra, que todo se redujo a una intriga rusa. Lo cual Marx desmiente.
«Por lo que se refiere a la insurrección militar, hemos visto que la revolución triunfó pese al fracaso de aquella. Y el enigma por descifrar no está en el complot en que participaron cinco mil soldados, sino en que dicho complot fue sancionado por otro complot de un ejército de 35.000 hombres y una lealísima nación de doce millones de habitantes. El que la revolución prendiera antes en la tropa se explica fácilmente por el hecho de que el ejército era, de todos los órganos de la monarquía española, el único que había sido radicalmente transformado y revolucionado durante la guerra de la Independencia» (N.Y.D.T. 2-12-1854).
En cuanto a la intriga rusa, Marx no niega que la mano rusa estuvo detrás de los asuntos de la revolución española, pero desde 1812 Rusia reconocía o denunciaba la Constitución según favoreciera sus intereses directos con españa o con terceros Estados.
La conclusión que se puede extraer, pues, del llamado Trienio Liberal 1820-1823, una vez más, es la falta de canalización de las energías revolucionarias de la población de las ciudades, una canalización en sentido revolucionario liberal y burgués; ya que hay que hacer hincapié en que los liberales en España, recibían este nombre por reclamar las reformas burguesas que la Constitución de 1812 recogía, en contra del régimen eclesiástico y absolutista, pero las reclamaban desde lo alto, gradualmente y a través de pactos con los altos estamentos de la sociedad, renunciando en todo momento a movilizar a las masas pobres para imponer las medidas revolucionarias por la fuerza, es más, aliándose con los sectores más reaccionarios para frenar a las masas cuando se ponían en movimiento de una manera instintiva, las cuales carecían además de cabecillas bien reconocidos.
A pesar de ello, fueron las rebeliones en las ciudades (La Coruña, Madrid, Zaragoza, etc) en apoyo de Riego y la Constitución, las que consiguieron imponer el Gobierno liberal y hacer jurar la Constitución al rey. Aunque Riego fue la primera llama que encendió el fuego, el alzamiento militar de Riego se agotó por faltarle el apoyo civil armado en los territorios andaluces que conquistaba. En las Cortes, abiertas el 26 de junio de 1820, de las que Riego llego a ser diputado y presidente, los liberales se dividían en exaltados y moderados, siendo estos últimos los que predominaban. Si consideramos pues, que ni siquiera los exaltados supieron estar a la altura de una revolución con todas sus consecuencias, qué decir de los moderados.
Tanto las Cortes como el Gobierno veían con inquietud, que el pueblo se aprovechara de las medidas revolucionarias que se tenían que ir tomando (libertad de prensa, etc), y que por este camino las masas acabaran reivindicando más y más. Hay que decir que las manifestaciones y choques callejeros fueron constantes durante el Trienio, sobre todo en Madrid. Ante este temor, las Cortes y el Gobierno tuvieron que retroceder y volverse claramente reaccionarios, y el vacío que este retroceso dejó permitió que los reaccionarios absolutistas ganasen terreno. En julio de 1822 hubo una insurrección militar por parte de la reacción, en la que se vieron implicados el rey y el Gobierno, pero la Milicia Nacional junto a las guerrillas urbanas acabaron con la intentona en Madrid, pues el campesinado, que era el estrato más amplio de la población, permaneció dormido por falta de motivación durante este trienio. Esta situación hizo salir a flote la necesidad de una república, y ante esta situación se reclamó la intervención de las tropas extranjeras. Así pues, la intervención legitimista francesa con los cien mil hijos de San Luis puso fin al Trienio Liberal, volviendo a instaurar a Fernando VII en su trono absolutista.
LA REVOLUCIÓN EN ESPAÑA
«Los resultados positivos de la revolución de 1820-1823 no se circunscriben sólo al gran proceso de efervescencia que ensanchó las miras de capas considerables del pueblo y les imprimió nuevos rasgos característicos. Fue también producto de la revolución la propia segunda restauración, en la que los elementos caducos de la sociedad adoptaron formas que eran ya insoportables e incompatibles con la existencia de España como nación. Su obra fundamental fue que exacerbó los antagonismos hasta el grado de que ya no eran posibles los compromisos y se hacía inevitable una guerra sin cuartel (…) Debido a las tradiciones españolas, es poco probable que el partido revolucionario triunfara, de haber derrocado la monarquía. Entre los españoles, para vencer, la propia revolución hubo de presentarse como pretendiente al trono. La lucha entre los dos regímenes sociales hubo de tomar la forma de pugna de intereses dinásticos opuestos. La España del siglo XIX hizo su revolución con ligereza, cuando pudo haberle dado la forma de las guerras civiles del siglo XIV. Fue precisamente Fernando VII quien proporcionó al partido revolucionario y a la revolución un lema monárquico, el nombre de Isabel, en tanto que legaba a la contrarrevolución a su hermano Don Carlos, el Don Quijote de los autos de fe» (Fragmento inédito de la serie de artículos La España revolucionaria, publicado por la editorial Progreso).
Hay que decir que durante esta primera guerra carlista el Gobierno de la nación estuvo en manos de los liberales, y fue en este período cuando se introdujeron las leyes más radicales en sentido burgués, sobre todo a manos de Mendizabal, que dentro de los liberales pertenecía a la parte de los exaltados o progresistas.
Espartero, el general que dirigió la lucha que acabó con la derrota de los carlistas, se convirtió en el ídolo nacional, en un principio fue aclamado y respetado por ambos sectores de las filas liberales. Tras una serie de gobiernos de signo moderado y de poca reputación en los dos últimos años de guerra, y con la regente María Cristina, madre de la reina niña Isabel, intentando frenar el nuevo orden que avanzaba con paso firme, Espartero, contando sobre todo con el apoyo del partido progresista, consigue finalmente que Cristina le nombre Jefe del Gobierno en 1840, ésta después de ver el programa de gobierno renunció a sus funciones y abandonó el país. En mayo de 1841 Espartero ocuparía el cargo de Regente. Con éste a la cabeza de la nación se continuó el proceso de desmantelamiento del Antiguo Régimen, en el que los intereses y las propiedades de la Iglesia, que había sido bastión importante de los carlistas, se vieron seriamente mermados, lo que provocó el enfrentamiento con el Vaticano.
Mientras tanto, las diferencias entre progresistas y moderados se exacerbaban. A eso hay que añadir además, la atmósfera de descontento que reinaba en el ejército, en cuyos cuadros, con la llegada de la paz, quedó bloqueado el juego de ascensos. Así pues, se llegó al levantamiento contra Espartero, que comenzó con el golpe de Leopoldo O’Donnell en septiembre de 1841, que pretendía restablecer como Regente a María Cristina, pero este intento fracasó. Del descontento general se acabaron contagiando también los progresistas, y Espartero, en enero de 1843 decretaba la disolución de las Cortes, siendo esto una confirmación de que el mando tomaba cada vez más un carácter personal. O’Donnell, junto a Narvaez y otros militares seguían conspirando en París, y en 1843 consiguen expulsar con las armas a Espartero, que en su destierro emigró a Inglaterra. Aquí se inicia la Década Moderada, en la que Narvaez ocupó la presidencia del consejo de ministros durante casi cuatro años, de esta manera llegamos al bienio 1854-1856 que marx trata más a fondo en sus artículos del New York Daily Tribune.
En 1854 tiene lugar en Madrid el levantamiento armado de los generales Dulce y O’Donnell, con fines puramente palaciegos, es decir, representaba los intereses de alguna facción de las clases dominantes. El mismo O’Donnell, que en 1843 contribuyó al dominio de los moderados en el Gobierno y al regreso de María Cristina a España, poniendo fin al proceso de cambios profundos abierto en 1833, se alzaba ahora proclamando la Constitución de 1837. Ahora el objetivo personificado de la rebelión era el favorito de la reina Isabel, el conde de San Luis, al cual pretendían quitar de la vida política del país.
Tras tres semanas de combates entre tropas leales y rebeldes, a la vez que el levantamiento se iba extendiendo por el resto de España, las tropas leales cedían y el panorama se iba despejando para los insurrectos, que sin embargo, se vieron obligados a utilizar al pueblo para que colaborara y presionara por el cambio de Gobierno.
«Así sucedió que las únicas manifestaciones de vida de la nación (las de 1812 y 1822) partieron del ejército, por lo que la parte dinámica de ella se ha acostumbrado a conceptuar al ejército de instrumento natural de todo alzamiento nacional. Ahora bien, durante la turbulenta época de 1830 a 1854, las ciudades de España cayeron en la cuenta de que el ejército, en lugar de seguir defendiendo la causa de la nación, se había transformado en instrumento de las rivalidades de los ambiciosos pretendientes a la tutela militar sobre la Corte. En consecuencia, vemos que el movimiento de 1854 es muy diferente incluso del de 1843. El motín del general O’Donnell no era para el pueblo sino una conspiración contra la influencia que predominaba en la Corte, tanto más cuanto que contaba con el apoyo del ex favorito Serrano. Por eso las ciudades y el campo no se apresuraban a responder al llamamiento de la caballería de Madrid, forzando al general O’Donnell a modificar totalmente el carácter de sus operaciones, para no quedar aislado y exponerse a un fracaso (…) Si la sedición militar ha obtenido el apoyo de una insurrección popular, ha sido únicamente sometiéndose a las condiciones de esta segunda. Queda por ver si se sentirá constreñida a serle fiel y a cumplir sus promesas (…)
Los militares están muy lejos de haber tomado la iniciativa en todas partes; antes al contrario, en algunos sitios han tenido que ceder al irresistible empuje de la población (…)
El conde de San Luis, que parece haber juzgado con bastante acierto la situación en Madrid, anunció a los obreros que el general O’Donnell y los anarquistas los dejarían sin trabajo, mientras que si el Gobierno triunfaba, daría empleo a todos los trabajadores en las obras públicas con un jornal diario de seis reales. Con esta estratagema esperaba el conde de San Luis alistar bajo su bandera a los madrileños que más se dejaran impresionar. Pero su éxito se pareció al del partido del National, de París, en 1848. Los aliados reclutados de tal guisa no tardaron en convertirse en sus más peligrosos enemigos, ya que los fondos destinados a su sostenimiento se agotaron al sexto día. Hasta qué punto temía el Gobierno un pronunciamiento en la capital, lo demuestra el bando del general Lara (el gobernador militar) para prohibir la circulación de toda clase de noticias referentes a la marcha de la sublevación. Parece ser, además, que la táctica del general Bláser se limitaba a eludir todo contacto con los sublevados por temor a que sus tropas se contagiaran» (N.Y.D.T 4-8-1854).
Tras el triunfo de los militares insurrectos, se forma lo que se ha dado en llamar el Gobierno de coalición Espartero-O’Donnell. Recordemos que O’Donnell fue uno de los generales que en 1843 estaba al frente del alzamiento armado contra el entonces Regente Espartero, y ahora ambos, al frente del nuevo Gobierno formado el 31 de julio de 1854, ya encaramados en el poder, procederían inmediatamente a tomar medidas de represión para acabar con una situación revolucionaria, de la cual ellos se aprovecharon para desplazar del poder a la camarilla de la reina.
«Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que, justamente cuando el pueblo parece a punto de realizar un gran avance e inaugurar una nueva era, se deja llevar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder y toda influencia, que tan caros le han costado, a unos hombres que representan o se supone que representan el movimiento popular de una época fenecida. Espartero es uno de estos hombres tradicionales a quienes el pueblo suele subir a hombros en los momentos de crisis sociales y de los que después le es difícil desembarazarse.
A fines de 1847, una amnistía permitió el regreso de los desterrados españoles, y, por decreto de la reina Isabel, Espartero fue nombrado senador» (N.Y.D.T 19-8-1854).
«Apenas habían desaparecido las barricadas de Madrid a petición de Espartero, cuando ya la contrarrevolución ponía manos a la obra. El primer paso contrarrevolucionario fue la impunidad concedida a la reina Cristina, a Sartorius y consocios. Después vino la formación del gabinete con el moderado O’Donnell de ministro de la Guerra, quedando todo el ejército a disposición de este viejo amigo de Narváez. (…)Como recompensa por los sacrificios de sangre del pueblo en las barricadas y en la vía pública, ha llovido un sinfín de condecoraciones sobre los generales de Espartero, por un lado, y los moderados, amigos de O’Donnell, por otro. Para allanar el camino al amordazamiento definitivo de la prensa, se ha restablecido la ley de imprenta de 1837. Se afirma que Espartero se propone convocar las Cámaras conforme a la Constitución de 1837 y, al decir de algunos, hasta con las modificaciones introducidas por Narváez, en lugar de convocar Cortes Constituyentes. Para asegurar todo lo posible el éxito de estas medidas, y de otras que han de seguir, se están concentrando grandes contingentes de tropas en las inmediaciones de Madrid. Si algo hay que nos llame particularmente la atención en este asunto es la prontitud con que ha reaparecido la reacción» (N.Y.D.T. 21-8-1854).
«Hace unos días, el Charivari publicó una caricatura en la que se representa al pueblo español enzarzado en una pelea mientras los dos sables -Espartero y O’Donnell- se abrazan por encima de sus cabezas. El Charivari ha tomado por final de la revolución lo que es sólo su comienzo (…) O’Donnell quiere que las Cortes sean elegidas conforme a la ley de 1845; Espartero, con arreglo a la Constitución de 1837; y el pueblo, por sufragio universal. El pueblo se niega a deponer las armas antes de que sea publicado el programa del Gobierno, pues el programa de Manzanares (Se trata del Manifiesto lanzado desde Manzanares por el general O’Donnell, que encabezó el pronunciamiento del 28 de junio de 1854. Se le llamaba “Programa de Manzanares” y contenía algunas reivindicaciones del pueblo. Ndr) ya no satisface sus aspiraciones. El pueblo exige la anulación del concordato de 1851 (Según este documento, la Corona española se comprometía a subvencionar al clero a costa del Tesoro, a cesar la confiscación de las Tierras de la Iglesia y devolver a los conventos las tierras incautadas durante 1834-1843 que no hubieran sido vendidas, Ndr), la confiscación de los bienes de los contrarrevolucionarios, un exposé del estado de la Hacienda, la cancelación de todas las contratas de ferrocarriles y otras obras públicas fraudulentas y, por último, el procesamiento de Cristina por un tribunal especial. Dos conatos de evasión de esta última han sido frustrados por la resistencia armada del pueblo. El Tribuno publica la cuenta de las sumas que Cristina debe restituir al Erario Público…» (N.Y.D.T. 25-8-1854).
«A estas fechas se ha confirmado ya que fue el embajador inglés quien escondió a O’Donnell en su palacio e indujo al banquero Collado, actual ministro de Hacienda, a adelantar el dinero que necesitaban O’Donnell y Dulce para poner en marcha su pronunciamiento (…)
Mientras Rusia anda ahora intrigando en la península por conducto de Inglaterra, hace al mismo tiempo a Francia denuncias contra Inglaterra. Así, leemos en la Nueva Gaceta de Prusia que Inglaterra ha tramado la revolución española a espaldas de Francia.
¿Qué interés tiene Rusia en fomentar conmociones en España? Desencadenar en Occidente sucesos que distraigan la atención, provocar disensiones entre Francia e Inglaterra y, finalmente, inducir a Francia a una intervención. Los periódicos anglo-rusos nos dicen ya que las barricadas de Madrid han sido levantadas por insurrectos franceses de junio. (…)
¿Decimos nosotros que la revolución española ha sido obra de los ingleses y los rusos? En modo alguno. Rusia no hace sino apoyar los movimientos facciosos cuando sabe que hay una crisis revolucionaria próxima. Sin embargo, el verdadero movimiento popular, que empieza después, resulta siempre tan contrario a las intrigas de Rusia como a la gestión opresora de su Gobierno. Tal sucedió en Valaquia en 1848. Tal ha sucedido en España en 1854 (…)
Jamás revolución alguna ha ofrecido un espectáculo más escandaloso por la conducta de sus hombres públicos que esta revolución emprendida en pro de la “moralidad”. La coalición de los viejos partidos que forman el actual Gobierno de España (el de los adictos a Espartero y el de los adeptos de Narváez) de nada se ha ocupado tanto como de repartirse el botín consistente en puestos de dirección, empleos públicos, sueldos, títulos y condecoraciones (…)
Reconforta algo el oír que, contrastando con las infamias oficiales que mancillan el movimiento español, el pueblo ha obligado a estos sujetos al menos a poner a Cristina a disposición de las Cortes y a dar la conformidad a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente sin Senado y, por tanto, sin sujeción ni a la ley electoral de 1837 ni a la de 1845. El Gobierno no se ha atrevido todavía a dictar una ley electoral propia, y el pueblo se manifiesta unánimemente a favor del sufragio universal (…)
En Barcelona, los militares tan pronto tienen colisiones entre ellos como con los obreros. Esta situación anárquica de las provincias es sumamente ventajosa para la causa de la revolución, pues impide que caigan bajo la férula de la capital» (N.Y.D.T. 1-9-1854)
«Por lo que se refiere a la situación general, el Times tiene sin duda fundados motivos para lamentar que no exista en España la centralización francesa, debido a lo cual incluso una victoria obtenida sobre la revolución en la capital no decide nada respecto a las provincias, mientras subsista en éstas ese estado de “anarquía” sin el que ninguna revolución puede triunfar (…)
El control que la presión popular ejerce sobre el Gobierno se demuestra por el hecho de que los ministros de la Guerra, Gobernación y Fomento han llevado a cabo grandes remociones y simplificaciones en sus distintos departamentos, caso jamás conocido en la historia de España (…)
La principal causa de la revolución española ha sido el estado de la Hacienda, y, en particular, el decreto de Sartorius que ordenaba el pago por adelantado de los impuestos de un semestre al comenzar el año. Cuando la revolución estalló todas las arcas públicas estaban vacías, a pesar de que no se habían hecho efectivas las pagas en ninguna rama de la administración ni se habían empleado durante meses enteros las sumas asignadas para cualquier obra» (N.Y.D.T. 4-9-1854).
«La entrada de los regimientos de Vicálvaro en Madrid ha estimulado al Gobierno a incrementar la actividad contrarrevolucionaria. El restablecimiento de la restrictiva ley de imprenta de 1837, adornada con todos los rigores de la ley complementaria de 1842, ha acabado con toda la prensa “incendiaria” que no podía depositar la fianza requerida. el día 24 se publicó el último número de El Clamor de las Barricadas con el título de Las Últimas Barricadas, pues fueron detenidos los dos periodistas que lo dirigían (…)
A la supresión de la ley de imprenta a seguido en el acto la supresión de la libertad de reunión, también por real decreto. En Madrid han sido disueltos los clubs, y en provincias, las juntas y comités de seguridad pública, a excepción de los reconocidos como “diputaciones” por el Gobierno (…)
Espartero ha logrado de los principales banqueros de Madrid 2.500.000 dólares bajo la promesa de seguir una política moderada pura. Hasta qué punto está dispuesto a cumplir su promesa lo prueban sus últimas medidas.
No vaya a suponerse que estas medidas reaccionarias han sido aceptadas sumisamente por el pueblo. Cuando se supo la marcha de Cristina, el 28 de agosto, volvieron a levantarse barricadas; pero si hemos de creer un despacho telegráfico de Bayona, publicado en el Moniteur francés, “las tropas, unidas a la Milicia Nacional, tomaron las barricadas y sofocaron el movimiento”. este es el círculo vicioso en que están condenados a moverse los gobiernos revolucionarios abortivos. Reconocen las deudas contraídas por sus predecesores contrarrevolucionarios como obligaciones nacionales y, para poder pagarlas, tiene que seguir recaudando los viejos impuestos y contraer nuevas deudas. Mas, para poder hacerlo, tienen que dar garantías de “orden”, es decir, adoptar a su vez medidas contrarrevolucionarias. De este modo, el nuevo Gobierno popular se convierte instantáneamente en lacayo de los grandes capitalistas y opresor del pueblo. De idéntica manera se vio obligado el Gobierno provisional de Francia en 1848 a adoptar la famosa medida de los 45 céntimos y a incautarse de los fondos de las Cajas de Ahorros para poder pagar los intereses a los capitalistas (…)
En Madrid hay muy pocas tropas y, a lo sumo, veinte mil hombres de la Milicia Nacional. Pero de estos últimos, sólo alrededor de la mitad está debidamente armada, en tanto que se sabe que el pueblo no ha hecho caso del llamamiento a entregar las armas» (N.Y.D.T. 16-9-1854).
«Del criterio sustentado por la prensa reaccionaria en general respecto de los asuntos españoles puede juzgarse por algunos extractos de la Kölnische Zeitung y de la Indépendance Belge: “El porvenir de la monarquía española — dice la Indépendance — corre grandes peligros. Todos los verdaderos patriotas españoles coinciden en la necesidad de poner término a las orgías revolucionarias. La furia de los libelistas y de los constructores de barricadas se descarga ahora contra Espartero y su Gobierno con la misma vehemencia que contra San Luis y el banquero Salamanca”. (…)
Si las provincias siguen agitadas por movimientos que no acaban de concretarse y definirse, ¿qué otra razón puede hallarse para explicar este hecho si no es la ausencia de un centro para la acción revolucionaria? Ni un sólo decreto beneficioso para las provincias ha aparecido desde que el denominado Gobierno revolucionario ha caído en manos de Espartero» (N.Y.D.T. 30-9-1854).
La coalición Espartero-O’Donnell duro hasta el verano de 1856. La inestabilidad social, que no mitigaba, obligó al bando de O’Donnell a poner fin mediante un golpe de estado, a las diferencias con los esparteristas y a la situación caótica. teniendo preparado un equipo ministerial de antemano, en el que él figuraba a la cabeza, O’Donnell presenta la dimisión en el Gobierno de coalición, e intenta imponer por la fuerza armada el nuevo gabinete. Tras las noticia, sangrientas revuelta de resistencia estallaron en Barcelona y Madrid, donde las medidas represivas, en ambas ciudades, fueron violentísimas y encarnizadas. La facción de O’Donnell contaba, como en 1843 con el apoyo de Francia, ahora con Napoleón III en lugar de Luis Felipe.
«En 1856 vemos no sólo a la Corte y al ejército en un bando y al pueblo en otro, sino las mismas escisiones de las filas del pueblo que en el resto de la Europa Occidental. El 13 de julio, El Gobierno Espartero presentó su forzosa dimisión; en la noche del 13 al 14 se constituyó el gabinete O’Donnell; en la mañana del 14 se corrió el rumor de que O’Donnell, encargado de formar Gobierno, había invitado a participar en él a Ríos Rosas, el tristemente célebre ministro de los sangrientos días dejulio de 1854 (…) La orden de empezar a levantar barricadas la dieron a las siete de la tarde las Cortes, cuya reunión fue disuelta inmediatamente después por las tropas de O’Donnell. La batalla comenzó aquella misma noche, y sólo un batallón de la Milicia Nacional se unió a las tropas de la reina (…) En suma, no cabe duda de que la resistencia contra el golpe de Estado la iniciaron los esparteristas, la población de las ciudades y los liberales en general. Mientras ellos, con las milicias, cubrían el frente de Este a Oeste de Madrid, los obreros, bajo la dirección de Pucheta, ocuparon el Sur de la ciudad y parte de los barrios del Norte.
En la mañana del 15, O’Donnell tomó la iniciativa. Pero ni siquiera según el testimonio tendencioso del Journal des Débats obtuvo ninguna ventaja notable durante la primera mitad del día. De repente, hacia la una, sin motivo perceptible, las filas de los milicianos nacionales se rompieron; a las dos se clarearon más, y a las seis habían desaparecido por completo de la escena, dejando todo el peso de la batalla a los obreros, que siguieron luchando hasta las cuatro de la tarde del día 16. Así, en estos tres días de matanza, hubo dos batallas bien distintas: una, de la milicia liberal de las clases medias, apoyada por los obreros, contra el ejército; y la otra, del ejército contra los obreros abandonados por la milicia, que desertó (…) Espartero abandona a las Cortes; las Cortes abandonan a los jefes de la Milicia Nacional; los jefes abandonan a sus hombres, y estos últimos abandonan al pueblo (…) Otra información explica de buena tinta que la razón de este súbito acto de sometimiento a la conjura fue el parecer de que el triunfo de la Milicia Nacional acarrearía probablemente el derrocamiento del trono y la preponderancia absoluta de la democracia republicana. La Presse de París da también a entender que el mariscal Espartero, al ver el giro que los demócratas daban a las cosas en el Congreso, no quiso sacrificar el trono o arrostrar los azares de la anarquía y la guerra civil y, en consecuencia, hizo cuanto pudo para que se produjera el sometimiento a O’Donnell.
Verdad es que los diferentes autores discrepan en cuanto a los detalles de tiempo y circunstancias y a los pormenores del derrumbamiento de la resistencia al golpe de Estado; pero todos coinciden en el punto principal: que Espartero desertó, abandonando a las Cortes, las Cortes a los dirigentes, los dirigentes a la clase media, y ésta al pueblo. Esto da una nueva ilustración sobre el carácter de la mayor parte de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que ha habido desde entonces en la parte occidental de dicho continente. Por un lado, existen la industria y el comercio modernos, cuyos jefes naturales, las clases medias, son enemigos del despotismo militar; por otro lado, cuando las clases medias emprenden la batalla contra este despotismo, entran en escena los obreros, producto de la moderna organización del trabajo, y entran dispuestos a reclamar la parte que les corresponde de los frutos de la victoria. Asustadas por las consecuencias de una alianza que se le ha venido encima de este modo contra su deseo, las clases medias retroceden para ponerse de nuevo bajo la protección de las baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de la existencia de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensible de otro modo para los futuros historiadores. Así, las clases medias de Europa se ven obligadas a comprender que no tienen más que dos caminos: o someterse a un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y a las relaciones sociales basadas en ellos, o bien sacrificar los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad, en su fase primaria, ha otorgado a una sola clase. Que esta lección se dé incluso desde España es tan impresionante como inesperado» (N.Y.D.T. 8-8-1856).
«Fue rasgo característico de la insurrección de Madrid el empleo de pocas barricadas — sólo en las esquinas de las calles importantes, siendo, en cambio, convertidas las casas en núcleos de resistencia; y — cosa inaudita en los combates de calle — las columnas del ejército asaltante fueron recibidas con ataques a la bayoneta. Pero si los insurrectos aprovecharon la experiencia de las insurrecciones de París y Dresde, los soldados no habían aprendido menos que ellos: abrían brecha en las paredes de las casas, una tras otra, y llegaban hasta los insurrectos por el flanco y por la retaguardia, mientras las salidas a la calle eran barridas con fuego de artillería (…) Los insurgentes, dispersados, seguían haciendo frente bajo un soportal de iglesia, en una callejuela o en la escalera de una casa, y allí se defendían hasta la muerte.
En Barcelona, donde la lucha careció de dirección en absoluto, fue más intensa aún. Militarmente, esta insurrección, como todos los levantamientos anteriores en Barcelona, sucumbió por estar la fortaleza de Montjuich en manos del ejército. Caracteriza la violencia de la lucha la muerte de ciento cincuenta soldados entre las llamas del incendio de su cuartel de Gracia, suburbio por el que los insurrectos lucharon encarnizadamente, una vez desalojados de Barcelona. Merece señalarse que, mientras en Madrid, como hemos escrito ya en un artículo anterior, los proletarios fueron traicionados y abandonados por la burguesía, los tejedores de Barcelona declararon desde el primer instante que no tendrían arte ni parte en un movimiento iniciado por los esparteristas e insistieron en que se proclamara la República. Habiendo sido rechazada esta condición, los tejedores, exceptuando algunos que no podían resistir el olor de la pólvora, permanecieron como espectadores pasivos de la batalla, con lo que ésta se perdió, pues todas las insurrecciones de Barcelona las deciden sus veinte mil tejedores.
La revolución española de 1856 se distingue de todas las que la han precedido por la pérdida de todo carácter dinástico. Sabido es que el movimiento de 1808 a 1815 fue nacional y dinástico. Aunque las Cortes en 1812 proclamaron una Constitución casi republicana, lo hicieron en nombre de Fernando VII. El movimiento de 1820-23, tímidamente republicano, era prematuro por completo y tenía contra él a las masas cuyo apoyo recababa; y las tenía en contra porque estaban ligadas por entero a la Iglesia y a la Corona. La realeza en España estaba tan profundamente arraigada, que la lucha entre la vieja y la nueva sociedad, para tomar un carácter serio, necesitó un testamento de Fernando VII y la encarnación de los principios antagónicos en dos ramas dinásticas: la carlista y la cristina. Incluso para combatir por un principio nuevo, el español necesitaba una bandera consagrada por el tiempo. Bajo tales banderas se llevó la lucha desde 1833 hasta 1843. Luego hubo un final de revolución, y a la nueva dinastía se le permitió probar sus fuerzas desde 1843 hasta 1854. La revolución de julio de 1854 llevaba implícito necesariamente un ataque a la nueva dinastía; pero la inocente Isabel estaba a cubierto, gracias al odio concentrado contra su madre; y el pueblo festejaba no sólo su propia emancipación, sino la emancipación de Isabel, liberada de su madre y de la camarilla.
En 1856, el velo había caído, y era ya la misma Isabel quien se enfrentaba con el pueblo mediante el golpe de Estado que fomentó la revolución. Con su fría crueldad y con su cobarde hipocresía se mostró digna hija de Fernando VII (…) hasta la matanza de los madrileños por Murat en 1808 queda a la altura de una revuelta insignificante al lado de la carnicería hecha del 14 al 16 de julio bajo la sonrisa de la inocente Isabel. Esos días doblaron las campanas por la monarquía en España. Sólo los imbéciles legitimistas de Europa pueden pensar que, una vez caída Isabel, pueda levantarse Don Carlos. Esta gente piensa siempre que, al extinguirse la última manifestación de un principio, muere sólo para dar nueva forma a su manifestación primitiva.
En 1856, la revolución española ha perdido no sólo su carácter dinástico, sino también su carácter militar (…) Hasta 1854 la revolución partió siempre del ejército, y sus diferentes manifestaciones no se diferenciaban exteriormente unas de otras más que en la graduación militar de sus promotores.
En 1854, el primer impulso procedió aún del ejército, pero ahí está el manifiesto de Manzanares de O’Donnell como testimonio de lo frágil que había llegado a ser la preponderancia militar en la revolución española (…) Si la revolución de 1854 se limitó a manifestar de este modo su desconfianza del ejército, apenas transcurridos dos años se vio atacada abierta y directamente por aquel ejército, el cual ha engrosado ahora dignamente la lista donde se encuentran los croatas de Radetsky, los africanos de Bonaparte y los pomeranios de Wrangel. La rebelión de un regimiento en Madrid el 29 de julio prueba hasta qué punto valora el ejército español las glorias de su nueva posición. Este regimiento, insatisfecho del obsequio de Isabel, unos simples cigarros, se declaró en huelga, pidiendo los cinco francos y las salchichas de Bonaparte; y los consiguió.
Por lo tanto, esta vez el ejército ha estado, en su totalidad, contra el pueblo; o, más exactamente, ha luchado sólo contra el pueblo y los milicianos nacionales. En pocas palabras: la misión revolucionaria del ejército ha acabado. El hombre erigido en prototipo del carácter militar, dinástico y burgués liberal de la revolución española — Espartero — ha caído ahora aún más bajo de lo que el fuero del destino hubiera permitido preveer a los que más íntimamente le conocían. Si, como se rumorea, y es muy probable, los esparteristas están dispuestos a reagruparse bajo la dirección de O’Donnell, no harán más que confirmar su suicidio con un acto oficial propio. No salvarán a O’Donnell.
La próxima revolución europea encontrará a España madura para colaborar con ella, los años de 1854 a 1856 han sido fases de transición que debía atravesar para llegar a esta madurez» (N.Y.D.T. 18-8-1856).
¿Legal o ileGAL?
Que la derrota militar del Eje nazi-fascista en la segunda guerra mundial no se tradujo en su derrota política, es una de las lecciones históricas extraidas por nuestra corriente tras el fin de la contienda. Esta lección, que no es un lujo teórico sino un arma más en la batalla por la próxima reanudación revolucionaria proletaria, pone de manifiesto una serie de acontecimientos con una proyección y un alcance internacionales, tales como el reforzamiento hasta unos niveles de casi saturación del aparato represivo estatal y el sometimiento total y absoluto de las actuales organizaciones de defensa económico-sindical proletarias. Todo esto se ha llevado a cabo con un único objetivo: conservar y defender el régimen de la explotación capitalista, empleando para ello y según las circunstancias, grandes dosis de terror potencial o bien su manifestación cinética: el ancestral garrote.
En el periodo actual, la burguesía mundial no encuentra prácticamente ningún obstáculo para hacer digerir a una clase obrera privada de sus más elementales medios de defensa y ataque, la melodía de moda, mejor dicho el sonsonete, por lo monótona y continua que resulta. Este sonsonete, repetido insistentemente a través de los canales de difusión más variados, ha conseguido una difusión internacional, tarareándose su infame y embustero mensaje por todos los rincones de este atormentado planeta.
El nuevo evangelio no es otro que la alabanza y la adoración a una de las más importantes deidades modernas, con un poder tal que puede rivalizar en prodigios con otras divinas creaciones humanas más añejas. La diosa democracia posee una especial virtud, la de regenerarse liberándose de los efectos perniciosos que puede producir su mal uso por parte de los mortales. Esto al menos es lo que nos cuenta la moderna mitología.
De lo que se trata realmente es de narcotizar (¡aún más, sí!) al proletariado mundial, apartándole de su única vía histórica que no es otra que la lucha de clases. Para ello se establece una distinción neta entre el buen Estado democrático, que actúa con arreglo a las verdades eternas de la ética y la moral (que siempre tienen un carácter de clase, como nos enseñan nuestros maestros), y el mal Estado, ese que utiliza medios perversos e inmorales, lo que alguien definió como las cloacas del Estado. Con esta fórmula se silencia y oculta lo esencial: todo él no es más que un gigantesco albañal donde confluyen los más apestosos detritus de la decadente sociedad burguesa.
Contra ese mal Estado se ha puesto en marcha una nueva cruzada, la cruzada anticorrupción. Cada país posee sus particulares Bouillon o Corazón de León, sus propios sarracenos infieles y ciudades santas a conquistar, pero por encima de esta diversidad nacional el espíritu que anima a los modernos cruzados es el mismo.
Imbuidos por el fervor propio de toda acción trascendente, se ven impelidos hacia el infiel con la determinación que proporciona estar al servicio del más alto ideal. Por doquier ruedan las cabezas de los malvados, canallas sin escrúpulos que con su infame proceder mancillan el buen nombre del Estado de Derecho.
En España y en cada uno de sus reinos, la cruzada avanza victoriosa, imparable según parece, habiéndose producido ya algún desembarco forzoso de infieles derrotados, pero en esta ocasión no ha sido en las plazas fuertes del norte africano, sino en las ejemplarizantes mazmorras de la burguesía. La duración y el desenlace final de esta santa cruzada no es objeto preferente de nuestra atención, como tampoco lo es bajo ningún concepto el ensañamiento contra individuos que no son otra cosa que dignos representantes de la clase social dominante.
En este contexto de cruzada moralizante y regeneracionista, hay que inscribir el caso de la guerra sucia (¿existe alguna limpia?) de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) contra ese turbio conglomerado de intereses que es ETA.
Que semejante monstruosidad aparezca dentro de un Estado de Derecho es algo que horroriza especialmente al filisteo pequeño-burgués, incapaz de comprender que esta guerra sucia estatal es inherente a la aparición histórica del Estado político y de la sociedad dividida en clases. Y por supuesto todavía más incapaz de comprender que todas las guerras, junto al Estado y las clases sociales, desaparecerán de la historia solo si el proletariado dirigido por su Partido de clase asesta al mundo burgués el golpe definitivo.
El clamor público contra las abominables actuaciones de los GAL o similares, se transforma en aprobación general a la hora de reconocer la existencia y la necesidad de los llamados Fondos Reservados (que definiremos parcamente como dinero para sufragar crímenes), que han constituido la fuente financiera de los GAL. Para justificar la existencia de esos Fondos Reservados se ha esgrimido un argumento de no poco peso: todos los Estados tienen sus fondos reservados, incluso los más democráticos. Seguramente estos últimos más que ningún otro ya que no son precisamente estos estados más democráticos (que no son otros que algunas de las grandes potencias imperialistas) los que se caracterizan por una especial limpieza en su modus operandi. A este respecto sentimos defraudar a quienes imaginan la futura revolución social como un episodio limpio y aséptico, ya que el Estado revolucionario de la dictadura proletaria no excluirá ningún golpe para consolidar su transitorio poder de clase.
Entramos pues de lleno en un terreno que viene atormentando las mentes de los moralistas de todo tiempo y lugar. ¿Puede el fin justificar los medios? y… ¿qué justifica el fin? Quien intente contestar a estas cuestiones arropándose con las argumentaciones propias del idealismo filosófico no conseguirá sino volver al punto de partida, o como mucho caer en la apología de lo existente. Solo el marxismo ha podido situar científicamente estos interrogantes y sus respuestas, ligándolos al proceso histórico que no ve sujetos individuales sometidos al ansia de poder, sino una sucesión dialéctica de fuerzas económicas y sociales, de modos de producción, que subordinan a sus finalidades los medios que requieren. Es decir, el fin y los medios están ligados dialécticamente. El fin no justifica los medios, los determina dialéctica e históricamente.
En el terreno de la teoría del Estado la dicotomía entre legalidad e ilegalidad, entre Estado bueno y Estado malo, es tan falsa como la establecida interesadamente entre democracia y fascismo, caras ambas de la misma moneda: el sistema capitalista. Para el marxismo el Estado no es un ente neutral, es un medio, sí, un instrumento que se presenta en la historia como órgano ejecutor del poder dictatorial de una clase social sobre todas las demás. No existe por tanto, por más que los alquimistas sociales se afanen en demostrar lo contrario, una electrolisis de la historia que disocie al Estado en sus dos componentes, excelsa y perversa.
La creación de los GAL, y esto puede ser válido para todas sus versiones pasadas y futuras, hay que inscribirla en un periodo y en unas circunstancias en las que los canales habituales no eran suficientes para atraer o debilitar a ciertos sectores de ETA. La mediocridad (cuando no garrafales errores) de los resultados en función del dinero invertido, hizo que este montaje underground fuese desmantelado a través de un proceso-farsa que aún hoy continúa.
Aunque a simple vista parezca que todo este asunto no afecta en lo más mínimo a la clase obrera, la realidad, la experiencia histórica pasada, demuestra precisamente lo contrario. Que el Estado burgués (el verdadero Señor X que tanto inquieta a algunos) haya enfocado parte de sus actuaciones subterráneas contra miembros o afines de un movimiento reaccionario y antiproletario, no ofrece lugar a dudas acerca de los medios que utilizará (y no es una novedad que descubramos aquí) cuando la clase obrera, a través de sus organizaciones específicas reanude su marcha por el escabroso camino de la lucha de clase.
Evidentemente, subyacen alrededor de toda la parafernalia organizada ahora sobre los GAL rivalidades interburguesas, que pueden incluso tener una proyección internacional.
Sin adentrarnos más en este terreno, por falta de elementos de juicio precisos que quizás nunca se obtengan, nos limitaremos a concluir repitiendo una vez más lo esencial: con GAL o sin GAL, contra ETA o junto a ETA, sucio o limpio, el Estado burgués no está para ser reformado ni depurado. Debe ser destruido por el fuego desinfectante de la revolución comunista internacional.
[RG-61] Reunión internacional del partido
(Florencia, 27-29 de enero)
Es tarea del partido, precisamente cuando pensar en el comunismo resulta todavía más imposible, mantener la ciencia de la revolución y alimentarla con las confirmaciones que manan de los acontecimientos nuevos de la lucha entre las clases. A las vulgares bacanales de la contrarrevolución y a la grave desbandada de una clase obrera que se ha dejado traicionar tan gravemente y durante tanto tiempo, oponemos la presencia y la voz incorrupta del partido vivo. Partido pequeño, en cuanto a extensión aunque no porque así lo queramos, es el reflejo de las desfavorables relaciones de fuerza sociales, pero en el surco de la única doctrina marxista, emancipadora del proletariado, aquella de ayer y del mañana. Por encima de decenios y decenios de colosales desilusiones, que han quebrado las piernas a tres generaciones de engañadizos pero a la vez combativos trabajadores, continuamos presentando los coherentes resultados de nuestra no insignificante tradición, expresados por la prensa periódica y por las regulares y frecuentes reuniones internacionales de trabajo.
Éstas no son congresos democráticos, no se enfrentan tesis o tácticas innovadoras, no se vota ni se elige y destituye a nadie. Son simplemente lugares de trabajo revolucionario, donde las contribuciones de los individuos y de los grupos no se oponen ante la platea, sino que se entrelazan, se complementan y son asimilados por el conjunto del partido. No hay nada que descubrir, todo que confirmar, hoy en la teoría y en la vida fraterna de la milicia comunista, mañana en la acción destructora del proletariado mundial insurrecto.
* * *
Como de costumbre la reunión, organizada en Florencia en la sala de una biblioteca, se ha dividido en dos sesiones organizativas, el viernes por la tarde y el sábado por la mañana, y otras dos para la exposición de los informes temáticos. Se anunciaba con satisfacción la salida, y se distribuyeron copias, de nuestras revistas de prensa en lengua italiana, inglesa y francesa, a las que se ha venido a unir el primer número de la semestral “La Izquierda Comunista“, en lengua española, resultado muy apreciable del empeño de una sección nueva de jovenes compañeros. Hemos examinado los resultados de todos los grupos de trabajo -hoy prevalecientemente, pero no exclusivamente, de estudio- intercambiado indicaciones, consejos, fuentes documentales y repartido entre ellos las fuerzas, tendiendo a la colaboración entre militantes que pertenecen a secciones territoriales distintas. Se ha ilustrado y decidido la reproducción para uso interno de un detallado Indice por materias de las publicaciones del partido desde hace 45 años.
[RG-61] El curso de la economía
Se abría el informe con la actualización de las tablas y gráficos estadísticos de la economía capitalista, examinando la reanudación de la acumulación en este ciclo coyuntural, insertado en otro curso deprimido más general en el que el capitalismo debió hundirse inexorablemente hace una veintena de años.
Prosigue sostenida la acumulación ampliada del capital en los Estados Unidos, flanqueada por las de los imperialismos alemán y japonés, que han comenzado con mucho retraso, pero con empuje inicial más vigoroso. La producción se desarrolla en algunos países de Asia y de América Latina con ritmos acelerados, que los capitalismos más viejos ya no alcanzan, y se reanuda con vigor en algunos países de Europa centro-oriental, que han escapado del imperialismo ruso que está todavía hoy en crisis.
Examinando los recientes desarrollos de la economía se recogían algunos aspectos que se prestaban para remachar algunos puntos firmes del marxismo.
La acumulación del capital significa, confirmado por los datos del pretendido ejemplo de bienestar en los tres años de reanudación americana, que con el crecimiento del capital, de la masa de productos, de la plusvalía capitalizada, crece la masa de miseria, es decir, disminuye la fracción del producto del trabajo vivo que va para los obreros, aun en el caso de que aumente su número y su salario. Cuando el capitalismo trata de evitar sus contradicciones, como ahora en los Estados Unidos con el mayor crédito al consumo, hace aún más esclavo al proletario, pero agrava la crisis en el futuro.
El desarrollo capitalista en Asia y América Latina tiene un empuje con la afluencia imperialista de capitales, y ésta ha incrementado ahora el largo ciclo deprimido y la recesión reciente de los países de industrialismo más viejo. Pero los ritmos juveniles de estos países no han podido y no podrán revigorizar el decrépito capitalismo mundial. Algunos de estos capitalismos ya experimentan los efectos de la dependencia en su crecimiento de los capitales financieros extranjeros. El capital, que por huir de la disminución de las cuotas de ganancia y del porcentaje de crecimiento de la producción se ha transferido a las áreas de capitalismo joven, les ha levantado el porcentaje de acumulación. Crecen en las manos del capital financiero internacional, los títulos de deuda pública que los Estados de aquellas áreas contraen para la ampliación de los aparatos de control de la creciente masa de miseria, provocada por el desarrollo acelerado del capitalismo. Crece en estos países la producción industrial, crece por tanto la plusvalía producida, pero la fracción de ésta que puede ser realizada en el mercado mundial, como indican los intercambios comerciales en déficit, no garantiza la estabilidad de la moneda de papel convencional local. Al capital financiero internacional le puede entrar el pánico, ve los fantasmas de la crisis monetaria y financiera y no puede sustraerse a estos riesgos que la fase imperialista le prescribe.
Después de las variaciones fundamentales de los incrementos de la producción industrial se consideraban los otros índices; de precios, desempleo, comercio exterior y tipos de interés en conexión con el ciclo del capital industrial.
Se examinaba el fuerte aumento de los precios de las materias primas determinado por la expansión de la producción industrial, que se refleja, por la parte de valor que corresponde, en los valores y en los precios de las distintas mercancias producidas con ellas. Este aumento tiene su fundamento en los cambios de valor de estas mercancías necesarias en cantidades mayores en el proceso productivo, según la teoría de la cuestión agraria y de la renta agraria. El reclamo de ésta se prestaba a recordar ver “ricondarne” su función en la condena proletaria al mecanismo mercantil, según los escritos de partido sobre la cuestión agraria de los años 50.
Siguiendo las páginas del Capital se consideraba la tendencia que lleva de un aumento de los precios de las materias primas a la disminución de la cuota de ganancia y a la ralentización de la acumulación. El capitalismo está afrontando esta congénita dificultad en un periodo propicio, por la débil lucha económica en defensa de los salarios, pero no podrá escapar a la contradicción que le conduce al desequilibrio entre producción y consumo, y regularmente a la crisis.
Sobre la crisis se comentaba un pasaje del Capital, ya encuadrado en un escrito nuestro de 1960, donde se consideraba la importancia de demostrar la necesidad de la crisis precisamente a nivel de la reproducción simple, que a fin de cuentas es a lo que se reduce la reproducción del capital cuando llega la crisis.
Examinando el movimiento de los tipos de interés se confirmaba su vínculo con el del ciclo del capital industrial, cómo el efecto está ligado a la causa. Se señalaba que el negar o ignorar este vínculo estaría en conformidad con la teoría económica burguesa moderna, en sustancia fundada en la teoría de la economía vulgar ya examinada por Marx. Sobre este argumento se leían algunos pasajes del Capital sobre el carácter fetichista por excelencia del capital que se presta, cómo se concibe por esa teoría burguesa, como autómata que genera valor de modo autónomo del proceso de producción.
[RG-61] Cuestión campesina y revolución en Méjico
Se trataba luego, acerca de un estudio emprendido sobre Méjico, por la importante posición de este país en el interior del continente americano, en sentido económico y social, y también en cuanto a su posición geográfica, metido entre sus límites con el gigante capitalista, los USA, de un lado, y el subdesarrollo de Centro y Sur América de otro.
El trabajo procede, después de haber visto el periodo que va desde los orígenes precolombinos, a la conquista, a la colonización, a la independencia y el largo periodo de guerras civiles que siguió, hasta los albores de la revolución de 1910. Sin embargo, de todo esto ha sido presentado en la reunión sólo un bosquejo, posponiendo para la próxima el tratarlo más extensamente.
En cambio, han sido leídas y comentadas algunas citas del artículo “Las causas del atraso de América Latina”, aparecido en nuestra prensa en 1959, con el objetivo de encuadrar algunos elementos fundamentales. Así pues, se resalta de las características de la colonización española, el enorme poder que luego las clases terratenientes adquieren y consolidan con la independencia, obstruyendo el libre desarrollo en sentido capitalista de estos países y primera causa del drama que atenaza el continente latinoamericano.
Se puede decir que Méjico todavía forma parte de este mundo, aunque habiendo adquirido, al precio de sanguinarias revoluciones, las bases de un moderno Estado capitalista, con todos sus elementos de crisis. Con sus 90 millones de habitantes, puede ser considerada una área crucial para el futuro desarrollo de la crisis revolucionaria en el continente americano.
[RG-61] Marx-Engels sobre España
Ha sido expuesta la última parte del examen, que considera el desarrollo de la primera Internacional en España, según los escritos de Marx y Engels. La Internacional (AIT) se introduce en España simultáneamente con la organización anarquista “Alianza de la Democracia Socialista”, de Bakunin, por lo que los dirigentes de la Internacional en España pertenecían, en un primer momento, al mismo tiempo a la Alianza. El centro, con sede en Suiza, de esta organización, había mentido al Consejo General de la AIT, la cual había autorizado su adhesión a la Internacional con la condición de que se disolviera como organización internacional y que sus diferentes secciones pasaran a integrar la AIT individualmente en pro de un centralismo real. Así que, la Alianza funcionaba secretamente dentro de la AIT, con el objetivo de hacerse con la dirección, o si esto no le era posible, desorganizarla.
Algunos miembros españoles acabaron por denunciar y abandonar la Alianza y se constituyeron en 1872, en “Nueva Federación de Madrid”, reconocida directamente por el Consejo General, mientras los dirigentes españoles, agentes de la Alianza, se negaron a reconocerla.
Después del Congreso de la AIT celebrado en La Haya, en el que tiene lugar la expulsión de los bakuninistas, se produce la ruptura en España, donde las federaciones locales eran numerosas. Prácticamente sólo la “Nueva Federación de Madrid”, siguió sin dudarlo al lado del Consejo General, mientras los “aliancistas” consiguieron mantener a su lado a gran número de federaciones. Sobre todo en España la confusión provocada por el modo de actuar de los anarquistas logró impedir la difusión de las ideas del socialismo científico y arruinó la organización internacional del proletariado español.
La posterior participación de los anarquistas en 1873 en las sublevaciones cantonalistas en España, demostró en la práctica que, en nombre de la autonomía del individuo y del antiautoritarismo, habían despojado al proletariado de su política autónoma de clase, beneficiando y apoyando claramente a los republicanos burgueses llamados “intransigentes”. Paradójicamente se repetirá después, durante la Guerra Civil, con la participación de los anarquistas en puestos de Gobierno, a pesar de sus proclamaciones antiautoritarias, que parecen dedicadas especialmente a impedir que el proletariado llegue al poder.
[RG-61] Cuestión de las nacionalidades en Rusia
Movidos por la intervención militar “gran rusa” en Chechenia, en la última relación del sábado, volvimos a tocar la compleja cuestión del diversísimo desarrollo de los cientos de pueblos del que fue imperio zarista, en el que bajo el poder centralizado estatal convivían: algunas burguesías más o menos próximas a una dignidad nacional (Finlandia, Báltico y Polonia); poblaciones seminómadas en Asia y en los territorios polares; los montañeses del Caúcaso refractarios a la reciente colonización; un antiguo mercantilismo y un capitalismo nuevo que desde abajo penetraba abundantemente por todas las rendijas de la vieja sociedad; unas finanzas mundiales que se apoyaban en el zarismo para rapiñar las esferas de economía capitalista y precapitalista.
Factores estos que de cierto contribuyeron a la destrucción de la “prisión de los pueblos” y considerados por los marxistas revolucionarios desde siempre; pero es un hecho que las puertas de esa prisión fueron abiertas “desde fuera”, por el proletariado internacionalista y por los campesinos prenacionales, y no por movimiento y determinación propia de las burguesías sometidas, que excepto en Polonia eran extremamente débiles allí donde existían.
La fórmula marxista de Lenin del derecho de las nacionalidades a la separación estatal se contempla como instrumento de demolición de un orden reaccionario, no como un principio positivo o nuestro modelo constitucional.
Aquí el relator se refería brevemente sobre cómo acaecieron las vicisitudes sociales revolucionarias y militares de la Primera Guerra Mundial y después civil, en teatros todos muy atormentados pero muy lejanos, como los de Finlandia, los tres bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Kazajstán y el abigarrado Caúcaso. De este último se volvía a recorrer la historia tras la conquista rusa, hasta la formación de gobiernos mencheviques en Transcaucasia, la sublevación obrera y la victoriosa Comuna de Bakú.
El grado de desarrollo de estos pueblos meridionales era tan bajo que debimos excluir la posibilidad de una rápida superación de las problemáticas que se denominan con el calificativo de nacionales, entendiendo por ellas la llegada necesariamente gradual de medios materiales que consientan la implantación de un mercado único en el territorio, y sociales, es decir, la formación de las clases modernas y su oposición. No pensemos simétricamente que, el poder del proletariado conceda también el derecho de separación estatal a cualquier nacionalidad. La solución política, que consideramos responde mejor históricamente para indicar el camino de aquellos grupos humanos hacia el comunismo, es una suerte de tutela proletaria sobre tales formas de trabajo atrasado: los proletarios del Estado comunista que, como hermanos mayores de artesanos y campesinos, secunden el progreso material de ellos. No excluimos que tal colaboración pueda ser impuesta a las clases dominantes locales como resultado de un enfrentamiento armado. Pero es evidente que, ni la autodecisión ni la ocupación militar resuelven el problema, que requiere desarrollarse históricamente. Cuando las condiciones sociales o políticas de partida sean particularmente negativas la solución de fuerza, que imponga una dictadura desde fuera, puede resultar contraproducente respecto a aquel camino la separación de las clases, y preferible reconocer los gobiernos burgueses que se han afirmado localmente. Se ha recordado la disensión de Lenin en la solución impuesta a Georgia cuando deseaba en Tiflis un gobierno de coalición con los mencheviques.
Hoy es posible un balance de 70 años de capitalismo ruso y nos ha llevado a reconocer que no se ha llegado a una formación nacional extendida a todo el territorio de la Unión sino que alguna de sus regiones más desventajadas como la caucásica y centro asiáticas han conocido un régimen al que la continuidad territorial con el centro no cambia el carácter colonial. La previsión de Lenin, aunque aplicada a un Estado capitalista y no socialista, era por lo tanto justa. Entre esos pueblos el odio por los “rusos” ha quedado por lo tanto inmutable así como sus costumbres y supersticiones religiosas, por hechos muy materiales. La desmembración del imperio capitalista “soviético” se califica por lo tanto, en las confrontaciones de estos meridionales, como la última de las así llamadas “descolonizaciones”, conclusión tardía, aunque impuesta a las metrópolis, de las revoluciones liberales nacionales, la sustitición de una forma ahora ya demasiado costosa e insostenible de sumisión por otra, la financiera, todavía más despiadada. Esto está pasando, no obstante, en las confrontaciones de todos los estaduchos nacidos de la CEI, sean ellos más ricos o más pobres que el centro ruso: economías y Estados hacia el encanto del mercado mundial.
Chechenia, con una extensión de poco más de un valle con poca llanura, está habitada por un grupo étnico que se puede individuar muy bien, con tradiciones belicosas y de feroz resistencia antirusa. La petición de “independencia” es adelantada por las mafias locales sólo para apropiarse de la renta petrolífera, pero los sentimientos contra los ocupantes están tan alimentados por la historia incluso reciente, que la resistencia armada es tal, que ha puesto ya en seria dificultad durante dos meses al que se decía ser uno de los superpotentes ejércitos imperialistas. No nos esperamos la independencia chechena, ni consideramos realista el proyecto del “Kuwait del Caúcaso”, pero cualquier revés armado contra los bastiones del capitalismo esta bien dado y, si se tiene que escoger, no tendremos dudas de qué lado ponernos.
En cambio, la criminal conducción de la operación por parte de Moscú es una prueba ulterior de la crisis degenerativa de ese Estado, privado ya de toda estrategia y necesitado sólo de su propia derrota.
[RG-61] Órganos de los sindicatos
Reemprendíamos el domingo por la mañana con el estudio, continuación de lo expuesto en precedentes reuniones, que trata primero de la actitud del Partido Socialista en las confrontaciones de los trabajadores de la tierra, proletarios y no, desde el Congreso de Bolonia en 1897. Se desmintieron las interpretaciones históricas que consideran “incompleta” la revolución burguesa en Italia y consideran “impolítico” por parte de los órdenes del día de Bolonia la explícita previsión de la tendencia histórica de la superación de la pequeña propiedad campesina. El relator se refería después a los movimientos de 1898, provocados por un aumento del precio del pan, extendidos a toda Italia y que culminaron en la represión cruenta de los manifestantes en Milán. No respondió bien entonces el futuro exponente del reformismo italiano Turati. Por primera vez habían participado en las huelgas los proletarios de la industria y con función efectiva de dirección.
Pero ahora ya es incontrastado el dominio del reformismo, con la proclamación de la autonomía de las secciones locales en el congreso de Roma en 1900, en el sentido de poder establecer alianzas electorales locales con los partidos de la izquierda burguesa, y del grupo parlamentario, en el congreso de Ímola en 1902.
Nace en 1901 la Federación nacional de los trabajadores de la tierra que unía las varias Ligas de jornaleros y de campesinos: ya en 1902 llegará a organizar 227.000 inscritos. Aquel año fue fundado también el Secretariado central de la Resistencia para unir la Federación de las Cámaras del Trabajo y las 25 Ligas de profesionales: el objetivo era el de oponerse mejor a la patronal pero en realidad no consiguió más que una función de coordinación entre las formas territoriales y de categoría de la organización obrera.
[RG-61] El sueño-necesidad del comunismo
El tema fundamental se unía a lo ya expuesto: ninguna corriente teórica burguesa dispone ya de un programa ni de un plan de especie. Para el comunismo finalidades programáticas y forma combatiente del partido aparecen juntas en el Manifiesto de 1848. En el Comunismo no se realiza una verdad filosófica, aun cuando en el camino para alcanzarlo no se excluye la lucha de las ideas. La revolución no es fruto de la voluntad individual sino el parto de una nueva sociedad humana.
Comunismo es destrucción de los Ídolos, del dinero, de la valorización del capital, para despertar al nuevo hombre, que ya no tiene necesidad de vender nada de sí mismo. Tampoco ninguna Razón universal que idolatrar, aunque nunca que destruir.
Restauración-Revolución: según ideólogos y politiqueros, empeñados en resistematizar sus tótemes, no tienen ya sentido; nosotros, no desde la “caída del comunismo” sino al menos desde la llegada del Fascismo, dijimos que, contra progresistas neoresurgimentales hemos sostenido la necesidad de la Restauración del partido y de la doctrina.
Esta actitud nos ha valido nuestro no buscado pero necesario aislamiento histórico: los Planes de especie maduran según grandes ritmos y no por decisión del individuo, otro ídolo suyo que contribuyen a aplastar y dejar cada vez más risible y solo.
Nuestro módulo organizativo de partido postula y practica el centralismo órganico no sólo como método “científico” sino para disfrutar de una comunidad que prefigura el comunismo.
[RG-61] La cuestión militar
El tercer relator de la sesión del domingo retomaba la cuestión militar, no por cierto secundaria en la doctrina marxista. Su encuadramiento en la época imperialista no puede hacerse más que retomando los estudios de toda nuestra escuela desde Marx, Engels, Trotski y el trabajo de partido.
Del estudio del Antidühring se sacaba a la luz cómo la táctica militar es hija del progreso técnico social: si el Wermacht pudo prever una guerra hecha de divisiones de tanques mientras el estado mayor francés se atestó en la Maginot, esto se lo debió a la industria alemana que sacaba de los hornos el triple de acero que la francesa.
Otros ejemplos que justificaban nuestra tesis eran aportados.
Con la Comuna de París se cierra en Europa Occidental la era de las guerras nacionales progresivas; la burguesía se despliega de manera unitaria contra el proletariado. Para esta área geopolítica la táctica y la estrategia burguesa, con mayor razón en tiempo de guerra, deberán tener en cuenta siempre el peligro rojo.
[RG-61] El misterio de la liberación y el materialismo histórico
La cuarta exposición del domingo tenía como objetivo sólo sintetizar las líneas fundamentales del trabajo, un recorrido histórico a través de la historia del cristianismo, desde sus orígenes hasta la contemporánea Teología de la Liberación.
Aplicando el método materialista de la historia se puede precisar un movimiento de trascendencia histórica universal como el cristianismo, surgido sobre la base del tejido imperial romano, del judaismo y de las corrientes ideológicas entonces predominantes.
El contenido subversivo de la primitiva congregación cristiana y el comunismo como principio básico en las relaciones entre los adeptos, constituyen elementos que, progresivamente, irán desapareciendo mediante un proceso degenerativo bien definido y no falto de rea-cciones, de diversa índole, tendentes a retornar a aquella fraternidad comunista originaria. En el trabajo se mostrarán los principales intentos de retornar a los principios originarios, y cómo han fallado sucesivamente. Habiendo sido producto de determinadas condiciones históricas, desaparecieron junto a ellas, haciendo estériles los esfuerzos de quienes, aun generosamente, lo intentaron.
De este modo se afrontan algunas de las primeras escisiones acaecidas en el seno de la iglesia y del fenómeno monástico pasando por las herejías medievales, llegando a la gran escisión de la Reforma luterana y calvinista, demostrando, a la luz de nuestros textos clásicos su verdadero carácter y significado.
El trabajo comprende también un parágrafo dedicado a la llamada “doctrina social de la iglesia”, ligándola a la aparición y desarrollo de las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera, con especial referencia a las tres fases del movimiento sindical, tal y como han sido definidas por nuestra corriente: prohibición, tolerancia y sumisión.
El trabajo concluye con la “Teología de la Liberación” que se demuestra como otra variedad del oportunismo y que no resulta como un movimiento de oposición abierta a Roma, sino, como sucedió con los franciscanos, un movimiento de reforma. Esto precisamente porque la Teología de la Liberación utiliza sólo “elementos del marxismo” en su elaboración doctrinal de la “opción preferencial para los pobres”.
[RG-61] Historia de la Izquierda
La guerra imperialista italiana con los perjuicios para Etiopía, vista en sus varios aspectos, ha sido el tema de la relación sobre la Historia de la Izquierda. El informe se ha desarrollado en tres partes distintas.
En la primera se esbozaba brevemente la situación económica y social creada en Italia como consecuencia del estado de guerra. Por encima de la retórica del régimen sobre la voluntad unitaria de todo el pueblo cerrando filas al lado del duce, era evidente que el peso de la guerra recaía exclusivamente sobre las espaldas del proletariado, tanto cuando se le mandaba a morir en uniforme militar por la gloria de la patria, como cuando veía reducido prácticamente a nada el poder adquisitivo de su salario. Los decretos sobre la restricción del consumo adoptados por el gobierno, fueron prácticamente inútiles, ya que bastaban los vertiginosos aumentos de precios de los productos de primera necesidad (como ha sido demostrado al auditorio con la exposición de una lista) para reducir al hambre a los trabajadores. El capitalismo, por el contrario, gracias al conflicto armado y sus nuevas necesidades unidas a él, veía aumentar los beneficios día tras día y las industrias bélica, mecánica, química, textil y alimentaria navegaban de nuevo a toda vela.
Entretanto, la guerra en África, que había comenzado como un paseo militar, se hacía cada vez más difícil. Italia, en comparación con Etiopía, poseía un ejército modernísimo con vehículos blindados y carros armados, una potente artillería, camiones para el transporte de tropas y de avituallamiento, una aviación con la que podía bombardear, envenenar e incendiar. Pero la falta de carreteras y ferrocarriles, la configuración accidentada del terreno, las estaciones de la lluvia que duran meses, todos estos elementos habrían permitido a los combatientes abisinios resistir durante años a los invasores adoptando la táctica de la infiltración y del sabotaje por los flancos y la retaguardia. Táctica que, sin tener que recurrir a enfrentamientos campales, había dado ya buenos resultados.
Paralelamente a las acciones militares, no obstante, la política diplomática más o menos secreta trabajaba a favor del imperialismo italiano, tanto a través de encuentros y acuerdos directos entre emisarios de Roma y de Addis Abeba, como a través de intereses interimperialistas (Italia, Francia, Inglaterra) por encima y a costa de Etiopía, o bien a través del empleo de aventureros de bajo calibre pero de inmensa voracidad. Tanto que, es cierto, fue este entramado de intereses y de acuerdos secretos y no tanto la iperita, las balas dum-dum y las bombas incendiarias lo que permite el 9 de mayo de 1936, la proclamación del “Imperio”.
La segunda parte del informe volvía a recorrer brevemente (partiendo de las solicitudes del Cardenal Massaia al gobierno sardo) la historia de la política colonial italiana.
Se pasaba después a la valoración de los intereses imperialistas de Francia e Inglaterra que, además de Italia, estaban preparados para lanzarse al cuello de Etiopía. Inglaterra, especialmente, se sentía con derecho de tomar bajo su “protección” los descendientes de la Reina de Saba. Esto era comprensible relacionándolo con una realidad geográfica que liga los destinos de Etiopia a los de Sudán y Egipto: el curso del Nilo.
Inglaterra siempre se había atribuído el privilegio de determinar y de ser el único árbitro de la “política del Nilo” y, en 1898, llegó a amenazar con la guerra contra Francia cuando ésta había intentado una tímida infiltración en Etiopía. Entonces, ¿jamás puede ser posible que, aun protestando violentamente, Inglaterra haya dejado vía libre a Italia cuando habría sido suficiente cerrar el paso de Suez? Evidentemente el problema era bien distinto. “Todo esto -explicaba Bilan- depende del grado de madurez de la conflagración mundial que regulará el nuevo reparto de las colonias hasta prescindir de la conquista aislada por parte de un imperialismo. E Italia podrá perfectamente perder, en el caso de la guerra mundial, el botín precedentemente aferrado”. La Fracción, en la campaña de Etiopía, individuó en efecto, el primer acto de un conflicto (o de una serie de conflictos) que sin interrupción habría llevado hasta el estallido de la segunda guerra mundial.
En la tercera parte el informe examinaba las diversas actitudes tenidas por las organizaciones y por los partidos “proletarios” sobre la cuestión abisinia. En Rusia, la patria del “socialismo en un solo país”, no se convocó ningún tipo de manifestación, probablemente porque no se sabía todavía en cual de los dos campos contrapuestos se encontraría en el futuro. Análogamente también la Tercera Internacional tuvo el coraje de… callar. En cambio, una decisión muy precisa fue tomada por la Internacional Socialista que llamó al proletariado internacional a apremiarse en defensa de la democracia contra el fascismo, es decir, al lado de los grandes imperialismos, inglés y francés.
Después el informe se detenía en la posición netamente clasista y revolucionaria adoptada por la Fracción, llamando al proletariado internacional a sus finalidades históricas y a su unidad de acción con las masas explotadas de los países coloniales y atrasados para desembarazarse, al mismo tiempo, tanto de los regímenes democráticos y fascistas, como de los restos del pasado que podía ser el imperio etíope. Pero la Fracción tuvo una actitud revolucionaria también en la acción práctica como lo testimonia, entre otras, su posición e intervenciones entre las masas proletarias para sabotear el congreso interclasista de Bruselas tendente a desarmar (para ventaja tanto del fascismo como del antifascismo) al proletariado italiano, primer experimento del proyecto global que se consumó después en todo el mundo.
El informe se cerraba con la lectura de algunas citas sacadas de la revista teórica del PCI, “Lo Stato Operaio” en las que se alababa el coraje demostrado por los camisas negras en Etiopía y se planteaba una pacificación nacional ya que fascistas y “comunistas” tenían el deseo común de “hacer fuerte, libre y feliz, nuestra bella Italia”.
[RG-61] Argelia
El último comunicado consideraba la verdaderamente trágica situación en la que está actualmente el proletariado argelino, a treinta años de la consecución de la independencia política de Francia.
En presencia de una situación económica desastrosa que obliga a un alto porcentaje de la fuerza de trabajo, millones de trabajadores, a la inactividad y a una escualida supervivencia en las bidonvilles que circundan las mayores ciudades del país, parece que el monopolio de la oposición al régimen esté en las manos del movimiento islámico radical, empeñado en una lucha sin exclusión de golpes contra el aparato represivo del Estado. Ninguna perspectiva política parece existir para el proletariado, aplastado entre el régimen de terror instaurado por el Estado y el terrorismo del GIA y de los otros grupos islámicos, con los que no tiene nada que compartir.
Las causas que actualmente hacen de Argelia el eslabón débil de los Estados de África septentrional son múltiples. Argelia, donde se verificó una guerra de liberación nacional particularmente larga, con un altísimo precio para la población, más de un millón de muertos en diez millones de habitantes, se encuentra hoy en condiciones económicas y sociales peores que Tunez o Marruecos, donde la consecución de la independencia ha sido mucho menos traumática. La Argelia independiente, no obstante la maná petrolífera, se encuentra hoy con una agricultura en condiciones desastrosas y con una estructura industrial en gran parte inutilizable y estrangulada por una gigantesca deuda exterior. El pensamiento nos lleva en seguida a Méjico, un gigante al que le ha alcanzado también la bendición petrolífera, también hambriento y económicamente en ruina, en las manos de los acreedores internacionales.
La causa en Argelia está, al menos en parte, en la no terminación de la revolución nacional, en los estrechos compromisos, de los partidos que dirigieron la lucha, con Francia; en la imposibilidad para un país tan pequeño y de tan poca población, de alcanzar en plena fase imperialista, una independencia más que formal sobre todo a nivel económico.
Los peligros que los movimientos revolucionarios antiimperialistas iban a encontrarse ya habían sido puestos en evidencia, en años menos merdosos, por la Internacional Comunista en las tesis sobre la cuestión internacional y colonial y en las tesis sobre la cuestión agraria en el II congreso (junio de 1920) y después en las tesis redactadas para el Congreso de los Pueblos de Oriente, en Bakú (septiembre). En la degringolade del movimiento comunista internacional tras la victoria del estalinismo en Rusia y la teoría del socialismo en un solo país, que transformó los partidos comunistas nacionales en instrumento de la política imperial del Estado ruso, estos principios fueron completamente subvertidos; para la Internacional de Lenin punto fundamental de la acción de los Partidos Comunistas en las colonias era el de que ellos debían defender los intereses del proletariado colonial y por lo tanto que, también durante la revolución antiimperialista, aun participando en la lucha junto con los partidos nacionalistas revolucionarios, ellos debían mantener su independencia, también organizativa, de modo que pudieran empujar hasta el final la revolución burguesa y al mismo tiempo salvaguardar los instrumentos indispensables para continuar la lucha por la revolución comunista. El estalinismo impuso el completo sometimiento de los Partidos comunistas a los Partidos nacionalistas burgueses aniquilando así no sólo cualquier perspectiva de revolución proletaria, sino también la posibilidad de prevalecer de los sectores más radicales dentro del movimiento nacionalista.
El ejemplo quizá más trágico de esta estrategia suicida se tuvo en China, pero se repitió en todas las revoluciones nacionales sucesivas, desde Vietnam a Argelia precisamente. Nuestro partido fue el único, aunque en un completo aislamiento, en volver a proponer el planteamiento de Lenin mientras el proletariado argelino, que se estaba desangrando en largos años de guerra, era traicionado y malvendido en interés de la burguesía francesa y de la joven parvenue argelina.
En este trabajo se tratará de volver a recorrer las etapas principales de la historia de Argelia para así sacar las lecciones de la contrarrevolución que sirven al Partido para quedar fuera del pantano.
Noticiario
KURDISTÁN
Nuevo ejemplo de entente interimperialista.
Turquía, país miembro de la OTAN y fiel aliado del gendarme mundial, el amigo americano, ha obtenido el placet para invadir Irak y masacrar a los kurdos, verdadero ejemplo de cuestión nacional real sin solución dentro del marco de la sociedad capitalista.
El cinismo de EEUU, que por boca de Clinton autorizó al ejército turco para llevar a cabo operaciones militares (incluidas masacres y terrorismo indiscriminado contra la población kurda no combatiente), ajustadas a lo “estrictamente necesario”, es la demostración palpable de cómo los salvadores de antaño se convierten en cómplices de los verdugos de siempre por obra y gracia de los intereses estratégico-comerciales.
LOS TRABAJADORES POSTALES INGLESES EN LUCHA
En el ambiente de superproductividad y represión laboral existente en la Royal Mail, destaca la huelga llevada a cabo por el Servicio Central de Movilización. La determinación de los trabajadores perseverando en la lucha, frente a las amenazas de la dirección y las maniobras de los bonzos sindicales de la UCW (Union of Communication Workers) para liquidar la huelga, consiguió evitar el despido de uno de sus compañeros, cuyo tremendo crimen había consistido en tomar una taza de te de una de las máquinas expendedoras.
EMPLEADOS PÚBLICOS EN ESPAÑ;A
Los sindicatos del régimen CCOO-UGT presentan como un gran triunfo la aplicación del 3’5% como incremento salarial para 1995. Los trabajadores, como es norma habitual, han recibido este jugoso acuerdo ya firmado y masticado. ¡Todo un paso adelante para recuperar el poder adquisitivo perdido en todos estos años de concertación social y traiciones continuas.
CONFLICTOS PESQUEROS
Por encima de las dosis de razón que esgrimen siempre las partes en litigio (en este caso Canadá y España), la llamada guerra del fletán saca nuevamente a la luz lo evidente: la incapacidad del capitalismo para gestionar racionalmente los recursos naturales, y entre ellos la pesca. La acusación de piratería, en vez de servir como arma arrojadiza entre los trabajadores de distintas nacionalidades, debe ser dirigida contra el sistema capitalista y sus servidores: los armadores, los negreros capitalistas del mar. Si la desaparición de la pesca envía a los marinos al paro, la lucha inmediata debe encaminarse a conseguir que las empresas carguen con el mantenimiento de estos trabajadores mientras no puedan faenar.
COREA DEL NORTE
Después del escándalo orquestado principalmente por Estados Unidos, sobre la peligrosidad que entraña el uso de energía atómica por parte de Corea del Norte, después de poner en tensión a toda la zona por la posibilidad de una guerra, leemos en el The Economist de 14-1-1995 que funcionarios de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur han seguido manteniendo conversaciones para la financiación de dos nuevos reactores nucleares en Corea del Norte, cuyo coste es de unos 4.000 millones de dólares. Recordemos que el principal socio comercial de Corea del Norte es China, un país siempre preparado para vender tecnología nuclear y que debería ser el más lógico candidato para venderla en Corea del Norte. Así pues parece ser que detrás de las tensiones belicistas en la zona se escondía, entre otras cosas, la guerra comercial, ya que los países occidentales, a la caza de todo mercado que se pueda abrir nuevo, están también muy interasados en hacer que China no se desmande en su imparable avance.